Nota de Tempestt: No soy dueña de DBZ.

Advertencia: Incluye contenido que algunos pueden encontrar perturbador. Este es un capítulo sangriento y sólo debe ser leído por aquellos con estómagos fuertes.

Capítulo trece

El banquete de los demonios

La oscuridad descendió sobre la ciudad rota como un monstruo con colmillos listo para devorar a un cadáver putrefacto. La una vez magnífica metrópolis se había convertido en un cementerio para sus habitantes, cuyos desesperados espíritus nunca hallarían descanso.

Bulma y los sobrevivientes esperaban impacientes a que la oscuridad se apoderara de cada esquina, así esta cubriría su peligroso viaje a través del brillante metal y los huesos de piedra de la ciudad. Jet se paseaba de un lado al otro abrochando y desabrochando su chaqueta con nerviosismo. El anciano, en silencio a un costado, los observaba con tristeza. El teniente Ricker había agarrado su arma firmemente y encaraba la puerta hacia el exterior, el miedo y la adrenalina hacían de su cuerpo una cuerda de arco tensada.

Finalmente la mirada de Bulma cayó sobre Aleah, quien se acurrucaba en la esquina donde había permanecido desconsolada durante toda la tarde. Ella se acercó a la joven temblorosa, puso una mano reconfortante en su hombro y se inclinó para susurrarle.

—¿Qué pasa? —le preguntó en un tono suave.

—No quiero ir allá afuera —respondió Aleah, la voz le temblaba de miedo.

—Quieres llegar a la nave, ¿verdad? —Bulma trataba de ser razonable, mostrándole que por la recompensa valía la pena el riesgo.

—Sí, pero tengo miedo. —Una pequeña lágrima clara se arrastró por el pálido rostro de la joven y el pecho de Bulma se apretó en respuesta.

—Todos tenemos miedo, yo no puedo dejar de temblar —dijo ella con total honestidad mientras le tendía la mano para demostrarlo, Aleah la miró y la ignoró.

—No quiero morir —respondió con una forma de honestidad que le heló la sangre.

—No vas a morir. —Bulma intentó tranquilizarla.

—Lo haré si salgo. —Aleah ocultó el rostro obstinadamente entre sus brazos y acercó las rodillas a su pecho.

—No, lo prometo. Sostén mi mano e iremos juntas. Muy pronto vamos a estar en esa nave bebiendo champán. —Bulma le tendió la mano, sonriéndole a la joven con una confianza que en realidad no sentía. Ella se negaba a morir hoy, no a manos de esos monstruos.

La joven levantó la cabeza con curiosidad y miedo mezclados en sus ojos llorosos.

—¿Qué es eso?

—Cuando lleguemos a mi planeta tendremos una botella entera y no olvidaremos las fresas. —Bulma le dio un guiño y una temblorosa sonrisa que la convenció. La joven tomó su mano, ella la jaló hasta ponerla de pie y las dos se dirigieron en silencio a la puerta. El teniente Ricker le hizo un gesto de aprobación antes de volverse hacia la salida con el arma levantada y apuntando para internarse dentro de la oscuridad.


Caminaron a través de la ciudad unidos de las manos para mayor comodidad. El teniente Ricker permanecía varios pasos al frente, explorando la zona con la intensidad de un halcón antes de hacer la señal de seguir hacia adelante. Jet estaba a la cabeza de las manos enlazadas, siguiendo al teniente con tenacidad y jalando a Orlander después de él. Aleah se aferraba al anciano y, finalmente, Bulma cerraba la marcha, haciendo su mejor esfuerzo para asegurarse de que nadie los siguiera sin entrar en pánico ante la sensación de que un cúmulo de oscuridad se acercaba a ellos como un depredador silencioso.

No llevaban ninguna luz, solo la pálida luna los guiaba. Aleah se puso a llorar en voz baja cuando el teniente Ricker denegó su solicitud de una lámpara, aduciendo que eso solo atraería a los buscadores o, peor aún, a los propios purgadores. Buscadores, Bulma descubrió que eso era la pequeña sonda que había visto. Estaban programados para buscar cualquier movimiento no asociado con el derrumbe de edificios y se lo informaban a los purgadores a través de los rastreadores. Eran desagradables soplones en otras palabras.

