Nota de Tempestt: Sé que dije en el capítulo anterior que esta entrega sería mucho más rápida de lo normal y lamento no haber sido capaz de cumplir con esa promesa. De hecho, terminé este capítulo hace semanas, pero Lisa, mi beta, me lo devolvió. Así que pueden culparla por el retraso. ¿Y saben qué? Ella tenía razón. El capítulo que escribí era completa y totalmente equivocado. Esta no es una historia de amor ligera, esponjosa como una nube forrada de plata. Es un romance oscuro y lleno de obsesión y posesión. El amor puede ser a la vez maravilloso y terrible, y todo lo demás. Así que en lugar de culpar a Lisa, puedes darle las gracias por este capítulo, ya que sin ella no existiría. Ella aplasta mi tendencia natural a escribir sobre arco iris y unicornios, y soy mejor escritora por eso. Muchas gracias a Lisa.
Advertencia : Un poco de contenido sexual, pero no demasiado ... explicito.
Capítulo treinta y cinco
Tortúrame
Vegeta atravesó las sombras del club nocturno, todo su cuerpo irradiaba agresión apenas contenida. Nunca disfrutaba de venir a estos lugares, eran ruidosos, olían demasiado a sexo y siempre había alguien tratando de tocarlo. En ocasiones se vio obligado a entrar, ya que sabía que si Radditz y Nappa se quedaban sin supervisión probablemente pasaría el resto de su vida pagando por el daño que causaron en estado de embriaguez. Pero nunca se dejó tentar, ni una sola vez.
El ritmo de los tambores se deslizó alrededor de sus testículos antes de arrastrarse por arriba de su espalda para clavarse en el fondo de su cerebro. Podía sentir las vibraciones en el piso martilleando a través de sus talones todo el camino hasta sus ojos. La médula de sus huesos resonó hasta que sintió que su sangre latía al compás de la música. Todas las criaturas que lo rodeaban se retorcían y enroscaban. Algunos bailaban con la música, otros al ritmo creado por la boca y los dedos de sus parejas.
Habían pasado días desde la última vez que comió y aún más desde que durmió. Siempre se movía de un lugar a otro, viajando de una base estelar a la siguiente. No quería ir más despacio, no quería parar; detenerse significaba pensar y pensar significaba recordar.
Las luces comenzaron a formar efectos estroboscópicos desde el techo, congelando a las personas a su alrededor en posiciones ridículas antes de que las sombras los reorganizaran. Bajó la mirada y vio sangre manchando el dorso de su mano. Frunció el ceño por un segundo, pero luego las sombras lo ahogaron en la oscuridad de nuevo. Con aire ausente, se pasó la mano por el muslo para limpiar la mancha y respirando exhausto hizo el camino a través de la multitud con cuidado de no rozar a nadie si podía evitarlo.
Estaba casi en el bar donde un vibrante arcoíris de humanoides se alineaba a la espera de sus bebidas cuando vio un destello de cabello azul al otro lado del lugar. Al instante notó que era la sombra equivocada. Lucía demasiado profundo, casi oceánico en su color, no la luz azul verdosa a la que estaba acostumbrado. Sin embargo, lo que su cerebro sabía y lo que su cuerpo sabía eran dos cosas diferentes. Sintió que el pene se le hinchaba hasta darle un codazo en el bajo vientre con insistencia. No había probado una mujer, no había olido a una desde que la... dejó.
Sin problemas cambió de dirección, su patente agresión se volvió depredadora mientras acechaba entre la multitud. Los hombres retrocedieron y protegieron a sus mujeres detrás de ellos. Las mujeres le lanzaron miradas llenas de temor y anhelo. Él ignoró a todos, tenía ojos solo para su objetivo.
El destello azul desapareció entre la ondulante multitud y Vegeta dejó escapar un gruñido de descontento. Los bailarines alrededor de él dieron un paso atrás, abandonándolo en un círculo vacío en el centro de la pista. El destello azul apareció de nuevo en la base de la escalera al otro extremo de la pista, detrás de la banda en vivo que tamborileaba salvajemente. Esta vez pudo ver la delicada curva de la espalda de la mujer revelada por un vestido de seda rojo. La imagen le resultaba familiar y los dedos de Vegeta se contrajeron con añoranza a los costados.
