Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ.
Siento el retraso, pero he estado trabajando doce horas al día y tengo muy poco tiempo libre, sin embargo, todos sus comentarios me sostienen. Estoy tan contenta de que estén disfrutando de la historia hasta ahora y espero que pueda mantener el interés. Déjame saber lo que piensas.
Capítulo veintisiete
Malditos
Bulma estaba en el infierno.
No había visto a Vegeta en dos días. Hizo su aparición en público simulando ser la nueva amante de Zabón y como era de esperar, ella fue un triunfo. Se lamentó ante todo el mundo al alcance del oído sobre la forma en que el príncipe saiyayín había abusado de ella, atormentándola espantosamente antes de que su glorioso salvador viniera a rescatarla. Todos quedaron convencidos, sin lugar a dudas, de que odiaba a Vegeta con todas sus fuerzas y adoraba a Zabón como su único amor, atrapando así eficazmente al hombre en su propia mentira y sellando su destino. Por ahora, él no podía hacer nada más que jugar el papel al que ella lo exilió, lo cual hacía con el mayor gusto posible, sobre todo delante de Vegeta.
Al comienzo pensó que Vegeta iba a explotar —llevándose toda la nave con él— la primera vez que puso los ojos en ella y Zabón. En ese momento, antes de que Bulma pudiera protestar, el reptil la arrastró a un beso que era una reminiscencia de los arrebatadores del cine en blanco y negro. Estuvo a punto de sentir nauseas por el sabor de sus labios y cuando él trató de meterle la lengua, ella apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula tuvieron un espasmo que le impidieron hablar durante casi una hora.
La actuación de Zabón, sin embargo, tuvo el efecto deseado. Vegeta frenó su intensa ira al verlos y se retiró con paso airado, apretando los puños y con un aura de odio negro arremolinándose en torno a él. Bulma no lo vio mucho después de eso, pero fue capaz de echarle un vistazo al menos una vez al día para asegurarse de que aún seguía con vida, aunque no en las mejores condiciones.
Pero ahora habían pasado dos días. Ella recorrió toda la nave buscándolo —en las áreas que se le permitió— y no encontró nada. Ser la amante de Zabón le ganó una cierta cantidad de libertad, que descubrió, era mayor a la que tenía con Vegeta. Cuando pasaba, los hombres apartaban la mirada hacia otro lado y las mujeres —y algunos hombres también— la miraban con envidia. Zabón estaba claramente un par de peldaños en la escala social por encima de Vegeta, eso solidificó en su mente que tomó la decisión correcta. A pesar de que solo estuvo allí por un corto tiempo, ya se había dado cuenta de que la fuerza bruta designaba la superioridad.
En este momento se hallaba de pie ante una hilera de ventanas, mirando furiosa hacia la oscuridad del espacio. La ropa que usaba reflejaba su estado de ánimo, un pantalón de cuero negro se vertía sobre sus piernas y un corsé acanalado con varillas mantenía recta su columna vertebral. Desde que fue separada de Vegeta, solo llevaba negro y la ropa que le recordaba el tiempo que pasaron juntos en su nave, Isis. De hecho, su ceño molesto era tan sombrío que sospechaba de que la razón por la que la gente la evitaba tenía más que ver con su estado de ánimo que por ser la amante de Zabón. Las personas empezaban a temerle. Una mujer que se había "acostado" con dos de los hombres más peligrosos de la nave debía ser peligrosa por sí misma, especialmente cuando parecía que podía masticar alambres de púas y orinar napalm.
Oyó las puertas abrirse despacio y los vellos de la nuca se le pusieron de punta debido al desagrado. Sabía que él estaba de pie detrás suyo, mirándola con sus corruptos ojos ámbar. La intensa aversión del uno por el otro había crecido a lo largo de los días. El espectáculo que ella hizo de su compromiso lo enfureció hasta el punto en que ya no la acompañaba a sus salidas. La dejó para valerse por sí misma entre los lobos, sin tener idea de lo peligroso que podía resultar... para él.
En su ausencia, ella hizo muchas cosas con su tiempo. Bulma no se quedaba atrás cuando se trataba del aprendizaje y su brillante mente era capaz de absorber la información con la capacidad de un súper ordenador. Logró hackear la computadora principal de la nave, se enseñó a sí misma como leer y escribir el lenguaje universal, y memorizó los procedimientos operativos estándar para la mayoría de los sistemas independientes. Luego planeaba descargar la bitácora de ciencia y aprender todo lo que pudiera sobre los alienígenas entre los que ahora vivía.
—Tenemos que hablar. —Las palabras de Bulma sonaron como agua sobre hielo, frías y duras.
