Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy de ninguna manera propietaria de DBZ, pero voy a sacar las garras y los colmillos para luchar por Vegeta.

Gracias a Barb por tus habilidades beta.

Capítulo veintidós

Sálvame

—¡Vegeta!

El alarido de Bulma viajó por la espina dorsal de Vegeta, envolvió unos helados dedos alrededor de la base de su cola y tiró con fuerza de los sensibles nervios.

Voló a través de las puertas del cuarto donde Bulma estaba retenida, en su camino botó a dos guardias.

—¡Vegeta, ayúdame! —El puro pánico en la voz le atravesó los intestinos como un látigo ki. Sus pálidos dedos que sobresalían de una rejilla en el suelo buscaban desesperadamente alguna forma de salir.

Él se agachó, cogió la tapa con una mano y la lanzó contra la pared del fondo; se sorprendió por la facilidad con que fue capaz de hacerlo. Ella tenía una fuerza mínima en comparación a la suya.

Bulma se disparó del agujero, cucarachas y gusanos bajaban en cascada por su cuerpo desnudo. Estaba gritando, pero sus palabras eran ininteligibles por el miedo. Angustiada araño el pantalón de Vegeta en un intento de salir por sí misma fuera de la piscina hasta el cuello de insectos retorciéndose.

Vegeta la agarró por los brazos y la arrastró hasta pararla junto a él. Ella se aferró a la parte superior de su armadura con los dedos congelados de terror, con la otra mano se comenzó a limpiar el cabello sacudiendo la masa de forma violenta. El suelo de acero se tiñó ni bien una coraza recubierta de cucarachas cayó al piso.

—¡Sá... sácalos! ¡Date prisa! ¡Sá... sácalos!

Ella articulaba mal las palabras cuando entraba en pánico y Vegeta automáticamente comenzó a limpiar los insectos de su cuerpo, en silencio estaba agradecido de que no la hubieran mordido. Una pequeña misericordia de parte de Zabón. El último hombre que Vegeta había visto ser arrastrado fuera del Agujero casi muere por las picaduras infectadas que le cubrían el cuerpo.

Bulma miraba hacia abajo sacudiéndose el cabello cuando se dio cuenta de que los insectos caídos volvían a trepar por sus piernas y pasó de presa del pánico al colapso total. Comenzó a gritar a todo pulmón mientras trataba en vano de subir sobre Vegeta como si fuera un mueble.

Él dio un paso hacia atrás conmocionado, pero ella siguió intentándolo sin descanso. Bulma se abalanzaba sobre él en un torbellino de pánico que no le dejó otra opción sino cargarla antes de que ella los derribara a ambos. Él sostuvo su cuerpo desnudo contra su pecho e incómoda vergüenza le manchó las mejillas mientras ella, angustiada, sollozaba en su cuello. Las húmedas lágrimas calientes le quemaron la piel como si fueran ácido de lo llenas de dolor y sufrimiento que estaban.

Los guardias que derribó habían tenido dificultades para pararse y ahora se apoyaban en la entrada, mirándolos lascivamente.

—Ella sería un precioso pedazo de culo si no fuera tan estridente —dijo uno de ellos tirando de su zumbante oído.

—¿Estás bromeando? Si eso es lo máximo. Las que más gritan son las mejores. — El otro le sonrió a su compañero luego de hablar. Ninguno vio las brillantes esferas de ki que desgarraron sus pechos y los dejaron muertos en el piso.

Bulma no fue consciente de eso, ya que estaba demasiado atrapada en su tormento personal para notar la desaparición abrupta de los guardias. Aun estando en los brazos de Vegeta trataba de arrojar los insectos fuera de su piel. Él hizo una mueca hacia ella y apretó los brazos alrededor de su forma. Con un movimiento de hombros dejó caer su capa sobre su mano y cubrió a Bulma en el carmesí para ocultar su desnudo cuerpo que no paraba de moverse.

Él aceleró por los pasillos e ignoró como ella lo presionaba mientras su impulso se incrementaba y se convertía en destellos de luz. Sus sombríos rasgos le advirtieron alejarse a los guerreros de menor grado de lo que había reclamado como suyo.

Irrumpió en su recámara y fue directo al baño sin detenerse.

—Llenar la bañera, ducha encendida —le ordenó a los servicios automatizados.

Trató de ponerla de pie, pero Bulma se negó. En lugar de eso, ella lo envolvió con su cuerpo, aferrándose a él como si fuera la única imagen de cordura en una tormenta de demencia. Vegeta intentó sacar a la fuerza los dedos con que lo agarraba del cuello, pero Bulma era inflexible hasta el punto de que tuvo miedo de romperlos de lo rígidos que estaban.

