Nota de Tempestt: No soy dueña de DBZ.

Gracias a Bardockgurl por sus habilidades beta.

Capítulo veintitrés

No la ames

Vegeta se desenredó exitosamente de la pegajosa masa de sábanas, brazos y piernas solo para tropezar con un montón de mantas en el piso. Se dirigió al armario maldiciendo en voz baja y sacudiendo la cola con furia. Aturdida, Bulma levantó la cabeza, parpadeó a los apretados músculos del trasero desnudo del hombre que trataba de encontrar un uniforme limpio, la dejó caer y una bonita sonrisa le cubrió los labios; ya soñaba con besos embriagadores y pieles alisadas por el sudor.

Él se puso el uniforme en silencio, algo poco natural considerando a la mujer que yacía tendida sobre la cama, cuya pálida piel color marfil contrastaba marcadamente con las sábanas negras satinadas que se amontonaban en la inclinación de su espalda.

Metió la mano en un guante blanco mientras observaba el constante ascenso y caída de su respiración. Tentado, avanzó hacía ella con una gracia peligrosa, su mano aún desnuda intentó alcanzarla antes de detenerse por completo. Extendió solo un dedo índice, con el que apenas la tocó y trazó el camino de su columna desde la curva de sus nalgas hasta la inclinación de sus hombros. Ella era como la seda en el satén, suave y hermosa, elegante y compleja. Absolutamente gloriosa. Retiró con delicadeza el cabello azul de su rostro para admirar su perfil y se detuvo otra vez, inmovilizado por su belleza, inseguro de lo que iba a hacer, de lo que quería.

Ella se movió bajo su toque, murmuró suavemente y Vegeta se inclinó para rozar los labios contra su oído.

—Estaré de regreso más tarde, mi perra —le prometió ya imaginando lo que iba a hacerle cuando volviera.

Los ojos de Bulma parpadearon y sus largas pestañas verde azuladas besaron sus mejillas. Él dejó escapar la lengua para saborear su carne caliente y la sal de su sangre hirviendo a fuego lento por debajo de su piel.

Vegeta dejó el cuarto, era incapaz de comprender su actitud cariñosa hacia la mujer que dormía en su cama. Ella debería estar relegada a la parte más pequeña de su cerebro que solo se ocupaba de la comida y el sexo, no dando vueltas alrededor de su conciencia, distrayéndolo de sus asuntos.

Entretenido en esos pensamientos, se dirigió al comedor con el fin de conseguir alimentos y regresar. No había forma de que llevara a Bulma a aquel lugar para que tomara su propia comida. Esta en particular atendía a la escoria de la nave y a la mayoría de ellos no les importaba si morían —y morirían si tocaban lo que era suyo—, siempre y cuando se divirtieran antes de hacerlo. Sería como agitar carne fresca en frente de depredadores hambrientos.

La mayor parte de los soldados estaban reunidos en el comedor, cada uno trataba de competir por los mejores bocados. Mientras Vegeta caminaba, ellos se separaron abriendo camino para que pasara.

El rango bajo Frízer no era decidido por pertenecer a la aristocracia o por la capacidad de comprar favores, no había estrellas ni barras. El rango era decidido por la fuerza. A aquellos que eran más poderosos se les permitía privilegios, no porque tuvieran autoridad, sino porque podían derrotar y matar a cualquiera que los desafiara.

Vegeta no estaba en absoluto preocupado por los dos hombres que mató en las entrañas de la nave cuando recuperó a Bulma. Ellos no eran más que soldados de a pie, simple carne de cañón, destinados a morir por el capricho de Frízer.

Sin embargo, no quedaría sin castigo. No podía matar a un compañero soldado y despojar a su señor de un hombre de su ejército sin un costo. A cambio, él tendría que pagar el precio de cada soldado muerto. Este era el importe de formar dos nuevos hombres de igual rango que tomarían el lugar de los fallecidos, algo que Vegeta podría permitirse fácilmente, sobre todo ahora que tenía acceso a todos sus fondos.

Sonrió con suficiencia ante la idea de al fin ser capaz de agitar su fortuna en el rostro de su mujer. Por lo general era reticente a compartir su riqueza, paranoico, con razón, de que alguien pudiera robar sus ganancias ya robadas, pero no pudo resistirse a la idea de demostrarle su vigor financiero a la única persona que lo había cuestionado. Ya podía imaginar la expresión de su rostro ni bien le mostrara su fortuna.

