Nota de la Traductora: La traducción de este capítulo es mi regalo de navidad adelantado para todos ustedes, les envió mis mayores deseos de paz y felicidad. ¡Disfruten de la lectura!

Nota de Tempestt: Exención de responsabilidad: DBZ fue creado por Akira Toriyama. No soy dueña de DBZ ni jamás lo seré.

Gracias a lisaB quien me empujó y pinchó hasta que este capítulo quedó perfecto.

Capítulo treinta y siete

Reconciliación

Bulma se hallaba parada frente a una pared de metal vacía en una sala de interrogatorios. No había ventanas, pero no se sorprendió. El aire húmedo y frío le hizo suponer que estaban bajo tierra. No tenía un concepto real del tiempo y pese a eso, sabía que era de noche. Por ahora ellos solo le permitían poco más de una hora de sueño, una táctica destinada a mantenerla nerviosa y vulnerable.

Por primera vez en semanas se sentía renovada. En la oscuridad de la celda creyó tener una visión de Vegeta de pie junto a ella, desnudo, y la premonición de alguna forma envió escalofríos por su espalda. La sensación fue tan intensa que el deseo corrió por sus venas, calentando su frío cuerpo de adentro hacia afuera.

Cuando abrió los ojos para encontrarse sola y abandonada, supo la verdad. Su imaginación le jugaba trucos maliciosos. De manera lenta pero segura se estaba volviendo loca. Había permanecido prisionera en esta instalación durante semanas, siendo trasladada ida y vuelta desde su pequeña celda a una sala donde sus captores la aburrían con un sinfín de preguntas. Al principio estuvo indignada, sin embargo, eso ya había terminado. A medida que progresaban las semanas pasó de indignada a apática, luego a letárgica y ahora apenas si se despertaba cuando la empujaban fuera de la celda para otra sesión.

Durante un tiempo meditó sobre la ironía de la situación. Después de todo, allí estaba ella, una prisionera, detenida en una pequeña celda sin darle un respiro a excepción de los interrogatorios. Trató de mostrarse presumida y arrogante como Vegeta lo haría, pero no tenía ni la energía ni la práctica para mantener la fachada.

Mientras esperaba, se preguntó si esta sesión sería diferente a las anteriores. Querían información sobre Vegeta: quien era, que era, de donde venía, como detenerlo. Por supuesto, no les respondió. Ella insultó su inteligencia diciéndoles que lo averiguaran por su cuenta. Incluso trató de razonar con ellos explicándoles que Vegeta se había ido, que nunca volvería y que ya no era una amenaza.

Y a pesar de que creía eso en su corazón, que Vegeta nunca iba a volver y que no existía la manera de que alguien pudiera ponerle una mano encima, ni una vez respondió a sus preguntas. Dio evasivas, mintió y al final dejó de hablar por completo. No es que no disfrutara de las pequeñas sesiones de preguntas y respuestas. A fin de cuentas, así no se aburría completamente sola en su celda día tras día.

No, lo que a ella en verdad le gustaría saber era cuanto tiempo sus interrogadores iban a permitirle continuar con el tratamiento de silencio. Acosarla no estaba funcionando y eso solo les dejaba un último camino. Se preguntó cómo iba a manejar la situación, como se sentiría que le arrancaran las uñas o que un puño conectara con sus costillas en repetidas ocasiones.

Zabón la torturó, pero aquello fue relativamente breve. Ya había estado aquí durante varias semanas y lo más probable era que lo estaría por muchas más. Nadie iba a venir a rescatarla, los hombres que la capturaron no iban a liberarla. ¿Cuánto tiempo, ella reflexionó, sería capaz de soportar la tortura antes de quebrarse?, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que la mataran?

Se preguntó todas esas cosas con un sentido de desapego. Casi le dio la bienvenida al cambio que la tortura traería a su rutina. El dolor le daría algo en que pensar mucho después de que la arrojaran sola y temblando en la celda. Eso le daría algo que hacer.

Ignoró la pequeña fisura de ira y traición que en espiral bajó por su espalda por la forma insultante en que fue tratada por Vegeta. Él amenazó... no, prometió tantas veces matarla que lo aceptó como una verdad fundamental. Pasó casi dos años dependiendo de él para sobrevivir, que el hecho de que ella fuera su propiedad a cambio de su protección le parecía natural. Ahora se había ido dejándola en manos de unos monstruos, sin protección y desamparada.

