Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ ni de cualquiera de los hermosos hombres del programa que se pavonean desnudos en mis sueños.
Capítulo catorce
Un héroe oscuro
Ella gritó durante tanto tiempo que debieron forzar un trozo de tela entre sus dientes para amordazarla. Continuó gritando detrás de la mordaza un crudo alarido doloroso que resonó con todo el dolor y el miedo que desbordaba de su alma. Finalmente la razón descendió sobre ella y permaneció en silencio por temor a acabar ahogándose con la bilis que amenazaba con subir.
Cuando ya no quedó nada de Aleah, los monstruos atacaron la caja del alcohol como si estuvieran en una cena de cuatro platillos. Volcaron un sinfín de botellas en sus fauces, bromeando y riendo hasta bien entrada la noche. Bulma observó con un nublado sentido del horror como ellos llegaban a las llamas para sacar varias extremidades ennegrecidas que royeron despreocupadamente, cual si fueran un delicioso postre después de la cena. Masticaron la carne, resquebrajaron los huesos, sorbieron los tuétanos y engulleron el vino en una obscena parodia de fiesta mientras sus sombras danzaban como demonios en un desfile.
Las horas avanzaron, pero la noche parecía interminable. Sin duda, el sol saldría pronto y pondría fin a esta pesadilla. La luz del día ahuyentaría a los monstruos y le mostraría que todo fue un mal sueño. Todas las cosas diabólicas odiaban la luz, ¿verdad?
Bulma estaba de rodillas, angustiada por el trapo entre sus dientes e inundada de desesperación cuando lo sintió. Era la conciencia de algo oscuro y terrible arrastrándose desde las sombras de la noche para abrirse paso hacia la luz. Una oleada de ira la golpeó y ella percibió un alivio instantáneo. Solo conocía a un hombre capaz de proyectar tanta rabia, tanto odio que era tangible en el aire. Miró a los demás, en verdad sorprendida de que no lo pudieran sentir acechándolos como el depredador que era, pero, por otro lado, siempre había sido anormalmente consciente de Vegeta.
Segundos más tarde, él apareció de la oscuridad, dio un paso hacia la luz y se detuvo. Sus ojos negros recorrieron el campamento, absorbiendo todos los detalles con un solo frío vistazo antes de que su dura mirada descansara en ella. Bulma no pudo detener la alegre sonrisa que le iluminó el rostro detrás de la mordaza al verlo, sin embargo, ante el ligero movimiento de cabeza que él hizo, la borró.
Hubo una ráfaga de movimientos cuando los demás soldados se dieron cuenta de la presencia de Vegeta. Su atención se arrancó de ella y se instaló con autoridad en Satanás.
—¡Príncipe Vegeta! Que sorpresa. —El hombre de piel roja cubrió el malestar que sintió al ver bien al saiyayín, pero incluso Bulma había visto el inicial desliz. Pestilencia echó una mirada nerviosa que viajó de su líder al príncipe, en cambio, Vanidad lucía más que complacida de verlo.
Vegeta gruñó en respuesta y Bulma notó como Satanás lanzó una rápida mirada a su rastreador que yacía descartado en una pila con los otros. A medida que se iban instalado para pasar la noche, se los retiraron junto con las corazas externas, aunque seguían estando vestidos con botas y ligeros trajes interiores.
—¿Quieres una bebida? —Satanás le ofreció la botella de la que bebía, una sonrisa jovial se extendió por sus delgados labios.
En lugar de tomar la botella, Vegeta pasó por delante, cogió una fresca de la caja y se instaló tranquilamente sobre la viga de metal, justo en frente de los rastreadores. Él se movía con tal confianza y gracia que infundió inquietud en los demás, y le recordaba a Bulma a un mortífero gato de la selva. Los dos purgadores masculinos cambiaron de posición incómodos ante esa maniobra sutil, pero la sonrisa de Vanidad solo se hizo más astuta.
—Me enteré que Frízer te está buscando. —Los ojos de Vegeta se habían desplazado hacia ella una vez más, no obstante, ante las palabras del hombre volvió la mirada sobre él. Satanás estaba sentado de nuevo, esta vez de cara a Vegeta. Pestilencia hizo lo mismo, ni uno de los dos parecía dispuesto a situarse de espaldas al príncipe. Ellos se sentaron con una incómoda soltura que les permitiría ponerse de pie en un instante para defenderse.
