Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ lo cual es bueno, porque habría terminado siendo una historia completamente diferente implicando látigos y cadenas.
Capítulo nueve
Comercio justo
Bulma abrió los ojos lentamente y parpadeó confundida mientras trataba de concentrarse en el techo de metal pulido. Oh, Kamisama, sentía como si hubiera sido atropellada por un camión Mac. Cada músculo de su cuerpo gritaba en agonía. Salió de la camilla de acero en la que estuvo yaciendo y su gemido de dolor hizo eco en la habitación.
Se tambaleó hacia un modular de aseo cercano que sobresalía de la pared, cuyas tuberías eran visibles debajo de este. Hizo una pausa para hacerse una mueca en el espejo atornillado sobre el lavatorio, abrió la llave y temblando, se salpicó la cara con agua helada. Deslizó su lengua hinchada alrededor de su boca y frunció los labios ante el sabor amargo. Parecía como si hubiera dormido con la boca rellena de algodón que le absorbió hasta la última gota de saliva. Ahuecó las manos, llevó el agua a sus labios y bebió ávidamente.
Se limpió la boca usando el dorso de la palma y buscó a tientas una toalla. Ya seca la cara, se miró en el espejo para examinar el vendaje ensangrentado que envolvía su palpitante cabeza. Lo presionó con un dedo fino antes de decidirse a dejarlo en paz. Frunció el ceño ante la imagen desagradable que presentaba. Su cabello era un nido de ratas que caía en desorden sobre sus hombros en un intrincado desastre y su máscara de pestañas le había dejado profundos círculos negros alrededor de los ojos, uno de los cuales estaba inyectado de sangre e inflamado.
—Maldita sea, estoy espantosa —murmuró. Mientras esperaba a que el agua se calentara, tomó otra toalla, así podría mojar una esquina para limpiar el estropeado maquillaje de su rostro.
—Me alegro de que al fin estés de acuerdo conmigo. —La voz de Vegeta resonó a través del cuarto y Bulma se agarró la cabeza. Sentía como si se hubiera metido en una pelea a puñetazos con un par de motociclistas vestidas de cuero y perdido.
—¿Qué deseas? —siseó ella irritada.
—Oh, una montón de cosas. —Vegeta se reclinó en la entrada y sus ojos escrutaron a la mujer despeinada frente a él—, pero me conformaré con un poco de comida.
Bulma resopló y se terminó de lavar la cara con el agua tibia. Su estómago eligió ese momento para retumbar de hambre y bajó la mirada hacia su vientre plano antes de encogerse de hombros.
—Bueno, la cocina está dos cubiertas abajo —murmuró ella distraídamente ya que buscaba un peine de algún tipo. Con una sensación de hundimiento, Bulma comprendió que no había ningún peine ni iba a encontrar uno en la nave. Hizo una mueca de disgusto ante su reflexión, sacó el lazo de cabello que siempre mantenía alrededor de su muñeca y lo recogió en una desordenada cola de caballo.
—Está vacía —replicó Vegeta con sarcasmo, preguntándose cuanto tiempo tomaría hasta que su grave situación quedara al fin clara para la mujer. Más de lo previsto a pesar de su mente rápida, pero lo atribuyó a la protuberancia en su cabeza.
Bulma se preocupó por su cabello unos momentos más y verificó su vendaje solo para estar segura. Se sorprendió cuando notó que Vegeta debió haberle envuelto la cabeza. Estaba colocado de manera experta, sin duda, debido a sus años de experiencia en la guerra. No recordaba mucho más allá de establecer las coordenadas de la nave, por lo que debió haberse desmayado poco después. Bajó la mirada hacia su ropa y arrugó la nariz ante la vista. Todavía llevaba las mismas cosas, incluyendo la bata blanca que lucía tiesa y con costras de sangre seca. No le dio importancia, alisó las manos sobre su traje arrugado y trató de hacerlo parecer algo más presentable.
Iba a tener que conseguir ropa en alguna parte. No era como si ella hubiera empacado algo en la nave o cualquier otra cosa que se le parezca. No contaba con maquillaje ni cepillo de dientes ni tampones, todo lo que una chica necesita para enfrentar al mundo. Bulma le sacó la lengua a su reflejo. No había planeado ningún tipo de viaje y se suponía que la nave debía estar atracada varios meses más. Este no era el crucero que deseaba cuando le dijo a su padre que se iba a ir de vacaciones para relajarse.
Las manos de Bulma desaceleraron sus inquietas andanzas por encima de su ropa y las esquinas de la boca de Vegeta se curvaron mientras observaba como se le ampliaban los ojos. Ella volteó de golpe la cabeza en su dirección, lo que la hizo balancearse ligeramente por el dolor que el movimiento le causó.
—No tenemos comida —chilló ella y Vegeta no pudo evitar reírse entre dientes ante la cara escandalizada que puso.
—Eres rápida, ¿verdad? —Él se burló de sus facciones sorprendidas y ella automáticamente cerró la boca con un chasquido audible.
Nerviosa, Bulma empezó a pasear de un lado al otro por la pequeña sala médica examinando la situación. No había absolutamente nada de comida en la nave y los tanques de agua solo fueron llenados hasta la mitad. Comenzó a masticarse las uñas, murmurando para sí misma mientras Vegeta la observaba con atención. La nave en sí no estaba terminada y el viaje a Namekusei era peligroso. La mayoría de los equipos ni siquiera habían sido probado en un viaje real y ella no sabía si resistirían el espacio profundo.
Se volvió hacia Vegeta con el dedo en alto cuando llegó a una solución.
—Bueno, tenemos que conseguir algo de comida. —Vegeta puso los ojos en blanco, cruzó un pie sobre su tobillo y exhaló un profundo suspiró.