Ella se dio la vuelta para echarle un vistazo y la expresión de Vegeta se redujo. Sus ojos no eran del color azul profundo que había pasado horas mirando. Eran verdes, casi jade; atractivos, pero incorrectos. Ella lo miró desde el otro lado de la pista y sus pestañas se sumergieron antes de que, con el mentón, le indicara sutilmente la parte superior de la escalera. Luego se volvió, exhibiéndose lentamente mientras subía por los escalones.
La erección de Vegeta se endureció, su sangre ya al ritmo de los tambores comenzó a pulsar con insistencia desde la base de su pene hasta llegar a la palpitante punta. Sus testículos colgaron pesados entre sus muslos y tuvo que reprimir el impulso de tocarlos él mismo. Miró atrás hacia el camino por donde vino, pero ya se encontraba avanzando.
Un hombre de piel púrpura dio un paso en su camino y Vegeta gruñó en señal de advertencia, disparó una mano que el hombre esquivó rápidamente; el miedo y el instinto lo hicieron lo suficientemente veloz como para evitar el desastre. Las luces comenzaron a parpadear de nuevo y Vegeta vio más rayas de color rojizo en el dorso de su mano. Estas empezaban en las puntas de sus dedos y se arrastraban hasta los nudillos. Sus cejas oscuras bajaron mientras se frotaba la mano contra el pecho.
La mujer ahora se hallaba en la parte superior de la escalera mirando hacia atrás y haciéndole señas. Vio que era demasiado alta, casi igual a él en altura. Sus labios hicieron una mueca de desdén cuando aterrizó un pie en el primer escalón. Subió las escaleras en tiempo récord, pero ella ya se alejaba por el pasillo. Arriba de la escalera, un hombre corpulento estaba parado a un lado, discreto hasta el momento, no obstante, eso cambiaría si Vegeta intentaba pasar.
El hombre le tendió una mano con la palma hacia arriba, un segundo conjunto de brazos muy musculosos permanecieron cruzados sobre su abdomen. Vegeta miró la mano extendida y la repugnancia le retorció el estómago. Por delante, pudo ver a la mujer esperando en el recodo del pasillo apoyada en la esquina mientras lo miraba por encima del hombro. La expresión de sus ojos verdes era ilegible, pero en su rostro insulso había una ligera aceptación. Ahora en el pasillo completamente iluminado, sin el efecto estroboscópico para distraerlo, vio que su pálida piel tenía un tono azulado, como si se hubiera quedado afuera en la nieve por mucho tiempo. Se preguntó si sería fría al tacto.
Sin dejar de mirar a la mujer, soltó algunos creds en la mano extendida del gorila. Negocio realizado, la mujer desapareció por la esquina y Vegeta la siguió. Al doblar la curva, la vio desaparecer en una habitación, la puerta quedó a lo ancho como una invitación para que la siguiera. Él miró alrededor cuando entró y se impresionó por la apariencia estéril. Tenía solo una cama compuesta de sábanas rojas sin edredón. Para facilitar la limpieza entre los clientes, estaba seguro. Al lado de esta había una mesita de noche con una cesta llena de regalos encima de la misma. Vegeta no tenía ningún deseo de mirar las pequeñas botellas y frascos en su interior. En la esquina se ubicaba una lámpara, la única iluminación en la habitación. La mujer se puso de pie junto a él, su rostro era una apacible máscara de complacencia.
—¿Quieres la luz apagada o encendida?
Mientras hablaba, Vegeta sintió fragmentos de hielo moverse en su cerebro. Su voz era demasiado artificial. Estaba destinada a ser suave y seductora, una tentación sonora al igual que su cuerpo se suponía que era una tentación para la vista. No tenía altos ni bajos, sin indignación o sinceridad. Era la voz de un títere.
