Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ o los caracteres en el mismo, pero disfruto manipulándolos.

Capítulo veinticinco

El príncipe y los cerdos

—Príncipe Vegeta y consorte.

Vegeta gruñó un malicioso sonido que quebró el aire a su alrededor. De todas las cosas que el heraldo pudo haber dicho, consorte era la peor. Invitada habría sido mejor, incluso llamarla por su nombre lo hubiera sido, pero anunciarla como su consorte era desastroso y peligroso.

Él debió haber hecho algo en el pasado para enfurecerlo, quizá lo humilló o asesinó a un miembro de su familia, el tipo de cosas que lo habría animado a arriesgarse a ser frito en el acto. El hombre estaba, obviamente, apostando a la probabilidad de que Vegeta no se arriesgaría a la ira de Frízer en la fiesta y que estaría demasiado ocupado después del anuncio para buscarlo. Jugó sus cartas y ganó. Con una última mirada asesina hacia el heraldo traidor, Vegeta arrastró a Bulma dentro de la multitud antes de que todos la quemaran viva con sus miradas.

Mientras los dos pasaban, murmullos de sorpresa y conmoción recorrieron a la multitud que los rodeaban, adquiriendo mayor impulso con cada palabra. El sonido se estrelló en los pilares del arco por encima de la familia Cold, bajo el cual ellos se paraban sobre un elevado estrado. Detrás, un grupo de ventanales de piso a techo mostraban una escena deslumbrante de estrellas acunadas en la negrura del terciopelo, que delineaban sus cuerpos de reptil contra la oscuridad, realzando su presencia opresiva.

Los tres iceyíns reunidos eran la tríada del mal que incluso el más frío de los corazones temía. Los susurros de chismes murieron bajo las miradas furiosas de sus ojos que observaban al príncipe saiyayín y a su consorte desaparecer entre la oleada de personas que se reunían por debajo de ellos.

La mandíbula de King Cold se apretó con rabia mal contenida cuando reconoció el traje que llevaba Vegeta y las joyas que lo adornaban. No podía creer que luego de tantos años de servidumbre el destronado príncipe se atreviera a levantarse e intentara reclamar su lugar. El título de príncipe era una burla que servía como un humillante recordatorio de lo que nunca podría ser. En vez de romperse bajo el peso de la ignominia, Vegeta los desafió tomando el título como un manto para envolverlo alrededor de sus orgullosos hombros, haciendo caso omiso de las burlas de desprecio. Debido a eso, llevar el atuendo de su estatus en este escenario era imperdonable.

El rey miró a sus hijos y su ira se distrajo por un momento frente la vista. Cooler estaba haciendo tronar sus nudillos, lucía listo para extraer sangre ante el primer insulto imaginado. Cold suspiró hondo, preguntándose cómo había engendrado a un bruto con tal falta de tacto. Su hijo no tenía encanto ni gracia. En lugar de infundir miedo a través de la manipulación y el sutil tormento, prefería dejar caer su peso estúpidamente, resoplando como un gran toro en marcha.

Cooler nunca sobresalió en la posición de liderazgo para la que Frízer ya había demostrado aptitud. Su segundo nacido era un auténtico hijo de sus entrañas. Tenía una gracia inigualable, un ingenio impresionante y su capacidad de inspirar terror era legendaria.

Los labios purpura oscuros de King Cold se estiraron en una mueca de sonrisa que era escalofriante. Justo cuando las comisuras de estos comenzaron a curvarse de alegría, se detuvieron y la sonrisa se derritió en su cara como la miel bajo el sol. Frízer estaba de pie junto a él, sin expresión, sin vida, completamente vacío. Sus ojos fríos y duros miraban sin ver, dejando ir los colores chispeantes y las brillantes joyas a su alrededor. Él deseaba la belleza por encima de todas las cosas, pero las imágenes que por lo general lo cautivaban no provocaban ninguna de las señales de su habitual adulación.

La sonrisa de Cold se convirtió en un ceño fruncido mientras miraba con furia a su hijo. La ira contra Vegeta fue olvidada cuando nuevos problemas se filtraron en su mente. Algo malo le pasaba a Frízer, algo terrible. Eso debería haberlo llenado con un sentimiento de preocupación paterna, mas no fue así. En lugar de eso, se preocupó por el estado de su imperio. Era demasiado viejo para engendrar más hijos y no existía nadie lo suficientemente adecuado para tomar el trono una vez que falleciera.

