Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ y no puedo escribir una escena de lucha ni para salvar mi vida de todos modos.

Muchas, muchas gracias a mi maravillosa beta lisaB, quien fue rápida en señalar lo que estaba mal con este capítulo y me lo hizo notar. Muchas gracias. *guiño*

Capítulo dieciséis

El perdón

Durante el viaje de regreso a la nave, Bulma se sumergió dentro y fuera de la conciencia. Era vagamente consciente de ser sostenida contra el pecho de Vegeta y por mucho que quería forcejear, no podía negar que estar en sus brazos le aliviaba el dolor.

Entraron en su oscura habitación, con un movimiento suave Vegeta la puso en la cama y alcanzó su ropa.

—¿Dónde te duele? —gruñó mientras la desvestía con rudeza. Las débiles manos de Bulma trataron de empujarlo, pero él era imparable.

—Mi espalda —susurró ella luchando por impedir que le arranque los pantalones de las piernas. Las manos de Vegeta se detuvieron en los botones y, en cambio, la agarró de las caderas, le dio la vuelta sobre el estómago y con sus fuertes dedos rompió los cordones tipo gata callejera del corsé.

Le quitó el cuero negro y Bulma siseó cuando este se despellejó de la mordida que supuraba pus verdosa. Los labios de Vegeta se retiraron de sus colmillos en el momento que examinó el anillo de marcas de dientes rodeado por furiosas e inflamadas líneas rojas de infección.

—¿Cómo pasó esto? —El primer pensamiento de Vegeta fue que uno de los soldados allá en la superficie había tratado de tomar un bocado antes de cenársela, pero dudó que se hubiera detenido en uno.

—El comerciante —murmuró Bulma tratando de permanecer despierta, ya que la oscuridad amenazaba con asfixiarla de nuevo.

Lo oyó inhalar de forma pronunciada y sintió que sus dedos de acero la agarraban por arriba del brazo para voltearla sobre la espalda. Ella lanzó un grito de sorpresa y luchó por cubrirse los senos expuestos a la vez que levantaba la vista hacia los furiosos rasgos de Vegeta. Sus carnes totalmente blancas se derramaban más allá de sus brazos y solo tuvo éxito en ocultar sus pezones rosados, sin embargo, Vegeta no estaba en lo más mínimo interesado en su repentino estado de desnudez.

—¿Qué? —gruñó él—. ¿Dejaste que un aracnoide te muerda?

—Yo no lo "dejé" hacer nada —respondió ella y sus ojos azules chispearon de manera poco natural debido a la fiebre.

Él cortó con la mano el aire por encima de su rostro como si el comentario fuera intrascendente. Despegó los labios aún más atrás y Bulma pudo ver sus colmillos de marfil brillar con la luz de las estrellas que se filtraba en la habitación por la línea de la ventana circular. Vegeta no se había molestado en encender ningún fluorescente y a pesar de eso no parecía estar sufriendo de problemas de visión en lo absoluto.

—¿Por qué no me lo dijiste? —siseó él.

Bulma parpadeó, por primera vez en la inusual relación que tenían, estaba realmente confundida.

—No pensé que te importara —tartamudeó mirándolo con los ojos bien abiertos.

Él abrió la boca como si fuera a hablar, pero se detuvo. Pasó la mano por su melena negra, llevó el cabello hacia atrás unos instantes antes de que este regresara a su lugar. Le dio la espalda con un giro brusco, tomó una pausa y después hizo como si fuera a dar la vuelta hacia ella, pero se quedó quieto. Luego cuadró los hombros y se dirigió hacia la puerta, su irracional ira era tangible en el aire.

—No me importa —escupió las palabras mientras salía de la habitación. La puerta corrediza se cerró sin hacer ruido en una burla a la furia violenta.

Vegeta solo dio dos pasos en el pasillo antes de detenerse. Oscuros pensamientos se arremolinaban dentro de él, revolviéndose debajo de su piel y se esforzó por entenderlos.

