Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ o de Vegeta, pero no le digo eso a mi frágil psique.

Todas mis gracias a lisaB por editar mi trabajo, los errores son enteramente míos.

Capítulo dieciocho

Construyendo tensiones

Vegeta apoyó los hombros contra la puerta y clavó los ojos con avidez en el cuerpo de Bulma mientras ella se inclinaba sobre el eje de transmisión. Llevaba los pantalones negros que le compró, el cuero apretado tensaba sus elegantes curvas con cada movimiento que hacía. La ingle se le apretó haciendo que al instante se arrepintiera de su compra, hubiera sido preferible conseguirle un cilicio.

Solo habían pasado unos pocos días desde que salieron de las instalaciones de investigación y Bulma todavía sentía los efectos de la enfermedad. La fiebre bajó y aunque ya no iba a morir, aún no era la brillante joya que él acostumbraba a ver. La sacó de la cama para exigirle que averiguara por qué redujeron la velocidad inexplicablemente. Ella lo obedeció, pero su energía se hallaba en un punto bajo, eso le recordó que no estaba del todo recuperada y por lo tanto era intocable.

Aun cuando le molestaba el hecho de estar obsesionado por acostarse con ella, le preocupaba más el cambio en la atmósfera entre los dos. Se convenció de que no había alterado la postura que adoptó sobre su fatal destino. Él se acostaría con ella y luego la mataría. Se lo dejó muy en claro cuando regreso al laboratorio, pero la variación en su actitud parecía indicar lo contrario.

Salvarle la vida, no una, sino dos veces, provocó un giro drástico en la forma en que ella lo veía. Ahora se ponía de pie delante de él sin miedo, de la misma manera que lo hacía cuando la barrera protectora los separaba y lo miraba a los ojos con renovada confianza, sonriéndole de un modo cariñoso. De hecho, era francamente agradable.

Eso lo sacudió hasta la médula. Nunca antes alguien lo miró con una pizca de simpatía en el rostro. Por su propia elección no tenía camaradas en el ejército de Frízer, no podía confiar en ninguno y desdeñaba rebajarse a estar con ellos. Nappa y Raditz habían sido nada más que sus subordinados. Se inclinaban ante él, lo servían y, sin embargo, no eran sus amigos. Ni siquiera eran dignos de confianza.

Vegeta hizo una mueca al recordar la muerte de Nappa a manos suyas en la Tierra. Tal jugada audaz sin duda sería castigada por Frízer, pero valió la pena. Sospechaba que Nappa comprometió su lealtad y él saltó sobre la oportunidad de librarse de su atento escrutinio, así que ahora estaba realmente solo en el universo. Era el último saiyayín que quedaba. Él y esta desgracia a la que perseguía.

Estaba solo. Solo él, la nave averiada y la mujer.

Los ojos de Vegeta se estrecharon cuando Bulma se inclinó sobre la maquinaria arqueándose de puntillas para ver con más claridad.

Era de esperarse que estuviera muerta de miedo. De una manera honesta le dijo que reclamó el derecho a quitarle la vida. Lo deletreó con sangre: la follaría y la mataría, simple y llanamente.

En lugar de eso, ella tarareaba en voz baja mientras trabajaba. ¿Qué le pasaba?, ¿estaba loca?

—Bueno, Vegeta, metiste la pata esta vez.

Él parpadeó sin saber por un momento si la voz que oyó era de fuera o de dentro de su cabeza.

—¿Qué?

—Dije que metiste la pata. —Bulma se volvió hacia él limpiándose las manos llenas de grasa con un trapo.

Las cejas de Vegeta se reunieron en el centro al ver a la mujer tranquila frente a él. Se enderezó desde la puerta, entró a la habitación y trató de amenazarla con su mera presencia. Ella se limitó a mirarlo, esperando a ver cómo reaccionaría a su acusación.

—¿De qué demonios estás hablando, mujer? —gruñó.

—Mira, Vegeta, no sé lo que hiciste, pero destrozaste el confublador. —Ella hizo un gesto hacia atrás y un suspiro de disgusto seseó de sus labios. Vegeta frunció el ceño, sin tener ninguna idea de lo que estaba hablando.

—Arréglalo.

Ella lo fulminó con la mirada antes de poner los ojos en blanco.

—No puedo arreglarlo, tengo que reemplazarlo. Necesito una nueva pieza y no tengo ni idea de cómo voy a encontrar algo que sea compatible aquí en medio del espacio.

Vegeta se acercó y se inclinó sobre ella amenazadoramente.

—Vas a arreglarlo ahora o las cosas se pondrán mal para ti.

—Mira, amigo. —Bulma le dio un golpecito con el dedo índice en el pecho mientras hablaba—. No fui yo quien se puso a acelerar por el universo como un adolescente en un coche de vuelo estacionario robado.

Vegeta se quitó la mano, la jaló contra su pecho y le gruño al oído.

—Por si no lo recuerdas, el tiempo apremia, mujer.

Ella se resistió, pero esas palabras la derritieron. Levantó el rostro para verlo, la brillante sonrisa que le dio lo confundió.

—Lo sé —contestó suavemente.

El calor que lo recorrió fue instantáneo y era tan potente como el veneno que había nadado por las venas de Bulma. Un pequeño temblor imperceptible se disparó a través él por la explosiva necesidad de clavarla contra la pared más cercana.

