Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ... todavía.

Capítulo veintinueve

Ámame oscuramente

Bulma miró con apatía en la pantalla de visualización como la nave insignia de King Cold se alejaba. Era fea, una plaga en el panorama del espacio, una cicatriz en el universo. El brillo del afilado acero estaba fuera de lugar en la oscuridad aterciopelada, casi como si perforara el tejido del espacio, rasgando la tela del tiempo.

Junto a ella, Vegeta se paraba impasible frente a la imagen de la nave que fue su prisión. Él no la había mirado ni una vez durante el precipitado éxodo de la nave en llamas. Todo fue un caos alrededor de ellos: soldados corrían por la cubierta de vuelo y gritos de pánico hacían eco por los pasillos aledaños. El humo gris de los incendios eléctricos que se había elevado por el aire abrasaron los pulmones de Bulma e hicieron que de sus ojos enrojecidos fluyeran lágrimas negras. Vegeta lo ignoró todo, caminó por una de las pistas hacia su nave con una intensidad inquebrantable, tirando de ella por detrás como una inútil idea de último momento.

Ahora él permanecía inmóvil, su silencio era como un miasma en la habitación que la asfixiaba con una rabia apenas contenida. Estaba enfurecido, la ira hervía justo debajo de la capa delgada de su piel, hinchándole todo el cuerpo hasta dar la impresión de que iba a entrar en erupción. Un paso en falso de su parte lo catapultaría a un frenesí de rabia dirigida a ella. Bulma sufrió el conocimiento con una serena aceptación, incapaz de encontrar la fuerza para luchar. Se sentía agotada, absolutamente vacía... sin alma.

Vegeta deslizó los ojos hacia un lado para mirarla a través del velo de sus espesas pestañas. Tenía las manos en puños y no se atrevía a moverse por temor a golpearla hasta la muerte. Analizó lo que sentía pinchando la idea como si fuera una herida apenas curada. ¿Cómo sería aplastar la vida de su frágil cuerpo? Se preguntó si la enferma sensación en la boca su estómago era por el pensamiento de matarla o por la toma de conciencia de que sería la última vez que sentiría sus suaves curvas debajo suyo.

Bulma se movió solo una fracción nada más, pero él lo vio, lo sintió debajo de la piel y reaccionó antes de pensar, acercándose a ella sin poder detenerse.

Un brillante destello de luz iluminó el puente de control arrojando largas sombras detrás de los dos. Bulma levantó un brazo para protegerse los ojos mientras Vegeta parpadeaba confundido. Por un breve momento, un obsceno espectáculo malicioso de marionetas se grabó a fuego en la pared a sus espaldas como conmemoración del dolor en la nave antes de desaparecer junto con el destello luminoso.

De pronto, un anillo de luz azul y blanco formado por una nova se expandió en la oscuridad del espacio tratando de alcanzar el mayor territorio para aplastarlo bajo su peso y luego retrocedió bruscamente como un perro encadenado, tirando de los bordes en su estela. Retrocedió hasta el centro de la explosión y colapsó sobre sí mismo. Un punto de luz brilló por un instante antes de desaparecer en la nada. En su lugar, fragmentos de escombros cubrieron el área como la única evidencia restante de la nave de King Cold.

Las alarmas de proximidad irrumpieron por todo el puente en advertencia de una colisión inminente. El shock de Bulma se rompió bajo el impacto incitándola a la acción. Ella saltó a la consola para acceder a los rastreadores de corto alcance, los sensores le dijeron lo que sus propios ojos no podían ver y siseó ante el flujo de datos que fluía a través de la pantalla.

—¿Qué está pasando? —gruñó Vegeta esperando una respuesta instantánea.

—Estamos a punto de ser golpeados por la onda expansiva de la explosión. En tres, dos...

La fuerza del estallido sacudió la nave haciendo perder el equilibrio a Bulma. Por instinto, Vegeta extendió un brazo, la tomó por la cintura y la atrajo hacia su pecho. Él separó las piernas para balancearse, la onda decayó, dejándolos en buena medida intactos. El sonido de las alarmas se desvaneció y quedaron abandonados en un silencio absoluto.

Vegeta tenía una idea clara de lo que acababa de suceder. Había pasado suficiente tiempo en la Tierra para saber lo que era una bomba nuclear y que tipo de explosión podía producir. Tarde, se acordó de la caja de plata con la que Bulma estuvo jugando, la que escondió antes de asesinar a Zabón.