Era veneno y aunque mortal, la picadura de los aracnoides casi nunca terminaba siendo fatal. Este era de lento movimiento y fácilmente curable, sin embargo, tenía que ser tratado con rapidez, dentro de las cuarenta y ocho horas. Sabía que existía una manera de neutralizarlo pasado ese periodo, pero jamás oyó hablar de como se hacía. Sin la cura ella estaría muerta en una semana, su cuerpo se pudriría con dolor hasta que rogara que la maten. No quedaba nada que pudiera hacerse al respecto.

Bueno, solo había "una" cosa que podía hacer.

Era como si ya estuviera muerta, no tenía sentido prolongarlo. Regresaría ahora mismo a la habitación y terminaría el trabajo. Se desharía del cuerpo en el basurero y la tiraría luego con el resto de la basura espacial. Ya no la necesitaba ahora que disponía del control de la nave. No era más que un entretenimiento que no podía cumplir con su obligación.

Algo animal enfureció dentro de él, primitivo en su misma esencia. Sintió una rabiosa decepción extenderse por su alma cuando se dio cuenta de que había sido despojado de su venganza por el destino. Hubiera querido poseerla, conquistarla, ser su dueño para el momento en que llegaran a Namekusei. Ese era el castigo que ella merecía por encerrarlo como un animal rabioso y ahora nunca tendría el placer de quebrarla.

Junto con la decepción había otra emoción que rara vez experimentó en sus treinta y tantos años de vida: lamento. Lamentó que nunca llegaría a sentir esa suave piel lechosa debajo sus palmas ni inhalaría el dulce aroma de su cabello sedoso.

Una pequeña voz se elevó en la oscuridad que lo infestaba. Mía, gritó haciendo eco por los huecos pasillos de su alma. Cuando entró en el campamento de los purgadores y la vio atada y amordazada, una intensa rabia brotó dentro de su ser. A pesar de odiarla, de toda la amargura, ella era de él. El pensamiento de otras manos sobre Bulma, hombre o mujer, lo hicieron querer aullar a la luna enfurecido. Ella le pertenecía y nadie podía maltratarla, excepto él. Esa misma voz se negó a creer que tenía que dejarla ir tan pronto, que pudiera escapar tan fácilmente.

Parpadeó sacudiéndose al instante de su aturdimiento y frunció el ceño por haberse distraído. No había ninguna razón para que vacile en matarla. Tenía la intención de hacerlo más tarde, después de haber derrotado a Frízer, pero no existía nada que lo detuviera ahora. Era una promesa tácita entre ellos que moriría por su mano y no por la de otro. No dejaría que ella hiciera trampa permitiendo que cierta enfermedad violara su frágil cuerpo.

Era mejor matarla para que no sufriera en lugar de escucharla sollozar de dolor por la próxima semana. Dudaba que conseguiría hacer algo con ella gimiendo como un cachorro enfermo.

Oyó un golpe desde el interior de la habitación que sonó de modo sospechoso como un cuerpo cayendo al piso. Caminó tranquilamente de regreso, su negro corazón era frío e insensible. Desplazó los ojos sobre la cama y notó con poca preocupación que estaba vacía. La encontró en el piso, a mitad de camino del baño, jadeando como un corredor de maratón. Ella no había sido capaz de luchar de nuevo para pararse por lo que se tumbó sobre su estómago y ahora podía ver como la piel blanca de su espalda contrastaba fuertemente con las sombras de la habitación. Bulma levantó la mirada hacia él con el cabello azul desordenado cayendo en hebras sueltas alrededor de su rostro más pálido de lo normal.

—Agua —susurró a través de sus labios agrietados y él sabía que debía ser por la fiebre.

Vegeta se negó a reconocerla. Ya se había convertido en un cadáver para él y no la vería de otra manera, hacerlo sería inútil. Imágenes de ella gimiendo debajo de él, de su cuerpo envuelto alrededor del suyo se alzaron por encima de la oscuridad en su mente. Él las aniquiló mientras levantaba la mano y formaba una pequeña esfera azul de ki en la palma. Las sombras danzaron gracias a la luz palpitante, pero Bulma se mantuvo inmóvil a sus pies.

Los brillantes ojos de zafiro no se apartaron de la mirada cruel cuando separó los labios para hablar.

