Lanzó el periódico en el escritorio y con café en mano se dirigió presuroso a la oficina de su jefe. Todos los cubículos a su alrededor eran un verdadero desastre, papeles volaban de un lado a otro, los teléfonos no dejaban de sonar y ya estaba cansado de revisar, en un máximo de veinte minutos, a todos quienes tenían un pase de prensa, esos buitres no tenían el más mínimo ápice de respeto, una revuelta ignominia en la necesidad de información sin consideración al daño colateral, moral, ético y social que conllevaba la investigación en la que había estado sumergido por poco más de un año.

Su jefe hablaba por teléfono y le lanzó una corta mirada de reconocimiento a lo que él hizo la respectiva venia a modo de saludo, el café a la altura del escritorio del hombre fue recibido con gusto y sin mayor vocalización que una expresión endurecida, el fiscal el Estado estaba por debajo de sus narices haciendo cualquier tipo de amenazas posibles con la vaga creencia de que eso lograría hacer aparecer nuevas pistas o si quiera indicios de qué dirección era la correcta. Un nuevo cuerpo había sido encontrado a las afueras de la ciudad, cerca de la autopista; estaba dispuesto exactamente igual a los demás: a la mitad del camino, cubierto de tierra y polvo, semi-desnudo excepto por la ropa interior, marcas de ataduras en manos, pies y cuello, y si esperaba unas pocas horas por el examen toxicológico y la autopsia, estaba seguro que encontrarían la extraña mezcolanza de químicos utilizados para mantener inconsciente a —en este caso— la mujer y la clara exposición y abuso de sus genitales. Lo que le extrañó y sorprendió de encontrar en esa ocasión fue el alargado y brillante objeto que sobresalía de entre las piernas de Kim Sooyoung.

Kim Sooyoung era el nombre de su nueva víctima, habían logrado identificarla luego de que una madre angustiada llamase a la estación sin importar las veces que los oficiales le hubiesen explicado que no había transcurrido el mínimo de tiempo necesario para iniciar una operación de búsqueda por caso de desaparición. Suerte o ironía.

Regresando la atención a la escena que se le presentaba, el sol caliente le quemaba los hombros y los brazos y los ojos le ardían por el resplandor, lamentó el olvidar sus gafas obscuras. El forense se le acercó y posó una mano sobre su hombro, sintió un escalofrío a causa del cambio diminuto e igual de drástico de temperatura.

—Hemos recogido la evidencia y pronto desocuparan el cuerpo, así podré hacer la autopsia.

—Imagino que no será muy diferente a las anteriores.

—Eso creo, pero también hay algo más. —El forense giró el rostro y alzó la mano mostrándole la trasparente bolsa que cargaba. —Esto definitivamente es nuevo.

—¿Crees que encontremos algún rastro?

—Me gusta ser positivo, pero este tipo no es ningún tonto. Él sabe lo que está haciendo. —El forense agachó la cara para protegerse del sol y se encaminó a la ambulancia luego de ver como los paramédicos trasladaban el cuerpo en la camilla; un escalofrío le recorrió la espalda, le erizó los vellos de la nuca y un nudo se aposentó en la boca de su estómago, obvió las claras ganas de vomitar y salió en dirección a la patrulla.

Con los brazos cruzados en el pecho y su expresión emblanquecida escuchó atento la explicación del forense. El doctor Kim Jonghyun, un muchacho joven pero sensato, se había iniciado poco más de tres años como médico de la estación, su semblante risueño, alegre, era un contraste obvio a lo crudo de su trabajo, pero no por ello era menos eficiente.

—Las marcas en sus muñecas y sus tobillos son consistentes con las de las víctimas anteriores, también lo son, las marcas de su cuello que coinciden con la teoría de que las asfixia con un alambre, esa es la causa de muerte. —Jonghyun maniobraba con sutileza el cuerpo, mostrando con total claridad a lo que se refería, dando mayor énfasis a su explicación. —También son consistentes las laceraciones en su vagina y en las paredes inferiores, así como los labios internos. —Él no necesitaba rectificar esa información, así que solo asintió y esperó por el resto del reporte. —Sé que está sobredicho que este hombre lo hace de forma ruda, constante, sin detenerse, y asumimos que esa es la forma en la que experimenta su placer. Luego está el hecho de que las asfixia.