—No me digas, imbécil. Por suerte para ti, ya he comprobado las cartas de navegación y hay un planeta a un par de días de aquí en el que podemos conseguir algo de comer. —El rostro de Bulma pareció afligirse y se mordió el labio debido a la preocupación.
—¿Dos días? —preguntó ella, su estómago gruñó de nuevo. Bajó la mirada con el ceño fruncido antes de volver a mirar a Vegeta—. ¿Cuánto tiempo estuve dormida?
—Alrededor de un día —le respondió sin interés.
—¿Qué? —chilló Bulma y Vegeta automáticamente encorvó los hombros para protegerse los oídos del horrendo sonido—. No puedo vivir tres días sin comida, voy a morir de hambre —insistió ella.
Vegeta resopló antes de contestar.
—No vas a morir de hambre, mujer. Tres días no es nada, al menos tenemos agua para beber.
Bulma hundió las manos en sus caderas y miró al hombre en la entrada.
—¿Así? Bueno, ¿y qué hay de ti? Eres un saiyayín, ¿no tienes que comer dos toneladas de alimentos cada diez minutos?
Ante las palabras, los ojos de Vegeta se oscurecieron y Bulma sintió un momento de inquietud. Aunque él jamás lo admitiría, mientras estuvo bajo el cuidado Bulma se alimentó mejor que la mayor parte de su vida. Ella se aseguró de que recibiera tres comidas al día e incluso lo mimó con postres, algo que nunca recibió en el tiempo que estuvo al servicio de Frízer. No mintió cuando dijo que tres días sin comer no eran nada. Él había pasado más tiempo sin siquiera agua para poder salir adelante. Tuvo que admitir que sentía una diminuta cantidad de inquietud cuando pensaba en la mujer, ella era mucho más pequeña que él y no podía permitirse el lujo de perder muchas comidas. El estrés bajo el que estuvo antes de salir, sin duda, contribuía a su fragilidad. Estaba seguro de que ella no se alimentó bien en los días previos a su salida.
Posó sus ardientes ojos sobre el cuerpo de Bulma, deteniéndose en el suave oleaje de sus senos y en los delicados dedos de sus pies que tamborileaban molestos en el piso. Ella se ruborizó ante su mirada. Ahora estaba claramente consciente del hecho de que una barrera ya no los separaba.
Sus ojos negros se encontraron con los suyos y sus labios se extendieron en una sonrisa sensual que la hizo pensar en pieles cubiertas de chocolate y lenguas aterciopeladas. Ella luchó contra el impulso de darse un golpe en la cabeza cuando su estómago gruñó ante el delicioso pensamiento y se tensó con deseo a la vez.
—Bueno, supongo que siempre podría comerte. —La voz ronca de Vegeta se deslizó sobre ella, acariciándola en los lugares más íntimos. El ritmo cardíaco de Bulma aumentó, no podía discernir si se suponía que él la cocinaría a fuego lento o haría algo mucho más... decadente.
Vegeta le dio una última mirada velada antes de empujarse del marco de la puerta y caminó con total tranquilidad por el pasillo.
—Date prisa y ven a fijar el rumbo para el planeta —gritó, lo que la sacudió de su aturdimiento. Ella se miró en el espejo una última vez antes de lanzarse tras de él.
Bulma yacía bocabajo en la cama con la cabeza colgando del borde. Distraídamente tiró una pelota de goma que había encontrado contra la pared opuesta y la capturó en el rebote antes de que se le clavara justo entre los ojos. El primer día de su viaje dio vueltas por la nave y terminó en la plataforma de observación. Se sentó durante horas, mirando hacia la aterciopelada oscuridad del espacio decorado con estrellas que parecían diamantes incrustados.
Estaba completamente embelesada y se habría quedado así por un tiempo indefinido si Vegeta no hubiera roto su ensueño. Entró y descansó de un modo indolente contra la puerta, como solía hacer cuando quería intimidarla. Él no dijo nada y ella escapó de la habitación con el peso de sus ojos negros siguiéndola. Recordó su inquebrantable compromiso fatídico que perduraba en el futuro. A pesar de que la había salvado por el momento, tarde o temprano él tomaría su vida y todo lo que amaba con eso, si no encontraba antes alguna manera de disuadirlo.
—El soufflé de chocolate de mamá —murmuró para sí misma.
Así que ahora estaba en la habitación que escogió después de haber establecido las coordenadas hacia el planeta que Vegeta le había señalado. La nave fue construida para albergar a una tripulación de al menos veinte personas, por lo que ella tenía un sin fin de posibilidades. Esta contaba con una pequeña ventana redonda a través de la cual miraba las estrellas brillar para entretenerse, pero pronto se comenzó aburrir del paisaje inmutable. El viaje espacial no resultó tan emocionante como pensaba, especialmente cuando tenía un montón de nada que hacer y la única otra persona viva en la nave con ella era un asesino a sangre fría. En efecto, esto parecía un carnaval de horrores como cualquier otro.
—Granadas recién cosechadas de un árbol.
Por supuesto eligió la habitación más alejada de Vegeta. Ella lo evitaba como a la peste. No confiaba en él y lo más importante, no confiaba en sí misma en torno suyo. Era un hombre peligroso, no solo para las razas más débiles, sino para su moral en general. Simplemente no podías confiar en ti cuando tu cuerpo te dice "salta sobre él" al mismo tiempo que tu razón dice "huye". Los hombres como Vegeta deberían ser encerrados. Bulma se burló en voz baja de sí misma mientras con gran destreza atrapaba la pelota de nuevo.
