Nota de Tempestt: Advertencia: Hay una escena no demasiado explícita de auto-gratificación. Muchas felicitaciones a lisaB por ser una gran beta. Gracias.

Capítulo treinta y seis

Soñé un pequeño sueño

Una arremolinada joya azul y blanco yacía acurrucada en un lecho de terciopelo negro. Brillaba con todas las esperanzas y los sueños de su gente, abarcando generaciones, rompiendo fronteras. Esta se deleitaba en la dorada luz del sol, reluciendo con promesas y bienvenidas. Era la más hermosa, la más preciosa joya que jamás hubiera visto y era su regalo para ella, sin tocar por la mano del mal. La Tierra, su hogar.

Bulma aplaudió frenéticamente, apenas contuvo las ganas de saltar de arriba abajo como una niña cuando la vio. Ella brillaba de placer, el alivio de estar en casa enjugó al instante la tristeza que oscureció sus ojos durante el viaje. Vegeta sintió que algo frágil se rompía en su interior y el hielo alrededor de su corazón se derritió por un breve segundo. Nunca había visto a alguien lucir tan feliz, tan eufórica y que toda su alma se iluminara.

Bulma se dio la vuelta para enfrentarlo, su sonrisa era tan radiante como el sol del verano y sus ojos resplandecían como piscinas de agua cristalina. Se lanzó hacia él, dándole escaso tiempo de prepararse para el impacto de su esbelto cuerpo. Ella colocó los brazos alrededor de su cuello y envolvió las piernas alrededor de su cintura, alardeando con descarado deleite su regreso a casa. Instintivamente él la sostuvo de las nalgas y balanceó su peso entre los brazos mientras luchaba contra el deseo de devolverle la sonrisa. Bulma estaba tan feliz que casi le rompía el corazón.

Llegamos, Vegeta, finalmente estamos en casa. —Ella bajó de un salto y lo bordeó para correr por la puerta hacia su habitación.

Vegeta la observó marcharse, sabía que iba a pasar la media hora siguiente seleccionando en su limitado armario hasta encontrar el atuendo perfecto para desembarcar. Tan pronto como ella salió, la habitación pareció oscurecerse y se tornó triste y vacía. Los ojos de Vegeta se cubrieron con sombras cuando se volvió para mirar el planeta.

Se preguntó si ella quiso insinuar que era el hogar de los dos y no solo el suyo, como si él pudiera compartir su regreso a casa, ser recibido por su familia, de hecho, sentir algún tipo de afecto por el planeta en el que solo había conocido la derrota y la prisión. ¿Por qué alguna vez se referiría a ese lugar como su casa?, ¿por qué era donde ella pertenecía?, ¿por qué era su hogar?

Vegeta miró a la esfera infractora resplandeciendo tan bellamente entre sus vestidos de seda nebulosa y luz solar. La visión debería ponerlo enfermo, incitar furia en la boca de su estómago. Entonces ¿por qué, se preguntó, sentía ese extraño dolor en el centro del pecho, una sensación de ardor que se formaba en su corazón y envolvía un camino alrededor de sus costillas y sus pulmones? Una sensación de añoranza, aflicción y el más elemental atisbo de necesidad.

Se despertó empapado de sudor. Las sábanas pálidas se agruparon en su regazo mientras se sentaba en la cama, su pecho desnudo brillaba con una fina capa de transpiración. Luchó por controlar su respiración pesada e ignoró los apenas perceptibles temblores que cursaban a través de su cuerpo.

Una voz familiar, pero monótona le aconsejaba que trazara una ruta de descenso y él gritó la orden de mantener la órbita. Después de varias semanas de viajar sin parar, finalmente llegó al principio, al lugar donde todo comenzó: el hogar de Bulma.