Esa rabia se encontraba en la boca de su estómago. La cargaba como un feto deforme creado por una monstruosa unión. Una unión que no podía romper sin importar lo mucho que lo intentara. Estaban adherida a Vegeta tan completa, tan salvajemente, que ni siquiera su razón se daba cuenta de que eso era enfermo.

Seguía tan inmersa en esos pensamientos que casi no oyó la conmoción en el vestíbulo. Se despertó a la realidad por el estrépito de los disparos y el grito de las órdenes. Alaridos resonaron por el pasillo y un fuerte estruendo sacudió las paredes. Ella dio la vuelta para hacer frente a la puerta y una fría sensación de certeza se instaló en sus huesos.

Solo había un hombre en el universo que podía invocar un caos tan absoluto. Solo había un hombre capaz de pensar que las palabras "rescate" y "matar" eran sinónimos.

La frialdad en sus huesos dio paso al fuego lento. Se inició en la médula de sus muñecas y ella apretó los puños en respuesta. Este corrió por sus venas, ardiendo como ácido en su estómago, le calentó el cuerpo y convirtió su visión en rojo.

Se apartó de la puerta y se dirigió hacia la fría pared lisa que estaba al otro extremo de una larga mesa de metal para ubicarse tan lejos de la salida como le fuera posible. Apoyó las caderas contra el borde de la mesa y cruzó los brazos sobre el pecho. No le tenía miedo a la conmoción afuera, aunque debería. Se sentía demasiado molesta, demasiado herida. Trató de recomponer su imagen vacilante en la reluciente pared metálica, pero lo único que vio eran manchas de color rojo. Cruzó los brazos con más fuerza y encorvó los hombros hacia adelante hasta que su mentón casi tocó su pecho.

Detrás de ella, la puerta se abrió de golpe y el sonido de los disparos se intensificó. Pudo escuchar a un hombre dar la orden de establecer un perímetro y sobre el estruendo, un grito por refuerzos se hizo eco en el pasillo. La puerta se cerró dejando afuera el caos, más no el peligro. Sintió la habitación hincharse con esto. Las paredes se expandieron, casi reventando por las costuras atornilladas cuando un aura más grande que la vida del hombre que había entrado en el interior llenó la sala.

Por un instante cerró los ojos y, aun así, el dorso de sus parpados no representó ningún respiro de la neblina carmesí que le cubría la visión. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero ella luchó por mantenerlo bajo control con una voluntad de hierro. No iba a doblegarse, no iba a quebrarse.

—¿Viniste a rescatarme? —Su voz la sorprendió incluso a ella. No quiso hablar y, a pesar de eso, las palabras se deslizaron hacia afuera como terciopelo delicado y engañosamente suave.

—Parece que eso es todo lo que hago.

Él miró con furia la nuca de Bulma, molesto porque ella estaba inclinada contra una mesa de metal situada a lo largo entre los dos, en lugar estar brincando de alegría a sus brazos.

—No has monopolizado el mercado. Me parece recordar que hice lo mismo por ti.

Vegeta se puso rígido y un rictus familiar se formó en sus labios.

—No te pedí que lo hicieras —escupió él.

—No me parece recordar pedírtelo tampoco. —El tono de Bulma era todavía suave y uniforme. No había altos histéricos ni bajos temperamentales. Los dos podrían estar hablando del clima por toda la inflexión que transmitió.

El rostro de Vegeta se endureció en una máscara de desprecio. Sintió que la ira le perforaba el pecho y se tomó un momento para saborear el dulce filo de esta. Durante muchas semanas había estado vacío y estéril por dentro, pero cuando marchaba a través de los pasillos eliminando amenazas a medida que llegaban, advirtió un reflejo de lo que solo podía describir como anticipación.

Después de tanto tiempo iba a ver de nuevo a Bulma. Vería su rostro iluminarse y sus ojos brillar. Iba a ser el destinatario de una de sus deslumbrantes sonrisas que desterraban la oscuridad en medio de la noche.

En lugar de eso, lo que recibió fue apatía, desdén, falta de respeto. Ni siquiera se molestaba en darse la vuelta y enfrentarse a él. ¡La muy pretenciosa perra egoísta!

—Vine aquí pensando que debería matarte, pero ahora sé que ni siquiera vale la pena el esfuerzo. Eres patética y repugnante. Debería dejarte aquí para que seas violada y torturada hasta que no seas más que una masa temblorosa de sangre y pus en el cemento. —Él le dio la espalda con el rostro atronador mientras se preguntaba si desgarrar hasta la última alma en la instalación lo haría sentir aunque sea un poco mejor.

