Nota de la Traductora: Este capítulo contiene limones, lo subí sin censura a AO3 con el nick chicamarioneta, el link es: http(:/)archiveofourown,org/works/10232507/chapters/22701791 (retiren los paréntesis y cambien la coma por punto).
Si hay algún problema para ver el archivo por favor escríbanme haciéndomelo saber para ver como solucionarlo.
Nota de Tempestt: ADVERTENCIA: ¡Un limón! Por favor, da marcha atrás si te ofendes fácilmente. No Barb, eso no te implica.
Gracias a Barb por prestarme sus habilidades beta.
Capítulo veinticuatro
Regalo de sangre
He sido derrotado.
Frízer se miró en el espejo oval de cuerpo entero. Una placa de metal cromado en su cabeza brillaba bajo la blanca luz árida. Dobló los dedos de sus pies y aun así no pudo sentir la suntuosidad de la alfombra, solo la sensación táctil de que algo estaba allí.
Sus ojos se dirigieron al reflejo de sus piernas, pero todo lo que pudo ver fue el destello del metal en las ranuras y las tuercas de la maquinaria. El cromo se arrastraba desde sus piernas, le tragaba la mitad del pecho y devoraba la mayor parte de su cabeza. Solo su rostro permanecía intacto. Carmesí en blanco, diabólica coexistencia inocente, sin embargo, no era suficiente. No era él.
—Luces apagadas.
Incluso en la penumbra de la habitación, Frízer todavía podía ver la oscuridad del acero en lugar del habitual extremadamente blanco color de su piel. Eso lo disgustaba, lo hacía enfermar. Sus sentidos se hallaban embotados, pero sus emociones estaban afiladísimas y cortaban el tejido blando de su cerebro.
Había perdido.
Había perdido ante un sucio mono inmundo, ante un bastardo de la misma raza que aniquiló hace casi veinte años por esa misma razón. Porque tenía miedo de ser derrotado por un saiyayín que se hiciera demasiado poderoso para someterse a su mandato. Y lo peor de todo era que perdió ante un huérfano que no tenía ni idea del valor por lo que luchaba.
Frízer, tambaleándose, se alejó del espejo; apenas era capaz de comprender el peso de sus pensamientos y mucho menos de sus emociones.
El brillante señor del universo perdió la batalla frente a un enemigo más poderoso. Un enemigo que era justo y bueno, el epítome de lo que él no era: un guerrero del pueblo, un soldado del bien, un hijo de la luz. Un enemigo invencible acechaba en lo más recóndito del espacio y nadie lo sabía salvo él. Ni su padre, ni su hermano, ni siquiera sus guardias de élite que lo acompañaron a Namekusei. Nadie conocía la verdad.
Todos suponían que ganó, que había sido una magnífica batalla que hizo añicos a un plantea, a la cual sobrevivió y de la que salió victorioso. Ninguna otra conclusión era factible, ninguna otra respuesta imaginable. Nadie osó pensar que falló y él no se atrevió a susurrar una palabra de ello para que sus hombres no le cayeran encima como lobos hambrientos y su familia no lo repudiara por ser un debilucho.
Ni siquiera sabía si disponía de la suficiente fuerza en su cuerpo fabricado para defender su trono. Había perdido más que una simple pelea. Había perdido su confianza, su superioridad, su propio ser.
Y ahora tenía que salir por la puerta, liberarse de su exilio autoimpuesto y asistir a su fiesta de la victoria. Una victoria que no era la suya para vivir una mentira que no era su creación.
Vegeta estaba esperando a Bulma cuando ella irrumpió en la recámara. Él se inclinó con un aire despreocupado contra el marco de la puerta que conducía al dormitorio, mientras, la observaba luchar por meter todos los paquetes en el interior.
—¿Eso es todo? —preguntó él.
La había visto comprar: la cruda anticipación de gastar el dinero en cosas bellas, el ligero enfriamiento de su sangre al pasar junto a las tiendas caras, el ceño fruncido entre sus ojos mientras bajaba la mirada hacia el credichip. Nunca antes fue testigo de una guerra entre la codicia y la integridad. Siempre, todos actuaban por sus propios intereses, sin jamás cuestionar el resultado de sus acciones y como estas podrían herir a los demás. Solo su ángel inocente conocía el significado de la integridad. El alarde de gastar el dinero se derritió rápidamente bajo el calor de su conciencia y en lugar de eso, ella compró solo lo esencial.