Siempre se sintió atraída por el tipo incorrecto de hombres, muy en su propio detrimento. Nunca se decidió a salir con los buenos jóvenes universitarios que su padre trajo a casa de la oficina para que los conociera. Ellos eran dóciles y empalagosos. Jamás habían sido sometidos a un día de trabajo duro en sus vidas y ni siquiera sabían lo que significaba la palabra travesura. Por eso se quedó con Yamcha durante diez largos años. Él era su chico malo del desierto. Lástima que fuera tan fácil de domesticar. Tal vez por eso ella salía con un grupo de combatientes todo el tiempo, al menos ellos siempre tenían algo emocionante pasando en sus vidas que no implicaba un almuerzo de sociedad o una importante reunión de junta. Ella se nutría de la emoción de la aventura: era un espíritu libre, vagabundo, o solo estaba enferma de la cabeza.
—Pan horneado. —Se detuvo un minuto agarrando la pelota en el aire—. Con mantequilla fresca.
No tenía idea de lo que hacía Vegeta para pasar el tiempo. Apostaría su juego de llaves de cincuenta y dos piezas que no estaría rememorando sus viejos romances o examinando los defectos de su personalidad. ¿Tuvo aventuras amorosas? Su instinto femenino le decía que no era virgen. El hombre probablemente nació con el don natural de cómo hacer gritar a una mujer. Eso no significaba que él tuviera relaciones significativas en el pasado. De ninguna manera parecía el tipo de persona que equipara el sexo con el amor. Dudaba que hubiera amado alguna vez a alguien en su vida ya sea familia, amigos o a una amante. Solo porque ella escuchó los latidos de su corazón no quería decir que en realidad tuviera uno.
Pero aun así su corazón latía, lo que significaba que era un ser vivo. Y casi había tomado esa vida. Lo habría eliminado tan insensiblemente como si aplastara un insecto. No le quedaba otra opción, se dijo con amargura. Tuvo que comprometer su moral por un bien mayor. No era como si se complaciera en matarlo o que sus acciones fueran motivadas por la venganza. Ella había sido arrinconada y cuando se enfrentó con la decisión de preservar su alma sin mancha o salvar las vidas de millones, eligió el camino más sensato. Debería ser coronada como una santa, no denunciada como un pecador.
Todavía habría sido un asesinato. Envuélvelo bonito y pégale un lazo encima, pero cuando llegara la hora de la verdad, habrías sido una asesina a sangre fría igual que él.
Susurró una cruel voz en la parte más profunda de su cabeza. Lo peor fue la risa burlona que persistía en su corazón, porque en el fondo sabía que fracasaría en su misión autoimpuesta deliberadamente. Si el general no decidía aparecer, hubiera encontrado alguna otra forma de evitar asesinar a Vegeta. Lo habría dejado libre y si ella no se despertaba a tiempo, su planeta estaría en ruinas ahora mismo.
La risa burlona que perduraba no la ridiculizaba por su determinación de matar a Vegeta, se burlaba porque ella terminaría siendo mucho peor que el asesino de un solo hombre. Sería la destructora de toda una civilización. Su falta de acción pudo matar a millones y allí yacía el corazón de su culpabilidad, no en su falsa resolución de matar a Vegeta, sino en la dura comprensión de que no iba a hacerlo. Aun cuando dirigió el dardo hacia el muslo de Vegeta, en el fondo sabía que iba a detenerla. Ella era una simple humana y él poseía unos reflejos que eran incomparables en relación a los suyos.
Silenciosas acusadoras lágrimas cayeron de sus ojos y se deslizaron en la masa de cabello a nivel de sus sienes. Con tristeza dejó su vergüenza a un lado, enfocó su mente en el presente y desterró el pasado a la prisión de su memoria donde permanecería por tiempo indefinido para torturarla. La culpa era un castigo ineludible. Suspiró hondo y trató de concentrarse en la pelota que rebotaba.
Tres días sin comida estaba afectando su razón. En realidad no sonó tan mal la primera vez que pensó en ello. Tres días. Eso no era nada sino setenta y dos horas, veinticuatro de las cuales estaría dormida. Incluso tenía el bono extra de quedar inconsciente el primer día. Por supuesto, ella se despertó totalmente hambrienta, sin embargo, lo ignoró sin ningún problema. Bebió un poco de agua y siguió su camino, pero a mediados del segundo día, se había doblado de hambre. Su estómago se rebeló de forma tan violenta que tuvo terribles náuseas y apenas pudo salir del baño. Tragó vasos de agua y eso mitigo su dolor un poco, no obstante, todavía seguía allí, royéndole las entrañas como una rata en el armario de la ropa blanca.
—Jamón cocido en miel con clavo de olor y puré de papas al lado.
El día de hoy no era tan malo. Su mente daba vueltas un poco y le resultaba difícil concentrarse. Ni siquiera se molestó en levantarse de la cama. Se sentía aletargada, pero su cerebro hiperactivo no la dejaba dormir o su vejiga en todo caso. No quedaba demasiada agua que se pudiera beber. Llegados a este punto, bien podía pararse sobre el inodoro con un vaso y verterlo porque eso era más o menos lo mismo que hacía.
Suspiró y volvió a preguntarse que estaría haciendo Vegeta. Probablemente encontraría el gimnasio en las cubiertas inferiores, pero solo lo había amueblado a medias. Eso lo enojaría, aunque era poco lo que ella podía hacer al respecto. No escondía una cámara de gravedad, como la que equipó en la nave de Gokú, bajo la manga. Él iba a tener que entretenerse a sí mismo como ella lo hacía. No era como si fuera a buscarlo y entablar una conversación. Podría acabar recibiendo algunos pensamientos rebeldes sobre sus muslos, los cuales nada tendrían que ver con el sexo y todo que ver con su estómago.
—Bistec. Un enorme, grueso y jugoso bistec, tan grande como Yajirobe. —Bulma chasqueó los labios ansiosa.
Y si podía albergar esos pensamientos, quien sabía lo que estaba pasando por la cabeza de Vegeta.
—Aterrizaje en veinte minutos. —Bulma giró la cabeza hacia el panel cuando la monótona voz del ordenador llenó la habitación. Su falta de atención permitió que la pelota que había estado lanzando le pegara directo en la sien con moretones.
