Nota de la traductora: Este capítulo contiene limones y solo es apto para mayores de edad. Esta historia tiene clasificación M por una razón.

Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ.

Capítulo once

Un beso, mil muertes

Bulma se retiró a su habitación conteniendo las lágrimas. Se fue quitando la ropa deshilachada mientras avanzaba por el aposento en camino al baño, llegó a la ducha, abrió el agua y apenas esperó a que se calentara antes de meterse. A medida que esta le caía en cascada sobre los hombros, las lágrimas que ya no podía contener brotaron de sus ojos. El líquido salado se mezcló con el agua y fue arrastrado hacia el desagüe como si nunca hubiese existido.

Trató de vaciar su mente como vaciaba su cuerpo del dolor con cada sollozo. Trató de limpiar toda la pena y la rabia que sentía por dentro que no tenían nada que ver con los moretones físicos en su cuerpo. Trató de borrar la memoria de las manos de ese hombre en su piel y de los obscenos ojos que reflejaron el horror que sentía de vuelta a ella. Trató, pero no lo logró. Era demasiado reciente y demasiado hiriente. ¿Cómo él pudo hacerle esto? No creía ser capaz de odiar a Vegeta más en este momento.

Se frotó el cuerpo hasta que quedó rosado por todas partes. Tuvo especial cuidado en limpiar a fondo el corte a su lado como precaución para no contraer una infección por el inmundo arañazo del hombre. Hizo una mueca de dolor cuando le dio una palmadita con una toalla de mano e ignoró el lento flujo de sangre que se deslizaba por el desagüe junto a las lágrimas. Sintió las quemaduras de las navajas de nuevo en el instante en que el agua le enjuagó la espalda y se mordió el labio para reprimir un grito. Giró la cabeza hacia un lado, pero no pudo ver sobre su hombro.

Salió y se secó a conciencia, tenía todo el cuerpo adolorido por la brusca manipulación. Abrió el botiquín, sacó el yodo y las vendas que había guardado allí desde que atendió el corte en su sien. Se untó de manera torpe la medicina marrón en el costado, frustrada por no poder ver con claridad sobre su pecho y bajó la mirada hacia el objeto que trajo de la unidad médica cuando entró en la nave: era una pistola de grapas para suturas.

Contuvo el labio inferior entre los dientes, tomó el instrumento de aspecto desagradable y empujó todos los pensamientos sobre el grapado de documentos de oficina de su mente. Ladeó el cuerpo para poder verse en el espejo mientras utilizaba una mano para juntar los bordes irregulares de la herida y empuñó el arma. Oyó el chasquido metálico de las mandíbulas cerrarse de golpe antes de sentir el agudo aguijón de la grapa perforando su carne ya abusada. Gruñó en el fondo de su garganta y se mordió el labio hasta estar segura de que iba a extraerse sangre. Inhaló hondo y frunció el ceño. Con valor repitió el doloroso procedimiento hasta que la herida se cerró correctamente y colocó un vendaje sobre su costado.

Cada vez que estiraba los músculos para poder revisar la herida en el espejo sentía una quemadura punzante justo debajo del omóplato. Hurgó en los cajones hasta que encontró un espejo de mano que pudo utilizar para ver el reflejo de su espalda y se quedó sin aliento cuando notó un anillo de marcas de pinchazos supurando que estropeaban la blanca perfección de su piel. ¡El pequeño cabrón de mierda la mordió! Trató de limpiarlo, pero no importaba cuanto se retorciera, no lograba llegar a la herida. Finalmente se decidió a verterse el yodo por encima del hombro para que así corra hacia los pequeños orificios.

Cuando terminó, contempló su reflejo. Tenía un corte en la sien, un labio partido, una herida irregular en su lado y una marca de mordedura. Parecía un bravucón de cantinas. Estaba empezando a hartarse de la gente que la golpeaba. ¿Quiénes se creían que eran? Solo porque alguien fuera más débil que ellos no quería decir que podían recibir palizas. Bastardos. En todos sus años viajando con Gokú nunca había sido tan lastimada, de hecho, siempre estuvo a salvo.

Bulma sintió que una ola de nostalgia la invadía y tropezó en su camino hacia la cama. Se metió debajo de las sábanas, las tiró por encima de su cabeza para bloquear cualquier luz, se acurrucó en un ovillo apretado y lloró hasta quedarse dormida.


