Al día siguiente salió el sol, Tony, mi tío y yo bajamos al pueblo para comprar la ropa escolar. Dejamos a Mike en la estación de ferrocarril: ese día iba nuevamente a Concord a visitar a algunas personas.

Me despedí de él agitando una mano. Nos dirigimos a unos grandes almacenes. Tony vio unos guantes rojos que le encantaron:

—Tienes que comprarlos, Steve. Están geniales.

Pero me negué, y elegí, en cambio, calcetines blancos, unos jeans negros, cuatro camisas grises y una bufanda azul oscura.

—Eres un anciano—afirmó Tony, cargando la bolsa donde iban las camisas.

No le hice caso. Tony se dedicó a pasear y a contemplar unas botas de cuero negro, bastante caras. Después volvió.

—¿Tony? Ah, aquí estás. ¿Dónde diablos te habías metido?

—Me habían secuestrado unos extraterrestres —respondió—. Venían del espacio exterior con pistolas que lanzaban rayos, pero yo los he engañado poniéndome una peluca y hablando con acento extranjero, y he escapado.

Resople, apretando mis puños. Cuando le daba la gana salía con esos sarcasmos y evadía cualquier pregunta, eso me frustraba.

—Sí, como digas. ¿No vas a comprar nada?

—No.

—¿No?—pregunté.

Tony no contestó.

Cuando regresábamos a casa a pie, le pregunté:

—¿Qué hay detrás de las puertas de tu casa que están cerradas con llave?

—Nada, una serie de habitaciones vacías.

—Ah —fue todo lo que pude decir. Una parte de mi quería golpearme por preguntar eso tan de repente, pero la curiosidad me estaba torturando. Toda la vida de Tony se me hacía un enigma, que quería resolver para así tenerlo más cerca, estaba actuando entrometidamente y lo único que necesitaba era mantener las cosas en calma entre ambos.

Llegamos a casa de Tony a la hora de comer. Brillaba el sol, pero el día era frío. Inspeccioné el frigorífico y encontré tres paquetes de pizza para microondas y un pedazo de queso sobre el que crecía una sustancia verde. En la alacena sólo quedaba un mendrugo de pan.

—¿Esto fue lo que fuiste a comprar ayer? Sería mejor que cambiaras esos hábitos alimenticios tuyos, vas a morir de desnutricion—dije—. Voy a la tienda ¿Quieres venir?

—No —respondió.

—¡Tony! —rezongué, Tony salto en su puesto y me miro con ojos abiertos—¿Qué demonios tienes?

Echó un vistazo a un libro que estaba leyendo sobre la segunda guerra mundial.

—Steve, a veces pareces un abuelito… ¿no te cansas de actuar como abuelo? Juro por dios que tu mentalidad se parece a la de un señor de noventa años.

Negué con la cabeza y salí de la casa. Caminando lo más rápido posible a la tienda más cercana. Me sentía responsable, no quería dejar a Tony solo en esa casa, no después de imaginarme lo que pudo haber pasado con sus padres.

Compre dos libras de carne, un pan y una bolsa de manzanas, que sirvieron de almuerzo. Tras cepillarse los dientes, Tony y yo subimos al taller.

—Mike, me conto que el día que llegaste aquí, era tu cumpleaños, y que por eso no pudiste celebrarlo.

Tony sonreía con aire triunfante, camino a la mesa donde tenía todas sus herramientas y de su cajón, saco una caja.

—Feliz cumpleaños.

Lo miré sorprendido. Encontrándome con un estuche de tubos de pintura de varios colores, y un pincel. Estaba feliz. Le agradecí continuamente a Tony, aunque él decía que no se lo merecía; incluso quise abrazarlo, pero me mantuve reacio a la idea de hacerlo sentir incomodo, así que guarde distancia.

Ambos salimos al porche. Nos sentamos en las escaleras de la entrada, Tony acariciando a Sunny en su regazo.

—¿Qué hay de nuevo? —le pregunté.

Tony no se veía muy animado, estaba demasiado pensativo. Quizás era por aquel asunto de Robert, continuamente él se quedaba mirando cualquier parte y tenía que llamarlo varias veces para tener un poco de su atención. En verdad quería abrazarlo, quería consolarlo, él no se merecía eso. No quería verlo así.

—No hay nada nuevo… pero cuando tenía 10 años mis padres fueron trasladados a un hospital psiquiátrico—a Tony le empezó a temblar la voz—. Y allí se quedaron.

Entonces eso era. La extraña ambigüedad se fundió en el borde de mi estómago. Sus padres no estaban muertos, ni eran parte de la larga lista de desaparecidos del pueblo. La gente no se muere de estar loca, quizás si desaparezca, pero ese no era el caso. "Loco", la palabra se repetía en mi mente, ¿qué fue lo que obligo a los padres de Tony a cambiar? Ellos no fueron siempre así o ¿sí?

