Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: DBZ fue creado por Akira Toriyama. No soy dueña de DBZ, ni lo seré.

Capítulo treinta y dos

Médico, cúrate a ti mismo

Su padre era un genio, ella era una supergenio, juntos no había problema al cual no pudieran diseccionar y resolver.

Bulma observaba con avidez las olas de mercurio líquido que se derramaban de forma independiente contra los lados de un frasco de vidrio como si fuera un próspero organismo vivo tratando de liberarse.

Una vez más se había superado a sí misma. Ella se presentó con un problema y lo resolvió en tiempo récord. Era cierto que solicitó la ayuda de su padre, no porque no pudiera averiguarlo por su cuenta, sino debido a que el tiempo era esencial. La situación entre ella y Vegeta se estaba volviendo insostenible, un hecho que pudo constatar la noche de su fiesta de bienvenida.

Tan pronto como entró en la Corporación Cápsula, su mundo se puso de cabeza. Mantenida en aislamiento relativo con solo Vegeta de compañero, ella quedó abrumada por el bombardeo de amistades ansiosas de verla. Empleados, socios de negocios y colegas fluían en la sala de estar mientras se sentaba entre sus padres.

Su padre la abrazó con tanta fuerza cuando puso los ojos en ella que sus pies realmente dejaron el suelo. Ella sufrió una breve oleada de pánico y luchó por que la baje antes de que el frágil hombre mayor se lesionara a causa del esfuerzo. La última cosa que quería era verlo caer muerto de un ataque al corazón el día de su regreso. Él la dejó ir solo porque su madre se la arrebató de los brazos. Antes de soltarla, la besó en la frente sin hacer ningún intento por ocultar las lágrimas que fluían sobre sus estrechas mejillas. Se dio la vuelta, se secó los ojos en su antebrazo y se apresuró a salir para hacer varias llamadas telefónicas.

Su madre la abrazó y la besó con el mismo frenesí de emoción. La única diferencia era que ella se negó a liberar su mano durante toda la noche. El miedo resultaba evidente para todos debido a la contracción fijada en su boca por lo general sonriente, su hija podría serle arrancada en cualquier momento. Los dedos de Bulma todavía seguían magullados por el agarre de acero de su madre.

No fue hasta que su cerebro estuvo entumecido por la procesión interminable de personas que apenas conocía, que se dio cuenta de lo vacía que había sido su vida. Cuan absolutamente superficial.

Sí, ella tenía dos padres que la adoraban, pero sabía que el shock inicial por el secuestro y regreso a casa desaparecería y, como siempre, sería dejada a su propia suerte mientras ellos volvían a ser absorbidos por sus propias vidas. Además, ahora era una adulta, sus padres no podían hacer nada por llenar el enorme agujero en su vida social, ¿o en su corazón?

Las amistades que pasaron junto a ella no le tenían verdadero afecto. Sus subsistencias dependían de su buena voluntad, ya sea por un sueldo, un préstamo de negocios o pagar la cuenta en el bar. Sus únicos verdaderos amigos se situaban en la periferia: un niño en cuya joven vida apenas estaba involucrada, un monje calvo que prefería la soledad en una cercana isla desierta a estar atrapado en una habitación con ella durante más de una hora y un novio de la infancia que había dejado de escuchar sus sueños en el momento en que descubrió que tenía senos.

Al mirar a su alrededor sintió una sensación de desesperación tal que pareció tragársela desde el interior. La habitación se cerró sobre ella, el aire se volvió pesado hasta que lo percibió como rocas en sus pulmones. ¿Cómo sobrevivió por tanto tiempo sin un amigo a quién recurrir, sin un confidente a quién contarle sus secretos, una persona que la escuche sin juzgar? Mientras examinaba la habitación en busca de alguien que la ayude, un rayo apareció por detrás de los ventanales haciéndose eco de sus angustiosos pensamientos de soledad. La oscuridad se había profundizado afuera y una tormenta se acercaba desde el oeste para empaparlo todo con golpes duros de lluvia purificadora.

Por una fracción de segundo vio una sombra más oscura que el resto y mucho más amenazadora que la noche misma. Si fuera la heroína de una película de terror, habría dado un salto del sofá con un grito lleno de miedo rasgando su garganta. En cambio, sintió tal sensación de calma penetrante que los bordes en carne viva de sus sentidos se tranquilizaron al instante. Ella sabía sin lugar a dudas lo que tenía que hacer.