Al final se rindió y paso a la ducha con ella en los brazos. El aerosol caliente los golpeó con toda potencia empapándoles la ropa. Tan pronto como sintió el agua, Bulma levantó el rostro, deseosa de dejar que corriera sobre su cuerpo. Ella bajó los pies, no obstante, mantuvo un puño alrededor la armadura de Vegeta en un agarre mortal y con la otra mano comenzó a limpiarse el cabello, sus dedos pasaban a través de las hebras difícilmente.

Para lavar su cabello por completo tenía que dejar a Vegeta, pero se sentía demasiado asustada. Incluso si él tuviera que ir a la otra habitación, estaba segura de que el mal que se agazapaba en su mente saltaría sobre ella. No quería pensar en las cosas que había soportado, cosas crueles y retorcidas, y la única forma de matarlos de hambre era estar en la presencia de Vegeta. La tortura a manos del hombre verde y de sus amigos fue horrible, aun así, ella podía manejar el dolor. Los insectos, sin embargo, fueron una pesadilla.

Vegeta tomó con una mano grande su pequeña muñeca, no para tirar de su brazo, sino para hacer clara su intención. Bulma lo miró al rostro, sabía que debía verse horrible; inhaló y se frotó la cara con la mano libre, limpiándola tan a fondo como pudo.

—No me iré de aquí, perra.

Su voz era más caliente que el agua bajo la que estaban parados. Esta la envolvió y calmó todos sus dolores y molestias. El nombre que utilizó debería haberla enfurecido, una vez lo hizo, pero ahora se había convertido en un afecto. Su nombre para ella, su marca. Esto la tranquilizó tanto como lo hacía su presencia. Al entender que no la dejaría, se sintió lo suficientemente segura para liberarlo.

Vegeta se quitó la ropa, ya no veía la razón de mantenerla, solo conseguiría estar más mojado. Abrió la puerta de la ducha, la amontonó en el piso como una pila empapada, cerró la puerta y se volvió hacia ella.

Bulma lo ignoró por un momento, simplemente absorbía su aura de protección mientras se limpiaba la piel con rudeza usando el jabón. Ella agarró la botella de champú, pero Vegeta la tomó de su mano antes de que pudiera usarla y con suavidad le dio la vuelta para que ella quedara de cara a la pared. En silencio hizo un gesto de sufrimiento al ver las quemaduras en su cuerpo. Era evidente que habían utilizado un látigo ki, aun así, ella parecía indiferente al inevitable dolor. Todo lo quería era que los insectos se fueran.

Derramó un montón de champú en el centro de su mano y luego dejó la botella. Lo untó entre estas mientras miraba la delicada curva de su espalda. Ella era más baja que él, le llegaba al mentón, pero sus piernas eran largas y torneadas. Sus caderas se curvaban en una estrecha cintura y él siguió su columna vertebral hasta su cabello mojado color agua marina que le caía sobre los hombros con las puntas húmedas aferrándose a su piel.

Lentamente le enjabonó las puntas, fue ascendiendo hasta su cabeza, hundió los dedos en sus densos mechones y los frotó sobre su cuero cabelludo. Ella gimió en agradecimiento y se inclinó hacia atrás contra sus manos en una silenciosa insistencia por más. Él le masajeó la cabeza, podía observar como los rastros de jabón se deslizaban por su espalda y sobre las crestas de sus nalgas.

Bulma dio un paso atrás para presionar la espalda en su pecho. Sus ojos se cerraron y su cabeza se inclinó para poder frotar sus rizos jabonosos en el pecho de él. Vegeta se apoyó contra la pared de la ducha, casi ronroneó ante la sensación de su cuerpo tocando el suyo.

Se sentía tan bien estar contra él, su cercanía desterraba todos los horrores del mundo. Cuando la torturaron, solo pensó en Vegeta y su alma se elevó de su cuerpo para buscarlo. Le preocupaba que estuviera siendo golpeado o torturado en la habitación contigua, una vez más arrodillado delante de su amo lagarto. Después de pasar tanto tiempo con él en el espacio, al fin pudo vislumbrar su interior. Fue luego de que la llevara de planeta en planeta, introduciéndola a los males del universo, de su vida, que acabó por entenderlo.

Él era un hombre que luchaba por sobrevivir.

Su vida había sido cruelmente diseñada por un destino implacable, pero se negó a rendirse y morir. Todos los días luchaba eliminando las amenazas que podía mientras esquivaba las que no podía. Enfrentaba la servidumbre a un malvado amo de la única manera a su alcance, a través de la destrucción.