—Bastardo. —La palabra siseada era apena discernible por encima del estruendo en el pasillo, no obstante, Vegeta la escuchó. Él siempre escuchaba cada palabra que salía de su boca, incluso cuando no quería.

—¿Qué me dijiste? —Él volvió la cabeza para mirarla con los ojos negros velados por sus pestañas oscuras. Estaba furioso hasta lo más profundo de la médula, sin embargo, también fue consciente de la emoción que se deslizó por su espina dorsal. El títere que había dejado atrás nunca le escupiría palabras de odio, en cambio, la mujer a la que folló sin descanso en los lejanos confines del espacio sí lo haría.

Bulma se dio la vuelta con el rostro retorcido de rabia y un grito mudo que perforó los oídos sensibles de Vegeta. Él observó aturdido como la pequeña mujer agarró una esquina de la mesa de acero y la volcó hacia un lado.

—¡Estoy harta de que me trates como a una mierda, como si no mereciera ningún respeto!. Te salvé, hice todo lo que me pediste. —Ella había cruzado la habitación hacia él con pasos rápidos, Vegeta se dio la vuelta para enfrentarla solo para encontrarse siendo señalado por un pequeño dedo en su pecho que hacia hincapié en las palabras con empujes agudos.

Él le apartó la mano y se irguió amenazante, pero sin previo aviso, ella sacó su otro brazo y con sus dentadas uñas rotas le rasgó sangrientos surcos por la mejilla.

Sorprendido por el ataque, Vegeta se echó hacia atrás. Nunca levantaba su ki cuando estaba en una habitación con ella porque jamás imaginó que le pudiera hacer daño. Dejó escapar un gruñido furioso y la hizo retroceder contra una pata de la mesa de acero. Envolvió los dedos alrededor de su garganta y trató de intimidarla, pese a eso, ella valientemente se mantuvo firme. No había miedo en sus ojos, solo rabia.

—Actuaste a mis espaldas —dijo él enardecido—. No necesitaba ser salvado.

Ella subió las manos y lo empujó con fuerza, lo hizo con tanta energía que si él se hubiera resistido, Bulma se habría lesionado las muñecas. Él retrocedió para compensar sin ceder ante ella, pero a su mismo ritmo, paso a paso.

—¡Oh, maldición, Vegeta! Eso es lo que hacen las personas cuando cuidan de alguien. Solo vas a tener que superarlo, porque yo no voy a ser mas tu chivo expiatorio.

—Nunca te pedí que lo fueras. Nunca te pedí ser una debilucha malcriada y llorona, lo hiciste todo por tu cuenta.

Él dio una vuelta alrededor de ella en un deseo inconsciente por acecharla, por convertirla en su presa, pero ella lo enfrentó; sus ojos azules se quedaron mirándolo fijamente.

—Tienes toda la razón. Tomé una decisión y tengo que vivir con las consecuencias, ¿y sabes qué?

—¿Qué? —bramó él respirando con dificultad por la nariz.

—Estoy bien con eso, estoy bien con asesinar a Zabón y a todos esos soldados. Lo haría de nuevo en un santiamén y lo haría por salvarte, sin importar lo mucho que te duela ser rescatado por mí pequeña y patética persona. No dejaré que me trates así más, como si no valiera nada, como si debiera ser castigada. Solo yo me castigaré y no voy a hacerlo más. No voy a castigarme y no voy a permitir que nadie más lo haga tampoco. Vas a tener que superarlo todo, Vegeta, todo. Zabón, la cola, la explosión, ¡todo! ¿Me escuchaste?

Ella gritó lo último enrojecida y sin aliento. Sus pupilas prácticamente estallaron, dejando una fina línea de color azul en los bordes exteriores. Sus labios se entreabrieron para que arrastrara el aire y todo su cuerpo se estremeció con sus emociones.

Nunca en la vida Vegeta había visto algo tan hermoso como la reaparición de su mujer de su autoimpuesto capullo de pesar. Quería sonreír, quería estirar los labios en una gran sonrisa genuina de alivio, pero eso no estaba en su naturaleza, así que optó por gruñirle.

—Bien... está superado. —Él cortó con el canto de su mano entre ellos como si rompiera un lazo invisible que los unía a un pasado doloroso.

Ella parpadeó como si esa respuesta la desconcertara. Parecía que el aire hubiera sido aspirado de la habitación y pudiera sentir la energía que había estado llameando a su alrededor esfumarse y morir. Bulma se recuperó al instante y lo miró.

—¡Genial! —gritó ella conforme, era incapaz de formar cualquier otra palabra ante la concesión sin esfuerzo a su ultimátum.