Vegeta era un idiota, sobre todo últimamente. Podía ser cruel, hiriéndola en lo más hondo cuando la ocasión lo requería, pero a pesar de sus defectos, siempre estaba allí para ella. Si hablaba, él le daba la atención que merecía. Se quedó a su lado y fue testigo de sus peores momentos con el rostro impasible y los ojos libres de prejuicios. Y cuando necesitó que alguien le extendiera la mano, había sido él con sus crudas palabras calculadoras las que la sacaron de las tinieblas de su propia desesperación y le mostraron que no era el monstruo que pensaba.

Ella ahora se había convertido en una persona diferente. Tenía oscuros secretos ocultos en el corazón, cosas que nunca podrían ser susurradas a otra alma. Se convirtió en una asesina, una pecadora. No tenía perdón. ¿Cómo podía esperar compartir su vida con una pareja cuando su pasado estaba ensombrecido con esa maldad?, ¿cómo podía pedirle a alguien que la amara? Vegeta era la única persona en el universo que sabía exactamente lo que ella hizo. No solo eso, quizás sería el único que no la juzgaría. De hecho, ni siquiera parecía creer que ella tenía algo para ser perdonado.

Cuando el flash cegador del rayo se desvaneció, Bulma se preparó descansando mentalmente para la siguiente ronda. Sonreiría durante la noche con el conocimiento de que al amanecer estaría en el laboratorio reparando la única verdadera relación de amistad que tenía. Ahora, días después, miraba el apósito con mercurio plateado que curaría la cola de Vegeta y, esperaba, su relación.

Bulma se levantó de su escritorio derramando el resto de su séptima frívola lata rosada de alguna bebida energética que afirmaba estar diseñada especialmente para mujeres en bata de laboratorio. Se limpió a toda prisa con un trozo de papel arrugado ubicado cerca y notó tarde las numerosas otras manchas que ensuciaban su bata. Ella alzó la vista y en un instante asimiló la desastrosa estación de trabajo. Parecía que un tornado nivel cinco lo había golpeado. Los papeles se esparcían por doquier, las latas de bebidas vacías estaban volcadas y se veían envolturas de dulces caídas en el suelo.

Rápidamente comprobó su aspecto en uno de los muchos espejos en el laboratorio y quedó conmocionada con lo que descubrió. Se veía peor que pelo de gato vomitado. Su cabello caía sin orden ni concierto por su espalda y por sus mejillas hundidas. El resto de sus rasgos parecían demacrados y pálidos, con profundos círculos oscuros alrededor de sus ojos enrojecidos.

Era imposible que pudiera ver a Vegeta luciendo como un cadáver recalentado ni podía traerlo de vuelta al laboratorio mientras estuviera en desorden. Ella pasó las manos por su ropa y examinó su área de trabajo por algo que hubiera olvidado antes de precipitarse hacia la puerta. Chocó con Asuka en la salida y le pidió que limpiara el lugar.

Su ayudante había estado abrumadoramente feliz por su regreso alegando que la valentía de Bulma le salvó la vida, sin embargo, su entusiasmo se serenó ante el ritmo maniático de trabajo que su jefa exigió desde el primer día. Asuka pensaba que Bulma debería tomarse algún tiempo para disfrutar del hecho de estar de vuelta en casa, pero la determinada científico apenas se detuvo para las comidas en su búsqueda de un objetivo no identificado y se aseguró de que todo el mundo en el laboratorio mantuviera su mismo ritmo.

Bulma corrió hasta la casa principal e irrumpió en la cocina a tiempo para ver a su madre supervisar los preparativos del almuerzo. A pesar de que pasó menos de una semana desde su regreso, las demandas de Vegeta en el hogar ya habían tomado su peaje. El desayuno, el almuerzo y la cena se preparaban como si se alimentara a diez personas y eso no incluía los aperitivos. Él insistió en aterrizar a Isis en el patio delantero y que de inmediato se le equipara con una cámara de gravedad para que pudiera comenzar a entrenar en espera del día en que apareciera una amenaza o regresara Gokú, lo que ocurriera primero.

El entrenar diariamente multiplicó su demanda de alimentos, lo cual triplicó la carga de trabajo de su madre. No es que ella se opusiera. Bunny Brief parecía estar en su elemento orquestando siete platillos tres veces al día y supervisando la remodelación de una suite para que viva Vegeta.

