—Hey, Steve— me despertó mi tío al día siguiente y abrió las cortinas—. Necesito comprar unas cosas ¿vienes?
Un rápido viaje a un supermercado un poco apartado de "La pradera" para iniciar la mañana no fue lo mejor, al cabo de un rato ya me tambaleaba del sueño sosteniendo entre mis manos el queso y las galletas que a mi tío tanto le gustaban. Una duda determino mi mente y medite un rato antes de preguntar:
—¿En los otros edificios, hay más chicos de mi edad?
Mi tío giro, mirándome con curiosidad, antes de volver a mirar nuevamente la canasta con naranjas delante de él.
—No estoy seguro si vivan más niños cerca del edificio, al único al que he visto es a Tony. —contestó, analizando con escrutinio una naranja redonda como una pelota.
—¿Tony? —pregunté dándole la oportunidad a mi mente de que recuperara el recuerdo del chico junto a la caja.
—Es un buen chico, no sé qué edad tiene, pero me hizo el favor de reparar el calentador de la casa…aunque es un poco raro. —mi tío giro con el carrito de compras, llevándose una bolsa llena de naranjas-. Steve, vamos a la sesión de cárnicos, necesito tocino.
Cuando regresamos, ayude a mi tío a acomodar las cosas en la alacena de la cocina, después de eso él dijo que tenía que trabajar así que podía hacer lo que quisiera sin hacer mucho ruido ni romper nada, me molesto que me tratara aun como un niño de nueve años, pero supongo que los adultos tardan un poco en acostumbrarse a los cambios de niño a adolescente.
El edificio era muy antiguo: tenía un desván debajo del tejado, un sótano al que se accedía desde la planta baja y un jardín cubierto de vegetación lleno de viejos árboles de gran tamaño. Toda la casa, era demasiado grande. Me sorprendía como mi tío vivía solo en aquel enorme espacio.
Salí un momento y rápidamente conocí a las personas que vivían alrededor. En el edificio de al lado derecho vivía La señorita Spencer y la señorita Carter. Eran dos ancianas regordetas que compartían su vivienda con un montón de loros. Ambas habían sido bailarinas, como le contó la señorita Spencer cuando me conoció.
—Oh Stefan, eres un muy buen mozo —dijo la señorita Spencer, confundiendo mí nombre—. En nuestra época, la señorita Carter ya se hubiera casado contigo.
—Me llamo Steve, no Stefan. Steve—la corregí, aunque en vano porqué siguió llamándome Stefan.
Al lado de la casa de las señoritas Spencer y Carter, vivía Robert,un anciano excéntrico que tenía un gran bigote. Me conto que estaba esculpiendo una escultura de tal belleza que superaría la del David de Miguel Ángel.
—Un día, Stefan, cuando esté lista, el mundo entero admirará la belleza de la Giulia. Me has preguntado por qué no puedes verla. ¿No es eso lo que me has dicho?
—No —respondí con paciencia—. Le he dicho que no me llame Stefan. Me llamo Steve.
—La razón de que no puedas ver la Giulia—le explicó el hombre del edificio de al lado— es que aún no está lista, necesita ser más pulida. Voy a probar con diferentes tipos de lijas.
Después de llegar a la conclusión de que los ancianos de los alrededores tenían serios problemas de audición, recorrí el jardín, que era grande. Al fondo había una antigua cancha de tenis, pero se veía muy abandonada: la valla que rodeaba la pista tenía agujeros, y la red estaba totalmente deshecha. Había una vieja rosaleda llena de rosales enanos consumidos por los insectos; un jardincito rocoso que era todo piedras, y un corro de brujas, es decir, un grupo de húmedos hongos venenosos de color marrón que olían fatal si se pisaban accidentalmente.
También había un pozo. La señorita Spencer y la señorita Carter me advirtieron con gran insistencia de lo peligroso que era, y me aconsejaron que no me acercase a él. Por eso decidí investigar, para saber dónde estaba el pozo y mantenerme a distancia prudencial.
Lo encontré en un prado lleno de matas que había junto a la cancha de tenis, detrás de una arboleda. Era un círculo de ladrillos de poca altura, semioculto entre las altas hierbas. Para que nadie se cayese dentro, el pozo tenía una tapa de tablas de madera. También busque animales. Encontré un erizo, la piel de una serpiente (pero no a su dueña), una piedra que parecía una rana y un sapo que parecía una piedra. Había además un altivo gato negro que se sentaba en los muros y en los troncos de los árboles y observaba, pero cuando me acercaba para jugar con él escapaba.
