Los días siguientes fueron muy grises. Pesados, abrumadores. Me sentía angustiado ya que, después de recibir la noticia y asistir a la misa donde rindieron homenaje a Robert. Tony no aparecía, era como si se hubiese esfumado junto a la vida de ese extraño pero agradable hombre.

No volvió a llover. Pero la niebla rodeaba la casa y no te dejaba ver nada que estuviese más allá de veinte pasos. La niebla se cernía como la ceguera en torno a la casa. En la niebla había un mundo poblado de fantasmas. ¿Estaría allí el peligro?, pregunte para mis adentros. Parecía emocionante, no algo malo, sino todo lo contrario, pero mirando a Tony, ¿para él si sería peligroso? Jamás podría interpretar la respuesta de aquella pregunta.

La niebla empañaba los faros y ventanas de los coches que circulaban por la calle.

Estaba sentado en las escaleras del porche, mirándome las manos, jugando con una pequeña piedra entre ellas, dándole vueltas. Aquella tarde era especialmente aburrida sin nadie alrededor con quien hablar. Distinguí una figura, aproximándose a lo lejos.

Se estaba acercando y me puse tenso. Tenía una constitución delgada y gran estatura.

Sentí en mi mano izquierda la piedra fina y suave que había estado a punto de lanzar lo más lejos posible. Pensé en lanzarla contra la figura, porqué parecía muy sospechosa.

—Solo da un poco de miedo –dije, en voz baja—, por toda esa niebla.

Era verdad. Cuando la figura se hizo visible, observe con alivio que no se trataba de nada aterrador, sino de alguien con una apariencia un poco llamativa.

Aquel hombre. Era alto, de cuerpo esbelto y piel pálida. Lo que más me llamo mi atención fue su cabello oscuro y sus profundos e intimidantes ojos verdes. Iba trajeado y llevaba puesta una gabardina negra junto a una bufanda tejida color pasto.

Se quedó de pie un momento, tosiendo suavemente en un pañuelo blanco.

─¿Cómo está usted? –dijo finalmente, aquel saludo me incomodo un poco.

─Bien, gracias –conteste.

Durante unos segundos nadie dijo nada y deseé tener a mi tío allí, o a la señorita Spencer para que hablara por mí. Se escuchó un ruido parecido al de un pájaro enfadado.

─Soy Loki Laufeyson, vine a hacerle unas preguntas a la señora Carter.

Estaba a punto de decirle que la casa que buscaba era la de al lado. Pero cuando mire de soslayo, la señorita Carter, se aproximaba con una bandeja en sus manos.

Estaba envuelta en una chaqueta de lana, de forma que parecía más pequeña que de costumbre. Llevaba gafas de cristales gruesos que le agrandaban mucho los ojos.

—¿Necesito algo?—preguntó, aproximándose al hombre, me alegre internamente de ya no tener que hablar con él.

—Es sobre su vecino Robert—dijo él. La señorita Carter, parecía conocer las intenciones del hombre.

Miró a su alrededor con cautela: primero sobre un hombro y luego sobre el otro, escudriñando la niebla como si pensase que alguien podía estar escuchando.

—Espere un momento, por favor—susurró. A continuación, su mirada se detuvo en mí, en una petición muda de que la siguiera.

Camine junto a ella, notando que a donde nos dirigíamos era a la casa de Tony. Nos detuvimos delante de su puerta y la señorita me pidió que tocara tres veces.

—¿Puedes hacerme un favor, Steve?

Yo le dije que sí. Sostuve la bandeja que la señorita Carter llevaba en sus manos y de un pequeño monedero de cuero saco un par de llaves oxidadas que me hicieron dudar de si con eso lograría abrir la puerta. Contrario a lo que creí, la puerta se abrió.

—Tony debe estar en su cuarto…o en el taller—comentó la señorita Carter—.En cualquiera de los casos, ese niño seguramente no ha comido nada, ¿puedes asegurarte que se coma este estofado por mí?.

—Está bien—contesté, apretando la bandeja en mis manos.

—Gracias, Steve—respondió la señorita Carter—.Iré a hablar con aquel hombre, si ocurre algo no duden en buscarme.

La señorita Carter se dio la vuelta, envuelta en una bruma gris, sin perder de vista la casa. Yo tenía esa puerta abierta, de par a par, invitándome a una aventura tenebrosa. No lo quise admitir hasta ahora, pero la casa de Tony daba miedo. Por culpa de la niebla que no dejaba entrar la luz en esa casa, el interior parecía más frio y ruin a la última vez que lo mire de cerca.

