Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: DBZ fue creado por Akira Toriyama. No soy dueña de DBZ, ni jamás.
Sé que esto es lamentablemente corto, pero no tengan miedo, ya estoy trabajando en el siguiente capítulo y puedo prometer que la espera no será tan larga como la anterior. Mis más humildes disculpas. Para aquellos de ustedes que han notado mi deserción del fanfiction Supernatural, todo lo que puedo decir en mi defensa es que Dean Winchester tiene una carne y sangre ¡tan malditamente masculina!
Capítulo treinta y cuatro
Pavor
El sonido fue lo primero que penetró en la conciencia de Bulma. Este escavó profundamente en la oscuridad sacándola del sueño y pudo oír a los jardineros cuidando del césped bajo su ventana, a las aves protestar contra su intrusión con una ráfaga de gorgojeos y a su madre moverse en la cocina.
El segundo sentido en despertar fue el olfato. Pudo percibir el aroma fresco y limpio del suavizante de tela utilizado en sus sábanas, el perfume de la noche anterior en su piel y el café recién preparado en la planta baja.
La sensación vino después para levantarla a otro nivel de vigilia. Sintió las sábanas de algodón egipcio, su camisón de seda china y el cálido sol de la mañana en el rostro.
Todos eran heraldos de su conciencia, guías de piedra en el abismo oscuro entre el sueño y el despertar. Otro día significaba avances más brillantes y retos más alucinantes, tardes llenas de compras y noches bailando con sus amigos.
La vida era una aventura solo rota por la necesidad biológica de dormir. Bulma amaba la vida y toda la emoción que traía. Ella saltaba de la cama todos los días, lista para el próximo desafío antes de que incluso estuviera completamente vestida.
Pero esta mañana era diferente. Mientras se levantaba a través de los niveles de su conciencia, el temor comenzó a impregnar todos los huesos de su cuerpo con una abrumadora sensación de desesperanza. En lugar de heraldos, sus sentidos se convirtieron en almas en pena que le gritaban volver a las profundidades de la oscuridad e inconsciencia.
Las almas en pena eran los heraldos de la muerte.
Ella se despertó, sus ojos seguían cerrados, pero sus sentidos estaban conscientes y una nueva sensación se filtró: la pérdida, el vacío. El conocimiento de que algo vital faltaba en su vida.
Poco a poco abrió los ojos y parpadeó ante la brillante luz del sol. Apartó la colcha y tiró de ella misma dando pasos inseguros fuera de la cama. Un peso que nunca había sentido antes la presionaba, era la certeza de lo que encontraría más allá de la ventana de su dormitorio. La tristeza que brotó en su interior le llenó el corazón hasta que este se sintió como si estuviera demasiado empantanado para latir.
Se tambaleó hacia la ventana y separó con los dedos las ranuras de las persianas algo abiertas. Abajo en el gran jardín pudo ver a una cuadrilla de jardineros cortando el césped, a una profusión de vistosas flores que se extendían en el frente de la casa y a los pájaros revolotear sobre el atril de abedules blancos en el extremo más alejado.
Lo que ella no vio fue a Isis, su nave espacial, atracada en el césped desde su regreso y el de Vegeta hace unas semanas. La sensación de pavor era por el conocimiento inconsciente de que él la había abandonado. Ella debió oír los motores anoche mientras dormía, solo para darse cuenta de que era verdad cuando se despertó.
Vegeta se había ido. Liberado de su juramento de proteger a la Tierra, escapó tan pronto como tuvo la oportunidad de robar su nave. No le importaba el robo, se la habría dado encantada. Lo único que le hubiera pedido a cambio era un adiós, pero él la consideró indigna incluso de eso.
Todas las emociones manaron de su interior, todo el terror, el miedo, la soledad, todo el desamor irrumpieron a través de su pecho robándole el aire a sus pulmones y la sangre a su piel.
Ahora sabía porque las difuntas almas en pena estaban gritando, era por la muerte de su corazón.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas a raudales y horrendos sonidos de asfixia se arrastraron hasta su apretada garganta, consiguiendo subir hasta que ya no pudo contenerlos y estos se desgarraron libres con tanta fuerza que ahogaron el estruendo de las cortadoras.
Bulma se hundió en el suelo delante de la ventana, olvidó liberar las persianas de su intenso agarre y tiró de ellas torcidamente. Luego acurrucó su cuerpo contra la fría pared y envolvió los brazos alrededor de sus costillas para evitar que estallen por la fuerza de sus sollozos.
La puerta de la habitación se abrió de golpe y a través de las lágrimas, pudo ver a su madre vestida con un traje de volantes color rosa y una cuchara de madera para panqueques levantada en defensa de su bebé. Al ver que nadie la estaba atacando, dejó caer la cuchara, corrió a su lado y la abrazó para consolarla.
Ninguna pregunta fue hecha, solo susurrantes sonidos reconfortantes y pequeños besos cayeron sobre la cabeza de Bulma.
—Me dejó, mamá. —Las palabras se ahogaron en torno a los sollozos. Fue lo único que pudo decir antes de que su capacidad de hablar se disolviera completamente.
Los brazos de Bunny la estrecharon más y el maternal mantra continuó. No era necesario ningún comentario, ninguna explicación era requerida. Solo había un "él".
Perdidas en su burbuja de pesar, las mujeres no oyeron los gritos de abajo, pero el choque de la puerta del dormitorio las hizo saltar. La señora Briefs se colocó entre su hija y dos pulcros hombres de traje negro. Ambos empuñaban armas y no dudaron en apuntarles.
—¿Qué significa todo esto? —La señora Briefs gritó con las manos en la cintura. Atrás quedó la usualmente boba socialité y en su lugar estaba una madre feroz.
—Bulma Briefs, está bajo arresto —declaró uno de los hombres de mandíbula cuadrada. Pasaron rodeando a la señora Briefs eludiendo con facilidad sus golpes. Un hombre puso a Bulma de pie mientras el otro le esposaba las manos por detrás de la espalda. Demasiado sorprendida para protestar, ella tropezó cuando la empujaron hacia la puerta.
—¿Quién eres y de qué acusas a mi hija?
—Eso es clasificado, Madame —replicó el segundo hombre con los ojos ocultos detrás de sus gafas de sol.
—Esto es absurdo. ¿Saben quiénes somos?, ¡somos los Briefs! —La señora Briefs se irguió en toda su altura, hinchándose como un gallo de pelea.
—Es un asunto de seguridad nacional, señora. Ahora dé un paso al costado.
Ellos la empujaron por los hombros y bajaron a Bulma por las escaleras para sacarla de la casa. La metieron en un sedán negro, lo que hizo que la señora Briefs por detrás comenzara a gritar que su hija estaba siendo secuestrada.
Los hombres la ignoraron y la dejaron de pie en su arrugado vestido con volantes en medio del camino mientras los neumáticos traseros la apedreaban con gravilla. Bulma se volvió para ver a su madre que los perseguía perderse en el polvo.
El temor en sus entrañas se intensificó, pero el miedo se había ido. La pérdida de Vegeta había adormecido su alma. No quedaba nada que estos hombres pudieran tomar de ella que él ya no hubiera robado.