Cuando no respondió, la mujer se encogió de hombros y dejó la luz encendida. Ella se movió para estar frente a él, ya desabrochándose el vestido. La tela de seda se deslizó por su cuerpo agrupándose en sus caderas antes de caer a sus pies. Vegeta observó el descenso, sus ojos desapasionados absorbieron los pezones de color azul oscuro, la estrecha cintura y la piel azul marino.
Su cuerpo era perfecto. Su delicada cintura se ensanchaba en las caderas que parecían lo suficientemente amplias como para que un hombre las agarrase. Sus senos podían llenar sus manos y eran, sin duda, dulces al paladar. Ella había sido elaborada a partir de un sueño húmedo para ser lo más bella posible. Ella estaba completamente equivocada.
La mano de Vegeta aceleró tan rápido que fue como un borrón cuando envolvió los dedos alrededor de su cabello. Este era grueso y pesado, no tenía la usual suavidad sedosa a la que tanto estaba acostumbrado. La mujer se quedó sin aliento, pero permaneció inmóvil mientras él torcía su cabeza a un lado para mirar su nuca oculta por los rizos. En la línea de esta había una serie de números tatuados en su piel.
—Eres un clon —acusó Vegeta y, aun así, la mujer no se inmutó ante su tono. Ella no podía, era incapaz de sentir miedo.
—Por supuesto. —La voz cantarina se oía sexualmente apasionante. Ella extendió la mano para tirar del dobladillo de su camisa en un intento por desnudarlo, pero Vegeta dio un paso atrás y se volvió para hacer frente a la puerta.
Un clon era un híbrido creado en un laboratorio. Ellos crecían según la especificación en apenas horas y solían ser enviados a trabajar donde otros no tenían ningún deseo de ir, como las minas o el comercio sexual. Era bastante fácil cuando la manipulación del ADN podía hacerlos resistentes a los terrenos traicioneros o tan hermosas que los hombres quisieran follarlas por un precio.
No eran sensitivos. No realmente.
Vegeta bajó la mirada a sus puños cerrados. La sangre aún estaba allí, rayándole las manos. Formaba costras en las crestas de sus nudillos y humedecía los surcos entre sus dedos. Pensó que las lavó antes de descender de la nave, pero debió haberlo olvidado.
Se había detenido en uno de los puestos de avanzada de Frízer antes de venir aquí. Otro en una larga línea que visitó en las últimas semanas. Ellos le dieron la bienvenida al igual que los demás. Parecía que Vegeta era el oficial de mayor rango que quedaba del ejército de Frízer, el resto fueron destruidos en la nave de Cold cuando voló en pedazos.
Esperaban que él tomara el mando, pero se equivocaron. Los mató a todos. Siguió matando sin parar y, aun así, siempre había más de ellos, como cucarachas saliendo a raudales por una alcantarilla. Tantos soldados al igual que él se negaron a levantarse contra Frízer cuando estaba vivo y no tenían a donde ir ahora que estaba muerto. Vegeta se dijo que les hacía un favor sacándolos de su miseria. Eran inútiles reliquias de una época que pasó. Ciertamente eso no podía ser un pecado, ¿o sí?
Frízer se había ido, la razón de Vegeta para vivir se había ido. No quedaba nada por que luchar.
La mujer se presionó por detrás de él, unas hábiles manos se sumergieron por debajo de la pretina de su pantalón en busca de su pesada erección, sacudiéndolo cuando frotó su carne caliente. Él giró en sus brazos, sus ojos negros la miraron fijamente y la acompañó hacia la cama. Ella cayó de espaldas y él la siguió; su cuerpo lo acogió entre sus pálidos muslos quedando atrapada sin poder hacer nada.
—Lucha contra mí —demandó él y sus ojos brillaron con un fuego infernal.
—¿Luchar contra ti? —La voz vaciló un poco, aunque no de miedo, sino de confusión. La palabra lucha no estaba en su vocabulario. No tenía ninguna referencia de eso, solo había sumisión.
—¡Llámame idiota, bastardo, hombre malo! —La voz de Vegeta sonaba ruda mientras la agarraba de las caderas. Ella se resistió contra él; era un canto de sirena, no una protesta.