Vegeta echó un ojo al gran número de bolsas y cajas que la rodeaban en la sala brotando como hierba fresca en un día de primavera. Por supuesto, los elementos esenciales para su hermoso ángel pasaban a ser un poco más de lo que él estaba acostumbrado.
La cabeza de Bulma se disparó ante las palabras y estrechó los ojos.
—Mira, no me dijiste que comprar así que traje lo básico. Una chica necesita más de un par de pantalones, ya sabes —resopló ella, segura de que él iba a castigarla por gastar demasiado de su dinero. Por primera vez en su vida se había preocupado por la cantidad que iba a emplear. En realidad no tenía ni idea de en qué forma se encontraban las finanzas de Vegeta. Por lo que sabía, él podía haber estado jactándose por algún extraño sentido del ego masculino. Ella decidió no poner a prueba su suerte y se resolvió por las cosas que en verdad necesitaba. Pero dado que entró al espacio con las manos vacías, necesitaba bastante.
Vegeta puso los ojos en blanco, convencido de que vivía con una imbécil.
—Es mejor que hayas conseguido algo para la fiesta.
Bulma le sonrió desde sus paquetes y la satisfacción se mostró en sus labios perfectamente curvados.
—Por supuesto que lo hice. Es hermoso, la costurera me aseguró que es único en su clase. Un bojorie... sea lo que sea. Por qué solo mirar...
Vegeta la interrumpió antes de que pudiera terminar. La última cosa que deseaba era una lección de diseño de modas.
—¿Por qué lo hiciste? Yo no dije que ibas a la fiesta —espetó él.
La mandíbula de Bulma cayó y el desconcierto se escribió en sus ojos azul oscuro.
—Pero acabas de decir...
—Lo que sea. Date prisa y vístete, tienes veinte minutos.
La boca de Bulma se cerró de golpe con un click audible de sus dientes.
—Haces ese tipo de cosas para enfurecerme, no es cierto —siseó ella.
Vegeta entrecerró los ojos y se inclinó hacia adelante amenazadoramente.
—Veinte minutos.
—No puedo estar lista en veinte minutos, Vegeta. No se puede pulir un diamante en tan poco tiempo. —Bulma tomó los paquetes y con pasos fuertes se dirigió al baño. Hubo un momento incómodo cuando se dio cuenta de que él estaba bloqueando la entrada del dormitorio.
Vegeta se movió a un lado y le susurró al oído mientras pasaba.
—No se necesita tanto tiempo, diría yo, para pulir algo que ya brilla.
Escalofríos recorrieron a Bulma de arriba a abajo hormigueando sus sentidos. Hizo una pausa para mirar hacia atrás por encima del hombro, pero él ya había desaparecido en la sala de estar. Ella se dirigió al cuarto de baño, la felicidad vertiginosa le aligeraba los pasos.
Cuando desapareció detrás de la puerta, Vegeta se restregó el rostro con la palma de una mano, la confusión y el dolor se dibujaron en el conjunto de sus hombros.
¿Qué le pasaba? Nunca en su vida se comportó de esa manera. De hecho, estaba coqueteando con ella. Se suponía que sería la mujer a la que iba a destrozar y matar. Bulma fue su captora, su verdugo, quien le había robado todos sus sueños de venganza volviéndolos contra él hasta que quedó mareado. Su intención siempre fue follarla, matarla y abandonarla, pero allí se encontraba ella, preparándose en el cuarto de baño para una fiesta. Se había convertido en una parte de él, una parte por la que estaba dispuesto a engañar, mentir y matar. Por primera vez en la vida tenía algo precioso y no iba a dejarlo ir sin una pelea.
Se dirigió al dormitorio y se detuvo ante un armario alto que tenía tres cajones en la parte inferior, luego se agachó para abrir el último y desenterró un montón de ropa hasta que llegó al fondo. Allí, perfectamente doblado, un uniforme color azul oscuro se asentaba, su único traje de etiqueta saiyayín. Frízer no les permitía a sus hombres llevar armaduras, ni siquiera vestirse con estas para las galas. Lo ponía nervioso ver a tantos guerreros en un solo lugar ataviados para la guerra, por lo que decretó que todos ellos usaran trajes de noche elegantes.