Vegeta estaba más o menos retirado en esos pensamientos cuando alguien lo chocó. Nadie en su sano juicio se cruzaba en el camino del despiadado príncipe ni mucho menos se tropezaba con él en el pasillo. Levantó la cabeza de golpe para revelar sus ojos negros llenos de asesinato y se encontró con la burlona mirada verde de Zabón, el más asqueroso y maldito bastardo en la nave además de Frízer. Era tan sucio que el olor de su corrupción flotaba fuera en su empolvada piel como leche agria. El ya fiero ceño fruncido de Vegeta se hizo más profundo y sus ojos se endurecieron como trozos de hielo de obsidiana.

—Cuidado, Vegeta, no querrás volver a tu pequeña humana todo magullado, ¿verdad?

Vegeta se quedó inmóvil bajo el ataque de las palabras de Zabón. No era el tono agudo de la amenaza lo que lo heló, era el hecho de que sabía que Bulma era humana.

Él alzó la cabeza y su mirada inescrutable vagó sobre los rasgos del hombre jovial. Zabón vio la tensión de Vegeta y su sonrisa burlona creció, su satisfacción por atormentarlo no tenía límites.

—Oh sí, lo sé, yo soy el que la torturó después de todo.

La piel a lo largo de la espalda de Vegeta se tensó ante esas palabras. Sabía que Zabón fue el que torturó a Bulma, pero era algo que sacó de la mente. El estrés de mentiras en la sala de entrevistas con King Cold y la casi interminable sesión de sexo desenfrenado la noche anterior lo habían agotado. Se negó a admitir que la razón por la que lo empujó de su mente era porque el pensamiento le traía dolor físico real, un dolor donde su corazón debería estar, un estremecimiento en su alma muerta. Era algo que no podía evitar y, peor aún, no podía ser detenido.

—¿Con quién más has estado compartiendo tus cuentos sórdidos, Zabón?

La voz de Vegeta era una suave y aterciopelada amenaza apenas disimulada por la falta de sinceridad. Se acordó de cuan cerca Zabón estuvo parado al lado de Cooler, cuan fácilmente habían conspirado. Él conocía el secreto mejor guardado de Vegeta, pero a cambio le reveló el suyo. Zabón estaba en la cama con Cooler. Si era o no figurativo, él traicionaba a Frízer con su propio hermano.

—Con nadie hasta el momento, es que no puedo encontrar las palabras. —Zabón agitó la mano haciendo movimientos femeninos, no obstante, sus ojos brillaron con un odio tan oscuro que incluso Vegeta quedó un poco afectado.

El estómago se le hundió. El chantaje era otra menos que honorable práctica con la que estaba íntimamente familiarizado. Había formado parte de su existencia, aunque rara vez lo chantajearon en persona. Se lo debía por entero a la vida austera que llevaba. Nunca se colocó en una posición de tener algo que no quisiera que le quitaran.

Aprendió del error que cometió cuando era un niño. Dejó que Frízer lo manipulara por el bienestar de su padre y aceptó que lo convirtiera en un demonio monstruoso que no podría ser redimido. Todo por amor a él y, una vez que se fue, nunca volvió a amar. No se permitió a si mismo ser tan vulnerable, hasta ahora.

—¿Qué quieres, Zabón? —Vegeta jamás había visto la ventaja de danzar al compás de otra persona. Contundente y al punto era la forma en que le gustaban todos sus tratos.

—Oh, todavía no lo he decidido. Supongo que simplemente tendré una ventaja sobre ti en el futuro. —La sonrisa de Zabón era empalagosa y su voz almibarada amenazó con ahogarlo vivo.

Vegeta hizo una mueca de disgusto. Zabón se reservaba el derecho de imponerse en el futuro. Usando la información sobre Bulma contra él, sería capaz de obligar al príncipe a hacer su voluntad, cuan horrible y demoniaco esto pudiera ser.

—El señor Frízer va a poner tu piel verde de alfombra cuando se entere de que lo estás traicionando con su hermano descerebrado. —Vegeta escupió en respuesta usando su propia ventaja contra el anfibio.

Zabon rio y sus joyas preciosas tintinearon al rozarse entre sí mientras caían sobre su piel desnuda.

—Tal vez, pero ¿quién va a decírselo?, ¿tú? —Zabón se rio de nuevo, alejándose del príncipe derrotado.

Vegeta mantuvo su intensa consternación oculta al mismo tiempo que condenaba su pasado. La rivalidad entre los dos no era ningún secreto. Cuando se trataba de intrigas y manipulaciones, él era mucho más hábil que Vegeta y por años lo había hecho quedar como un tonto. Tan hábiles eran estas que resultaba casi imposible decir nada en contra del anfibio por temor a que lo saquen del lugar a fuerza de risas.

