Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: No poseo nada que se halla hecho con DBZ. La canción de cuna incorporada es del CD Oyasumi de Aiko Shimada, la voz es de Elizabeth Falconer. El nombre es "Canción de cuna de Aiko". He utilizado la traducción al inglés en la historia, pero para aquellos que estén interesados pongo la versión japonesa original al final del capítulo. Muchas gracias a Wolfie del Salón de DBZ por la maravillosa traducción. Gracias a lisaB por sus habilidades beta.
Nota de la traductora: la canción la pueden encontrar en youtube: https(:/) watch?v=j4uPqjKt1zI retiren los paréntesis. Si les gusta la canción, les recomiendo que la bajen porque el usuario que la subió la puede borrar en cualquier momento.
Capítulo treinta y tres
Ira
El silencio que cayó sobre la habitación fue como una capa gruesa ensordecedora y asfixiante, como gas venenoso. La quietud era tan intensa que parecía como si el aire mismo hubiera dejado de moverse, como si todos los protones y los electrones se hubiesen resbalado a un punto muerto y cayeran al suelo llenando el lugar.
Luego, en el interior de la quietud, hubo movimiento. Poco a poco este se filtró dentro de un anillo de rencor hasta que una oleada de ira lo reforzó, inundando la habitación paralizada. Bulma trató de respirar, no obstante, la amenaza pura robó el flujo de oxígeno de sus pulmones. Trató de hablar, pero el espesor del aire le paralizó el cuerpo. El tiempo pasó, la eternidad pasó con rapidez; solo los latidos de su corazón mantuvieron el ritmo de los interminables segundos.
Tan repentinamente como la quietud descendió, hubo una erupción. Una explosión de movimientos la dejó respirando con dificultad por el aire largo tiempo negado, la adrenalina disparó su ritmo cardíaco hasta que su pulso latió en sus oídos.
Vegeta se disparó de la silla y barrió el brazo sobre la mesa para despejar los platos. La delicada porcelana china cayó al suelo de cemento frío y fragmentos color blanco hueso se separaron en todas las direcciones, algunos de los cuales rebotaron con precisión casi mortal en las partes vulnerables de un cuerpo humano. Bulma trató de protegerse los ojos, pero él estaba sobre ella antes de que pudiera moverse.
Los dedos de Vegeta se envolvieron alrededor de sus brazos y su ardiente piel la calentó lacerándola hasta los huesos. Ella trató de gritar, sin embargo, el sonido fue arrancado cuando él la sometió rápidamente levantándola del suelo hasta que sus muslos golpearon el borde de la mesa. Vegeta dio un paso entre sus piernas haciéndola doblar tanto la espalda que sus codos terminaron apoyados en el lino blanco recién manchado.
—¿Por qué lo hiciste?
La cólera que asoló su rostro era nada en comparación con la crudeza descarnada de sus palabras. A pesar de que fueron pronunciadas en voz baja, estaban llenas de tal crueldad que ella se sintió aliviada de que las palabras no pudieran hacer daño físico. Si hubieran sido dagas, la habrían cortado limpiamente.
Los ojos de Bulma se llenaron de la pena que la había plagado desde que salieron de la nave de King Cold. ¿Cuántas veces tendría que disculparse antes de que Vegeta la perdonara, antes de que le creyera? ¿Qué otra cosa podía hacer para reparar el daño?
—Lo hice por ti. No pude soportar que te lastimaran. Yo nunca la habría cortado en primer lugar, pero no tuve otra opción. Lo siento tan...
Su disculpa fue sofocada al ver la expresión de Vegeta. Nunca había visto a alguien tan enojado en su vida. La vena en su sien estaba distendida y palpitaba, volviendo su rostro rubicundo por la rabia apenas contenida. La punta de su lengua se asomó entre sus dientes y ella fue atacada por el repentino fascinante temor de que él iba a morderla en un arrebato.
Casi no tuvo tiempo para contemplar la espantosa posibilidad de tener una lengua cercenada en su regazo antes de que Vegeta comenzara a sacudirla en la forma que un perro frustrado haría con una muñeca de trapo media masticada.
—¿Crees que soy estúpido? —escupió él con tanto veneno que Bulma quedó anonadada—. ¿Alguna vez te he dado algún indicio de que soy una especie de puto idiota?
Él dejó de sacudirla el tiempo suficiente para que ella tartamudee una consternada respuesta a duras penas formada. La negativa apenas había pasado sus labios antes de que él comenzara a sacudirla de nuevo. Un apagado dolor sordo floreció en el centro de su cráneo irradiándose hasta detrás de sus globos oculares cuando el mundo se movió con ella. Bulma se aferró con sus pequeñas manos a los antebrazos de Vegeta, intentando anclarse en la tormenta de su ira y sintió que él apretaba los dedos alrededor de sus brazos, magullándola casi hasta el hueso, pero ante su muda súplica, él cesó de sacudirla, conformándose con ladrarle palabras a su empalidecido rostro.