—¿Y eso te importa Gen-Seng? —gruñó Vegeta y Bulma no logró detener el escalofrío de reconocimiento que fluyó a través de ella. No podía creer lo mucho que había extrañado su voz ronca y su actitud cruda. Aun así, debía admitir en ese momento que soportaría las caricias del maestro Roshi si eso significaba salir de allí.
Ante el tono duro, el soldado se tensó, pero mantuvo una sonrisa fácil.
—De ninguna manera, solo te lo hacía saber. —Ahora que Bulma tenía un nombre para ir junto al diablo con cuernos, descubrió que no lo encontraba menos amenazante. De hecho, la forma astuta con que vigilaba los movimientos de Vegeta la estaba poniendo muy nerviosa.
Vegeta resopló antes de responder, sin hacer ningún esfuerzo por ser amable con sus compañeros de armas que le dieron la bienvenida a su fuego.
—¿Sabes dónde está Frízer ahora? —preguntó Vegeta con indiferencia mientras abría la botella y tomaba un trago.
Gen-Seng se encogió de hombros cuando respondió.
—En algún lugar del cuadrante Gamma, cazando un tesoro según me han dicho. —Tanto Bulma como Vegeta se pusieron rígidos ante la respuesta. Namekusei se hallaba en el cuadrante Gamma.
—¿Cazando qué? —indagó Vegeta y su oscura mirada la buscó una vez más.
—Oh, esto, aquello y lo otro, ¿un brazo? —Vanidad se había acercado poco a poco a Vegeta, era la única lo suficientemente atrevida para estar a escasos metros suyo. Ella le tendió una extremidad ennegrecida, él observó de soslayo a la oferta y luego vio de nuevo a Bulma. Ante su mirada, ella dejó caer la cabeza para ocultarse detrás de su cabello, era incapaz de verlo hundir los dientes en la carne ofrecida.
Vegeta negó con la cabeza y de un golpe le alejó la mano, diciéndose que comió bien antes de descender al planeta. Simplemente no tenía hambre. No es que se preocupara por la delicada sensibilidad de la mujer que vino a buscar.
Él sintió la ira hervir por dentro otra vez ante el pensamiento. Su furia no conoció límites cuando descubrió que ella había abandonado la nave. Estaba más allá de furioso para ser exactos. Esa ira solo se multiplicó ni bien se dio cuenta que bloqueó los controles para que no pudiera darle la vuelta a la nave de forma inmediata.
Para el momento en que recuperó el control de la navegación, la ira se había calmado a un burbujeante resentimiento que le infectó el centro del pecho. Decidió dejarla a su suerte. Permitiría que averigüe por su cuenta lo duro que el universo podía ser. Ella pensó que podría llevar su débil cuerpo a algún planeta e intercambiar el camino a su casa por su belleza e inteligencia cuestionable. Le dejaría saber cuán dura era la vida realmente. Tal vez al regreso de Namekusei se tomaría el tiempo para ver si había sido vendida como esclava. Pagaría unos buenos creds con el fin de reírse en su cara mientras ella yacía en algún sórdido burdel sobre una cama sucia donde su cuerpo hubiera sido bien utilizado y desechado como basura. Entonces se daría cuenta de lo estúpida que fue.
Y después la abandonaría a su suerte. Lo haría, juró a los dioses que lo haría, pero luego oyó algunas noticias inquietantes. Estuvo rastreando las estaciones receptoras en busca de pistas sobre el paradero de Frízer cuando escuchó una charla en el canal de purga garantizado. Un equipo de tres hombres había sido enviado a purgar el mismo planeta al que Bulma pensó escapar. Perra estúpida. A él le parecía que ella no podía hacer nada bien, ni siquiera huir.
Incluso ahora, estando en frente del fuego, mirando al hombre que muy bien podría echar al ejército imperial sobre él, todavía no podía decir por qué se dio la vuelta. Debería haber estado agradecido de que alguien se diera el trabajo de matar a la inútil mujer y así no tener que malgastar su tiempo. ¿Por qué debería importarle si ella no sobrevivía a la noche? No era su problema, él tenía una misión que cumplir y un deseo que necesitaba ser concedido. Definitivamente no había tiempo para volver y buscarla.