Su cerebro apenas podía registrar los últimos minutos. No sabía cómo darle sentido a todo. La mujer que sostenía entre los brazos siempre fue la voz de la moral en su cabeza. No podía recordar la existencia que llevaba antes de que sus dulces tonos, predicando una mejor forma de vida, sonaran dentro de su mente iluminando la oscuridad de sus pensamientos. ¿Cómo es que ella llegó a esto?

Él lo había causado.

Acababa de matar a cientos, borrándolos en la nada. Toda esa sangre en sus manos era solo para salvarlo. Él no era tan tonto como para creer que ella había pasado por tales extremos para rescatarse a sí misma. Si solo hubiera estado su vida en peligro, Bulma se habría arrodillado con la cabeza en alto para que el cuchillo cortara su cuello. Pero debido a lo que sentía por él, debido a la forma de vida que le mostró, ella hizo lo impensable, lo increíble. Le había dado la espalda a sus creencias más profundas y encontró el coraje para salvarlos cuando más lo necesitaban.

Él apretó sus ojos cerrados por un instante, era incapaz de pensar en lo que sus acciones significaban, la forma en que lo afectarían y la responsabilidad que ahora reposaba sobre sus hombros. Apartó la punzada de culpabilidad y en lugar de eso, centró despiadadamente los pensamientos en la única cosa que pudo imaginar... su traición.

Tenía que saber si ella se había contaminado. Si Zabón había deslizado su pene entre las piernas de su mujer y probado el paraíso que solo debía pertenecerle a él. No podía confiar en las palabras poco fiables recubiertas de miel que gotearan de su boca. Solo existía una manera de saberlo con certeza.

Él la apartó de su cuerpo y la hizo enfrentarlo. Su ira fue recibida por unos ojos muertos e imperturbables. La falta de respuesta alimentó su furia, encendiendo sus pasiones errantes. Él estiró los brazos, juntó las manos en la parte superior del suéter que ella llevaba y lo desgarró en dos piezas. Un destello carmesí se dibujó en sus ojos ante el cuello de Bulma, trayéndole a la mente el color de la sangre y de las muchas personas que había matado a lo largo de los años. El recuerdo de su historia le rodeaba el cuello como un inevitable vínculo... el vínculo de la familia.

Rugió por la ira; se sentía irracionalmente furioso de que ella aun llevara el brazalete, pero aborrecía arrebatárselo. Bulma se quedó sin aliento, sus ojos danzaron por el shock, estaba segura de que él al fin había perdido el control. Los labios de Vegeta se curvaron por las esquinas en una sonrisa vengativa, satisfecho por la muestra de emoción.

Sin esperar las previsibles protestas, él alcanzó el pantalón que ella llevaba, arrancó los botones y los sacó con brusquedad de sus largas piernas. Mientras él se inclinaba, ella se estabilizó poniendo una mano en su hombro, al hacerlo cerró los dedos con añoranza en el duro músculo que sintió debajo.

Algo muy dentro, algún resto casi olvidado de sí misma, quería luchar, quería gritar de indignación por como la estaba tratando, pero se contuvo. Era incapaz de sofocar la voz culpable haciéndose eco en su mente que le decía que se merecía mucho más en castigo. Que debía morir por los pecados que había cometido esta noche.

Él le arrancó el resto de la ropa y la miró despiadadamente bajo la tenue luz. Bulma se movió con timidez, luchando contra el impulso de cubrirse. El ceño de Vegeta se oscureció, sin decir palabras la agarró y la arrojó de espaldas sobre la consola. Ella siseó de dolor al sentir que los botones e interruptores se clavaban en la suave carne de sus nalgas y sus hombros, pero los pensamientos del malestar retrocedieron al instante cuando Vegeta la obligó a abrir las piernas y dio un paso entre sus muslos.

Sus ojos azules se ampliaron y volaron hasta chocar con una mirada implacable. No había ningún indicio de pasión en su frío rostro, solo una mueca de ira en los labios. Él se inclinó sobre ella, por instinto Bulma levantó las manos en defensa para presionar las palmas contra el ancho de su pecho. Su fuerza no era nada en comparación a la suya, él se abrió camino pasando sus defensas con facilidad y enterró la cara en la curvatura de su cuello.

—No, por favor, Vegeta —rogó ella, estaba convencida de que iba a violarla esta vez, que sus súplicas no serían escuchadas y que iba a forzarla y matarla.