El grupo de supervivientes subió con cuidado los escombros rotos mientras el teniente Ricker esperaba muy impaciente arriba. Bulma sabía que él podía haber atravesado sin problemas dos veces más terreno para entonces, pero ellos lo frenaban considerablemente. Estaba impresionada por su determinación para salvarlos sin importar cuan desagradecidos fueran. La mayoría de la gente los habría abandonado a estas alturas.

Bulma fue la última en alcanzar lo alto del montículo retorcido de metal donde el teniente Ricker le tendió la mano para ayudarla. Ella colocó su pequeña palma en la de él mucho más grande, esperando el delator escalofrió de atracción que sabía debería sentir. Mientras daba un paso hacia adelante lo observó a los ojos y detrás de la fría mirada de un hombre empeñado en la protección de su carga se hallaba la conciencia de ella como mujer. Se sentía atraído, pero sabía que tendría que esperar hasta que estuvieran a salvo. Bulma le obsequió una sonrisa tensa y se preguntó por qué no estaba adulándolo con su habitual risita aniñada como acostumbraba cuando veía a un hombre guapo.

Él se desplazó por delante fundiéndose en la oscuridad y Aleah la tomó de la mano en busca de aplomo. Juntos avanzaron en fila india, cada uno de ellos era consciente de que el más mínimo ruido podría traer su perdición.

Bulma sintió un fuerte tirón cuando Aleah perdió el equilibrio y tropezó, jalándola hacia el suelo. Aterrizó dolorosamente sobre las rodillas, pero apenas lo notó debido a que su cerebro casi se paralizó por el horror. Antes de que siquiera pudiera decidir cómo reaccionar, ya tenía una mano sobre la boca de Aleah para ahogar el grito que brotó de la garganta de la joven. Bulma apretó con determinación sus propios labios cerrados mientras tiraba de Aleah de regreso a ella.

Bajó la mirada hacia donde Aleah cayó. Las manos de la joven habían aterrizado para apoyarse directo en la cavidad torácica de un torso decapitado. Ella se llevó las manos delante del rostro y gritó en silencio detrás de la palma de Bulma cuando vio que estas y sus antebrazos estaban ensangrentados.

—Silencio, está bien, todo va a estar bien —le susurró Bulma al oído mientras la mecía suavemente.

El teniente Ricker salió de la oscuridad y capturó la escena con el rostro sombrío. Sin decir palabras, descolgó una botella de agua del cinturón que llevaba para verter el líquido sobre las manos de Aleah hasta que no quedó sangre. Luego volvió a colocar la botella en su sitio y extendió el brazo para ponerla de pie fuera de los brazos de Bulma.

Él la agarró y miró dentro de sus ojos asustados.

—No tenemos tiempo para hacer esto ahora. Sé que tienes miedo, pero no hay vuelta atrás. Si quieres vivir tenemos que ir hacia adelante, Aleah. —Usó una voz suave y calmante con un toque de autoridad que exigía obediencia. Aleah asintió lentamente, lo que le permitió llevarla de regreso junto a los otros.

Bulma se quedó sola en la oscuridad al lado del cuerpo. Antes, ella se había movido de cadáver en cadáver sin miedo mientras verificaba si quedaban supervivientes, pero ahora sentía que el horror se arrastraba por su espina dorsal, instándola a ponerse de pie y correr... correr y nunca mirar hacia atrás. Tragó saliva y apartó la mirada del cuerpo solo para encontrarse cara a cara con su cabeza desaparecida.

Unos ojos sin alma la miraban desde la viga de acero en la que estaba empalada. Largo cabello rubio caía en desorden alrededor del rostro de una muchacha y su flácida boca permanecía abierta en silenciosa agonía. Bulma se mordió la lengua para contener el grito que amenazaba con escapar de sus labios. De un salto se paró y tropezó contra los otros supervivientes, contra las únicas otras personas vivas en la oscuridad.