La apartó con violencia y giró hacia la puerta dándole la espalda. Apretó los puños para detenerse de agarrarla.

La oyó aclararse la garganta justo antes de que su voz sedosa lo envolviera.

—Necesito conseguir una pieza de recambio.

Agradecido por la distracción, Vegeta enumeró todas las opciones viables en su cabeza. Había una estación de paso en un asteroide roto que orbitaba cerca de un planeta casi sin ley. Era una colonia de carroñeros, los habitantes no eran más que unos piratas del espacio, pero estaba seguro de poder encontrar un componente compatible allí.

—Sé de un lugar a dos días de viaje. Voy a establecer las coordenadas y después de eso no habrá más retrasos, ¿me entiendes?

—Por supuesto.

Él caminó hacia la puerta con la intención de salir cuando oyó el agudo chirrido de un metal triturado. La nave dio una tremenda sacudida que lo lanzó hacia adelante, pero se recuperó al instante. Dio la vuelta y disparó la cola para coger firmemente a Bulma de la cintura antes de que pudiera caer. La gracia natural que poseía le permitió mantenerse en pie, incluso en el momento en que ella chocó contra su pecho y envolvió los brazos alrededor de él. Cuando la estabilizó, pudo sentir que la nave desaceleró aún más, hasta que pareció que ni siquiera se movía.

Bulma se apartó para volverse hacía el eje de transmisión, él soltó la cola para dejarla ir y ella sintió la pérdida de forma inexplicable. Se había sentido tan perfecta en sus brazos.

La máquina estaba arrojando humo negro y ella tosió mientras se sumergía en la nube. Poco después la oyó murmurar algunas cuantas palabras que harían sonrojar a un soldado. Finalmente, luego de unos minutos, salió de la densa nube con los ojos bajos sosteniendo un trozo de metal en las manos.

Él alargó el brazo para tomarlo, el temor le retorcía el estómago.

—¿Qué tan mal está la situación?

—Es el transconfublador.

—¿Está la nave a la deriva?

Ella lanzó una rápida mirada hacia su rostro estoico.

—¡No! —dijo agitando las manos de una manera apaciguadora—. No, todavía podemos maniobrar, es solo que va a tomarnos algo más de tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

Bulma tragó saliva y contestó.

—Cuatro días, tal vez cinco.

Vegeta maldijo y lanzó el componente defectuoso contra la pared abollando el acero liso.

Ella saltó hacia atrás, algo de su antiguo miedo le brillaba en los ojos. Vegeta se dio la vuelta y se pasó con rudeza la mano por el cabello. Los ojos de Bulma se sintieron atraídos por su cola que se deslizaba de un lado al otro como la de un gato enojado.

—Tengo que llegar a Namekusei. —Las palabras de Vegeta sonaron salvajes y Bulma sintió que se le estremecía el cuerpo.

Namekusei significaba su muerte, en cambio, para Vegeta era la vida. Estaba segura de que muy poco o nada en absoluto le daba placer. La única cosa que lo mantenía en pie era la sed de venganza. Sin esta, habría muerto hace mucho tiempo en algún campo de batalla olvidado, pero su orgullo torturado no se lo permitió. Necesitaba vengarse más de lo que necesitaba el aire para respirar. Incluso si fracasaba, al menos tendría la satisfacción de morir intentándolo.

Dio un paso hacia Vegeta y notó como su cola se alejaba para evitar lastimarla. Incluso de espaldas, él sabía exactamente donde estaba en todo momento. Su elevada percepción era un constante asombro para ella.

Bulma colocó una delicada mano en el centro de su espalda entre los omóplatos e ignoró la rigidez de sus hombros, eligió en cambio sentir el alivio de que él no la apartara.

—Lo sé. Me aseguraré de que llegues a Namekusei, Vegeta, lo juro.

Ante el contacto, él advirtió que toda la ira se diluía. Ella tenía la capacidad de sacar el dolor de su alma, como el veneno de una herida rancia. Su toque era potente y aunque lo resintió, anhelaba aún más. Se dio la vuelta y ella retiró la mano. La miró reflejando recelo en las profundidades de sus ojos negros.

—Y luego te mataré. —Era una afirmación, pero incluso cuando se oía decirlo le sonaba como una pregunta. Bulma apartó la vista y se concentró en algún punto invisible en el piso. Se encogió de hombros, poco dispuesta a pensar en un futuro que para ella no existía—. Mujer estúpida. —Resopló con desdén y finalmente salió de la cabina. La dejó sola contemplando sus sombríos pensamientos.

Unos días más tarde Vegeta y Bulma bajaron de la nave en el muelle de Omally Tres. Él trató de convencerla de permanecer a bordo, pero ella lloriqueó y engatusó hasta que cedió. Prefería mantener un ojo en la mujer de todos modos. De hecho, él desconfiaba de que los piratas espaciales no manipularan el programa de activación para encender la nave y despegaran con su único medio de transporte junto con la insoportable mujer.

—Tengo frío.

—Cállate.

—Bueno, maldita sea, tengo frío. Si me hubieras conseguido algo más para usar además de este corsé estilo zorra, no me estaría quejando.