Vegeta inhaló hondo, sus hombros se expandieron sobre ella y el frente de su ropa rozó sus senos desnudos. Ella lo agarró del cabello y tiró tan fuerte como pudo, en un intento de levantarle el rostro para que pudiera verla a los ojos. Él gruñó, la apresó por los codos, clavó los dedos profundamente en su carne y los forzó a permanecer a cada lado de su cabeza. Después con la nariz comenzó a descender poco a poco por su brazo hasta la parte inferior de su seno. Inhaló de nuevo y enterró la cara en la suavidad de este.

—¿Qué estás... —protestó ella deteniendo la lucha. Esas acciones no parecían sexuales, pero aquello no impidió los traidores impulsos de su cuerpo. Sus ojos parpadearon y se cerraron por un momento para absorber el calor de sus manos sobre su piel y la pesadez de su cuerpo cubriéndola. Se sentía tan bien estar entre sus brazos de nuevo, incluso si ello implicaba morir.

Él la soltó, luego, con el corazón encogido, se agachó delante de ella. Arrojó sus largas piernas sobre sus hombros y con las manos pasó rozando sus costillas hasta descansar en sus caderas. Ella permaneció inmóvil, sintiendo como la expectativa jalaba de su vientre tensándolo como una banda de goma. Sin una explicación o una mirada, Vegeta se inclinó, enterró la nariz entre sus piernas e inhaló profundamente otra vez.

Bulma gimió en el fondo de su garganta, era incapaz de aliviar el calor que explotó dentro de ella ante su toque. Su cuerpo sollozó en señal de bienvenida, eufórico de que al fin regresara a ella. Sabía por instinto que este hombre era el que le había dado el mayor placer de su vida y respondió al contacto con intensidad, esperando que la satisfacción siguiera en poco tiempo. No podía entender la reticencia de su mente o el temor de su corazón.

Vegeta se levantó y dejó caer sus piernas con tal brusquedad que ella casi no tuvo tiempo de recuperar el equilibrio antes de resbalar por la consola. Los ojos de Bulma se abrieron de golpe para encontrarse con una entornada mirada negra. Estaba confundida y no se atrevía a moverse por miedo a que se abalanzara sobre ella. Los labios de Vegeta se fruncieron en una mueca de desprecio, sin embargo, sus ojos no eran tan fríos como lo habían sido solo unos momentos antes.

—Estas intacta —murmuró él con disgusto.

Bulma sintió que las mejillas le ardían. El dolor sordo entre sus muslos le recordó que, para ser exactos, estaba casi intacta. Ella era una mujer saludable, acostumbrada a ser tocada por Vegeta en todo tipo de formas, pero no se hallaba en condiciones de discutir con él.

Vegeta la miró furioso por unos cuantos segundos antes de agarrarla por el brazo para sacarla del puente de control y llevarla por el pasillo hacia su habitación. Entró en el interior, desestimó el revoltijo de cosas que habían apiladas en la esquina y se detuvo de una manera tan abrupta que ella chocó contra él, aplastándose la nariz en su espalda.

La soltó para poder quitarse la camiseta destrozada manchada de sudor y la arrojó en la esquina. Giró sobre sus talones aprovechando la distracción que a ella le causaba su torso desnudo. La oleada de atracción que siempre había sentido por él la inundó de nuevo, calentándole la piel fría. Vegeta la tiró hacia su cuerpo y la atrapó agarrándole los brazos por detrás de la espalda mientras le clavaba su mirada; la tensión en la habitación pesaba enormemente, fluía a través de ella por la boca y la nariz, haciéndole difícil respirar.

—Debería matarte. —Los tonos guturales de Vegeta rompieron el silencio, abrasando su tierno cuerpo.

Bulma levantó el mentón y sus ojos quedaron velados por sus pestañas. ¿Qué podía decir en su defensa? Incluso si ella lo hubiera traicionado para protegerlo, él no se lo perdonaría. Su obstinado orgullo nunca lo permitiría.

Como no respondía, Vegeta bajó una mirada asesina y su atención fue atraída por su delgado cuello pálido. La obligó a retroceder hasta la cama y cayeron juntos cuando a ella le cedieron las rodillas. Sus musculosos muslos quedaron a horcajadas en sus caderas y sus grandes manos seguían fijándole los brazos.