Ella se volvió hacia él, sin sorprenderse de que los ojos de Zabón se redujeran sobre su cuerpo con repulsión. Una criatura amante de la belleza no podía soportar los colores apagados con los que ella se vestía. Él alzo los ojos y su rostro vaciló con inquietud mientras cruzaban miradas. Bulma sonrió por dentro, cantando victoria ante su inversión de poder. Ahora ella era quien tenía la última palabra. Lo había cogido por las pelotas y él lo sabía. El problema era que en estos momentos no podía dejarlo ir por temor a que la atacara con una precisión mortal. Ella conocía el secreto de su traición a Frízer y él sabía que ella era humana. No importaba cuanto esto los disgustara, se veían obligados a permanecer muy cerca el uno del otro.
—No imagino de qué, amor. De hecho, estoy seguro de que no tenemos nada que decirnos el uno al otro. —Sus ojos revolotearon hasta el pantalón hechos a la medida que ella usaba y notó que era más que probable que le costara una pequeña fortuna. El primer día Bulma había dejado en claro que no tenía ningún problema en gastar su dinero. Compró de todo, desde ropa hasta muebles, cualquier cosa para cabrearlo y hacer un hueco en sus finanzas. Lamentablemente dibujó una línea roja en las alhajas, lo único que podría iluminar su atuendo sombrío. Por alguna razón mostró una intensa e instantánea aversión a las joyas que él le trajo.
—No he visto a Vegeta en dos días —dijo ella con los dientes apretados, indiferente a que él estuviera más preocupado en hacer el balance mental de su chequera.
—Oh, bien, estoy seguro de que anda por allí. —Zabón agitó la mano en el aire y se dio la vuelta alejándose de ella para servirse una copa en el bar. Los ojos azules como el hielo de Bulma se estrecharon e ira instantánea bombeo a través de sus venas ante la actitud indiferente que él mostraba.
—Eso no es parte del acuerdo, Zabón. —Ella se enardeció y apretó los dientes otra vez.
—¡No puedo hacer nada si él decide esconderse en su recámara como un gusano llorón enfermo del corazón! —Zabón soltó la respuesta de un modo atípico. Al darse cuenta de lo que hizo, bajó de golpe la bebida, inhaló profundamente e intentó exhalar con cierto grado de calma. No le gustaba expresarse con cualquier tipo de profunda emoción. Las emociones llevaban al arrebato y los arrebatos llevaban a microscópicas líneas de expresión en toda el área de la boca y la frente. La edad no era el mejor amigo de un hombre hermoso y tenía que estar seguro de matar de hambre las señales de esto durante tanto tiempo como sea posible.
—Escucha, pequeño gatito miedoso, sé que Frízer está almorzando en el restaurante Bella Star en la cubierta cinco. Voy a buscarlo y hablaré con él acerca de Vegeta. O vienes conmigo o iré sola. —Ella amenazó con tanta convicción como le fue posible. Esto, como se vio después, fue bastante.
Zabón estrelló un puño al lado de su vaso, salpicándose la mano con el líquido. Por una vez no se fijó en como giró para enfrentarse a su mayor adversario: su mujer. Después de esto, juró que no volvería a mirar a una en el tiempo que le quedara de vida. Estaba claro que todas eran engendros del más oscuro infierno que pensó alguna vez existió.
—¡Voy a matarte algún día! —le gritó él con los dientes apretados, olvidándose de las microscópicas líneas faciales.
Bulma se inclinó con las manos en las caderas para encontrarse cara a cara con él.
—No si te mato primero. —Ella siseó la promesa.
Los ojos de Zabón se ampliaron una fracción antes de recordarse no gesticular demasiado, luego se dio la vuelta con una sonrisa burlona fingiendo preocuparse del estado de su puño sucio. Bulma puso los ojos en blanco y se dirigió a la puerta, más por ocultar su rostro de Zabón que por salir. Las palabras que dijo la perturbaron en un profundo nivel emocional. Cuanto más tiempo se quedara con esta gente, cuanto más tiempo viajara por el universo, más sedienta de sangre se volvería. Tenía miedo de terminar perdiendo una parte de sí misma muy pronto. Una parte de ella sin la que no sería capaz de vivir.
—Frízer no ha salido de sus aposentos en semanas, ¿qué te hace pensar que va a estar en ese restaurante?
Ella hizo una pausa para mirar sobre su hombro hacia él antes de encogerlos con desprecio.
—Según me contaron, cambió de opinión hace dos días —dijo ella haciendo énfasis y levantó los dedos en una v de victoria—. Todo por un repentino e inesperado aligeramiento en su estado de ánimo. —Se burló, repitiendo lo que alguien le había dicho—. Sea lo que sea que lo molestara, al parecer, lo superó y ha vuelto a ser el antiguo villano de siempre.