Corrió a toda prisa por Aleah, casi haciendo que la joven ya presa del pánico gritara. Bulma le dio una palmadita en el brazo y le sonrió en la oscuridad a pesar de que, desesperada, trataba de arrastrar aire a sus pulmones con esfuerzo. Ella no había huido, pero el terror le estrujaba las entrañas como una tenaza.

La luna se arrastraba sigilosamente en el cielo nocturno mientras caminaban en silencio a través de la oscuridad. Cada paso que daban se hacía más pesado y menos preciso por el agotamiento que pesaba sobre ellos. Por último, el teniente Ricker llamó a un alto después de que Orlander cayera por tercera vez. Si continuaban sin descansar solo se volverían más ruidosos.

Se resguardaron en una pequeña zona hueca rodeada por cemento destrozado y escombros de un edificio caído. Bulma apoyó la espalda contra una piedra y tiró de sus rodillas hacia su pecho, luego alzó la mirada hacia un trozo de cielo despejado por la falta de luces en la ciudad.

Ricker se colocó a su izquierda y un poco por encima para poder ver en la noche a cualquier intruso. Ella se sorprendió cuando lo sintió moverle el hombro con delicadeza.

—Toma, ten esto. —Le tendió la pistola que había guardado en su cinturón hasta ahora. El metal negro aparentemente absorbió la oscuridad circundante, ya que brilló por unos instantes a la luz de la luna.

—No, no puedo. —Bulma estaba enferma por la implicación de la pistola. Podría tener que matar a alguien para sobrevivir y sabía que no sería capaz de hacerlo. El solo observarla la hacía sentir mareada. Recordó la última vez que tuvo un arma y le dieron ganas de llorar.

—¿Por qué no? —Ricker parecía insultado de que ella no aceptara su regalo y Bulma se sintió al instante contrita.

—Yo nunca podría matar a nadie. —Ella trató de explicar el motivo, pero falló miserablemente. Miró alrededor y pudo ver que estas personas matarían a cualquiera que intentara tomar sus vidas. En concreto, a esos invasores, a esos asesinos, a esos monstruos que habían destruido todo lo que ellos amaban.

—Superarás esa actitud bastante rápido cuando uno de los soldados de Frízer te ataque —dijo el hombre con un tono de disgusto.

—No, son seres vivos como tú y yo. Hombres a quienes les robaron sus vidas —respondió Bulma de un modo vehemente. Por alguna razón que no se atrevía a expresar, era muy importante para ella creer eso.

—No son hombres, son monstruos —siseó Aleah y Bulma se sorprendió al ver a la joven de voz suave mostrar tanto odio en los ojos.

—No entiendes con lo que estas tratando, Bulma. —Su nombre cayendo de los labios del teniente Ricker la hizo volver la cabeza para observarlo. Él le dirigió una mirada llena de tanta tristeza, ira y pena que ella quedó petrificada.

—¿Por qué no me lo dices? ¿Qué hace Frízer para hacerlos tan leales a él? —cuestionó Bulma. Una pequeña voz en su cabeza le advirtió que no estaba preguntando para aprender más acerca de Frízer, sino para aprender acerca de Vegeta. Quería saber qué lo motivaba. Por qué era un hombre tan complejo, un hombre tan monstruoso.

—No, son cualquier cosa menos leales. Lo odian más que nosotros —respondió Ricker con una firme mueca en los labios.

—Frízer es un artista destruyendo la mente una persona. Casi todos en su ejército están dementes. —La voz de Aleah se deslizó en la conversación, lo que llevó la atención de Bulma lejos de Ricker.

—¿Cómo lo hace? ¿Cómo hace uno para destruir la mente de alguien? ¿Es eso siquiera posible?

—Por lo general, Frízer consigue a sus hombres cuando son muy jóvenes, apenas con la edad suficiente para entender lo que está pasando —ofreció como respuesta Orlander.

—Él les dice que si no hacen lo que les pide entonces matará a su madre o a su hermana o a quien sea. —Jet había estado inusualmente silencioso hasta ahora que la miró con unos ojos fríos y muertos.