Pero allí estaba y comenzó a darse cuenta de algo: detestaba a todas las malditas mujeres, en especial a ésta. Ella siempre lo hacía hacer cosas que por lo general nunca se le ocurrirían, la muy miserable bruja. Él se comportaba de una manera atípica cuando se hallaba a su alrededor y eso era demasiado peligroso.
—Bueno, tal vez deberíamos decirle a alguien que no estás perdido, príncipe Vegeta. A fin de cuentas, todos han estado muy preocupados por ti. —Las palabras suavemente amenazantes de Gen-Seng rompieron la concentración de Vegeta y sus ojos negros se volvieron infernales.
—El Príncipe de todos los Saiyayíns no se pierde, maricón de mierda. Solo estaba detenido, estoy yendo a ver a Frízer ahora. —Vegeta se burló del hombre con cuernos y Bulma pudo advertir un destello de miedo en los ojos de Gen-Seng.
—Creo que lo que quería decir es que debemos anunciar tu llegada. —Pestilencia habló con una voz estremecida por la incertidumbre.
—Sé lo que quería decir, Nol, no hay necesidad de "anunciar" mi presencia. —Vegeta escupió—. Tengo una sorpresa para Frízer y estaré disgustado si alguien lo arruina.
La amenaza pendía pesada en el aire y no había duda de ello. Vegeta no quería que su presencia fuera conocida por Frízer y cualquier persona que lo desafiara se encontraría bajo dos metros de tierra en seguida. Observó a Gen-Seng y a Nol con la misma intensidad, esperaba haberlos intimidado lo suficiente como para hacerlos pensar antes de ir por sus rastreadores mientras él se quedara en la superficie del planeta.
Su única esperanza era que salieran del planeta hacia el espacio donde pudiera explotarlos en polvo antes de que fueran soltando la lengua en los rastreadores a cualquier persona que quisiera oírlos. Sabía que le tenían miedo. Era, después de todo, uno de los guerreros más poderosos del ejército de Frízer, pero ellos no sospechaban que no estaba en su nivel adecuado. El pequeño campo de fuerza de Bulma lo había dañado y él todavía sentía los efectos. Vegeta se enfrentaba a la incómoda incertidumbre de que si era forzado a pelear, podría perder.
—Sí, claro, por supuesto, nadie quiere arruinar tu sorpresa, príncipe Vegeta. ¿Por qué no volvemos nuestra atención a algo mucho más placentero?, ¿más vino? —Vanidad se deslizó más cerca del príncipe y Bulma percibió una fuerte punzada de algo que no logró definir. Si fuera Yamcha el que estuviera sentado allí, estaría tentada a decir que eran celos, aunque seguramente no podía estar en lo cierto.
La mujer dejó que su mano se arrastre por el brazo de Vegeta, él giró la cabeza para mirarla, sus ojos oscuros se estrecharon y sus labios se torcieron en una burla familiar.
—No estoy interesado en tus encantos esta noche, Tamín. —Él la ignoró y tomó otro trago de la botella.
Bulma frunció el ceño cuando se dio cuenta de que en el pasado era más que probable que los dos hubieran sido amantes. Por alguna razón se puso irracionalmente enojada ante el pensamiento de que él husmeó alrededor de esa asquerosa zorra.
—¿Y puede saberse en qué estás interesado? —preguntó Tamín con un resoplido de desdén.
Los ojos de vegeta encontraron el camino a los azules de Bulma. Su mirada se detuvo el tiempo suficiente para atraer la atención de los demás soldados. Los ojos teñidos de rojo de Tamín se redujeron a medida que se centraban en ella y la mirada lasciva de Gen-Seng se hizo más amplia.
—Ah, sí. La estaba guardando para más tarde, pero yo estaría más que feliz de compartir. —Gen-Seng se frotó las manos anticipadamente mientras se levantaba de su asiento. Al movimiento, Vegeta se enderezó de su postura laxa y fijó a Gen-Seng con una silenciosa mirada fulminante.
