Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ. Si lo fuera habría implicado mucho más romance.
Miren, en el anime, Bulma de alguna manera logró crear un dispositivo de traducción. No tengo idea de como, ya que no tenía una muestra de los idiomas de donde echar mano, pero lo hizo. Ella es un genio ¿No es cierto?, es verdad…
Capítulo doce
De mal en peor
Bulma, encorvada sobre un improvisado escritorio en su habitación, murmuraba obscenidades. Desde el incidente en la cocina hace dos días, no se atrevió a salir de allí salvo por absoluta necesidad. Se aventuró a buscar comida y agua, e incursionó en algunos de los cuartos de mando para sacar los microchips electrónicos que iba a necesitar, pero solo cuando pensaba que Vegeta estaba dormido o en un lugar diferente de la nave. Hasta ahora había tenido éxito en evitarlo, no obstante, sabía que sería imposible continuar haciéndolo durante meses.
No podía quedarse con él. Era enormemente peligroso. La forma en que la besó fue demasiado real, demasiado intensa.
Sus intenciones para con ella resultaban claras en todos los matices de su cuerpo, desde el modo en que la acechaba hasta el modo en que sonreía lobunamente en su dirección. Si no lo hubiera mordido, la habría follado allí mismo en el mostrador de la cocina. La peor parte era que pudo haberlo dejado y lo más probable, habría tenido el más alucinante orgasmo de su vida.
No dejaría que eso ocurra. No importa cómo, no debía consentirle tener ese tipo de poder sobre ella. No iba a estar a punto de convertirse en su gatita sexual solo porque él chasqueaba los dedos y la besaba como un dios.
Tenía que escapar antes de que algo terrible sucediera. Namekusei estaba a meses de distancia y no creía que fuera capaz de resistir el encanto de Vegeta durante tanto tiempo. Era demasiado sexy para la salud de cualquier mujer.
Trató de hacer una lista de las razones por las que no debería saltar a la cama con él. Moralmente incorrecto, a un lado. Quizás violó, torturó y asesinó a más gente de lo que siquiera podría imaginar. Frunció las cejas ante el pensamiento. No es que él alguna vez le hubiera dicho algo acerca de violaciones. Desde luego, se jactaba de su valor en batalla, pero nunca de aprovecharse de una mujer.
El mayor impedimento para no codiciar al monstruo debería ser Yamcha. Era, después de todo, el amor de su vida, su héroe, su amante y su amigo. Debería gastar las horas añorándolo y no andar pensando en las caricias de un asesino. Con una gran cantidad de dolor personal admitió que el recuerdo de Yamcha comenzaba a atenuarse. Todavía lograba recordar los acontecimientos que vivieron con una claridad perfecta, pero su rostro aparecía borroso. Se estaba convirtiendo en nada más que una nota al pie de página del pasado mientras que el presente la abofeteaba en el rostro con una persistente crueldad que la disgustaba.
La principal razón para no dejar que Vegeta la seduzca venía a ser sus tendencias asesinas, no el odio que le producía o el amor por Yamcha , ambos de los cuales se iban derritiendo bajo el creciente aluvión de la toma de conciencia de que Vegeta en lo profundo no era más que un hombre y que ella sentía ardiente lujuria por él.
No, era su sangriento pasado lo que la detenía. No podía concebir que a una persona que cometió las atrocidades que él afirmaba, todavía le quedara un ápice de la emoción que se necesita para mantener una relación. Y ahí radicaba el problema. Simplemente no tendría sexo casual con alguien porque la encendía. Debía sentir una conexión emocional y era imposible en lo que a Vegeta se refiere. No lo entendía a él ni a su vida.
Asesinar era malo, el caos era malo, sentir cariño por él sería un error.
La mano de Bulma tembló y la varilla de soldadura que sostenía casi la quemó. Determinada, tensó el puño con más fuerza y empujó los pensamientos rebeldes de su mente.
Había localizado un planeta industrial a dos días de vuelo a partir de las coordenadas en una vaina de escape. Después de que terminara el dispositivo de traducción, se escaparía. Nunca más volvería a cometer el error de no entender lo que decía la gente. Estaba segura de poder intercambiar algo de su genio científico por una nave en ese lugar.
Dejaría a Isis en piloto automático por un día; una vez hecho eso, Vegeta sería capaz de tomar el control. Tenía la certeza de que él no haría ningún esfuerzo por recuperarla, sobre todo debido a que programaría las coordenadas a Namekusei en el navegador como un incentivo para que siga adelante y la deje en paz. Si se decidía a venir por ella, ya estaría en la superficie del planeta antes de que la nave mucho más rápida pudiera capturarla. Ella se ocultaría entre el resto de la masa con bajo ki y nunca la encontraría.