Bulma aún llevaba el único modelo de ropa que tenía: un top y un pantalón de cuero. La diferencia era una larga barra, aproximadamente del tamaño de su antebrazo que se había atado al muslo. Vegeta sentía curiosidad sobre el nuevo adorno, pero no se atrevió a preguntar. La última cosa que quería era oír acerca de su retorcido sentido de la moda.

Él puso los ojos en blanco mientras avanzaba por el pasillo, bien adelante de la quejumbrosa mujer.

—Mira, ya te lo dije. Aquí hace frío por el oxígeno adicional que se bombea para purificar el aire. Es eso o un hedor insoportable. No tenemos tiempo de parar y conseguir algo más, además tienes suerte de no estar desnuda, mujer.

Bulma resopló en respuesta y miró alrededor de la sala vacía.

—Dijiste que aquí mantienen la atmósfera fría porque había muchas personas empaquetadas como sardinas. —Ella lanzó una mirada a la espalda rígida de Vegeta antes de continuar—. No veo a nadie.

—Lo harás.

Salieron del pasillo hacia una gran plataforma que bullía de actividad. Desde la perspectiva de Bulma parecía ser una pequeña ciudad situada en el asteroide y, aunque estaba concurrido, todavía no veía suficiente gente para justificar la filtración del aire.

—Hmm. —Ella puso los ojos en blanco ante la espalda de Vegeta.

—Cierra tu maldita boca y sígueme.

Entraron en un callejón y siguieron un camino sinuoso hacia el otro lado de la ciudad interior. Vegeta se detuvo, luego giró hacia ella con una mirada de irritación claramente grabada en su rostro.

—Quédate aquí. —Bulma empezó a protestar, pero Vegeta levantó una mano para detenerla—. Solo por una vez haz lo que te digo y permanece justo aquí. —Señaló el punto exacto en el que quería que se parara y ella no pudo evitar golpear los talones en un saludo sarcástico. Vegeta gruñó y Bulma se rio hacia su espalda en retirada mientras desaparecía por la esquina.

Miró alrededor del callejón vacío, pero no vio nada de interés. Se cruzó de brazos y dio un golpe con el pie, completamente molesta con el hombre que la había dejado allí. Le parecía que siempre era dejada atrás, incluso cuando estaba con sus amigos. Nunca nadie quería llevarla a las batallas y todo el tiempo era abandonada a su suerte mientras ellos combatían. Por supuesto que era ella la que siempre terminaba salvando el día con sus ingeniosas creaciones, pensó y comenzó a acicalarse el cabello.

—Veamos si eres bonita.

Antes de que Bulma pudiera dar la vuelta, se encontró inmovilizada contra una pared cercana por un macizo hombre maloliente. Ella miró sus rasgos y sintió un aleteo de miedo en el corazón junto con una gran cantidad de entusiasmo. Esta era la oportunidad perfecta para demostrarse a sí misma lo que valía.

—Por supuesto que lo soy.

El hombre parpadeó un momento, desconcertado ante la sedosa respuesta y rápida sonrisa. Él lo tomó como una aceptación y se inclinó para acariciar sus deliciosas curvas con sus torpes garras.

—Dos palabras.

El hombre dejó lo que estaba haciendo para mirarla, llevaba la confusión escrita en la frente.

—¿Qué?

—Bastón eléctrico.

—¿Ah?

La mirada confusa del hombre se convirtió rápidamente en dolor cuando se encorvó para agarrarse la entrepierna. Cayó de rodillas convulsionando con violencia. Bulma dio un paso atrás por el temor a quedar atrapada entre las extremidades agitadas. Finalmente el sujeto dejó de moverse salvo por uno que otro temblor ocasional que le sacudía el cuerpo. Ella frunció el ceño antes de levantar hacia la luz la barra que se había atado en el muslo para poder mirar el ajuste deslizante ubicado a un lado.

—Uy, demasiado alto.

Ajustó la configuración mientras se reía. Sentía mucho orgullo en ese momento, al fin se salvó ella sola. No había tenido necesidad de gritar o correr hacia Vegeta pidiendo protección, todo lo contrario, encontró los medios para defenderse contra las violentas criaturas que parecían gobernar este universo.

Solo le llevó alrededor de una hora crear el bastón de aturdimiento en su habitación y se sentía agradecida de hacerlo. Estaba cansada de que Vegeta la mirara como si fuera alguna debilucha imbécil siempre en constante necesidad de ser salvada. Había hallado una manera de igualar las probabilidades.

—Bueno, no pareces muy complacida.

Bulma miró hacia arriba y vio a Vegeta de pie en el callejón, tenía los hombros apoyados contra la pared mientras la estudiaba. Con un estrechamiento de sus fríos ojos tomó nota del cuerpo boca abajo a sus pies y del sonriente semblante que ella lucía.

—Lo estoy. ¿No estás orgulloso de mí? Me encargue de él yo sola. —Sonrió antes de agacharse para luchar con el abrigo negro hasta la rodilla que el hombre llevaba.

—No deberías estarlo, mujer, no era más que un debilucho. Si hubiera sido alguien tan poderoso como yo quien se apoderara de ti, tu insignificante arma habría sido ineficaz.

Bulma se enderezó y colocó las manos en sus caderas con fastidio.

—¿Por qué tienes que ser un aguafiestas, Vegeta?

Él levantó una ceja hacia ella y sus gruesos labios se curvaron en una sonrisa condescendiente.