Vegeta se inclinó sobre la mujer dormida, sus ojos negros destellaban en las sombras. Ella estaba tumbada de espaldas con los brazos abiertos de par en par, ajena a todo a su alrededor mientras dormía profundamente. Tenía una pierna expuesta y su pálida piel brillaba en la oscuridad. La sábana se había deslizado entre los muslos cubriendo el premio que él en verdad codiciaba, pero por fortuna dejó toda la pierna, la cadera y la mayor parte de su costado desnudos. Se dio cuenta con no poca decepción que sus senos también estaban cubiertos, sin embargo, lo que le atrajo la mirada fue la venda pegada a un lado.

Sus ojos se estrecharon al mirar la tira de tela blanca decorada con florecitas rojas. Ella debió haber sido herida cuando luchó contra el comerciante. Sus fríos ojos que vagaban sobre el delicado rostro, repararon en su labio hinchado y su casi curado corte en la sien. Quedaría una cicatriz, observó, y sintió que algo aleteaba dentro de él.

Se veía tan frágil mientras dormía. El odio en sus ojos estaba ausente y su lengua de mal genio en silencio. Ella era el tipo de criatura que inspiraba a los hombres a ir a la guerra, a pelear para honrarla, protegerla y cuidarla. Para poseerla. Quizá se había equivocado al presentarle los horrores del universo; eso echaría a perder su belleza inocente, manchando su pureza. Tal vez aquello era lo que la hacía tan irresistible, el hecho de que no conoció el mal hasta que él llamó a su puerta.

Ella se agitó en su sueño y abrió los ojos completamente. Ellos no mostraron cautela hasta que se fijaron en su misteriosa forma. Cuando lo reconoció, el miedo y el odio ascendieron en un instante a la superficie, y Vegeta percibió una respuesta amarga hervir dentro de él. Ella apretó las sábanas contra su pecho y metió su pierna debajo de esta. Lenta y deliberadamente se hizo un ovillo en la cabecera de la cama, como si movimientos rápidos lo incitaran a atacarla.

Él se burló y tiró un montón de ropa a sus pies, luego le arrojó una fruta redonda que ella atrapó con destreza. El aroma tentador flotó hasta su nariz y sin pensarlo dos veces, mordió la fruta con avidez. El jugo dulce estalló en su boca, ella cerró los ojos y gimió de placer. Vegeta sintió que sus intestinos se tensaban ante el sonido y contuvo una oleada de deseo.

—Vístete y búscame en la cocina —espetó él, interrumpiendo su comida. Se volvió sobre sus talones y salió de la habitación sin mirar atrás. Al salir, Bulma no pudo evitar sacarle la lengua a su espalda en retirada.

En poco tiempo se terminó la fruta, después se lamió los dedos para recoger hasta la última gota. Su estómago retumbó con exigencia y saltó de la cama. Encendió la luz para revisar la pila de ropa que Vegeta tiró. Le había traído dos pantalones, dos tops que eran idénticos y nada de ropa interior. Resopló en tono de burla. Vegeta obviamente no era un hombre que sabía como hacer compras.

Sacudió los pantalones y los examinó consternada. Eran de cuero negro estilo a la cadera. Los tops también eran de cuero negro, estaban diseñados con un escote ajustado, pequeños ganchos recorrían de arriba a abajo la parte delantera y tenían un corsé tipo gata callejera en la espalda. Sin duda serían lo bastante apretados para trabajar como un sostén, ya que el suyo quedó arruinado, pero no era su estilo habitual de vestir.

Deslizó uno de los pantalones por sus caderas desnudas e ignoró su único par de bragas sucias en el suelo. Luchó consigo misma dentro del corsé, frunciendo el ceño mientras se abrochaba la parte delantera, al terminar se vio en el espejo y puso los ojos en blanco.

—Creo que he visto este programa de televisión —murmuró. Si añadía una pistola amarrada a su cadera y un tatuaje de alambre de púas alrededor de su brazo, estaría lista para salir. Empujó los senos a su sitio y observó con una sonrisa que parecían más grandes. El top forzaba los hombros hacia atrás, sostenía las costillas y le mejoraba la postura. De ningún modo iba a ser capaz de encorvarse como lo hacía normalmente y todavía respirar.