—Prepárense para derribar. —La orden se filtró desde el exterior y Vegeta reaccionó por instinto. Agarró la mesa de acero con una mano y la arrojó contra la puerta. Una ráfaga de parpadeante ki azul siguió por detrás, fundiendo el metal sobre el contramarco en una barrera improvisada.

—Estoy hablando con mi mujer en este momento —gritó él, seriamente ofendido de que hubieran intentado interrumpirlos.

Bulma observó la salida con insondable miedo al escuchar la conversación de los hombres detrás de esta. Cuando Vegeta se volvió para mirarla, sus ojos chocaron, el hielo azul se encontró con la dura obsidiana.

—No te atrevas a dejarme aquí —susurró ella con los labios apretados.

Vegeta ladeó los ojos hacia ella y sus labios llenos formaron una sonrisa arrogante.

—¿Estas asustada?

—No. —La negación fue pesada y dura—. Simplemente me siento molesta, traicionada… abandonada.

Con cada palabra, la boca de Vegeta se enderezó hasta que formó una línea firme. Esas palabras lo golpearon fuerte en el pecho, salpicando dentro de su corazón como una quemadura de ácido.

»¿Y sabes qué más, Vegeta? —Un poco de calor volvió a su voz, pero sobre todo ella sonaba agotada.

—¿Qué? —preguntó él con brusquedad.

—Estoy cansada. Estoy cansada de que amenaces con matarme cada vez que me doy la vuelta. No soy ninguna aterrada científico ratonil que tiembla cada vez que te sientes de mal humor. Y con franqueza, no te creo más, los dos ahora sabemos que no me vas a matar.

—¿De verdad? —gruñó Vegeta y sus hombros retrocedieron por su propia voluntad.

Ella le devolvió la mirada, sus perfectos labios de rubí se curvaron en una burla.

—Sí, de verdad, pero no es por eso que estoy cansada. Estoy cansada porque te fuiste. Sencillamente te levantaste una mañana y me dejaste. No sabía dónde estabas o si ibas a volver.

Bulma cerró la distancia entre ellos, levantó su pequeña mano blanca y la colocó sobre el palpitante corazón frente a ella.

»Si ya terminaste conmigo, Vegeta, si ya no me quieres, entonces deberé aceptarlo. No hay nada más que pueda hacer o decir que vaya a hacerte cambiar de opinión. Si deseas perseguir tu destino a través de las estrellas, entonces hazlo, pero no me dejes con la desesperada ilusión de que algún día podrías volver. No me dejes sola y vacía al arrancar algo fundamental de mi alma. —Su voz se atrapó y le enganchó el aliento. Las lágrimas se formaron en sus grandes ojos, apenas las podía mantener a raya a pura fuerza de voluntad—. Si vas a marcharte, entonces vete y no vuelvas.

Vegeta se alejó de ella tan rápido que desplazó el aire en la habitación. La mano de Bulma se quedó tendida entre ellos y después de una eternidad de silencio la dejó caer de nuevo, pero se negó a romper el contacto visual con él.

La promesa de matarla hizo eco en su mente junto con las cientos de otras voces que lo perseguían a diario. Solo, en el espacio, esas voces cayeron en cascada sobre él, aplastándolo bajo su peso. Les había dado la bienvenida de la misma forma en que acogía una dolorosa herida de batalla. La agonía lo mantuvo fuerte y concentrado a pesar de que drenaba la fuerza de su cuerpo.

Al principio de su retorcida relación, Vegeta reconoció que había algo en la presencia de Bulma que empujaba las voces a la periferia de su mente. Estar cerca de ella lo tranquilizaba, aclaraba sus pensamientos y le permitía tomar decisiones más racionales. Sin ella era propenso a la violencia y a la destrucción, pero con ella siempre oía el eco de una cuestionadora voz que le recordaba que tal vez no debería hacer estallar ese edificio o asesinar a un desventurado espectador.

—Sé cuando no me quieren. —Vegeta puso rígidos los hombros y su implacable máscara sin emociones cayó en su lugar. Se dio la vuelta para hacer frente a la puerta con las manos en puños por la rabia.

Bulma lo observo y algo se quebró y se suavizó en su interior. Este era el hombre con quien había hecho amistad en medio del espacio. Aquel en quien ella llegó a confiar, depender y amar.

Ella no sería capaz de sobrevivir si la dejaba de nuevo. Esto no era normal, no era agradable ni bonito. Era insano y patético, pero era su realidad. Nadie podía cambiar eso o quitárselos.