—Al menos ella consiguió un beso —susurró Bulma sin temor evidente en su tono de voz ni en su bello rostro.

Vegeta parpadeó y un profundo ceño se formó en su frente lisa.

—¿Qué?

—Tamín, ella fue tu amante, ¿verdad? —La inocente pregunta de Bulma trajo una avalancha de recuerdos a Vegeta. Se acostó con Tamín durante una semana hace más de dos años. Ella había sido fuerte y él disfrutó de su compañía, pero Vegeta nunca mantenía una mujer mucho más que eso. No quería arriesgarse a que cualquier tipo de afecto surgiera. Después de presenciar la escena que se dio antes entre las dos mujeres, dedujo que una semana fue demasiado.

—¿Qué hay con ella? —gruñó Vegeta totalmente atónito por la lógica de la mujer. Allí estaba él, listo para enviarla a la siguiente dimensión ¡y ella quería hablar de sus relaciones pasadas!

—La mataste también. —La voz de Bulma se quebró debido a la tristeza.

—Eso fue diferente. —Vegeta se movió incómodo, sin saber por qué tenía esta conversación con un cadáver. Debería seguir adelante y matarla.

—¿Por qué? —Bulma se ahogaba y una sola lágrima se deslizó por su mejilla de alabastro.

Vegeta observó la lágrima deslizarse por la punta de su delicado mentón antes de responderle.

—Simplemente lo es.

—¿La amabas?

—¡No! —gritó Vegeta con rabia contenida y la esfera de ki en su mano se hizo más brillante gracias a sus emociones.

—Pero la besaste —acusó Bulma y Vegeta sintió que se ruborizaba.

—Ella me beso —negó él.

—¿Me besarás? —El abrupto cambio en Bulma, de afilada acusación a suave súplica, sorprendió a Vegeta. Bajo la mirada a su cuerpo desplomado y de repente no pudo ver el cadáver viviente que había venido a matar sino a la mujer que quería en sus brazos. Se acordó de la oscura promesa de sentirla retorcerse debajo de él antes de quitarle la vida, de sentirla rodearlo íntimamente al menos una vez antes de su separación eterna.

Ella le tendió una mano y él se encontró extinguiendo el ki para alcanzarla. Se inclinó y la recogió del piso para sostenerla contra su pecho. Envolvió un musculoso antebrazo alrededor de su espalda, cuidando de no tocar su herida y la otra mano por instinto cubrió sus redondeadas nalgas a fin de cargarla. Ella se ajustó fácilmente contra su cuerpo, como si hubiera sido creada solo para él. Sus suaves senos se aplastaron en su esculpido torso y a través del fino uniforme, él pudo sentir su calor abrasador. Ella no tuvo fuerzas para sostener la cabeza y esta cayó hacia atrás haciendo que su largo cabello aguamarina se arrastrara al suelo.

Vegeta bajó la boca hacia los rasgos vueltos hacia arriba y sus ojos oscuros observaron la luz de las estrellas filtrarse en el hermoso rostro. Ella separó los labios y aunque él no los rozaba, aun así, podía sentir el calor de la fiebre sobre estos.

—Creo que una pequeña parte de mí siempre quiso que me toques. Incluso cuando estabas tratando de matar a todos los que amaba. A través de la bola de cristal solo te veía a ti y a nadie más, ¿crees que iré al infierno por eso? —Sus ojos azules brillaron y otra lágrima cayó por su mejilla.

—Si es así, entonces no hay esperanza para mí. —Y distraído, él enjugó la lágrima usando su pulgar.

Con lo último de sus fuerzas, ella cerró los ojos lentamente mientras levantaba sus labios rojos hacia él, suplicando en silencio por un beso de despedida. Se veía tan inocente, como si fuera la pureza encarnada en una mujer dispuesta a contaminarse con el beso de un monstruo, con el sabor de la fruta prohibida.