Se puso un par de fornidas botas negras que Vegeta le había proporcionado para completar el conjunto. ¿Qué demonios? ¿Vegeta pensaba que viajaba con algún tipo de perra motociclista? El cuero negro era agradable y todo, si quería salir y jugar a la chica mala por la noche con su novio, pero esto era ridículo. Además, sin ropa interior se iba a irritar en este pantalón. El cuero no respira. Metió los dedos en su cabello que se enredó mientras dormía para domarlo antes de que se diera cuenta que también había un peine en la cama.

Se sentó y lo estudió con cautela. Que Vegeta le consiguiera la ropa lo podía comprender, después de todo no iba a ir por ahí con los harapos que llevaba, pero nunca imaginó que pensaría en comprarle algo tan frívolo como un peine. Inclinó la cabeza hacia un lado y pasó el pulgar a lo largo de las cerdas. Él obviamente había pensado en esto, lo que significaba que pensó en ella de alguna manera. Sonrió y lo apretó contra su pecho, estúpidamente satisfecha por alguna razón. Él no podría haberla hecho más feliz si le hubiera traído helado de chocolate con caramelo. Bueno, tal vez eso era ir un poco demasiado lejos, aun así estaba extasiada.

Se precipitó hacia el espejo, tiró con paciencia del peine por su cabello enredado y trabajó de un modo gentil en los nudos que tenía retorcidos desde hacía varios días. Hizo un gesto de dolor un par de veces cuando los músculos estiraron la herida por mordedura en su espalda, pero no se detuvo hasta que el cabello al fin fluyó con suavidad sobre sus hombros. Se dio una última vuelta frente al espejo y salió corriendo de la habitación. El estómago le exigía más comida.

Bulma irrumpió en la cocina, sus brillantes ojos escudriñaron sobre las cajas de alimentos que se encontraban apiladas contra las paredes. Vegeta se apartó de la despensa que estaba abasteciendo al verla avanzar hasta la barra. Su mirada fue atraída hacia sus senos empujados hacia arriba y su cintura ajustada con firmeza. Él entornó los ojos antes de que ella se diera cuenta de su atento escrutinio y giró el cuerpo un poco, pero inclinó la cabeza hacia un lado para poder observarla. Bulma al instante comenzó a hurgar en las cajas hasta que encontró el depósito de la fruta que le había dado antes. Con mucho entusiasmo mordió una varias veces mientras se acomodaba en una silla y le dedicó una sonrisa de satisfacción. Vegeta se quedó estupefacto. ¿Por qué se veía tan feliz de repente? Cuando ella iba a dar otra mordida, él gruñó.

—No comas tan rápido o te enfermarás, idiota. —Bulma puso mala cara, pero dejó caer la fruta y se echó en su silla. Después de estar sin comer durante tanto tiempo tendría que tomárselo con calma o si no su estómago se rebelaría violentamente.

—Parece que tienes un montón de comida —dijo Bulma y Vegeta la ignoró—. ¿Conseguiste agua también? —Él asintió y ella sonrió—. Gracias por la ropa y el peine. —Él la miró por el rabillo del ojo, pero no respondió—. Aunque esto no es exactamente lo que escogería para mí. Me refiero al cuero negro. —Jaló del corsé con una ceja arqueada y una pequeña sonrisa floreció en la comisura de sus labios magullados—. ¿Hay algo que no me estás diciendo, Vegeta?

Él se detuvo en medio de la colocación de una caja en un estante alto. Sintió que su espalda baja se contraía y cosquilleaba ante las palabras. ¿Ella se estaba burlando de él en realidad? ¿De él, la rabiosa bestia asesina del universo?

Dejó caer la mano y le devolvió la mirada con el rostro desprovisto de la confusión que sentía.

—Era eso o un atuendo de puta. Las opciones eran limitadas, mujer. —Sus palabras fueron cortas y uniformes. No gastaría la energía extra que se requería para una explicación larga, solo la suficiente para transmitir su mensaje. Rápido y eficiente, igual que él. Se volvió hacia otra caja y sacó más productos enlatados.

—Ah. —Ella pensó en lo que había visto usar a las mujeres en el planeta y decidió que prefería la ropa que eligió. Al menos estaba cubierta con decencia, con la ventaja adicional de que parecía una especie de chica ruda y el primer paso para ser algo es parecerlo. Ya podía sentir un cambio arrogante en su actitud.

—Aunque no me conseguiste ropa interior. —Bulma se movió incómoda ante la idea de que no llevaba bragas en ese momento. Era una sensación extraña, como si estuviera haciendo algo malo.