Se acercó por detrás a él y apoyó una mano con gentileza en el valle entre sus hombros. Él se tensó, más no se alejó de su tacto.

—Una vez más, Vegeta, no me estás escuchando. Dije "si querías dejarme". No quiero que te vayas, Vegeta, quiero esto.Ella dobló los dedos en su espalda y pasó las uñas por su columna—. Sea lo que sea esto, funciona entre nosotros. Entiendo que tendrás que irte algunas veces, pero dame solo una palabra, un gesto, una promesa silenciosa de que volverás. Eso es todo lo que necesito de ti, eso es todo lo que quiero. Tienes que dar algo. Sé que no está en tu naturaleza y que no puedes decir la palabra, pero yo necesito eso de ti, Vegeta.

Él se quedó en silencio y la habitación se hizo eco con esto. Afuera el ruido de movimientos frenéticos trató de asediarlos, no obstante, ellos resistieron y permanecieron en su propio mundo.

»¿Sabes qué, Vegeta?

—¿Qué? —preguntó él en voz baja. Se volvió y sus ojos oscuros se clavaron en los de ella húmedos.

Había oído el cambio en la voz de Bulma, pese a eso, no estaba preparado para su expresión de adoración.

—Te amo. Ahí está, sin tabúes, sobre la mesa. Vuelvas o no, eso es lo que siento y no voy a evadirlo nunca más. Te amo.

Vegeta cambió su peso. Quiso apartar la mirada, pero no podía faltarle al respeto de esa manera. No justo en este momento, cuando todo era tan verdadero dentro de ellos.

—No puedo...

Ella levantó una mano para callarlo.

—Lo sé, Vegeta, y sin embargo volviste, eso lo dice todo. Así que quiero que sepas que voy a seguir diciéndolo y tal vez en veinte años tú me lo dirás a mí.

—Volví para matarte. —Su tono era brusco y no mostraba remordimientos.

Él sostuvo la mirada de ella, la suya era oscura y firme. Él tenía unos hermosos y aterradores ojos. Ahora Bulma sabía que ella era la única que podía ver más allá de ellos al alma que residía debajo. Él clamaba no tener una, más no era así. Lo sabía porque con cada aliento, con cada palabra, la tocaba con esta. Era suave como una pluma, apenas discernible a la luz y aun así, ahí estaba, brillando justo bajo la superficie.

Bulma levantó el mentón y Vegeta reconoció el movimiento. Dejaba al descubierto su cuello para él, reconociéndolo como lo haría una perra a su macho alfa. Ella lo desafiaba, provocándolo para que hiciera su mejor intento.

—Acordamos hace mucho tiempo que mi vida te pertenecía, así que tómala de cualquier forma que desees. Tómame viva o muerta, pero yo soy tuya, Vegeta, por siempre.

Vegeta bajó la vista al suelo, era incapaz de comprender el torrente de emociones que lo estaban ahogando.

—¿Qué te hace pensar que aún volvería dentro de veinte años?

—Di la palabra, una pequeña palabra. Dímela en este momento y nunca tendrás que decirla de nuevo. Siempre la recordaré y sé que mantendrás tu promesa pase lo que pase, así sean dos o veinte años. Sabré que podrás ir y venir, y a pesar de eso siempre regresarás a mí. —Ella se acercó más y colocó una pequeña mano en su antebrazo musculoso. Él bajó la mirada hacia esta, maravillándose de lo delicada que era comparada a su inmensa fuerza. Frágil, pero irrompible.

—¿Por qué lo supones?

Ella se acercó más hasta el borde de su sombra, poniéndose a pocos centímetros de la bestia. Descansó la otra mano sobre su pecho y sintió el constante golpeteo rítmico de su corazón que le susurró que no era más que un hombre.

—Porque nunca podrás romper mi corazón tanto como lo hiciste cuando me dejaste. Tú nunca me harías algo así otra vez. Solo di la palabra —le susurró ella casi con desesperación.

Lo que le decía no eran un ultimátum, una propuesta, ni siquiera un incentivo. Solo era la convicción absoluta y total de que nunca la lastimaría de esa forma otra vez. Que iba a protegerla de todos los peligros en el universo, incluso de sí mismo. Si él no la mataba ahora, entonces nunca lo haría. Eso era todo, no había vuelta atrás. No más amenazas, no más promesas asesinas. Si elegía decir la palabra, tendría que cumplir esa decisión con todo su destrozado honor de príncipe.