—Eso lo hace personal. Quizás se trata de algún sustituto de la personificación que él desea.

—Exacto. —La sonrisa sobreentendida de Jonghyun le descolocó un poco, pero sabe que hay más. —También creímos que a falta de residuos podría tratarse de alguien impotente que y que la asfixia es el modo que encontró para liberarse, dejar una marca permanente en todos. —Él asintió corto, esa misma teoría la habían discutido gracias al cadáver anterior debido a que las marcas en su cuello habían sido más notorias al igual que esa vez. —Pero hoy, los oficiales me trajeron algo interesante. —Jonghyun alzó la bolsa de plástico trasparente conocida por su útil uso en la recolección de evidencia y su mirada desfiguró, no es que fuese un puritano ni mojigato, pero la verdad es que le dejaba un amargo sabor en la boca el solo posar la vista en él. —Éste, no tan pequeño amigo lo encontraron muy bien posicionado entre las piernas de la víctima.

—¿A qué te refieres? —Su mente le dio una vaga idea a lo que Jonghyun se podría estar refiriendo, pero prefirió esperar las hipótesis del doctor.

—No fue solo colocado para ser encontrado a simple vista. De acuerdo a los resultados de las pruebas, el ignoto utilizó el vibrador en la victima Sooyoung y lo utilizó con agilidad suficiente como para causar un orgasmo. Varios, de hecho.

—¡Qué! —Ese pedazo de información nunca se lo esperó.

—¡Lo sé! —Los ojos del doctor se agrandaron mostrando su sorpresa y su fascinación ante la extrañes del caso. —Este hombre, quien quiera que sea, no está atacando sexualmente a estas personas. —Él dedicó una mirada incrédula. —Lo sé. —Se quejó Jonghyun. —A lo que me refiero, es que él tiene en consideración el hecho de que busca que sus víctimas encuentren placer. La verdad es que, me sorprendió encontrar restos de lubricante, y sí, coinciden con las muestras encontradas en la víctima. —Contestó antes de que él pudiera siquiera formular su pregunta, pensamiento de: «Él quería que las encontráramos.» quedó sobredicho. —Te lo digo Yunho, éste no es un hombre común.

Yunho salió de la fría habitación y con los músculos tensos se encaminó a la oficina de su jefe suspirando frustrado. «Esto no tiene ningún sentido.» Se dijo a sí mismo en lo que se dejó caer en la silla giratoria frente a su escritorio, desde donde estaba podía ver a su jefe perdido en otra llamada telefónica y bufó rodando los ojos, quizás ellos finalmente lograrían avanzar si el fiscal y los medios les dejasen en paz, pero antes de dejarse perder en el estrés de la burocracia, se concentró en lo que había encontrado e hizo algunas anotaciones. Cuando su jefe estuvo libre, se le acercó con pasos agigantados.

—Dime que tienes algo Jung.

—Jonghyun me ha dicho algunas cosas interesantes sobre esta víctima. —Su jefe lanzó la misma mirada incrédula que él le había dedicado a Jonghyun momentos antes. Ambos hombres se encaminaron hasta la pizarra trasparente donde se encontraban un sinfín de anotaciones e intentos fallidos de relacionar los hechos. —De acuerdo con las dos primeras víctimas, dejamos en claro que se trataba de un violador común, alguien que encontraba a víctimas de bajo riesgo, personas que no serían extrañadas si desaparecían. Una prostituta y un vagabundo. Luego, con la víctima número tres, nos percatamos del paso agigantado en su evolución, ya no se trataban de alguien de bajo riesgo sino caso contrario, una estudiante de universidad quien tenía la costumbre de volver a cada en cada pequeña festividad posible, y con esta, dejamos plantado tanto su firma como su modus operandi: los asfixia porque eso es lo que a él le trae placer al no poder estar con ellos. —Esperó un momento dándole tiempo a su jefe de estar seguro de su tren de pensamiento, el hombre con un movimiento de cabeza le permitió continuar. —Pero con la víctima número cuatro, tenemos un cambio, en esta oportunidad no solo se trató de alcanzar su satisfacción sexual, sino también la de ella.

