Un poco de esperanza
—Karin-san —llamó Ayame entrando a la cocina donde la pelirroja terminaba de fregar los platos de una reunión de al menos nueve personas. No respondió más que con un gruñido casi inentendible solo para confirmar que la había escuchado. Tanto tiempo con Sasuke empezaba a notarse en su ausencia de vocabulario.
—Tienes que llevar un pedido —le indicó dejándole un paquete sobre la barra junto con un papel donde se indicaba la dirección y nombre del destinatario.
La chica se sacó los guantes de látex y se quitó el delantal plástico, se secó la inexistente agua de las manos con la toalla que estaba al alcance, tomó el paquete y salió por la puerta de servicio sin mucho ánimo, pero más que segura que no recibiría paga completa si ignoraba el detalle.
Se movió entre las calles con relativa facilidad con el envoltorio cambiando de mano cuando sentía que el calor le haría soltar la bolsa, solo hasta que distinguió el edificio departamental con todo el alivio que eso representaba, se animó a llevarlo con ambas y apresurar el paso. Según la numeración señalada la puerta que tenía al frente era la indicada, llamó un par de veces y tras unos momentos un chico rubio le abrió la puerta.
—Pensé que no iban a llegar, ¡Dattebayo! —se quejó arrugando la nariz al tiempo que desde el interior un penetrante olor a quemado se extendía por el pasillo.
Karin bajó un poco el rostro, era Naruto, el autonombrado mejor amigo de Sasuke.
Entregó la mercancía citando el monto.
¿Qué podía tener ese chico para ofrecerle a Sasuke? Era un niño bueno en todo el amplio sentido que implicaba la frase.
Cierto era que no caía en gracia de muchos, pero más que nada se debía a la desbordante energía entusiasta que tenía, un par de peleas que eran cosa de niños si se las comparaba con los logros delictivos de los especímenes que tenía por compañeros y a final de cuentas, tras un rato de tenerlo cerca siempre terminaba ganándose un par más de amigos para su colección.
—Oye —dijo Naruto que entregaba un par de billetes arrugados — ¿Tendrás a la mano el número de Kakashi-sensei? Yo lo tenía y ya lo perdí, ¡Dattebayo!
La pelirroja parecía confundida ¿La reconocía?
—¡¿Y por qué iba yo a tener el número de un profesor?! —exclamó ofendida.
—Bueno, le pregunté primero a Hinata-chan y ella no, también a Sakura-chan y tampoco, pero Ino-chan estaba ahí también y me dijo que tú tenías todos los datos de los profesores porque eras algo así como la sección pública de la escuela…— y Naruto no vio venir la mano hacia su mejilla junto con todas las monedas de su cambio esparcidas en el vestíbulo de la entrada, ni tampoco cuando giró de nuevo la cara fue capaz de saber en dónde se había metido la chica. El rubio se frotó la mejilla dolorida.
—¿Y ahora qué dije?
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La luz estaba apagada, cortinas de lana cubrían las ventanas y hacía poco más de una hora que Dosu se había marchado, dejando por concluida una sesión de ensayo. En la sala solo permanecían Kin y Zaku, en silencio, solo con el demo de habían grabado con su mezcla amenizando la tarde casi noche.
—No me gusta esa parte —comentó de pronto Kin echando la cabeza hacia atrás dejando que los siguientes treinta segundos, a su parecer, menos agradables de toda la pista, pasaran. No obtuvo respuesta, Zaku la miraba con los brazos aun soportándose con ayuda de un collar cervical blando. El izquierdo estaba completamente inutilizado, pero el derecho conseguía moverlo un poco, al menos lo suficiente para guiarlo hasta la pierna de la chica paseándolo suavemente. Inclinó el cuerpo al frente para alcanzarla y besarla en los labios, gesto que ella pareció responder.
Ante la afirmativa dejó los labios pasando a las mejillas bajando hasta el cuello, pero justo cuando iba a quitar la pañoleta que simulaba una serpiente gris enredada, Kin lo empujó hacia atrás.
—No porque estés inválido voy a caer —le dijo levantándose del sillón para ir a abrir las cortinas dejando entrar la vespertina luz del sol.
—Kin —reprochó el otro —¿Cuánto llevamos saliendo? Casi un año y no puedo siquiera…
Kin se cruzó de brazos y le dedicó una fría mirada.
—Si digo que no, es no —respondió tajante yendo inmediatamente a abrir la puerta, indicándose que debía dejar el departamento.
Zaku bufó e hizo lo que se le indicó, pero Kin no pudo cerrar la puerta sintiendo la fuerza de resistencia al otro lado.
—¡Zaku! ¡Ya te dije que no!
—¡Soy yo! ¡Idiota! —chilló furibunda Karin, empujando con más fuerza. La morena de larga cabellera se apartó para dejar entrar a su compañera de habitación.
—¿Y a ti qué te pasa?
—¡Nada!