Ella debería tenerle miedo, estar aterrada de su misma sombra, mas no era así. No era tan tonta para creer que él continuó salvándola por la bondad de su corazón. Vegeta quería algo suyo, algo que solo se podía dar y no tomar.

Él pensó que si podía poseerla iba a recibir lo que estaba buscando. Si la apartaba de todo lo que ella amaba, se ahogaría en la fascinación de su aura y sería atraída por el ondulante poder retorcido que lo rodeaba.

Pero se equivocó. Su fuerza no fue lo que la atrajo, fue su debilidad. Trató de poseerla, de consumirla y ella le entregó su vida por propia voluntad. Bulma aceptó que la poseyera, rindiéndose a su hambre, no porque fuera débil o se dejara influenciar con facilidad, sino porque vio una necesidad dentro de él, una debilidad.

Él la buscó porque quería desesperadamente una cosa. No sabía lo que era ni lo veía en sí mismo. Inspeccionó el universo buscando algo que no podía ser nombrado… y al final lo encontró en ella.

Todo lo que quería era a alguien que lo amara para nunca estar solo, para tener el toque de la compasión y la misericordia en su alma. De ser expresado, él lo negaría enardecidamente, ni siquiera era consciente de su propia necesidad; pero ella podía verlo, en lo profundo, donde nadie se atrevía a mirar. Lo vio y respondió a eso.

La vida con Vegeta estaba llena de cosas terribles: purgas, esclavitud, hambre, tortura y dolor; ella lo vio todo y ahora lo sabía. Se había preguntado por que él era tan monstruoso y ahora conocía la respuesta. Ser un monstruo era la única manera de sobrevivir en un universo lleno de demonios incluso más terribles.

Bulma buscó a su alrededor y ancló las manos en las caderas de él mientras flexionaba las rodillas. Su cabello se arrastró por detrás, dejando un sendero de espuma en el pecho de Vegeta. Se sentía tan bien estando allí con él, teniendo el agua caliente cayendo sobre ellos. Estaba viva y quería celebrarlo. Había atravesado otro trauma y creció debido a eso. Se encontraba mucho más cerca de él, mucho más cerca de entenderlo y todo lo que deseaba ahora era sentirlo dentro de ella, cálido y vivo, presionándose y empujando.

Vegeta casi se ahogó cuando ella dobló las rodillas aún más y la masa de cabello enjabonado envolvió su dura erección. Él había hecho un montón de cosas en su vida, la mayoría de ellas desagradables, pero esto era algo diferente, más tentador, más emocionante, incluso más dulce. Todo lo que sabía era que definitivamente se sentía bien.

Él enredó los dedos en el cabello de Bulma e inclinó la cabeza hacia atrás hasta que chocó contra la fría pared de la ducha. Cerró sus ojos y se dispuso a sacar todos los pensamientos de su mente hasta que solo quedara el placer. Cuando ella volvió la cabeza y lo rozó con la boca, él se sacudió violentamente y su garganta bronceada se movió mientras tragaba saliva con fuerza.

No podía entender a la mujer que tenía en frente. Ella sufrió atrocidades en su presencia. Vio los horrores del universo y, aun así, continuaba arrojándose a sus brazos, aceptándolo con una sonrisa y un destello en la mirada.

Había esperado que corriera hacia él cuando viera lo que el universo era realmente. Que se escondiera entre sus brazos y se entregara por completo, permitiéndole poseerla. Y ella lo hizo, pero no estaba aburrido o molesto por tener ahora una flor marchita. Bulma se entregó a él y jamás se acobardó ni ocultó los ojos. Al contrario, lo miraba de frente, sin miedo y con valentía.

Ella lo llamó para que la salve, pero no lo hizo pensando que era un monstruo más poderoso que masticaría y escupiría los huesos de sus enemigos. Lo llamó debido a que esperaba que la salvara como si fuera su derecho. No porque fuera su propiedad o porque él estuviera tan obsesionado con ella que perdiera su autoestima, sino porque lo miraba como a un hombre, un hombre honorable destinado a salvarla. Y a pesar de eso, ella era una científico y él un guerrero de voluntad fuerte; ninguno de los dos creía en algo tan intangible como el destino, algo tan ridículo.

Él la llevó al corazón de las tinieblas y a cambio ella le entregó la luz. Aquí ambos estaban parados al borde de la destrucción en una nave que muy bien podría ser su tumba, pero ella se puso de pie junto a él sin miedo, desafiando a cualquiera a desafiarlo. Había sido torturada por sus enemigos y, aun así, no lo despreció ni echó la culpa de su dolor a sus pies. En lugar de eso, eligió cubrirlo de jabón con adoración.

