Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ.

Sé que lamentablemente es corto, pero no importa lo mucho que lo mire, no creo que vaya a ser mejor. He tomado otro trabajo a tiempo completo y mientras estoy luchando por escribir el siguiente capítulo durante mi clase de entrenamiento, no puedo prometer que sea mejor que éste. Todo lo que podemos hacer es tratar de llegar al final de esta historia juntos. *Cruza los dedos* ¡Allí está la esperanza!

Capítulo treinta

Canto fúnebre por el perdón

Vegeta se apoyaba en la barandilla de la plataforma de observación, su mirada se perdía en el espacio. No observaba la amplia extensión de plexiglás especialmente diseñado que lo separaba del vacío del espacio como una maravilla de la ingeniería que Bulma creo, ni notaba el espesor pletórico de las plantas en la cubierta debajo de él que florecieron de los que fueron pequeños retoños cuando, por primera vez, puso un pie a bordo hace casi un año.

Todo estaba creciendo, cambiando a su alrededor, dentro de él. El paso continuo del tiempo y los acontecimientos se habían fusionado en experiencias de vida mientras el esqueleto del pasado se escondía en la carne del presente. Todo era familiar, aunque diferente, inestable y complejo.

La habitación que tenía detrás, con sus arbustos en flor y bancos escondido en lugares secretos a la espera de una tripulación que no existía, no era ningún consuelo para él. No le ofrecía ningún santuario y la belleza no guardaba ningún alivio para las torturadas divagaciones de sus pensamientos.

Era un guerrero diseñado para catalogar ventajas tácticas y las debilidades del enemigo. Era un príncipe entrenado en asuntos de Estado y economía. Era un hombre movido por la razón y propenso a la lógica. Así que ¿por qué esa pequeña hembra insignificante ponía su mente de cabeza y su mundo al revés?

Él sabía lo que debía hacer. Sabía lo que su orgullo exigía y su razón concluyó. Su mente lógica ya tenía una respuesta al dilema, pero no comprendía la pequeña punzada de dolor en su pecho. Un dolor que no existía antes de Bulma, un dolor que amenazaba con derrumbarlo al suelo por su intensidad si lo miraba muy de cerca.

Por algún motivo no podía purgarse de este y ya no estaba seguro de querer hacerlo. A pesar de que el dolor lo disgustaba, también era algo maravilloso. Le demostraba que todavía seguía vivo. Que en algún lugar pasando la fría máscara de su indiferencia, aún quedaba un pedazo de él que no fue quemado por el odio.

También sabía que en lo profundo detrás del dolor se hallaba algo aún más hermoso y, sin embargo, absolutamente aterrador. No se atrevió a mirar más allá de eso por temor a lo que pudiera encontrar, pero tenía miedo de aplastarlo y perder algo indefinible que era más precioso al mismo tiempo.

Bulma lo traicionó, ese era el origen del dolor. La lógica entendió por qué lo hizo. Ella sintió miedo e incertidumbre por el futuro y no había ningún motivo para tenerle confianza. El animal posesivo en su interior rugió que tenía todas las razones para colocar su fe en él. La reclamó, la hizo suya. Ella debió creer que la protegería.

La lógica razonó con la bestia primitiva y le recordó que no le había dado ningún fundamento para creer eso. A pesar de que la salvó numerosas veces en el pasado, le dejó bastante en claro que podía decidir darle la espalda en el futuro.

Era en esa encrucijada en la que su propia lógica y su naturaleza animal luchaban. Bulma se alejó de él porque no le demostró con un rito o con hechos que estaría de pie como su escudo, siendo su protector y compañero. Esa falta posiblemente hizo que escapara, dejándolo libre para abandonarla siempre que deseara. Él no le debía nada, no le prometió nada, excepto la certeza de su muerte en sus manos. Y aún eso era incierto.

Incluso con tan poco ella logró construir tanto. Fue algo más que el miedo lo que la condujo de su lado a las maniáticas garras de su enemigo. Había sido el amor, su amor por él. Sabía que eso estaba allí, podía verlo en sus ojos cada vez que la miraba. Ella lo traicionó con Zabón para salvarlo. Mató a un hombre para protegerlo.

La situación lo ponía enfermo. Él debió haber sido quien la protegiera, quien la escudara no solo de los daños físicos, sino del latigazo psicológico de los horrores del universo. En lugar de eso, la introdujo en la senda autodestructiva del asesinato. Había tomado algo perfecto, puro y lo destrozó, todo en nombre de la venganza.