—Recuerda que tienes que asistir a una fiesta esta noche. Y no te olvides de tu humana, Frízer está ansioso por conocerla. —Zabón se alejó balanceando su cuerpo musculoso seductoramente al son de alguna música enigmática.

Vegeta rugió en voz baja mientras caminaba fuera del comedor olvidando el desayuno. Irrumpió en su recámara sorprendiendo a Bulma que estaba reclinada sobre el lecho, todavía tratando de despertar. Ignorándola, accedió a su trasmisor de video en la pared.

—¿Qué está pasando, Vegeta?, ¿qué haces? —Bulma se aproximó por detrás para mirar por encima de su hombro, sin esperar una respuesta.

Desde su punto de vista, parecía que él revisaba su correo electrónico. Curvó los labios por la explicación completamente humana de sus actividades alienígenas. Miró más de cerca y su sonrisa se atenuó cuando se dio cuenta de que estaba leyendo algo que no podía entender. Ella había resuelto el problema de la barrera idiomática, pero todavía no conseguía leer alienígena. Ese era un defecto que debía corregir.

Vegeta comenzó a murmurar en voz baja furioso y Bulma casi deseó no haber inventado el traductor. El lenguaje vulgar casi la hizo ruborizarse. Ella dio un paso atrás, su instinto percibía que él necesitaba su espacio, sin embargo, levantó una ceja finamente arqueada.

—Malas noticias, ¿eh?

Vegeta se cruzó de brazos y frunció el ceño.

—Tengo que ir a una fiesta.

Bulma no pudo evitar sonreír. No había nada en el mundo que amara más que una fiesta. Bueno, tal vez eso no era cierto. Lo que ella en verdad amaba era comprar el vestido perfecto para dicha fiesta.

—¡Oh, no! ¡No una fiesta! ¿Qué vas a hacer? —Ella se burló.

Vegeta le lanzó una mirada enojada.

—Cierra tu maldita boca, tonta.

Bulma puso los ojos en blanco, sabía que no debía corregir su comportamiento grosero. Era mejor que abusara de ella verbalmente a que por ejemplo... la asesine.

Se estremeció cuando el pensamiento la dejó helada. ¿Todavía creía que Vegeta en algún momento la asesinaría?, ¿aún pensaba que era capaz? Lo observó mientras él se paraba en la puerta mirándola con arrogancia y notó como un aura de maldad se filtraba por todos los poros de su cuerpo.

Sí, ella todavía pensaba que era capaz de matar. De eso no tenía ninguna duda, pero todos los días que permanecieron juntos, todas las noches que él le acariciaba el cuerpo con reverencia en la oscuridad, lo que menos creía era que fuera a matarla. Tal vez aún lo haría si dejaba de serle útil y cuando llegara ese día, se encontraría con él sin vacilar. Ocultaría el dolor en su corazón y moriría de un modo valiente, incluso eso lo haría sentirse orgulloso de su coraje.

No es que ella lo quisiera. De hecho, estaba absolutamente en contra de morir.

Vegeta la miró con los labios apretados en una línea recta. La mujer era un problema constante para él. No se atrevía a llevarla en público por temor a que alguien lo desafiara por ella y ahora con el decreto de Zabón, no podía mantenerla encerrada.

Su correo personal incluía una demanda de que asistieran a la gala de esta noche que celebraba la victoria de Frízer sobre los infieles. La orden vino de King Cold, quien daba la fiesta en honor a su hijo. Nadie había visto o escuchado de Frízer desde su extensa cirugía, lo cual era algo que Vegeta encontraba muy cuestionable. Incluso si Frízer necesitaba tiempo para sanar sus heridas, eso nunca le hubiera impedido alardear con todo aquel que lo pudiera oír sobre cómo derrotó a quienes se atrevieron a menoscabar su autoridad. En condiciones normales, Frízer estaría agitando su superioridad bajo las narices de todo el mundo, recordándoles que él era el ser más poderoso en el universo, alguien totalmente invencible. Sin embargo, no se le podía hallar por ningún lado. La fiesta de esta noche sería la primera vez que saldría de sus aposentos.

—¿Por qué estás tan exaltado? —Bulma se acercó a su príncipe con los ojos brillando de preocupación. Si él continuaba frunciendo el ceño todo el tiempo, las líneas en su frente se cortarían directo en su cerebro como navajas de afeitar.