El viaje había estado lleno de sueños y recuerdos de su tiempo juntos. Estos lo torturaron hasta que se obligó a pasar días y días sin descanso para escapar de ellos. Durante sus horas de vigilia entrenaba, realizando interminables secuencias de kata mientras enterraba los recuerdos en lo más profundo de su subconsciente. Solo cuando ya no podía sostenerse sobre sus propios pies, caía en la cama, al otro lado de la nave, lejos de los escombros quemados de lo que habían compartido.

Arrojó hacia atrás las sábanas y se paró con un quejido apenas contenido. El último combate de entrenamiento duró días y sus músculos bien desarrollados protestaron por el uso excesivo. Sintió una opresión en la ingle y bajó la mirada hacia su pesada erección matutina. Estaba desnudo, antes de caer en la cama había estado demasiado cansado para incluso ponerse un short limpio.

Como guerrero, hacía tiempo que entrenó a su cuerpo para no tener en cuenta sus necesidades naturales, pero como iba de camino a la Tierra y a la mujer que residía allí, se encontraba endurecido con una indisciplinada lujuria varias veces al día. A medida que se iba acercando a su destino, la situación se agravaba.

Lo más común era que soñara con sus interminables noches haciendo el amor. Eso lo perseguía y lo despertaba.

El ceño de Vegeta se frunció mientras marchaba por la habitación hacia la ducha. Follar. Lo que ellos habían hecho era follar, no habían hecho el amor. "Hacer el amor" era una frase marica de Bulma, no de él. Haría bien en recordarse eso, especialmente ya que la vería hoy, después de meses de separación. Tal vez la follaria primero y luego la mataría.

Abrió la ducha y entró en el cubículo antes de que el agua pudiera calentarse. Se estremeció cuando el helado aerosol lo apedreó, pero su erección se mantuvo rígida y dolorosa. El agua se calentó a un nivel tolerable y él le permitió precipitarse sobre su cuerpo para enjuagar el sudor seco.

No pudo dejar de notar como la decisión de matar a Bulma se venía debilitando durante el viaje. Era casi como si cuanto más se acercaba a ella, más se tranquilizara su espíritu. Ella era una droga de la que no podía tener suficiente, un bálsamo curativo que su alma ansiaba. Mientras más tiempo estaba lejos, más le dolía en lo físico hasta que se convirtió en una rabiosa bestia herida lista para mutilar a cualquier persona que se le acercara.

Por instinto llegó a su psique en busca de un hilo familiar y casi retrocedió cuando una brillante chispa azul se encendió a la vida en su conciencia.

Bulma.

Bulma seguía viva y lo suficientemente cerca de él para poder percibirla, sentir su esencia. La notó vacilar y pulsar mientras su chispa se debilitaba. La energía le era tan familiar como la suya propia y se dio cuenta de que no disfrutaba de plena salud. No brillaba con tanta intensidad como siempre lo hacía, no brillaba como la joya que era.

Se aferró a la chispa y la envolvió con su mente, alimentándola con su fuerza. En forma gradual, esta se iluminó vibrando hasta que casi resonó.

Vegeta apoyó el antebrazo contra una húmeda baldosa fría y dejó caer la frente para que descanse en su gruesa muñeca. El agua descendía sobre él, podía sentir que se deslizaba por sus hombros y a lo largo de sus costillas. Era cálida, relajante y lo encerró en un dichoso capullo de vapor y humedad sedosa. Lánguidamente rodeó su pene con los dedos de la mano libre para tratar de aliviar el latido que se encendió a la vida en el momento en que se conectó con Bulma.

Deslizó la palma sobre su erección alisada por el agua, temblando mientras se imaginaba a Bulma de rodillas delante de él, arrastrando sus pequeños dedos blancos desde la base hasta la punta. Ella había amado mirarlo, acariciarlo con ternura antes de envolver sus labios rojos alrededor de la carne hinchada.

El calor de la esencia de Bulma entró dentro de él para enclavarse en su pecho y esparcirse a través de sus extremidades. Bombeó la mano más rápido, su palma giró sobre la punta que goteaba antes de acariciar de nuevo la raíz. Podía sentirla en su interior volviendo a tomar su legítimo lugar en el agujero dejado por su alma ausente.