—¿Qué?

—El ignoto, tuvo la consideración de masturbar a Kim Sooyoung antes de asfixiarla.

—¿Qué?

Horas habían pasado ya desde que se había reunido con el equipo sobre las nuevas teorías que debían tomar en consideración de acuerdo a la nueva evidencia encontrada. Al inicio de los alarmantes asesinatos, creyó que se trataba de alguien metódico y con la visión retorcida de justicia, al querer limpiar las calles de la ciudad de aquellas personas inútiles y poco deseadas en la sociedad; eso era algo en lo que había estado seguro hace cuatro semanas, pero luego el muy bastardo tuvo que cambiarle las reglas del juego. Las víctimas no eran cercanas con respecto a los círculos sociales, y estaba claro que no tenía ningún tipo de distinción de género, había asesinado tanto a hombres como mujeres. Ahora su victimología se hacía más complicada, ya no eran ineptos sociales, ahora se trataban de jóvenes mujeres de entre 21 y 30 años quienes tenían un brillante futuro por delante, y a Yunho no le podían quitar el agridulce pensamiento de que, si el hombre seguía por ese rumbo, pasarían apenas días para encontrar un nuevo cuerpo y por alguna razón imaginaba que en aquella oportunidad se trataría de un varón.

El repique de su teléfono le sobresaltó y rebuscó entre los bolsillos de su gabardina el aparato, revisó la llamada y sonrió sutil al reconocer el tono.

—Hola, cariño. —Saludó en una respiración y su sonrisa se ensanchó sintiendo los músculos relajarse momentáneos.

—Yundol. —Escuchó la voz susurrante de su esposa. —Es tarde ya, ¿vas a volver o te quedarás en la estación? —Exhaló sonoro y contempló el reloj que descansaba en su muñeca, marcaba las diez y media de la noche. Se sintió tentado a permanecer en la estación, pero estaba tan cansado y sus pensamientos parecían solo andar en círculos, por lo que prefirió irse a casa.

—Estaré en casa en unos veinte minutos.

—Entonces te espero despierta.

Cortó la comunicación y se levantó sintiéndose pesado, había hecho todo lo posible por mantener a la prensa a raya, pero sabía que no podían solo tenerlos a todos en la obscuridad sobre lo que estaba sucediendo, además con el nuevo hallazgo estaba claro que debían dar una conferencia de prensa para advertir sobre la existencia de ese hombre, aunque solo se tratase de características físicas genéricas.

El repique constante de los flashes y las luces segadoras buscaban engañarle y hacerle perder la cordura y concentración, pero él era mejor que eso. Su voz fuerte y clara se escuchaba gracias a los micrófonos, su expresión seria acompañaba la magnitud de las noticias que expresaba; lamentó la pérdida de las jóvenes y pidió descanso y privacidad para sus familias, tiempo después se enfrascó en dar la explicación más detallada posible de por qué el hombre que estaban buscando era tan peligroso.

—Sufre de delirios en conjunto con su reprimido deseo sexual. Su mente intenta alcanzar su perfecta fantasía en donde busca no solo alcanzar su propia satisfacción, sino que además desea alcanzar la creencia de que sus víctimas sienten misma emoción. En su realidad, las personas a las que secuestra disfrutan de la experiencia tanto como él. —Su garganta se secó y carraspeó apoyándose de podio. —Es de suma importancia que no salgan de sus casas sin compañía, siempre estén grupos de dos o más y estén alertas a cualquier persona que encaje con la siguiente descripción.