Bulma quedó impactada cuando sus padres aceptaron a Vegeta tan rápido. Pensó que habría una gran cantidad de resentimiento por el secuestro, tanto de ellos como de sus amigos, pero al parecer solo Yamcha lo tenía como un problema. Al inicio su padre protestó por la estancia de Vegeta, no obstante, eso se disolvió después de que su madre lo llevó aparte para sostener una charla rara y sorprendentemente coherente.

Ella la sentó y le dio una mirada tan penetrante que Bulma casi se preocupó de que no fuera su madre con quien estuviera hablando sino otra persona. Algo similar ocurrió dos veces en el pasado: una vez cuando comenzó a salir con Yamcha y la segunda, al morir su perro favorito; se preguntó si no era por un horrible caso de ladrones de cadáveres.

Con mucha calma, su madre le había preguntado acerca de todo. Nunca capaz de mentirle, Bulma admitió toda la horrible historia de principio a fin, omitiendo las pocas cosas que no podía formar con palabras. La culpa por haber hecho estallar la nave de Cold y asesinado a todos aquellos soldados era todavía demasiado profunda para realmente hablarlo en voz alta. Pero su madre no estaba escuchando los sonidos de la culpa o del remordimiento. Ella buscaba los estragos del miedo, del rechazo; buscaba con atención la melodía de amor y debió encontrarla en la voz de Bulma, porque desde aquella primera noche le dio la bienvenida a Vegeta en su casa como su yerno favorito.

Bunny Brief tal vez no siempre había sido la mejor madre. Podría ser vanidosa y absorta en sí misma. Su familia a veces tomaba el asiento trasero en sus obras de caridad para PETA y diversas organizaciones de ayuda a personas sin hogar, pero ella era muy leal. Si su hija quería algo, lo conseguía y si resultaba ser que quería a un mal humorado y algo maniático destronado príncipe, entonces, por Kamisama, lo tendría. ¿Quién era ella para decir lo contrario?

Bulma se detuvo en la puerta para observar el ajetreo y el bullicio por un momento, antes de que una brillante idea se le ocurriera. Solo dos cosas hacían a un distante saiyayín remotamente accesible, sobre todo la última: comida y sexo. Puesto que era poco probable que pudiera atraerlo a estas horas del día, la comida tendría que funcionar. Ella corrió hacia su madre para susurrarle algo en un tono conspirador y luego salió disparada de la habitación.

Arriba, se dio una ducha, se exfolió con crema de esencia de mango y se secó el cabello tan delicadamente que las puntas agua marina lamieron el camino sobre su cremosa piel. Se vistió con un pañuelo anudado que dejaba su espalda descubierta y una escandalosa falda corta; completó el atuendo con zapatos de tacón alto que mostraban sus dedos y que hicieron que incluso sus pies lucieran atractivos. Ella se miró en el espejo y sonrió porque la paliducha bruja llorona se había desvanecido y un magnífico modelo de belleza femenina apareció. Alisó un poco de brillo en sus labios para que se vieran increíblemente brillantes y absolutamente comestibles, y saltó de la habitación con el espíritu más en alto de lo que había estado en las últimas semanas.

Volvió a la cocina justo a tiempo para ver una procesión de sirvientes llevando montones de bandejas con tapas de plata que se dirigían hacia el laboratorio. Ella besó a su madre en la mejilla, ignoró su sonrisa cómplice y corrió tras los sirvientes; el entusiasmo iluminaba sus ojos de zafiro. Como era de esperar —porque el tiempo lo es todo— Vegeta salía de la cámara de gravedad en camino para cenar cuando el desfile de alimentos pasó delante de él. Bulma atrajo su atención, una cosa fácil de hacer gracias a una blusa color rojo brillante con la palabra en lentejuelas "acaríciame" garabateada sobre sus senos y el ademán de que debía seguirla. Él dudó un instante, pero el atractivo de la comida y la hembra anularon su desconfianza natural.

Una vez en el laboratorio, los sirvientes juntaron suficientes mesas para que el banquete sea colocado y las cubrieron con finos manteles blancos como la nieve y candelabros de plata. Comida, un juego de platos, copas de cristal e incluso varios bouquets de lirios fueron dispuestos en un tiempo récord, haciendo que Vegeta se replanteara la eficiencia de algunos campamentos militares en los que había entrenado. Los sirvientes se marcharon, dejando a Bulma y a Vegeta solos; ella hizo un gesto hacia la cabecera de la mesa servida, indicándole que debía sentarse y comer.