—Mataste a Zabón. Mataste a todos esos soldados inocentes. —Su tono era feroz, sus palabras tenían la intención de causar dolor. Bulma apretó los labios y levantó el mentón aún más alto.

—Ningún soldado del ejército de Cold era inocente —respondió ella imaginándose a sí misma como una orgullosa guerrera, alguien a quien Vegeta pudiera desear o al menos entender… pretendiendo ser nadie más que ella… algo más que una asesina.

—¿Incluso yo? —preguntó Vegeta burlonamente y sus ojos oscuros brillaron con intensidad.

—Sobre todo tú. —Bulma trató en vano de hacer su voz tan dura e inflexible como la de él, pero la caída de una sola lágrima por su mejilla la traicionó. No importaba lo mucho que lo intentara, no podía aplastar quien era. Ella era brillante, hermosa y débil, no sería capaz de endurecerse como Vegeta. No podía aceptar la violencia como una forma de vida. Había traicionado a alguien más que a él, se había traicionado a sí misma.

Vegeta sintió que algo se rompía en su interior. Estaba familiarizado con el funcionamiento de la mente de su pequeña hembra. Ella casi condenó todo su planeta a la ruina porque no tuvo el valor de matar a un monstruo, y a pesar de eso, hoy había matado a cientos de personas. Incluso ellos podrían ser echados a un lado por su consciencia, pero la manera en que asesinó a Zabón, tan íntima, tan familiarmente, nunca sería olvidada. Era una espantosa pregunta que yacía enterrada en las profundidades entre los dos.

Él inhaló para disfrutar del aroma de su cuerpo, de su sudor mezclado con el miedo. Su agitación se entrelazaba con la desesperación. Su piel pálida brillaba bajo la tenue luz y sus rizos azules se veían tan oscuros que parecían casi negros. Era tan hermosa, su ángel caído, con la piel tan pura como la nieve virginal y el cabello tan fresco y limpio como el agua de lluvia. Él la había olfateado en el puente de control, cada milímetro de su suave piel hasta sus aterciopeladas profundidades y todo lo que pudo encontrar fue su aroma singular, su intensa esencia femenina no contaminada por el olor de un macho infractor.

Ella estaba intacta, inmaculada... todavía era suya y solo suya.

La emoción que lo estremeció le resultaba desconocida, algo que era incapaz de nombrar. El impulso de poseerla, de cubrirla con su cuerpo y reclamarla era casi insoportable. Estar separado de ella durante esas largas semanas había sido una tortura, hacerle pensar que lo traicionaba con su enemigo fue un infierno, pero creer que ella conspiró con su amo para humillarlo casi lo destruyó. La necesidad de sujetarla y demostrarle que era un hombre, su hombre, era enloquecedora. Él quería extenderla a lo ancho, empujar su pene tan profundamente en ella como pudiera y succionar la sangre de sus senos haciendo que gritara debajo de él. Que gritara sin aliento su nombre con deseo, instándolo con suaves gemidos de urgencia y que clamara al mismo cielo que ella lo eligió.

El impulso era enloquecedor debido a que no lo quería. Lo que quería era huir de ella tan rápido como su cuerpo disparado de adrenalina fuera capaz. Quería dejarla atrás y olvidar que alguna vez existió, borrar los últimos meses de su vida y comenzar de nuevo. Quería dejarla, pero no podía. Podía más fácilmente arrancar la piel de su cuerpo que abandonarla. Su destino como el Ascendido sería más fácil de lograr.

Toda su vida había sabido que hacer. Incluso de niño, cuando fue tomado por Frízer, su deber era claro. Él siempre debería comportarse como el príncipe de los saiyayíns: fuerte, orgulloso e inquebrantable. Sin embargo, por primera vez en su vida estaba confundido y nada de lo que conocía respondía a la pregunta del porqué. ¿Por qué ella existía?, ¿por qué ella lo atormentaba?, ¿por qué se unía a él tan completamente?

¿Por qué ella había matado a su enemigo?

—¿Por qué? —Los ojos oscuros de Vegeta se encendieron y cruzó miradas con sus amplios ojos azules. La pregunta tenía tantas respuestas, muchísimos caminos. ¿Por qué lo había abandonado?, ¿por qué lo había llevado a creer que prostituyó su cuerpo con otro hombre?

—¿Qué otra cosa debería haber hecho? —gritó ella llena de ira—. ¿De qué otra forma podría haberte salvado? —Las palabras se partieron en su garganta, ahogándola con su peso.