—Después de unos años, le dice a los niños que algo terrible le sucedió a su planeta y eso lo destruyó —susurró Aleah mientras bajaba la mirada al suelo.

—Su favorito es decirles que fue destruido por una lluvia de meteoritos. —Un cable de la memoria golpeó a Bulma fuerte y dolorosamente. Se acordó de Vegeta diciéndole que el planeta donde nació había sido destruido por una lluvia de meteoritos. ¿Fue una mentira, una mentira contada por Frízer para mantener a Vegeta en línea?

—¿Qué es lo que en realidad sucede con esos planetas? —preguntó Bulma con una voz temblorosa, tenía miedo de escuchar la respuesta.

—Frízer los destruye. Todo eso es parte de su plan —respondió Jet en un tono apático.

—Eso sirve para aislar aún más al sujeto. —Bulma se sorprendió por la robótica respuesta analítica de Ricker.

—Veras, después de tantos años de cometer horribles pecados en nombre de Frízer para proteger a sus seres queridos, de pronto se quedan sin nada ni nadie. El único propósito que tienen en la vida es destruido junto con su fibra moral y cualquier esperanza de ser una persona normal. No hay nadie en el universo que acepte en lo que se han convertido, solo Frízer. —Mientras hablaba, Aleah miró fijamente a la luna y su rostro se iluminó con una luz espectral—. No tienen otro lugar a donde ir. —La tristeza en su voz atravesó al grupo haciéndolos estremecer.

—No son más que monstruos homicidas que no se preocupan por nada ni por nadie. —El teniente Ricker terminó el pensamiento de Aleah diciendo las palabras que ella no se atrevía.

—Pero lo más probable es que creen lazos entre ellos. —Bulma sintió una ola de pánico en la boca del estómago. No podía dejar que la imagen de un indiferente monstruo sin amor, cuyo único placer se derivaba de matar, fuera quemada en su mente. En algún lugar, de alguna manera, Vegeta debía haber aprendido a cuidar de algo. Él no era solo un insensato asesino, no podía ser.

—No, Frízer es demasiado astuto para eso —contestó Ricker.

—Sí, es un bastardo enfermo —añadió Jet.

—¿Qué quieres decir? —Bulma sintió que un frío sudor le bajó por la espalda y la mordedura le escorzó.

—Él se asegura que sus hombres no confíen en nadie, ni siquiera en la gente con la que crecieron —afirmó Orlander con gravedad mientras se apoyaba en el bastón que tenía entre las rodillas.

—¿Cómo? —Su boca formó la palabra, pero el sonido apenas escapó. Sin embargo, todos sabían lo que preguntó y estaban más que dispuestos a responder. Una imagen del amigo calvo de Vegeta se levantó en su mente. ¿Cuál era su nombre? Nadia, Nadpa. No, era Nappa.

—Ellos siempre está compitiendo por ganar el favor de Frízer, nadie quiere ser castigado por él. Compañeros de largo tiempo están dispuestos a venderse el uno al otro para salvar su propio pellejo —dijo el teniente Ricker haciendo una mueca de desprecio y todos asintieron.

—Imagínate que has sido enviada a una misión junto a alguien que has conocido desde la infancia y él se da la vuelta y le vuelas los sesos porque Frízer lo ordenó —dijo Jet con deleite sádico—. Todos los que conoces son tu potencial verdugo. Crecerías desconfiando de todo el mundo.

—¿Son los castigos tan malos que harían lo que sea para evitarlos? —le preguntó Bulma ampliando los ojos.

—Peor. —El anciano entonó sabiamente.

—¿Por qué crees que todos ellos son esquizofrénicos? —El adolescente lo interrumpió de forma temeraria. El teniente Ricker se tensó y el muchacho se quedó muy quieto al ver su reacción, luego, nervioso, miró por encima de su hombro.

—He oído que el primo del amigo de mi hermana, un tal Harry, dijo que conoció a un soldado y habló con él. —Orlander ofreció la información mostrando un extraño sentido de orgullo.

—¡Oh, vamos! Si fuera verdad, anciano, él estaría muerto —contestó Jet con desdén.