Vegeta se sentó con cautela y la miró receloso. No era propio de él preocuparse de cualquier otro asunto además de comer cuando se colocaba un banquete delante suyo, pero el comportamiento de Bulma resultaba desconcertante por decir lo menos. Durante todo el show, ella nunca dijo una palabra, ni siquiera para llevarlo a la habitación. En su lugar, él la había seguido por su propia voluntad y ahora no sabía si fue a causa de ella o por la comida.

Con la arrogancia de un verdadero príncipe, le restó importancia decidiendo en su lugar volver toda su atención hacia el banquete. Bulma lo observaba mientras comía, impresionada por el dominio de su entorno. Para un extraño parecería como si estuviera disfrutando de una comida casual, con la columna recta y la cabeza en alto. Todo en él gritaba realeza, desde la forma firme en que plantaba los pies en el suelo hasta la altiva inclinación de su mentón. Pero Bulma vio más allá de esa fachada al guerrero predatorio debajo. Los sutiles matices de su lenguaje corporal, la manera en que el antebrazo se cerraba alrededor de su plato para alejar a los ladrones y como exploró la habitación con sus penetrantes ojos oscuros, contaban la historia de un hombre que estaba a la espera de un ataque. No solo esperando o vagamente preparado, sino que tenía la certeza absoluta de que habría uno y que, sin duda, vendría por la espalda.

Bulma había aprendido a moverse mediante acciones mesuradas cuando se hallaba en la misma habitación con Vegeta. Ella siempre hizo sus movimientos obvios y nunca ocultaba las manos de su vista. No porque le temiera, sino porque si lo hacía, el fuerte peso de su mirada evaluadora la aplastaría como una rueda de molino, presionando el aire de su cuerpo y la dejaría temblando de ansiedad.

Por lo general, cuando la miraba sentía como si él le prendiera fuego a su mundo, quemándola con el calor de su necesidad, sin embargo, últimamente la mirada que recibía de él era su fría evaluación. Era como si esperara que ella lo atacara por detrás y él estuviera determinando cual debía ser su destino si lo hacía.

Bulma bajó los ojos a la superficie de la mesa y cambió de posición en su asiento. En el brillo metálico de la tapa de una bandeja podía ver una vaga sombra de sí misma, una mancha oscura en la extensión del brillo. Eso era lo que sentía en ese momento, como si su mundo estuviera iluminado con posibilidades brillantes, pero era una mera mancha de sí misma actuando torpemente por la vida, buscando la única cosa que podía hacerla brillar. Buscando a Vegeta.

Ella se aclaró la garganta y observó al intransigente príncipe a la cabeza de la mesa. Él estaba casi terminando su tercer postre y era ahora o nunca si iba a hablar.

—Como bien sabes, soy una supergenio.

No podía estar segura, pero creyó ver que Vegeta ponía los ojos en blanco ante el comentario que solo la llevó a probar su punto. Ella se inclinó en su silla con el rostro intenso, en tanto Vegeta pretendía ignorarla mientras comía.

»Eso debería haber sido obvio cuando craquee sin ayuda de nadie el ordenador de la nave de King Cold. No solo eso, sino que aprendí a leer y a escribir en el idioma universal, y descifré el código de programación. Eso por sí solo me convierte en una genio, aunque no es por eso que soy una supergenio.

Hizo una pausa para el efecto y los ojos de Vegeta se deslizaron hacia un lado para mirarla. Él no podía dejar de notar que ella irradiaba pura alegría al hablar. Su piel prácticamente brillaba por eso. Si fuera capaz de encapricharse, ella sería la causa. La mayoría de las veces no conseguía seguir el torrente de su escandalosa autopropaganda ni los ejemplos de su vasto intelecto que fluían de sus labios, pero esa no era la razón por la que toleraba su interminable vómito verbal.

Era la expresión de su rostro. La forma en que sus ojos azules se oscurecían hasta el color del crepúsculo mientras hablaba, como si casi pudiera ver pasar los velos mortales del mundo y entrara en una dimensión donde lo imposible era posible. Ella alcanzaría milagrosamente ese lugar y sacaría las teorías más extravagantes haciéndolas realidad como si fueran un conejo del sombrero de un mago. Verla era como observar un evento histórico y cuando ella hablaba, no podía alejarse. La mayoría de la gente escuchaba su parloteo con los ojos vidriosos, inquietos por escapar, en cambio, él siempre quedaba embelesado.