Sus ojos se nublaron, no comprendía su petición. Ella envolvió los brazos alrededor de su cuello para tratar de convencerlo de que la bese, pero él se negó. Sus labios estaban pintados de rojo cereza, sin embargo, eran demasiado planos, casi delgados. Ellos no eran llenos y carnosos, no se curvaban en las esquinas. Los de Bulma siempre se curvaban, incluso cuando le gritaba. Era como si en cualquier momento fueran a explotar en una sonrisa. Los labios de esta mujer no serían deliciosos como los de ella.
Vegeta recordó la primera vez que quedó fascinado con los labios de Bulma. Fue mientras estaba cautivo en su laboratorio y ella trabajaba tan duro en crearle una nueva celda. Finalmente lo hizo, pero cuando trató de anestesiarlo hasta la inconsciencia para moverlo, calculó mal la dosis. Él se había despertado demasiado drogado con su enfoque en solo dos cosas: sus labios y su cuello.
No sabía si quería besarla o estrangularla hasta la muerte. Ella era la bruja que lo torturaba con el cautiverio, que lo provocaba con su belleza y lo embrujaba con su ingenio. Durante los primeros días todo lo que quería hacer era follarla hasta la muerte. Literalmente. Él quería extender sus blancos muslos y empujarse dentro mientras asfixiaba su vida. Quería besar sus labios de cereza hasta probar el dulce sabor salado de la sangre.
La había robado con eso en mente. Quería follarla, hacerla suya y luego matarla. Castigarla, destruirla como lo destruyó. Incluso cuando él sostuvo su vida en sus manos, ella le gritó haciendo demandas petulantes. Siempre lo miró a los ojos, sin miedo y con orgullo, aun mientras envolvía las manos en su delicado cuello.
¿Qué había cambiado, se preguntó?, ¿cuándo él se convirtió en algo tan fundamentalmente diferente?, ¿por qué se sentía tan jodidamente irracional cuando ella no estaba cerca?, ¿por qué ella había dejado de luchar contra él?
A través de la neblina de los recuerdos se dio cuenta de que la habitación destellaba con luces rojas y amarillas, y un zumbido bajo vibraba a su alrededor. Oyó gritos a la distancia, el lugar se llenó de gente, pero nadie se le acercaba. El miedo aumentó en el ambiente, él miró a un lado y vio al gorila de la escalera contra la pared.
—De ninguna manera lo voy a tocar. ¿Me estás tomando el pelo?, va a volar todo el lugar. —Vegeta escuchó a un hombre decir detrás de él y sus cejas se unieron en un feroz ceño.
El gorila, al ver que Vegeta ahora lo miraba, tendió sus cuatro manos con complacencia.
—Si quieres matarla, no hay problema. Ofrecemos ese servicio, pero a un costo adicional. —La voz del hombre se limitó a bajar de tono solo un poco mientras hablaba y las otras voces en la sala se quedaron inmóviles ante esas palabras. Vegeta miró sobre su hombro y pudo ver a otros tres hombres grandes llenando la habitación y algunas caras femeninas más pequeñas asomándose desde el pasillo. Ahora se daba cuenta de que el zumbido bajo que escuchaba era una sirena de alerta.
Miró a la mujer debajo de él, sorprendido al ver que su piel se había vuelto azul hielo. Sus ojos verdes estaban muy abiertos y enrojecidos en los bordes donde los vasos sanguíneos estallaron, pero todavía no los llenaba el miedo. Todo lo que Vegeta podía ver era la aceptación. Movió los ojos más abajo y vio que tenía las manos envueltas con fuerza alrededor de su delgado cuello. Moretones oscuros florecían bajo sus dedos y sus manos ahora estaban empapadas con sangre. Era brillante y reluciente, recién derramada. Analizó a la mujer esperando ver las heridas, pero no había nada.
Las manos del clon ni siquiera le envolvían las muñecas, en cambio estas yacían a los costados, calmadamente esperando el fin. Cuando trató de estrangular a Bulma, ella luchó con tanta fuerza que sus pequeñas uñas de gatito le rompieron la piel. Ella nunca esperaría pasivamente a morir, incluso ahora que su alma estaba muerta y todo lo que quedaba atrás era una marioneta, pelearía hasta el final, porque en lo más profundo era una luchadora.