—No, el soldado no tenía órdenes de matarlo y Harry fue muy respetuoso.

—Lo que sea. —El adolescente puso los ojos en blanco frente al anciano.

—Como iba diciendo, me dijo que hay un lugar en la parte inferior de la nave de Frízer que se llama "el Agujero". —Orlander se inclinó hacia adelante mientras contaba la historia sin darse cuenta de que todos los demás también hicieron lo mismo, estaban deseosos de escucharlo. Lo único que necesitaban era una fogata y podrían estar afuera en el bosque contando historias de fantasmas. El pensamiento casi hizo que Bulma se sintiera mejor.

—El lugar solo tiene medio metro de ancho, un metro de largo y metro y medio de altura. Lanzan a los soldados desobedientes allí y los dejan sin comida ni agua durante semanas.

—¡Eso es horrible! —exclamó Bulma—. Deben morir de hambre.

—Se podría pensar que sí, pero cuando los tiran en ese lugar vierten cubos de cucarachas y escarabajos con ellos, quedan enterrados hasta el cuello de insectos. Si quieren vivir tienen que comerse los insectos y beber su propia sangre. —El cuento macabro de Orlander fue recibido por un círculo de caras de asco que digerían lo que les decía.

—Eso no es lo peor. —El anciano se acercó aún más.

—¿Cómo podría ser peor? —La horrorizada voz de Aleah flotó sobre ellos.

—Dicen que el lugar está embrujado. —Orlander casi sonrió de satisfacción cuando la multitud exhaló en el mismo instante.

—Imposible. —El teniente Ricker se burló.

—No, es cierto. Un soldado se volvió loco allí y reventó su propio cerebro en las paredes.

—No te creo. —Jet se quedó sin aliento del asombro.

—Basta ya de tus historias de fantasmas, es hora de que nos movamos. —Con un ligero quejido todo el mundo se puso lentamente en pie, a pesar de que tenían mucho miedo de salir a la noche.

—¿Estás segura de que no la quieres? —El teniente Ricker tendió el arma hacia ella otra vez y Bulma se quedó mirándola por un momento.

—No, yo nunca podría... —Las palabras se desvanecieron mientras se tragaba sus recuerdos.

—Nunca se sabe. —Él la miraba de un modo intenso, como si estuviera tratando de adivinar lo que pensaba; ella se cruzó de brazos a la defensiva, desesperada por esconder sus secretos.

—Lo sé. Lo intenté una vez antes y fallé. —Imágenes de Vegeta de rodillas ante ella llegaron a su mente y no pudo alejar la certeza de que nunca habría apretado el gatillo.

—¿Pero tu vida se encontraba en peligro? —La pregunta del teniente Ricker le invadió los pensamientos mientras ella recordaba aquel fatídico día en su laboratorio. Respondió con una voz distante tratando de sacudir la imagen de su mente.

—Mi vida y la de mi planeta. —Con esas palabras, Bulma sintió que el corazón se le rompía ante la verdad. Ella no era capaz de salvar a su propio planeta y allí estaba, tratando de consolar a estos desconocidos.

—¡Caramba! Que aburridos son. Deberían volver a hablar sobre "el Agujero", eso sí es una sangrienta pesadilla de mierda.

El mundo entero pareció detenerse y el tiempo fluyó a goteo lento. Por un momento se miraron los unos a los otros, la negación rasgaba a través de ellos a una velocidad vertiginosa. Poco a poco se volvieron para mirar a una cabeza roja con cuernos que les sonreía de un modo malicioso por detrás de algunos escombros. El aterrador hombre apoyó la espalda despreocupadamente en una viga de metal con los brazos colgando delante de él mientras se humedecía los labios. El último pensamiento racional que Bulma tuvo fue que era así como debía lucir Satanás.

Luego todo explotó en un montaje de sonidos, imágenes y, lo peor de todo, sensaciones que siempre perseguirían a la belleza de cabello azul en sus sueños. Mientras miraba al demonio de piel roja con horrorizado pavor, oyó un chasquido eléctrico seguido de un fuerte estallido. De pronto, ella quedó empapada de un líquido caliente que cubría la mayor parte del lado izquierdo de su cara y torso.