En el pasado, Vegeta había ignorado la orden, en lugar de eso aparecía en las fiestas en su traje de entrenamiento o en uniforme militar. Siempre su desobediencia le ganó un castigo, pero esta vez no podía tolerar que eso suceda. No importaba como, no debía permitir ser alejado del lado de Bulma y dejarla abierta a un ataque. Y lo más importante, no la deshonraría escoltándola a la gala en uno de sus sucios trajes de entrenamiento.
Sacó su atuendo de príncipe, algo que no usaba desde que su padre fuera asesinado. Cuando llegó a la madurez, Raditz tomó el traje y mandó a coser uno adaptado al príncipe ya adulto, no obstante, el diseño y los colores seguían siendo los mismos. Al caminar usándolo en la fiesta de Frízer, estaría declarando sin lugar a dudas que estaba tomando su legítimo lugar como el príncipe de los saiyayíns. No existían palabras que pudieran decirlo más alto que la mera acción de vestirse como el príncipe que era.
Veinte minutos más tarde, Bulma salió del cuarto de baño recién pulida y resplandeciendo. Ella no esperaba un halago de Vegeta con palabras, sin embargo, sus ojos le dijeron lo suficiente. Llevaba un vestido color carmesí que brillaba a la luz como una funda de rubíes. El corpiño tenía forma de corazón y se curvaba sobre sus senos antes de descender hasta la parte baja de su esbelta espalda. La falda acampanada modestamente que se decoraba con un delicado encaje estaba adornada con perlas y gemas. Unos largos guantes rojos terminaban en sus codos, disfrazando el hecho de que no llevaba joyas a excepción de una cinta roja que se extendía por su cuello.
Bulma miró a Vegeta por un cumplido silencioso, pero se distrajo cuando lo capturó vestido con su atuendo. Él llevaba botas negras de cuero que terminaban en sus musculosas pantorrillas. Un pantalón negro, suave como la mantequilla, le abrazaba los muslos como una segunda piel y parecía lo suficientemente cómodo para bailar o para la batalla. Sobre eso, traía puesta una guerrera sin mangas color azul crepúsculo que se ceñía sobre sus caderas, con el dobladillo negro bordado llegándole a la mitad de los muslos. Sus brazos de bronce quedaban al descubierto, rodeando cada grueso bíceps había un pesado brazalete de oro y platino, de por lo menos seis centímetros de ancho. En el centro, sus intrincados diseños se anudaban para formar un ojo: un brazalete sostenía un rubí, el otro un zafiro.
—Oh, wow. Vegeta, te ves... —Ella no pudo terminar y tuvo que tragar saliva antes de que se le secara la garganta. Vegeta se encogió de hombros, pero los ojos de Bulma fueron atraídos hacia el centro de su torax. La guerrera con cinturón se interrumpía en la parte delantera, dejando un rastro de piel desnuda que casi le llegaba al ombligo. Allí, entre los músculos pectorales, había un medallón de oro y platino que representa el surgimiento de tres soles del tamaño de un puño descansando sobre su fuerte piel de bronce. Cada sol era una joya diferente: un topacio, un rubí y la última era una brillante joya de color naranja que nunca había visto antes.
Ambas miradas se encontraron y Bulma al instante se sintió hermosa. Había un calor en los ojos de Vegeta que solo podía explicarse por la necesidad y el deseo. Esto los oscureció hasta que centellearon como fuego de obsidiana. Ante eso, la espina dorsal le hormigueó por la anticipación y los pezones se le endurecieron bajo su vestido. Ella se halló perdida en el tiempo cuando Vegeta se le acercó con pasos silenciosos, su presencia parecía divina en intensidad, sus ojos nunca la dejaron, pero el cuerpo de Bulma se sintió arder como si ya la estuviera acariciando en los lugares secretos que la prendía en llamas.
Se detuvo frente a ella a un latido del corazón de distancia, tentándola con su cercanía y torturándola sin su toque. Su poderosa aura ya estaba rodeándola, abrazándola, cuidándola. Él levantó la mano y extendió un solo dedo para trazar la longitud de la cinta carmesí que ella llevaba en el cuello. Sus ojos se oscurecieron hasta que pareció como si las pupilas desaparecieran en un anillo negro.