—¿No deberías estar en el trabajo?
—¡¿Qué te importa lo que sea de mi vida?!
Kin levantó el rostro, ofendida, pero no agregó nada más a la conversación, por llamar de algún modo al griterío que se desataba cuando Karin llegaba de mal humor, que era la mayor parte de tiempo. Ya le había dado toda la razón a Suigetsu, el carácter de la chica apestaba y si Tayuya las había dejado regresar, no lo iba a arruinar por ella. Luego de mirarla moverse de un lado a otro con amenaza de romper algo, Kin regresó a la sala para conectar los audífonos en una entrada del reproductor, y el demo se escuchaba solo para ella.
Apretó un poco los labios sintiendo la húmeda saliva que Zaku hubiera dejado momentos antes.
—Idiota —dijo acosándose en el sillón y escondiendo el rostro entre los brazos sin definir a quien de los dos dedicaba su insulto.
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Karin había visto el número telefónico del Ichiraku en la pantalla de su celular unas cuatro o cinco veces, y en ninguna se había dignado a contestar. Sabiendo el día que era y el pleito que se armaría si no empezaba a preparar la cena, se encaminó a la cocina. Kin se había quedado dormida en el sillón, pero eso poco le importo. Aún estaba bastante irritada por el comentario del rubio.
Así que eso decían de ella…
La alacena estaba casi vacía, símbolo inequívoco de que aún no le pagaban a Tayuya, pero aún había algo de pasta y un par de verduras en el refrigerador, lo que era suficiente para terminar la semana, luego ya verían qué hacer.
Puso agua al fuego para preparar ramen, sacó un pimiento, una cebolleta y un puñado de calabazas pequeñas. No había carne, pero sí un paquete de tofu que habían pasado a dejar en su puerta junto con un muy explicativo folleto publicitario de la nueva marca que se lanzaba al mercado.
Empezó a cortar las verduras al tiempo en que el agua empezaba a soltar su hervor, le puso un trozo de cebolla medio oxidada que encontró rezagado en el fondo y polvo de ajo, que de ese había bastante aún. Enseguida vació los fideos pre-cocidos para que se hidrataran.
Le dolía la quijada de tenerla tan tensa, pero no fue sino hasta que el cuchillo se desvió un poco que salió de la bruma frustrante que le aprisionaba el cerebro. Soltó una maldición y un chillido llevándose el dedo por inercia a la boca, salió de la cocina para dirigirse al baño donde estaba el botiquín.
Se puso algo de desinfectante y un poco de tela adhesiva.
—Creo que necesito algo más para justificar que no regresé al trabajo —dijo para sí misma.
Acomodándose los lentes volvió a salir, Kin ya se había despertado y perezosamente se frotaba los ojos, la chica iba a decir algo, pero un par de golpes en la puerta la interrumpió. Los golpes volvieron a repetirse con tal fuerza que pensaron que la puerta se caería. Se habían asustado y ninguna quería arriesgarse a abrir.
—¡Con un puto demonio! ¡Abre Kin!
Se trataba de Tayuya.
La morena obedeció botando rápidamente los seguros y haciéndose a un lado para dejar pasar a un enorme hombre de pelo naranja cortado en tres secciones que, a juego con la expresión ruda de su redondo rostro, imponía bastante miedo. El sujeto traía en brazos a Tayuya que a su vez no tenía forma de ocultar la escayola de su pierna izquierda ni la cara de pocos amigos que enfatizaba más aún su mal humor.
—¿Qué pasó, Jiroubou? —preguntó Kin al ver la condición de su prima.
—Le cayó un árbol encima.
Tayuya soltó un improperio cuando él la acomodó en el sillón.
—Deja de hablar así — la reprendió Jiroubou —. Ni que con maldecir a medio mundo se te fuera componer la pierna.
—¡Yo hablo como se me da la puta gana!
Kin se cruzó de brazos y soltó un bufido. Con la mayor incapacitada solo significaba que su suerte iba a ir de mal en peor, y el dinero que ganaran tanto Kin como ella se tenía que destinar al bien común. Sin decir palabra empezó a acomodar la mesa para la cena, esta vez, sin dejar el espacio que usualmente quedaba en el comedor de cuatro. Cuando Jiroubou venía, no se iba hasta que comiera, bebiera y se acostara con Tayuya. Las dos primeras le daban igual, pero la última…
—Hay mierda —se quejó Karin corriendo a la cocina.
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—Era ramen instantáneo, ¿cómo lo pudiste echar a perder? —dijo Kin sacando con una cuchara algo de su plato parecido a un puré amarillento con verduras a medio cocer dispuestas en medio de aquello que debía ser ramen.
Sin embargo, Tayuya y su novio, desde su sitio en el sillón de la sala, comían sin decir nada. Karin por respuesta se levantó los lentes por la moldura lateral y empezó a reclamar que no era culpa suya que no hubiera cosas buenas para comer en la alacena.