Bulma dejó la varilla y cerró el chip de computadora en el que trabajaba. Probó como el collar que se puso en el cuello traducía cualquier cosa que decía al idioma local y el casi invisible auricular en su arete que interpretaría todo lo que se le dijeran. Escaparía y se abriría camino a casa, a su familia y a Yamcha. Su plan era infalible.
Debía funcionar, ya había tenido demasiado.
Bulma aterrizó en un extremo del planeta, a varios kilómetros de distancia de la señal de vida más cercana. No quiso aterrizar en el centro de la ciudad y necesitaba ocultar la nave por si acaso hubiera algún problema imprevisto.
Salió de la vaina, estiró los brazos por encima de la cabeza y se desperezó como una gatita. Estuvo atrapada en la pequeña nave durante dos días y sus músculos quedaron adoloridos por la inactividad forzada. El camino a la ciudad tomaría varias horas, así que conseguiría hacer un montón de ejercicio para que funcionen los músculos tensos. Sintió una llamarada arder en su hombro e hizo una mueca de dolor. La mordedura en la espalda parecía que empeoraba y no la había examinado desde que salió de Isis. Ocultó la pequeña nave lo mejor posible con ramas y partió por una senda hacia la localidad más cercana.
Avanzó penosamente a lo largo del camino de tierra durante varias horas, con el ardiente calor del sol cayendo sobre ella. El sudor le bajaba por el cuello y entre los omóplatos, escorzándole la herida. Apretó la boca con determinación y siguió adelante, clasificando de manera metódica lo que tenía archivado en su mente. Examinó en silencio toda la tecnología que almacenó allí tratando de determinar cuál sería la mejor moneda de cambio para obtener una nave nueva.
Recogió un palo y estaba usándolo para golpear la hierba alta a un lado del camino sin prestar mucha atención cuando sintió el primer temblor. De improviso la tierra se sacudió bajo sus pies, haciéndola caer de rodillas. Alzó la mirada, vio una ola de tierra rodando hacia ella en el mar de hierba y se preparó para el impacto. La ola la golpeó desestabilizándola, pero aun así logro montarla.
Cuando finalmente la tierra quedó quieta, se puso de pie con mucho cuidado para mirar a su entorno. El suelo se asentó como si nada hubiera sucedido, aun así, había visto suficientes terremotos en Tokio para saber lo que pasó. Aceleró el paso hacia la ciudad, segura de que necesitarían sus conocimientos médicos y técnicos para ayudar a los supervivientes.
A lo lejos pudo ver varias columnas de humo que se elevaban en forma de espiral sobre una colina y empezó a correr en esa dirección. Para el momento en que subió a la cima, la tierra casi había dejado de temblar a excepción de unas pocas sacudidas aquí y allá.
Un pequeño jadeo escapó de sus labios y amplió los ojos horrorizada, una ciudad en ruinas humeantes se extendía ante ella. Los una vez imponentes rascacielos de la gran metrópolis yacían despedazados en las calles e incendios salpicaban la zona. El humo negro le irritó la vista.
Saltó cuando escuchó un fuerte estruendo y vio otro edificio dañado derrumbandose en la calle en una maraña de acero y hormigón. Aturdida, bajó por la colina hacia las afueras de la ciudad, con un solo pensamiento resonando en su cabeza: tenía que ayudar a los supervivientes de esta tragedia.
Caminó por un estrecho callejón y observó distraída que el sol quedó oculto por un rascacielos más grande que se inclinaba precariamente contra un edificio más pequeño, haciendo de este una cueva oscura. Los ladrillos que caían desde arriba rompieron el pavimento a sus pies, pero ella se agachó y los esquivó para evitar quedar inconsciente.
Estaba a punto de llegar al final del callejón y desembocar en una calle central de la ciudad cuando, consternada, se llevó una mano sobre la boca al ver los cuerpos que yacían allí, algunos ardiendo en llamas, otros aplastados bajo los escombros. Unos cuantos parecían haber caído en picada desde los edificios altos y se desparramaban sobre el pavimento como sandías demasiado maduras.