»¿Crees que porque eres una genio de mierda yo no puedo entender el más simple de los conceptos?, ¿de verdad piensas tan mal de mí, Bulma? Maldita sea, ¡incluso debe ser jodidamente agobiante hablar en mi dirección!
—¡No... no! No, Vegeta, no creo eso de ti en lo absoluto. De hecho, eres la única persona que siempre me ha escuchado. Creo...
—¡Cállate! No puedo soportar tu sollozante pútrida voz. Es como si fueran pequeñas navajas atravezando mi cerebro, ¿es qué nunca te callas? —Tan bruscamente como la había agarrado, la empujó y se volvió hasta que le dio la espalda. Ella observó con la boca abierta como él metía los dedos entre su cabello, en una alucinante y rara exhibición de frustración absoluta que la hacía sentirse fuera de su elemento. No tenía ni idea de cómo responder a este Vegeta, a este hombre que mostraba una emoción tan cruda y abierta que casi se filtraba en el suelo de cemento y en las paredes de acero.
Él se volvió de nuevo con una dura máscara implantada parcialmente en su lugar, pero ella podía ver los bordes irregulares de su dolor ondulando por debajo, la agonía que ardía en sus ojos negros y vidriosos mientras la miraba de un modo peligroso.
—Sé porqué tomaste mi cola, Bulma. Frízer te inmovilizó en una esquina para que lo hicieras y no tuviste ninguna salida. Puedo culparte por como llegaste allí, pero no por lo que hiciste. Si no hubieras sido tú entonces hubiera sido otra persona y ahora mi cola se estaría descomponiendo en algún basurero por ahí en lugar de flotar en una especie de lodo viscoso a la espera de volver a ser reinsertada. Nunca dudé que podrías arreglar lo que jodiste, pero eso no es lo que pregunté, ¿o sí?
Bulma abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua. No tenía ni idea de cómo responder. Si él entendía porque había cortado su cola, ¿por qué la castigó todos estos meses con su actitud fría y distante? Si sabía que lo hizo bajo coacción, entonces ¿por qué estaba tan enfadado? ¿Había pedido disculpas por algo equivocado todo este tiempo?, ¿cómo podía haber hecho algo tan atroz que Vegeta era incapaz de perdonarla y no saber lo que era?, ¿qué había hecho?
—¿No entiendo, Vegeta? ¿Yo... qué hice?
Apenas tuvo tiempo de soltar las palabras antes de que él saltara sobre ella, empujándola hacia atrás sobre la mesa. El calor que su cuerpo irradiaba le recordó el de un reactor nuclear: inestable, imparable y mortal desde el interior.
—¿Por qué me dejaste aquella noche?
—¿Qué? —Bulma pudo sentir que el aire abandonaba su cuerpo en un apuro. De todas las cosas que podría haberle dicho, esa no era la que había esperado. La sangre huyó de su piel ya pálida, dejándole una sensación de mareo por la pérdida.
—Con Zabón, ¿por qué lo hiciste?
Si viviera hasta los cien años, Bulma nunca habría esperado ver una emoción tan angustiosa en los ojos de Vegeta y dudaba que la vería de nuevo si viviera un centenar más. Su sufrimiento era un acontecimiento único en la vida, jamás volvería a pasar y, ella sospechaba, nadie antes había sido testigo de semejante cosa. Tenía un asiento de primera fila en uno de los peores sucesos en la existencia de Vegeta y saber que era la causa de eso, le hizo añicos el alma.
—Te lo dije. Quería salvarte —Ella tartamudeó su explicación completamente incapaz de comprender como ese evento era el que lo había puesto tan furioso. Pensó que su ira contra ella todo este tiempo fue por su cola, pero se equivocó. Un profundo sentido de traición nació la noche en que lo abandonó con Zabón a su lado.
—¿Salvarme?, ¿tú? ¿Qué te hizo pensar que necesitaba ser salvado? ¿Y cómo llegaste a la conclusión de que tenías derecho de hacer algo por el estilo? —El canto de su mano hendió el aire de una forma violenta tan cerca a su rostro por la frustración que casi la golpeó.
—Zabón parecía mucho más fuerte que tú. Más poderoso... —Demasiado tarde se dio cuenta de cómo la condenaban sus palabras. Al pronunciarlas, ella había hecho lo imperdonable; le había robado su orgullo dejándolo casi impotente como guerrero.
