Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ, sin embargo, mi muñeco Vegeta me pertenece y si intentas quitármelo te golpearé con él.
Advertencia: Hay un poco de violencia y gore leve.
Un montón de agradecimientos y rayos de sol a lisaB, que está atrapada en la nieve, por corregir este capítulo para mí. Espero que se caliente pronto.
Capítulo diecisiete
Rencores y besos
Vegeta aterrizó en el planeta de comercio un día y medio después. Había empujado los motores de la nave a su máxima capacidad, exigiendo perfección de la maquinaria virgen. Al igual que los motores al límite, su ira se disparó y condensó todo el odio hacia sí mismo en un solo pensamiento.
Quiero matar a alguien.
Las cosas no iban según lo previsto.
Se "suponía" que debía estar en camino a Namekusei. Se "suponía" que debía estar reuniendo las esferas de dragón para poder realizar su deseo de inmortalidad y derrotar a Frízer. Se "suponía" que debía estar acostado desnudo en la cama, mirando hacia abajo a la bruja de ojos brillantes que lo había perseguido durante los últimos meses.
Esa pequeña puta debería estar bailando al son de su melodía, no al revés. Ya tendría que haberla follado y descartado a estas alturas, no estar corriendo por el maldito universo tratando de mantener su flaco y pequeño trasero vivo.
¡Mujeres!
Daban más problemas de lo que valían. Debería haberse apegado al método habitual que usaba para tratar con ellas: follarlas y dejarlas. Por supuesto que no podía hacer eso, oh no, tuvo que ir y traerla con él. Tuvo que tener la genial idea de mantenerla como esclava para el viaje a Namekusei. Tuvo justo que ocurrírsele imaginar lo que sería estar entre esos blancos muslos, empujándose dentro de ella mientras se tragaba los gritos de placer que la mujer haría. En conclusión, se dejó tentar por la telaraña de su lujuriosa imaginación y esto es lo que consiguió:
Una cacería de insectos en medio de la nada.
Aterrizó a las afueras de la ciudad y preparó la nave para despegar tan pronto como regresara. Estaba oscuro, la luna creciente permanecía alta en el cielo cuando salió. Levantó el rostro hacia ella y permitió que el hedor de la ciudad podrida lo rodeara, deslizó la lengua por los dientes para sentir sus colmillos pulsar por la necesidad de crecer y estirarse con la luz que esta reflejaba en sus ojos negros reflectantes. La luna se encontraba casi llena en este planeta y la bestia dentro de él rugió de aprobación.
Se dirigió a la ciudad esquivando sin ser visto los charcos de luz y acechando entre las sombras. Sabía que nadie cuestionaría que apareciera por aquí, pero se apartó del tráfico tanto como le fue posible para explorar la zona comprendida entre la nave y la casucha del comerciante. Vegeta quería asegurarse de que ningún vecino lo viera tomar al aracnoide y debido a eso le causaran problemas. En lo que respecta a los demás, deseaba que pensaran que el insecto simplemente se esfumó de la faz de la tierra.
Dio la vuelta bordeando el mercado, en el ínterin olfateó el aire por algún intruso. Podía sentir la presencia de otros seres moviéndose entre las carpas de campaña que hacían las veces de tiendas y hogares. Todos los vendedores cerraban por la noche y la mayoría ya dormían. Vegeta encontró el camino que pasaba por la parte posterior de la tienda del aracnoide con mucha facilidad gracias a la distintiva bandera verde que ondeaba al viento.
Desplegó los sentidos y frunció el ceño al darse cuenta de que el espacio detrás de la tela sucia estaba vacío. Vegeta extendió el dedo índice derecho, calentó su ki en la punta, cortó el material y dio un paso dentro. Al escudriñar en el interior, notó que el daño causado por el enfrentamiento anterior había sido reparado y que la mayoría de las copas de arcilla fueron reemplazadas.
Inhaló hondo e hizo una mueca cuando el hedor del aracnoide le invadió los pulmones. Saboreó las esporas de la araña en el aire y las imprimió en su mente para poder rastrear la pista. Siguió el hedor hacia afuera, descifrándolo de entre los miles de diferentes olores que impregnaban el mercado, el rastro persistente lo llevó a la zona de prostitución.
Gruñó y sus colmillos destellaron carmesís bajo las luces de neón que anunciaban alcohol y prostitutas por solo unos cuantos creds. Todo lo que tenía que hacer para satisfacer sus fantasías más pervertidas era dar un paso dentro de la sucia cantina llena de gente incluso más sucia. El asqueroso hedor aumentó y las esporas del aracnoide se hicieron apenas perceptibles al lado del olor a sexo, alcohol y vómito. Él volvió a la carga, se desplazó de forma metódica a través de los aromas y capturó el de la araña. Finalmente este lo condujo a un establecimiento bullicioso que tenía la música a todo volumen vertiéndose a la calle junto con un borracho que fue arrojado a sus pies por un gorila corpulento.