—¡Ay! —gimió mientras ponía su mano sobre la herida casi curada. Se arrastró fuera de la cama, luchando por ponerse de pie. Puntos negros danzaban delante de sus ojos, lo que la hizo tambalearse en medio de la habitación. En un instante recuperó el equilibrio y se precipitó hacia el puente de control levantando con una mano la falda que colgaba peligrosamente bajo sus adelgazadas caderas.
Corrió hasta pararse en seco cuando vio a Vegeta de pie en el centro del puente observando como un feo planeta de color marrón en la pantalla de visualización aumentaba de tamaño a medida que se aproximaban. Se acercó con cautela y echó un vistazo sobre él para examinarlo. Arrugó la nariz, disgustada ante la vista. El primer planeta extraterrestre que iba a pisar no era muy bonito.
—Que planeta para más feo —murmuró ella con mucho más que una buena dosis de decepción en su voz.
Vegeta se negó a mirarla, ni siquiera levantó una ceja cuando entró. Bulma lo había estado evitando durante los últimos dos días y fue lo mejor. Todavía seguía enojado con ella por manipularlo y meterlo en otra situación que no podía controlar, por no hablar de que trató de matarlo. Eso aún lo sorprendía un poco, aunque no estaba seguro del porqué. Sabía que cuando ella murmuró sus lamentables promesas, todo era mentira, pero de alguna manera se encontró creyéndolo. Por un breve momento quiso con desesperación creer que había una persona en esta existencia de mierda que era honesta y verdadera. Algo tan completamente inesperado, tan completamente imposible.
Su cinismo solo quedó demostrado cuando la santita apuntó un arma sobre su cabeza, pero él no sintió satisfacción por el resultado, solo amargura abrumadora que amenazó con tragarse su ya sucia alma. No quería nada más que castigarla, hacerla pagar por conseguir que tome conciencia de la oscura verdad que siempre había conocido: que la brutalidad y el odio existían en todas las cosas y que el amor y la pureza eran solo el disfraz bajo el cual el mal se escondía. Él rasgó sus ojos y furioso miró hacia adelante, sabía que no podía poner una mano encima suyo o la mujer lo dejaría varado en medio de la nada con su propio dedo metido en el culo.
Desde que ella se había encerrado en su habitación ni siquiera podía aterrorizarla de manera sutil. Oh, podría cazarla como Dios manda en la nave como a un conejo asustado, sin embargo, eso no sería tan satisfactorio como atormentarla lentamente. Esperaba que estuviera aletargada estos últimos días, pero sabía que una vez que metiera algo de comida dentro de ella ya no sería capaz de quedarse quieta. Su natural intolerancia a la soledad la obligaría a salir de la habitación y caería directo en sus brazos. Una criatura de voluntad débil como ella no podría soportar el silencio incesante que haría eco a través de la nave durante el largo viaje. Vegeta estaba acostumbrado a viajar solo, sin compañía, pero la mujer se rompería bajo la presión y entonces él estaría un paso más cerca de su premio.
Las palabras que la oyó pronunciar solo subrayaban lo ignorante del universo que era. No tenía idea de lo que veía o cómo funcionaban las cosas ahora que salió de su planeta de algodón de azúcar. Si esperaba que la realidad de este lugar sería de ensueño como si estuvieran de vuelta en la Tierra, se llevaría una gran sorpresa. Ella no podría jugar a la reina del mundo aquí. Estaba en el dominio de Frízer ahora y eso no era mejor que el séptimo círculo del infierno.
—Es un planeta de comercio. Solo se ocupa de los intercambios, no tiene necesidad de vegetación. —La breve respuesta de Vegeta hizo a Bulma estremecerse y decidió cambiar de tema.
Ella escribió los códigos de aterrizaje, se preparó para el descenso sujetándose de la consola y sonrió llena de orgullo cuando la nave entró en la atmósfera con apenas un tropiezo. Era una genio. Luego de ver el accidentado despegue que Gokú y los demás tuvieron que soportar, se había asegurado de que esta nave tuviera la hidráulica superior que necesitaba para una conducción suave.
Aterrizaron en una zona densamente poblada, en una franja de tierra que no era más que un estacionamiento para vehículos espaciales. Bulma comenzó a maldecir hasta por los codos cuando un pequeño crucero se atravesó y casi chocó con la circunferencia mayor de la nave. Por primera vez, Vegeta giró la cabeza para mirar a la pequeña mujer. Tal vez ella no pasaría momentos muy duros aquí después de todo, pensó.
—¿No deberían tener algún tipo de controlador de tránsito aéreo o algo así? —Ella se quejó muy enfadada.
Vegeta negó con la cabeza mientras respondía.
—Aquí no. —Él se volvió para alejarse dejando a Bulma mirando el visualizador.
—¿Qué diablos significa eso? Aquí no. —Ella giró el rostro para encontrar que se había ido y al instante salió en desbandada detrás de él.
—¡Espera! ¡Espera por mí! —Lo ubicó en la escotilla y se apoyó contra la pared, sin aliento y mareada. Tres días sin comida hicieron estragos en la mujer y por debajo de sus mejillas enrojecidas Vegeta podía ver la palidez antinatural de su rostro.
—Quédate aquí —le ordenó mientras pulsaba el botón para abrir la puerta.
—De ninguna manera —dijo ella. Este era su primer planeta alienígena y quería verlo con sus propios ojos. No iba a esperar en la nave como una buena ama de casa.
Vegeta la miró.
—Mujer, esto no es un día de fiesta. Quédate aquí.
—Quiero ir, Vegeta. Es la primera vez en mi vida que pisaré un planeta alienígena, quiero verlo todo. —Sus ojos brillaban de entusiasmo y asombro inocente, y Vegeta sintió que se le encogían los intestinos.