Vegeta estaba a punto de decirle que se ocupe de sus propios asuntos, cuando una pequeña voz le recordó que ella necesitaba saberlo para que pudiera protegerse de forma adecuada. Incluso si Bulma no podía competir en lo físico con los otros guerreros de la nave, tal vez podría intentar utilizar su cerebro supuestamente genio por una vez y evitar situaciones que la pusieran en problemas.

—Zabón está conspirando contra Frízer con Cooler.

—¿Zabón? —preguntó ella.

—Es ese pedazo de mierda verde que... te interrogó. —No quería hablar de su tortura. Por alguna razón, el solo pensamiento lo ponía muy enojado.

—Ah. —Ella hizo una pausa para pensar por un minuto—. Y Cooler es el hermano de Frízer, ¿verdad? ¿Ellos no se llevan bien?

—No, Cooler está celoso de Frízer. Constantemente está tratando de encontrar una debilidad que explotar. Ahora, parece que se ha asociado a Zabón para tratar de usurparle a su hermano en desgracia el favor de King Cold. —Vegeta giró la cabeza hacia atrás en un intento de soltar los músculos tensos de su cuello. Bulma tragó saliva ante el brillo de bronce de la piel que él le reveló.

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó ella en un tono inocente para enmascarar su repentina oleada de deseo.

La cabeza de Vegeta se inclinó hacia adelante y una oscura mirada de avidez se reflejó en sus ojos. A ella se le ruborizaron las mejillas, tarde recordó que él podía oler su excitación a través de la habitación.

—Porque Frízer no sabe que eres humana. Zabón obviamente coaccionó esa información de ti, pero él no la ha compartido con su amo.

—Quizá porque no piensa que sea importante. —Bulma se encogió de hombros, apenas notaba el peligro de la situación.

—Oh, él lo sabe. Solo está esperando el momento adecuado para utilizarla. Si revela que eres humana, entonces mi lealtad será puesta en duda. Ellos supondrán que yo estaba en colusión con los humanos en Namekusei. Como si fuera a unir fuerzas con los cerebros de mierda de tus amigos o con un chiflado saiyayín que aspiraba volverse humano. —Vegeta murmuró la última parte para sí mismo, claramente enojado por la percibida deserción de Gokú de la raza saiyayín.

Bulma ignoró su aversión gratuita hacia sus amigos decidiendo mantener la conversación por buen camino.

—¿Por qué iban a pensar eso?

—Si estaba preso como dije, entonces querrán saber por qué no estás muerta y por qué tu planeta no está en ruinas. Por alguna razón, no creo que comprendan cuan astuta eres. —Se detuvo mirándola con unos penetrantes ojos negros—. Yo, yo mismo apenas puedo comprenderlo. Alguien tan simple como una débil mujer y sin embargo te las arreglaste para sobrevivir todo este tiempo manteniendo a tu planeta intacto.

La voz era como hielo deslizándose sobre su piel caliente, enfriándola hasta los huesos, aunque a la vez extrañamente placentera. Ella pensó que se había olvidado de cómo lo engañó hace tanto tiempo atrás en su oscuro laboratorio que él destruyó de rabia, pero no lo hizo.

—¿No les dijiste que estuviste atrapado en la Tierra todo este tiempo?, ¿no lo han descubierto por sí mismos? —Bulma lo evitó lanzando los ojos lejos de su intensa mirada.

Vegeta avanzó hacia ella en el lapso de lo que dura un suspiro.

—No. Por alguna descabellada razón, no les dije que estuve en la Tierra durante todo este tiempo. Todo lo que saben es que podría haber estado a mitad de camino del universo en alguna celda con piso de tierra. De hecho, les mentí y juro que por más que lo intento no tengo idea de por qué lo hice.

Bulma tragó saliva y pequeños escalofríos de sudor estallaron en su cuerpo.

—Me estabas protegiendo. —Fue una declaración que sonaba más como una pregunta a los oídos de él.

Vegeta bajó la cabeza en un pequeño reconocimiento nada más, pero la gravedad de la situación la golpeó como un camión Mac. Él le había mentido a su amo y puso su vida en peligro para mantenerla a salvo. Estaba arriesgando todo por ella, una débil mujer, según sus propias palabras. La pregunta anterior de que si Vegeta aún sería capaz de matarla se respondió por sí misma. Si se atrevió a poner su vida en peligro por ella, entonces él nunca levantaría una mano para matarla.

—¿Cómo podría esa información ser de valor para Zabón? —En otras palabras, ¿exactamente cómo podía utilizarla para hacer daño?