—Seguro que no conoces a muchos hijos de chiflados ¿cierto? —preguntó, tratando de bromear. Con esa sonrisa en su rostro que parecía no querer tomarse nada en serio.

Me tocaba hablar.

—No, eres el primero, Tony.

Él rió, y yo respiré profundamente. Justo en ese momento Mike me llamó. Me paré enfrente de Tony y le toqué el hombro, por un segundo vi sus ojos llenos de agónica tristeza.

—Nos vemos mañana —fue todo lo que pude decir.

Una vez adentro subí las escaleras. "Estoy muy cansado", le dije a mi tío. No estaba realmente cansado, pero necesitaba estar solo.

"Chiflados", la palabra se enredaba en mi cabeza una y otra vez. La empecé a odiar. No quería pensar en la familia de Tony de esa manera, no quería pensar en Tony como un simple chico desadaptado a causa de sus padres. Él no era eso. Quise llorar, por él, por un niño en una casa rodeado solo de cajas. Fue hasta que me sentí lo suficientemente alterado, que el cansancio me abordó y pude dormir.

Mike me despertó con un golpecito en el hombro. Ya había amanecido.

—Steve ¿Estas bien? —puso la mano sobre mi frente para comprobar que no tuviera fiebre.

—Solo fue un sueño —dije, no tenía ningún deseo de dormir. Cuando la luz del día llegó, me vestí y me dirigí a donde Tony, recogiendo pequeñas piedritas del camino para tirarlas contra la ventana del taller de Tony. Descorrió el marco las cortinas y alzó la mano para indicarme que esperara.

—Caminemos —dijo.

La mañana parecía inusualmente bella, toda dorada y nueva, cuando nos dirigimos hacia el puerto, deseé que solamente estuviéramos vagando por ahí, y que ninguna discusión importante nos esperara. Yo solo quería seguir viendo a Tony, sin recordar aquel sueño caótico.

El puerto no era precisamente un escenario turístico. El agua era azul, fría y a veces sin la debida iluminación, parecía negra. Aparentando que te podía tragar con su indiferente calma.

—Cuando era niño, y pasaba las vacaciones aquí —le dije—, casi todos los días mi tío me traía a pescar.

—¿Estuviste aquí antes?

—Sí, con mi madre —dije con calma—. Mike y mi madre crecieron juntos aquí, luego se mudaron a Nueva York, pero hace dos años Mike decidió volver.

—Oh—Tony saltó sobre una gran piedra que estaba a la orilla del agua— ¿Por qué nunca te vi?

Me pregunte lo mismo que Tony. Él se apartó del agua y caminamos juntos por toda la orilla, pasando por encima del camino de piedras calientes por el sol. Sabía que Tony esta vez no llevaba zapatos, y mis pies comenzaron a arder como si fueran los suyos. Cuando él dijo que se había cansado de caminar, nos sentamos sobre una banca de madera ruñida por el agua. Allí, él habló.

—Dicen que tienen esquizofrenia. Numero uno —paró y levantó un dedo—, no quiero tu lastima, no soy un niño desamparado, tengo una gran herencia y un futuro brillante así que ni se te ocurra sentir una pizca de lastima por mí. Y dos —y agrego un segundo dedo—, no te atrevas a tratarme diferente…—hizo una pausa y se encogió de hombros—. No te sientas raro conmigo, soy normal…en lo posible.

—Está bien —dije sonriendo, dándole seguridad a mis palabras. Él tomó mucho aire y me di cuenta que iba a continuar, diciendo algo que aunque lo ocultara muy bien, sin duda seguía doliendo y lo entendía. Entendía todo eso, a pesar de nunca haber vivido algo así.

—Empezó con mi madre…cuando yo tenía 8 años, no recuerdo muy bien—dijo—. Mi madre oía voces.

—¿Voces?

—Bueno, en realidad ella me decía que era una voz. De un hombre, que vivió en 1945, y era pintor. Según ella se llamaba Gregory.

—¿Gregory?

—Los cuadros que viste colgados, son de su autoría, o eso se supone —tarareo un poco—. Nunca fue famoso, porqué murió muy joven —la voz de Tony se detuvo con emoción, y sus ojos miraron con tristeza—. Hubo muchas peleas entre mis padres, principalmente por qué Howard no se creía lo de Gregory.

—¿Entonces ella sentía que le hablaban?

Tony estaba quieto mirándose las manos.

—Mi madre no lo sentía, ella lo escuchaba —me contó entonces como Gregory había llegado hasta el a los ocho años—. Mis padres tenían…no, tienen una enorme fortuna. Stark Industries es una multinacional dirigida a la investigación en campos de medicina y energías alternativas y renovables. ¿Has oído de la piel artificial para quemaduras?

—Si.

—Howard la invento…

Empecé a respirar más rápido. Me lo imagine; Tony siempre parecía de un carisma tan inalcanzable y aun así estaba ahí, contándome todo.