—Es peligroso ahí afuera, mujer. —Él gruñó fuertemente, haciendo todo lo posible por parecer intimidante, pero ella solo juntó las manos delante de su pecho y le pestañeo con coquetería.
—Por favor, Vegeta, no hay nadie por ahí que sea más peligroso que tú. Yo estaré segura. —Vegeta parpadeó ante su lógica inversa. En toda su vida jamás había visto a una mujer pestañearle. Casi no sabía que pensar. Se encogían de espanto, sí; gritaban de terror, por supuesto, pero nunca le rogaron graciosamente por un favor. Ella debió ver la indecisión en sus ojos porque le sonrió y bajó como un rayo por la rampa.
Vegeta se pasó la mano por la cara y la siguió, tenía la seguridad de que solo cosas malas podían suceder con ella a su alrededor. La alcanzó, la agarró del brazo y la hizo girar para que pudiera hacerle frente.
—Escucha, humana, si vas a hacer esto conmigo, hay algunas cosas que debes saber. En primer lugar, cada vez que hables con alguien, mantén los brazos cruzados delante tuyo. Aquí todo el mundo es o bien un guerrero o lleva un arma de algún tipo. Al cruzar los brazos demuestras que no tienes intención de atacarlos.
Bulma escuchaba con atención, pero atisbos de extraños alienígenas aquí y allá hicieron vagar su concentración. La mayoría de ellos parecían ser de aspecto casi humano, aunque con graves deformidades como un tercer ojo o les faltaba un brazo. Lucían como malos actores de una película futurista sobre mutantes que vivían demasiado cerca de una central nuclear. Sin embargo, unos pocos eran claramente no humanos y capturaron su atención casi en su totalidad. Vio a una mujer reptil de piel bermellón que le recordó a una vivida puesta de sol en un cielo cargado de smog.
—Ah, ¿es por eso que siempre estás de pie con los brazos cruzados? Pensé que era solo porque eres un culo arrogante —le bromeó ella.
—Soy arrogante. Soy un príncipe, idiota, así que muéstrame un poco más de respeto. —Él se burló y ella frunció el ceño—. En segundo lugar, cuando alguien haga contacto visual contigo no apartes la mirada primero. Te hará parecer débil y si te ves débil, entonces van a pensar que lo soy por asociación. Lo último que necesito es que alguien me desafié en este momento. Vamos a conseguir algo de comida y saldremos de aquí. —Mientras hablaba, sus ojos vagaban sin descanso de una persona a otra, en busca de cualquier amenaza. Su constante vigilancia la puso nerviosa y ella empezó a preguntarse si era sensato seguirlo, planeta alienígena o no. Nunca había visto a Vegeta tan cauteloso. Dijo muy poco sobre el planeta hasta ahora y nada fue positivo.
Él liberó su brazo y comenzó a caminar, dejándola sola en medio del compacto camino de barro cocido por el sol del desierto y recubierto de una fina capa de polvo. Con cada pisada el polvo se levantaba, cubriéndole el interior de la nariz y la boca, y apelmazando su piel. Ella ya sentía las gotas de sudor en su frente por el intenso calor bajar por su rostro para dejar rastros en la tierra. Dio un respingo y corrió tras de Vegeta, su bravuconería se evaporó ante la idea de quedarse sola. Primero permaneció detrás de él, observándolo todo con unos grandes ojos, pero con cada paso que daba se emparejaba más hasta que estuvo tan cerca de su lado como pudo sin tocarlo.
El planeta estaba pintado en tonalidades de marrones y grises de barro. El brillo del metal de hojalata centelleaba bajo el sol, lo que cegaba sus ojos sin protección. Basura se amontonaba a los lados de las calles y en las afueras de las chozas que se mantenían unidas por saliva y esperanzas. Sobre algunas de las chozas los habitantes habían colocado toldos hechos de sucias telas hechas jirones, para protegerlos del ardiente sol del mediodía.
Una niña de pie encima de un montón de basura sujetaba en su pequeña boca un pulgar sucio. Bulma no podía discernir el color de su cabello o su piel, ya que la cubría demasiada suciedad. Dudaba de que incluso se hubiera bañado alguna vez en su vida. Llevaba un trapo que lucía perturbadoramente similar a la tela que era utilizada como un toldo cercano. La niña los vio pasar con ojos indiferentes, solo el hambre consumía sus desoladoras profundidades.
Una mujer a la izquierda de Bulma llamó a grandes voces en un tono cantarín y atrapó de inmediato su atención. Ella le sonrió con sugestiva lascivia a Vegeta, deslizó una mano por su propio muslo lleno de barro y la sumergió debajo del indecente trapo corto que llevaba, el cual podría describirse en términos generales como un vestido. Escupió palabras que Bulma no pudo comprender y que, sin embargo, reconoció en su significado universal. Ella le hacía proposiciones lujuriosas a Vegeta, pero él la ignoró mientras caminaba. No miró ni a la izquierda ni a la derecha, y aun cuando se movía hacia adelante como si nada más que su objetivo existiera, no había duda de que él era plenamente consciente de todo lo que ocurría a su alrededor.
La multitud se hizo más densa a medida que avanzaban hacia el centro del poblado y Vegeta se vio obligado a frenar su ritmo brutal. Bulma se apretó más junto a él mientras sus ojos vagaban por el arsenal de armas que iban atadas a varias partes de las anatomías de las personas. Todo, desde armas mortales a impías espadas, adornaban los trajes de la mayoría de la gente.
Vegeta se detuvo en medio de la calle y esperó con paciencia poco común a que un grupo de peatones pasaran frente a él. Al parecer, estaba al tanto de algún tipo de cortesía que se requería para interactuar con otras culturas. Solo elegía utilizarla cuando lo beneficiaba hacerlo.