No podía imaginar a Cooler intentando algo tan complicado como dirigir un imperio. Además de ser un bruto, el niño era un idiota carente de la agudeza mental que se necesitaba para gobernar. Solo quedaba Frízer, nacido su segundo y el más probable para sucederlo. Sin embargo, habría que adoptar medidas si ninguno podía asumir el trono cuando muriera.

King Cold miró a sus hijos con crueldad. Si Frízer sufrió un daño irreparable en la batalla, entonces era imperativo sacrificarlo antes de que alguien se enterara. Cosas se tendrían que corregir de prisa para evitar que cualquier sugerencia de debilidad sea insinuada. Un imperio no podía perderse debido a las deficiencias de unos pocos descendientes reemplazables.

Indiferente a la intriga que se arremolinaba a su alrededor, Vegeta condujo a Bulma a través del corazón de la multitud hacia la mesa del buffet. El único beneficio de asistir a una de las veladas era el banquete. Al menos, este siempre era preparado de manera experta y era abundante. La seductora comida se acumulaba en montículos tentando a los invitados cercanos con aromas y sabores deliciosos.

Bulma estaba absorbida por las visiones de los sonidos y los colores que la rodeaban. Nunca en su vida había pensado que asistiría a un baile alienígena. Criaturas de todas las formas, tamaños y colores pasaban apurados a su lado: una mujer carmesí en un vestido bermellón, un lagarto negro con un traje violeta, incluso una persona normal para los estándares de Bulma, excepto que parecía ser completamente asexual.

Las personas bailaban una música exótica de pasos intrincados, pero elegantes. Algunos se alineaban en las paredes donde comían o bebían, riendo con sus compañeros y más de una vez los vio dispararle miradas maliciosas. Todo le parecía normal a ella, no obstante, la atmósfera estaba cargada de algo peligroso; la expectativa era como un olor ofensivo en el aire. Desde que entraron en la sala, todos esperaban algo, como tigres acechando a su presa.

Enlenteció el ritmo para poder asimilarlo todo, pese a ello, Vegeta tiró de su brazo con insistencia. Fijó los dedos alrededor de su muñeca como un sello de posesión y no mostró signos de dejarla ir. Ella se preguntó qué podía pasarle en medio de tanta gente, pero aprendió a confiar en él cuando se trataba de los habitantes de la nave. No había nadie aquí en quien poder refugiarse, nadie con quien pudiera estar segura, salvo con Vegeta; así que miró por encima de su hombro, deseosa de ver a donde la llevaba y notó una interminable fila de mesas repletas de comidas exóticas que le hicieron agua la boca. Se dio cuenta de que aún no comía este día. Estuvo tan ocupada con las compras, preparándose para la fiesta y siendo seducida por Vegeta, que nunca había tenido tiempo de alimentarse. Apretó el paso, tan ansiosa como él por comer.

Estaba tan concentrada en su objetivo que golpeó directo con la ancha espalda de Vegeta cuando él hizo una parada brusca. Ella alzó la mirada y la sangre se le volvió agua helada en las venas; su corazón se congeló hasta que estuvo segura de que este caería de su pecho hacia su vientre.

Delante de ellos se hallaba Zabón resplandeciendo en un chaleco dorado a la medida con un pantalón a juego. Una holgada camisa de seda crema colgaba por sus brazos, sujetándose a las muñecas antes de que cayeran en una cascada de encajes. Más encaje decorado con perlas y diamantes burbujeaba en su cuello haciendo un doblez hacia el frente. Su habitual diadema de plata fue reemplazada por una intrincada corona de oro en espiral incrustada de joyas. Cada centímetro suyo parecía de sangre aristocrática, pero incluso con sus mejores galas, no podía superar el aplomo real de Vegeta.

Él debió de darse cuenta porque frunció los labios en una mueca poco favorecedora. Al momento la limpió de su rostro y adoptó una mirada inexpresiva que había sido ideada para dejar atrás tantas pequeñas líneas de expresión como fuera posible. Sus ojos ámbar, sin embargo, brillaron como joyas corrompidas a la luz de las antorchas cuando ellos vislumbraron a Bulma.