Y así pasé las dos primeras semanas en la casa: explorando el jardín y los alrededores.
Mi tío me llamaba para comer y cenar. Tenía que abrigarme bien antes de volver a salir, porque el verano estaba resultando muy fresco. Salía todos los días a explorar, hasta que comenzó a llover y tuve que quedarme en casa. En ningún momento me encontré con el chico que vivía al lado izquierdo de mi edificio.
— ¿Qué voy a hacer ahora? —pregunté mirando por la ventana de la cocina la lluvia caer.
—Lee un libro —respondió mi tío—. Enciende la televisión. Vete a hablar con la señora Spencer o la señorita Carter, o con el viejo loco del edificio de al lado.
—No —repliqué—. No quiero hacer eso, estoy cansado de que me llamen Stefan.
—No importa lo que hagas —comentó mi tío—, mientras no te metas en líos.
Contemplé la lluvia. No era de ese tipo de lluvia que permite salir y caminar, era muy diferente, de la que cae a chorros del cielo y se aplasta contra la tierra. Era una lluvia implacable que en aquel momento estaba convirtiendo el jardín en un espeso lodazal.
Encendí el televisor y puse varios canales, pero sólo había programas de opinión y hombres trajeados que hablaban del mercado de valores. Luego por fin encontré algo interesante: era la segunda parte de un documental que trataba de la coloración protectora. Vi animales, pájaros e insectos que se disfrazaban de hojas, de ramitas o de otros animales para protegerse de elementos dañinos. Me gustó mucho, pero acabó enseguida, y a continuación había un programa sobre una fábrica de pasteles.
Era entonces que decidí hablar con mi tío. Mi tío trabajaba con ordenadores, de modo que pasaban mucho tiempo en casa. Tenía su propio despacho.
—Hola, Steve—saludó cuando entré, sin darse la vuelta.
— Está lloviendo.—repuse.
— ¿Lloviendo? —replicó Mike—. Está diluviando.
—No —lo corregí—. Sólo está lloviendo. ¿Puedo salir?
— ¿Has visto el clima?
—Si.
—Pues ya lo sabes.
—¿Qué?
—Abrígate, sal a explorar algo que no sea el jardín, trata de regresar temprano—sugirió mi tío—. Mira, aquí tienes una hoja y un lápiz. Agarra una sombrilla y dibuja algo. Si no quiere dibujar, apunta qué cosas hay de color azul. Organiza una expedición para descubrir por qué ese gato negro se esconde tanto. Y no te metas en problemas con los vecinos.
Esta parte es la que se vuelve difícil de contar porqué es la parte en donde Tony deja de ser un chico sentado delante de una caja y se vuelve…eso, esta es la parte difícil de expresar en palabras. ¿Cómo puedo expresar lo que Tony significo para mí? No quiero que nadie piense que esta es una de esas historias cursis de amor. Hay en ella mucho más que eso.
Comienza con Tony y conmigo en el parque. Yo no sabía que él estaba allí. La lluvia seguía cayendo tan fuerte, golpeando con persistencia la sombrilla sobre mi cabeza, mis zapatos ya estaban mojados hasta las medias. Pero mi situación no era nada comparada con el chico sentado en la banca a unos pasos de distancia. Había gotas cayendo de las puntas de su cabello y la ropa la traía pegada a su cuerpo, estaba de espaldas a mí mirando quien sabe. Me sentía estúpido al no saber si acercarme o no.
—Hey, te vas a enfermar. —solté de repente llamando su atención.
No sé qué hubiera pasado si hubiera decidido no acercarme, seguramente seguiría igual a como estaba en ese entonces. Supongo que el factor cambio de todo surgió desde el primer momento que vi esos ojos. Eran lo suficientemente grandes como para parecer un par de canicas, de un color que me recordó a la miel y al chocolate.
—Sí, supongo que tienes razón. —él se levantó y yo sabía que iba a irse.
Me erguí, apretando con firmeza la sombrilla. No podía sostenerle la mirada mucho tiempo, así que la desvié a alguna parte del parque.
— Tu debes ser el nuevo de al lado —dijo, ladeando la cabeza. Aquel gesto me recordó tanto al gato negro del jardín que casi logra hacerme levantar la mano para intentar acariciarlo.