—No había ninguna —murmuró él mientras revisaba la comida.

Bulma le frunció el ceño con los ojos enfocados en los alimentos. Todo lo que Vegeta manipulaba era desconocido para ella. Ni siquiera podía leer la escritura alienígena a los lados de las cajas. Se preguntó cómo remediaría eso. De alguna manera no creía que hubiera un manual de traducción básico japonés-alienígena flotando en algún lugar del universo. Sabía que podía comer la fruta porque eso era, pero todo lo demás le parecía extraño.

—¿No les quedaban bragas? —Su voz goteaba incredulidad, entretanto sus dedos avanzaban por el mostrador directo a la caja con la fruta.

Vegeta se volvió hacia ella, movió la caja fuera de su alcance y se apoyó en el mostrador para mirarla a los ojos.

—Solo porque tu patética y atrasada raza usa ropa interior, no significa que el resto del universo lo haga.

Ella se detuvo seminclinada con la boca abierta ante sus palabras.

—Oh. —Fue lo único que se le ocurrió decir.

Vegeta puso los ojos en blanco y empujó otra caja hacia ella.

—Toma, guarda estos alimentos y luego cocínanos algo de comer, mujer.

Bulma se echó hacia atrás frunciéndole el ceño al saiyayín que tenía en frente.

—Guardaré la comida en su sitio, pero no voy a cocinar nada. Ni siquiera sé que diablos son la mitad de esas cosas.

Vegeta le devolvió una mirada fulminante.

—Averígualo.

—No puedo averiguarlo. Ni siquiera tengo un libro de cocina. No es como si pudiera leerlo —murmuró para sí misma.

—Eres mujer, así que será mejor que lo resuelvas porque quiero la cena en una media hora. —Vegeta salió del mostrador y se dirigió hacia la puerta dando pasos fuertes.

—Escúchame bien, simio chauvinista, solo porque soy mujer no quiere decir que sepa como cocinar. Yo "soy" la chica más rica del mundo. Tengo tres chefs de cuatro estrellas que cocinan para mí y un mundialmente famoso chef de postres. Nunca he hecho ni una tostada por mí misma. —Se acicaló el cabello—. Así que si quieres cenar en una media hora, te sugiero que cocines.

Vegeta se detuvo en medio de la habitación y poco a poco se volvió hacia ella. Sus facciones en blanco le enviaron escalofríos por la espalda y tragó saliva. Caminó en su dirección para sujetarla contra el mostrador. Sus ojos oscuros brillaron de un modo asesino y ella al instante recordó que no era una superchica de la televisión, sino una científico ratonil que no tenía ni siquiera la fuerza de un mosquito.

—Tendrás lista la cena para el momento en que regrese o quizá podría recordar que me mantuviste enjaulado en una diminuta celda durante meses. No creo que quieras que te encierre en el oscuro armario de utensilios y que solo te deje salir para que cambies el curso, ¿o sí?

Querido Kamisama, no. Ella no podía imaginar estar encerrada en un espacio reducido, en la oscuridad, nada menos. Se volvería loca, las paredes se le vendrían encima, moriría de... Se quedaron miraron y ella vio las tinieblas que residían allí. Cielos, eso hizo con él. Lo había encerrado y tirado la llave, y Vegeta aún tenía que castigarla. Palabra clave... aún. En lugar de eso le dio ropa, comida y un peine.

Bulma tragó saliva y negó con la cabeza.

—Bueno, ahora manos a la obra, mujer. —Él le dio la espalda y se alejó de la habitación dejándola con la cara roja. Ella se volvió para mirar la cocina, el pánico gorgoteaba en su estómago.


Una media hora más tarde las puertas de la cocina se abrieron para mostrar una zona de desastre. La comida chorreaba del techo hacia la alacena, un polvo rojo espolvoreaba absolutamente todo con una película delgada y humo negro flotaba en el ambiente. Una viscosa sustancia pegajosa hervía en la estufa junto a una pasta blanca que se derramaba sobre el borde de una olla. Restos de comida quemada cubrían los mostradores, entremezclados con los platos sucios y los recipientes vacíos.

Bulma se hallaba de pie en el centro del holocausto con una sustancia cremosa enredada en su cabello, polvo le manchaba las mejillas y el mentón. Ella se encontró con la mirada desafiante de Vegeta, la bravuconería que sentía desapareció en un dos por tres bajo su mirada inquebrantable.