La casa estaba vacía. Lo supe en el momento en que entré. Solamente el tictac de un reloj en la cocina desafiaba el silencio. El temor se apoderó de mí, desconfiado de si Tony estaba ahí o no. ¿Era así todo el tiempo? ¿Cómo podía ese chico vivir en semejante silencio?

Cerré la puerta, en disposición de caminar por aquel corredor, el piso crujía con mis pasos. Me dirigí lentamente a la cocina. Había una nota en el refrigerador:

Fuimos a una conferencia, volvemos en la noche.

Peggy te preparo fideos con carne.

Por favor come.

Te queremos.

Resoplé con tristeza, algo había pasado dentro de esa casa que no se había resuelto, toda esa bruma me asfixiaba. Parecía que últimamente todas las cosas apuntaban a algo que no sabía cómo descifrar.

Salí de la cocina sin saber qué hacer. ¿Cómo podía saber dónde estaba el cuarto de Tony o el taller? Me quité mi abrigo y lo dejé sobre un asiento de los que había en el mesón de la cocina, reposando la bandeja de la señorita Carter encima. No había otra opción, tenía que buscarlo. Subí las escaleras, encontrando un montoncito de cajas apiladas en una esquina, aquello me inquieto. En cada rincón de esa casa, existían cajas de variados tamaños aglomeradas desordenadamente. Continúe por otro pasillo, con cuatro puertas, dos a cada lado, tres de ellas cerradas con llave. Me detuve en la que estaba entre abierta, escasamente adornada con una escritorio y una silla, al lado un estante lleno de libros y una alfombra roja, aquel cuarto resaltaba con la monocromía del resto de la casa, pero la pared fue la dueña de mi atención. Exhibían un amplio grupo de óleos grandes, alegres y llamativos pintados con suma delicadeza. Cuadros cargados de emoción desbordada, llenos de gente riéndose que saltaba, daba vueltas y cantaba. Toque una de las pinturas para sentir las pinceladas y tratar de absorber algo de su calidez.

El cuarto era fresco y lleno de sombras. Los reflejos de luz en el techo, que veía a través de la ventana, se parecían a la luz jugando en el agua y los colores pálidos recordaban los mundos bajo el mar. Tal vez encontraría algo de paz allí, pero tenía que buscar a Tony.

Escuche pasos bajando las escaleras, y me imagine que sería él. Esperando verlo en la cocina, quise salir del cuarto, para cuando me di media vuelta él estaba parado en el marco de la puerta.

Tenía la mirada ensombrecida, bordeada por unas leves ojeras rojizas, y nariz sonrojada. Había estado llorando y sino, quizás era un resfriado, se podía interpretar de las dos formas, pero no quise dar un veredicto porqué eso sería entrometerme y ya había hecho suficiente. Una voz en mi interior me dijo que hiciera algo, que actuara, que no dejara las cosas así…

—Pareces un gato—dijo Tony, acercándose a paso lento.

¿Yo? ¿Un gato? Pero si el que llegaba de la nada, y tan tranquilamente era él. Resoplé enojado antes de mirarle a la cara, se veía pálido y sus ojos brillaban más de lo normal.

—La señorita Carter…

—Hizo una de sus recetas, estoy seguro que no es estofado, lo sé… ¿Por qué insiste si sabe que no quiero?

Tony bajo las escaleras, yo le seguía en silencio. Escuchando solo nuestras pisadas resonando en el eco de la oscura casa, Tony camino a la cocina oprimiendo el interruptor que encendía las luces de la sala y las del comedor. Pero estas no alumbraban mucho, eran de luz amarillenta y titilante, irritaban mis ojos.

Tony se sentó en un taburete, mirando fijamente la bandeja envuelta en aluminio sobre el mesón. Entonces parpadeo un par de veces y decidió estirarse. Sus dedos agarraron el aluminio. Lo miró con poco interés

—Esto es absurdo —dijo en voz baja. Sus dedos apretaron el papel en rechazo.

El pelo le caía sobre los ojos, y nuca. Nuevamente tuve que desechar la idea de querer acariciar. A Tony no le gustaba lo que había hecho la señorita Carter, era claro.

—Es un guiso de patatas y puerros aderezado con estragón y queso gruyer fundido — se quejó.

Yo suspiré, era como escuchar las quejas de un niño malcriado en ese momento. Tony se dirigió al congelador y sacó patatas fritas precocinadas y una mini pizza para hornear en el microondas.

—Sabe muy bien que no me gustan esas recetas — dijo mientras su cena giraba y los numeritos rojos del microondas descendían hasta el cero.

—Si las probases, a lo mejor te gustarían —sugerí, pero Tony hizo un gesto negativo.

Charle con él un rato, mientras él se comía esa molesta pizza de microondas. Siempre odie la comida precocinada, y se lo hice saber.