—No comparto —dijo Vegeta entre dientes, todo su cuerpo estaba listo para la batalla.
Gen-Seng dio un pequeño paso hacia atrás con las manos levantadas.
—Por supuesto que no. Solo sugerí que deberías saciarte y estaré más que feliz de tomar lo que quede.
Nol resopló por su comentario suplicante.
—Maldición, él sería feliz simplemente observando.
Gen-Seng le disparó a su compañero una mirada asesina, pero el gruñido de Vegeta arrastró su atención de nuevo al príncipe.
—Ninguno de ustedes, pervertidos de mierda, nos estará mirando. —Gen-Seng se tensó ante el insulto y sus labios se contrajeron como si quisiera responderle algo igual de grosero al príncipe. Vegeta no quería presionar demasiado al líder del equipo, pero necesitaba llevarse a Bulma fuera de su vista.
—Iremos allí. Espera hasta que termine. —Vegeta hizo un gesto con la cabeza hacia un callejón oscuro que apenas era visible más allá del resplandor danzante de la hoguera. Podía decir que Gen-Seng quiso protestar, sin embargo, él no se lo permitió ya que le dio la espalda y caminó en dirección a Bulma.
Ella mantuvo la cabeza baja cuando se acercó, no quería revelar su ansiedad por el inminente escape. Él la alcanzó por detrás, rompió las ataduras fácilmente y la puso de pie con un fuerte agarre de su brazo. Se abrió paso entre los demás y los fulminó con la mirada, haciéndoles saber que no los molestaran. Lanzó una última mirada sarcástica a los rastreadores para recordarles en silencio su anterior amenaza. Vegeta sabía que no serían capaces de irse inmediatamente, lo más probable era que Gen-Seng hiciera un seguimiento de su ki, pero si ellos se quedaban el tiempo suficiente, tal vez los soldados perderían interés en lo que ocurría más allá de su línea de visión.
Bulma extendió los brazos, se deshizo de su mordaza y la usó para limpiar la sangre seca de su rostro. Hizo todo lo posible por lucir abatida y rota cuando se marchaba con Vegeta, lo que en realidad no era tan difícil.
Vegeta la condujo a la oscuridad, fuera del círculo luminoso de la hoguera. Por primera vez ella se sintió realmente a gusto caminando dentro de la oscuridad en lugar de sentir una tensa expectativa. El estar rodeada de sombras siempre había despertado al animal instintivo en su interior que temía lo que no podía ver.
Peor aún, caminaba en la oscuridad con un asesino, pero solo advirtió un alivio abrumador. Vegeta podía ser el hombre más peligroso que jamás conoció, no obstante, tenía la certeza de que no iba a comérsela, ¿o sí?
Él la empujó con brusquedad contra una pared de ladrillos que se desmoronaba y ella accedió a su voluntad. En este punto, si le decía que caminara descalza sobre brasas, lo haría. Después de todo era su salvador, su nefasto salvador, envidado por el infierno, pero salvador al fin y al cabo.
Él la tomó por el cuello con una mano, inclinó su peso hacia adelante y la sujetó contra la pared. Ella se moría de ganas por correr lo más lejos de esta pesadilla como pudiera, aun así, su confianza en Vegeta la sostenía. Él sabría qué hacer, sabría cómo salvarlos.
Podía sentir la ira que irradiaba de él, la sintió incluso antes de que entrara al campamento. A pesar de que le temía, su terror por los monstruos que rodeaban la pira de cadáveres era mayor. Extendió la mano y retorció sus dedos en la armadura de Vegeta por encima de su corazón. Normalmente, temería estar tan cerca de un depredador letal, pero ahora odiaría que la dejara fuera de su alcance.
Él se inclinó más, sus ojos negros capturaron el agarre mortal que ella tenía de su uniforme antes de cruzar las miradas. Podía ver la acuosa evidencia del terrible trauma en sus profundos ojos azules a punto rebosar. Si miraba lo suficientemente, imaginó poder ver el reflejo de los horrores que debía haber presenciado en las últimas horas.