En un sueño surrealista se vio a sí misma observando un exudado oscuro con pequeños fragmentos que le manchaban la ropa, ella volvió la cabeza con lo que parecía ser un soporífero letargo para mirar al teniente Ricker. Él todavía seguía sentado a su izquierda agarrando el arma con la mano, pero se hallaba decapitado sin ninguna calabaza a la vista.

De forma irracional, la mente de Bulma solo pudo procesar el hecho de que en esta escena todo estaba mal. No se suponía que el típico héroe fuerte muriera. No se suponía que perdiera la cabeza incluso antes de que tuviera la oportunidad de levantarse y defenderlos. Esto no podía estar pasando, ¿quién sería su héroe ahora?

Todavía atrapada en la burbuja atemporal, se quedó inmóvil y en shock cuando el cuerpo de Ricket cayó aterrizando sobre ella. El peso la dejó sin aliento y la sacudió de su parálisis. Comenzó a gritar de terror mientras luchaba bajo el peso muerto, tratando desesperada de no ahogarse con la sangre que le brotaba del cuello.

Oyó los gritos de sus compañeros a la distancia y se dio cuenta con creciente horror de que estaban muriendo. Todos ellos. La oscuridad se precipitó hacia ella para reclamarla y de pronto solo su voz se escuchó en la noche, rompiendo el silencio antinatural que descendió. Por último, incluso eso desapareció, dejándola sola en el frío abrazo de la inconsciencia.

Unas horas más tarde Bulma se despertó por el sonido de gemidos ahogados que venían desde atrás. Era consciente de estar de rodillas, con las manos atadas a un frío poste de acero que corría incómodamente por su espalda. Ella se desplomó hacia adelante y su peso tiró con dolor de sus muñecas. Tenía el cabello deshecho colgando como una mortaja azul que la protegía del mundo exterior.

Sintió a alguien moverse por detrás y el tacto de manos calientes que se estremecían de miedo. Por el sonido de los sollozos fue capaz de adivinar que Aleah estaba atada de manera similar.

A la distancia, Bulma podía escuchar el chisporroteo de una gran fogata y percibir el calor en su piel como el aliento de un animal sulfuroso. Voces masculinas se levantaron en la noche, bromistas y joviales mientras se movían alrededor del fuego. Lentamente, a fin de no llamar la atención, levantó la cabeza para mirar a través de la masa de cabello azul. Observó en silencio la forma en que entraban y salían de la luz proyectada por el baile del fuego crepitante, ellos tenían su interés cautivado por completo en construir la fogata a mayores alturas.

El hombre de piel roja, a quien ella en silencio bautizó como Satanás, puso otro tronco en su hombro y se volvió hacia el fuego con la intención de arrojarlo. Con un mal disimulado sobresalto, Bulma observó como un brazo cayó por debajo de lo que pensaba era un trozo de madera y el horror le atravesó el cerebro similar a un enemigo invasor. Ellos no estaban alimentando el fuego, estaban amontonando cuerpos en una pira.

Satanás lanzó al hombre sobre la pila de cuerpos quemados. Un hombre sin cabeza. El fuego chispeó y siseó, consumiendo su convite con monstruoso placer. Bulma se tragó la bilis que hervía en lo profundo de su garganta y se dio cuenta ahora de que el aliento sulfuroso que sintió en la inspección que hizo era realmente el olor rancio de carne quemada.

Una criatura de aspecto enfermizo y piel amarillenta llena de manchas verdes despejaba un área con el propósito de que los hombres reposaran allí por la noche. Él arrastró una viga de metal retorcida para que se sentaran y ahora parecía estar desempacando una caja que había pillado de algún establecimiento cercano. Sacó unas grandes botellas azuladas y Bulma reconoció lo que probablemente era alcohol.

Una tercera persona se unió a la fiesta y ella se sorprendió cuando notó que era una mujer. Una atractiva, de hecho. Tenía un largo cabello color violeta que estaba recogido en una cola que le colgaba casi hasta la cintura. Su piel de color marfil era suave y sin imperfecciones. Sería una gran belleza si no fuera por la malicia que brillaba en sus ojos teñidos de rojo.