Se trasladó de un cuerpo al otro, comprobando cualquier signo de vida mientras intentaba con desesperación no perder el contenido de su estómago. De pronto, Bulma se dio cuenta de que todo parecía extrañamente tranquilo y, de hecho, no se oía ni siquiera el equivalente al ladrido de un perro o al canto de los pájaros que interrumpiera el silencio sepulcral. Estaba segura de que debería escuchar las sirenas de los equipos de emergencia a lo lejos o por lo menos los gritos de los supervivientes.
Conforme continuaba atravesando las sangrientas calles, tomó conciencia de un extraño ruido, similar al estridente sonido de una máquina. Hizo una pausa y miró a su alrededor, era incapaz de identificarlo. Oyó un estrépito a la izquierda por un callejón y lo más rápido que pudo caminó hacia este, con la esperanza de por fin haber encontrado a alguien con vida.
A medida que se acercaba al final, el ruido de la máquina se hizo más fuerte, como si se acercara por la calle donde acababa de estar. Se dio la vuelta para poder echarle un vistazo cuando pasara. Tal vez era un vehículo de rescate, si era así necesitaría hacerle señas y pedir ayuda.
De la nada sintió que una gran palma sudorosa le cubría la boca y fue presionada contra el fuerte cuerpo de un hombre. Luchó por instinto y el hombre aumentó la presión con que agarraba sus costillas con un robusto brazo que se congregó alrededor de su cintura.
—Silencio —le susurró una voz al oído antes de que la arrastrara para agacharse detrás de algunos restos de hormigón. El sonido se hizo más fuerte y a través de la apertura del callejón pudo ver una pequeña sonda redonda que flotaba a un metro de la tierra. La mitad superior de la máquina rotaba en círculo, como si estuviera obteniendo una vista de 360 grados de la carnicería a su alrededor.
Cuando esta dio la vuelta hacia la entrada del callejón, un rayo rojo salió disparado de la visera de cristal y barrió cada centímetro del área oscurecida. El hombre detrás de ella se quedó muy quieto y la apretó con fuerza en advertencia de hacer lo mismo.
Finalmente, después de lo que parecían ser horas de tensa expectativa, la luz se apagó y la sonda continuó por la calle, su gemido delator se hizo más débil a medida que partía.
El hombre a sus espaldas se puso de pie liberándola al mismo tiempo. Bulma se dio la vuelta, ira destellaba en sus ojos de hielo, pero se quedó por un momento pasmada al ver a un sorprendentemente hermoso hombre rubio de ojos color cristal azul y rasgos fuertes. Se alzaba sobre ella desde una impresionante altura de al menos dos metros, cada centímetro de los cuales era dura y magra musculatura. El corte cerrado del cabello y la ropa sin duda lo marcaban como militar, y los desarrollados músculos y el rostro severo le dijeron que tomaba su trabajo muy en serio. Por supuesto, el arma que sostenía en las manos le dio el dato. Parecía como una especie de fusil de asalto y ella no estaba interesada en tenerlo apuntando en su dirección.
—¿Qué demonios cree que está haciendo, señor? —gritó y el rostro del hombre al instante se oscureció cuando la agarró con no mucha gentileza por el brazo.
—¡Cállate! ¿Quieres que esa cosa regrese por aquí? Vámonos. —Sin esperar a que estuviera de acuerdo, la arrastró a un edificio en ruinas. Entraron en una gran sala vacía con una hilera de ventanas sucias que daban directamente delante de ella y varias columnas de piedra que evitaban que el resto del edificio se derrumbara sobre ellos. Podía ver montones de basura y barriles donde el fuego había sido encendido y supo que se trataba de un viejo edificio abandonado que solo era utilizado por los más indeseables de la ciudad.
Estaba a punto de quejarse en voz alta cuando reparó en los otros habitantes de la habitación y las estridentes palabras murieron en su lengua. Una joven mujer de edad similar a la suya, con el cabello rubio rojizo, levantó la vista del suelo en el que se sentada, sus pálidos ojos de color azul brillaban por las lágrimas que reprimía. Un joven de unos dieciséis años la miró por debajo de una cabellera color verde oscuro que obviamente se había teñido. Bulma pudo notar que el hilo de sangre que le manchaba la mejilla goteaba hacia el cuello de su chaqueta. Por último, dirigió los ojos a un anciano bien entrado en los setenta años, que estaban parado con majestuosa seguridad mientras se apoyaba en un bastón, cabello ralo le suavizaba la cabeza parcialmente calva. Él no daba ninguna señal de estar sino dentro de un salón recibiendo a sus invitados.