—Simplemente estoy diciendo que el arma tiene que ser variada para ser más eficaz. Si esperas hasta que alguien te ponga las manos encima, entonces será demasiado tarde. Bien podrías ya estar muerta.

Bulma resopló y se inclinó para continuar la lucha con el hombre tendido. Trataba de darle la vuelta para poder sacarle el abrigo.

—¿Qué estás haciendo?

—Tengo frío —respondió ella, aborreció el quejido en su voz, pero fue incapaz de controlarlo.

—¿Así que vas a robarle? —Vegeta se empujó de la pared y se acercó.

—No estoy robando, lo estoy penalizando.

Él la miró con incredulidad antes de hacerla a un lado. Estiró un brazo, le dio la vuelta al hombre más pesado y le quitó el abrigo.

—¿Lo penalizas?

—Sí, el abrigo es la pena por tocarme.

Vegeta le entregó la prenda, sin poder ocultar la sonrisa evaluativa que cruzó por sus labios.

—Te estás haciendo más amoral cada día.

—Eso es mentira —espetó ella—. Solo estoy adaptándome a mi nuevo entorno.

—Correcto —ronroneó él con incredulidad, balanceando la cola por detrás.

Una vez puesto, ella se encogió de hombros dentro del abrigo y miró abatida los puños que le cubrían las manos. Sin que se lo pida, Vegeta le levantó una mano y dobló el puño hacia adentro, acortándolo para adaptarlo a su muñeca. Repitió el proceso con la otra y ella se quedó inmóvil bajo sus cuidados. El brillo de sus ojos negros la puso incómoda, pero también la calentó y sintió un cosquilleo cuando se dio cuenta de que él aprobaba sus acciones.

Vegeta dio un paso atrás y su mirada se deslizó sobre ella. Estaba vestida completamente de negro ahora, el abrigo se ladeó hacia un costado de su muslo para revelar el arma que había atado allí.

Ella bajó la mirada y notó que la prenda le llegaba a la mitad de las pantorrillas en lugar de a las rodillas como debería.

—Es un poco largo.

Bulma levantó la cabeza, lo atrapó sonriéndole con aprobación y no pudo evitar devolverle la sonrisa. Ante sus ojos, la sonrisa de Vegeta se desvaneció y un ligero ceño se formó entre sus cejas oscuras.

—Tiene que ser letal. —Las tranquilas palabras se internaron en su corazón, golpeándola en el centro. Sabía que se refería a la nueva arma, su única defensa entre ella y una muerte segura.

Los ojos de zafiro se encontraron con los de color negro y ella vio la oscura frialdad que residía dentro. Escalofríos de terror le recorrieron la espalda ante la gravedad de su tono.

—No voy a matar, Vegeta —respondió ella en voz baja.

Él se le acercó sin que en ningún momento cortaran el contacto visual. Trazó un fuerte dedo por la suave curva de su mejilla, esperó a ver si retrocedía, pero ella permaneció firme bajo su toque.

—¿Y si hubiera sido Gen-Seng o Nol dado el caso?

Ella tragó saliva, estaba atrapada entre el instinto por sobrevivir y las obligaciones morales hacia sí misma. Sus penetrantes ojos negro azabache que la estudiaban vieron la guerra que se desencadenaba justo debajo de la superficie. Después de un largo rato, ella finalmente respondió, la presencia repentina de su voz los sorprendió a ambos.

—Si mato a alguien para preservar mi vida, entonces esta dejará de tener valor, ¿no es cierto?

Vegeta le frunció el ceño y su aprobación previa se derritió bajo los fuegos del desdén.

—Si mueres te quedas sin nada.

—Te equivocas, tengo mi alma.

Bulma casi se estremeció ante la cantidad de dolor que vio en los ojos de Vegeta una fracción de segundo antes de que él lo escondiera detrás de una desbordante ira. Al instante ella quiso retomar las palabras y meterla en su boca con ambas manos. ¿Cuántas veces Vegeta había matado para preservar su propia vida?, ¿cuántas veces condenó su alma?

—Un alma, si es que existe, es inútil. Solo la valoran los idiotas santurrones y las niñas ignorantes de planetas atrasados.

Él se dio la vuelta y no esperó una respuesta, luego tomó la delantera una vez más. El calor en el pecho de Bulma por la anterior aprobación que le dio se desvaneció mientras miraba su espalda. Ella quería decir algo más, pero el breve dolor que vislumbró en sus ojos hizo que se mordiera la lengua. Se apresuró a alcanzarlo, no obstante, él mantuvo un ritmo brutal para que no pudiera siquiera acercársele a menos que corriera.

Dieron la vuelta en la esquina de una tienda y ella se detuvo en seco para mirar dentro. Había pilas del suelo al techo con partes mecánicas esparcidas al azar por todos lados. Bulma se lamió los labios para evitar babear cuando fue atraída a la pila de basura más cercana.

Antes de que pudiera llegar a su destino, Vegeta la agarró por el brazo y la arrastró a una sección diferente de la habitación.

—Busca las piezas que necesitas —le ordenó en un tono seco. Bulma estaba completamente enamorada de todos los artilugios mecánicos y cedió sin quejarse.

Pronto ella hacia expresiones de sorpresa y admiración sobre la tecnología alienígena mientras revisaba todo en busca de lo que necesitaba, a la par su mente catalogaba los otros componentes que veía.