Se preguntó si esto contaría como un asesinato en la mente de Bulma. Después de todo, la criatura debajo de él ni siquiera era consciente. No tenía un alma, ¿o sí? Él no tenía un alma..., ¿o sí?
Vegeta liberó su agarre y se disparó de la cama tan rápido que los varones en la habitación se empujaron hacia atrás un paso. No los miró mientras giraba para caminar hacia la puerta. Ellos hicieron un espacio para él cuando salía y sin una palabra dejó el club para volver a la nave.
Entró pisando fuerte en el puente de Isis, cabreado más allá del entendimiento. Había estado maniobrando la nave demasiado duro en las últimas semanas desde que la robó. No estaba al borde de averiarse, pero no funcionaba tan bien como lo haría si Bulma estuviera presente. Esa mujer podía convencer a un cubo oxidado de darle un ciento diez por ciento. Si Vegeta no la conociera mejor, pensaría que tenía la capacidad de hablar telepáticamente con las máquinas.
Desde la consola de comunicaciones escuchó un pitido y él se detuvo tan repentinamente que el aire a su alrededor vibró con el choque. Se quedó mirando el pequeño destello de luz amarilla que le decía que tenía un mensaje en espera.
Solo había una persona que lo llamaría. Solo había una persona que sabía cómo encontrarlo.
Lentamente se acercó a la pantalla de visualización y apretó el botón, su cuerpo se preparó de forma automática para un ataque verbal. Sintió inquietud, furia y extrañamente, anticipación arremolinándose en su pecho. Existían otras emociones mezcladas entre sí en su interior que no podía nombrar, que él no quería.
—¡Bastardo!
La palabra que esperaba, la voz no. La señora Briefs aparecía claramente en la pantalla. Su maquillaje generalmente perfecto estaba manchado y su cabello rubio se enredaba alrededor de sus hombros. Podía ver que tenía los ojos enrojecidos por el llanto.
Algo terrible explotó en su pecho. Casi no lo reconoció, ya que no había sentido una emoción tan fuerte desde que fue un niño, pero estaba bastante seguro de que era miedo. Miedo de que algo le hubiera pasado a Bulma.
—¡Todo es tu culpa! Esos hombres llegaron y se llevaron a mi hija. Probablemente están torturando a mi bebé en este momento y todo es tu culpa. Si nunca hubieras entrado en nuestras vidas, si nunca hubieras mostrado tu miserable pellejo en nuestro planeta, todos seriamos felices ahora.
Ella chillaba a todo pulmón, lo que hacía que su voz sonara apretada por el pánico. El señor Briefs apareció en el borde de la pantalla, sus brazos delgados hicieron un esfuerzo por abrazar y consolar a su esposa, pero ella se lo quitó de encima. Las lágrimas caían por el rostro de la mujer mayor ahora y utilizó un pañuelo blanco para secarlas. Luego se dio la vuelta para dirigirse hacia su esposo, el espectador olvidado.
»No puedo pasar por esto otra vez. No pueden arrebatármela tan pronto después de que acabamos de recuperarla. ¿Por qué no pueden encontrarla?
El señor Briefs la hizo callar con gentileza y Vegeta pudo oírlo decir que había gente buscándola, pero él ya estaba alejando a la señora Briefs. La pantalla se oscureció dejando a Vegeta solo en el puente. Sabía que el mensaje fue grabado y enviado hace semanas. Se necesitaría mucho tiempo para ponerse al día con él a años luz de la Tierra.
Había una buena probabilidad de que Bulma ya hubiera sido encontrada y rescatada. Era probable que estuviera cómodamente instalada en su casa palaciega en ese momento, siendo sobreprotegida por su loca madre y la mitad del personal de servicio. No existía ninguna razón para que regrese a la Tierra. Incluso si ella seguía sin aparecer, todavía no había una razón para que regresara. Bulma ya no era su preocupación. No era nada para él, salvo un recuerdo.
Ella era el pasado y él tenía que pensar en el futuro.