—No llevas ninguna joya. —Lo dijo con una voz como el terciopelo… suave y atrayente, sin embargo, amenazaba con asfixiarla si esta se acumulaba demasiado.
Ella se detuvo varias veces a mirar los escaparates de las tiendas que vendían joyas deslumbrantes y diamantes resplandecientes, no obstante, siempre se impidió comprarlos. Por alguna razón el dar y recibir joyas se había convertido en algo personal entre ellos. Usó el dinero para comprar costosos vestidos, camisolas de seda y las más satinadas de las cosas íntimas que acariciarían su piel desnuda, pero no pudo decidirse a comprar un solo anillo o collar. Por alguna razón desconocida, le pareció mal.
—A veces la discreta elegancia habla más fuerte que un adorno llamativo.
Los labios de Vegeta se torcieron en una sonrisa irónica, claramente le divertía su declaración inocente, aunque no estaba dispuesto a demostrarlo.
—La simplicidad no te ganará ningún favor en la corte de Frízer, mi ángel.
Avergonzado por el desliz de cariño, apartó la mirada y sacó el brazalete de rubí de su grueso bíceps. Sin decirle nada, lo llevó hacia ella para ponerlo alrededor de su cuello, acomodándolo de tal forma que el rubí se asentó en el centro. El brazalete era tan ancho que casi le cubrió toda la zona desde la parte inferior del mentón hasta las clavículas.
Él dio un paso atrás para admirar el destello de fuego en su cuello que hacía juego con el ardor de sus ojos. Era tan hermosa que le quitaba el aliento, pero no le hacía ningún bien revelárselo. Se alejó, sus ojos trataron de localizar algo en la habitación que lo distrajera.
Al sentir que se retiraba, Bulma lo alcanzó y su mano rozó el otro brazalete. Buscando algo para traerlo de vuelta, le preguntó lo primero que le vino a la mente.
—¿Por qué no coinciden?
Vegeta se volvió con los ojos todavía ocultos bajo la espesa cortina de sus pestañas.
—Coinciden, a su manera.
—Este. —Él levantó la mano hacia el rubí que ella llevaba en el cuello, arrastró los dedos por las bandas de oro y platino solo para deslizarse a la suavidad de su piel a lo largo de su hombro—. Es el símbolo de la sangre de mi pueblo. —Los ojos de Bulma se oscurecieron en un triste entendimiento y los labios de Vegeta esbozaron una ligera sonrisa—. No solo de la sangre derramada en batalla, a la cual mi pueblo rendía culto con reverencia, sino la de mi familia.
Bulma se quedó inmóvil bajo su intensidad. El aire de la habitación se volvió melancólico por la carga de significados ocultos y sus pulmones trabajaron bajo el peso. Lentamente ella levantó sus largos y pálidos dedos para acariciar la joya, el símbolo saiyayín para la familia. La familia de Vegeta.
Él miró hacia otro lado, tan incómodo por la pesadez en el aire como ella.
—Hace mucho tiempo se dijo que una vez que los saiyayíns dejaran de valorar a sus familias, caeríamos. El tiempo pasó y nuestros bebés fueron creados en vientres artificiales, los padres apenas conocían a sus hijos y las mujeres ya no los llevaban en sus senos. No mucho después de eso, Frízer llegó.
El corazón de Bulma se contrajo ante las últimas palabras susurradas por Vegeta. Ella sabía que no era un hombre supersticioso, pero lo dijo como si creyera que una maldición fue lanzada a su raza y que eso los había destruido a todos. Tal vez podía ver el encanto de la misma: reniegas de tu familia y pierdes tu existencia. Eso era claro y conciso, casi comprensible. Más fácil de entender que un tirano destruyera tu planeta por ninguna otra razón mas que el odio.
Se le hizo un nudo en la garganta al recordar de repente algo importante, algo horrible. Cuando ella bajó al planeta purgado aprendió una cosa de Frízer. Que él volvía los planetas polvo y luego les decía a los niños que habían sido destruidos por una lluvia de meteoritos. ¿Vegeta lo sabía?, ¿alguien le dijo alguna vez que Frízer destruyó todo lo que más amaba?
—Vegeta... —Ella lo alcanzó, pero él se dio la vuelta. Cuando abrió la boca para hablar, él la interrumpió con un tono de dolor igual al que llevaba en el alma y ella se quedó en silencio ante su sufrimiento.