Vegeta bajó la cabeza y rozó su mejilla contra la de ella mucho más suave. Oyó su agitado aliento susurrarle al oído mientras sus pulmones trabajaban por aire. Él inhaló profundamente y olió el aroma de su sangre seca y el sudor en su piel. Pasando el hedor ácido de la muerte pudo saborear su esencia con los sentidos: el perfume de la luz del sol y de las flores, de la alegría y de la risa, de todas las cosas que él nunca había visto. Vegeta cerró sus ojos y bloqueó la imagen de la mujer de su mirada, pero ese era solo un sentido de los cinco. Todavía podía olerla, sentirla, escucharla y si abría la boca una fracción, sería capaz de saborearla.

Un fuerte gruñido de anhelo retumbó en su pecho y él no vio como Bulma entrecerró los ojos esforzándose por mirarlo desde debajo de sus espesas pestañas.

—Esta es la última vez mujer, no te salvaré nunca más.

Vegeta la levantó y la tiró por los aires hasta que aterrizó en la cama de nuevo. Ella gimió de agonía al golpear las almohadas y cuando se desenrolló de su dolorosa posición fetal, Vegeta ya no seguía en la habitación, sin embargo, ella todavía estaba viva.

De regreso en la sala de control, Vegeta cambió de rumbo hacia un centro de investigación ubicado a solo una hora de vuelo. Había llevado a un sobreviviente sanchurian una vez allí, hace años a petición de Frízer. Como el último de su raza era de gran interés para los científicos que hacían experimentos con diferentes especies. El sanchurian le suplicó una y otra vez que lo matara para salvarse del tormento que los dos sabían que iba a soportar. Al final, el príncipe le arrancó la lengua al hombre para silenciarlo.

Vegeta estaba bastante seguro de que los científicos de la instalación no tendrían idea de que Frízer lo buscaba. Como investigadores, no guardaban ningún interés en los asuntos militares del universo más allá de desarrollar armas biológicas para su amo. Bien podría tomar la oportunidad y dejar a la mujer allí. No era un hospital, pero debería haber médicos en el personal. La dejaría en ese lugar y continuaría su camino. Esto era lo último que haría por ella, juró a los cielos que sería la última vez que la salvaría.

Ni bien atracaron, Vegeta volvió a la habitación de Bulma y suspiró cuando vio que estaba inconsciente de nuevo. La envolvió en la manta de la cama, la cargó con los brazos evitando su herida y se dirigió por la rampa de desembarco, al bajar sus ojos cautelosos examinaron a los alienígenas que caminaban por el muelle.

La mayoría eran criaturas que nunca había visto antes y tuvo la inquietante certeza de que probablemente nunca los encontraría fuera de esta instalación. Eran híbridos experimentales creados al empalmar dos o más cadenas diferentes de ADN. Eran las anomalías del universo, fracasos científicos que estaban condenados a pasar el resto de sus malditas vidas limpiando lo que ensuciaron los bastardos sádicos que los crearon.

Una de esas criaturas de expresivo rostro arrastró los pies hacia ellos y le hizo señas a Vegeta para que lo siguiera fuera de la bahía de acoplamiento con dirección al pasillo. Él siguió en silencio a la abominación, encerrando su repugnancia hacia la criatura deforme detrás de una impenetrable máscara de desinterés adaptada con cuidado.

Siguieron un extenso camino a través de las entrañas de la instalación utilizando una red de pasajes y ocasionalmente ascensores. Mientras descendían, Vegeta se sintió agradecido de que la mujer estuviera inconsciente. Tenía la seguridad de que nunca podría tolerar el sufrimiento que estaba puesto en exhibición aquí. Pasaron por varias celdas de detención donde las criaturas que se presionaban contra los barrotes parecían torturadas y rotas. Vegeta sabía que sufrían horrores que ni siquiera él podía imaginar. A pesar de todo el tormento que experimentó en su vida bajo Frízer, estaba agradecido de ser un guerrero valioso. Si no lo fuera, seguramente habría sido condenado a ese mismo destino.

Una figura se desplomó contra los barrotes de su celda y mientras Vegeta pasaba, sintió un destello de reconocimiento. No podía afirmarlo, pero pensó que podría ser el mismo hombre que trajo aquí hace todos esos años. La criatura en la celda no se parecía en nada al sanchurian, excepto por los ojos. Esos ojos lo vieron pasar, ardiendo con profundo odio en sus profundidades.