Ella realmente no comprendía lo que eso significaba. Al único Frízer que vio era a un muñeco sin vida un poco aturdido en la fiesta. Una máquina brillante recubierta con un mínimo de piel blanca. Algo feo que, sin embargo, no parecía peligroso. Sabía que las apariencias podían ser engañosas, aun así, todavía no tenía temor del monstruo ante el que todo el mundo se estremecía.
Zabón trató de ocultarle su ceño fruncido, pero ella lo vio. Sabía lo que estaba pensando. Si Frízer había salido de su estupor hace dos días, ¿por qué no llamó a su guardaespaldas favorito para asistirlo?
—Espera ahí. Deja que me cambie de atuendo —respondió Zabón sin mirarla. Él se dirigió a su habitación para cambiarse, dejándola esperando con impaciencia.
Quince minutos más tarde llegaron al restaurante donde Frízer almorzaba, Zabón vestía inmaculadamente como siempre mientras que Bulma, molesta, le fruncía el ceño al camarero más cercano. Sin decir una palabra, Zabón los condujo a través de la multitud al más lejano y mejor asiento de la casa.
—¡Zabón, mi mascota! —Frízer se levantó de la mesa con los brazos extendidos y una sonrisa de felicidad en el rostro. Bulma apenas si lo reconoció. Atrás quedó la entidad infantil conmocionada y en su puesto estaba de pie un tirano efervescente, casi vertiginoso.
Ella prácticamente podía sentir a Zabón iluminarse de alegría al ver a su amo. Él se dirigió hacia el lagarto, tan eufórico como un cachorro a punto de conseguir que le froten el vientre. Frízer no lo defraudó, agarró al hombre por los hombros y lo estrechó ligeramente en señal de bienvenida antes de besarlo en la boca.
Una elegante ceja azul se levantó interrogante mientras observaba el intercambio. La relación de los dos se hacía más evidente a cada segundo. Ella se preguntó cómo su presencia se interpretaría entre los amantes. ¿Cuán incómodo sería ser la otra mujer en un triángulo amoroso de tres vías con dos superpoderosos tiranos?
Ellos se sentaron juntos, Zabón lo más cerca de su amo como le fue posible, dejando a Bulma situada en el borde de la mesa. Frízer levantó la mirada hacia ella y sus ojos de cristal fucsia le taladraron agujeros a través de la piel blanca. Él curvó la comisura de su boca en interrogación y miró a su amante.
—Esta es Bulma. —Zabón la presentó sin preámbulos.
—Me pareces familiar, querida niña.
—Sí, así es, es posible que me haya visto... —Ella comenzó a explicar, pero él la interrumpió, desestimándola como de poca importancia y volvió su atención hacia Zabón. Sin saber que más hacer, Bulma se dejó caer en el asiento vacío al lado de su "amante" y examinó al resto de los ocupantes de la mesa.
Al otro lado de Frízer se sentaba la mayor burbuja de color rosa que jamás había visto. Era horrible, con la forma de un vestido de dama de honor lleno de volantes o un trozo de goma de mascar enrollada. Ella quería arrancar sus ojos de él, pero el brillante cuerpo grotesco capturó su vista de manera no muy diferente a un accidente automovilístico. Se obligó a apartar la mirada para alojarla en un caballero vestido de bata blanca que lucía claramente incómodo y lo reconoció al instante como un colega científico.
—He encontrado el secreto de la inmortalidad, Zabón.
Esta afirmación consiguió que ella le diera su completa e indivisible atención. Se dio la vuelta para hacer frente a Frízer con la intensión de absorber cada palabra que dijera. Lo que vio fue perturbador. La cáscara vacía había sido sustituida por un nervioso maniático con enormes ojos abiertos, un maniático chiflado. Sus manos volaban por todos lados mientras hablaba y sus ojos eran como dardos entre Zabón y el resto de la habitación. Su sola presencia le producía un ataque de nervios por la energía neurótica.
—Pero primero tengo que encontrar la manera de acceder al Legendario por mí mismo y creo que lo he averiguado.
¿El Legendario?, ¿de qué hablaba este tipo? Ella empezaba a ver porqué todo el mundo le temía a la pequeña lagartija. Era evidente que estaba loco. Incluso el aura a su alrededor era repugnante, infectaba a todos los que lo rodeaban haciéndolos sentir nauseabundos e inciertos.
—¿Cómo, mi señor? —preguntó Zabón con el cuerpo frente a su amo en completo interés, no obstante, ella notó una sombra de preocupación en su voz. Frízer estaba actuando, eso no era normal tampoco. El hombre pasó de sin vida a toda marcha en sesenta segundos, inquietando a todos los que lo conocían.
—Debo recrear las circunstancias de Namekusei. Él, ese saiyayín, de alguna manera se las arregló para convertirse en el Legendario y tengo la intención de descubrir cómo.