Vegeta se hizo a un lado con una mueca de disgusto y levantó la vista hacia la cara inmóvil de la bestia que vigilaba la puerta. El enorme atilian dobló sus cuatro gruesos brazos peludos y bajó la mirada hacia él tratando de intimidarlo para someterlo. Los ojos de Vegeta se estrecharon, la fría amenaza de muerte que irradiaba hizo que el gorila se tensara. Él sabía que podía dejar atrás al guardia y entrar al bar sin ningún problema. Sería capaz de localizar al aracnoide con facilidad, pero llevarlo afuera era un asunto casi imposible. Si el insecto tenía dos dedos de frente no iría a ninguna parte solo con el príncipe y Vegeta no quería arrastrar un cadáver causando una escena. Después de todo era, a todas luces, un hombre perseguido. Frízer lo buscaba y lo último que necesitaba era que civiles codiciosos indicaran su posición.
Le lanzó una última mirada de desprecio al nervioso gorila, luego se alejó de la puerta hacia un callejón oscuro para esperar. Se apoyó en la pared de madera agrietada del edificio vecino y cruzó los brazos sobre el pecho con el mentón apuntando hacia abajo. Su rostro y sus formas fueron envueltas por las sombras, lo único que podía ser visto eran los destellos de unos ojos furiosos. Vigiló desde el puesto oculto, en el intervalo, mientras esperaba con impaciencia por su presa para poder secuestrarlo en la calle, diversos clientes borrachos tropezaron fuera del bar .
Se quedó inmóvil durante una hora, su exasperación se disparaba hasta las nubes con cada segundo desperdiciado. Se reprendió sin cesar por estar ahí, por tomarse el tiempo para salvar a una mujer inútil que no significaba absolutamente nada para él, pero no hizo ningún movimiento para retirarse. El desprecio por tanta debilidad corrió como un mantra dentro de su cabeza llevando la ira a un nivel inmanejable y conduciéndolo al borde de la sinrazón.
—Hey tú, guapo.
Aún frente a la puerta, los ojos ónix de Vegeta se dirigieron hacia un lado para observar a una hembra bien usada parada junto a él. La ropa andrajosa y la conducta atrevida al instante la anunciaron como una prostituta callejera, cuya sonrisa falsa no hizo nada por mejorar el aspecto demacrado que tenía. En lo profundo de sus ojos cansados, Vegeta notó una luz tenue de interés y casi resopló. Era probablemente el varón más limpio que veía en años, solo por eso valía la pena echar un polvo con él, para variar.
—Piérdete, me gusta que mis mujeres se hallan bañado al menos una vez en sus vidas.
Los ojos de Vegeta destellaron de nuevo hacia la puerta y contuvo un gruñido hasta el momento en que otro humanoide salió a trompicones. Se había cansado de esperar a su presa y estaba contra el reloj.
—Bien, no hay que ser grosero. Hombre, te ves tan tenso, solo pensé que podía ayudarte.
La mujer se alejó hacia el bar, sin darse cuenta como los ojos de Vegeta se entrecerraban en consideración. Arremetió una mano, la enroscó alrededor de su brazo y la arrastró a lo más profundo de las sombras.
Ella soltó un chillido de sorpresa, pero no hizo ningún movimiento para luchar. Recuperó el equilibrio y tragó saliva cuando miró los fríos rasgos del hombre que la llevó contra la pared.
—Hey, no hay que ponerse duro. Estoy lista y gustosa, solo tienes que darle a esta chica un aviso.
—Cállate.
Los ojos de la mujer se ampliaron haciendo que Vegeta pudiera decir que eran de un verde fangoso, demasiadas amanecidas y narcóticos contaminaban su color.
—¿Estás familiarizada con ese establecimiento? —preguntó él fríamente.
—¿Establecimiento? —La puta repitió confundida. Vegeta por un instante se preguntó si la palabra era demasiado elegante para ella. Ellos no eran ingentes en educación en este cubo de basura de planeta—. Oh, ¿quieres decir la cantina? —Ella asintió hacia un lado, indicando el bar que Vegeta estaba vigilando—. Sin duda es el mejor lugar en esta parte de la ciudad para conseguir una buena mamada. —Se rio de su propia broma, luego, con la valentía nacida de su profesión, la puta tomó el bulto entre las piernas de Vegeta, pensando erróneamente que la había tirado en el callejón para algo más que una pequeña sesión de preguntas y respuestas.
Él se quitó la mano de un tirón y le apretó la muñeca de manera dolorosa, pero no con la suficiente presión como para hacerle daño.
—Haz eso de nuevo y te rompo la muñeca por la mitad.
—Ya, ya, está bien. No tocar, lo tengo. —Él le soltó la muñeca y ella la jaló de vuelta para sostenerla protectoramente.
—Bueno, ahora dime, ¿ese lugar tiene una puerta trasera? —preguntó Vegeta.