Sus fríos labios se curvaron en una sonrisa irónica por la esperanza que vio en los rasgos vueltos hacia arriba. El pequeño conejo había corrido con todas sus fuerzas para escapar de su lobo, pero al final ella se aferró a él como si fuera un refugio seguro ante una tempestad violenta. Que rápido cambió de melodía a la primera señal de peligro.
Inclinó una ceja hacia los soldados borrachos que se calentaban ante el macabro fuego y se alimentaban de la carne ennegrecida de sus víctimas. Tal vez ella tenía buenas razones para sentirse asustada, admitió en silencio. Estaba seguro de que su pequeña inocente nunca había visto tales atrocidades. Eso en sí mismo subrayaba el vasto y casi infranqueable abismo que los separaba.
El demonio oscuro dentro de él se echó a reír a carcajadas ante la idea de un ángel tan puro experimentando siquiera una pequeña parte de su vida cotidiana, en cambio, el hombre se enojó con la imagen. Era tan inexplicable. Él parecía tener una gran cantidad de impulsos y emociones incomprensibles respecto a ella. En concreto, dar la vuelta para buscarla cuando debería estar en camino a Namekusei. Entrecerró los ojos y la miró con ferocidad.
—Huiste de mí —le susurró al oído con una voz llena de una amenaza mortal. No había duda de la corriente subyacente que fluía entre ellos. ¿Qué hacia ella aquí?, ¿en qué estaba pensando?, ¿cómo se "atrevió" a escapar de él?
—Yo... —Ella apartó la mirada y echó un vistazo hacia el anillo de fuego. Sus mejillas se volvieron más pálidas y su mano le apretó la armadura. Se humedeció los labios y comenzó de nuevo sin apartar los ojos de los otros hombres—. Tenía miedo. —Pausó jadeando un poco por el pánico antes de continuar—. Tenía miedo de ti. —La voz era el más suave de los susurros y él tuvo que esforzarse para oírla. Su corazón dio un pequeño vuelco divertido ante esas palabras y tuvo que humedecerse los labios que repentinamente se le secaron.
—¿Tenías? ¿Ya no es así? —Solo su impresionante dominio de sí mismo impidió que su voz sucumbiera a la tensión. La idea de que ella no le temiese más lo golpeó en lo profundo, despertando cierta olvidada emoción sin nombre dentro de él.
—Estoy aterrada de ustedes. —El estómago de Vegeta cayó ante sus palabras y sintió una ola de decepción que fue del todo inesperada—. Pero... tengo miedo de estar sola, perdida y sola sin ti. —Ella sacudió la cabeza lentamente y apretó la boca en una suave mueca de angustia. Sus ojos asustados nunca se apartaron del macabro festín iluminado por la luz de la fogata. Vegeta frunció el ceño y puso dos dedos debajo de su mentón para traer sus ojos a la fuerza, luego alzó su rostro hacia él.
—¿Y a qué se debe este abrupto cambio de opinión? —le preguntó con el rostro parcialmente oculto entre las sombras.
Recuerdos de lo que había visto solo unas horas antes clamaban con insistencia y eran visibles en sus ojos azul claro. Sin darse cuenta, ella lo instó a acercarse, usándolo como una manta para tirar sobre su cabeza que la protegería de los monstruos debajo de la cama. Se sentía segura bajo su sombra. Confiaba en su demonio en la oscuridad mucho más que en los hombres bajo la luz.
Las visiones en su mente eran un torbellino de sangre y agonía, de garras desgarrando y de dientes arrancando. Apretó los ojos con fuerza y dos lágrimas silenciosas corrieron por su rostro pálido. Vegeta tuvo que resistir la tentación de inclinarse para lamerlas de sus mejillas y se reprendió por la idea. La garganta de Bulma se movió mientras trataba de formar su terror en palabras, pero solo pudo arrancar un simple pensamiento del tormentoso remolino en su mente.
—Ellos se la comieron. —El cuerpo le tembló como si fuera sacudido por el viento del norte y se reclinó más cerca de su corazón.