Mientras esperaban, el ruido de un revolver atrajo su atención y volvió sus ojos hacia un lado. Habían entrado en un estrecho bulevar que consistía en solo tráfico de pie. A uno y otro lado se ubicaban varios establecimientos deteriorados y Bulma no tenía que ser una genio para percatarse de su propósito. De algunos se deslizaba el olor a comida apenas comestible y de los demás el hedor a demasiado vino siendo derramado sobre las tablas de los pisos en descomposición. Ella miró a un pequeño patio vallado que estaba protegido del sol por una lámina de estaño apoyada en postes de madera delgada en cada esquina. Entrecerró los ojos y con un resoplido de desdén se dio cuenta de que varias personas yacían en el suelo. Sus bocas abiertas y expresiones vacantes habrían causado su preocupación si no hubiera visto el subir y bajar poco profundo de sus pechos cóncavos.
Desde las profundidades de la oscura entrada del establecimiento, un hombre salió a trompicones, sin mostrar preocupación por los cuerpos que pisaba inadvertidamente. Los clientes inmóviles no se despertaban más allá de un gruñido a medias en protesta mientras pisaba sus dedos o sus piernas. El hombre desaliñado se abrió paso de un modo inestable hacia una pequeña mesa que se tambaleó cuando dejó caer su frágil cuerpo en una silla. Sus ojos se pasearon de un lugar a otro sin parar durante más de un segundo en cualquier objeto y sus manos continuamente rascaban las partes de su piel expuesta del trapo que llevaba. Parecía un chihuahua nervioso, temblando y temblando, incapaz de quedarse quieto. Bulma pudo ver heridas supurando en su piel y el escrutinio constante por parte de sus uñas sucias en estas solo las inflamaban aún más.
De improviso, los ojos inyectados de sangre del hombre la miraron y ella contuvo el aliento ante la visión. Sus ojos enrojecidos estaban llenos con una cantidad incalculable de desesperación y un anhelo casi frenético por algo que no podía ser nombrado. El tormento y la frustración sacudieron su cuerpo y ella vio que el cansancio lo penetraba hasta la médula. Era como si no le quedara nada para darle a la vida y solo esperara la muerte.
Observó como él desenvolvía un pequeño frasco de una tela hecha jirones. Lo sostuvo a la luz y un líquido en el interior brilló con la pureza de un cristal azul. Este resplandecía, impactando a Bulma con el primer trozo de verdadero color que había visto desde que llegó a este aburrido planeta apagado. Él le dio vueltas a la tapa, sacó el gotero como si fuera un frasco de perfume, inclinó la cabeza hacia atrás y se echó dos gotas del fluido en cada uno de los ojos. Su cuerpo comenzó a temblar mientras un ruidoso suspiro de éxtasis escapaba de sus labios agrietados. Su cabeza cayó hacia adelante y sus ojos azules y cristalinos ahora totalmente resplandecientes la miraron sin ver. Las líneas fruncidas en el rostro del hombre se desvanecieron y una mirada de paz vacía lo reclamó. Todo su cuerpo se dejó caer en la silla mientras él se alejaba en una nube de placer sintético.
Bulma se estremeció ante la vista y la multitud aumentó alrededor de ellos casi separándola de la sombra protectora de Vegeta. Sin pensar levantó la mano y se sujetó de su brazo buscando seguridad. Ante su contacto, Vegeta miró a la mujer asustada que estaba demasiado ocupada observando la pobreza que la rodeaba para darse cuenta. Él casi se la sacudió de encima, pero divisó a un hombre de aspecto astuto lanzándose hacia ella y en lugar de eso la atrajo más cerca. Bulma puso la otra mano sobre su brazo, aferrándose a él como una amante haría con su amado.
—¿No era este un planeta comercio? —cuestionó ella al contemplar a otro niño muerto de hambre.
—Eso no quiere decir que sean ricos. —Vegeta miró a su alrededor, por primera vez vio el planeta de la forma en que la mujer lo hacía. Había crecido viajando de un mundo a otro muy parecidos a este. Ahora se hallaban en un planeta de comercio de clase baja, en el que se negociaba con las necesidades más sórdidas del universo como la prostitución y las drogas. Casi todos los que venían a comerciar en este lugar eran criminales de algún tipo que necesitaban discreción en sus transacciones, razón por la cual él eligió aterrizar aquí en primer lugar.
Planetas de comercio de clase superior registraban sus transacciones con la Base de Datos del Comercio Intergaláctico o BCI, para abreviar. Este grababa todos los intercambios comerciales usando la moneda de curso legal, pero automáticamente deducía una tajada para Frízer y lo transfería a sus arcas reales. Si Frízer quería dar con él, lo primero que haría sería rastrear el BCI. Esto, sin embargo, no eliminaba toda la amenaza de detección. Era más que probable que Frízer hubiera puesto a circular una orden de búsqueda sobre su mono favorito, además de la posibilidad de que alguien lo reconocería aquí, por lo que tenía que ser lo más discreto posible. Bajo la mirada hacia la hermosa mujer que adornaba su brazo: eso era algo que ella no sería capaz de hacer.
Una vez que llegaron a la plaza del mercado, Vegeta analizó rápidamente el área, en busca de una bandera que revelara a algún vendedor de alimentos. Al final de un puesto bordeando el camino, un sucio banderín verde flameaba de forma muy característica y él se empujó con impaciencia a través de la multitud. Bulma sintió nauseas cuando Vegeta la arrastró por detrás. La aglomeración de gente era agobiante, ya que sus cuerpos sin lavar presionándose juntos causaban un hedor espantoso que asaltó su nariz sin piedad. Ella usó una de sus manos para cubrirse la nariz y la boca, y sus ojos lagrimearon por la combinación del olor corporal y el polvo arenoso que lo cubría todo.