Vegeta fulminó con la mirada a la mujer afligida como si fuera un bicho en espera de ser aplastado bajo su talón. Su devoradora ira hacia ella estaba apenas contenida por debajo de un desgarrado velo de autocontrol. En toda su existencia nunca pensó en como las otras personas lo percibían. Él era el Príncipe de Vegetasei, el último heredero de una raza muerta, el rostro vivo de su orgullo y fuerza. Todo lo que le había importado era comportarse de una manera que habría hecho a su pueblo orgulloso y al diablo todos los demás.
Pero con Bulma era diferente. De alguna manera, en algún momento, su opinión sobre él había comenzado a importarle. Vegeta le permitió creer que dejó vivir al comerciante venenoso porque no podía enfrentar la sombra de la condena en sus ojos. Su opinión le importaba, sus pensamientos le importaban, sus sentimientos eran importantes. Y al final, la verdad era que no le tenía ninguna fe como hombre o como guerrero, ni tenía ninguna confianza en su capacidad de protegerse a sí mismo y mucho menos a ella.
Se atrevió a sacrificarse por él, menospreciándolo con cada una de sus acciones. Incluso si una pelea contra Zabón hubiera significado su muerte, no tenía derecho a robarle eso. No tenía derecho a ponerse en peligro porque guardaba algún extraño sentido de responsabilidad sobre su persona. Ella lo trató con tal profundo y permanente desprecio que apenas podía soportar su presencia. Y ese no era ni siquiera su peor crimen contra él.
—Así que te sacrificaste con Zabón como una especie de santurrona mártir. Bueno, ¿no eres mucho mejor que todos los demás en el universo? Eres jodidamente casi angelical, ¿verdad? Que difícil debe ser estar aquí abajo con el resto de nosotros simples mortales que nos enlodamos a través de la vida.
Bulma abrió la boca para hablar, pero Vegeta la cortó, su furia era incontenible, las palabras se derraman de su boca antes de que pudiera revisarlas con su orgullo.
—Siempre te comportas como si fueras mejor que los demás. Como si tu "alma" fuera más valiosa. —Vegeta escupió la palabra de un modo burlón, era claro que no creía ni le importaba el concepto de la inmortalidad espiritual como a ella—. Ahora mírate. Caminas como una especie de zombi sin cerebro, sollozando por la cosa más pequeña, pidiendo un perdón que ni siquiera crees que mereces. No tienes sentido de la autoconservación, no tienes sentido del honor. En lugar de eso, castigas a todos a tu alrededor, me castigas a mí por la pérdida de algo que probablemente nunca tuviste: tu patética alma imaginaria.
Allí estaba la verdadera raíz de su ira, el centro de todo. La responsabilidad que le hizo sentir por su caída en desgracia. Para protegerlo, para salvarlo, ella mató a un hombre a sangre fría; tocó sus labios con los suyos y lo vio morir a sus pies. Se alejó de su protección al lado de un hombre que podría haberla violado y desgarrado miembro por miembro con facilidad mientras ella gritaba por la absolución, todo porque no creyó que él era lo suficientemente fuerte como para valerse por sí mismo. Había hecho pedazos a cientos, ensuciando un pequeño rincón del universo con trozos de carne quemada para salvarlo de la tortura y el encarcelamiento, todo porque lo QUERÍA.
Y luego se atrevía a venir a él y pedir su perdón.
Esta no era la mujer que había conocido, la mujer que lo tentó con las curvas de sus labios rojos y el olor de su sangre. Esa mujer le hizo frente en la zona de guerra de su laboratorio y lo convenció de que perdonara a su planeta, a sus amigos y su vida, aunque solo sea por un tiempo. Esa mujer había sido valiente, apasionadamente salvaje y casi indomable. Ella había sido la diosa de la autoconvicción y la confianza, pero esta mujer que tenía delante no era más que una debilucha sin carácter y quejumbrosa, una mera sombra de sí misma.
Lo que era peor, incluso en su estado actual, todavía era atractiva para él. Incluso ahora la deseaba, la necesitaba... la anhelaba. Desde hace dos años había jurado matarla casi todos los días, una oscura promesa que le hizo en el calor de la pasión, pero ahora, a pesar de todas sus traiciones, no podía decidirse a levantar una mano sobre ella. Bulma lo había castrado con el cuchillo de sus emociones volviéndolo indefenso a su voluntad.