—El zafiro representa la línea real saiyayín. El azul es el color de mi Casa, de mi nacimiento. Así que si los llevo juntos representan lo que soy: un guerrero de la realeza saiyayín de la Casa de Vegetasei.
Bulma lo rodeó para plantarse como un objeto inamovible en el camino de Vegeta.
—¿Y esto? —preguntó ella levantando la mano para sostener el medallón que él llevaba en su pecho. Vegeta bajó la mirada y sus ojos descansaron sobre el cúmulo de cabello azul en la cabeza inclinada. Cubrió su mano con la suya y los ojos sorprendidos de Bulma se lanzaron hacia él.
—Son los tres soles de Vegetasei. A pesar de que el planeta ya no existe, los soles permanecen en guardia permanente sobre el cementerio de mi pueblo.
Bulma no logró detener las lágrimas que llenaron sus ojos, agrupándose en las esquinas y que amenazaban con extenderse a sus mejillas; Vegeta no podía apartar la mirada de la angelical visión que ella era. Bulma colocó una palma sobre su mejilla y se elevó en puntillas para besarlo con mucha suavidad. Él apretó sus ojos, frunciendo el ceño como si le doliera. Ella siempre hacia eso para calmarlo. Presionaba suaves besos en sus labios, sin lujuria ni deseo, sin apetencia ni necesidad, simples pequeños besos destinados a transmitirle su amor. Un amor tácito que ninguno de ellos admitía. Y siempre, él se lo permitía. Los recibía acogiendo tanto el dolor de la angustia que traían como la tranquilidad calmante que sofocaban las llamas de la ira en su corazón.
Y siempre, después de que él no podía soportar más de su inocencia, volvía esos besos en algo que conocía, algo que era capaz de comprender y controlar. Profundizó el contacto para convertir el amor en lujuria, tomó el consuelo y lo confinó en una parte de su alma que se negaba a abrirse. La abrazó ignorando su protesta sorda, arrastrando su cuerpo contra él, disfrutando de la sensación de sostener a un ángel convertido en perra.
Por último, Bulma dejó de preocuparse por arruinar su vestido y vivió solo para sentir el calor de la boca de Vegeta. Él la besó con una pasión tan desesperada que siempre la quemaba de adentro hacia afuera. Ella podía sentirlo buscando algo en su interior, explorando por una necesidad inconsciente y se abrió a él en mente y cuerpo, permitiéndole hacerlo.
Vegeta la levantó a escasos centímetros del piso, solo lo suficiente para trasladarla a donde quería. Nunca dejó de besarla, ahogándose voluntariamente en su sabor y aroma. La deseaba tanto que le hería el cuerpo y le causaba dolor en el alma. Estaba desesperado y agonizante. Ella era la única que podía salvarlo, ella era la única que podía rescatarlo del infierno en que vivía.
El cuerpo de Bulma golpeó el borde de la cama. Él la arrojo allí y alzó el decorado carmesí de su falda hasta desnudar sus hermosas piernas. Le arrancó la ropa interior, sin preocuparse si la rompía o no y cayó sobre ella con cuidado, incluso en su frenesí, de no lastimarla. Bulma le dio la bienvenida con los brazos y las piernas abiertas. Ella arqueó la cabeza hacia atrás, condujo sus dedos hacia el cabello de Vegeta y tomó medidas drásticas para montar la tormenta que él producía en ambos.
Vegeta la cubrió de besos, bajando por su boca y la línea de su mandíbula le lamió el brazalete alrededor del cuello rozándole la oreja con el rostro. Su poderosa cola le envolvió un muslo para llevar sus caderas a una posición que lo satisfaga.
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Tenía el miedo abrumador de que si no la tomaba ahora, nunca la tendría otra vez. Que ella desaparecería en un destello de luz y brillo de plumas. Un ángel no podía caer para siempre, en algún momento ella volaría de nuevo al cielo donde pertenecía, dejando a aquellos que quedaban atrás sintiéndose despojados de su presencia.
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Ella cayó debajo de él como una virgen debajo de una daga ensangrentada, como un sacrificio para sus apetitos demoniacos. Él quiso detenerse, contenerse, pero no pudo.