Él la miró y sintió la irresistible atracción de sus ojos sin fondo, su cercanía se plasmó en cada célula de su cuerpo. Lo sentía porque respondía al mismo nivel elemental. El monstruo en su interior quería arrancar la parte de ella que le tenía una fe tan inmensa, pero el hombre fue más fuerte. El hombre quería a esta mujer por siempre y para siempre. Para él, no podía existir nada en el medio.

—Regresaré.

Algo que había estado tensamente encadenado en su corazón durante años se rompió y un gran dolor rasgó su pecho seguido por una abrumadora sensación de alivio.

Bajó la cabeza y ambos se quedaron mirando. Su boca rozó la de ella y sintió el familiar arco eléctrico entre ellos. Hubo un cambio y un tirón en su pecho, la sensación de que algo se unió y fundió de forma inquebrantable.

Él fue suave, tan increíblemente suave que sus labios podrían haber sido alas de la mariposa sobre los de Bulma. Siempre en el pasado ella fue quien daba los suaves besos de consuelo, de amor, mientras que él había sido hambriento y exigente. Sin embargo, ahora le estaba dando el amor que ella necesitaba sin palabras y para Vegeta eso resultaba monumental. Él se caracterizaba por ser un hombre de acción. Las palabras para él eran armas que podían ser torcidas y acomodadas para cualquier ocasión, en cambio, las acciones definían la medida de un hombre.

Detrás de ellos, un ariete golpeó la puerta, pero lo ignoraron perdidos en la sensación del uno en el otro. Vegeta tomó su rostro entre sus palmas y sus ojos la siguieron mirando con detenimiento. Sus dedos le rozaron la piel, volviendo a trazar las líneas que no podría olvidar jamás. Ella se inclinó hacia él y unió su suave cuerpo con el suyo.

Los dedos de Vegeta presionaron ligeramente el mentón de Bulma. Los labios de ella se separaron ni bien él le lamió el labio inferior. Su aliento se desvaneció cuando su cuerpo tembló con las chispas de conciencia que la atravesaron, originándose donde sus bocas se encontraron. De forma tentativa, ella deslizó la punta de su lengua contra la suya y casi se estremeció bajo la oleada de sensaciones que esa simple acción forjó.

Vegeta se presionó contra ella, su lengua recorrió su boca para explorar cada aterciopelado milímetro, para descubrir todos los secretos que yacían en su alma. Los ojos de Bulma se cerraron lentamente y su corazón latió fuerte y lleno con el amor que sentía en ese momento.

Él la saboreó, la devoró, se deleitó en ella. Por primera vez en meses sentía algo distinto al entumecimiento. Se sentía vivo y lleno de entusiasmo. La electricidad infundió cada célula de su cuerpo, estremeciendo sus terminaciones nerviosas hasta que tuvo la impresión de que podría saltar fuera de su piel. Quería arrastrarse dentro de ella para vivirla y respirarla.

El metal aulló detrás de ellos y él sabía que la puerta estaba siendo atravesada. Extendió el brazo hacia atrás, dispuesto a defenderlos, mientras se negaba a poner fin al beso. Notó que una pequeña mano le sujetaba el bíceps y ella aparto la boca; la lengua y los dientes retrocedieron hasta que solo sus labios se tocaron. Respiraron el uno en el otro, jadeando por la intensidad.

—No —susurró ella moviendo los labios contra los suyos antes de entregarse a la tentación de su boca una vez más.

Él tomó sus manos y las colocó sobre su propio pecho de modo que ninguna parte de ella quedara expuesta. Profundizó los dedos en su sedoso cabello azul para sostenerla en el lugar mientras se abalanzaba apasionadamente sobre su boca. Se encogió de hombros al oír el sheenk de las balas siendo cargadas. La acercó más apoyándose con firmeza en sus piernas, ahogándose en el satén perfecto de su boca.

Él no sintió el primer roce de las balas golpear su espalda o la segunda andanada después de que volvieron a cargar. Ante los primeros disparos, Bulma se sacudió en sus manos y aun así ella no apartó su boca, confió en él para tomar el peso del ataque, confió en él para desviar las balas lejos de su cuerpo humano. Se besaron de un modo vehemente, de pie en medio de una sala de acero llena de balas con una mesa de metal fundido empujada hacia un lado y con un contingente de soldados disparando contra ellos con una precisión mortal. Pero nada de eso importaba, solo ellos existían, solo la sensación de sostenerse el uno al otro entre sus brazos.

Finalmente Bulma tuvo que respirar y sus labios se abrieron. Por un momento interminable ambos se miraron a los ojos, Bulma resplandeció cuando él le otorgó una sonrisa genuina que solo ella tendría alguna vez el privilegio de ver.