—Como buen amigo que eres, deberías convencer a Mike para que me haga una hamburguesa todos los días. —comentó sin tapujo alguno.

—Ya quisieras, eso no es comida de verdad—dije— ¿Te alimentas así todos los días?

—Si —dijo, encogiéndose de hombros—. Ahora ¿Qué hago con ese feo guiso de patatas? A nadie le gusta ¿Quieres?

Negué con la cabeza, aquel guiso se veía muy sospechoso como para ser comestible.

—Ha Robert le hubiera gustado…—al decir eso, la mirada de Tony se apagó. Pensé que iba a llorar, en cambio se metió otro trozo de pizza a la boca.

Mi estómago se revolvió, no quería verlo así. Suponía que las personas en ese tipo de circunstancias no querían hablar de lo sucedido. Pero esa voz en mi cabeza no dejaba de decirme que hiciera algo, que no me quedara de brazos cruzados.

—¿No entiendo lo que paso? ¿Robert se sui…?

—No se suicidó, aquel hombre estaba demasiado obsesionado con su escultura como para morir sin terminarla—dijo Tony, rápidamente metiéndose otro bocado a la boca—. Robert era solo un viejo pescador que soñaba con ser alfarero, y crear su escultura. Era tan simpático, como raro ¿Siempre me pregunte qué tipo de tierra tenía su huerta como para que sus verduras olieran tan extraño?

La sonrisa que se dibujó en sus labios desapareció tan rápido como llego.

—¿Será…asesinato? —me estremecí al decir eso.

Tony me miro curioso, antes de posar sus ojos nuevamente en la pizza.

—No lo sé, lo encontraron a la orilla de la carretera principal…—hizo una pausa y negó con la cabeza— De todas formas, la policía está investigando el caso.

Tony tenia los hombros tensos, parecía preocupado por algo y sus ojos se veían demasiado cansados. En el borde de la comisura de su labio había migajas de pizza; en aquel momento no pude contenerme. Acerque mi pulgar acariciando todo su labio inferior y quitando las migajas en el camino.

Los latidos de mi corazón se aceleraron y remolinos de calor me recorrieron el cuerpo. Era una sensación conocida y a la vez extraña, aquel labio era suave al tacto, como el resto de su mejilla. En aquel instante, no existía Vanmouth, ni mi tío, ni el verano, ni el pescado, solo estábamos yo y ese chico, cuya piel deseaba tocar, con mi manos. Acerque mi labios, sentía su aliento sobre el mío, quería probar el sabor de su boca.

No pude besarlo esa noche, porque tres toques en la puerta nos separaron

—¡Eh, Steve! —El grito de mi tío me lleno de frustración.

Tony me miro, con eso brillantes ojos suyos que me hicieron sentir pequeño. ¿Qué planeaba hacer? Tony se levantó de su asiento, actuando con naturalidad, caminando hacia la puerta.

—¡Ah, hola! —lo saludó.

La bruma apenas me permitía distinguir a mi tío. Estaba envuelto en una gruesa chaqueta negra.

—¡Steve, esta noche y mañana vas a estar solo! —gritó mi tío desde la puerta.

—¿Qué? —me aproxime velozmente hasta la puerta.

—Mi jefe me llamo, me necesita en Concord. En cualquier caso, ya les dije a la señorita Spencer y a la señorita Carter para que te quedes en su casa.

Abrí la boca dispuesto a protestar, pero Tony no me dejo hablar.

—Mike, no te recomiendo que dejes a tu sobrino con esas mujeres, no saldrá virgen si se queda una noche haya adentro.

Mi tío abrió los ojos y soltó una carcajada, antes de darle palmadas en el hombro a un Tony sonriente.

—Tienes razón, pero no puedo dejar a un adolescente solo en una casa, después de todo.

—Oh vamos, Mike. Se te olvida que también sirvo de niñera.

En ese momento los quise golpear a ambos. Al final Tony consiguió lo que quería (sea lo que sea) convenció a mi tío de que me dejara quedar en su casa. No podía soportarlo, estaba incomodo por lo que había pasado en el comedor. Solo quería irme y no verlo hasta que aquello quedara en el olvido. Y ahora él estaba despidiéndose de mi tío, quien se daba la vuelta, ya para irse.

Tony cerró la puerta y se giró. Me tomó la cara con las manos y sus labios casi rozaron los míos. Me estremecí y, al mirarlo a los ojos y sentir su cálido aliento en mi piel, sabía que deseaba lo mismo que yo. Sin embargo, pasó algo que no me espere: Tony se abrazó a mí, suspirando en mi cuello y haciéndome temblar. Se empinaba en puntas de pies y reía demasiado cerca de mi oreja

—No quisiera ponerte en peligro, Steve, jamás.