Cada uno de los soldados agarró una botella y las volcaron en sus expectantes estómagos antes de que empezaran a intercambiar anécdotas de las aventuras del día. Bulma suspiró de alivio porque ellos parecían haber encontrado la mejor manera de pasar la noche, ignorándolas a ella y a Aleah. Al instante los descartó y comenzó a concentrarse en deshacerse de la cuerda que las ataba al poste.

—Psst, Aleah, ¿puedes alcanzar los nudos? —le preguntó en un susurro mientras echaba un vistazo a escondidas al grupo. La única respuesta que recibió fueron más sollozos. Bulma lo intentó un par de veces más antes de rendirse. La joven se había retraído y no iba a ser de ayuda a corto plazo.

Sus ágiles dedos trabajaron en los nudos, aun así, no importaba lo mucho que retorciera y girara, simplemente no podía conseguir un buen agarre de ellos. Estaba tan concentrada en la tarea que bloqueó por completo la conversación de los soldados, pero fue empujada a la conciencia cuando una voz resonó a unos centímetros delante de ella. Al instante detuvo la actividad que hacía, con la esperanza de que no se hubieran percatado de su intento de fuga. Dejó que su cuerpo cuelgue flácido y trató de parecer tan inofensiva como fuera posible.

—No sé. Esta parece un poco flacucha. —La declaración de contrariedad fue seguida por un pinchazo agudo en el brazo de Bulma. Ella casi gritó de dolor, a pesar de eso permaneció en silencio—. Apenas si hay carne en sus huesos.

Ella entrecerró los ojos y miró hacia los otros dos al lado del fuego. Satanás y la mujer descansaban contra la viga, observando con aparente interés. Eso significaba que era la cosa amarilla quien la estaba pellizcando como si fuera un trozo de carne. La criatura a la que había nombrado Pestilencia la dejó y pasó a Aleah. Los gemidos de la joven se hicieron más pronunciados y Bulma sintió el látigo del miedo a través de ella.

—Ésta es más prometedora. Yo digo que arrojemos a la otra al fuego y tomemos esta.

Bulma no pudo detener el escalofrío de sobrecogedor pánico que sacudió todo su cuerpo. No había nada que temiera más que ser quemada viva. Sentir su piel agrietándose e hirviendo bajo el intenso calor mientras gritaba de agonía era, sin duda, algo que quería evitar a toda costa.

Observó con enormes ojos como Satanás la miraba directamente, sus ojos negros brillaban con malicia. Una lenta sonrisa se extendió en sus repugnantes labios y de repente Bulma quería morir. Ella haría cualquier cosa para evitar que esa criatura ponga sus viles manos encima suyo.

—Desata a la gorda, pero deja a la otra. Ella será un sabroso manjar para más adelante. —Los graves tonos de Satanás se deslizaron sobre ella como caricias obscenas.

La hermosa mujer puso los ojos en blanco mientras se pasaba los dedos por el cabello, su evidente vanidad saltaba a la vista.

—¿Por qué insistes en pensar como un hombre repugnante? —Ella continuó acicalándose, tenía la atención más en su cabellera violeta que en la conversación.

—Porque lo soy y estaría más que feliz en mostrarte que tan hombre soy. —Satanás miró de un modo lascivo en dirección de Vanidad y se cogió los genitales, pero ella solo le resopló por encima del hombro para luego darle la espalda.

—Los dos son un asco. En lo único que piensan es en la reproducción. —Pestilencia que estaba trabajando furiosamente detrás de Bulma deshaciendo las cuerdas de Aleah siseó en tono ofendido, pero Satanás se encogió de hombros hacia él y le dijo:

—Que importa. Tú date prisa y ven aquí.

Pestilencia cogió a Aleah, la puso de pie y tiró de ella hacia el grupo. Ellos le dieron la espalda; Bulma no pudo distinguir sus rostros, aunque podía ver a Satanás y a Vanidad lo suficientemente bien.