Vegeta gruñó y el cuerpo se le tensó por el peligro. El pensamiento de cualquier hombre mirando a Bulma lo ponía furioso, pero el pensamiento de Zabón mirándola realmente lo jodía.

—¿Qué quieres? —Las palabras de Vegeta fueron duras y cortas. Ni siquiera se tomó el tiempo para expresar un insulto, eso era una prueba de lo enojado que estaba.

Zabón lo observó con frialdad, sin inmutarse por la hostilidad abierta del otro hombre. De hecho, parecía deleitarlo y se bañó en esto sin reparos. Bulma quiso darle un pequeño codazo a Vegeta para decirle que no le siga el juego, pero no podía hacerlo sin dirigir más atención hacia sí misma.

—Tu compañera luce muy encantadora en su vestido rojo, aunque yo la prefiero en los estertores de la agonía.

Zabón la inmovilizó con sus ojos ardientes, infundiendo frío terror en la boca de su estómago. Ella se acercó más a Vegeta, instintivamente lo buscaba como un refugio. El cruel recordatorio de lo que Zabón le había hecho la hirió como una lanceta a un fétido forúnculo. Ella sintió la tensión de Vegeta, sus músculos duros como rocas se volvieron aún más duros por el odio y Bulma luchó por remover su propio miedo para prestarle apoyo espiritual. Ella le puso una tranquilizadora mano en el centro de la espalda, entre los omóplatos, que le recordó que estaba allí, sólida y reconfortante.

Zabón notó la tensión en los músculos de Vegeta y el sombrío conjunto de sus rasgos que anunciaban la pérdida de control por parte del príncipe. Una sonrisa burlona se extendió en sus labios y complacida malevolencia se hizo evidente en cada hermoso rasgo de su rostro.

—Cada vez que me acercaba a ella con el electrolátigo, sus ojos se ampliaban y sus pupilas se dilataban de un modo muy favorecedor. La carne le temblaba deliciosamente y cuando la tocaba... bueno, sonaba como si los ángeles cayeran del cielo. Fue hermoso.

Las manos de Vegeta se cerraron en puños mortales y sus apretados músculos se agruparon bajo el traje azul. Él se movió hacia adelante sobre la punta de los pies en postura de luchador y sus labios firmes se establecieron en una mueca de enojo. Bulma pudo sentir la intención letal salir fuera de él en oleadas. Su ira era tan espesa que bajó por su garganta, amenazando con asfixiarla. Tenía que hacer cualquier cosa antes de que Vegeta terminara provocando algo que lamentaría.

Ella tomó una respiración profunda, expandió los pulmones y reforzó su valor, luego caminó rodeando a Vegeta y deslizó una mano por encima de su hombro para descansarla en la parte superior de su pecho. Sin prisa ladeó la cadera y arqueó sus labios rojos inclinándolos con diversión en las esquinas. Sus brillantes ojos se clavaron en Zabón, sin ningún indicio de miedo o de intimidación en las profundidades.

—¿En serio? A mí me pareció que toda la experiencia fue deficiente.

Los dos hombres se congelaron y conmocionados por sus audaces palabras endurecieron sus cuerpos. La mirada ámbar de Zabón se disparó de Vegeta a Bulma, apenas era capaz de ocultar su asombro de que hubiera encontrado el coraje para hablarle y mucho menos para desafiarlo. Lentamente Vegeta inclinó la cabeza hacia un lado para así poder dirigirle a ella una mirada oscura desde debajo del grosor de sus cejas. La ira de piedra en su rostro permaneció, pero Bulma pudo ver la pregunta en sus ojos.

—Me refiero que si vas a ser torturada esperas algo especial, algo impactante. —Ella usó su mano libre para expresarse, pensando en todas las grandes diosas de la pantalla que había visto a lo largo de los años en las viejas películas en blanco y negro. Ellas nunca se quedaban sin palabras incluso cuando se enfrentaban con el villano en medio de un vals—. Todo lo que hiciste fue sujetarme y pincharme con una vara. Ni siquiera hubo ninguna cadena involucrada. No fue impresionante en lo absoluto.