Zabón se echó hacia atrás horrorizado. Su cara normalmente lisa se arrugó en abierta confusión mientras miraba a Frízer. Abrió la boca para hablar, pero no salió nada. Después de unos segundos de trabajar su mandíbula, reformuló la pregunta y lo intentó de nuevo.
—¿Había un saiyayín en Namekusei? —chilló él, aún incierto de si esa era la pregunta correcta que debía hacer.
Bulma se sentó aún más recta, sabía que Frízer estaba hablando de Gokú. Además de Vegeta, él era el único otro saiyayín que quedaba en el universo. ¿Eso significaba qué había experimentado algún tipo de transformación durante el tiempo que estuvo en Namekusei?, ¿se convirtió en el Legendario del que todo el mundo hablaba?
—Sí, algún huérfano rechazado del tercer planeta se transformó delante de mis ojos y quiero averiguar como lo hizo. —Frízer empuño una mano, volviendo su simple declaración en un juramento.
—Pero lo mató, ¿verdad? —preguntó Zabón, todavía incrédulo.
El corazón de Bulma saltó a su garganta bloqueando todo el aire de sus pulmones. Sus amigos Krilin y Gohan; su mejor amigo, Gokú. Había estado tan segura de que sobrevivieron que nunca consideró otra opción. Siempre asumió que escaparon de Namekusei antes de la explosión.
—Por supuesto que lo hice. —La mirada de Frízer se alejó de Zabón y perforó agujeros en la mesa frente a él. Sus palabras vacilaron un poco, pero nadie lo notó.
El mundo de Bulma se vino abajo. ¡NO! Ella quería gritar a todo pulmón. No podía ser, sus amigos no podían estar muertos. No era posible que Gokú fuera vencido, simplemente no era posible. Su desesperación era tangible, envolviéndola con cada aliento que tomaba. La sangre le latía en los oídos tan fuerte que casi se perdió las siguientes palabras de Frízer.
—Sin embargo, voy a tener su poder. Voy a encontrar el secreto del Legendario y Vegeta me va a ayudar.
Era su turno para mirar horrorizada mientras clavaba los ojos en Frízer. Él olvidó su inquietud anterior y levantó su copa para un brindis de autofelicitación. Zabón, el monstruo color rosa y el científico se apresuraron a unírsele. Solo Bulma se quedó mirándolo como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Cómo? —preguntó ella en voz alta, demasiado aturdida para contemplar su propia supervivencia. Frízer, sin embargo, estaba contento con la pregunta.
—Trulock, aquí, ya lo tiene en su laboratorio haciendo todo tipo de experimentos desagradables con él. Me asegura que tendrá acceso a los secretos de la Ascensión para el fin de semana. —Frízer se jactó con la copa todavía elevada.
Todos los ojos se dirigieron al pequeño científico nervioso que parecía poco menos que confiable. Gotas de sudor corrían por su pálido rostro y su columna vertebral lo sostenía rígidamente quieto en el asiento. Un ligero temblor en las manos desmintió la tranquilidad que trataba de proyectar, haciéndolo parecer como una rata nerviosa escondiéndose de un gato hambriento. Bulma lo inmovilizó con los ojos entrecerrados llenos de intensidad depredadora, similar a una gata.
—En serio. —Ella arrastró las palabras, su mente brillante revisó y descartó ideas tan rápido como podía pensar en ellas y llegó a una conclusión absoluta: tenía que, por cualquier medio necesario, convertirse en la nueva jefa del proyecto científico de Frízer—. ¿Qué has aprendido hasta ahora? —le preguntó en un tono suave, su absoluta confianza ganó la atención de todos. Especialmente si se comparaba con el evidente nerviosismo de Trulock.
—Bueno, este, vamos a ver. —Hizo una pausa para secarse la frente con una servilleta, comprando el tiempo que no tenía—. Los saiyayíns son bastante fuertes. Parecen ganar fuerza cuando están bajo la luna llena. —Volvió a hacer una pausa, esperando algún tipo de reconocimiento por su brillante deducción. El cerdo rosa no lo defraudó.
—Ya lo sabemos, idiota, ¿hay algo más? —escupió él, sin darse cuenta de la mirada asesina que Frízer lanzó a su camino. Despreciar al científico en quien Frízer había puesto su confianza podría ser peligroso, Bulma observó, y supo que tenía que andar con cuidado.
Ya que Trulock no respondió de inmediato, Bulma lo interrumpió, su voz fue tan suave como el brandy e igual de potente.
—Bueno, ¿sabía que los saiyayíns se debilitan con el astato? Es potencialmente mortal para ellos —declaró con total naturalidad.
—Mmm, asta... ¿qué?