La mujer lo miró por un segundo, todavía era incapaz de entender lo que deseaba, pero estaba más que dispuesta a seguirle el juego. Si él quería saber cuántas estrellas había en el cielo, ella haría su mejor esfuerzo para averiguarlo. Era eso o terminar yaciendo destrozada en el callejón.
—Claro, es por allí. —Ella señaló detrás suyo hacia el callejón oscuro.
—¿Tienes acceso?
—Sí, entro y salgo todas las noches. Esa cantina me gusta y me permiten hacer mi negocio aquí afuera. —Puso los ojos en blanco y giró el rostro hacia un lado—. Por un precio, por supuesto —murmuró.
Vegeta miró fijamente la oscuridad. Su vista le permitió ver más allá de las sombras y la basura esparcidas en el callejón. No había ventanas que den hacia el interior y, sin testigos, sería el lugar perfecto para una emboscada. Sus fríos ojos se establecieron en la mujer otra vez y ella se estremeció.
—Excelente. Hay algo que quiero que hagas por mí. —Se acercó más a mujer, amenazándola con su sola presencia—. Tu tiempo valdrá la pena si me ayudas.
Vegeta estaba todavía indeciso si dejaría o no viva a la puta callejera después de que llevara a cabo la tarea. Sentía poco remordimiento de exterminarla para cubrir las huellas que quedarían. Maldición, ella probablemente le agradecería por poner fin a la patética vida que llevaba.
Los ojos verdes de la mujer brillaron y la astucia se apoderó de su rostro. Ahora le prestaba su completa atención. No todas las noches podía hacer un par de creds sin tener que ponerse de rodillas.
—Soy toda oídos.
—Hay un comerciante de alimentos en el interior, un aracnoide...
—Trike.
—¿Qué? —Vegeta le frunció el ceño con desaprobación por interrumpirlo.
—Trike, la espina. Es el único comerciante de alimentos aracnoide en la zona.
—¿Lo conoces, entonces?
—Sí, conozco al bastardo.
Vegeta esperó pacientemente a que se explicara. Sus ojos negros clavados en ella le exigieron que dijera todo.
—No hay chica que no lo conozca. Tiene la mala costumbre de morder. Piensa que solo porque te lanza un par de monedas después para conseguir el antídoto con eso lo arregla, ¡pero no es así! —Escupió las palabras molesta—. Y si no estas dispuesta te clava una de sus asquerosas garras. Un verdadero puto loco es lo que es, ¿sabes cuántas cicatrices tengo de ese pervertido? —Ella se levantó la manga para dejar al descubierto una sucia axila a la luz de la luna. La carne parecía poco natural llena de hoyuelos y Vegeta se dio cuenta de que un pequeño trozo faltaba—. La última vez que me mordió no trabajé por dos noches de tan enferma que estaba. Le dije al bastardo que me debía mi paga, pero él solo se rio. —Cruzó los brazos sobre el pecho en una rabieta y su labio inferior se extendió en un puchero vicioso—. Qué no haría para agarrar a ese bicho raro —murmuró la última parte para sí misma mientras miraba a la distancia.
Vegeta casi sonrió en señal de victoria. Las cosas estaban empezando a mejorar a su favor. Se acercó más a la zorra y ganó toda su atención otra vez. Ella sintió que el aliento se le capturaba en el pecho cuando una mirada de malicia pura oscureció los bellos rasgos del hombre. Había estado en situaciones malas antes, pero nada tan aterrador como hablar con este sujeto.
—Estupendo. Así que no te importará atraerlo aquí para mí.
La sedosa voz le prometió incontables amenazas de violencia que enviaron al instinto animal de la mujer en busca de amparo. Su piel intentó desprenderse de sus huesos, tratando desesperadamente de alejarse a rastras sin ella y el corazón se le encogió de miedo.
Sin decir palabras, asintió. Sabía que estaba a punto de entrar en un pacto con el diablo para ayudarlo a cometer un crimen atroz y, sin embargo, no le importaba. Lo haría de forma gratuita si eso significaba no volver a ver a ese loco bastardo aracnoide de nuevo.
Vegeta dio un paso atrás liberándola de su presencia abrumadora, pero sus ojos todavía se mantuvieron sobre ella transmitiéndole el incuestionable conocimiento de que si no lo seguía en esto, sería la próxima en ser cazada. La mujer tomó una respiración profunda y dio un paso con las piernas temblorosas. Él la vio alejarse, sin hacer ningún movimiento para detenerla mientras salía de las sombras hacia la luz. Ella se dirigió a la puerta, una vez allí agitó un saludo a los guardias con la columna vertebral hormigueándole por su escrutinio durante todo el trayecto.