Dos horas más tarde salió a la superficie con un filtro redondo en la mano.

—Lo encontré.

Su brillante sonrisa se transformó por un momento en impresionante. Sus rasgos perfectos brillaban con una belleza innata que no podía ser atenuada por las ligeras manchas de grasa en sus mejillas. Vegeta solo pudo mirarla mientras se esforzaba por recobrar los sentidos. Nunca había visto a nadie reaccionar con tanta alegría por algo tan simple. Aunque todavía seguía enojado, no consiguió evitar que su cuerpo se tensara por la necesidad de alzar la mano y limpiarle la grasa del rostro.

—Requerirá algunas mejoras, pero puedo usar esto en lugar del transconfublador.

Él caminó para arrebatárselo de la mano sin decir una palabra y se alejó. Bulma frunció el ceño a su espalda antes de encogerse de hombros. Si todavía estaba molesto por la última conversación que tuvieron, entonces no era su problema. Era más feliz que un niño en una tienda de dulces. Ella se fue por ahí a una esquina cercana en la que se alineaban unos polvorientos estantes llenos de piezas mecánicas y comenzó a vagar entre las islas examinando los diferentes componentes.

Después de unos minutos, un susurro de peligro que se deslizó por su espina dorsal le hizo cosquillas en la nuca. Se dio la vuelta sin alarmarse, sabía intuitivamente quien estaba detrás de ella.

—¿Ahora qué? —preguntó con un suspiro de exasperación.

Los labios de vegeta se fruncieron del disgusto antes de responder.

—Parece que la pieza que escogiste es más cara de lo que pensaba.

—¡Otra vez! —Bulma no pudo detener la irritación en el aumento de su voz. Él estrechó los ojos y la mueca en sus labios se pronunció cada vez más—. Te di una maldita pulsera de diamantes. No pudiste haber gastado todo solamente en alimentos, ¿qué demonios has hecho con nuestro dinero?

El gruñido de Vegeta se convirtió en un rugido cuando se dirigió hacia ella.

—Ni se te ocurra joderme. No tenemos suficiente dinero y eso es todo —respondió en un tono peligroso mientras la miraba.

—Eso es imposible. Esos diamantes tenían que valer más de lo que hayas negociado, ¿cómo pudiste ser tan estúpido? —Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, ella se dio una palmada en la boca. Los ojos se le ampliaron porque sabía que había ido demasiado lejos.

Vegeta se movió tan rápido que Bulma solo sintió el silbido del aire antes de que él estuviera sobre ella. Su mano voló para rodear su frágil cuello y apretó los dedos con firmeza, mas no de un modo doloroso. La levantó de puntillas para que él pudiera sisearle al rostro. Bulma envolvió sus pequeñas manos alrededor de sus gruesas muñecas, sabía que no podría soltarse de él, pero trató de todos modos.

—Tus preciosos diamantes no eran más que piedras sintéticas. Prácticamente no tenían ningún valor —escupió él.

Los ojos de Bulma se ampliaron por la sorpresa y su rostro palideció.

—Eso no es posible —tartamudeó ella.

—¿Por qué?, ¿la genio no puede ser engañada? —preguntó él con sarcasmo.

—No, mi novio me los dio.

Las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos y Vegeta se estremeció. Muy despacio la liberó para que pudiera plantarse en los pies otra vez. Estaba acostumbrado a ver a las mujeres llorar, en el trascurso de su vida había matado a tantas hembras mientras gritaban que perdió la cuenta, pero la última cosa que quería ver era a esta mujer llorando por otro hombre. Eso era repulsivo.

Él se quedó cerca, observando como las emociones fluctuantes danzaban en sus ojos. Sabía que era un novio, ella se lo explicó una vez antes. También le dijo que lo mató durante su batalla en la Tierra, algo que ella afirmó nunca le perdonaría.

—Bueno, parece que él puso muy poco valor en el regalo que te dio.

—No entiendes. Me dijo que la pulsera era un símbolo de su amor por mí, pero si las joyas no eran reales... —Su voz se apagó y la tristeza en sus ojos se intensificó.

No le importaba que Yamcha le hubiera comprado cubos de circonio en lugar de diamantes reales, lo que importaba era que le había mentido. Él le dijo que tuvo que ahorrar durante meses para comprar la pulsera y cuando trató de devolvérsela, le explicó que no era nada en comparación con lo mucho que la valoraba. Se sintió tocada por las consideradas palabras y el regalo.

Vegeta casi se burló de su dolor. Era evidente que ella había tomado las palabras del hombre por su valor nominal y ahora se encontraba devastada por la verdad de su falta de devoción. Cuan fácilmente fue engañada. Sin embargo, también estaba un poco disgustado. Tal vez él podía ser un bastardo, pero si alguna vez fuera a darle joyas a una mujer, estas serían reales. Su orgullo dictaría no menos.

Bulma inhaló despacio y él bajó la vista hacia sus ojos que danzaban como zafiros con lágrimas contenidas. Incluso en su aflicción era cautivadora y Vegeta no pudo evitar sentirse atraído.

Él se acercó más y apoyó el brazo en el estante de madera por encima de su cabeza para elevarse sobre ella. La atrapó contra la estantería, sus anchos hombros bloquearon la tenue luz. El mundo se redujo alrededor de ellos y Bulma era consciente del golpeteo sordo de la sangre que corría por sus oídos. Siempre la sorprendía como se las arreglaba para hacerla olvidar todo salvo su presencia. Con un pequeño gesto él podía dominar su mundo y volverlo al revés.