Yo asentí.
—Anthony Stark. —extendió su mano mojada hacia mí y casi al instante correspondí su saludo.
—Steve Rogers. —dije, tratando de parecer tranquilo.
—¿Stefan? —pregunto, acercando la oreja y frunciendo el ceño.
Yo negué rápidamente perdiendo los nervios, empezaba a creer que la tranquilidad de aquel pueblo volvía sordas a las personas.
—¡Steve! —dije casi gritando, esperando que no pasara lo mismo que paso con la señorita Spencer.
—Stefan.
Cuando estaba a punto de gritar nuevamente mi nombre. Vi la mueca divertida en la cara de Anthony, y como se reía de mi cara. Quise enojarme, insultarlo, quizás golpearlo y no volver a hablarle, como haría con cualquier otro chico que se hubiese atrevido a burlarse de mí; pero apenas vi esos ojos y como no se borraba esa sonrisa de su rostro, me dieron ganas de hacerlo reír más, lo cual era raro porqué nunca usaba un chiste a costa mía para hacer reír a alguien que no fuera Bucky.
—Espero que no estés aquí tratando de robarme la atención de la señora Spencer. —dijo él, dando un paso atrás.
—No es como si se encariñara conmigo tan rápido. —conteste mirando por encima de su cabeza.
Era bajito, o no mucho. Quizás mamá si tenía razón y estaba creciendo muy rápido. Le superaba en unos diez centímetros, incluso me sentía demasiado mayor a su lado ya que tenía cierta apariencia de niño que me hacía sentir que estaba tratando con alguien menor que yo y a la vez no era así.
A pesar de que estaba mojado y el clima en general estaba muy frio, el no temblaba, se veía muy natural andando por él parque así. Llevaba puesta una camisa roja y una chaqueta que vaya que había fachado en su misión de proteger a su dueño contra el frio. El cabello lo traía pegado a su frente por el agua, oscurecido y goteante.
—Oh no te confíes, a la señorita Spencer y a la señorita Carter les encanta los rubios. —rió agarrando un extremo de su camisa, estrujándola con más manos.
La lluvia había aminorado, y no me di cuenta. Sus pasos escurrían agua sobre el pasto fresco. Empecé a seguirlo automáticamente.
—¿Qué tal te parece esta pradera, Stefan? —preguntó, ahora estrujando con sus manos otro extremo de la camisa.
—No hay mucho que ver. —respondí, frunciendo el ceño. Rezaba que lo de Stefan se le olvidara rápidamente.
—Antes, tenía un mejor aspecto, pero el tiempo lo daño todo. Además, este lugar necesita la atención constante de un albañil y un jardinero, y no hay quien lo pague.
Mire sobre mi cabeza, el cielo gris parecía advertirme de algo. Anthony, tenía una presencia extraña, no era incomoda, me sentía bien, quizás era el impulso por querer saber más de él.
—Deberías ir rápido a tu casa y secarte, te vas a enfermar. —dije esperando no ser muy imprudente con mi comentario.
—Debería… ¿Pero qué caso tiene? enfermo no tengo que preocuparme de ir a la escuela. —dijo encogiéndose de hombros.
—Pero estamos en vacaciones de verano. —conteste, frunciendo el ceño.
Tony pareció no prestarle atención a mi comentario y siguió caminando con naturalidad hasta que vimos a lo lejos los edificios donde residíamos. No quería que acabara ahí, no quería alejarme y no volver a hablarle, o tenerlo cerca de mi casa como un simple vecino, yo quería preguntarle por lo de la caja y la carencia de cortinas en su casa. Así que me aproxime a él hasta chocar mi hombro con el de él.
—Me gusta la música que pusiste ayer en la tarde. —solté sin saber bien a donde llegaría con ese comentario.
—Espero que no te haya molestado el volumen, ya me han dado problemas con eso.
—Oh no, quiero decir… ¿me podrías pasar alguna canciones para tenerlas en mi celular?
—Ah —dijo él e hizo una pausa para arrancar la morita de un árbol—. Si quieres voy a casa y busco mi memoria USB ahí tengo todas las canciones.
—Pero tienes que secarte…
El me miro sin ninguna expresión aparente en su rostro, antes de asentir.
—Como digas, Stefan —sonrió—. Pero quiero algo a cambio.
—¿Cómo?
—Dile a Mike que prepare una de sus famosas hamburguesas y quizás considere pasarte mi música.