—No estoy tratando de castigarte, Vegeta, en verdad no lo hago. No puedo evitar lo que siento, este vacío que está dentro de mí. Lo siento…
—¡Cállate! —Si ella se disculpaba con él una vez más con la misma enfermiza voz sentimental que usaba cada segundo del día, juraría por todo lo que era profano que explotaría su insignificante bola de barro de planeta y la dejaría para que llore por los muertos.
Avanzó hacia Bulma y ella se acobardó. Por primera vez estaba realmente asustada. Su rabia era insoportable y la inundaba de miedo. Él le lanzó una mirada asesina burlándose de la forma en que temblaba, su ira se volvió más profunda y más oscura con cada estremecimiento de su cuerpo.
»Gracias a ti estoy enjaulado a tu lado, obligado a proteger un planeta que preferiría ver hecho pedazos. Por mi honor, por la sangre de mi familia, no tengo otra opción que vivir día a día en otra forma de esclavitud porque demandaste eso. Porque no importa cuanto te aborrezca, todavía estoy atado a ti. Cada maloliente palabra hedionda de tus labios es mi evangelio, porque no puedo darte la espalda. A veces pienso que si pudiera arrancar la piel de mi cuerpo tal vez me liberaría de ti, pero sé que no es cierto. Solo tú puedes liberarme y nunca lo harás.
Bulma miró a Vegeta con los ojos tan abiertos y azules que todo el mundo podría caer en ellos y perderse. Llena de una distante sensación de asombro escuchó las palabras de Vegeta, sintiendo el dolor que resonaba en su interior ante cada sílaba gruñida. El agujero donde su alma solía estar comenzó a colmarse con la más profunda y desgarradora agonía inimaginable.
Nunca se dio cuenta de que Vegeta tenía sentimientos tan fuertes sobre ella. Sabía que lo ponía furioso, que muy posiblemente no la quería, pero que la odiara con tal devoradora convicción no se le ocurrió. El hecho de que se sentía encadenado a su lado, esclavizado por su promesa a ella, rompió lo que quedaba de su marchito corazón. Jamás le infligiría ese tipo de tortura emocional de forma deliberada. Nunca le haría daño voluntariamente.
—Lo sien... —Ella se detuvo antes de que pudiera decir las palabras que solo servirían para condenarla a sus ojos. Trató de recuperar la compostura para encontrar a la persona que una vez había sido antes del inicio de esta farsa, pero esa mujer desapareció, dejando tras de sí a alguien aterrorizada y llena de lágrimas.
En el exterior, era una heroína vestida de cuero y armada hasta los dientes, no obstante, en presencia de Vegeta se convertía en una persona completamente diferente. De alguna manera perdió un pedazo de sí misma en la nave de King Cold. Estaba tan preocupada por salvar su relación con Vegeta, con recuperarlo, que dejó escapar la única cosa que se enorgullecía de ser… una mujer segura y capaz.
Ella se aclaró la garganta y estabilizó sus nervios. Muy dentro, la mujer que había sido todavía era difícil de alcanzar, pero se esforzó por imitarla… por convertirse en lo que una vez fue, aunque solo sea por este único momento en que era tan importante.
—Entonces te libero. Déjame reparar el daño que te hice, luego podrás irte y encontrar tu propio camino en la vida.
Ella pensó que sus terribles palabras habían sido la peor agonía de su vida, pero liberar a Vegeta de su juramento era mucho más doloroso. Sentía como si estuviera arrancando un pedazo de su ser. No podía imaginar que el sufrimiento sería peor si se hubiera arrancado el corazón del pecho.
Vegeta se quedó mirándola, haciéndola sentir más pequeña de lo que en verdad era. Ella se esforzó por estar de pie, por infundir algo de sustancia en su frágil cuerpo para que pudiera verla como un ser humano en lugar del objeto de su odio. Con un orgullo que había olvidado hace mucho tiempo, se alejó de él y se dirigió hacia uno de los ambientes del laboratorio, deteniéndose cuando no la siguió. Se volvió de nuevo, resistiendo el impulso de extenderle la mano.
—Por favor, Vegeta, déjame sanarte.
Los labios carnosos de Vegeta se apretaron y supo que una vez más había dicho algo incorrecto. Bulma suspiró y el agotamiento de solo vivir pesó sobre ella.
—Esto no cambia nada entre nosotros. Todos tus intentos de hacer lo correcto no sanarán esta… —Él agitó la mano, obviamente le faltaban las palabras—, esta cosa que tenemos.
—Lo sé, sin embargo, contribuirá en gran medida a mi curación.
Él sacudió la cabeza por un instante como si estuviera en desacuerdo con ella o tal vez en desacuerdo consigo mismo. La siguió, cada fluida línea de su cuerpo estaba llena de amenazas. Avanzaron juntos en dirección al ambiente médico.