Lo que más afectó a Bulma era la desesperanza que brillaba en todos los ojos. Fue entonces cuando supo que no se tropezó con un planeta que sufría de convulsiones sísmicas, sino con algo mucho más siniestro.
—¿Eres alguien de otro planeta? —le preguntó el adolescente y la curiosidad le iluminó los ojos por un momento.
—Sí, ¿cómo lo sabes? —contestó Bulma.
—El cabello azul es blossin. —El muchacho soltó una risita burlona y Bulma frunció el ceño por la confusión.
—¿Blossin?
—Significa que es un color ingenioso. Los niños y sus argots de estos días —dijo el anciano en un tono serio y sus ojos brillaron con cariño—. Mi nombre es Orlander, esos son Jet y Aleah. —Hizo un gesto primero al joven y luego a la mujer—. Detrás de ti está el teniente Ricker.
El hombre que la trajo empezó a moverse inquieto detrás de ella, comprobaba las entradas asegurándose de que fueran seguras. Bulma lo miró por un segundo antes de volver su atención a los otros tres en la habitación. Por primera vez se dio cuenta de que todos los que había visto hasta ahora tenían diferentes tonos de cabello rubio. Incluso las víctimas en la calle tenían el cabello claro, con excepción del muchacho, pero sospechaba que si no se lo hubiera teñido, sería también rubio.
—Mi nombre es Bulma. ¿Son ustedes los sobrevivientes del terremoto?
El chico bufó ante el comentario negando con la cabeza como si pensara que ella era la mayor imbécil que jamás había conocido. Se volvió para vagar por un cercano montón de escombros y pateó un cubo para hacerse un asiento.
—Eso no fue un terremoto, señorita —le respondió el militar sin dejar de verificar el perímetro.
Los ojos de Bulma se abrieron en estado de shock mientras miraba a los otros con recelo.
—¿Qué otra cosa podría haber causado esta terrible calamidad?
Hubo un silencio ensordecedor en la habitación y Bulma sintió que dedos helados de pavor se arrastraban por su espina dorsal.
—Frízer —murmuró Jet y un rayo de reconocimiento golpeó a Bulma. Solo había oído ese nombre una vez antes. Casi por accidente cayó de los labios de Vegeta. La expresión que mostró en el rostro en ese momento estaba llena de odio y autocompasión, y el temor dentro de ella apretó el control sobre su columna vertebral.
—¿Quién? —preguntó Bulma en voz baja, casi con miedo de levantar la voz cuando hablaba de lo que por instinto sabía que era un monstruo. Resultaba primordial encerrarte en un cuarto oscuro y cantar Bloody Mary mientras te miras fijamente en el espejo. Si dices su nombre suficientes veces, el monstruo vendrá para decapitarte y comerte en la cena.
Todos dejaron lo que hacían para mirarla estupefactos. Incluso el militar dejó el obsesivo chequeo del perímetro para mirarla con curiosidad.
—¿No sabes nada? —le preguntó el muchacho en un tono desdeñoso.
—¿Debo saber? —Bulma le devolvió la mirada al muchacho, ofendida de que pusiera en duda su genio. No era culpable de no estar informada del espantoso cuco. Ella era una forastera en esta parte de la galaxia.
—Por supuesto que debes. Todo el mundo sabe de Frízer. —Por primera vez, la joven habló y Bulma la observó de cerca. Era atractiva a su manera, aunque un poco regordeta. Parecía que disfrutó de muchos dulces en su vida y no hizo suficiente ejercicio, pero no era de ningún modo obesa. La rodeaba un aire de fragilidad que rogaba a otros cuidar de ella. La clásica víctima, Bulma pensó para sí misma.
—Sí. Él es el gobernante del universo, el señor de los siete infiernos, el mismo diablo, destructor de planetas, asesino de civilizaciones...
—Viejo, basta. —El teniente Ricker cortó al anciano a la mitad de la frase y Bulma estaba más que un poco agradecida. Cuando Orlander comenzó a divagar, su rostro se volvió más gris y sus pálidos ojos envejecidos se redujeron con rencor mal contenido. Aleah empezó a temblar incontrolablemente y el muchacho se acurrucó en un ovillo apretado luego de sentarse en el cubo. Ellos también tenían miedo de que murmurando el nombre del monstruo, lo atraerían y no había otra cosa a la que le temieran más.