Él quiso castigarla, quiso mostrarle qué era la verdadera tribulación y que se estremeciera por esto. Fue una táctica para conducirla a sus brazos, pero fracasó y ahora estaba agobiado con problemas más grandes que como conseguir un polvo fácil. Ahora era responsable de la destrucción de un alma. Incluso el conocimiento no hizo nada por disminuir su ira contra ella. Después de todo, él no deseaba nada más que matarla donde dormía para liberarlos de la prisión de su vínculo de seda.

Más temprano había estado de pie sobre Bulma en la oscuridad, desnudo excepto por la esfera azul de ki que danzaba en la palma de su mano. Ella dormía profundamente, quizás más que la última vez que la sostuvo entre sus brazos. La muerte estaba en la punta de sus dedos, pero Bulma se mantenía en una feliz inconciencia. Sus pestañas apenas aletearon cuando ella murmuró su nombre en su sueño.

Aplastó la esfera de luz, deseando desesperadamente poder aplastar la fuente de su angustia con la misma crueldad. Ella era una pesadilla sobre su alma dañada. Llamaba dentro de él a un sentimiento de compasión que nunca había sentido antes. Debido a ella, ahora oía el sollozo de un niño a su paso y los recuerdos de sus actos sanguinarios hacían quemar el interior de su cerebro. Sacudió la cabeza disgustado y se dio la vuelta para vestirse, solo para encontrar su destrozado uniforme inutilizable. En silencio, buscó en la habitación y localizó un alijo en la esquina. Ella había amontonado cajas y recipientes para el viaje a casa y puso una carta escrita a mano en la parte superior.

La escritura que fluía en su lengua nativa lo calmó al instante. De alguna manera se las arregló para enseñarse saiyayín, una lengua muerta hace mucho tiempo que solo él conocía. Y ahora al parecer ella también. Un lenguaje secreto prohibido entre ellos.

Las palabras que escribió hicieron que el corazón se le contrajera de dolor por un puño invisible que lo apretó sin piedad dentro de su pecho. Ella nunca tuvo la intención de dejar la nave de Cold viva. Nunca imaginó un universo en el que se le permitiría existir después de sus transgresiones, incluso luego de su sincera confesión de cariño. En lugar de eso, esperó que la estrangula con sus propias manos, consolándose de que, al menos, sentiría el calor de su piel una última vez antes de que la dejara muerta en el piso del laboratorio. Aun así lo había liberado, desató a la bestia sobre si misma a cambio de una promesa de él.

Ella le rogaba que protegiera a su planeta de sus enemigos, puso su confianza en el hombre que iba a matarla y a continuación le dio las herramientas que necesitaba.

Los ojos de Vegeta se desviaron hacia el arma apilada en una de las cajas. Esta yacía impotente, pequeña y discreta en una funda de cuero. Pero de acuerdo con ella, un disparo lo catapultaría a la forma Ascendida; esencialmente le regalaba su más profundo deseo. Apenas podía comprender la enormidad de esto, la magnitud de su alarde. Sus dedos se cerraron con ganas de volar sobre el arma y probarla, sin embargo, una muy pequeña voz recién nacida le advirtió no hacerlo.

Todo lo que siempre quiso fue transformarse en el Legendario y vengar a su pueblo, que eso se convirtiera en su destino. La oportunidad estaba justo delante de él, pero parecía contaminada de alguna forma. El Legendario no era algo que pudiera ser dado o robado, tenía que ser ganado y eso debía ser respetado. Él no engañaría a su orgullo, a su pueblo ni a sí mismo tomando el camino más fácil. Nunca había sido su destino que algo le fuera entregado, ni siquiera la victoria.

En la carta pasó a decirle lo mucho que lamenta la pérdida de su cola y como estaba segura de que su padre podría hallar la manera de reinsertarla.

Dejó caer la carta molesto, mirándola como si fuera una serpiente venenosa antes de recogerla y colocarla donde la encontró. No existía ninguna razón para alertar a Bulma de que conocía el propósito del arma hasta que supiera lo que quería hacer con esta.

Dando la espalda a toda la situación, cogió un pantalón de la pila de ropa que ella le había dejado y calentó de forma automática la punta de un dedo con su ki. Se quedó mirando la parte posterior del pantalón al darse cuenta tardíamente de que no era necesario cortar un agujero para su cola como lo hacía en el pasado.