—Volvamos a nuestro hogar, Vegeta.

Él inhaló hondo, incierto por los sentimientos que florecieron en su pecho. Era un poco de felicidad, un poco de pérdida. Hogar seguía siendo un concepto tan extraño para Vegeta. Para él, la única imagen de hogar que conseguía traer a su mente era Isis, su nave, pero quizás podría aprender a ampliar eso. Quizás hogar era cualquier lugar donde Bulma estuviera. Él apoyó su frente contra la de ella y cerró los ojos un instante antes de asentir.

—Como quieras, perra. —Él respiró en su boca, besándola con reverencia por última vez antes de atraerla contra su pecho. Bulma sintió la emoción del regreso al hogar dispararse a través de ella. Al fin Vegeta la había perdonado y aceptado de nuevo como su amante, su compañera... su perra.

Él esperó una pausa en el tiroteo, sabía que tendrían que volver a cargar. Erigió un escudo de ki alrededor de los dos. Este no los defendería de las balas, sin embargo, mantendría a Bulma segura contra el aire que se precipitaría cuando él se moviera a una velocidad sobrenatural disparándose a través de los soldados.

Salió como una ráfaga por el pasillo y a través de la puerta que conducía a la superficie, dejando el suelo de un salto y se elevaron por el aire hasta que se cernieron lejos de la instalación. Bulma se aferró a él con fuerza; estaba aterrorizada de que un desliz sería su caída a la muerte. Por debajo de ellos el mundo parecía encerrado en gris, la luz del amanecer apenas penetraba la niebla de la mañana. Los hombres corrieron a través del recinto, luchando por obtener más armas, sin darse cuenta de que Vegeta y Bulma ya habían escapado.

Él estiró un brazo con la intención de mantener su promesa a Hallows de arrasar toda la instalación, pero Bulma se movió de prisa y con valor bajó una mano de su cuello para detenerlo.

—No le hagas daño a nadie.

—Ellos necesitan que se les enseñe una lección o seguirán persiguiéndome. —A ti, a nosotros. Sus palabras fueron tácitas y, aun así, ella las oyó.

—Son solo soldados que obedecen órdenes.

Vegeta apretó los dientes y no pudo detener la vergüenza que esas palabras evocaron. Él había sido solo un soldado siguiendo las órdenes de un monstruo, aunque eso no lo eximía de su culpa.

Su ki le iluminó la palma. Bulma inhalo rápidamente y puso una mano pacificadora en su brazo, pero él la apartó con delicadeza.

—No voy a hacerle daño a nadie —gruñó él y ella buscó en sus ojos por un momento antes de que, con confianza, volviera a colocar la mano alrededor de su cuello.

Descargó unas cuantas esferas de ki hacia la instalación asegurándose de golpear solo edificios vacíos e hizo algunos cráteres inofensivos. Se enfadó por la falta de derramamiento de sangre y despegó hacia la Corporación Cápsula más rápido de lo que tenía previsto. Bulma temblaba contra él y Vegeta se dio cuenta de que el viento azotaba, incluso con su escudo ki erigido estaba lastimándola.

—¡Vegeta! —gritó ella sin aliento.

Él se detuvo bruscamente y suprimió las ganas de suspirar. Ella se acurrucó en su cuerpo mientras presionaba su rostro caliente contra su cuello. El pánico se disparó en el estómago de Vegeta, ya que el cuerpo de Bulma seguía temblando contra el suyo.

—No lo hagas. —No llores.

Ella no respondió, aunque tampoco comenzó a sollozar y él suspiro de alivio, agradecido de haber malinterpretado su lenguaje corporal. A veces le era difícil recordar lo delicada que era, cuan frágil. Ahora se percataba de que estar tan lejos por encima del mundo, sin nada entre ella y los elementos, debía ser aterrador. Necesitaba demostrarle que no había nada que temer, que él la protegería incluso de eso.

Trató de apartarla, pero ella se aferró a él clavándole sus uñas en los hombros. Lo intentó de nuevo y ella sacudió la cabeza con vehemencia mientras se las arreglaba para mantener su rostro presionado en la curvatura de su cuello.

—No, me voy a caer.

—No lo permitiré.

Ella vaciló. Él sonaba tan seguro y fuerte, tan absoluto en su convicción de que nada malo le podía pasar. Quería creerle, pero era tan alto por encima de la tierra y todo lo que veía debajo de ellos era una manta arremolinada de niebla gris que solo parecía hacer la distancia mucho mayor.