—Astato. —Ella lo miró como si fuera un microbio bajo un microscopio, con curiosidad e intensidad, cuando él indicó con un pequeño movimiento de cabeza que todavía no entendía lo que estaba tratando de explicar—. Se crea durante el bombardeo del isótopo de bismuto con I ± partículas tales como los núcleos de helio. Esto da lugar a la formación de astato y neutrones de corta duración. El bismuto objetivo es enfriado durante la irradiación para evitar que el astato volátil desaparezca. —sabía que sonaba como un libro de ciencias, pero esperaba que al menos el "científico" sentado en frente lo entendiera. Cuando él amplió los ojos y quedó boquiabierto, supo que no lo logró. Sintiéndose un poco perdida, intentó dar una explicación más sencilla—. Usted sabe, es un subproducto de una reacción nuclear... —Ella se fue apagando, al comprender que el científico no tenía idea de lo que estaba hablando.
—Nuclear... —Trulock repitió la palabra que lo eludía. Habría dicho más, pero un destello de luz cegadora lo borró del mapa en un instante. Ni siquiera quedó un puñado de cenizas apilado en su comida. Bulma parpadeó, segura de que el espacio en blanco que ella miraba solía ser un hombre.
—Así que, Bulma, dime como sabes todo eso. —Ella giró la cabeza para encontrar a Frízer mirándola con los codos sobre la mesa y la barbilla descansando ligeramente sobre sus manos cruzadas. Tuvo una sensación cosquillosa de dèjá vu que le recordó sus muchas entrevistas de trabajo. Por lo general, estaba al otro lado de la mesa. Sin embargo, los mismos principios aún se aplicaban: había un puesto abierto que de repente necesitaba ser llenado.
—Ah, bueno. —Ella llamó a su mejor voz profesional y se enderezó en el asiento—. Yo fui quien capturó a Vegeta cuando invadió... mi hogar. —Se atragantó con lo último reprendiéndose por casi anunciarle a todos en la mesa que era de la Tierra. Para distraerlos del paso en falso, se apresuró en soltar exactamente lo que necesitaban oír—. Lo tuve en mi laboratorio durante bastante tiempo y realicé todo tipo de experimentos con él. Yo ya he recopilado meses de datos sobre la anatomía saiyayín. —Levantó el mentón con orgullo manteniendo los ojos en Frízer.
Él asintió y retiró los codos de la mesa para poder tomar un bocado de su comida. Saboreó un pedazo de carne cruda que nadaba en un charco de sangre escarlata. Por unos instantes, a ella le pareció ver que algo vivo burbujeó en el recipiente antes de que él volviera a hablar.
—El hombre con el que luché en Namekusei no tenía cola. Crees que pueda ser la respuesta a su Ascensión, ¿tú qué opinas?
Bulma miró la comida de Frízer, un poco perturbada mientras ponderaba la pregunta. Esa conclusión no parecía muy probable. La fuente del poder saiyayín no yacía en un simple apéndice. Recordó lo poderoso que fue Gokú con su cola y cuan peligroso. Cortársela había sido la única manera de controlarlo cuando era un niño.
—Oh, no creo que... —Ella comenzó solo para ser interrumpida por Zabón que pisó fuerte su pie. Bulma chilló en protesta y le disparó una mirada iracunda. Él le estaba dando la espalda a Frízer, sus cejas bajaban en un ceño molesto de advertencia mientras negaba con la cabeza hacia ella. Bulma se dio cuenta de que caminaba directamente a una trampa fabricada por Frízer. Todo lo que se requería era que ella terminara su pensamiento para que pudiera ser soltada.
—... que eso podría hacerle daño. —Terminó en un hilo de voz, sin saber que otra cosa decir. Frízer la observó con un calculado brillo justo antes de que sus delgados labios púrpuras se estiraran en una sonrisa macabra. Bulma sintió que se le helaba la sangre y finalmente entendió por qué todo el mundo le temía tanto.
—Estupendo. Entonces la cortaremos después del almuerzo. Estoy tan encantado que iré a verte trabajar.
Bulma parpadeó y su mente tropezó consigo misma para ponerse al día con lo que él dijo. Esta tartamudeó ante la horrible conclusión, impulsando el inicio del pánico.
—¿Qué? —Ella respiró aturdida por la incredulidad. Podía sentir como se drenaba la sangre de su rostro, dejándola tan blanca como el tirano que se sentaba en frente.
—Solo quiero asegurarme de que estés preparada para la tarea, querida. Después de todo, sé que tuviste una relación con el príncipe Vegeta antes de encontrar tu camino a la cama de mi dulce Zabón. Quiero darte la oportunidad de demostrarles a todos lo mucho que odias a ese asqueroso saiyayín. Es decir, luego de todo lo que te hizo —arrulló él con simpatía y sus ojos se llenaron de malicia—, debes querer hacerle daño.