Desapareció en el interior y Vegeta se movió hacia el final del callejón. Confiaba en que la mujer tendría éxito en su misión. Siempre supo que el odio era la fuerza impulsora del universo. El odio te hacia fuerte y te daba el coraje cuando no había nada, el odio te hacía poner de pie y herir a tus enemigos sin remordimientos, el odio de la puta por la araña le daría la fortaleza que necesitaba para hacer el trabajo.
Vegeta no quedó decepcionado. Cinco minutos más tarde se abrió la puerta y la pareja salió hacia el callejón. Él se trasladó más profundo en las sombras, vigilando para asegurarse de que caminaran solos.
—Vaya, Beb, no creí que estuvieras tan loca por mí. Estoy contento de que lo hallas superado.
El aracnoide negro desplegó sus brazos con espinas desde debajo de su camisa y envolvió su camino alrededor de la mujer mucho más pequeña. Ella le devolvió una sonrisa a la araña, pero Vegeta pudo ver un atisbo de desesperación en los ojos de la puta mientras examinaba las sombras en busca de él.
—Ya me conoces, Trike, nunca guardo rencor. —La voz de Beb era ligera y diáfana, no obstante, la frágil mentira podía ser oída por debajo. Beb era una de las que guardaban rencor.
El comerciante ebrio tomó las palabras por su valor nominal y sus brazos vagaron libremente por sus desnutridas curvas.
—Sí, eres la mejor, Beb.
Sin ser visto, Vegeta rodeó por detrás a la pareja y emergió de las sombras sin hacer ruido. La única advertencia que tuvo el comerciante fue el sutil ensanchamiento de los ojos de Beb cuando descubrió el sitio desde donde su cómplice demonio acechaba. Vegeta cerró la mano sobre el cuello de Trike y apretó los nervios que recorrían su cuerpo. Los brazos de la araña se pusieron laxos, lo que permitió que Beb escape ilesa. Ella retrocedió para observar con sádica anticipación.
Vegeta atrapó el olor del comerciante y su labio superior se frunció del asco. Arrojó al hombre sin esfuerzo contra la pared, el impacto aturdió a la abultada araña. Él lo ignoró y comenzó a tejer algunos metros de cuerda ki que salían de las puntas sus dedos para enrollarle los pies con los filamentos de oro.
—¡Tú!
Vegeta alzó los ojos y vio al aracnoide boquiabierto con una garra extendida.
— ¿Qué haces aquí?, debiste informarme. Me hiciste una oferta que rompiste.
—No debiste morder a mi mujer —dijo Vegeta con total tranquilidad mientras seguía envolviéndole más cuerda en los pies.
Los rojizos rasgos de Trike palidecieron y tragó saliva con nerviosismo.
—Eso fue un error. Lo siento, pero ella se puso escandalosa. No se quedó quieta. Me atacó, deberías castigarla.
—Peor aún, no me dijiste que la mordiste y ahora está enferma.
Trike empezó a agitar las manos delante de él, protegiéndose de Vegeta mientras él presionaba su cuerpo rollizo contra el edificio.
—Te lo iba a decir, pero te la llevaste antes de poder hacerlo. Eso no estuvo bien, debiste dejarme terminar.
Vegeta lanzó una mirada asesina al ofensivo insecto acurrucado contra la pared.
—Ella es mi mujer y yo decido lo que le sucede. Cambié de idea, ese es mi derecho como su hombre.
—Pero no fue justo, yo solo quería saborearla. —Trike lloriqueó patéticamente.
Vegeta gruñó ante las palabras del comerciante. El pensamiento de cualquier otra persona degustando a Bulma, envió al animal posesivo dentro de él a una explosión de rabia. Ella era "su" mujer, suyo su tacto, suyo su olor, suyo su sabor.
—Tú madre debió haber sido una perra estúpida si te enseñó que la vida es justa.
Los finos labios de Trike se retorcieron detrás de sus dientes afilados ante el insulto y se lanzó de la pared hacia Vegeta. Sus garras dieron cuchilladas hacia fuera pasando muy cerca de las partes más vulnerables de Vegeta, pero él esquivó el frenético asalto de la araña y lo capturó fácilmente con un agarre implacable.
—Mereces que tu mujer se muera, no eres más que un tramposo. Ella va a morir y tú te quedarás solo.
Vegeta sintió que algo oscuro y furioso se movía debajo de su piel ante las palabras del hombre. Cerró una mano en la clavícula de la araña y la rompió con un chasquido. Trike gritó y cayó de rodillas por el dolor frente al demonio que se elevaba por encima de él. Vegeta no lo oyó mientras las palabras resonaban en su cabeza. Solo, su mente repitió. La bestia que flotaba tan cerca de la superficie bajo la luna creciente rugió enfurecido y todo lo que pudo ver fue el destello de los dientes de plata del aracnoide.