Vegeta no pudo detener la burla que se formó en sus labios. ¿Por eso estaba tan horrorizada? ¿Porque un grupo de hambrientos soldados eligieron el festín de los muertos en lugar de sucumbir al hambre que los acechaba? Había pensado que el miedo tenía origen en la destrucción que la rodeaba, en el derrumbe de los edificios y en los gritos de los inocentes. O peor aún, el terror de que aquellos hombres usaran su cuerpo de una forma cruel antes de matarla, pero no, ella optó por centrarse en ese hecho insignificante.
—A diferencia de ti, algunas personas no son consentidas con platillos refinados tres veces al día. Te sorprendería lo que serias capaz de hacer si tuvieras demasiada hambre —gruñó y el corazón se le enfrió al comprender su egoísmo.
Ella levantó la mirada hacia él con indignación e incredulidad aparente.
—Yo nunca podría estar tan hambrienta como para comerme a alguien —declaró con lentitud, evidentemente no entendía el concepto de la inanición forzada.
La ira hirvió dentro de él y empujó su rostro hacia el de ella gruñendo de furia.
—Pensaste que tres días sin comer eran duros, inténtalo por tres semanas.
—Eso es imposible. Es imposible pasar semanas sin alimentos. —Los grandes ojos de Bulma reflejaron la luz de la luna y Vegeta sintió que su ira hacia ella disminuía. No podía culparla por jamás haber tenido dificultades. Solo era una princesa mimada que nunca tuvo que contemplar el lado más cruel de la vida.
—No, no lo es. Confía en mí, no lo es. —Las frías y áridas palabras de Vegeta resonaron con oscuras verdades que la frágil psique de Bulma no estaba dispuesta a aceptar. ¿Cómo podría tal tragedia existir en el universo?, ¿tal dolor y sufrimiento?
Se inclinó aún más y tomó fuerza de su cálido y sólido cuerpo.
—Esta es tu vida. —No era una pregunta, sino una afirmación de entendimiento. Ella quería llorar hasta que hubiese lavado todo su pasado en un torrente de lágrimas. Él necesitaba tener a alguien que lo llorara. Estaba solo en el universo, sin una familia, sin su planeta, sin una amante, si nada. Vegeta permaneció en silencio y lo único que se podía oír era el estallido del fuego a la distancia y la ruidosa conversación de los soldados—. ¿Cómo lo sabes? —La pregunta se le escapó antes de que pudiera detenerse. Casi se avergonzó, pero en lugar de eso le apretó la armadura, decidida a permanecer cerca de él. No esperaba que respondiera, así que se sorprendió al escuchar su aterciopelada voz sobre ella.
—Porque a veces... porque yo también lo he pasado. —Su tono era forzado y por un momento sonó casi incierto, luego su arrogancia volvió con fuerza—. No hay otra opción, Frízer nos mata de hambre para mantenernos débiles y maleables. Incluso así, todavía somos más fuertes que la mayoría de ustedes, débiles.
Bulma no se retiró como él esperaba, en lugar de eso descansó la otra mano a su lado, no para separarse, sino para acercarlo más. Le acarició el cuello, su olor masculino la rodeaba, abrazándola, tentándola.
Frízer, ahí estaba ese nombre otra vez. Debía ser el tirano del que habló hace mucho tiempo. La serpiente. Tarde, Bulma recordó la historia del Agujero en la nave de Frízer y se estremeció de lástima y tristeza. ¿Alguna vez Vegeta había sido sometido a semejante tortura? Descartó formular la pregunta, aunque la autopreservó inmóvil en su lengua. Vegeta era volátil y se dio cuenta de que ese tema lo llevaría al límite.
—Pero se la comieron viva —susurró ella y le clavó los dedos a un costado en un intento por arrastrar su armadura al frente—. La destrozaron como perros hambrientos y se la comieron —añadió entrecortadamente—. ¿Cómo pudieron hacer tal cosa? —Él sucumbió a su llamado e inclinó un antebrazo contra la pared, acortando la brecha entre ellos por varios centímetros.
Ella reclinó la cabeza en su mano que todavía era un puño en la pared. Ante el roce de su cabello de seda él tuvo que resistir la tentación de abrir esa mano y pasar los dedos a través de las hebras. Nunca había sentido algo tan suave como ella. Su cabello, su piel, todo su cuerpo.