—¿Hacerle daño? —repitió ella como una tonta.
—Oh, sí. La pérdida de su preciosa cola acabará por destruir cualquier gramo de orgullo que le quede. Será absolutamente delicioso. —Los hombres alrededor de la mesa se rieron con rencor, festejando frente a su comida medio muerta mientras se burlaban del subordinado al que estaban a punto de torturar.
Bulma sintió que la separaban del mundo. No importaba que Frízer pareció despabilarse y de repente saber exactamente quién era ella. Era más que probable que la reconociera en el instante en que se acercó a la mesa. Sus fríos ojos calculadores no se perdían de nada ni podían permitírselo. Él debía conocer a cada hombre, mujer y niño en esta nave, incluyendo al tipo que trapeaba los pisos del calabozo, pero nunca lo admitiría. Tal conocimiento sería impropio de un señor de la guerra.
Sus dedos presionaron la mesa y sus nudillos se pusieron blancos por la tensión. ¿Qué había hecho?, ¿qué iba a tener que hacer? De todas las cosas que realizó en su vida, esta iba a ser la más terrible, la más imperdonable. Ella no pudo evitar pensar que la palabra terrible y Vegeta siempre iban de la mano. Antes de que lo conociera, nunca había experimentado ese tipo de espantosas atrocidades.
En los últimos meses se enfrentó a la aniquilación de su planeta, se acercó a la muerte en varias ocasiones, tuvo una intoxicación horrible, sobrevivió a una purga, convenció a una joven para que caminara hacia la noche y a los brazos de la muerte, y lo peor de todo, la vio ser comida viva. Sin embargo, el acto de tomar la cola de Vegeta, ese sería el peor crimen que jamás cometería. Incluso permitir que él se escapara de su planeta natal no podía compararse. Aun entonces, en lo más profundo del corazón, ella nunca creyó que sería capaz de la destrucción de la que tanto se jactaba.
Pero ahora, si alguna vez él se liberaba, si alguna vez conseguía matar a sus amos demoniacos, el primer lugar al que se dirigiría sería la Tierra. No se detendría a hacer una visita de cortesía ni tomaría el té con su madre. Él arrancaría su planeta, al igual que ella iba a arrancarle la cola del cuerpo.
Alzó una súbita mirada desesperada. Frízer, Zabón y el monstruo color rosa, Dodoria era su nombre, la ignoraron por completo mientras se reían e increíblemente, coqueteaban entre ellos. Ella abrió la boca para hablar, para decir algo que los convenciera de que lo que estaban a punto de hacer era innecesario, pero las palabras murieron en su garganta y le recubrieron la lengua con cenizas. Sabía que no había nada que los disuadiera, nada que pudiera decir para evitar que los eventos se desencadenaran. La única esperanza que le quedaba era mantenerse con vida, conseguir nombrarse como la científico líder del proyecto de Vegeta para mantenerlo tan ileso como sea posible. Y durante todo ese tiempo, soportaría su completo e inquebrantable odio.
La mesa se calmó finalmente, lo que atrajo su atención. Bulma levantó la mirada y se dio cuenta de que todo el mundo la observaba con expectación.
—¿Es el momento? —preguntó ella en un tono débil, sorprendiéndose de que incluso lograra encontrar la voz para hablar.
Frízer asintió y una fría sonrisa se extendió a través de sus labios. Parecía que tenía jalea de ciruela untada en la cara, del tipo que su madre siempre hacia a finales del verano con los más frescos de la huerta. A ella le encantaba el cálido sabor dulce que le recordaba los largos días llenos de diversión despreocupada e infantil y supo en ese momento que nunca más sería capaz de comer jalea de ciruela. No después de este día, no después de conocer a un monstruo tan horrible con los labios morados como jalea.
Ella se puso de pie cuando los demás lo hicieron, salió con ellos por la puerta y bajaron por el pasillo. No habló mientras se abrían camino a través de la nave hacia la unidad médica. Ellos no parecieron notarlo, ya que estaban demasiado atrapados en su propio regocijo insidioso. Zabón se paró tan cerca a Frízer como le fue posible, compitiendo por la posición con el hombre seboso. Ella siempre había asumido que Zabón vertía tanta atención en Frízer en un esfuerzo por salvar su vida, tratando de mejorar su existencia haciendo feliz a su amo, pero mientras lo observaba entendió que ese no era el caso. Zabón en verdad amaba a su amo. Lo adoraba con todo el corazón y verlo hizo que el estómago se le revuelva.
No podía imaginar amar a un monstruo. Un verdadero, como es debido, monstruoso demonio de las profundidades.