Por su parte, él miraba embelesado las imágenes que el televisor le presentaba, las luces constantes de las cámaras fotográficas y el ruido estático de las grabadoras no era suficiente para sacarle de su estupor. Todavía no había logrado sacudir de su mente la decepción y tristeza por su último encuentro, se había concentrado en algunas otras acciones más mundanas que debían ser atendidas a su alrededor y por momentos creyó que jamás encontraría lo que estaba buscando, jamás podría volver a presenciar y disfrutar ese dulce y efímero ápice de felicidad que hace tanto tiempo atrás había creído olvidado, quizás no estaba destinado, quizás solo debería dejarlo pasar, dejarlo en el pasado donde pertenecía, pero luego aquellas imágenes brillantes aparecieron frente a sus ojos y allí lo supo. Supo que tendría una nueva oportunidad.

Atiborrado de papeleo se encontraba, dos semanas habían pasado ya desde la última víctima, algo que no había estado en sus planes, y por momentos temió que el asesino hubiese entrado en un periodo de descanso; si eso era lo que sucedía, conectar los posibles próximos encuentros y víctimas sería cada vez más complicado. Bufó enojado consigo mismo y con el misterioso asesino, nada sobre ese hombre había resultado como se lo había imaginado en el principio y eso solo le llevaba a un camino de frustración y auto-odio ante su propia incompetencia.

La risa burbujeante de sus hijas se escuchó en la otra habitación y él no pudo evitar sonreír, ladeó el rostro en un gesto que hubiese causado risas en las pequeñas y guardó las carpetas en los cajones del escritorio, había prometido a su esposa el permanecer en casa aquella semana que su jefe le había dado como descanso por el arduo trabajo y no quería que por ningún motivo sus hijas encontrasen nada que pudiese alarmarlas y marcarles el resto de sus vidas de pesadillas y malos sueños.

Manos pequeñas y traviesas se escurrieron por su espalda y él arqueó la espalda tratando inútilmente de escapar del ataque no tan sorpresa, ambas niñas quedaron a cada lado y hundieron sus diminutos dedos en el retazo de tela que se les presentaba y eran capaces de obtener.

—¡Papá! ¡Vamos a jugar!

—Prometiste llevarnos al parque, a los columpios. —Sus hijas aclamaron por su atención y él se las dio. Las rodeó con sus brazos y dejó besos sonoros en cada una de las sonrosadas mejillas, su esposa no tardó en aparecer también.

—El almuerzo está listo. —La familia entera se encaminó a la cocina y compartieron un placentero almuerzo luego de discutir la posibilidad de helado y unas galletas después de la cena y un bien merecido viaje al parque.

Recibió una llamada urgente de la estación, parecía que su jefe necesitaba de su atención ya que, al parecer, habían hecho un importante avance con la investigación. Besó a su esposa en la mejilla después de que la mujer le despidiera entre susurros adormilado que tuviese cuidado y que le amaba, Yunho no pudo evitar que una sonrisa sincera se cruzase en su expresión.

Yunho era un joven detective de unos 28 años, llevaba más de cinco trabajando en la estación bajo las ordenes de su jefe, juntos habían resuelto innumerables casos a lo largo las diferentes intercepciones de la ciudad sin importar que tan peligroso fuese. En su carrera había aceptado numerosos golpes y heridas, no solo de balas, algunas habían quedado marcadas de por vida en su consciencia y en los pliegues de su piel y muy a pesar de las lágrimas lastimosas y molestas que su esposa pudiera dedicarle, jamás le pidió que se alejase de aquella profesión puesto que sabía que eso era lo que le apasionaba y lo que imaginaba haciendo por mucho tiempo.