Vegeta caminó hasta el puesto y echó a un lado a un hombre grande para poder abordar al vendedor. El sujeto volteó hacia Vegeta con rabia, pero un gruñido y una palabra hablada guturalmente del príncipe lo hizo huir. Se acabó la cortesía, pensó Bulma sin alegría. Vegeta comenzó a hablar con el hombre detrás del mostrador de madera y ella se dio cuenta de que no sería capaz de seguir la conversación. Lo miró entendiendo por primera vez que era un alienígena, con exóticas habilidades y conocimientos de los que ella no tenía un verdadero concepto. ¿Cuántos idiomas hablaba?, se preguntó. ¿Cuántas razas conocía en su corta vida, no solo aquellas que había aniquilado, sino con las que realmente interactuaba?, ¿qué conocimientos poseía que hacían que su tecnología ganada con mucho esfuerzo luciera infantil y anticuada?
Bulma analizó su entorno dejando atrás su corazón de mujer que se contraía ante la vista de tanta depravación y degradación, y en su lugar lo vio todo con los ojos de una científico. El hombre con el que Vegeta trataba era de aspecto humano, pero con una corta barba oscura que destacaba sobre sus mejillas y sus ojos eran anormalmente redondos. Ellos sobresalían de su cara como brillantes orbes de obsidiana en los cuales no podía distinguir ni la pupila ni la esclerótica. Llevaba un viejo sombrero sucio que se empujaba hacia abajo sobre su frente para proteger sus enormes ojos del sol. Movimientos por debajo de su camisa provocaron que la tela se ondulara sutilmente y la piel de Bulma comenzó a erizarse. Se desplazaba con una incómoda gracia que le recordaba a una araña fuera de su red.
A diferencia de los otros puestos cercanos, nada adornaba el tosco mostrador de madera y lo único que había detrás de él era la caída de un material color verde oscuro que ella conjeturó separaba su área de trabajo del dormitorio. Al no ver nada de interés en el puesto, Bulma puso los ojos en el cobertizo vecino. Vio un puñado de componentes mecánicos esparcidos sobre el mostrador y con curiosidad pasó a examinar la tecnología extraterrestre.
Ella dio unos pasos y levantó la mano para tocar la mercancía cuando se dio cuenta de que algo obstaculiza su movimiento. Bajo la mirada solo para ver la punta de la cola de Vegeta fuertemente enrollada alrededor de su muñeca como un brazalete peludo. Le frunció el ceño un momento antes de alzar la mirada hacia Vegeta. Él no le prestaba atención y parecía estar en intensas negociaciones con el comerciante. Se sentía como una niña de dos años cuya madre había atado una cuerda alrededor de su mano para que no se pierda entre la multitud. Tuvo la tentación de darle un tirón fuerte a su apéndice para enseñarle que Bulma Briefs no sería amarrada como una especie de perra en celo, pero un vistazo a un delincuente cerca que se humedecía los labios de un modo insinuante la hizo cambiar de idea. Era mejor estar amarrada a un amo que conocía, que ser atada y amordazada por un desconocido monstruo que la secuestró.
Ella continuó su examen de las mercancías, ignorando la conversación que tenía lugar a unos pocos pasos a su izquierda.
—Inaceptable —gruñó Vegeta enojado al hombre insecto en frente de él.
El hombre se encogió de hombros y su nariz se crispó sádicamente.
—Me Tain't see'in ninguna manera ot'er, Mi'tter. Tome OIT o del acueducto, pero thatten ser mi ofter. —Los tonos nasales del comerciante resonaron, lo que empujó la ira de Vegeta aún más.
—Mi crédito es excelente, tómalo. —Vegeta empujó su credichip hacia el hombre una vez más. Cuando aterrizó en la Tierra, lo único que había metido en su armadura era un fino disco cristalino que mantenía un registro de todas sus finanzas. Al igual que la mayoría de los soldados más inteligentes de Frízer, tenía una cuenta separada bajo un alias para poder realizar sus transacciones comerciales sin alertar a su amo de sus movimientos. Un gran número de los planetas de clase alta usaban escáneres que barrían la tarjeta, deducían la cantidad adecuada de créditos por la compra y lo transferían a la cuenta del comerciante. A pesar de que Frízer no debería conocer esta cuenta, Vegeta aun así temía que utilizándola de una manera tan evidente seria rastreado, pero no cargaba efectivo con él y nada de valor para intercambiar. En pocas palabras, estaba en bancarrota.
—No, no. No tomar ningún creds. Oly efectivo. —El hombre agitó las manos delante de él, eludiendo el chip de Vegeta.
—Lo tomas o derribare esta pocilga de mala muerte —gruñó Vegeta en serio y se inclinó sobre el mostrador amenazándolo. El hombre dio un paso atrás, pero negó con la cabeza sin remordimientos.
—Harías no wan'ta ser doin 'dat, Mi'tter. Wes frunce el ceño en cualquier do'n alboroto heres thatten focha nos lleva a look't a c'osely por Da imperio. —Con un movimiento de cabeza, el comerciante llamó la atención de Vegeta hacia dos guardias que se ubicaban fuera de la multitud. Sus duros ojos lo observaron de cerca por cualquier mala conducta. Vegeta apartó rápidamente el rostro ocultándolo de sus ojos curiosos y miró hacia el vendedor de nuevo. Los delgados labios del hombre se estiraron en una sonrisa poco profunda que reveló una hilera de dientes afilados—. Wes no es ningún wan tr'uble. Nosotros, son gente de re'pectable eso es jus'tratando de nosotros un viviendo hace.