Vanidad terminó por darle al grupo su atención y Bulma sintió un aleteo de inquietud mientras observaba a la mujer lamerse los labios con avidez. Satanás se incorporó y ella sintió que ese aleteo se convertía en un oleaje de terror.

—Quiero un muslo. —La mujer afirmó muy determinada y su cuerpo se tensó con la expectativa de una pelea.

—Hay suficiente para todos, pero insisto en un seno. —Satanás reclamó su propio derecho.

—No me importa, siempre y cuando consiga algunas entrañas. Ustedes chicos siempre las magullan con sus torpes pezuñas. —Pestilencia se quejó.

El estómago de Bulma se revolvió y la sangre le subió al rostro. Sentía como si escuchara la conversación a través de un túnel. Era tan irreal, tan insondable. Estaban hablando de comer a Aleah como si fuera un animal para sacrificar.

De golpe Aleah entendió lo que decían, la silenciosa joven echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito de puro y auténtico terror. Eso pareció ser la señal que esperaban porque las rabiosas bestias saltaron sobre ella al unísono, insensibles a su miedo.

Bulma no hizo ningún esfuerzo por ocultarse, sus enormes ojos azules llenos de espanto vieron cada minuto. Sus propios gritos se unieron a los de Aleah, mezclándose en el cielo nocturno. No importaba lo fuerte que gritaran, no podían bloquear el sonido de la carne desgarrándose y los huesos crujiendo.

Vanidad envolvió sus pequeñas manos pálidas alrededor del muslo de Aleah y tiró con una fuerza sobrehumana. La extremidad quedó libre con un fuerte pum y un chasquido húmedo de sangre chorreó de esta. Ella se escabulló sosteniendo su premio, relamiéndose los labios llena de regocijo y con los ojos bailando de placer. La extremidad aunque cercenada, todavía dio una patada en protesta y Vanidad la abrazó contra su pecho mientras descubría los dientes para tomar un bocado.

Aleah cayó al suelo irradiando conmoción de cada uno de sus poros. Ella luchó por pararse, al parecer no comprendía que ya no tenía una pierna. Satanás se lanzó y la sujetó contra el suelo con su peso. Le desgarró la parte superior del torso, estirando sus obscenas garras sobre los senos de la joven antes de enterrar sus exageradamente afilados dientes por completo en la carne. Aleah gritó, enredó los dedos en su cabello y tiró de su cuero cabelludo de forma violencia. Satanás la ignoró mientras sacudía la cabeza furioso, como un perro preocupado por su hueso. Al fin, un gran trozo de carne quedó libre y él la tragó con regocijo.

Pestilencia gruñó y siseó, tratando de desalojar a Satanás de Aleah para poder reclamar su premio. El hombre con cuernos rugió y Bulma alcanzó a verle los dientes manchados de sangre y la locura mortal que brillaba en sus ojos negros. Él desplazó su peso de la joven, agachándose sobre el pecho posesivamente al tiempo que le permitía a Pestilencia arrodillarse sobre la mitad inferior. La criatura verde clavó sus largas garras en el estómago desprotegido frente a él y cortó la carne como si fuera mantequilla caliente. Sacó grandes puñados de entrañas, los sangrantes órganos goteaban de sus manos como macabros adornos mientras inhalaba el ligero olor a podrido.

Aleah gritó mucho más tiempo del que parecía posible y después de que quedara en silencio, Bulma continuó sus súplicas al cielo. Le rogó a los Dioses con un grito mudo que detuvieran esto, que esta pesadilla no fuera nada más que un sueño. Imploró por un salvador, gritó por Gokú, por Yamcha, sin embargo, desde el fondo de su corazón llamó a Vegeta. Solo un monstruo podría contra otros monstruos.

Mientras Bulma observaba el cuerpo de Aleah ser desgarrado por las garras que llegaban de todos lados, en lo único que podía pensar era en la promesa que le había hecho a la joven antes de salir del refugio.

No vas a morir, lo prometo, pero Aleah estaba muerta ahora. Ella fue devorada viva por los mismos demonios que temía. A medida que los crujidos se calmaban, los gritos de Bulma se hicieron eco hasta altas horas de la noche.