Sin darse cuenta, Vegeta sostuvo a Bulma más cerca de su pecho haciendo que ella gimiera en protesta. Él bajó la mirada hacia su semblante enrojecido por la fiebre y notó que sus exuberantes labios lucían pálidos y agrietados.

Cuando se conocieron estaba seguro de que lo iba a matar. Se convenció a sí mismo de que ella no era mucho mejor que los científicos despiadados y sin escrúpulos del ejercito de Frízer, quienes experimentaban a voluntad con las criaturas indefensas que llevaban a ellos. Pero se impresionó al verla trabajar muy duro para corregir la falla técnica en su jaula y remediar el error lo más pronto posible, aunque seguía sin estar convencido de que no quisiera matarlo eventualmente.

Ella era un completo misterio. Tuvo la oportunidad de asesinarlo a sangre fría y si el arrogante bastardo de Lee no hubiera irrumpido, lo habría hecho. Para salvar a su planeta y a su familia, era capaz de ir contra cada fibra moral en su cuerpo. Fue testigo de la lucha en su interior y estaba muy asombrado por ello. Nunca había visto a nadie dudar en matar. Esa era la ley de la tierra, la única manera de sobrevivir.

Entonces comprendió que, aunque lo tenía en su poder, nunca lo habría obligado a matar por ella como Frízer lo hizo. Eso era algo que no se le pasó por la cabeza y la idea probablemente la horrorizaría. Matar era algo que él hacía, algo que le ordenaron hacer desde que era un cachorro. Se volvió natural para él, como para cualquier otro depredador. Ni una sola vez se le ocurrió que no necesitaba matar, que podía vivir una vida en la que ensangrentarse las manos no fuera inevitable.

Vegeta encerró los provocadores pensamientos al llegar a la sala de examen. La criatura que arrastraba los pies le mostró el interior y un médico se volvió para recibirlo. Él mantuvo sus rasgos impasibles cuando le explicó la situación al hombre rechoncho de piel color púrpura. Puso a Bulma sobre la mesa y observó con atención como el doctor examinaba la herida y le tomaba los signos vitales. Estrechó los ojos al ver los moretones en su espalda provocados por los golpes que Tamín le había dado y quedó impactado por cuan frágil era la mujer. Ella era físicamente débil, pero luchó con la ferocidad de una leona, protegiéndose con las únicas armas que poseía: sus uñas, sus dientes y esa maldita lengua suya.

Unos minutos más tarde se vio obligado a recordar la promesa solemne que juró en la nave mientras miraba al médico quien le explicaba la gravedad del estado de Bulma.

—Así que ya ve, a fin de curarla, necesitamos el saco de veneno del mismo aracnoide que la mordió. Lo fascinante de esta especie es que cada uno de ellos es único en lo que respecta a la producción del tóxico. A menos de que seas vacunado en las primeras cuarenta y ocho horas es difícil curar a la víctima, aunque no imposible. Tiene cinco días más para encontrar a la criatura que la mordió o ella morirá, ¿será capaz de hacer eso?

—No. —Fue la respuesta corta de Vegeta. No es que él no pudiera volver al planeta donde trató de vender a Bulma por alimentos y retornar en cinco días, él podía. La nave que ella construyó era increíblemente aerodinámica y de gran alcance, si la empujaba hasta el límite quizás podría completar la misión en cuatro días, pero no había forma de que él lo hiciera. Absoluta y positivamente no.

—Oh, bueno. —El médico se rio y Vegeta se sorprendió—. No he visto un espécimen como este antes, será un placer diseccionarla.

Hubo un gemido ahogado en la cama, pese a ello Vegeta se negó a mirar a Bulma que estaba ahora abriendo una brecha hacia la superficie de su conciencia.

El estómago de Vegeta se apretó cuando pensó en las jaulas por las que había pasado.

—Haz lo que quieras —respondió de un modo estoico.