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Cuando él se vino fue como si el reino mortal hubiera sido arrancado y por un momento viera el cielo: una cima de nubes blancas, un faro brillante de luz y el poderoso trueno de la voz de Dios. Este rugió hasta que le destrozó el cráneo y oscureció su vista, sumergiéndolo precipitadamente en la nada. Junto a él, oyó el grito de Bulma y tomó conciencia de la agonía y el éxtasis mezclándose juntos en un baño de olvido. Extendió el brazo para entrelazar sus dedos con los de ella mientras ambos caían de regreso a la realidad.
Vegeta luchó contra la oscuridad de la inconsciencia, obligándose a abrir los ojos e ignoró el punzante dolor de la luz y el ardor de sus pulmones al respirar. Debajo de él podía sentirla esforzarse para que su pecho ascienda y baje, y el fuerte jadeo del aliento en sus labios. Fijó los ojos en el rostro que tenía debajo. Los labios de Bulma lucían rojos e hinchados, sus mejillas encendidas y su cabello perfectamente peinado se hallaba deshecho y le caía alrededor.
Todavía estaba dentro de ella, el calor ardiente de su cuerpo era a la vez abrazador e irresistible y quiso montarla otra vez para sentir el flujo de su inocente vida debajo de él nuevamente, para alcanzar y tocar el cielo una vez más. Se movió en ella y los ojos de Bulma se abrieron sobresaltados. Sus ojos de zafiro eran del color más azul que había visto, casi de neón eléctrico por la pasión orgásmica. En las profundidades de ellos también vio un oscuro hematoma por el uso excesivo. La quería de nuevo y la tendría, pero primero ella necesitaba recuperarse. La había utilizado con dureza y Bulma amó cada momento, aun así, hacerlo otra vez sería cruel.
Lentamente se retiró de ella apretando los ojos y con la espalda baja doliéndole ESTA PARTE LA PUEDEN ENCONTRAR EN AO3. Haciendo eco de su gruñido de dolor estaba el quejido agonizante de Bulma. Ella podía no ser capaz de acogerlo un minuto más, pero le afligía que se vaya.
Él dio un paso atrás del borde de la cama, se acomodó el pantalón, lo cerró y se dirigió al baño a toda prisa. Regresó con un paño húmedo, apoyó una rodilla en la cama y se inclinó para presionarlo en el centro de Bulma. Ella suspiró de alivio, luego abrió los ojos una vez más para encontrarse con su mirada oscura. Sus labios hinchados por los besos se levantaron en las esquinas irradiando dichosa satisfacción. Cerró los ojos de nuevo y Vegeta sintió que se quitaba un gran peso de encima. Por un momento aterrador, pensó que había sido demasiado violento, que la había lastimado. Lo último que quería era que ella lo mirara con miedo, pero en lugar de eso Bulma le sonrió, suspirando con tal satisfacción femenina que hizo que el corazón se le acelerara.
Rápidamente la limpió, calmando su carne bien utilizada y jaló hacia abajo la falda sobre sus piernas. Examinó el costoso vestido, decidió que valió muy bien la pena el dinero gastado. Aparte de unas pocas arrugas, estaba ileso después de haber sobrevivido a la manipulación brusca durante su contacto sexual. Sin remordimiento o advertencia, Vegeta extendió el brazo, anilló sus fuertes dedos alrededor de la muñeca de Bulma y la arrastró de la cama.
—Maldición... Vegeta, ¿qué estás haciendo? —siseó ella con un disgusto muy real. Había estado a punto de quedarse dormida en el capullo de relajación calmante que siempre la alcanzaba luego de hacer el amor.
—Estamos retrasados. Trata de verte presentable, mujer. Tenemos una fiesta a la que asistir —gruñó él, pero sus pesados párpados lo traicionaron haciendo ver que preferiría estar de regreso en la cama con ella en lugar de ordenarle que estuviera lista.
Sabiendo que tenía razón e incapaz de protestar, Bulma se precipitó al cuarto de baño para ver si podía reparar su cabello y maquillaje. Cinco minutos más tarde, Vegeta golpeaba la puerta, demandando que saliera en ese instante. Ella dejó el baño, tomó su brazo sin decir una palabra y ambos salieron de la recámara. Un solo rizo de cabello azul caía desordenadamente por el centro de su espalda, era la única evidencia de que el simple estilo francés que llevaba ahora no era tan sofisticado como el peinado que antes había usado.