—No se trata de cuan útil es para él, sino de cuán útil es para alguien más. —La voz de Vegeta se endureció. Estaba siendo chantajeado, el cuando y donde aún no se le revelaba, pero seguía ahí, colgando sobre él como una nube negra. No había nada que odiara más que ser vulnerable. Cerró las manos en puños y sintió la necesidad de arremeter contra la primera cosa a su alcance—. Por supuesto, tú has llevado una vida protegida y no tienes ni idea acerca de conspiraciones secretas y traficantes de chismes.

—Oh, quien sabe —respondió Bulma con ligereza—. Después de todo, fui a la secundaria.

Brevemente, añadió en silencio para sí misma. Cuando tenía dieciséis años le rogó a su padre que la dejara ir a pesar de que era una graduada de la universidad dos veces. Había querido experimentar la vida de una adolescente normal, con sus actividades cotidianas usuales. En lugar de eso encontró un semillero de mentirosos maliciosos, deportistas egoístas y pandillas crueles empeñados en verla miserable. Después de unas semanas dejó la escuela atrás y se embarcó en la búsqueda de las esferas del dragón. Recordaba demasiado bien cuanto quería un amigo, tan desesperada se sentía que estaba dispuesta a usar la magia para conseguir uno.

La actitud indiferente de Bulma sobre su situación enfureció a Vegeta porque no entendía que se hallaban en peligro. Él podría sobrevivir ya que tenía la fuerza tanto mental como física para sufrir cualquier castigo que Frízer amontonara sobre su cabeza, en cambio, Bulma no sería tan afortunada. Si el destino la amara, moriría al instante, pero si no... entonces podría demorar semanas antes de ser puesta fuera de su miseria.

—Vístete —espetó él.

Bulma saltó, no estaba preparada para el puro veneno en su voz.

—¿Por qué, vamos a desayunar? —El estómago de Bulma retumbó en voz alta ante el pensamiento.

Vegeta sintió ganas castigarla por recordarle que se olvidó de traer de vuelta la comida que deliberadamente fue a buscar en primer lugar.

—No.

—Pero tengo hambre. —Tan pronto como las palabras salieron, Bulma quiso empujarlas de vuelta. No había manera de que quisiera ir por ese camino en particular de nuevo.

—Mala suerte. Estas demasiado gorda de todos modos.

—¡No lo estoy! —chilló indignada y sus mejillas enrojecieron de mortificación.

Ella tenía razón por supuesto, no lo estaba, pero a él le gustaba mirarla cuando se enfadaba. Sus ojos destellaban de pasión y sus pechos se hinchaban. Era casi tan bueno como el sexo. Vegeta le dio una amplia sonrisa y Bulma se dio cuenta tardíamente de que la había hecho morder el anzuelo. Él caminó hacia ella, casi sin darle aviso antes de abalanzarse.

Dos horas más tarde salían de la recámara, Bulma sin aliento y enrojecida, Vegeta implacable como siempre. Lo siguió mientras caminaba por el pasillo. Él no miró ni a la izquierda ni a la derecha, no obstante, ella sabía que estaba al tanto de todo lo que le rodeaba. Corrió detrás de él tan rápido como pudo, renuente a ser dejada atrás, pero percibía que no volvería a dejarla, ni siquiera accidentalmente. Aunque se hallaba de espaldas a ella, Bulma no tenía ninguna duda de que él conocía cada pequeña expresión que pasaba sobre sus rasgos.

La condujo por un laberinto de brillantes pasillos de metal y ascensores atestados hasta el borde mismo de la nave. A través de una hilera de ventanas llenas de estrellas, Bulma pudo ver un anillo de metal que flotaba alrededor del vientre hinchado de la nave. Con rapidez conjeturó que se mantenía en su sitio por un campo gravitatorio. Parecía lo suficientemente grande como para albergar varias cubiertas adicionales, pero lo que en verdad era, ella no tenía ni idea.

Vegeta se dirigió hasta una pared que tenía círculos de color naranja pintados en los paneles.

—Coloca tus manos aquí. —Él se refería a los círculos.

—¿Por qué? —preguntó Bulma con curiosidad.

Vegeta agarró sus manos bruscamente en respuesta y las colocó donde ordenó.

—Quieta, no te muevas —gruñó él.

Bulma obedeció mientras observaba la pared para averiguar lo que hacía. Esta estaba pintada de blanco sobre el metal y parecía a punto de agrietarse. En un momento miraba el pobre trabajo de pintura y al siguiente giraba en una piscina negra. Fue tan de repente que ella sintió nauseas y su cuerpo cayó al suelo. Vegeta apareció a su lado ileso y la puso de pie.

Bulma contuvo el estómago por miedo a perder la cena de la noche anterior, cuando contempló hacia atrás con desconfianza a la pared. Se dio cuenta de que estaban en una parte diferente de la nave ahora, probablemente en el anillo que había visto flotando fuera de la ventana.