Ella sintió que los músculos debajo de su mano se relajaron mientras sus palabras golpeaban al objetivo previsto. Zabón se quedó estupefacto, ya no podía esconderlo. Abrió la boca en silencio y sus ojos parecieron salirse de sus órbitas. El atractivo de sus rasgos se perdió al quedarse mirando boquiabierto a la mujer frente a él. Vegeta sintió que su ira se derretía y que la diversión venía pisándole los talones. Él nunca se hubiera imaginado que una mujer le quitaría a Zabón toda su arrogancia con solo unas pocas palabras bien colocadas, pero lo hizo. Ella era definitivamente única en su clase.

Zabón se recuperó en seguida. Cerró la boca de golpe, tomo aire elevándose sobre ellos y se preparó para responder. Sus bellas facciones se endurecieron y sus ojos chispearon fuego, ya que no podía dar crédito a las palabras.

—¿Qué estás diciendo, mujer?

Bulma puso los ojos en blanco antes de arrastrar su mirada por el cuerpo de Zabón en una lenta lectura disgustada.

—Estoy diciendo, Zabón, que no estás a la altura. Eres demasiado bonito para dar miedo. —Bulma hizo un movimiento despreciativo con los dedos para dejarlo en claro, burlándose ostensiblemente de él.

Se puso al lado de Vegeta y curvó su cuerpo de un modo natural hacia él. Automáticamente el brazo de Vegeta salió para agarrarla de la cintura mientras ella se encaramaba a su costado. Con una mano Bulma le acarició el pecho y sus dedos rozaron el medallón enjoyado.

—Ahora, Vegeta aquí sí sabe cómo infundir verdadero terror en un corazón. Eres malo, Zabón, pero él es perverso. —Ella ronroneó lo último, frotándose contra Vegeta como una gata contenida.

Zabón se atragantó con su propia lengua, la ira y el shock le estrangularon la voz. Un anillo de personas que se había detenido a observar el intercambio ahora reían divertidos ante las palabras. Un oscuro rubor se elevó en las mejillas de Zabón, indignado por haber sido humillado públicamente por una chica alienígena recién llegada y un don nadie príncipe destronado.

El hombre verde se enderezó preparándose para un ataque. Vegeta se tensó en respuesta y sus dedos se clavaron en la cadera de Bulma con la finalidad de lanzarla fuera del camino si era necesario. Ella se mentalizó, lista para saltar de la refriega, sabía que la distancia era la única seguridad.

—Bueno, ¿qué está pasando aquí?

Vegeta se dio la vuelta arrastrando a Bulma con él. Los Cold se pararon delante de ellos y sus miradas imperiosas helaron a todos en la sala. El grupo de observadores dio un paso atrás sin dispersarse, de hecho, sus ojos vigilantes se hicieron aún más intensos.

El pulso de Bulma se disparó al verlos. Sabía que debían ser los Cold por la reacción de todos. Ellos se pararon con arrogancia en el centro de la sala, exigiendo adoración solo por su mera presencia.

Vegeta alargo la distancia entre ellos, conservando un firme control sobre la mano de Bulma. Él hizo una inclinación formal hasta la cintura, pero no demasiado profundamente. Por instinto, ella se dejó caer en una reverencia, manteniendo los ojos bajos a fin de no llamar demasiado la atención sobre sí misma. Por supuesto que era casi imposible, sobre todo porque llevaba un impresionante vestido rojo.

—Vaya, vaya, ¡qué bella consorte has elegido, príncipe Vegeta! —El más alto en el centro habló mientras sus ojos acariciaban cada centímetro de la piel de Bulma.

Sus cuernos negros que se arqueaban hacia el techo le recordaban las imágenes medievales del diablo que había visto en los libros. Sus escamas de color púrpura brillaban bajo la luz de las lámparas haciendo que el terciopelo real se alisara con el lodo. Bulma se estremeció al contemplarlo y la boca de su estómago se retorció de aversión y miedo. Estaba segura de que él debía ser el rey, el único cuya sombra de malicia se extendía más allá de Frízer.

Los dedos de Vegeta se apretaron alrededor suyo y Bulma pudo sentir su consternación por donde se hallaba parada.

—Ella no es…

—Zabón, ¿es esa la forma de mostrar respeto?

King Cold interrumpió a Vegeta, ignorándolo mientras caminaba. Su intención era cruzar entre ellos para separarlo de Bulma. A último momento, Vegeta tiró de su muñeca para jalarla con fuerza a su lado, casi haciéndola caer al piso en un esfuerzo por mantenerlos juntos.