La otra mano de Vegeta se apretó en un puño que encerraba todo el odio que sentía. Lo estrelló una y otra vez en la boca de Trike y le rompió los colmillos envenenados a punta de golpes. La sangre le salpicó las mejillas y él se echó hacia atrás. Sus fosas nasales se abrieron mientras bajaba la mirada enloquecida hacia el hombre que se arrodillaba lastimosamente a sus pies, solo el agarre en su camisa lo mantenía en posición vertical. Un gemido doloroso se hizo eco desde las fauces sangrientas de la araña, tenía los dientes esparcidos por el suelo como las cuentas de un collar roto.
Una risa detrás de él despertó a Vegeta de su aturdimiento. Miró por encima del hombro y vio a Beb ocultar su risa con las manos, también notó que sus ojos verdes bailaban con malicia. Ella le devolvió la mirada y bajó las manos para aplaudir de alegría. El demente placer que mostraba ante la vista de los colmillos rotos de Trike casi perturbó a Vegeta. Casi.
De un modo eficiente, Vegeta ató al patético sollozante insecto con la cuerda, asegurándose de que las garras estuvieran aseguradas. A toda prisa rebuscó en su ropa, encontró lo que quería metido dentro de la camisa, sacó la pesada billetera y sin siquiera echar un vistazo al interior se la lanzó a Beb.
Ella la atrapó y la abrió entusiasmada. Sus ojos se ampliaron con deleite mientras arrancaba el fajo de billetes que había dentro. Como comerciante de alimentos, Trike era rico por derecho propio, si se puede llamar a dos pasos por encima del hambre rico, pero para Beb era mucho más de lo que tenía. La cantidad de dinero en la billetera por si sola garantizaba que no tendría que trabajar durante al menos un mes y eso era el cielo puro para ella.
—También puedes pasar por su casa antes del amanecer. Él no va a necesitar nada de allí.
Beb rio burlonamente, asintió y metió el dinero entre sus senos para mantenerlo seguro. Tal vez si él tenía suficiente mercancía, ella podría comenzar su propio negocio y nunca tener que tocar a otro hombre durante el tiempo que le quedara de vida.
—Jamás me viste. —Los ojos negros de Vegeta buscaron los suyos en la oscuridad. Por primera vez, ella se encontró con ellos llena de confianza y dejó que una genuina sonrisa le adornara el rostro.
—Señor, yo no vi nada y no sé nada. No tengo idea de lo que pasó con Trike. ¡Qué se vaya al diablo!, eso digo.
Vegeta hizo un gesto de aceptación, sabía que no delataría a la persona que cambió su vida para siempre.
Cargó al comerciante por encima del hombro, dobló las rodillas para tomar impulso, de un salto franqueó la pared del fondo del callejón y aterrizó en la azotea del edificio de al lado. Nunca miró hacia atrás para ver la expresión de asombro en la cara de Beb al ser testigo de cómo saltaba por los tejados a una velocidad sobrenatural, cual si fuera una mera imagen borrosa entre las sombras.
Llegó a la nave sin incidentes y tiró su carga en el mismo armario de utensilios con el que había amenazado a Bulma no hace mucho tiempo. Despegó a toda marcha, ansioso por volver a la base de investigación para recoger a su mujer y seguir con su camino.
Arribó al laboratorio poco más de un día después. Se sorprendió por haber sido capaz de cubrir la distancia en tres días en lugar de los cuatro predichos, un nuevo récord, estaba seguro. La nave que Bulma construyó fue magníficamente diseñada, pero sospechaba que podría haberla empujado un poco demasiado lejos. Se dijo que quería volver a la ruta a Namekusei tan pronto como sea posible para así poder cumplir con su destino. Ignoró la voz en el fondo de su cabeza que rugía furioso por dejar a Bulma, sola y desprotegida, en manos de un científico con dudosas normas morales.
Él no había chequeado a Trike desde que comenzó el viaje, encontró al insecto sentado contra la pared del fondo oliendo sospechosamente a orina. Vegeta hizo una mueca cuando lo levantó hasta la posición de pie usando solo su cola. Arrastró al aracnoide que forcejeaba por detrás suyo todo el trayecto hacia la salida de la nave y mientras bajaba en dirección a los pasillos de la sala de examen sin decir ni una palabra.
La entrada de Vegeta sorprendió al doctor que estaba hojeando algunos papeles en un portadocumentos. Sus amplios ojos saltaron hacia arriba, se detuvieron en la postura arrogante del príncipe y luego en el hombre atado a su lado.
—¡Oh! —Le tomó un momento darse cuenta de la situación—. Oh, sí ya veo. Esta de vuelta antes de lo esperado. —El hombre se movió nervioso y los ojos de Vegeta se estrecharon. El médico actuaba de forma rara, pero el príncipe estaba acostumbrado a una casi reacción de pánico de la gente cada vez que entraba en una habitación. No sabía si el hombre solo tenía miedo de él o si había hecho algo digno de elevar su ira—. Bueno, tráigalo aquí. —El médico le dio unas palmaditas a la camilla de acero inoxidable.