—¿Qué... —comenzó Bulma, pero sus palabras fueron desapareciendo. Vegeta vio la gran cantidad de expresiones que cruzaron por su rostro. Era fascinante para él observarla pensar, podía decir el momento en que comprendió lo que había sucedido, incluso sin una explicación suya. Ella de verdad era una genio.

—¡Teletransportación instantánea! —Bulma abrió la boca con asombro. Ella tiro del agarre de él sobre su brazo en un intento de dar la vuelta para examinar la fascinante tecnología.

—Más tarde. —Vegeta no la dejó soltarse, sino que siguió arrastrándola por los pasillos. Ella hizo un puchero de decepción, pero no discutió, ya tenía planes para crackear el panel de información en su recámara. Estaba segura de que podría utilizar eso para conseguir el acceso a los sistemas y archivos de la nave, incluso a sus más altos secretos. Tal vez hasta sería capaz de enseñarse a sí misma el lenguaje común aquí.

Los vestíbulos comenzaron a estrecharse y el tráfico a hacerse más pesado. Vegeta tiró de ella hacia el nivel externo donde se encontraban las tiendas más prestigiosas. En lugar de mezclarse con la multitud en el camino más ancho, ellos viraron para entrar a un callejón de metal entre dos tiendas. Se detuvo justo antes de la salida, con el rostro todavía envuelto en las sombras mientras ella miraba alrededor de su hombro boquiabierta.

Bulma era una criatura acostumbrada a las cosas buenas de la vida. Nació entre las mejores sábanas de satén con bordes de oro y su cuna fue hecha de perlas. Pasó todos sus años comprando en las más ricas, las más fabulosas tiendas que el mundo tenía para ofrecer y a cambio aprendió que la verdadera pretensión era la calidad. No había dudas en su mente que ella miraba a un grupo de esas tiendas en este momento. Ambos hacían frente a una hilera de ventanas que estaban decoradas con estrellas que pasaban zumbando sobre la noche más oscura, solo unas pocas personas entraban y salían... lo mejor de lo mejor... la élite.

Vegeta se volvió hacia ella, su rostro era oscuro, pero dolido de una manera que le hizo a Bulma daño en el corazón por alguna razón desconocida. Ella levantó la mano para llegar a él, sin embargo, sus hombros tensos le dijeron que no quería confort. Con el rostro sombrío y la boca endurecida metió la mano en su armadura y sacó un disco de cristal fino.

—Toma esto y consigue lo que necesitas.

Bulma bajó la mirada hacia el credichip, luego de vuelta a la costosa hilera llena de tiendas y líneas de confusión le arrugaron la frente.

—¿Estás seguro? —le consultó ella con escepticismo. Su mente se preguntó de nuevo por sus numerosos y casi mortales argumentos sobre el dinero en el pasado. Una sonrisa irónica le curvó los labios cuando llegó a la conclusión de que la mayoría de las relaciones se rompían bajo la presión de las finanzas. El dinero no puede hacer girar al mundo, pero hace el viaje menos accidentado.

Vegeta leyó la preocupación en sus ojos y se dio cuenta de lo que estaba pensando. Sabía que no debía estar molesto por su insinuación de que él no tenía dinero, sobre todo después del viaje hasta aquí, pero no pudo evitar hinchar su pecho con orgullo mientras señalaba el chip.

—Tengo más que suficiente dinero para satisfacer todos tus caprichos. Podría llenar toda esta nave con oro y gemas si fuera de tu agrado. —Él se inclinó más cerca de ella para sonreírle con malicia—. Y yo nunca te daría joyas falsas, mi perra.

Algo oscuro, pecaminoso y excitante se extendió por Bulma y se instaló en la parte más profunda de su ser. Esto se retorció en su interior, deslizándose dentro de todo lo que en ella era malvado y primario. Nunca se habría imaginado que él iba a hacer tal declaración, que presumiría no solo de su dinero, sino de todo lo que le daría. La hembra pura en su interior se agitó con deleite. Ante ella había un hombre orgulloso, guapo y lo suficientemente fuerte para proteger lo que era suyo, con el dinero necesario para llenarla de lujos. Bulma ya podría ser la mujer más rica del planeta Tierra, sin embargo, no se perdía nada con tener un amante que era aún más rico.

Lo mejor de su declaración era que estaba segura de que ni siquiera se dio cuenta de lo que le dijo. Como un auténtico macho había extendido sus plumas de colores brillantes en un esfuerzo por cortejarla. Desde luego, no iba a bailar y él nunca le preguntaría, pero quería mostrarle a su modo que tenía la intención de ser su hombre, para bien o para mal.