La puerta se abrió para revelar una zona de desastre. La habitación era un caos. Los escritorios estaban volcados y los papeles esparcidos se hallaban olvidados en el piso. Una mujer corpulenta resbaló con un fajo de estos y se deslizó como una surfista demente, sus brazos se movieron a toda prisa como aspas de molino antes de que recuperara el equilibrio y se apurara. Un rugido ensordecedor vibró por todo el lugar, sacudiendo las paredes y envío a los menos valientes a correr fuera de las puertas como ratas en un barco que se hunde.
Sin miedo, Frízer entró, sus ojos teñidos de rojo demoniaco absorbieron cada pequeño detalle. Bulma siguió por detrás, echando un vistazo a su alrededor hasta que su mirada se posó en la única cosa que podía detener el tiempo. Vegeta yacía desnudo boca abajo, atado por la cintura principalmente, en una camilla de plata. Se las había arreglado para mantener la cabeza hacia arriba y su boca se retorcía en un grito primario de ataque. Estaba tratando de sacar su cuerpo de la mesa, pero era sujetado por gruesas correas de acero.
—Retenedores de ki. —Zabón suministró la respuesta a su pregunta no formulada—. Todo aquí ha sido incorporado con eso. ¿Cómo si no se podría someter a un guerrero cuya piel es impenetrable a las más mortales de las armas? Estoy seguro de que está drogado hasta un poco demasiado, pero los saiyayíns son sorprendentemente resistentes a los productos químicos de cualquier tipo.
—Lo sé —respondió ella como ausente, pensando en el día que había tratado de trasladarlo de su celda inferior a una más nueva y avanzada. Se despertó justo a tiempo para tratar de estrangularla hasta la muerte, ¿o besarla? No podía recordar nada de lo pasado, excepto la reminiscencia de sus oscuros ojos hundidos mirándola. Esos ojos negros habían sostenido una mezcla de odio y lujuria, calentando y helándole la piel por igual, haciéndola temer por su vida y por su alma inmortal, todo a la vez.
Flotó hacia adelante, el rugido dentro de la habitación se alejó en una nube brumosa de incredulidad y todo quedó en silencio, aun así, ella todavía podía oír el zumbido dentro de sus oídos, había una expectativa de que algo horrible aún estaba por venir. Se detuvo a unos pasos de él, congelada por unos ojos negros que la sujetaron. Sus ojos, los mismos que la habían mirado hace tanto tiempo con lujuria, los que acababan de mirarla sin reservas hace solo unos pocos días, estaban llenos del más profundo, del más oscuro sentido del odio que jamás había visto. Eran más fríos que el hielo glaciar, más distantes que la luna del sol y mucho más devastadores que cualquier acontecimiento catastrófico.
Alguien se le acercó, rompiendo su control sobre ella y apartó la mirada, incapaz de observar esos ojos por más tiempo. Una mujer sostenía un par de gafas junto con un delantal de carnicería. Bulma sintió que el estómago le daba un vuelco. Tenía miedo de derramar el contenido allí mismo, en los apropiados zapatos de trabajo de la mujer. Lanzó una mirada desesperada hacia Frízer, segura de que podría hablar y evitar esta dura prueba, pero en cambio la sangre se le heló en las venas. Él la miraba con la absoluta convicción de que fracasaría. Estaba esperando que se echara hacia atrás para poder saltar sobre su oportunidad de matarla, solo quería que lo admitiera para condenarlos tanto a ella como a Vegeta.
Bulma tragó saliva con fuerza y estabilizó sus nervios. No podía darse por vencida, no podía fallar. Era absolutamente imprescindible que asumiera el control de este proyecto. Era necesario que se colocara en una posición donde consiguiera vigilar a Vegeta y velar por su bienestar, por cualquier medio posible, y si eso significaba sacrificar un inútil apéndice, entonces que así sea. Si tenía que hacerlo, amputaría cualquier pieza anatómica que se necesitara para salvarlo.
Ella volvió a tragar saliva, ignorando la culpa que anudaba su estómago.
Con una mano temblorosa tomó el delantal y se lo ató por detrás, luego cogió las gafas. Cuando lo hizo notó por primera vez que la enfermera la contemplaba con sorna. Le dio a la mujer su más dura mirada asesina Bulma Brief, endureció la boca y sus ojos se mostraron autoritarios. Ella estaba en su elemento aquí, el lugar donde era la mejor: un laboratorio.
—Tráeme veinte centímetros cúbicos de anticoagulante. Prepara lo necesario para la vitrificación —le ordenó.
Una burbuja de confusión estalló ante el anuncio, pero rápidamente la aplastó al trasmitir la orden aún más alto para cualquier persona que no la hubiera oído. La enorme autoridad en su voz hizo que los ayudantes corrieran por los suministros y las enfermeras por las máquinas.