Vegeta se negó a moverse y mantuvo los brazos cruzados. En lugar de eso, arrastró al comerciante de detrás de él. El aracnoide tuvo que equilibrarse precariamente en los dedos de sus pies, apenas era capaz de impedirse estrangularse con la cola de Vegeta que se envolvía alrededor de su cuello como una soga.
Su boca ensangrentada se abrió y jadeó mientras se esforzaba por atragantarse los pulmones con aire, podía notarse que sus seis ojos negros estaban hinchados.
—Está bien —dijo el médico lentamente. Caminó más cerca del hombre y le examinó la boca—. Umm, todos los dientes parecen haber estallado. —El comerciante tosió y el médico le lanzó una mirada al frío guerrero que lo sostenía.
—¿Y eso qué? —Vegeta disfrutó el recuerdo del asqueroso crujido de los dientes del insecto estallando bajo su puño. En el viaje de regreso, Vegeta meditó sobre la situación en la que se encontraba. Llegó a la conclusión de que todos sus problemas yacían a los pies de este patético debilucho llorón que se atrevió a pensar que tenía el derecho de "probar" a su mujer.
El médico retrocedió, sus ojos nerviosos iban poniéndose cada vez más inquietos.
—Bueno, verá, sin los incisivos no puedo ordeñar el veneno. —El hombre se retorció las manos delante de él, estaba muy asustado por la reacción del guerrero a este nuevo contratiempo.
—Entonces obtenlo directamente —gruñó Vegeta.
—Oh, no puedo hacer eso —protestó él agitando sus manos.
—¿Por qué? —La voz de Vegeta era amenazante a tal extremo que puso de punta los pelos de la nuca tanto del médico como de Trike.
—Porque el saco de veneno en encuentra en una bolsa carnosa en la parte posterior de su cráneo, justo debajo del cerebro. No puedo extraerlo sin matarlo y sucede que los aracnoides están en la lista de especies protegidas por Frízer. No puedo realizar un procedimiento de ese tipo...
El médico se quedó en silencio con la boca abierta por el sobresalto cuando un fuerte y húmedo estrujamiento se hizo eco en la habitación, seguido de un ruido metálico por la cabeza del comerciante dejada caer sobre la mesa. Vegeta desenrolló su cola del cuello cortado del hombre y ni siquiera parpadeó cuando el cuerpo cayó al suelo con un ruido sordo.
Los ojos del médico saltaron de la cabeza a Vegeta y regresaron a la cabeza. Cerró la boca de golpe y tragó saliva mientras reunía sus pensamientos.
—Oh, sí. Bien, supongo que ya que usted es un soldado, no tiene por qué seguir esas reglas absurdas. Por supuesto, debería haberlo pensado...
—Deja de hablar y empieza a trabajar. —La fría voz de Vegeta arremetió silenciando al médico en pánico.
El médico se giró para reunir a toda prisa los implementos que necesitaría para extraer el veneno y así poder producir la cura. Vegeta retrocedió hacia las sombras para vigilar en silencio al hombre mientras trabajaba.
Una vez que se obtuvo el veneno, la creación del antídoto fue relativamente fácil. Una hora más tarde, el médico llenaba una jeringa con líquido claro y la miraba a trasluz en busca de cualquier impureza.
—Está bien, entonces, vamos a curar a la muchacha. —El pequeño hombre se volvió hacia la puerta, pero la voz retumbante de Vegeta lo detuvo.
—Doctor.
Él se volvió para mirar al soldado que todavía estaba escondido en un rincón oscuro. Todo lo que podía ver era una forma poco nítida y un destello de luz en esos ojos negros.
—¿Sí?
Hubo un largo momento de silencio, la frente del médico se plegaba de preocupación. Vegeta evaluó en secreto al hombre delante de él. Quería dejar algo muy en claro, pero al mismo tiempo, temía decir las palabras. Sentía como si estuviera traicionando a una parte de sí mismo, a la oscura bestia que invocó por tantos años para mantenerlo con vida.
—No le digas a la mujer nada sobre la desaparición del aracnoide.
El médico parpadeo y los surcos en su frente se hicieron más profundos.
—Yo, este...
Vegeta salió de la oscuridad hacia la luz para intimidar al hombre más pequeño.
—Si ella pregunta, le dirás que él está bien.
—Sí, sí, por supuesto. —El médico estuvo de acuerdo, una fina capa de sudor le recubría el cuerpo.
Asintió una vez y el médico se escapó agradecido de la habitación.
Vegeta miró con furia el suelo de baldosas blancas mientras sus firmes labios se apretaban en una línea recta de desagrado. No estaba seguro de por qué no quería que Bulma supiera que él mató a Trike. Si hubiera sido cualquier otra mujer, habría exigido que muriera como castigo. La araña la hirió y, sin embargo, sabía instintivamente que no querría que lo dañaran. Sí, él había intentado violarla. Sí, él la había lastimado y, aun así, ella no toleraría ese tipo de violencia drástica en su contra.