La llegada de las niñas fue sorpresiva pero no menos aceptada. Todavía era capaz de recordar los primeros años de llantos y demasiados pañales sucios para su gusto, pero él no cambiaría absolutamente nada de su vida; el despertar sabiendo que tenía a su lado a una encantadora mujer que le entendía y le comprendía, y una maravillosa familia llena de amor y cariño era algo por lo que se esforzaba tener un desempeño eficiente en el trabajo. Él quería que sus hijas tuviesen un lugar seguro en el que vivir y él haría todo lo posible por prevalecerlo.

Había entrado en el caso de este asesino en serie por mera oportunidad. Él se encontraba a punto de volver a casa cuando la luz encendida en la oficina de su jefe le hizo detenerse y asegurarse de que el hombre se encontraba bien, su jefe tenía la costumbre de sobrecargarse de trabajo y eso le había dejado, en distintas ocasiones, con visitas al hospital. Encontró al hombro observando pensante un par de fotografías y la autopsia realizada por el forense.

—¿Se encuentra bien señor? —La voz de Yunho resonó en la estancia y el hombre alzó el rostro algo sorprendido, asumía que ya todos debían haberse ido a casa.

—Sí, muchacho. No te preocupes. —Lanzó una sonrisa cordial llena de cansancio y Yunho quedó sentado frente a él sin invitación.

—¿Qué sucede? —Cruzó las manos frente a sí. El hombre descansó la espalda contra el respaldar de la silla y respiró agotado.

—No me gusta nada de esto. —Yunho con una mano pidió permiso para contemplar los archivos que mantenían al hombre atento a tan altas horas. Estudió las fotografías con recelo y se detuvo unos buenos diez minutos en el reporte del forense, no porque le fuese difícil entenderlo, su mente comenzó a idear teorías sobre el cómo y el por qué. Después de esa noche cuando un nuevo cuerpo fue encontrado, el mismo Yunho fue quien le pidió a su jefe que le permitiese ser parte de la investigación.

Llegó a la estación, alejó el sueño de sus ojos y apagó el motor de su auto, descansó las manos sobre el volante, quitó los seguros y revisó su reflejo en el retrovisor. Escuchó la puerta trasera abrirse y bostezó creyendo que se trataba de su jefe, él no se encontrada del todo despierto en su totalidad. Lo que le recibió fue el brillante reflejo de un arma siendo apuntada a su cabeza.

—Conduce. —El sutil y níveo pedido que escuchó en una voz melodiosa no guardaba relación con la seriedad del comando, Yunho afianzó el agarre que tenía del volante y sus manos sudaron frío, el metal contra su cabello le espabiló alejando el sueño de él por completo y a su cuerpo trémulo le costó obedecer. —Por favor.

Condujo hasta las salidas de la ciudad, perdiéndose en la amplia autopista. Pasaron de largo y sin mucha complicación el lugar exacto donde Yunho sabía el asesino abandonaba a las víctimas para deshacerse de ellas, pero el extraño que le amenazaba desde la seguridad del asiento trasero ni siquiera le dedicó una mirada, actuaba como si no le importase, como si aquella situación no fuese más que un simple y cotidiano paseo en auto.

Escaneó la presencia a sus espaldas en una acción diminuta, no queriendo llamar la atención, los flashes de luz de los faroles de la autopista no le ayudaban demasiado, pero él no iba a solo rendirse. Escuchó un suspiro y sus manos tiritaron contra el volante en un movimiento involuntario, su cabeza se llenaba de miles de hipótesis y teorías sobre qué era lo que ese hombre quería y lo más importante quién era, porque Yunho estaba más que seguro que ese era a quien él había estado buscando desde hace meses, la llamada de su jefe había sido una simple excusa para tener su atención. «Y vaya que si la tenía.»

—Detente. —Yunho obedeció y detuvo el auto a un lado de la autopista, el lugar se encontraba desierto. Con un agarre fuerte del volante y el motor encendido, Yunho sintió un doloroso golpe en su cabeza, con lo que estaba seguro era, el reverso del arma.