Reclinada como estaba, era casi como si él la estuviera abrazando y Bulma suspiró de satisfacción. Vegeta no pudo impedir que el estómago se le apretara tanto por la suave exhalación de su aliento como por sus palabras.
Había oído hablar de este tipo de prácticas, incluso fue testigo una vez, pero nunca participó. Algunos guerreros afirmaban sentir una estimulante descarga de excitación cuando sus dientes rasgaban la carne aún viva y probaban la sangre bombeando caliente.
Muchas veces Vegeta comió la carne de sus enemigos, aunque solo después de que llevaran algún tiempo muertos y preparada de un modo adecuado. Su sueño era lo suficientemente perturbado por los gritos de los muertos y moribundos como para arriesgarse a añadir los gritos de la cena junto a ello.
Eso era por lo que estaba tan asustada. No la culpaba. Incluso él había sentido que su estómago amenazaba con rebelarse ante la vista. Solo podía imaginar cómo habría reaccionado su ángel inocente.
—No debes huir de mí, el universo es un lugar peligroso. —Ella hizo un gesto de aceptación y descansó la frente contra su pecho. Lo golpeó que esta era la primera vez en su vida que se hallaba tan cerca de alguien sin estar en guardia. Aún tratándose de las diversas prostitutas con las que se acostó a lo largo de los años, él casi siempre esperaba que le hundieran una daga en la espalda.
Una vez cuando era joven, Frízer le envió una concubina que filtraba veneno por los poros luego de haber sido alimentada como un bebé con el más mortal de los tóxicos. Si sus sentidos saiyayins no fueran tan agudos, nunca habría olido la corrupción y podría haber muerto o peor por lo que encontró. Parecía que Frízer tenía una apuesta sobre si él moriría o por el contrario, "esa cosa" se pudriría.
Bajó la nariz hasta la coronilla de su cabeza e inhaló profundamente. No olió ninguna mancha de corrupción sobre ella, solo el olor de la inocencia perdida y el miedo seco en su piel.
Él rozó con los labios su cabello y se deleitó en su sedosidad. Ella envolvió una mano bajo su brazo y apoyó la palma en la espalda de su armadura. Eso lo tensó y espero sentir el grito de sus sentidos advirtiéndole del peligro, sin embargo, no hubo nada salvo una serena aceptación de su toque.
—Vegeta, ¿alguna vez... —Ella hizo una pausa y él luchó por inhalar aire en sus pulmones contraídos—. ¿Alguna vez te has comido a alguien?
Vegeta giró la cabeza para vigilar a los soldados. Sintió una energía nerviosa edificándose dentro de él y quería estar lejos de ese lugar, pero Gen-Seng todavía echaba miradas escondidas desde las sombras donde se encontraba. Él le tomó la mano y la aflojó de su uniforme con unos dedos peligrosamente gentiles. Ante la pérdida de la barrera que los separaba, ella se apoyó en su pecho, descansó la cabeza sobre su armadura por su corazón y apretó el brazo alrededor de su cintura.
Esa actitud de confianza lo hizo cerrar los ojos por un momento y sintió que un puño áspero se apoderaba de su corazón. Al final se entregó a los impulsos de su cuerpo y desplazó su peso para así apoyarlos en la pared, reclinandose totalmente contra ella. Él abrió la otra mano y se atrevió a dejar que sus dedos le rozaran los mechones del cabello.
—Nunca he comido a alguien mientras aún estaba vivo. —No sabía por qué trataba de consolarla, por qué trataba de asegurarle que no era un monstruo completo, pero fue impulsado a hacerlo. Su cuerpo se tensó un poco debido a que ella todavía podría apartarse ante la displicente confesión de que en el pasado había comido la carne de sus enemigos. A pesar de que ya estaban muertos, sabía que aun así sería repugnante para ella, un insulto a su inocencia.
En lugar de eso, Bulma dejó salir la lengua tentativamente, envolvió un camino de calor a través de su cuello y saboreó su salada masculinidad, ansiándolo. Él cuerpo de Vegeta se estremeció un poco y apenas logró reprimir la conmoción por su atrevimiento. Había esperado un rechazo, no una invitación.