Él había intentado ser su dueño, poseerla y hacerla suya, sin embargo, cometió un error fatal mientras la perseguía. Estaba seguro de poder seducirla y dejarla sin mirar atrás, pero en este momento se dio cuenta de algo profundo.

Él no la poseía, ambos se poseían el uno al otro.

Vegeta la agarró por los hombros para ponerla de pie, estrelló la boca sobre la suya con ferocidad y vació toda su frustración en ella. Bulma le devolvió el beso, se enfrentó cara a cara con él y se tragó su confusión.

Él la levantó hasta que sus largas piernas se envolvieron alrededor de su cintura. La inmovilizó contra la pared de la ducha y sus labios se engancharon a un lado de su cuello. Se introdujo en ella sin remordimientos, vertiendo todo lo que él era dentro de ella. Bulma lo aceptó tomándolo con facilidad, gimiendo de placer en el fondo de su garganta.

—¡Eres mía! —clamó Vegeta alejando de un empujón los pensamientos de que ella lo poseía. No podía ser poseído, años luchando contra la servidumbre le enseñó eso. Se negó a creer que este pequeño desliz con una niña tenía más poder sobre él que su enemigo más temido. No iba a aceptar que ella era algo más que un pedazo de su propiedad.

Bulma susurró su acuerdo tensando su cuerpo, disfrutando de cada embestida. Ella hundió las uñas en sus hombros para montar las olas del placer. Los espasmos de sus músculos lo condujeron al borde y él se unió a ella cuando el éxtasis se apoderó de los dos.

La mantuvo clavada con el cuerpo firmemente encajado en el suyo mientras jadeaba contra su cuello. Todos sus caprichosos pensamientos fueron apartados a los oscuros recovecos de su mente. Su raciocinio no podía ser estorbado por emociones inútiles en una situación tan peligrosa. No pasaría mucho tiempo antes de que King Cold descubriera que el hombre que derrotó a Frízer en la batalla era de la Tierra. El mismo planeta en el que había sido hecho prisionero, el mismo que había fallado en conquistar hace casi dos años. Era un momento muy peligroso para ambos y necesitaba de todo su ingenio a fin de mantenerlos a salvo.

Vegeta se echó hacia atrás para mirar a Bulma, contempló sus ojos semicerrados y la sonrisa de felicidad en sus labios. Se negó a pensar en lo que significaría para él si la mataban. La sola idea de ella siendo torturada fue agua helada en sus venas. No podía ser distraído cuando había tanto en juego.

Él le soltó las piernas y las dejó caer al piso, pero ella mantuvo los brazos enredados alrededor de su cuello. Vegeta levantó las manos para tirar de ella, ignorando la suave presión de su cuerpo.

—¿Quieres tomar un baño conmigo?

Sus grandes ojos azules estaban ahora mirándolo con susurros de pasión aún en las profundidades. Iban los labios de Vegeta a decir que no, pero el dolor dentro de él sofocó las palabras. La deseaba una y otra vez, y aun más que eso, la deseaba entre sus brazos.

La levantó, sostuvo su cuerpo contra su pecho y ella sonrió, apretando la nariz en la curva de su cuello. El agua que ordenó antes de entrar a la ducha había llenado la bañera y el vapor nublaba el aire.

Él la acercó, ella alzó la vista y notó que le sonreía con malicia, que sus ojos danzaban endiabladamente. Ella le devolvió la sonrisa, más que feliz de entrar en su juego de seducción para el placer.

Una hora más tarde, la mayor parte del agua se acumulaba en el piso del baño mientras los dos amantes yacían dentro de la tina medio vacía. Bulma se encontraba recostada sobre el pecho de Vegeta con un oído contra su corazón. Ella amaba los fuertes tamborileos de este. Cada vez que sentía que él era de inalterable piedra, los fuertes latidos le aseguraban que estaba vivo.

Los dedos de vegeta se enredaron en su largo cabello azul que ondeaba sobre su espalda en una masa húmeda. Él suspiró expandiendo el pecho y el cuerpo de Bulma se elevó fuera del agua antes de bajar otra vez.

—No sé por qué te sigo salvando —murmuró él con descontento.

Ella pensó por un instante antes de levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Porque si no lo haces, no habrá nadie para salvarte cuando lo necesites.

Vegeta le frunció el ceño molesto. Estaba a punto de decirle que no necesitaba ser salvado. Era un guerrero fuerte, el príncipe de los saiyayíns y no requería de nadie, pero las palabras tocaron una fibra sensible muy dentro que no podía explicar. Se mordió la lengua para reprimir el alarde y entonces el momento se perdió.

Ella bajó la cabeza, reclinó el oído sobre su pecho y volvió a escuchar los fuertes latidos de su corazón.