Vegeta no entendía por qué incluso se preocupaba. Si Bulma aprobaba o no que matara al aracnoide no debería hacer ninguna diferencia para él, pero lo hacía. Después de perseguirla alrededor de la galaxia, matar a sus compañeros soldados para salvarla, el duro viaje y someter al monstruo araña, lo último que quería era tener que mirar unos tristes ojos decepcionados.
Además, eso solo haría mucho más difícil meterse entre sus piernas.
Lo último fue pensado con una voz dura y él se hizo eco soltando un gruñido de asentimiento. Ese era el punto de todo este esfuerzo, ¿no era así? ¿Mantenerla con vida el tiempo suficiente para follarla?
Vegeta resopló y limpió esos pensamientos con disgusto mientras seguía al médico por la puerta y por el pasillo. Entró en la habitación detrás de él, se retiró a un rincón y observó al hombre administrar la cura.
Bulma despertó de su sueño inquieto, luego miró con ojos pesados como el médico limpiaba su brazo.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró ella.
—Curándote, querida. —Ante las palabras, abrió completamente los ojos, revisó la habitación y los detuvo cuando vio a Vegeta.
—Regresaste. —Sus suaves palabras llenas de incredulidad tangible en cada sílaba quedaron suspendidas entre ellos. Él cambió de posición incómodamente, pero no respondió. Los ojos de Bulma parpadearon de nuevo al médico que le inyectaba el brazo.
—¿Y el comerciante?
El médico vaciló solo un segundo antes de responder.
—Él está bien, muy bien. Está descansando ahora.
Los ojos de Vegeta se estrecharon y apretó los dientes con rabia. Sabía que ella preguntaría por el bienestar de ese gusano. Su corazón era demasiado grande sin duda. Después de todo lo que habían pasado en tan poco tiempo, la primera preocupación que tuvo fue la salud del insecto que la mordió, ¿alguna vez aprendería?
El médico sacó la jeringa y la colocó de nuevo en la bandeja. Chasqueó la lengua ligeramente mientras revisaba los signos vitales para asegurarse de que todo estuviera normal. Se dio la vuelta para hacer frente a Vegeta, sabía por instinto que necesitaba apaciguar al macho dominante en la habitación.
—El antídoto es de acción rápida. La fiebre debe mostrar signos de descenso dentro de una hora. Ella podrá estar fuera de la cama por la mañana, lo que no sugiero, y para el fin de semana estará como nueva.
—Está bien, puedes irte ahora.
Ni una sola vez Vegeta miró al médico cuando abandonaba la habitación, en cambio, dejó vagar una oscura mirada por la pálida mujer que yacía en la cama. Podía ver el efecto que la fiebre tuvo en ella en las líneas tensas de su rostro, las brillantes pupilas habían comenzado a atenuarse y el cabello azul caía lacio y sin vida.
A paso lento se dirigió hacia Bulma, notando con una pequeña cantidad de orgullo que no retrocedió ante él. Toda su vida, aquellos que eran más débiles se estremecían ante su presencia, pero ella nunca. Siempre lo miraba a los ojos de frente, desafiándolo a dar su mejor golpe.
Vegeta se inclinó y le circundó ambos lados de la cabeza con las manos para poder mirarla directamente al rostro.
—No creas que esto cambia algo, mujer, aún eres mía para hacer lo que me plazca. Yo te salvé y ahora soy tu dueño. Nadie más, solo yo. —Se detuvo para dejar que las palabras penetraran. La mente de Bulma nublada por la fiebre estaba debilitada para combatir el ataque y las palabras se envolvieron alrededor de su cerebro imprimiéndose profundamente dentro de ella. No podía recordar el mundo antes de Vegeta. Él era el centro de todo. Esas palabras eran puras en su inevitabilidad y lo aceptó como los ancianos aceptan la muerte, con calma y tranquilidad—. ¿Lo entiendes?
—Sí —susurró ella.
—¿En verdad?
—Entiendo que reclamas el derecho de tomar mi vida cuando lo desees.
Él la miró fijamente y sus ojos ardieron con lujuria oscura. La clara percepción que ella tenía de la situación, incluso estando enferma, lo excitó. Una desgarradora necesidad le clavó las garras, casi doblándolo sobre sí de delicioso dolor. Quería arrancarle las sábanas, arrastrarse por encima de su exuberante cuerpo y follarla hasta que ella no pudiera gritar más.
—¿Pero entiendes la responsabilidad que viene con eso?
Los ojos negros de Vegeta se redujeron al oírla y detuvo los pensamientos errantes dentro de él.
—¿Qué quieres decir?
—Quieres poseerme, quieres el derecho a matarme, pero para hacer eso debes protegerme. Si alguien más se apodera de mí primero, entonces no obtendrás lo que más deseas.