Una suave sonrisa se formó en sus labios ante la impresionante curva maliciosa en los de Vegeta. Ella colocó una palma en su mejilla, asombrándose por la sensación de seda. En todo su tiempo juntos nunca lo había visto afeitarse y se quedó preguntando si los machos saiyayíns no producían ningún cabello a excepción de la cola y la cabeza.

Ella se acercó más para colocar sus labios suavemente contra los de él. No abrió la boca ni utilizó la lengua, sino que permaneció inmóvil, disfrutando de la sensación del roce. Vegeta se quedó aturdido mientras absorbía su contacto antes de que la parte primitiva de su cerebro lo instara a tomar medidas. Él envolvió sus musculosos brazos alrededor su estrecha cintura, tiró de ella contra su pecho y unió su cuerpo al suyo.

Sus labios se movieron sobre los de ella y la devoraron con avidez. Al no poder quedarse calmado bajo su tacto, deslizó la lengua en su boca, buscando la fuente de su atracción, la razón de su locura. Él quería abrirle la piel y meterse dentro, extinguirse con su sangre y lamer sus huesos. Por algún motivo se había contenido de ella en la última etapa del viaje. Tal vez era porque sabía que no podía mantenerla, que le sería arrancada antes de que pudiera poseerla por completo, por lo que refrenó su pasión encerrándose en hielo.

Pero ahora su presencia parecía más real. Desde que la salvó del Agujero ganó un sentimiento omnipotente de posesividad. La había guardado de Frízer, ya nadie se la arrebataría jamás y sería suya para siempre. Su propiedad, marcada con su aroma.

De manera abrupta la dejó ir, consciente de donde se encontraban y de que no podía dejarse afectar por sus impulsos más salvajes. La vio y sonrió con superioridad ante la mirada de sorprendido desconcierto y el color enrojecido que le adornaban las mejillas, orgulloso por lo fácil que ella se perdía bajo su contacto. Era tan tentadora que temía que sería incapaz de controlarse mientras estaban en público y eso era totalmente inaceptable.

Lo que tenía que hacer era alejarse de ella. No podía dejarla sola por temor a que fuera molestada, pero Bulma no necesitaba saber eso. La protegería desde lejos y ella ni siquiera se enteraría.

Sin decir una palabra, giró para alejarse caminando, dejándola sola en el callejón.

—¿A dónde vas? —Bulma lo alcanzó casi presa del pánico. Vegeta se volvió, aunque no se movió hacia ella. Debido a eso el orgullo la mantuvo inmóvil.

Vegeta fácilmente leyó su inquietud, ya que él mismo logró infundirle el miedo en primer lugar. Ella no quería estar sola y él detestaba dejarla, pero no podía ser evitado. No lograría mantenerse firme estando en su presencia mucho más tiempo.

—No te harán daño aquí. —Esas palabras fueron fieles a su mejor punto. Se había corrido la voz de que la mujer de cabello azul era la concubina del príncipe Vegeta y su posesividad era ya legendaria. Para un hombre que se mostraba frío, sin emociones hacia el sexo débil y que de pronto pasara a matar con crueldad a dos soldados por ella, causó un gran revuelo. Ahora todos, desde las fuerzas especiales Ginyu hasta el esclavo más humilde, sabían de su unión.

Nadie de menor rango se arriesgaría a tocarla y si alguien con mayor poder la deseaba, era poco lo que Vegeta podía hacer. Si ella era capturada por segunda vez, no habría forma de recuperarla, pero eso no significaba que se atrevería a dejarla.

Tal vez ese era el origen de su casi instinto depredador por saborearla. No que él finalmente pudo llamarla suya y poseerla, sino porque estaba en tal peligro de serle arrebatada. Ella lo había dejado hecho un lío, con el cuerpo enmarañado y la mente al revés. No podía pensar de forma racional. Por una vez, no conseguía adivinar el futuro y manipularlo a su voluntad. No tenía idea de lo que los siguientes días le tenían reservado y no había manera de estar preparado.

—Pero... —La voz de Bulma se apagó en un temblor, el miedo era evidente en cada sombra de sus ojos azules.

Vegeta sabía que necesitaba consuelo, aun así, no podía decirle el motivo de su salida. Bulma estaba al tanto de muchas cosas, pero su falta de control cuando ella se encontraba a su alrededor no era una de estas. Tan suave como un gato de la selva, Vegeta avanzó hacia ella y sin esfuerzo la sujetó a la pared para mirarla a los ojos.