Vegeta la miró sin comprender el significado detrás de sus acciones. Bulma ignoró su mirada penetrante, ya que estaba perdida en su propio desastre infernal. Él pensó en las palabras anteriores y la comprensión lo golpeó con fuerza. Ella había sacrificado todo lo que era con el fin de salvar a la única persona que en verdad amaba. La persona que nunca podría darle lo que necesitaba, que era incapaz de tal emoción. ¿No era así?

—Todavía quedaba uno que era inocente.

Bulma sacudió la cabeza enérgicamente, no podía detener el flujo de lágrimas que corrían por su rostro. Su miseria era tan tangible que salvó la distancia entre ellos y lo infectó a un profundo nivel visceral.

—Mi alma ya se ha ido, la sangre se la llevó. —Ella se lamentó y los sollozos le asfixiaron la voz.

Vegeta no sabía por qué deseaba consolarla. El estado de su alma no era de su incumbencia, solo su cuerpo. Incluso su fortaleza mental debería ser irrelevante, sin embargo, la necesidad de asegurar el bienestar en los tres aspectos lo impulsó. No importaba cuanto intentara alejarse de ella, él siempre volvía.

—Nadie, ni Dios ni hombre te condenará por lo que has hecho. Serás perdonada —respondió él con brusquedad. El consuelo sonaba amargo en su lengua, sabía como grava en su boca.

—No, no merezco el perdón —susurró ella con tristeza. Bulma se negó a mirarlo, cerró los ojos y apartó el rostro arqueando la cabeza hacia atrás.

—Vaya, ¿es por eso que dejas al descubierto tu cuello para mí? —Vegeta levantó una endurecida mano y la envolvió allí—. ¿Es por eso que me ruegas que te mate con cada elevación imperiosa del mentón?

La mirada de sorpresa de Bulma voló hacia él. Sus ojos de zafiro brillaban con lágrimas en los bordes de sus espesas pestañas azules.

—Yo... —Bulma trató de hablar, pero Vegeta la interrumpió.

—Mataste a esos hombres para salvar a tu planeta, a tu familia... —Sus palabras se desvanecieron antes de que pudiera terminar y, aun así, Bulma podía leer los pensamientos no expresados. Ella había matado a los soldados con la finalidad de salvarlo—. Esas son las más nobles razones para hacerlo.

Ambos sabían que él estaba pensando en su planeta, en su familia y en como lo perdió todo. En como hubiera dado cualquier cosa por haber podido matar a sus enemigos para protegerlos.

—No se puede evaluar la nobleza en este nivel. Esta solo un paso por debajo de la depravación.

Vegeta se levantó abruptamente para plantarse de rodillas entre las piernas de Bulma y tiró de ella hacia su regazo ignorando el fuerte golpe de sus pieles cuando chocaron. Ella lo abrazó fuertemente, aferrándose a él para que no pudiera ser separada y presionó el oído contra su pecho para escuchar los latidos de su corazón. El calor de su piel, el ritmo de su corazón, le dijeron la única cosa que siempre supo: Vegeta era solo un hombre con toda la belleza y las faltas de un simple mortal, sin importar que tan monstruoso pareciera.

—¡Eres patética! —Bulma se puso rígida como si hubiera sido atacada, un mínimo indicio de ira despertó muy dentro de su corazón ante las duras palabras. Vegeta sintió su ira y esta lo alentó—. Vociferas sobre el estado de tu alma, te revuelcas en la autocompasión quejándote de cosas que no se pueden cambiar. Está hecho, hiciste tu elección, ahora tienes que vivir con eso y seguir adelante. ¡Deja de actuar como una mártir abnegada y crece! Olvidarás todo esto y lo dejarás atrás.

—No puedo dejarlo atrás —respondió Bulma alzando la vista horrorizada. Estaba enojada tan inmensamente. Como se atrevía a menospreciarla a ella, a sus sacrificios y a sus pecados. Había dado todo lo que tenía para salvarlo, lo menos que podía hacer era estar agradecido.

—Te lo estoy diciendo. No, lo exijo. Supéralo. —Él le escupió las palabras con los ojos ardiendo de rabia y el cuerpo inclinado sobre ella de un modo dominante.