King Cold se abrió paso, parecía inconsciente de la impertinencia de Vegeta, aunque Bulma sinceramente lo dudaba. Cold se detuvo frente a Zabón, quien todavía no se había inclinado en presencia de la familia real.

Demasiado tarde notó su error. Trató de hacer una reverencia, pero el golpe de King Cold fue muy rápido. El hombre vestido meticulosamente fue derribado, golpeó el suelo varios metros lejos y se deslizó hacia la multitud.

Bulma abrió la boca por la impresión y el cuerpo se le entumeció mientras Vegeta la empujaba detrás de él de manera protectora. Ella observó cómo Zabón se puso de pie, una fina línea de sangre carmesí se deslizaba por su mentón.

King Cold le dio la espalda al hombre caído, descartándolo como si no fuera nada más que una mosca que aplastara lejos de su camino. Bulma sintió que se le helaba la sangre cuando él fijo su mirada de obsidiana en Vegeta y ella se acercó por detrás al escudo de su cuerpo, sintiéndose un poco tonta, pero incapaz de contener el miedo.

—Interesante elección de vestimenta, príncipe Vegeta, ¿no te parece, Frízer?

King Cold giró despacio, haciendo una pausa para esperar la respuesta de su hijo. Cuando la respuesta no fue inmediata, todas las cabezas se volvieron hacia el más joven tirano iceyín. Frízer estaba parado a un lado con la mirada desenfocada y una expresión serena escalofriante.

—Frízer —dijo Cold en un tono brusco para llamar la atención de su hijo.

Él se despertó de golpe, su segundo conjunto de parpados pestañearon por la confusión.

—¿Si, padre?

En el fondo, callados susurros se abrieron camino entre la multitud, pero fallecieron al instante de una muerte estrangulada cuando King Cold fulminó con la mirada a los observadores. Los ojos de Vegeta se estrecharon mientras miraba a su soberano. Había algo mal con Frízer, era evidente que no estaba bien. Su comportamiento parecía laxo y su atención desfasada. Por los rumores en la nave, venía actuando extrañamente desde que lo recogieron flotando en el espacio luego de la batalla.

Cuando Vegeta puso por primera vez los ojos después de tiempo en Frízer, quedó conmocionado. El ochenta por ciento de su cuerpo era cibernético, la piel blanquecina había sido reemplazada por frío metal. Apenas reconoció a su señor, las reparaciones fueron demasiado extensas. Tal vez él tenía problemas para recuperarse de la cirugía o quizá la batalla dañó algo más que su cuerpo. Vegeta no estaba seguro, pero sabía a ciencia cierta que King Cold trataba de ocultar la magnitud de las anomalías de Frízer del resto del imperio.

—¿No crees que el traje de Vegeta es interesante?

Los ojos de Frízer parpadearon hacia Vegeta con una mirada fija casi vacía de pensamiento. El lagarto se encogió de hombros, indiferente a lo que su subordinado llevaba puesto.

La cara de King Cold se endureció en una mezcla de disgusto, ira y una pizca de miedo. Él se dio la vuelta y clavó una mirada llena de odio en Vegeta. Bulma pensó que iba a quemarlo con fuego helado allí mismo de tanta ira que había en los ojos del rey. Sintió a Vegeta tenso bajo su mano y sabía que algo terrible estaba a punto de suceder.

—Tú. —King Cold señaló imperiosamente a Vegeta—. Vendrás conmigo de inmediato.

Sin esperar una respuesta, se dio la vuelta, agarró a Frízer por el brazo y lo arrastró detrás de él. Los guardias reales circularon en torno al rey mientras pasaba y luego sus rasgos sombríos apuntaron a Vegeta.

Aprensivo, él miró a su alrededor buscando al soldado más próximo. Estiró el brazo y enganchó una mano en la nuca de un hombre. No podía recordar el nombre del soldado, pero habían coincidido en unas pocas misiones. Vegeta sabía que era lo suficientemente fuerte como para luchar contra la mayor parte de los otros guerreros en la nave y lo suficientemente débil como para temerle.

—Llévala de vuelta a mi recámara.

Al escuchar las palabras de Vegeta, Bulma dio un paso adelante en estado de pánico.