Un fuerte gruñido retumbó en su pecho ante las palabras. Imágenes de hombres tocando su cuerpo desnudo se levantaron en su mente. No se arrepintió de matar al aracnoide, de hecho, deseaba poder hacerlo otra vez.
—Nadie te tocará de nuevo, pero no creas que podrás engañarme, tú destino está en mis manos.
Ella le dedicó una sonrisa que expresaba la total falta de miedo que sentía ante su amenaza.
—Soy una mujer brillante, Vegeta, y prometo que haré mi mejor esfuerzo para ser más astuta que tú.
Él gruñó con furia desde el fondo de su garganta y la agarró por los hombros para levantarla de la cama. Inesperadamente, ella le arrojó los brazos al cuello y presionó sus labios agrietados por la fiebre contra los suyos llenos. No le dio un beso de naturaleza amorosa, no estaba destinado a seducir o invitar. Era casi fraternal y aun así, lo calentó hasta las puntas de los pies.
La acción lo sorprendió y le bloqueó la mente hasta que apenas pudo pensar. Nunca había conocido a una mujer como ella antes, primero se burlaba de él y luego le daba un beso. Fue en ese instante en que cayó en cuenta… se estaba burlando de él. Nadie tuvo la osadía de hacer tal cosa.
La atrajo más cerca de su pecho para dejar que su lujuria se filtrara en el beso inocente. Todo el cuerpo le dolía por poseerla mientras ella se fundía con él y lo dejaba tomar la iniciativa. Ambos cuerpos se ajustaban perfectamente, ella estaba hecha para él, las curvas suavizaban las líneas duras y le mostraban la belleza de la delicadeza. Él deslizó la lengua por sus labios, exigiendo la entrada por la necesidad de probar su dulzura. Ella inclinó la cabeza hacia atrás y le dio la bienvenida a su intrusión con un suave gemido que danzó, bajó por la espina dorsal de Vegeta y le enderezó la cola.
Él la sintió posar una mano en su nuca y enredar los dedos en su cabello grueso. La otra mano vagó por encima de su hombro redondeado y ella se deleitó en la enorme cantidad de fuerza encontró allí. Vegeta no era un hombre muy alto, más bien era bajo de estatura y, sin embargo, no había dudas en el poder que su cuerpo finamente pulido ejercía. Esto duplicó su tamaño y aumentó su masa hasta que llenó la sala con su presencia. Era un arma de destrucción masiva, pero la sostuvo en sus brazos tan suavemente como si acariciara a un gatito.
A pesar de todas las palabras que le dijo, a pesar de toda la intimidación, la trataba como si fuera tan delicada como algodón de azúcar y para Bulma eso hablaba más fuerte que cualquier grito de amenaza. No la dejó morir sola en alguna instalación alienígena, sino que regresó por ella. Tal vez la mataría algún día, no obstante, la creciente oscuridad en su interior lo aceptó. Se estaba sumergiendo en un mundo peligroso que no entendía, tan lleno de maldad que la ponía físicamente enferma y, sin embargo, no iba a acostarse y dejarse morir por su propia voluntad. No, ella iba a luchar hasta el final, pero si tenía que morir, entonces prefería que fuera Vegeta quien la matara y no algún terrible monstruo sin nombre que la acechara en la noche.
Vegeta estaba intoxicado por su sabor y no quería nada más que arrastrarse sobre la cama junto a ella, pero podía sentir el calor de la fiebre en sus labios. Todavía seguía enferma y deseaba más que una follada de diez minutos antes de que ella cayera inconsciente. Deseaba recostarla y que gritara por él durante toda la noche. Le rozó los labios con la lengua y los lamió delicadamente en una silenciosa despedida antes de que él se retirara.
Ella se acomodó contra sus fuertes brazos que la habían rodeado para sostenerla. Tenía el rostro pálido y la respiración acelerada. Él sabía que debido a la enfermedad, esta "conversación" la debilitaba a cada segundo.
Estaba a punto de acostarla sobre la cama cuando ella alargó una mano para acariciarle la mejilla con la palma.
—No creo que seas tan malo como piensas, Vegeta.
Él la miró completamente perdido en cómo responder al comentario inocente. Notó como sus ojos brillantes por la fiebre sostuvieron a los suyos oscuros sin miedo, ellos tenían un toque de anhelo que embraveció la ardiente lujuria que sentía. Antes de que pudiera formular una respuesta, la puerta se abrió y el médico entró con pasos rápidos.
—¿Qué está haciendo?
La pregunta impulsó a Vegeta a la acción, envolvió la manta alrededor de Bulma y la sostuvo entre los brazos.
—Me la llevo.
—No puede, ella necesita descansar —exclamó el médico asustado.
—Puede descansar en la nave. —Él pasó junto al balbuceante hombre y lo ignoró—. Tengo un lugar a donde ir.
Vegeta se dirigió hacia la puerta con su mujer acurrucada de forma segura entre los brazos y con la manta ondeando detrás de ellos.