—Aún no lo entiendes, ¿verdad? Hay élites y esta basura mestiza. —Él agitó una mano hacia la calle, haciendo un gesto despectivo a la multitud que pasaba—. Yo soy un élite.

La gente que caminaba de un lado al otro de las tiendas le parecían élite a ella. Aunque tal vez hablaba de la fuerza física y no de la riqueza.

Vegeta tanto la irritaba como la divertía. Ella había nacido en cuna de oro y a pesar de eso, sus padres no se olvidaron de enseñarle un cierto nivel de humildad y caridad. A los ojos de otra persona, Bulma podía haber nacido superior, pero ella no se vería a sí misma como tal.

—Bueno, esa es una actitud muy egoísta —bromeó ella y su miedo se derritió bajo la intensa conciencia de su calor animal.

Los labios de Vegeta se curvaron en las esquinas y la maldad brilló en sus ojos. Bulma sintió que su vientre caía y que se le erizaba la piel. Él levantó la mano de la pared y la extendió lejos de su cuerpo hacia la multitud. Sus ojos negros no se apartaron de ella, su rostro era implacable y mortal.

—¿Debo hacerlos explotar para ti?, ¿eso te haría sentir más segura?

—Yo... —Bulma quería protestar, pero se sentía completamente sorprendida por Vegeta. Ella esperaba que él explosionara a la gente, de hecho, estaba bastante segura de que se pondría de mal humor si no pudiera hacerlo de manera habitual y, aun así, nunca habría esperado que se ofreciera a hacerlo en su nombre. Tan horrible como era, eso también calentó algo en su interior. Su príncipe estaba lleno de sorpresas el día de hoy.

Vegeta bajó el brazo y su sonrisa de autosuficiencia creció a una plena de autosatisfacción.

—Eres mía. Ninguna de la basura que hay por ahí se atrevería a tocarte. —Los ojos de Vegeta se oscurecieron y sus labios se fundieron en una línea dura—. Hay pocos más fuerte que yo, Bulma. Si vienen por ti, no hay nada que yo pueda hacer para detenerlos, ya sea aquí o en nuestro cuarto.

Escalofríos bajaron por la columna vertebral de Bulma y apenas pudo soportar la expresión de derrota oculta en los ojos de Vegeta. Si alguien más lo miraba, habría visto fría indiferencia, pero ella podía ver el dolor dentro de él llamándola, empujándola a aliviarlo, a extraer el veneno de su alma. Ella colocó una pequeña mano sobre su corazón y sintió los rítmicos latidos que le hablaban de su vida.

—Eso no va a suceder. No van a venir por nosotros. Me niego a creer que lo harán. —Llenó sus palabras con falsa sinceridad, pero era fácil ver por qué lo hacía.

Vegeta suspiró, incrédulo de que ella todavía hubiera logrado mantener su frágil inocencia, incluso después de todo lo que había visto. En silencio admitió para sí mismo que ese singular carácter era lo que le atraía de ella.

—El mundo no está pintado en grises culpables o azules poco profundos. Es blanco y negro. Poder y debilidad.

Bulma reconocía una batalla perdida cuando la veía, así que forzó una sonrisa brillante y agitó el credichip en el rostro de Vegeta, aparentando una victoria.

—Espero que estés dispuesto a gastar una considerable fortuna. Me he pavoneado en el mismo par de pantalones por suficiente tiempo, caballero. —Su sonrisa se hizo más grande mientras dirigía la conversación hacia aguas más cómodas—. Tal vez si tienes suerte, te lo pagaré algún día.

—Ya te lo dije, tengo más que suficiente. No soy tan pobre como para exigir la devolución —respondió él arisco, divertido por el placer que ella tomaba en gastar su dinero, pero herido por la oferta de devolvérselo.

—Entonces es que tú no lo entiendes. Hay cosas más valiosas en este universo que las piedras preciosas. Y cuando digo que te pagaré, no me refiero al dinero. Algún día me vas a necesitar y voy a estar allí.

Las palabras eran intensas y su mirada llena de promesas difíciles. Él se inclinó para rozar su nariz contra la de ella y sus ojos bailaron con alegría mal disimulada.

—No necesito a nadie, mujer. Ahora ve, antes de que apeste a cursilería toda la nave. —La sacó de la pared, la empujó hacia la calle y le dio una rápida palmadita en las nalgas para que se dé prisa en su camino. Ella saltó antes de lanzar una mirada mordaz sobre su hombro, pero él ya se había ido, ni siquiera su sombra permaneció.