Trató de apartarla, de desenredarla de su mente, pero ella ya era una parte de él. Vegeta expulsó la imagen de Bulma, sin embargo, el recuerdo se quedó cuando sintió su orgasmo construirse en los músculos inferiores de su vientre. No quería esto, no lo necesitaba. No había vuelto a conectarse con Bulma. Él venía a destruirla como ella lo destruyó.

Electricidad chisporroteó a través de sus sinapsis y las imágenes incrustadas de su amante se proyectaron a la vanguardia de su mente: ella con la cabeza echada hacia atrás, el sedoso cabello azul en cascada sobre la cama mientras su rostro se contraía de placer. Un gruñido arrancó su camino hacia arriba de su pecho haciendo eco alrededor del cuarto de baño cuando se vino en una ráfaga de éxtasis y necesidad apenas satisfecha.

Jadeó en el ángulo que formaba su brazo, escuchó las difíciles respiraciones ásperas y el agua torrencial que las acompañaba; con aire ausente observó como los viscosos hilos de semen eran arrastrados por el desagüe junto con su amor propio.

Ira ácida se levantó en su vientre y sintió que su rostro se tensaba debido a un gruñido. Con fuerza empujó lejos la chispa de energía que había invadido su mente, cortando los lazos que tenía con Bulma. A medida que el calor de ella se desvanecía, se quedó en un vacío tan frío y desértico como el espacio a través del que viajaba.


Horas más tarde, Vegeta voló por la noche. Después de haber atracado la nave en la Corporación Cápsula despegó de inmediato para realizar un seguimiento de Bulma. Como hábil guerrero tenía la capacidad de identificar el ki de cualquier persona que había conocido. Como macho territorial tenía la capacidad de saborear la esencia de su mujer en el viento.

Aterrizó fuera de lo que era sin duda una instalación militar que se extendía dentro de una cerca eléctrica coronada con alambres de púas. En el centro se ubicaba un edificio de cuatro pisos que estaba fuertemente custodiado. Las paredes de láminas de metal gris brillaban y solo poseía unas pocas ventanas en los pisos superiores.

Tenía una idea bastante clara de lo que sucedía. Bulma había dado refugio al enemigo. Militares murieron dentro de su laboratorio y él se escapó. Era más que seguro que la Corporación Cápsula hubiera estado bajo vigilancia constante desde que salieron hace más de dos años. Una vez que Bulma volvió a aparecer, los militares tomaron medidas para recuperar lo que creían era un enemigo para el gobierno. El hecho de que ella estuviera oculta en una desolada instalación alta en las montañas lejos de las fronteras de su país le dijo que los líderes de su gobierno no sancionaron el secuestro. Lo más probable venía a ser que esto fuera una venganza personal perpetrada por el líder de esta instalación o se tratara de una operación negra. El secuestro podía no haber sido sancionado, pero no sería ningún secreto y los encargados habían vuelto la cabeza declarando ignorancia. Ambos escenarios trabajaban como ventaja para Vegeta. Él no estaba tratando con una agencia sino con un hombre, y un hombre podía ser intimidado.

Antes de que matara a Bulma tenía que asegurarse de que su familia no continuara siendo acosada. Él le debía mucho a ella, razonó. Lo había liberado de su promesa de proteger a este planeta al percatarse de cuanto lo hacía sufrir la esclavitud jurada, incluso con el costo potencial de su familia. Todo lo que ella hizo, lo hizo por ellos: encarcelarlo la primera vez, sacrificar su propia seguridad personal para alejarlo de la Tierra, entrar en un pacto mortal con él para asegurar su protección.

Una vez que ella quería, era leal hasta el final. Incluso su falsa traición con Zabón había sido ideada en un esfuerzo por mantenerlo a salvo. Sacudió su cuerpo como un perro empapado para desterrar esos oscuros pensamientos cuando se dirigieron hacia peligrosos remolinos emocionales que no quería contemplar.