—Traté, Vegeta, pero es imposible. —Se lamentó muy triste, el comienzo de lágrimas de autocompasión se formaron en las comisuras de sus ojos. El estrés de los últimos días y el infierno de los últimos meses pesaban sobre ella. En condiciones normales, lo habría visto como un reto, pero en este momento no tenía el estado de ánimo adecuado para realizar la tarea impuesta y no quería ser encerrada en el armario de utensilios.

Vegeta se dirigió lentamente hacia ella y Bulma empezó a llorar más fuerte. Estaba parada en medio de la cocina con los hombros caídos y abatida. Él se detuvo frente a ella, haciendo denodados esfuerzos por evitar que sus labios se crispen cuando vio algo no comestible gotearle de la cabeza hacia el hombro. La tomó por la cintura, la sentó en el mostrador junto al fregadero y giró el rostro para agarrar un trapo húmedo.

—Deja esos maullidos, mujer.

Tan pronto como ella sintió el calor ardiente de las manos de Vegeta en sus caderas, los sollozos que se formaban en su garganta tuvieron una prematura muerte desagradable junto con su voz. Se quedó completamente inmóvil, de repente parecía muy insegura de lo que iba a pasar.

Cuando se volvió hacia ella, él casi no pudo contener la risa. Bulma tenía las manos entrelazadas con fuerza sobre su regazo, sus rodillas estaban cerradas y sus grandes ojos acuosos lo observaban de forma cautelosa. Obviamente se sentía aterrorizada del siguiente movimiento que él haría.

Era el momento perfecto para follarla.

Vegeta instruyó su rostro en una máscara implacable y permitió que sus ojos se oscurecieran con sombras ilegibles. Podía oler el miedo de Bulma cuando su adrenalina se disparó y vio las cuentas de sudor que le adornaban el labio superior.

Levantó la mano, riéndose en silencio cuando ella se apartó. Con delicadeza inusual, él pasó el paño húmedo sobre su mejilla hasta su mentón. Lenta y cuidadosamente limpió la comida de su rostro, acercándose a ella con cada pasada del paño, hasta que se apoyó contra sus rodillas.

Se miraron y los labios rosados de Bulma se separaron mientras trataba de aspirar algo del, al parecer, inexistente oxígeno en la habitación. Sentía como si se estuviera ahogando en la sensación; quería luchar, pero su cuerpo estaba perezosamente conforme con las demandas de Vegeta. Casi sin darse cuenta, sus rodillas se abrieron para que él pudiera deslizarse entre sus piernas y estar más cerca de ella.

Vegeta de inmediato tomó ventaja de la separación laxa de sus muslos y casi suspiró de alivio ante la sensación de regreso a casa. Podía oler los cambios sutiles en el cuerpo de Bulma que anunciaban la disminución de su miedo y la elevación de su excitación. A medida que el delicioso aroma impregnaba el aire, sintió que su ingle despertaba a la vida, sorprendiéndolo con la fuerza de la necesidad que rugía dentro de él. Todo lo que quería era estar más cerca para cubrirla con su cuerpo.

Ella se sintió abrumada por su sola presencia. Su fragancia masculina le invadió los sentidos, llenándole la boca y la nariz, y filtrándose por sus poros. Vegeta se acercó más y Bulma tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual con él, físicamente era incapaz de apartar la mirada. El paño le enfriaba la piel, solo para quemarse debajo de la increíble oleada de calor que corría a la superficie cuando este se retiraba. Fuego líquido traicionero se encendió en sus venas y se agrupó en su vientre, distrayéndola de su miedo. Podía sentir el calor que irradiaba de él, sobre todo donde sus caderas chocaban contra el borde del mostrador, apenas a una ínfima distancia del vértice de sus muslos.

Vegeta quiso gruñir cuando el borde del mostrador bloqueó su avance. Estaba tan cerca de clavarse en su empapado calor. Podía olerlo, saborearlo en el aire, pero no sentirlo. Su mano se tensó sobre el paño e ignoró los susurros que lo impulsaban a envolver los brazos alrededor de ella para arrastrarla consigo.