Él atrajo la delicada mano que sostenía a sus labios, sus fuertes dientes le rasparon los nudillos mordiéndola con suavidad. En lugar de imbuirle miedo en el corazón, una sensación de anticipación danzó por su brazo haciéndola capturar la respiración.
—Vegeta, prométeme algo. —Su suave aliento le tocó la piel, prendiéndolo con el fuego del deseo. Su voz era una seducción, un motivo para concederle sus deseos más preciados. Incapaz de responder, él gruñó sutilmente dándole permiso para continuar—. Prométeme que no me harás daño. —Ya Bulma había pasado por tanto y apenas comenzaba el viaje a Namekusei. Fue vendida, casi violada y ahora era testigo de primera mano del horror de una purga. No creía ser capaz de sobrevivir a la constante embestida del miedo de que Vegeta al final la asesinaría. No quería continuar por el camino que tenían en el pasado. Necesitaba cierto grado de tranquilidad. Quería confiar en él, quería entregarse para que la protegiera, pero no se atrevía todavía.
Vegeta sintió que su estómago lo abandonaba. Él sabía exactamente lo que Bulma quería. La promesa de que no la mataría cuando hubiera terminado con ella, que la dejara vivir sin temerle. Se sorprendió de que confiaría en cualquier palabra que pronunciara. ¿Acaso no comprendía que podía mentirle para calmarla con una falsa sensación de seguridad? ¿Estaba tan desesperada en confiar en él que creería lo que sea? Allí residía su dilema. Ella quería confiar, quería creer que podía ser honesto.
El silencio se arrastró sobre ellos. Mientras él reflexionaba sobre sus palabras, casi sin darse cuenta deslizó la lengua entre sus dedos para hacerle cosquillas en los pliegues. Un hormigueo de conciencia sexual bailó por el brazo de Bulma haciéndola suspirar con un deseo sin voz. Los ojos de Vegeta brillaron a la luz del fuego cuando observó a los otros hombres olvidarse poco a poco de ellos con cada trago que tomaban de las botellas.
—¿Por qué habría de hacer eso? —Su voz destilaba crueldad, pero ella pudo oír un matiz de curiosidad. Él no entendía por qué debería renunciar a su elemento de poder al prometerle tal cosa. Ya sea que dijera una mentira o la verdad, sería una mentira, ¿verdad?
—No quiero tener miedo de ti. —Si solo le susurrara las palabras, ella le creería. Necesitaba desesperadamente confiar en él. No podía terminar el viaje con el conocimiento de que la muerte la estaría esperando. Incluso si él la matara, al menos podría disfrutar de los dos últimos meses sin que la amenaza pendiera sobre su cabeza.
—Deberías temerme. En tus propias palabras, soy un hombre peligroso. —Su voz bajó una octava y los tonos la envolvieron en una ola de calor aterciopelado.
—Sé que eres un hombre peligroso, es solo que no quiero que seas un peligro para mí. —Después de su noche llena de terror en este planeta de pesadilla, Bulma se vio obligada a reconocer ciertas verdades. Vegeta era un monstruo creado por un demonio para causar estragos en las masas. No había azúcar cubriéndolo o esquivándolo. Realmente era lo que era y no tenía más remedio que aceptarlo. Solo quería un cierto grado de seguridad de que él trataría de ser al menos medio decente cuando lidiara con ella. Bulma sabía que albergaba eso, únicamente necesitaba una oportunidad para mostrarlo. Si alguien tenía que tomar el riesgo y tener fe en él, bien podría ser ella.
Vegeta le volteó la mano y se maravilló de lo suave y pequeña que era. Presionó un delicado beso en la palma antes de apartarse de ella para mirar sus ojos azules. No podía mentirle y no podía darle lo que quería tampoco. Su inocente iba a tener que aprender que solo debía confiar en ella misma y en nadie más.
—Bueno, la esperanza es lo último que se pierde. —Rodeó su muñeca y la tiró fuera de la pared. Pudo ver el dolor que le causó cruzando sus rasgos despejados y tuvo que endurecerse a sí mismo contra ella. No podía permitir que su debilidad se convierta en la de él.
—Es hora de irnos, perra. —Y con eso dicho, la arrastró hacia la oscuridad.