En su lugar, se centró en la tarea a mano. Necesitaba evitar a los perros de la guerra de una manera u otra. Ellos no buscaban realmente a Bulma después de todo, él venía a ser el verdadero objetivo. De lo que no se daban cuenta era que no lo obtendrían y que no estaba dispuesto a intercambiarse por Bulma como sin duda pensaban. No existía ninguna razón para hacerlo. Él podría eliminar con facilidad a cualquier persona que se atreviera a joderlo. El problema era que se habían olvidado de eso y sería el trabajo de Vegeta recordárselos.

Esperó hasta que oscureció y le sonrió con complacencia al trozo de luna cuando apareció en lo alto del cielo. Los reflectores empaparon el interior del recinto en busca de intrusos en el suelo, sin imaginar que el enemigo vendría del oscuro cielo a medianoche. Una sola luz brillaba desde una oficina en la esquina de la planta superior del edificio más alto como un faro en la noche.

Vegeta aterrizó sin hacer ruido sobre la cornisa de la ventana, parecía una sombra oscura mirando detenidamente hacia dentro. Un hombre grande se sentaba detrás de un escritorio de caoba. Su cabello rubio estaba cortado con precisión militar y su camisa blanca se veía recién planchada y limpia. Una chaqueta colgaba de una silla cercana y Vegeta se dio cuenta de que no se sentía cómodo en su ropa ni en su entorno. Él era un hombre de acción, un guerrero del campo de batalla que había sido relegado a un trabajo de oficina porque la edad embotó sus habilidades, pero no su mente. Ahora prestaba su experiencia a los soldados más jóvenes, resintiendo su vitalidad, mientras la suya menguaba con cada año que pasaba.

Vegeta abrió la ventana y acechó entre las sombras de la habitación. Una brisa que sopló por detrás agitó los papeles sobre la mesa del hombre. El soldado era rápido para su edad y se paró de un salto con un arma ya desenfundada. Al no ver nada en la ventana, sus pálidos ojos azules examinaron su entorno e inmediatamente se iluminaron ante una sombra que era más oscura que el resto.

Los ojos del hombre se estrecharon y Vegeta vio su dedo apretar el gatillo. Más rápido de lo que el militar pudo reaccionar, él estaba al otro lado de la habitación, arrancándole la pistola del asimiento. La aplastó a un irreconocible trozo de metal y la dejó caer con un fuerte ruido metálico en la mesa.

Sin perder el ritmo, el militar retrocedió a una postura defensiva mientras abría la boca para gritar por los guardias, pero Vegeta fue todavía más rápido. El saiyayín depredador envolvió su fuerte mano alrededor de la garganta del hombre más débil, le cortó el oxígeno y lo sostuvo en alto hasta que los dedos de sus pies desecharon la alfombra de felpa.

—No me hagas matar a más personas de lo necesario. Por mucho que ese pensamiento me atraiga, no resolverá nada. —Sus ojos negros se deslizaron al escritorio y leyó la placa de bronce que anunciaba al hombre—. "Hallows" —dijo el nombre del militar, dejando de lado su título de General de División adrede.

Arrojó al hombre lejos y notó con una mirada que el militar se enderezaba rápidamente después de estrellarse contra la pared. Vegeta fingió desinterés y hurgó entre los papeles sobre el escritorio mientras Hallows se frotaba la garganta.

—Nunca te diré donde está la perra. Vas a tener que matarme. —La voz de Hallows era ronca, pero aun así lograba transmitir un odio venenoso junto con la amenaza.

Vegeta levantó la vista de la mesa, sus ojos brillaban con una advertencia mortal. Sus labios se curvaron y el hombre pudo ver el destello de unos dientes de marfil que reflejaban la luz dorada de la lámpara. Luego, tan rápido como llegó, el peligro fue camuflado por debajo de un delgado velo de acritud.