—Perra —susurró él y todo el cuerpo de Bulma reconoció la palabra hablada de una forma delicada. La sangre se le calentó en las venas y los pezones se le tensaron ante su proximidad—. Cuando un hombre te dice que te ama, lo que realmente está diciendo es que quiere meterse entre tus bellas piernas.

Mientras hablaba, él enganchó un dedo dentro de su escote corto, tiró de ella acercándose a su calor abrumador y reveló más de su carne blanca. Un hilo invisible la apretó alrededor de la base de la columna, instándola a arquear la espalda para que pudiera frotarse contra a él. La mano de Vegeta bajó entre sus senos y sobre su vientre plano para descansar en su muslo.

Sin darse cuenta ella separó las piernas, lo que le permitió acariciarla íntimamente. Bulma inhaló hondo cuando sintió sus dedos curvarse en ella y presionar la cavidad de su entrada a través de su pantalón.

—No, no fue así. —Ella se quedó sin aliento ante su contacto y quiso apartarse, pero fue hipnotizada por su voz, paralizada por su toque.

Él bajó la cabeza para susurrarle al oído y su cálido aliento la tocó ligeramente.

—¿Follaste con él?

—Eso no es de tu...

—¿Lo hiciste? —Él la cortó y la obligó a responder.

Ella tragó saliva antes de contestar.

—Sí.

—¿Y lo disfrutaste?

Ella se quedó quieta cuando regresaron los recuerdos de esa noche mágica. Había sentido tanto amor por Yamcha aquella vez. Quiso darle incluso más de lo que él le dio. Deseó adorarlo con todo su cuerpo antes de que él se marchara a luchar contra la nueva amenaza al planeta. Lo disfrutó, pero tenía la sospecha de que eso no sería ni de lejos tan alucinante como lo sería con Vegeta.

—Fue sexo de despedida y gran sexo de agradecimiento, todo en uno.

—Entonces me suena como que él consiguió exactamente lo que quería a un mínimo costo.

Vegeta se acercó más a ella, la tomó de las nalgas con las manos y la alzó hasta ponerla de puntillas. Él dobló las rodillas, se clavó entre sus muslos y luego se levantó. El duro bulto de su sexo que encajaba perfectamente en ella, tiró de la barrera de su ropa. Bulma jadeó ante la sensación de él empujándose en contra suyo y su cabeza cayó hacia atrás directo en la estantería. Vegeta de inmediato tomó ventaja de su cuello expuesto y colocó besos calientes en su pulso.

Ella puso las manos sobre sus fuertes hombros para amasar los músculos tensos que encontró allí. Se preguntó cómo sería envolver las piernas alrededor de sus estrechas caderas y hacer que él la penetrara. Sabía que Vegeta no sería suave o amoroso, sino todo lo contrario, la follaría con la intensidad de un animal. Casi podía oír sus propios salvajes gritos de placer en sus oídos. La tentación de entregarse a él era prácticamente abrumadora, sin embargo, luchó con los últimos vestigios de su menguante fuerza de voluntad.

—¿Y qué obtengo? —Bulma apenas logró pronunciar las palabras antes de que gimiera de anhelo. Su cabeza nadaba de deseo por el contacto, pero valientemente luchó por razonar.

Vegeta que lamia el camino hacia su oreja, apenas le prestó atención a sus palabras.

—¿Qué? —murmuró él contra su cuello mientras se deleitaba con el sabor. Era cremosa y suave con un toque de especias. La deseaba con tal desesperación ahora, que se volvió a arrepentir de no haberle comprado un cilicio, por lo menos podría levantarlo sobre sus caderas y hundirse en ella en ese mismo instante.

—¿Cuál es mi regalo?

Vegeta se quedó inmóvil contra ella antes de retroceder para bajar la vista hacia unos grandes ojos azules. Mientras la miraba, sus tormentosos ojos llenos de lujuria se oscurecieron de ira. No podía creer el descaro de esta mujer que pedía regalos como si le fueran merecidos. Debería haber sabido que sus superficiales afectos podían ser comprados con algunas pocas piedras y palabras bonitas.

—Ya te regalé la vida dos veces, ni más ni menos. —Él apretó los dientes.

—No. Me concediste una suspensión de mi ejecución hasta el momento en que me mates.

Vegeta la soltó y se alejó. Necesitaba distancia para enfriar la sangre y poder pensar. Cuando la tocó, sus pensamientos estaban cegados por imágenes de ella yaciendo debajo de él jadeando su nombre. Él volvió el rostro un poco y la miró por el rabillo del ojo, el velo de sus espesas pestañas se encontraba oscurecido tanto por el desprecio como por el temor.

Quizá ella no era tan fácil como pensó al principio, después de todo, no había nada más precioso que la propia vida. Esa lección fue metida a golpes en él por Frízer a una edad temprana. La mujer no estaría dispuesta a matar para sobrevivir, pero no estaba por encima de usar sus otras habilidades, tales como su formidable inteligencia y su belleza.

Bulma se apoyó en el estante, el repentino movimiento de Vegeta y su toque ardiente le dejaron las piernas inestables y casi calló a sus pies en un charco de líquido. Ella se quedó sin aliento, era incapaz de respirar a pesar de que él se había alejado. Su sola presencia absorbía el aire de su mundo, dejándola mareada y desequilibrada.