Todo su cuerpo se tensó dolorosamente ante la idea y sus hombros se movieron hacia adelante como si hubiera recibido un golpe en el pecho. Giró con la intención de volver a su habitación para poder lavar la sangre de sus manos. Mientras caminaba por los pasillos, lo único que podía ver eran sombras y ecos del pasado. Todo en la nave le recordaba a Bulma.
Por instinto entró en la habitación que compartieron en su viaje a través del espacio. Desde que robo la nave la había evitado, porque sabía que no era nada más que un pantano emocional. Sus ojos diabólicos saltaron de un lado al otro asimilando las sábanas de satén arrugadas que aún seguían en el suelo donde Bulma las dejó. Nunca fue una gran ama de casa. Se acordó de las docenas de veces que él recogió el desorden en la habitación mientras ella estaba afuera trabajando en algunas reparaciones de la nave.
Ella se había burlado de él diciéndole que era un maniático de la limpieza y él le gruñó que un soldado no podía permitirse el lujo de tropezar con basura esparcida por el suelo como si fueran enemigos al ataque. Bulma se rio, puso los brazos en su cuello y le susurró al oído que sus tendencias a lo June Cleaver estaban a salvo con ella. Nunca supo lo que quiso decir, pero tampoco importaba porque tan pronto como estuviera entre sus brazos iba a recostarla en la superficie más cercana, procedería a envolver todo su cuerpo alrededor del suyo y arrancaría gemidos de éxtasis de sus perfectos labios curvos.
Se sorprendió al darse cuenta de que no podía decir de qué color eran las sábanas. Veía que tenían un matiz, una sombra, pero era apagado y sin brillo. Era como si estuviera viéndolas, aunque no realmente. Los únicos colores que distinguía con toda intensidad eran el rojo fresco del derramamiento de sangre y la dolorosa frialdad del azul. Bajó la mirada hacia sus manos esperando ver sangre allí, más no había nada. Sus manos estaban limpias hasta la raíz de las uñas.
En las últimas semanas perdió el gusto por la vida, su sed de ella. Respiraba y, aun así, no había ningún olor en el aire. Veía, pero no había color en el mundo que lo rodea. Vivía en dos lugares a la vez. El presente donde deambulaba sin rumbo fijo, matando a los que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino y en el pasado donde los recuerdos lo perseguían. Entremezclados con estas memorias estaban los susurros insidiosos de la forma en como ella lo había roto, como lo había destruido.
Antes de que Bulma invadiera su vida y lo atrapara despiadadamente en una jaula, su existencia había sido predeterminada. Tenía cada uno de sus pasos trazado y previsto para los próximos veinte años: la caída de Frízer y su ejército, la destrucción de civilizaciones enteras y su ascenso al poder absoluto. Un monótono, monstruoso paso tras otro. Él había existido en una prisión de su propia creación y Frízer fue el guardián con todas las llaves. Era una prisión flotante de carne y hueso, de metal y vidrio. Era un infierno.
Bulma rompió la desolación de su vida y le presentó el color. Con ella el universo estaba lleno de paisajes, sonidos y sabores exóticos. La intensidad de su vitalidad lo recorrió atravesándolo, electrificando cada célula de su cuerpo. Ella tomó un frío cadáver sin corazón y sopló vida en él. Le enseñó a sentir el dolor y el remordimiento, el miedo y la tristeza, el amor y la pérdida. Ella lo trajo a la vida para luego erradicarlo de la existencia, lenta y cruelmente.
Nunca iba a dejarlo ir, no mientras aún estuviera viva. Todavía seguía dentro de su mente, arrastrándose, haciéndole recordar cosas que sería mejor dejar en el olvido. El único aroma que podía oler era su esencia y nada más. El único sonido que escuchaba era su risa resonando por los pasillos, todo lo demás quedó silenciado. Ella estaba en todas partes donde miraba y en ninguna parte en absoluto. Era un fantasma en su mente; en su vida, un espíritu vivo que nunca dejaría de atormentarlo hasta que la destruyera.
Trató de ignorar los susurros inquietante en su mente, las voces que le decían que nunca se liberaría de ella. Todavía permanecía atrapado en la jaula absorbevidas mientras Bulma se pavoneaba afuera, burlándose de él con sus labios de cereza y sus ojos chispeantes.