—Hablando de esa mierda —interrumpió Tayuya buscando en su pantalón un sobre amarillo —Cobré ayer en la noche, así que mueve tu culo y lárgate a comprar las putas cosas que nos van a mantener durante tres jodidos meses porque el muy carbón de Orochimaru no me va a dar ni una puta moneda mientras tenga esta mierda encima
—¡Tayuya!
Si había algo que molestara al hombre, era el florido lenguaje de la chica de pelo rosa, pero tal parecía que a ella le resultaba más conveniente darse a entender con esas palabras. Karin se puso de pie con su plato aún a la mitad y del sobre sacó lo correspondiente al alquiler del mes, realmente a ninguna de las tres le gustaba tener a la vieja casera encima porque tenían un día de retraso en el pago. El restante no era mucho, pero si compraba lo adecuado se las apañarían bien un tiempo.
Tayuya sonrió.
—Idiota, si ya sabes que Karin no sabe cocinar ¿Para qué carajos la dejaste sola?
Kin tenía hambre, y por esa única razón jaló a su sitio lo que Karin había dejado al irse del departamento, pero ante el comentario de la otra, la muchacha se hizo la desentendida volviendo a ponerse los audífonos.
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No era tan noche, sin embargo, apenas había gente en el supermercado, las llantas del carrito rechinaban en el silencioso pasillo de enlatados.
Comparando precios y contenido, Karin se daba a la tarea de buscar la manera de llenar una despensa. Si había algo que reconocerle y sus primas lo sabían, era su habilidad administrativa, razón de que ella estuviera a cargo de las compras. Era algo como un no anunciado acuerdo, Tayuya tendía comprar mucho de lo mismo y Kin de alguna manera al llegar a la caja debía dejar una buena parte de lo que originalmente había llevado en el carrito, para que cuando llegara al departamento se diera cuenta de que aquello que dejó era lo más importante.
Con una nota mental de lo que había visto que faltaba -con urgencia porque en realidad no había nada- se movió entre los pasillos hasta que llegó al departamento de salud y belleza.
Pasta dental, jabón de tocador… arrojando un paquete grande de toallas sanitarias maldijo el que todas fueran mujeres y había un gasto mensual que no se podían saltar. De ahí solo le faltaba el shampoo, cuando chocó con alguien.
—Lo siento —dijo torpemente. rogando que la otra no fuera una persona muy liosa, pero para cuando se fijó con atención casi se tragó sus palabras terminando por decir un hosco "Fíjate, idiota".
Jūgo hacía fila en la caja de la farmacia y solo atinó a hacer un leve movimiento de cabeza sin inmutarse por los radicales cambios de humor de la pelirroja, esta, al saberse ignorada solo se acercó a empujarlo un poco con pretexto de que le tapaba la vista de la exhibición de… cremas para combatir hongos en los pies.
—No creí que hicieras compras como la gente normal —dijo ella, fingiendo interés en las dichosas cremas.
—Kimimaro está un poco mal, no ha ido a trabajar —respondió el muchacho, refiriéndose al chico con quien vivía.
—Ah… pues Tayuya se rompió una pierna, a este paso Orochimaru-sama se va a quedar sin escolta.
—Creo que ya abrió contrataciones.
—¿De verdad?
—Metí solicitud, deberías hacer lo mismo.
Ella soltó un bufido.
—Creí que con lo de Sasuke tenías. Además ¿sirvo de guardia?
—Tengo muchos gastos, y también podrías tener puesto de archivista —dijo mostrándole algunas recetas médicas.
Karin dejó todo en donde estaba dispuesta a seguir su camino, pero una pequeña espina le estaba dando punzadas en la cabeza.
—Kabuto — agrego ella sin mirarlo —… es el médico que nos atiende a nosotras, es por parte del seguro de Tayuya, y me parece que tiene un dispensario muy bien surtido y económico, tal vez…
Y no terminó de hablar, sin despedirse siquiera lo dejó más confundido que antes. Cuando quería, podía ser algo burdamente parecido a lo amable, y cuando no, dependía de quien estuviera alrededor y de eso Jūgo ya se había percatado, estaba más a la defensiva cuando Suigetsu estaba presente que en cualquier otro momento. Esa faceta tranquila le agradaba.
—Karin —ella no se detuvo, pero un breve movimiento de su cabeza le indicó que lo escuchaba—. Sasuke terminó con Sakura.
Solo porque le agradaba se lo diría, Suigetsu le había contado lo que había sucedido la noche del robo, y tanto el albino como él, no pudieron sentir más que pena, quizás y con eso su humor mejoraría.
No se equivocaba.
El corazón de la chica se detuvo unos segundos para enseguida palpitar con tal fuerza que se saldría de su pecho. Aquél alto joven le había sembrado solo un poco de esperanza.
Comentarios y aclaraciones:
Karin no entiende...
¡Gracias por leer!
¡Felices fiestas!