Él deslizó el paño de su cara hasta su hombro, dejando un rastro de fría humedad sobre su piel caliente. Ella tragó saliva con fuerza al darse cuenta de que por primera vez los dos se tocaban sin ningún tipo de coacción. Vegeta no trataba de asesinarla o arrastrarla a la muerte y ella no colgaba de su brazo por el miedo a ser robada.

La había sentado en el mostrador y la lavaba como si fuera su amante y ella su preciada compañera. ¿Qué estaba haciendo él?, ¿qué estaba haciendo ella? Pero que mierd...

—¿Qué estás haciendo? —Las palabras salieron más duras de lo que pretendía, sin editar por parte de las relaciones públicas de su cerebro.

Él finalmente se permitió formar una expresión en sus rasgos fuertes que no hizo nada para tranquilizarla. La comisura de su boca se curvó mientras inclinaba la cabeza hacia un lado. Sus oscuros ojos cobraron vida con tal profusión de intensa emoción que ella se olvidó de respirar durante casi treinta segundos. El deseo, la lujuria y la necesidad fluían de él y la golpearon con fuerza, despertando una anhelante respuesta en lo más profundo de su interior.

—¿No es obvio, perra? —Su voz baja y ronca le envió escalofríos por la piel húmeda haciéndola hormiguear. Cada vez que él pronunciaba esa palabra, algo pulsaba dentro de ella que enviaba pequeñas vibraciones por todo su cuerpo. Siempre lo decía como si fuera la expresión de cariño más dulce con una voz de tono profundo y atractivo.

—Este, no realmente. —Ella notó que su voz parecía más pequeña, menos exigente y menos estridente. Sus cejas se juntaron para formar pequeñas líneas entre sus ojos. No le gustaba como iba esto.

La confusión de Bulma lo divertía. Durante solo un momento fue capaz de olvidar todo lo que alguna vez había ido mal en su vida y se centró exclusivamente en ella, desde los matices más sutiles de su expresión hasta los frenéticos latidos de su corazón. El mundo se redujo a la mujer que tenía en frente y a las emociones que él le evocaba.

Su sonrisa seductora se convirtió en una plena mientras sostenía el trapo delante suyo.

—Te estoy limpiando. —Ella tuvo una repentina e intensa visión de los dos en un baño de mármol, con velas flotando en la vaporosa agua jabonosa que bailaba al ritmo de su tórrida vida sexual.

—Yo, este… —Bulma comenzó, pero tuvo que detenerse y aclararse la garganta—. ¿Por qué? —Las líneas de su ceño se profundizaron cuando tomó nota del tono profundo que su propia voz había adquirido. ¿Qué demonios hacia?

Él tiró el trapo en el fregadero y ella sintió que su estómago trataba de presionarse contra su columna vertebral mientras le miraba las manos ahora vacías. Con resuelta facilidad, él se le acercó más y colocó las palmas sobre el mostrador a ambos lados de sus caderas. Bulma retrocedió y su cabeza golpeó el armario que estaba justo detrás. Vio el destello de sus dientes blancos bajo la curvatura de sus labios y tuvo que recordarse a sí misma tomar una respiración profunda para calmarse.

—Porque a ti te gusta. —Su profunda voz de mando se envolvió alrededor de ella, seduciéndola con sus ardientes octavas y malvados deseos. Tomó unos segundos antes de que las palabras fueran asimiladas. Los ojos de Bulma se encendieron de indignación y sus labios retrocedieron, no en una atractiva sonrisa, sino en una expresión fiera.

—¡No es así! —declaró ella con vehemencia, haciendo caso omiso a la desesperada pequeña voz en lo profundo de su cabeza que la llamaba una mentirosa descarada.

En el pasado Vegeta la había tratado con medias y crueles sonrisas de superioridad. Incluso la miró lascivamente en su afán de venganza, pero nunca lo vio sonreírle con tal atractiva promesa sensual.

Su boca se abrió en un círculo casi perfecto mientras sus grandes ojos lo miraban con una mezcla de aturdido horror y sobrecogida fascinación. Él se inclinó más y dobló las rodillas para poder bajar recorriéndola con las fosas nasales dilatadas. Se detuvo cuando su rostro quedó entre sus muslos abiertos y su aristocrática nariz a menos de unos centímetros de su pubis. Sus manos aún estaban apoyadas en el mostrador y sus abultados bíceps le clavaban las pantorrillas en este, obligándola a permanecer inmóvil.