—¿Así que es eso? ¿Estas dispuesta a una follada a cambio de tu vida?

Bulma palideció ante esas duras palabras, la conmoción y la ira reemplazaron rápidamente el deseo que todavía sentía nadar en sus venas.

—Yo nunca dije eso.

Vegeta apretó los puños en un esfuerzo por contenerse. Quería cerrar la distancia entre ellos y envolver las manos alrededor de ella, el problema era que no sabía si quería hacerlo alrededor de su cuello o de sus caderas.

—Lo diste a entender.

—Bueno, yo sería una estúpida si duermo con mi aspirante a asesino, ¿verdad? —Bulma se burló, estaba disgustada no solo con ella sino también con él. ¿Cómo podía ser excitada por un hombre que le dejó bien en claro que iba a matarla?

—Te olvidas que puedo tomar lo que quiero.

Ella se tensó ante las palabras y el miedo se disparó por su columna vertebral. Vegeta era fuerte, mucho más fuerte que ella. Si él escogía consumar esta relación antinatural, no había nada que pudiera hacer al respecto. Lo que más la preocupaba era la sensación de que ella no protestaría tanto como debería.

—Tomar no es lo mismo que recibir.

Vegeta apretó los dientes y ella pudo ver el destello de sus colmillos bajo la pálida luz.

—Eres la mujer más exasperante que he conocido.

Bulma le dedicó una brillante sonrisa, esta ocultaba su nerviosismo con una despreocupación que no sentía.

—Y pensar que solo es el inicio.

Vegeta gruñó y giró para alejarse, su cola cortaba el aire con rabia detrás de él.

Bulma se quedó parada allí durante unos segundos recuperando el aliento antes de lanzarse detrás suyo. Se sentía inmensamente afortunada de haber sobrevivido a dos desastrosas conversaciones en un solo día con el saiyayín volátil y juró jugar a lo seguro por el resto de la visita a la colonia.

Sabiamente siguió detrás de él, sin hacer ningún esfuerzo por alcanzarlo. Sabía que estaba enojado, pero ella también, no solo con él, sino con Yamcha. No pudo evitar sentirse traicionada. El hecho de que los diamantes fueran falsificaciones era intrascendente y, aun así, todavía se sentía dolida. Él hizo de cuánto dinero gastó algo muy importante y todo fue una mentira. Las palabras de Vegeta sonaban a verdad y ella sacudió la cabeza con disgusto.

Yamcha no necesitaba montar un gran teatro para meterla en la cama. Ella era una cosa segura. Tal vez él consiguió más manipulándola que solo siendo quien era. El pobre bandido del desierto obtuvo algo engañando a su demasiado inteligente novia científico. Sabía que debía estar siendo injusta y a pesar de eso, no podía entender por qué lo hizo.

Vegeta era un idiota total, pero al menos era honesto. Le dijo lo que pensaba de ella y lo que pensaba hacerle. Tan peligroso como era, no tenía que adivinar lo que haría después. Quería follarla y luego matarla. Se lo explicó por adelantado, sin andarse con rodeos. Estaba convencida de que lo hacía más por torturarla que por cualquier otra cosa.

Se hallaba tan perdida en esos pensamientos que casi no se detuvo a tiempo antes de chocar con la espalda de Vegeta. Miró alrededor y quedó ligeramente sorprendida al advertir que habían terminado en lo que parecía ser un bar local.

—Consigue una mesa. —Vegeta hizo un gesto hacia la esquina y Bulma se apresuró a hacer lo que le dijo. Como era una genio, sabía cuando sentarse y callarse.

Ella tomó asiento y ni tres segundos después un hombre de aspecto descuidado se dejó caer en la silla contigua, acompañado de un amigo que colgaba de su hombro.

Bulma se sobresaltó, echó el cuerpo hacia atrás y afianzó los codos sobre el respaldar. Se percató de que estaban borrachos y que lo más probable era que ya hubieran pasado la mayor parte del día en el bar. Para ella eran inofensivos y no podía esperar a escuchar lo que tenían que decir. Desesperadamente quería saber si los piropos en el espacio profundo serían tan cursis como lo eran en la Tierra.

El hombre se inclinó hacia ella y apoyó la mandíbula en su palma.

—¿Tienes un mapa estelar? Porque creo que estoy perdido en tus ojos.

Bulma lo miró durante unos segundos tratando de frenar sus labios con una línea de desaprobación. Se contuvo tanto tiempo como le fue posible, pero la risa al final estalló y trajo lágrimas a sus ojos. Esto era justo lo que necesitaba para aliviar la tensión que tenía, una buena carcajada a costa de algún payaso. El compañero del sujeto se inclinó aún más por encima de su amigo para participar.

—Si pensaste que eso fue divertido, espera a escuchar esto: si la belleza fuera la luz del sol, tú brillarías un millón de años luz de distancia.

Bulma se tapó la boca en un intento por recuperar el control. Para ser honesta, la técnica que usaban no era del todo mala. Ella se había entretenido bastante y todavía estaba sobria. Si estuviera borracha probablemente caería sobre... directo en sus regazos.

—¿Así que conociste a alguien?