—Veo que ningún expediente está en orden. —Una búsqueda en el escritorio no reveló ningún archivo sobre Bulma, por lo que Vegeta se alejó hacia un archivador de roble contra la pared de enfrente.

—Sé quién eres y por qué estás aquí, pero nunca la encontraras. Te mataremos antes de que lo logres. —Sabiamente el hombre se puso tan lejos de Vegeta como le fue posible manteniendo las manos a la vista. No hizo ningún movimiento para escapar, ya había aceptado lo que él creyó era su inevitable sacrificio.

—En primer lugar, sé exactamente donde esta "Bulma". —Vegeta miró a Hallows haciéndole saber sin palabras que el insulto que soltó antes no sería olvidado—. En segundo lugar, puedo arrasar esta instalación y matar a todos con apenas el esfuerzo que necesito para levantar mi puño. —Se dio la vuelta dejando el archivador, todavía con las manos vacías y se quedó mirando al hombre, permitiendo que sus ojos negros se congelen en astillas de hielo—. ¿Crees que dudaría en matarte junto a todos los seres humanos aquí si eso sirviera a mis propósitos?

—Eres un monstruo, pero es imposible que puedas derrotar a todos mis hombres —escupió Hallows y pese a eso, Vegeta podía ver el destello de duda en los pálidos ojos del hombre.

—Con que facilidad ustedes humanos olvidan. Mi subordinado demolió la mitad de tu ejército solo por el gusto de hacerlo. —Una lenta sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios, pero sus ojos permanecieron muertos—. ¿Cuán peligroso crees que soy? —La pregunta era un suave susurro que llenó el aire entre ellos con una promesa sofocante.

Hallows tragó saliva, el sonido se oyó a través del cuarto.

Vegeta se encogió de hombros y caminó hacia un escudo con una espada que colgaba en la pared. Su malvada sonrisa se convirtió en una casi afable cuando él lo apartó para revelar una caja fuerte de metal ubicada detrás.

»Te diré algo, voy a arrasar toda esta instalación como un recordatorio de lo que soy capaz de hacer, pero voy a dejarte con vida. ¿Puedes adivinar por qué?

Vegeta agarró la caja fuerte, hundió sus dedos desnudos en el grueso metal como si estuviera modelando masilla y arrancó la puerta de sus bisagras. Hizo una mueca ante el agudo chillido desgarrador del metal, tiró la puerta y miró con detenimiento dentro del agujero oscuro. Sacó un voluminoso expediente en el que se leía el nombre de Bulma sobre una etiqueta amarilla, luego generó una intensa ráfaga de ki que viajó fuera de las puntas de sus dedos para envolver todo el archivo con fuego. Lo dejó caer en la papelera y se paró sobre las llamas mientras miraba fijamente al hombre que estaba congelado al otro lado de la hoguera que se había formado.

Hallows vio como la luz naranja de las llamas danzaba sobre la cara oscura de Vegeta y supo en ese momento que trataba con un demonio salido de las profundidades del infierno. Él y sus colegas habían cometido un grave error al atreverse a tomar a la mujer que el diablo llamaba suya.

Lentamente sacudió la cabeza con los ojos muy abiertos mientras contemplaba a Vegeta y su voz se perdió en su garganta tensa.

»Estoy dejándote vivir, porque quiero dejarle en claro a cualquiera que se encargue de esto que la familia Briefs debe ser dejada en paz. No más acosos, mucho menos secuestros. Sera mejor que ni siquiera tengan problemas con sus impuestos, porque si lo hacen sacrificaré a cada hombre, mujer y niño que estén remotamente relacionados con esta conspiración de mierda. ¿Ha quedado claro?

Hallows asintió, muy, muy despacio.

»Di las palabras —ordenó Vegeta con suavidad mortal.

—Usted lo ha dejado muy claro.

Vegeta sonrió y sus largos incisivos brillaron a la luz del fuego.

—Excelente.

Él desapareció a través de la ventana por la que había entrado, dejando solo el olor a azufre a su paso.