Para cuando despertó Yunho se sorprendió de encontrarse en una habitación amueblada, no tenía grandes lujos y no era demasiado amplia; de hecho, si comparaba las dimensiones podría jurar que tenía casi el mismo tamaño que el baño del primer apartamento que rentó cuando recién se había mudado a la ciudad. Sus ojos tomaron con detalle sus alrededores, la cama en la que se encontraba era individual, las sábanas olían a detergente de lavanda; una silla al lado de la cama con una bandeja de madera, arrugó el entrecejo por el objeto y sopesó la idea de utilizarlo como arma o como escudo. Las paredes blancas y desnudas carecían de ventanas y lo único que sobresalía cerca del techo eran las rejillas metálicas del sistema de ventilación. Contempló sus pies libres de ataduras y se sentó cruzando las piernas, sus brazos si estaban atados a la cabecera de la cama, inspeccionó el nudo, desde el precario espacio que obtenía si tensaba los músculos y hacía algo de fuerza; sabía que era alguien que no estaba jugando ni se descuidaba de pequeñeces, un nudo muy elaborado y meticuloso.

El sorpresivo silbido que llenó la habitación le tomó desprevenido y viró la cabeza a ambos lados para ver de dónde provenía, su entrecejo se arrugó luego de percatarse como la habitación se llenaba de humo trasparente y él hizo uso de todo su autocontrol para no aspirarlo, pero al final fue inminente el hecho de que cayó inconsciente.

Con la máscara antigases cubriendo su rostro, esperó tranquilo a que el humo se disipase y en un movimiento fluido de su muñeca abrió la puerta dándose paso a la reducida habitación. Parpadeó veces seguidas en un ingenuo intento de distinguir con mayor facilidad la silueta de la figura que descansaba en la cama y por momentos se sintió impaciente, arrugó la tela de su pantalón y alzó los talones balanceándose despacio contando los segundos restantes para poder tener una visión más nítida.

Se acercó en cortos pasos al filo de la cama y su respiración se cortó al contemplar por segunda vez y en mejor cercanía la presencia del hombre. Su mano alejó mechones rebeldes de su rostro y los dejó descansar detrás de la oreja del detective; se agachó obviando la existencia de la silla cerca de la cama y aligeró el nudo que mantenía al hombre en su sitio. Dedicó una fugaz mirada al reloj y luego de contemplar el paso de dos minutos enteros se quitó la máscara; hizo caso omiso de su cabello despeinado, quedó de cuclillas frente al hombre y una amplia sonrisa, que dio paso a una hilera de dientes blancos, se pintó en su rostro con tal fuerza que, por escasos momentos, sus ojos se volvieron desiguales.

El mundo giraba a su alrededor, el mareo que atacaba su cabeza era suficiente para provocarle náuseas y él mordió el interior de su mejilla para evitar que eso sucediera, su cabeza ladeó por unos buenos cinco minutos antes de que pudiera enfocarse con propiedad, lo primero que notó fue el cambio de sus alrededores; ya no se encontraba en la diminuta habitación, no, ahora estaba en un espacio más amplio, aunque sin un bombillo que le iluminase no podía estar demasiado seguro. Sudor bañaba su espalda y parte de su pecho, el cambio de temperatura fue claro y se preguntó si solo sería la habitación o parte de algún efecto secundario de los químicos con los que había sido drogado. Le costó darse cuenta de que no se encontraba solo.

—Hola, Yunho. —Un temblor le sacudió la espalda y el se removió en su asiento cayendo en cuenta que ahora se encontraba no solo maniatado sino también sus piernas habían perdido la movilidad.

—¿Quién eres? —No reconoció su voz rasposa y adormecida. Y no obtuvo respuesta. —¿Qué quieres? —El hombre a sus espaldas se movió, podía escuchar el resonar de sus pasos, pero era estresante el no poder ver nada.