Vegeta resopló ante las palabras burlonas del hombre, tenía las manos atadas. No podía explotar la tienda del hombre como tanto quería ni disponía del dinero para comprar los alimentos que necesitaban tan desesperadamente. Calculó que podía seguir por otra semana antes que el hambre apretara su puño implacable sobre él, con las exigencias de los rugidos de su vientre, pero la mujer no podía estar mucho más tiempo sin algo de comer. Ya se veía pálida y decaída. Ella estaba de pie delante de una mesa rebosante con un montón de artilugios mecánicos que deberían haberla enloquecido de emoción, en cambio, solo hurgaba entre ellos con poco entusiasmo. Sus pómulos se destacaban en marcado relieve sobre su rostro y el sol del mediodía proyectaba sombras en los huecos de sus ojos. Evocaba inquietantemente a muchos de los cuerpos que él había visto cubrir los sangrientos campos de batalla. Era un cadáver andante, necesitaba comer y pronto.
—El precio que pides es demasiado alto —gruñó Vegeta al hombre que tenía delante.
—Una media hora es un Olys b'ink del ojo uhs. I bees hacen a'for yous lo sabes. —El hombre miró a Bulma avidamente y se frotó las manos con lujuria apenas contenida. Vegeta le hizo una mueca al espantoso hombre frente a él. Ellos necesitaban alimentos, pero lo que el hombre pedía era inaceptable. El comerciante estaba dispuesto a equipar su nave con varios meses de víveres y todo lo que pedía a cambio era una media hora a solas con Bulma para hacer con ella lo que quisiera. Tales operaciones no eran infrecuentes en este planeta y él debería haber previsto que algo similar sucedería una vez que había dejado la nave con ella a cuestas. Era una mujer demasiado hermosa para estar aquí y no llamar la atención una docena de veces.
Por lo general, él encontraba que los impulsos de otros varones eran una asquerosa herramienta que no tendría ningún problema en utilizar para lograr sus objetivos. Después de todo, el cuerpo de una mujer no era más que un recurso como cualquier otro y sin comida, sin duda moriría de hambre. Si ya no hubiera reclamado su derecho a ella, la habría entregado al comerciante y tomado los víveres, pero como se sentía extrañamente posesivo, no quería las manos de otro hombre encima suyo, ya sea para castigarla como el general hizo o para violarla como este gusano deseaba hacer.
Con un gruñido de frustración se volvió sobre sus talones, agarró a Bulma de la muñeca y la arrastró por el camino de tierra. Ella alzó la mirada hacia los duros rasgos de Vegeta antes de girar el cuello y observó por encima de su hombro al comerciante. A medida que el banderín verde, que significaba alimentos comenzaba a desaparecer de la vista, Bulma tomo una decisión completamente gobernada por su estómago retumbante.
—¡Alto, Vegeta! —gritó mientras clavaba sus tacones en el suelo. Él trató de arrastrarla unos cuantos metros más, pero Bulma permaneció poco cooperativa. La última cosa que él quería era atraer incluso más atención, así que dejó caer su brazo y se volvió para gritarle a su cara vuelta hacia arriba.
—¿Qué? —gruñó él y ella se echó hacia atrás, sorprendida por su arrebato feroz. Las lágrimas llenaron sus grandes ojos azules y Vegeta tuvo que contener un insulto grosero.
—Tengo hambre —murmuró y él puso los ojos en blanco.
—Y qué. —Agarró su muñeca de nuevo para alejarla, pero ella obstinadamente tiró la mano hacia atrás.
—¿Por qué no conseguimos ningún alimento de ese hombre? —preguntó cruzando los brazos en frente suyo mientras una expresión testaruda se instalaba en su rostro.
—El precio era demasiado alto. —Él se burló y se estiró para alcanzar su muñeca otra vez, pero ella lo evadió, lo que la hizo chocar con una mujer gruñona que le chilló en lengua alienígena.
Bulma le restó importancia, en su lugar miró a Vegeta.
—¿Tenemos lo que quiere?
Vegeta apartó la mirada de ella y echó un ansioso vistazo por encima de su hombro hacia la nave. Cuando él no respondió de inmediato, Bulma repitió la pregunta.
—Bueno, imbécil, ¿tenemos lo que quiere?
Ante su comentario despectivo, la cabeza de Vegeta se dio la vuelta para clavar su semblante enojado en ella.
—Sí —siseó él. El rostro de Bulma se nubló de ira y hundió las manos en sus caderas.
—Bien, dáselo —exigió con altivez. Los ojos de Vegeta se volvieron rendijas y trató de recordar por qué se había alejado del comerciante de alimentos en primer lugar.
—Dije que el precio era demasiado alto, mujer —gruñó él.
—Me importa una mierda, Vegeta. Tengo tanta hambre ahora que podría comerme mi bota. Dale al cretino lo que quiere y deja de ser un hijo de puta codicioso. ¿Qué demonios estás buscando? ¿Gangas? Lo juro, Vegeta, todo lo que siempre haces es pensar en ti mismo. Lo que sea que quiera no puede ser tan importante, solo dáselo. Tengo que comer en algún momento hoy, porque si no mi estómago va a empezar a tener pensamientos rebeldes hacia mi bazo, si entiendes a lo que me refiero. Así que deja de ser un bastardo egoísta y consígueme algo de comida. —Ella terminó su perorata golpeando fuerte el suelo con su pie como una niña mimada y su labio inferior se extendió en un puchero.
Vegeta le agarró el brazo y la tiró hacia él para que pudiera inclinarse lo más cerca de ella.
—Oh, le daré lo que en verdad quiere, mujer, y tú vas a lamentar que lo haga. —Con eso dicho, se dio media vuelta y arrastró a Bulma a través de la multitud de regreso al vendedor. Se detuvo en el mostrador, bajó la mano para levantar el extremo de la portezuela y empujó a Bulma en los brazos del hombre.
—Aquí está, toma a la puta, ella se merece una buena follada —gruñó él sin remordimientos y lanzó hacia abajo la portezuela con un fuerte golpe, cerrándola firmemente.