—Frízer es el señor de este cuadrante del espacio. Su ejército se compone de los luchadores más feroces en nueve galaxias. Solo aquellas sociedades que no han viajado al espacio nunca han oído hablar de él. —El hombre guapo le dio a Bulma una mirada dura y ella se movió un tanto inquieta. Aunque las palabras eran una censura, fue golpeada con un extraño pensamiento obscenamente raro. Este era el tipo de hombre por el que debería sentirse atraída también. El tipo de héroe apuesto, no un oscuro asesino, pero todo lo que podía pensar era que él le parecía demasiado alto para ella.
—Soy la primera en viajar fuera de mi sistema solar —murmuró Bulma casi disculpándose hacia el suelo. Se sentía como si fuera un chico sin educación de la calle que trataba de impresionar a un grupo de estudiantes universitarios. Cuando alzó la vista se sorprendió al ver las miradas tristes que todos le estaban dirigiendo.
—Cuando no regreses, tu planeta va a enviar más exploradores y atraerán los ojos de Frízer. Tu planeta está destinado a morir. —El militar fue solemne como si estuviera pronunciando un discurso fúnebre y tal vez lo era. Si lo que decía era cierto, entonces la Tierra no sobreviviría al próximo siglo, tal vez ni a la siguiente década.
—¿Qué quieres decir cuándo no regrese? —cuestionó Bulma y el pánico se unió al temor que se anidaba en su estómago. Las cosas iban de mal en peor.
—Solo hay dos tipos de planetas bajo el gobierno de Frízer —respondió Aleah con una voz que tintineó en la habitación silenciosa.
—Esclavizados o muertos —declaró el anciano como si afirmara algo natural, la piedad se mostró en su rostro.
—Y parece que hemos sido programados para la muerte —dijo el adolescente con amargura, luego procedió a encorvarse y a envolver los brazos alrededor de su estómago como si tuviera un fuerte dolor.
—Esta destrucción no fue causada por un terremoto. Fue un equipo de purga. —El teniente Ricker se quedó mirándola sin emoción, sin compasión por ella en el brillo de sus ojos mientras agarraba el arma con unas manos nerviosas.
Bulma tembló bajo la avalancha de información que le proporcionaron. Sabía vagamente lo que era una purga. Vegeta habló de ello varias veces, afirmó que una vez que se liberara de la celda iba a purgar la Tierra de sus habitantes. Nunca entró en grandes detalles, pero ella entendió lo esencial de lo que dijo. Todos morirían, nadie sobreviviría.
—¿Así que van a matar a todos en este planeta? —preguntó Bulma con una voz exánime. No podía creer su mala suerte. Había ideado un plan infalible para escapar de Vegeta solo para acabar muriendo en un planeta extraño a manos de sus compañeros de armas. Miró alrededor a la triste verdad que se reflejaba en los ojos de todos y sintió impotencia. ¿Quién salvaría a su planeta si ella moría aquí?
—Solo los más fuertes son capturados vivos. —Las manos del militar se apretaron sobre el arma y Bulma sintió otro escalofrío en la espalda.
—¿Y qué les pasa? —Ella casi no quería saberlo. Lo que quería era irse a casa y meterse en su segura y caliente cama mientras su madre le decía que todo estaría bien.
—Se convierten en involuntarios soldados del ejército de Frízer —contestó.
Bulma percibió que una chispa de esperanza florecía dentro de ella ante esas palabras.
—Si estos hombres son tan fuertes y poco dispuestos, ¿por qué no derrocan a Frízer? —La pregunta que hizo fue recibida por las risas nerviosas de los demás.
—Nadie es tan fuerte —replicó la mujer, el horror ante la sugerencia de Bulma resonó en la respuesta que dio.
—Incluso si todos los hombres se unieran, no tendrían ninguna posibilidad de derrotarlo —dijo el teniente Ricker en un tono condescendiente.
—¿Sin duda nadie es tan fuerte? —cuestionó Bulma.
—Frízer lo es —respondió Aleah con una voz angustiada que recordaba a los cementerios y mausoleos brumosos.
—Tiene que haber algo que podamos hacer. —Bulma era una genio, no permitiría que un lunático hambriento de poder la matara como si no fuera más que un mosquito inútil. Antes siempre fue capaz de pensar en la mejor manera de salir de una situación difícil, esto no era nada diferente. Ella fue recibida por una serie de cabezas que se sacudieron negativamente y varios ojos tristes. Ellos creían que morirían hoy aquí y no podía persuadirlos de lo contrario.
—No tiene caso. Nuestra única esperanza es permanecer ocultos hasta que el equipo de purga se vaya. —La mujer parecía convencida y Jet intervino justo luego de ella con una caustica voz más clara.