Él inhaló hondo, su gruesa lengua se empujó hacia afuera de sus labios para humedecerlos antes de regresarla a regañadientes, trayendo consigo su labio inferior. Lo capturó entre sus dientes, lo liberó poco a poco y los juntó mientras un ronroneo profundo encontraba el camino hacia los oídos de ella. Cuando apareció su lengua, Bulma sintió un tirón insistente en su núcleo, como si una cadena uniera la punta de su clítoris con la lengua de Vegeta. Ella contuvo el impulso de resistírsele y todo su cuerpo sintió la abrumadora pérdida cuando su lengua desapareció detrás de sus labios.

Vegeta dejó que su aroma le llenara los pulmones, se abriera camino hacia su cerebro y lo grabó allí de forma permanente. Disfrutaba del olor de su miedo, pero su excitación era mucho más intoxicante. Se encontró deseando más, necesitaba saborearla. Se humedeció los labios e imaginó que presionaba la lengua contra sus pliegues femeninos y que la deslizaba con languidez sobre su carne hinchada. Vio como a ella le temblaban los muslos y su miembro viril se puso imposiblemente duro. Quería olerla, saborearla; quería tomarla y marcarla como suya.

Alzó los ojos, su sobreexcitada mirada se cruzó con la de ella y casi cautivó su alma. Muy despacio, él relajó su cuerpo sin romper nunca la mirada. Tenue, detrás de la oleada de sangre en sus oídos, ella pudo oír el roce de la tela mientras él se levantaba hasta que su irresistible boca quedó a solo un soplo de la suya. Tragó saliva. Todo lo que tenía que hacer era fruncir los labios como si se estuvieran tocando y el fuego incontrolable que vio ardiendo en sus ojos le saltaría encima para devorarla viva. Lo más importante era que su hermosa lengua estaría dentro de ella.

Él se dispuso a hablar, inhaló el aliento que Bulma había exhalado y separó los labios ligeramente. Ella sintió que la rígida expectativa le presionaba los músculos y esperó con gran expectación lo que tendría que decir.

—Hueles como a mí me gusta. —Él quitó una gran mano del mostrador y la tendió en la parte superior de su muslo. Ella se sentía amenazada y excitada a la vez, era incapaz de hacer nada más que parpadearle—. Apuesto que si deslizo mis dedos dentro de ti ahora mismo, estarás apretada, húmeda y caliente. —Su tono destilaba confianza en cada lasciva palabra por la evidente lujuria que sentía de ella. Los pezones de Bulma se endurecieron en pujantes coronas doloridas por la necesidad de ser tocadas. Quería negar con la cabeza, pero cualquier movimiento la traería peligrosamente cerca de su riesgosa boca. Se apretó más contra la inflexible pared que tenía detrás, no podía escapar de su implacable persecución.

Ella abrió los labios con miedo incluso a fruncirlos y permitió que un inquietante susurro de negación fluya más allá de ellos. Sintió su gruñido más que oírlo. Era profundo, resonaba en su pecho y vibraba en lo más profundo de su garganta. Las manos de Vegeta se deslizaron hacia arriba y le rodearon la cintura. Ella podía sentir las pulsaciones individuales de sus dedos en la parte baja de su espalda, en los músculos a cada lado de su columna vertebral.

Él miró la base de su cuello y pudo ver el aleteo del pulso que residía allí. Sus palabras provocaron que corriera más rápido y quería bajar la cabeza para pasar la lengua a lo largo de este. La suave negación lo enojó. Ella irradiaba necesidad por todos los poros de su cuerpo y aun así trataba de negarlo. Lo deseaba tanto como él la deseaba. Quería empujarse dentro de ella y oírla gritar su nombre.

Una atracción magnética la rodeó y se arrastró hacia el centro de su estómago instándola a arquear la espalda para traerse a sí misma al ras contra el duro cuerpo del hombre que tenía delante. Sus senos se enardecieron y su pubis se humedeció. Envolvió sus pequeñas manos blancas en sus bíceps de bronce. El contraste entre ellos la sobresaltó por un momento, ella era pálida y delicada mientras que él era oscuro y primitivo. Tenía la intención de apartarlo, pero en cambio cerró los dedos en sus abultados músculos, probando su fuerza y tamaño. La hembra instintiva en su interior no estaba decepcionada.