—Eso pronto lo sabrás. —El tono mimado que recibió le hizo sentirse incómodo, él esperaba y se imaginaba a alguien de total agresividad y que su posesiva necesidad de tomar el control fuese tan palpable como intangible, pero lo que recibió era completamente diferente. Su actitud era cuidadosa y metódica como habían previsto, pero más allá de ello, no lograba reconocer ninguno de los otros signos de conducta que había trabajado arduamente en armar; los pasos cesaron y Yunho contuvo la respiración, una sutil caricia llegó a su cabello y un peso incómodo e inexplicable se formó en su estómago, a él no le gustaba nada de eso.

Una puerta se abrió y Yunho tuvo que cerrar los ojos por la fuerza cegadora de la luz, lastimaba sus ojos; contempló momentáneamente fascinado la figura obscurecida que se presentaba en el umbral, piernas largas casi infinitas y cabello corto fue lo que pudo diferenciar antes de que la estancia quedase en completa obscuridad.

Boa se despertó gracias a la alarma justo a las seis y media de la mañana, estiró el brazo y la apagó de un golpe, tanteó el lado contrario de la cama al que dormía y un quejido silencioso llegó a su garganta al percatarse de lo frío y solo que se encontraba, la vaga memoria de Yunho despidiéndose de ella a la mitad de la noche le hizo suspirar y sin mucho pensar en ello se levantó hacia el baño para empezar su día.

Las mañanas siempre eran un campo de batalla cuando se tenía un par de hijas tan hiperactivas y dormilonas como las de ella, Boa constantemente luchaba por lograr que tuviesen un horario recurrente para dormir y que la hora de ir a la escuela fuese más llevadera, pero eso parecía solo funcionar en sus sueños. Mientras su hija mayor se entretenía en el baño con su cepillo de diente, la más pequeña apenas y se había separado de las sábanas; cuando por fin ambas se encontraban vestidas y peinadas entonces empezaba la batalla campal sobre el desayuno, normalmente era Yunho quien se ocupaba de esa tarea mañanera pero evidente era que por cuestiones de trabajo ella tendría que arreglárselas sola.

—¿Dónde está papá? —Su hija mayor preguntó dando una mirada al espacio vacío que era la silla de su padre.

—Tuvo que salir en la noche por trabajo. —El rostro de ambas pequeñas cayeron en un puchero triste.

—Quería que papá me llevara a la escuela.

—Lo sé cariño, pero lo más seguro es que él puedo pasar por ustedes a la salida.

—¿Lo prometes? —Las miradas encendidas y esperanzadas de sus hijas le hicieron sonreír y sentirse algo nerviosa, ella no sabía que tan ocupado estaría Yunho en la oficina. Boa había visto las noticias y la verdad es que era algo desalentador, aunque Yunho nunca compartía esa parte del trabajo con ella.

Y por eso era que ella se vio desviando su rutina unos momentos para dirigirse a las oficinas de la Policía Metropolitana de Seúl, específicamente al departamento en el que trabajaba su esposo. El guardia de seguridad le sonrió y le dejó pasar sin mucho problema, todos ya estaban familiarizados con ella y su relación con Yunho, de hecho, varios de los detectives amigos de Yunho habían asistido a su boda. Se sintió un poco perdida al no tener a Yunho para dirigirle en la dirección correcta entre el pequeño caos que representaba la estación, sonrió aliviada al reconocer una cara familiar.

—Kyuhyun. —Saludó con una leve reverencia. El chico en cuestión la miro confundido, algo que ella no entendió.

—Boa.

—¿Dónde está Yunho? No logro verle por ningún lado. —Giró el rostro buscando tontamente la silueta de su esposo, pero una vez más, nada encontró.

—Boa, Yunho no se presentó a trabajar esta mañana. —Boa arrugó el entrecejo confundida.

—Eso no puede ser. Yunho recibió una llamada anoche, su jefe quería hablar con él sobre un caso en el que están trabajando. —El cambio en el color del rostro de Kyuhyun fue todo lo que Boa necesitó para entender la situación. —Kyuhyun, ¿dónde está Yunho?

Kyuhyun le tomó de la mano y con prisa le llevó hasta la oficina del jefe.

—Jefe, tenemos un problema.