»Bulma —susurró él suavemente y ella no pudo rehusarse.

Ella sintió el calor de su ki que ya la rodeaba, sostenía y acariciaba el cuerpo. Le permitió tomarla de la mano con el brazo extendido, dejando que sus pies colgaran en el aire. Se quedó mirándolo, negándose a ver a ninguna otra parte, excepto a él.

»Nunca bailamos en la fiesta.

Bulma resopló. Eso era impropio de una dama y en lo absoluto adecuado para una princesa, pero era del todo imposible. No había forma de que él fuera a convencerla de que sabía bailar.

Los ojos negros de Vegeta se estrecharon y donde otra persona hubiera visto una amenaza, Bulma solo vio la risa.

»Por supuesto, no habríamos podido incluso si hubiéramos tenido la oportunidad. De ninguna forma me permitiría ponerme en exhibición como una especie de bufón de la corte.

Ella se rio de lo que dijo y sus ojos junto con su rostro se iluminaron. Estaba prácticamente a un metro de distancia de él, casi sin darse cuenta de que solo sus manos se tocaban. Su ki se extendió hacia afuera en una burbuja a su alrededor, sosteniéndola en el lugar hasta que pareció como si ella estuviera de pie en la nada.

Sin previo aviso, él la hizo girar en un círculo completo en medio del aire. Un suspiro sin aliento se escapó de la garganta oprimida de Bulma y sus dedos arañaron para agarrarlo de la muñeca. Sus ojos se dispararon hacia el suelo y sintió que el pánico le tensaba todo el cuerpo.

»Bulma, mírame —le ordenó Vegeta y ella obedeció sin lugar a dudas. Sus ojos chocaron, se quedaron mirando y ella sintió que algo de la opresión en su pecho se calmaba.

»Confía en mí.

Ella inhaló hondo ante sus simples palabras. Nunca se imaginó escuchar algo tan profundo que viniera de Vegeta. Tomó casi tres años, pero finalmente cerraron un círculo completo en sus vidas. Habían crecido y cambiado, entrelazándose como árboles plantados en el mismo suelo fértil.

Ya no eran un experimento de laboratorio y una científico, un asesino y una víctima. Ya no eran una prisionera y un secuestrador, una esclava y un soldado. Eran solo Vegeta y Bulma, dos amantes bailando el vals en el cielo de la mañana.

Ella soltó su muñeca y alejó la mano hasta que únicamente sus dedos se tocaron. Tiró la cabeza atrás y se echó a reír, su cabello color azul claro fluyó detrás de ella mientras giraban a través de las nubes. Bailaron hasta que ella se quedó sin aliento, hasta que sus mejillas enrojecieron y sus ojos de zafiro brillaron a la luz del sol de la mañana.

—Prométeme algo.

—No otra vez. —Él se quejó y ella se rio de su malestar.

—Prométeme que vamos a hacer esto de nuevo en algún momento.

Él puso los ojos en blanco y la recostó contra su pecho mientras hacía el camino de vuelta a casa a un ritmo más pausado.

—Tal vez... en veinte años.

Ella le dio un pequeño golpe en las costillas y él gruñó.

—Antes de eso, Vegeta —exigió ella con toda la petulancia de una mujer que sabe que es amada.

—No eres más que una chiquilla malcriada.

—Ah sí, pues tú eres arrogante y prepotente.

Y somos perfectos el uno para el otro.

~ Fin ~


Nota de Tempestt: Esto es todo amigos. Podría decir que estoy tentada a hacer una secuela, pero eso sería una mentira. Estoy vieja y cansada, y creo que he terminado con este fandom. Quiero darles las gracias a todos los que leyeron y comentaron a lo largo de los años mientras esta historia progresaba. Sé que tomó mucho tiempo, pero ustedes chicos se mantuvieron allí. Les envío mi amor y deseos de una feliz lectura.

Muchas gracias.

Tempestad

Nota de la traductora: Si les gustó la historia dejen un comentario y luego la pueden bajar en archivo pdf maquetado para imprimir como libro en la página de alojamiento de archivos google drive, lamentablemente fanfic no permite subir los enlaces, así que los subí a AO3. Pueden encontrarlo en AO3, en el último capítulo (el 37), está en la parte final luego de que dice ~ Fin ~, si tienen problemas para descargarlo me avisan a mi correo de esta página.

Quiero dejar en claro que este archivo no tiene fines comerciales, la historia le pertenece a su autora y esta traducción a mí, y únicamente lo hago para que todos disfrutemos de una agradable lectura.