Sin que se lo digan, Vegeta se quitó la ropa y se tumbó en la fría mesa de acero inoxidable. Por un momento, Bulma sintió un estremecimiento de esperanza. Para nadie más Vegeta se recostaría y le permitiría libertad sobre su cuerpo sin protección. A pesar de odiarla, él confiaba en ella para sanarlo, para hacerlo todo de nuevo. Ninguna cantidad de ira nunca podría arrebatarle eso y en el poco tiempo que les quedara juntos, se aseguraría de no hacer nada para traicionar su confianza en ella.
Bulma lo colocó de costado y selló su cola ya descongelada a su columna vertebral con un poco de gel orgánico temporal. No pudo resistir la tentación pasar los dedos a lo largo de la curva de su cadera, pero la rigidez de su cuerpo rápidamente le advirtió distancia. Cerrando los ojos con remordimiento, se dio la vuelta para recoger el frasco de plata líquida.
—Esto va a doler. —Ella quería decirle que estaría bien si gritaba, que no le diría a nadie si expresaba dolor, pero sabía que él nunca haría algo así. Sin importar la agonía, la soportaría en silencio. Su orgullo guerrero no le permitiría otra cosa.
Lentamente ella vertió los nanos sobre la herida hasta que se extendieron como una manta de mercurio por su cola y la parte baja de su espalda. Al instante Vegeta se puso rígido, sus músculos se contrajeron en respuesta al intenso dolor que ella sabía que tenía que estar sintiendo. Una ligera capa de sudor estalló sobre su cuerpo puliendo la piel de bronce con un reluciente brillo bajo las blancas luces estériles.
Ya que sabía que le tomaría horas a los nanos completar su meticuloso trabajo, Bulma se sentó cerca de la cabeza de Vegeta. Se sentía impotente por no poder aliviar su agonía y con el corazón roto porque no le permitía consolarlo como deseaba. Los escalofríos comenzaron a sacudir el cuerpo de Vegeta y ella observó como apretaba sus ojos cerrados con fuerza, tomando el dolor de la reinserción de sus nervios estoicamente.
Al final, incapaz de soportarlo más, le dio forma a sus anhelos de consolarlo y comenzó a entonar la letra de una canción de cuna casi olvidada que su madre solía cantarle. Casi sin pensar, sus dedos buscaron el cabello grueso de Vegeta y peinó los mechones negros como la tinta con dulzura.
Los niños de las islas tropicales
Atraídos por el cielo nocturno
Se dirigen a ver las estrellas
No llores, no llores
Alza la mirada
Y observa el cielo estrellado
Las cosas aterradoras y las cosas inquietantes
Todo desaparece
ante la luz de hace miles de años
Cerré la pequeña puerta
y lloré hasta que no pude más
Después contemplé el universo infinito
y mis lágrimas se detuvieron
No llores, no llores
Alza la mirada
Y observa el cielo estrellado.
A Bulma le llamó la atención lo triste que era la canción, la forma en que le recordaba a Vegeta. ¿Alguna vez alzó la mirada al cielo, al diminuto punto de luz estelar que fue su hogar, y añoró el consuelo de los brazos de su madre o la seguridad de la sombra de su padre?, ¿alguna vez alzó la mirada al cielo nocturno y se quedó soñando con todas las cosas terroríficas que atormentaban su alma supuestamente inexistente?
Sintió que se consumía, que agonizaba con él. Impotentes lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas y cayeron sobre el frío acero de la mesa. Quería poder llevarse todo su dolor y sufrimiento, quería poder reparar mucho más que su cola herida. Quería ir más allá de la armadura de su orgullo y curar las heridas de su corazón y de su alma, quería reparar su psique rota. Él se merecía mucho más en la vida que solo los restos del honor de su pueblo.
En algún lugar profundamente dentro, una pequeña parte de ella gritó que merecía mucho más también. Merecía más que su crueldad y escarnio, sin embargo, apartó el pensamiento y en lugar de eso se centró en los males que había perpetrado contra el hombre que quería.
—Por favor, perdóname —susurró ella, pero solo el silencio y una dolorosa respiración entrecortada fue la respuesta.
Versión original japonesa
Minamino shimanisumu
nakijakuru kodomotachiwa
Yoruhahani tsurerarete
Hoshio miniyuku
Nakunayo, nakunayo
Mitegoran
Kono hosizora wo
Kowaimonomo nayamimo
Kieteyuku
Nanzennenmo maeno hikari
Chiisaitoki doao shime
Kurushiihodo naitakedo
Hatenonai kono uchuo
Mita atowa
Namidamo tomatta.