—Claro, y rezar para que podamos esquivar al equipo de exterminio que viene a limpiar después.
—Tiene que haber algo más. Me niego a sentarme aquí a esperar la muerte. —Bulma levantó el mentón un poco y se quedó mirando a los otros. Si todo lo demás fallaba, podían tratar de salir de la ciudad hacia su nave, pero había una razón por la que no mencionaba esa opción todavía. El pequeño vehículo espacial solo podría llevar a otra persona y ella no creía estar equipada con la capacidad de decidir quién vivía y quién no.
—Señorita, a veces en la vida no hay nada más que hacer que esperar. —El anciano se puso en pie, vacilante, y la miró con los ojos claros y despejados por la sabiduría de la edad.
—Pero... —Bulma se fue apagando, la desesperación la carcomía.
—Hay algo. —La inesperada oferta vino del militar. Todos se volvieron a mirarlo con iniciales expresiones de esperanza en sus rostros. Bulma se volvió hacia él y se quedó un poco inestable cuando se dio cuenta de que su penetrante mirada estaba en ella. Algo le iluminaba los ojos y lo reconoció como respeto, una cosa que nunca había visto en la fría mirada de Vegeta.
—En el otro lado de la ciudad hay un búnker militar. —El hombre empezó a decir, sin embargo, fue cortado por el muchacho.
—¡Atravesar de la ciudad! —exclamó incrédulo.
—Eso es demasiado lejos —concordó Orlander.
—Moriremos con seguridad. —Aleah se lamentó.
—En el búnker hay una nave que podría llevarnos a un lugar seguro —continuó el hombre como si no hubiera sido interrumpido.
—Los purgadores nos harán pedazos antes de que incluso dejemos la órbita —afirmó Jet contrariado.
—Está armada y es más que capaz de enfrentarse a una nave de purga —le explicó el teniente Ricker.
—Pero está tan lejos —exclamó la mujer, su renuencia a salir de la madriguera de conejo era clara en todo su agitado marco.
—¿Qué otra opción tenemos? —El teniente Ricker se estaba alterando ahora y Bulma sintió su agonía. Como la persona más calificada para conducir al grupo, cargaba con la responsabilidad de tratar de mantener a todas estas personas con vida y ellos no cooperaban con él en absoluto.
—Podemos quedarnos aquí hasta que se hayan ido —respondió Orlander tratando de ser razonable.
—Por supuesto y esperar a que nos den caza. —Bulma se sorprendió por el repentino cambio en la actitud de Jet, pero supuso que la mención de una nave armada lo hizo modificar de opinión. Imaginó que no importaba en que planeta estuviera, hablar de armas siempre hacia que los chicos se sientan más seguros.
—Aleah tiene razón, está demasiado lejos. —La voz del anciano se volvió más frágil mientras poco a poco lograba comprender que él podía ser superado en número.
—Solo lo dices porque eres un anciano endeble. Deberías quedarte de todos modos, solo nos harás más lentos —gruñó el chico molesto y Bulma se sorprendió al oír las despiadadas palabras.
—¡Basta! —Bulma tenía suficiente del argumento infantil. Ya era hora de que alguien tomara el control de la situación—. Yo digo que lo pongamos a votación, ¿quién cree qué deberíamos ir?
El teniente Ricker, Jet y Bulma levantaron la mano, luego miraron expectantes a Orlander y Aleah. El anciano dejó caer los hombros abatido por estar en minoría y asintió con la cabeza. Aleah simplemente comenzó a sollozar en voz baja, la boca de Bulma se apretó por la tensión.
—Bien, entonces vamos. —Ella sabía que el viaje sería difícil con Aleah y el anciano, pero no tenía alternativa en ese asunto. Si iban a morir, también podrían hacerlo al tratar de salvarse cada uno por su cuenta.
Miró a sus compañeros. Aleah lloraba acurrucada en un rincón junto al anciano que le daba unas palmaditas reconfortantes en la espalda. El muchacho se había alejado y estaba hurgando con un palo en el montón de escombros que botó del cubo. Bulma podría decir que él hacía todo lo posible por no mostrar su miedo cuando le dio la espalda al grupo.
Finalmente, se encontró con los ojos de cristal azul del teniente Ricker, su única esperanza. Era el único que tenía un arma y sabía donde se ubicaba la nave. Él le dio un reconfortante gesto con la cabeza, aun así, todo lo que Bulma podía pensar era que deseaba que Vegeta estuviera allí.