—Compramos este conjunto cerrado, iban a remodelarlo por completo, hacerlo de cierto modo, más exclusivo. Pero mama dijo que eso sería después, ella quería disfrutar un poco de una vida sencilla. La vida en Nueva York era muy estresante, y aquí nadie nos conocía. Podía ir caminando a la escuela sin sufrir el acoso de un paparazzi —cerró los ojos por un minuto y se pasó lo dedos por el cabello—. Fue cuando desapareció Pepper que todo cambio.

—¿Pepper?

—Mi prima, sobrina de mi madre. Ella tenía seis años, pasaba las vacaciones con nosotros cada verano. Una tarde fuimos al bosque aun cuando se nos dijo que no fuéramos. Jugamos a las escondidas. Al anochecer, yo seguía sin encontrarla.

—Tony…

—Mi mamá lloraba mucho. Me atribuí toda la culpa, y Howard emprendió jornadas de búsqueda con más personas durante varios días. Un doctor dijo que tal vez por todo ese estrés, mi madre empezó a oír las voces.

—Como un amigo imaginario…—dije. Él negó con la cabeza.

—No te encierran en un hospital psiquiátrico por tener un amigo imaginario, Steve, y menos si eres un adulto. Otro médico dice que la esquizofrenia no tiene nada que ver con lo que te pasa. Todo es causa de los problemas químicos del cerebro.

Me miró como si fuera mi turno para hablar, nervioso pregunté:

—¿Qué paso con tu prima?

—La encontraron ahogada en el pozo…

Me estremecí recordando la tapa de madera maciza sobre los ladrillos del pozo.

—Puedo contarte exactamente cómo fue que Howard empezó a cambiar. Una tarde que el decidió remodelar el sótano, encontró lo cuadros de ese tal Gregory, mi madre los colgó en su estudio y después de lo de Pepper, él decía que la gente en las pinturas se movían.

—¿Él también escuchaba voces? —y me miré los zapatos.

Tony negó.

—El decía que las personas en esos cuadros eran reales y desaparecían —Tony se detuvo, respirando irregularmente, parecía tratar de calmar algo en su interior—. Me dijo una vez que la causa de la muerte de Pepper estaba ahí, pero apenas tenía 8 años, yo no entendía nada. Incluso ahora sigo sin entender.

—¿Tu alguna vez escuchaste o viste algo? —pregunté.

Tony negó otra vez.

—Estuve tardes enteras mirando fijamente esos cuadros, nunca vi nada. En las noches me quedaba en silencio esperando escuchar esa voz, pero nunca paso —dijo—. Entonces deje de salir a jugar y de hablar con mis amigos. Mis padres no dejaban de trabajar a pesar de verse tan perturbados.

—Tony, debiste sentirte muy solo —dije. Luego me sentí incomodo—. ¡Qué tontería dije! Perdóname, Tony —él ni siquiera parecía oírme. Estuvo pensando un rato y luego sus ojos se detuvieron en mí, haciéndome estremecer.

—Steve —dijo muy lentamente—, hay algo que no puedo entender.

Había muchas cosas que yo tampoco entendía, pero no lo mencione.

—¿Qué? —pregunté—. Cuéntame.

—Según Howard, la gente desaparecía en los cuadros, a la vez también desaparecían personas en la vida real. Yo nunca vi ningún cambio en las pinturas. Steve, ¿no lo ves? ¿Si todo era imaginación de mis padres, por qué la gente desaparecía? ¿Qué era lo que oía mi madre, que le asustaba tanto?

Mis manos se apretaron en puños temblorosos de temor.

—Eso es cierto. Tus padres debieron tener sus sospechas —respire co angustia—. ¿Crees que de verdad estén enfermos?

—No es posible, ¿verdad? Que los dos hayan enfermado al mismo tiempo, no me lo creo —Tony paró de hablar y se miró de nuevo las manos—. Tengo miedo, Steve. No quiero despertar y no encontrar a nadie, ni a Mike, ni a la señorita Carter, incluso a ti…no lo soportaría —se quedó callado, como si hubiese olvidado que estaba ahí—. Cuando cumplí 10 años, esa noche la policía toco a la puerta, todos pensaron que mis padres habían cometido un crimen. Lo siguiente que supe fue que se los llevaron al hospital psiquiátrico de Los Ángeles. Pasaron los días y empecé a detestar esa casa. Empaque todas las cosas de mis padres, absolutamente todas, en cajas y luego cerré sus cuartos con llave; menos es estudio.

Deseando haber podido estar cerca en ese momento, deseando haber podido sostener su mano, rodeé sus hombros con mi brazo y lo acerque a mí, queriendo aliviar la frialdad de su cuerpo, y me mordí el labio, él rio suavemente frotándose contra mi hombro.

—A veces me gritaban, que yo estaban más loco que mis padres —hizo una pausa y se miró los pies—. Solo deseo cumplir rápido los 18 años, y obtener mi herencia, quizás irme a vivir Nueva York o a California y olvidar todo esto. Deshacerme de esos cuadros.