—Excelente. No parece muy fuerte, aun así, creo que puedo tomar su ADN por la coloración inusual y moldearlo junto con un nubarian. En un par de semanas debo ser capaz de hacer crecer varios híbridos que saldrán hermosos. —El médico se acercó a la mesa para recoger un delgado cabello azul. Los grandes ojos de Bulma lo miraron antes de que saltaran hacia Vegeta.

—Pronto, querida, tu ADN va a ser vendido al más alto precio del mercado. Todo el mundo ama a las mujeres hermosas, ¿no es así, príncipe Vegeta? —El médico se frotó las manos imaginando el beneficio que haría.

Vegeta permaneció en silencio mientras sostenía la mirada de Bulma. El médico se escabulló de la habitación ya contando el dinero.

—No lo haré —gruñó Vegeta tan pronto como la puerta se cerró, sin apartar los ojos de Bulma. Ella no respondió y continuó con su diatriba—. Ya he perdido suficiente tiempo cargando tu débil trasero. No tengo tiempo para esto, tengo que llegar a Namekusei, tengo que conseguir las esferas del dragón, ¡tengo que ser inmortal! —Él escupió lo último con vehemencia. Aunque Bulma no contestó, sus ojos azules demasiado grandes para su rostro lo observaron—. Tú solo me retrasas. No te necesito y te juro por los dioses que no te quiero. —La última parte se la gritó a sí mismo tanto como a ella.

Frunció los labios en un gruñido cuando se dio cuenta de que estaba tratando de defenderse de una pequeña y frágil mujer que no hacía nada más que mirarlo en silencio. Él no se sentía culpable, se dijo. Ni siquiera sabía lo que significaba la palabra y se negó a ceder. Ella rompió el contacto visual y él giró y se dirigió hacia la puerta.

Al llegar a la salida, ella por fin habló.

—Está bien, Vegeta... Si es verdad lo que todo el mundo... dice... acerca de Frízer... entonces entiendo... tu deseo... de matarlo... Alguien tiene que detenerlo... es un monstruo horrible... y tienes un destino que cumplir. —Los hombros de Vegeta se pusieron rígidos y todas sus voces interiores se quedaron sin aliento al unísono. Ella lo entendió. Era su destino. Ella dio en el clavo—. Sé que no me... dejarías... si no tuvieras que hacerlo... No te preocupes... te perdono. —Su suave voz se entonó cadenciosamente a su alrededor, casi ensordeciéndolo como un golpe inesperado.

Él no miró hacia atrás mientras continuó atravesando la puerta ni cuando escuchó el silbido de cerrado detrás de él y nunca rompió el paso al cruzar el pasillo. De pronto apoyó las manos en la pared antes de estrellar el rostro con todas sus fuerzas en el muro de acero. A la izquierda, un científico chilló, dejó caer sus papeles al suelo y lo miró con los ojos bien abiertos. Vegeta levantó la cabeza de la superficie abollada y la estampó en esta otra vez. El científico se volvió sobre sus talones y huyó, seguro de que uno de los especímenes más violentos había conseguido escaparse de su jaula.

Ella lo perdonó. ¿Qué derecho tenía de venir y hacer eso?, ¿qué mierda estaba pasando en el universo cuando alguien como ella perdonaba a alguien como él?, ¿siquiera sabía lo que decía? La maldita mujer iba a ser su muerte.

Demonios.

Ella lo perdonó.

¿Quién se creía que era fingiendo comprenderlo, escupiendo palabras como destino y deseo?, ¿qué le hacía pensar que no la dejaría en diferentes circunstancias? Ella no era más que una tonta mujer que trajo para entretenerlo durante el largo viaje como una forma de ventilar sus frustraciones después de haber estado encerrado por tanto tiempo. Todo lo que quería era meterse entre sus piernas antes de estrangularle vida, nada más. Era una puta y la iba a usar como eso.

Maldita sea.

Ella lo perdonó.

Vegeta arrastró el rostro fuera de la abolladura, se volvió, buscó al médico y le dijo que estaría de regreso en cuatro días con el aracnoide a cuestas. Juró a los dioses que iba a matar a esa mujer algún día, lo ridículamente patético era que no iba a ser hoy.

Mierda, ella lo perdonó. Qué clase de puta broma cósmica era esto.