—¿Qué? No, Vegeta, quiero quedarme contigo.

Él la ignoró y continuó dándole instrucciones al hombre.

—La escoltarás dentro y vigilarás la puerta. Si tú o cualquier otra persona la toca, te arrancaré la cabeza y me comeré tus tripas. ¿Ha quedado claro?

Los ojos del hombre saltaron de sus órbitas, pero asintió con diligencia. Vegeta sentía que podía confiar en que no tocaría a Bulma y, con suerte, si alguien tenía la idea de atacarla, sería capaz de mantenerlo a raya durante un tiempo.

—Vegeta. —Bulma colocó los dedos en su bíceps desnudo, lo que ganó su atención. Sus ojos azules lo contemplaron suplicantes con un gesto serio y pálido—. Por favor, Vegeta, no quiero dejarte solo.

Esas palabras lo detuvieron por un momento. Él podía entender si ella hubiera dicho que no quería quedarse sola. Después de todo, había aprendió que el universo era un lugar peligroso, pero eso no fue lo que dijo. Ella no quería dejarlo solo. Sabía que algo terrible iba a pasarle y deseaba protegerlo de cualquier manera posible.

—Ve con él, Bulma, será más seguro para los dos si lo haces. —Los guardias reales rodearon a Vegeta, haciéndole saber con su sola presencia que si no aligeraba el paso lo iban a arrastrar. Él les lanzó una oscura mirada antes de tirar de Bulma para susurrarle al oído—. Por favor.

Las palabras eran apenas lo suficientemente altas como para que ella las escuchara, pero el peso casi la aplastó. Incapaz de negarse, asintió con la cabeza, los ojos se le llenaron de lágrimas de cristal y dio un paso atrás, al lado del hombre a quien le ordenaron protegerla. Bulma observó cómo Vegeta era llevado por los guardias antes de que se permitiera ser sacada de la fiesta.

Ella arrastró los pies mientras caminaba por los pasillos, casi sepultada por el dolor. Vegeta había sufrido tanto en su vida y odiaba el hecho de ser incapaz de ayudarlo. Muy pronto llegó a la puerta de su recámara y el soldado la miró expectante.

Escribió el código en el teclado, estaba demasiado distraída para notar que no emitía el sonido que confirmaba la autorización. La puerta se abrió revelando la cómoda sala de estar. Entró a la deriva, se volvió para bloquear con llave la puerta después de que se cerrara y dejó a su escolta afuera para que la proteja desde allí.

Ella levantó el dobladillo de su vestido y lanzó sus zapatos. La alfombra era tan espesa que suaves penachos sobresalieron entre sus dedos, masajeándole las plantas de los pies. Alzó la mirada, pensando en conseguir algo de beber en la modesta barra cruzando la habitación cuando escuchó un sonido clandestino. Giró la cabeza hacia un lado y los ojos se le ampliaron ante lo que vio.

Descansando en el sofá blanco, Zabón ya se había servido una bebida. Sus labios gruesos se curvaron en una arrogante sonrisa de victoria que iluminaron sus ojos como pequeñas hogueras del infierno. Ella se dio cuenta de que se había limpiado la sangre de la cara y que arregló su ropa, pero podía decir que su orgullo todavía estaba herido.

Zabón apartó la mirada para contemplar la bebida que se arremolinaba en su vaso.

—Tenemos mucho de qué hablar —murmuró él en voz baja, la amenaza era clara en el aire.

—No puedo imaginar sobre qué —respondió ella mientras juzgaba sus probabilidades de escape. Huir sería poco factible, concluyó. Tenía la sensación de que este hombre era incluso más rápido que Vegeta, alguien a quien ella nunca podría ganarle.

Zabón dejó la bebida y se levantó del sofá. Su ropa de seda que brillaba a la luz le recordaba la inservible pirita que cubría las playas de la Tierra. Ella tragó saliva, preguntándose cuanto tiempo pasaría hasta que Vegeta regresara. Tal vez no debería haber abierto la boca antes. Tenía la sensación de que estaba a punto de comerse sus palabras.

—Oh, estoy seguro de que tenemos mucho de qué hablar. —Zabón avanzó hacia ella, su sombra bloqueó la luz de la lámpara asfixiándola en la oscuridad.