El dolor combinado con la pérdida le atravesó el pecho, casi le dobló las rodillas y la ira se levantó dentro de él de nuevo amenazando con ahogarlo debido a su intensidad. Miró a Bulma durmiendo pacíficamente en la cama y sus puños se apretaron de un modo peligroso. Con los labios adelgazados se puso el pantalón y salió de la habitación sin mirar atrás.

Bulma observó como los esculpidos músculos de la espalda de Vegeta se contraían por la incomodidad cuando ella entró en la plataforma de observación. Se hallaba inclinado sobre el pexiglás con vista a la cubierta, sus antebrazos se apoyaban en una barandilla y su columna vertebral estaba curvada. Llevaba solo el pantalón de cuero que había traído para él colgando por debajo de sus caderas a fin de que no interfiera con la herida aún en recuperación.

Ella sintió que un agudo dolor en el pecho seguido de un lento apretón la asfixiaba de tristeza. Como deseaba volver a hacer todo de nuevo. ¿Qué es lo que hubiera cambiado?, ¿qué habría hecho de otra manera?, ¿cómo podría haber salvado su cola?

Sabía que él la estaba ignorando. En silencio la apremiaba a alejarse y dejarlo, pero ella no pudo, no podía abandonarlo de nuevo. Apretó la sábana con más fuerza, sin importarle que estuviera desnuda debajo de la envoltura de satén. Cuando se despertó vio que Vegeta se había ido y entró en pánico por el miedo repentino de que la hubiera dejado atrás y escapado del invisible vínculo que los unía.

Ella se arrastró fuera de la cama pasando por alto el dolor de sus músculos y las heridas por mordedura en su piel. Vegeta la castigó con dureza, succionó hasta la última gota de placer de su cuerpo tocándola en lugares que nadie había hecho antes, follándola en formas que no creyó posible.

Tiró de la sábana y la cola se arrastró tristemente detrás mientras corría por los pasillos en busca de él. Una fuerza indefinible la llevó a Vegeta, un misterioso tirón en su vientre que sabía exactamente donde buscar. El pánico que la hizo rehén no soltó sus garras hasta que lo vio y verificó con su razón lo que sus entrañas ya sabían. Pero ahora, con la ausencia del pánico, la tristeza fue capaz de deslizarse en su interior para tomar un lugar en su corazón, devastando su capacidad de respirar.

En un susurro de satén, se deslizó detrás de él y casi sintió alivio cuando Vegeta no se dio la vuelta. Ella pasó sus delgados dedos por su espalda trazando con suavidad la curva de su columna vertebral y las depresiones de sus músculos rígidos, maravillándose de lo diferentes que eran el uno del otro.

Ella era suavidad mientras él era dureza. Él era la fuerza y ella era el ingenio. Incluso sus carnes eran un contraste. La piel de Bulma era tan pálida que brillaba bajo la luz de la luna, en cambio, la de él era oscura con sombras. Tan diferentes y sin embargo se atraían eternamente.

Sus ojos se redujeron sobre los músculos de la espalda apuñalada y las yemas de sus dedos hormiguearon ante el abrasador calor de la piel que sentía debajo. Su mirada terminó por aterrizar en la única cosa que la atrajo como un imán. Su propio vórtice personal de culpa, tristeza y pesar que la aspiraba sin importar lo mucho que luchara.

La herida donde la cola de Vegeta solía estar estaba inflamada y roja, la carne se fruncía por el tejido cicatricial hinchado y apenas tenía costras. Se veía tan horrible, tan doloroso, que no pudo resistir la tentación de extender la mano y calmar su dolor.

Cuando sus dedos rozaron la herida, Vegeta volteó y con un puño le apresó la muñeca. Sus ojos fríos y duros descendieron sobre ella. La mirada cruel en su rostro le robó lo último de su aliento, dejándola casi paralizada.

—Perdóname —dijo Bulma con la voz entrecortada por el miedo repentino que la embargó.

Los dedos de Vegeta se apretaron en su muñeca por un momento, casi haciéndola caer de rodillas por el dolor. Curvó los labios detrás de los colmillos en una mueca y su rostro se oscureció por la furia.

—Nunca —escupió él arrojando la mano de vuelta hacia ella antes de pasar rozándola para salir bruscamente de la habitación.

Bulma llevó su muñeca magullada a su pecho y las lágrimas bordearon sus espesas pestañas cuando el peso de la desesperación cayó sobre ella.