Su mano salió de repente y una esfera de ki azul voló hacia la cama que habían compartido, prendiéndole fuego. Su aroma saturaba las sábanas e incluso el olor a quemado no podía amortiguar la lavanda en el aire. Cruzó la habitación en una ráfaga, abrió violentamente la puerta del armario donde la mayoría de la ropa que ella reunió aún colgaba. Las arrancó de las perchas y las arrojó sin orden ni concierto detrás de él.
A lo lejos pudo oír el débil gruñido de un animal herido. Sonaba cerca, dentro de la habitación con él, pero lo ignoró. Sacó sus zapatos del piso y los arrojó sobre la pila. Luego golpeó su tocador, los cosméticos y cepillos fueron barrido de la superficie antes de que hiciera pedazos la frágil madera. De alguna manera ella lo había convencido de que le comprara la inútil pieza desechable para que pudiera hacerse más bonita para él.
Y lo era. Era tan preciosa que mirarla le hería los ojos. Estaba acostumbrado a follar mujeres hermosas. Era un príncipe, era un soldado de alto rango en el ejército de Frízer. Las mujeres se inclinaban ante él. Conseguía ponerlas de rodillas y que succionaran su verga hasta que se viniera en sus bocas. Pero ninguna lo miró como Bulma lo hizo, con tal evidente, repugnante y conmovedora adoración. Esas mujeres le temieron, en cambio, ella lo había querido.
Los gruñidos en la sala se hicieron más fuertes, sonaban más bien como un sollozo forzado. Pateó todo al centro de la habitación, cerca de la pira ardiente de su cama. Las luces rojas destellaron haciendo que el cuarto girara enfermizamente.
Oyó la voz de Bulma, automatizada y distante, pero todavía llena con más vida que la del clon del sexo. Ella le advertía del desastre, le recordaba que la destrucción solo engendraba dolor. Su voz generada por ordenador era un recordatorio de lo que ya no existía, de lo que había perdido. El conocimiento le apuñaló el corazón rebanándole las entrañas hasta que sintió como si estas fueran esparcidas por el piso.
Hundió las manos en el fuego y agarró un puñado de sábanas en llamas. Las arrastró hacia la pila de ropa, ignorando el fuego que lamia sus brazos y las dejó caer en el centro. La ropa se desvaneció en un resplandor, ardiendo azul, verde y finalmente rojo.
Sonaron las alarmas y oyó un fuerte chasquido. Agua llovió del techo y un negro humo acre llenó el aire. Esta cayó en cascada sobre su rostro, aplanando su cabello bajo el intenso aerosol. Abrió la boca para toser, pero tenía algo alojado en el fondo de la garganta. Levantó las manos hacia su rostro y vio sangre acumulada en sus palmas.
El agua apagó el incendio dejando tras de sí una masa humeante de basura. Todo lo que quedaba de su ropa era retorcida tela quemada. Podía ver un trozo de plástico negro que parecía haber sido un zapato, luego miró de nuevo a sus manos recubiertas de sangre brillante.
Estaba condenado, sin alma, destinado al infierno. Nadie podía causar tanto caos como él y esperar ir a otro lugar. Pero solo porque iría allí no significaba que tenía que vivirlo ahora. Bulma lo torturaba. Su sola existencia, cada aliento que ella tomaba, le causaba dolor físico. En un momento de debilidad le permitió vivir y al hacerlo ella lo había condenado a una realidad infernal. Tenía que rectificar ese error. Esa era la única manera de poder seguir viviendo. A pesar de que su vida continuaba siendo una tortura, todavía le pertenecía. No pasó veinte años por el tormento que fue Frízer para ahora ser humillado por una simple mujer.
Solo había una respuesta al problema. Tenía que regresar a la Tierra y matar a Bulma. Solo entonces sería libre, solo entonces podría volver a ser el hombre que una vez había sido, el monstruo que fue diseñado para ser. Por primera vez en veinte años se permitió tener esperanzas e ignoró la torsión enfermiza en su estómago que la emoción diluida causaba en él.