Bulma todavía se reía tan fuerte que no podía hacer nada más al respecto. Los dos hombres se dieron la vuelta para encontrarse cara a cara con un saiyayín furioso que tenía una bebida en la mano.

Una mirada al hombre mortal y al instante se pusieron serios. Murmuraron sus disculpas sinceras y se escabulleron en direcciones opuestas con las manos levantadas en señal de sumisión. Vegeta no se movió a excepción de una contracción de su mandíbula que casi los hizo orinarse en los pantalones. Se alejaron a toda velocidad y salieron del bar, casi tropezando entre ellos por la prisa.

Los ojos de Vegeta se posaron en Bulma que todavía trataba de ahogar la risa detrás de una mano. Él había oído sus carcajadas todo el camino de vuelta del bar y eso le envió ondas de añoranza por la espalda. Estaba atrapado entre la decepción de no ser él quien la hiciera reír y la rabia de que alguien se atreviera a acercarse a lo que era suyo. Al verla ahora, tomó consciencia de una sensación de hormigueo en la base de su cola que nunca sintió antes. Y era extrañamente agradable.

Se esforzó por recuperar la ira contra ella, recordándose que no era más que una inútil mujer por la que tenía la desgracia de sentirse demasiado atraído. Colocó de golpe una bebida de color púrpura frente de ella e ignoró su chillido cuando esta salpicó sobre los lados del vidrio. Se sentó en una silla que daba a la puerta y la miró desde el rabillo del ojo.

—No puedo entender como una mujer puede dar tantos problemas en tan poco tiempo.

—Oh, Vegeta, yo no estaba en problemas. Ellos solo estaban tratando de ser amables. —Bulma se había compuesto y ahora miraba la copa que puso delante suyo.

—Todo hombre en un radio de veinte glick quiere ser "amable" contigo. —Las cejas de Vegeta se fruncieron y cruzó los brazos sobre el pecho. Si Bulma no lo conociera mejor podría pensar que él estaba haciendo pucheros.

—Bueno, no lo puedo remediar, soy bellísima. —Ella se acicaló el cabello y le sonrió. Los ojos de Vegeta se estrecharon, pero no dejaron la puerta.

Bulma se encogió de hombros, después llevó la copa a sus labios para tomar un sorbo lentamente. El sabor afrutado estalló en su boca y bajó por su garganta.

—Oh, ¡esto es bueno! Gracias, Vegeta.

Él dirigió su fría mirada hacia ella antes de dispararla de nuevo hacia la puerta.

—¿Por qué? —espetó.

—Por conseguirme una bebida y tomarte el tiempo para elegir algo que me gustaría.

Esta vez él volvió la cabeza hacia ella con los ojos nublados por la confusión. La propia frente de Bulma se frunció mientras lo miraba, no sabía por qué se comportaba de una manera tan extraña.

—No quiero escucharte gimotear diciendo que tienes sed. —Le lanzó una última mirada antes de volverse hacia la puerta. Ella estaba a punto de replicar cuando se le ocurrió que él podía actuar así porque nunca nadie le había dado las gracias sinceramente. Era un hombre que hacía las cosas por un fin, no para que alguien más se beneficiaría de eso y desde luego no conseguía las gracias por sus acciones.

Bulma decidió dejarlo pasar y en cambio se concentró en su siguiente pregunta.

—Entonces, ¿qué estamos haciendo?

—Esperamos.

Ella puso los ojos en blanco, pero se decidió a mantener la calma.

—¿A quién?

—A un hombre.

—¿Por qué?

—¿Por qué tantas jodidas preguntas? —gruñó él.

—No haría tantas preguntas si solo lo hicieras público y dijeras lo que estamos haciendo —le replicó ella con brusquedad. Demasiado tarde recordó su promesa de no enfurecerlo.

—Estoy esperando a un hombre que podría tener un trabajo para mí. Ahora cállate la boca y bebe tu néctar.

Ella se inclinó hacia atrás parpadeándole. ¿Un trabajo?, ¿Vegeta estaba buscando un trabajo?, ¿qué clase de trabajo? Era cierto que necesitaban el dinero, pero no podía imaginar qué haría él de buena gana. Cuando iba a abrir la boca para preguntar, Vegeta salió disparado de su silla antes de que ella pudiera decir nada. Caminó hacia un hombre de baja estatura que acababa de entrar por la puerta y lo llevó a un rincón alejado.

—Eres muy bonita y tu voz es exquisita.

Bulma puso los ojos en blanco debido a la incredulidad. Quizás Vegeta tenía razón, ella fue hecha para atraer problemas. Alzó la vista hacia un delgado hombre afeminado que estaba de pie a su lado.

—Mire, señor, no quiero ser grosera, pero si mi amigo lo ve hablándome, le dará un buen golpe en el culo.

El hombre miró en dirección de Vegeta y una astuta sonrisa apareció en sus suaves labios.

—Yo pagaría muy bien para que ese tipo me golpee el culo.

Las mejillas de Bulma se ruborizaron ante esa displicente implicación de que quería tener relaciones sexuales con Vegeta. En secreto la idea de Vegeta follándola se levantó en su mente y eso añadió más vergüenza a su rubor.

El hombre se volvió hacia ella con un brillo de complicidad en los ojos.

—En realidad estoy aquí por una propuesta de negocios. ¿Te gustaría ganar algo de dinero?