El suave toque de sus manos mandó ondas de deseo que lo atravesaron. La bestia dentro de él rugió victorioso y no pudo esperar para reclamar su premio. Con una magistral flexión de los brazos acortó la distancia entre sus cuerpos, lo que envió un regocijante grito de satisfacción que resonó a través de ella. Sus senos se aplastaron contra su pecho duro y su suavidad se fundió en su torso cincelado. Por último, su palpitante núcleo fue empujado contra su dura longitud, la presión de la carne alivió el dolor inicial mientras en simultaneo despertaba una frenética necesidad exigente en él.

Sus ojos negros como la tinta ardieron y ella trató de negarse una última vez. La rasgada voz de Bulma casi no se desplazó hacia su garganta seca y apenas pasó sus labios antes de que la boca de Vegeta cayera sobre ella. Sus labios rozaron los suyos, sorprendiéndola con una dulzura inesperada. Chispas de electricidad bailaron a lo largo de su sensible piel, atravesando su cuerpo y colisionaron con una ardiente tormenta en su centro. La lengua de Vegeta se deslizó sobre su labio inferior, exigiendo entrar con arrogancia.

Ella separó los labios por su propia voluntad y él barrió el interior como un arrogante conquistador, saqueando sus aterciopeladas profundidades. Gimió en su boca, incrédulo por cuan bien sabía, cuan dulce. Los ojos de Bulma se pusieron en blanco cuando la lengua de Vegeta se deslizó sobre sus dientes y pequeños petardos explotaron detrás de sus párpados. No pudo impedir que su cuerpo se arqueara contra él, deleitándose en la sensación de calidez que la envolvía.

Ella deslizó las manos por sus brazos hasta llegar a sus hombros. Sus dedos encontraron el camino hacia su nuca, se enredaron en su cabello de ébano y selló sus labios con los de él. Vegeta apretó los brazos alrededor de ella, flexionó los dedos sobre sus caderas mientras la levantaba para acercarla a su cuerpo y se frotó en su acogedora suavidad. Ella se estremeció contra él, todo su cuerpo gritaba de necesidad.

Su primer beso, el primero de cientos, sin duda, su razón confusa concluyó. Mucho mejor que la primera vez que intentó besarla. Se sentía bien, absolutamente perfecto y terriblemente mal. Aquella primera vez él no la besaba, estaba tratando de matarla. Asesino, homicida, monstruo. La mortificación que sintió fue inmediata y la sangre se le heló. La vergüenza brotó dentro de ella, matándola de mil maneras diferentes. No podía permitir que esto sucediera. Estaba traicionando a todos los que había conocido y amado. A su familia, a sus amigos... a Yamcha.

Abrió los ojos de golpe y fue la única advertencia que él recibió antes de que ella cerrara la boca con fuerza, capturando la suave carne de su lengua entre sus dientes. Vegeta se echó hacia atrás y ella sintió que todo su cuerpo se lamentaba por la pérdida de su reconfortante calor. Él se limpió la boca con la mano e incrédulo miro la sangre que encontró allí.

Bulma saltó del mostrador y se precipitó hacia la puerta. Vegeta se dio la vuelta para encararla con una mueca de odio en sus labios una vez sensuales.

—¡Puta! Me mordiste —acusó con los labios aún con sangre y sus ojos se encendieron de ira por el fuego ardiendo dentro de ellos.

Ella se enderezó lo mejor que pudo sin colapsar de absoluto terror. Se acercó a la puerta, sabía que estos podrían muy bien ser sus últimos momentos de vida.

—De eso se trata precisamente, Vegeta. No soy una puta, no lo fui cuando trataste de venderme y no lo soy ahora. Yo no jugaré a ser tu ramera para garantizar mi seguridad, prefiero morir primero. —Ella lo miró con altivez, rezando para que no se diera cuenta de que sus rodillas temblaban.

Un rugido mortal se hizo eco en la habitación junto con el chillido desgarrador del metal. El miedo le congeló los músculos y sudor frío resbaló entre sus omóplatos.

—Será mejor que huyas antes de que olvide que te necesito. —El tono amenazante de Vegeta se abrió camino a través de ella impulsando sus músculos paralizados y toda su bravuconería desapareció en una bocanada de humo. Dio media vuelta y salió corriendo del cuarto lo más rápido que pudo. No fue hasta que estuvo instalada con seguridad en su habitación que se dio cuenta de que Vegeta había retorcido el mostrador de acero inoxidable bajo su puño en un esfuerzo por controlar su violenta furia hacia ella.