Bulma no entendió lo que le pasó. En un momento lo miraba con los ojos bien abiertos en estado de shock y al siguiente le gritaba de rabia. Ella se reveló debajo él y comenzó a lanzarle gritos que emergieron de su garganta salpicados de algunas de las palabras más sucias que pudo recordar, tanto así que él tuvo que volver a sujetarla. Un brazo manchado de sudor se deslizó de los dedos de Vegeta y con una entereza que pidió prestada a su cólera, lo abofeteó con toda la fuerza que pudo reunir.

El chasquido del golpe hizo eco en la habitación, aplastó la rabia que ella sentía y permitió que aún más intensa animosidad se filtrara en el ambiente. Por un instante pensó en la última vez que lo había abofeteado y su advertencia de que nunca volvería a ocurrir. Se quedó callada y el labio inferior le tembló ligeramente antes de que este se tensase en una mueca de ira. Ella no sería débil frente a él, no se inclinaría ante su bastarda arrogancia solo porque él murmuró unas palabras hirientes.

—¿Te sientes mejor ahora?, ¿lo sacaste de tu pecho? —rugió Vegeta hacia ella con unos ojos oscuros e ilegibles.

—Sí —siseó Bulma y se dio cuenta de que se sentía mejor. Como si una herida llena de pus hubiera reventado. Él capturó sus brazos de nuevo y la sujetó sin esfuerzo. Se elevó por encima de ella, protegiéndola de todo excepto de su cuerpo musculoso y el ardor en sus ojos negros.

—Bien, ahora aferrarte a esa ira. La próxima vez que sientas que no hay nada dentro de ti, entonces recuerda que por debajo de todo el vacío siempre hay odio, siempre hay furia. Cuando nada más pueda sostenerte eso te permitirá seguir adelante.

Los amplios ojos azules de Bulma parpadearon. Solo por un segundo fue tomada por sorpresa. De todas las cosas que podría haber elegido decirle, esto era lo último que esperaba. ¿Por qué se tomaría la molestia en hacerla sentir viva de nuevo?, ¿por qué le mostraría el camino que la sacaría de la oscuridad de su desasosiego hacia la luz de la existencia?

—Tienes otras cosas de que preocuparte además de la desaparición de algunos débiles sin valor.

—¿De qué? —preguntó ella asustada. No quería preocuparse o pensar acerca de lo que le esperaría al día siguiente. Solo quería existir en ese lugar, en ese momento, donde solo estaban ella y Vegeta, con exclusión de todo lo demás.

—De mí. —La oscura voz de Vegeta bajo sobre su piel, confirmó sus pensamientos y ahogó todo excepto su presencia. Él descendió su cuerpo hasta que su calor la envolvió y su piel quedó sobre la suya. Soltó los brazos de Bulma, apoyó una mano en la cama junto a su rostro mientras que con la otra liberaba la palpitante erección de sus pantalones.

Ella descansó las palmas sobre sus hombros y clavó las uñas en su piel bronceada. Sabía que no había ninguna esperanza de apartarlo o de disuadirlo si decidía hacerle daño. Lo único que podía hacer era esperar que él encontrara alguna pizca de piedad en su corazón.

—¿Así que entonces me vas a matar? —preguntó ella sin aliento, con miedo y aun así tranquila.

Él le sujetó los brazos por encima de la cabeza y miró su rostro ovalado enmarcado por una nube de cabello azul. Honestamente no podía decir que iba a hacer con ella. Era una plaga, algo que él debería cortar de su vida con un cuchillo afilado, pero incluso si la mataba, no sabía si alguna vez desaparecería por completo. Se había convertido en una parte de su vida, algo que siempre estaba allí.

—No, te voy a castigar.

La voz de Vegeta era despiadada, vacía y mortal. El miedo erizó la piel de Bulma y el vientre le dio un vuelco. Él no tenía ningún calor ni misericordia en sus ojos, solo cólera y un profundo deseo visceral que a ella le calentó la piel y le secó la boca al mismo tiempo.

Él le selló los labios usando los suyos y se tragó los gritos que ella profirió mientras se hundía profundamente en su interior con remordimientos. Envolvió los brazos alrededor de su delicada cintura y con los dedos excavó en la hendidura de sus nalgas, extendiendo su amplitud para él, moldeándola para su propio uso. Ella estaba segura de que lo que Vegeta le tenía reservado sería brutal, sucio y oscuramente placentero. Él iba a usarla y Bulma iba a rogar por ello.

Toda la noche.