Últimamente ella no brillaba para él. Su usual personalidad vivaz se había apagado bajo la tensión de las últimas semanas. Sabía que él tenía mucho que ver con eso. Aún debía superar su ira contra ella por cortar su cola y no lograba disimular la furia que sentía por su traición. Años de ocultar sus emociones de todos deberían haberlo preparado y pese a eso, ella era la única persona de la que no conseguía esconderse. Eso lo frustraba y lo disgustaba, pero no podía cambiarlo. Lo que empeoraba la situación derivaba del hecho de que no sabía si la perdonaría alguna vez o si incluso poseía la capacidad de hacerlo.

Sin embargo, esa no era la única razón de su existencia apagada. Desde la destrucción de la nave de Cold, ella estuvo distante. Sus propias acciones la habían herido en una forma que él no podía curar, incluso si supiera como. Ella se creía irreversiblemente dañada, algo que debería ser tirado a la basura en lugar de ser una carga sobre la humanidad. Cuando la miraba, seguía viendo a la misma mujer inocente que conoció, tal vez un poco más endurecida y mucho más fuerte, pero definitivamente aún incorrupta. Ella se veía como un monstruo asesino, no obstante, él lo sabía mejor. Él era el único monstruo en la habitación.

»Así que cuando estaba husmeando en la bitácora de ciencia me di cuenta de que el doctor Seville del planeta Neptram, quienquiera que fuera, estaba tratando de experimentar con la nanotecnología.

Vegeta tuvo un regresó abrupto de sus pensamientos al darse cuenta de que Bulma no solo le hablaba animadamente, sino que el tema de alguna manera lo involucraba. Él le gruñó, apenas como reconocimiento de que ella estaba ahí, sabía que eso solo serviría para molestarla y añadir un exasperado color a sus mejillas. Continuó comiendo, aunque en secreto prestó mucha atención a lo que le decía.

»Por supuesto, sus teorías estaban equivocadas. Él nunca pudo hacerlo funcionar, pero eso me llevó a pensar que en lugar de microrobots, deberían ser microorganismos. Ya sabes, como diminutos cyborgs. Mira, él quería nanos que entraran y repararan las células dañadas, pero el cuerpo del anfitrión o bien los rechazaba o las reparaciones eran incompletas. Entonces pensé, ¡CLARO!

Ella se levantó rápidamente, olvidando moverse con cautela cuando Vegeta estuviera alrededor. Él se puso tenso y aun así, no se movió mientras Bulma se paseaba por la habitación, subrayando una vez más las enormes diferencias entre los dos. Cada acción de Vegeta era precisa y controlada, sin desperdicio de energía, en cambio, Bulma era una ráfaga de movimientos, sus manos, su boca y sus pies siempre estaban en marcha.

»La respuesta era el ADN codificado en los nanos cibernéticos. Los pequeños no solo pueden entrar y reparar el daño, sino también sustituir la falta de material genético igual de bien. Un poco como el ayudante de una banda orgánica.

Ella se dio la vuelta para enfrentarlo, prácticamente efervesciendo de emoción.

»¿No soy una genio, Vegeta?

Se le ocurrió que la razón por la que Bulma siempre anunciaba su genio con tanto orgullo se debía a que en realidad buscaba validación. Sospechaba que su falta de confianza en sí misma y su sobredesarrollada bravuconería tenían algo que ver con sus descerebrados padres. Después de todo, si alguien hubiera secuestrado a su única bebé y luego tenía la audacia de traerla de vuelta, él despellejaría al bastardo y metería lo que sobrara en un costal para que lo usaran como saco para practicar golpes. Sin embargo, sus padres parecían aceptarlo sin problemas, lo cual solo hacía que la piel entre sus omóplatos le picara debido a la desconfianza.

Él resistió el impulso de sonreírle para tranquilizarla, pero en lugar de eso se quedó mirándola de un modo frío, esperando con impaciencia a que terminara. Ella atenuó su sonrisa y por un instante algo se adueñó del pecho de Vegeta que se sintió sospechosamente parecido al pesar. Ante sus ojos Bulma cambió de vertiginosa a contenida y las comisuras del perfecto arco de sus labios bajaron.

»¿No lo ves, Vegeta? Eso significa que puedo reinsertar tu cola.