—¿Qué está pasando? —preguntó Frízer sin preámbulos.
Bulma no levantó la cabeza, era incapaz de mirar al hombre que la condenaba a un infierno.
—Estoy preparando su cola para ser congelada criogénicamente —respondió ella mientras se ajustaba los guantes.
—¿Por qué?, no es como si pudiera volver a utilizarla. —El monstruo de color rosa replicó y ella no pudo evitar acuchillarlo con una mirada de disgusto.
—No sabemos eso. No tiene sentido disminuir nuestras opciones por ninguna otra razón que la pereza por parte su personal. —Ella se dirigió a Frízer manteniendo el tono tan brusco y profesional como le fue posible. Él le sonrió, casi como si supiera a que jugaba. Asintió y Bulma se apartó, no podía estar en su presencia un segundo más.
Por último, la hora de la verdad cayó sobre ella. Desde que entró en la habitación, Vegeta había estado inusualmente silencioso. Él la miraba con una intensidad depredadora, estudiando cada uno de sus movimientos, en espera del momento en que pudiera saltar.
—Vaya, vaya, creo que te odia. Él solía mirarme solo a mí de esa manera. Estoy casi celoso. —Los escamosos tonos de Frízer se arrastraron hasta su espalda, sin embargo, ella se negó a reconocerlo e ignoró a Vegeta con el mismo fervor. No podía soportar mirarlo a la cara. Fue en ese momento que él supo que ella no iba a retroceder, que iba a seguir adelante con su intención de cortarle la cola y se sorprendió. Nunca habría pensado que ella lo odiara tan a fondo que estaría de acuerdo con la mutilación.
Bulma se colocó detrás de él y Vegeta empezó a retorcerse violentamente. Los científicos se esparcieron por todos lados rodeándolo para tratar de sujetarlo a la mesa, pero no sirvió de mucho, él era incontrolable. De la nada Frízer apareció a su lado, centró una mano cibernética de acero entre los omóplatos de Vegeta y lo presionó a la mesa. Dodoria le agarró las piernas para mantenerlo lo más quieto posible.
Ella bajo la mirada, impresionada como siempre ante la vista. La piel de caramelo se derretía sobre los músculos tensos que se agrupaban estrechamente en la base de su columna vertebral. Su cola azotaba de un lado al otro, acercándose para abofetearla brutal e intencionalmente. Zabón extendió la mano y sus dedos cogieron con fuerza el apéndice peludo que ella tanto amaba. Vegeta dejó escapara un gran grito de dolor que la hizo saltar y le oprimió el corazón.
Trató de retener las lágrimas, pero era imposible. Una gota de cristal escapó y se la limpió con rapidez antes de que nadie más la viera. Se inclinó para examinar el área donde la suave piel comenzaba a abigarrarse y brotaba el pelaje antes de formar la larga y elegante cola.
Incluso con los fuertes guerreros manteniéndolo presionado, Vegeta siguió luchando, moviendo el cuerpo unos pocos centímetros a la vez. Ella se agachó más, agarrando el bisturí hasta que pensó que sus dedos iban a sangrar. Tenía miedo de hacer un movimiento en falso, de cometer un error que lo paralizara de por vida.
—Deja de moverte o te corto algo más que la cola —gritó ella tan fuerte que estuvo segura de que la escucharon en el siguiente piso. No había querido sonar tan insensible, tan exigente, pero necesitaba que él cooperara con ella si iba a salvar su cola para la reinserción.
Él se quedó quieto, juzgando si realmente tenía la intención de castrarlo. Debió llegar a la conclusión de que era poco probable, porque empezó escupirle amenazas como el rápido fuego de una ametralladora. Al principio los sonidos eran ininteligibles, en otro idioma que aún debía aprender, pero pronto ellos formaron las palabras que le dejaron el corazón muerto en el pecho.
—Bulma, si haces esto, te juro por todo lo que es profano que mataré a todas las personas que amas.
La mano le tembló mientras se cernía sobre la cola. Sus palabras solidificaron una certeza dolorosa que había estado persiguiéndola desde que ella lo dejó. Un profundo conocimiento elemental del bien y del mal, del traidor y del traicionado; la creencia de que los males que ella perpetró contra él serían vengados algún día. El carácter absoluto del futuro, aunque horrible, la estabilizó, prestándole su calma donde debería haber habido terror.
—No seas estúpido, Vegeta, pensabas hacerlo de todos modos —respondió ella, su alma escavó en la parte más álgida de su corazón para ocultar el dolor, helándole la sangre y embotando sus emociones.
Con una mano firme, el bisturí convertido en cuchillo cortó la carne desprotegida. La sangre brotó de la herida, indiferente a los gritos asesinos que la acompañaron.
