—Steve, ¿estás bien? —preguntó con voz angustiosa mi madre por teléfono.
"Ya está empezando", pensé yo, "Le entraran ganas de que regrese a Brooklyn" pero al ver una silueta pequeña, sentada en una esquina me mi cuarto, me preocupo más que el regreso a Nueva York. Retrocedí y me quede parado junto a la puerta, en el pasillo, en un intento de ocultarme.
—Estoy bien, mamá. Solo ha sido un rasguño.
—Mike me dijo que te heriste el hombro.
—Eres enfermera, sabes que no es la gran cosa.
Fueron veinte minutos, escuchando la ansiedad inundando la mente de mi madre, hasta que por fin logre calmarla y colgó sin ganas.
Me froté los ojos y miré incrédulo. Tony estaba en mi cuarto, sentado en el suelo con la cara entre sus brazos, con las rodillas contra el pecho, inmóvil. Me precipité al ir al baño y me lavé la cara.
—Hey, Tony —dije acercándome inseguro, no merecía su preocupación, después de irme sin decirle nada o incluso después de ignorarle toda la semana.
Me senté a su lado, Tony seguía sin mirarme. Después de un momento, alargué la mano para tocarle el brazo, pero mi hombro dolía. No hubo ninguna respuesta. Supe que no había ningún contacto entre nosotros. No solamente nuestra comunicación se había roto, ahora Tony estaba muy, muy, muy lejos de mí. Yo temblaba de frio en medio del sol caliente de Vanmouth que entraba a través del balcón.
—Estas bien, ¿no es cierto? —esa voz temblorosa de Tony, me recordó aquella vez que lo vi casi sonámbulo en umbral de la cocina, tomando una taza de café.
—¡Claro! —exclamé, tratando de animarlo.
Cuando sentí a Tony aferrándose a mi espalda y temblando ligeramente, el dolor de mi hombro nunca me había parecido algo tan insignificante. Lo abracé con la fuerza que esa herida me permitía emplear. Ese cuerpo pequeño y juvenil se sentía tibio y suave, de manera que todo el frio que sentía hace poco se esfumo junto con mis ganas de volver a salir con Sharon y los demás. Estar en los brazos de Tony, pensé, valía más que una ida al zoológico o el enojo de Bucky. Y me sentí tonto, porque todo este tiempo, era la cercanía de Tony lo que estaba buscando.
—¿Cómo supiste donde estaba? —trate de hablar con ligereza sobre su oído.
Tony apretó un poco más el abrazo.
—Se lo pregunté a Bruce, por mensajes. Supuse que estabas con ellos.
Tony enterró la cara entre mi cuello y hombro acariciando suavemente la herida. Antes de darme cuenta, él ya tenía sus labios sobre los míos. Recuerdo muy bien ese beso, fue uno que me dejo temblando, con el corazón pesado de anhelo y tristeza. Para luego, quedarnos mirándonos fijamente. Esta vez fui yo quien lo besó. Besé su cara y sus labios, acaricié su cabello y sus manos. Quería borrar esa semana y ese dolor. Tony no se resistía tanto a ese tipo de compensaciones; por el contrario, reía y me correspondía de la misma manera.
—Lo siento —dije, mi voz sonaba extraña, suponía que era por todo ese vuelco de emociones en un solo día.
Tony estiró su mano para tocar la venda sobre mi frente.
—No vuelvas a desaparecerte así, Steve. Me asustaste.
Cuando se recostó contra mi pecho, Tony no se daría cuanta de la ironía de esas palabras.
Yo no iba a desaparecer, porque no era uno más en las pinturas, solo iba de paso. Sin embargo Tony si estaba allí, todo el tiempo estuvo allí. Comprendí perfectamente que él no estaba a salvo. Lastimosamente no caí en cuenta de esto a tiempo y peor que el accidente, ocurrió semanas después, cuando me quitaron los puntos en el hombro y la herida en mi cabeza pareció sanar:
Debí haber sabido que la noticia de la muerte de los padres de Tony ya había salido a la luz:
Apenas llegamos a la puerta principal, un grupo de chicos parados en la entrada se calló apenas nos acercamos. "Apuesto a que está hablando de mi viaje fatal a la ciudad", le dije medio en broma, consiguiendo una suave sonrisa como única respuesta.
En clase de literatura, el señor Erskine nos dio una tarea que de verdad me gustó. Se suponía que debíamos copiar nuestros poemas favoritos y escribir sobre ellos y dibujar algo. Me senté a pensar qué poema iba a escoger cuando Darcy me pasó una nota desde atrás.
"Quiere ayuda", pensé, pero me había equivocado. Las palabras me saltaron a la cara:
Dicen que eres muy amigo del loco de Stark…
¿No te da miedo?
Darcy 3
Nunca había sentido un odio tan verdadero y lo sentí estallar como una llama dentro de mí. Mi mano temblaba con la nota en ella. Por un segundo sentí que me iba a desmayar. El señor Erskine, parado al frente del salón, se hacía borroso ante mis ojos.
Al otro lado del salón estaba Sharon, bajándose las cutículas de las uñas de una mano con el pulgar en la otra, en una especie de tic nervioso. Me acerque a su puesto.
—Steve —murmuró con cautela—. ¿Y Stark? ¿Ha dicho algo?
No respondí, en vez de eso le mostré el mensaje. Sus ojos se llenaron de lágrimas pero estas no contribuían a calmar el fuego de mi cólera. Los padres de Tony murieron ayer y esta gente solo se enfocaba en llamarle pájaro loco, ¡¿en serio?!
—Les doy el resto de la clase para terminar sus trabajos; usen los libros en las repisas de atrás —dijo el señor Erskine. Empezó a caminar por el salón.
No hice ningún esfuerzo para apropiarme de un libro.
—¿No vas a trabajar? —preguntó cuándo pasó junto a mi pupitre. Negué con la cabeza. Él conocía mi amor por el arte y no sentía la necesidad de presionarme.
—No me siento muy bien —le dije.
—¡Espera! —gritó Darcy cuando sonó la campana, pero yo salí disparado a través de la puerta. Y no voltee a mirar hacia atrás; escuche a Sharon regañando a Darcy.
El corredor estaba más lleno que de costumbre, los estudiantes parecían querer bloquearme el paso hacia el salón de ciencias. Yo estaba junto a la puerta cuando Tony, con los labios apretados en una sonrisa tiesa, salió de ahí.
Nos miramos el uno al otro.
—No te preocupes —dijo—. No dejare que esto me deprima.
Alrededor de nosotros, los muchachos tiraban las puertas de los casilleros con más fuerza que nunca.
—Claro —dije—. Sé que no lo permitirás —quería tomar su mano cuando un grito al fondo del pasillo nos sobresaltó.
—¡Hey! ¡Pájaro loco! No vayas a contagiar a ese chico con tu "carisma", no queremos más locos desaparecidos —gritó un chico mientras caminábamos por el corredor. Hubo un gran estallido de risa, y luego se escucharon graznidos, hechos por los propios estudiantes.
Me quise devolver, encontrar al imbécil que dijo eso y golpearlo, pero fue la mano de Tony sosteniendo con firmeza la manga de mi camisa lo que me detuvo. "No pierdas tiempo y energía con esos idiotas", dijo manteniendo una mirada distante.
Traté de pensar en la muerte de mi padre. Yo apenas era un niño y quizás por eso no me dolía. Comparado con lo que tenía que soportar Tony, aquello era un recuerdo llano.
Cuando llegamos a la pradera. Tony y yo nos quedamos parados hablando durante algunos minutos en la entrada de su casa.
—Tony —dije —, daría cualquier cosa por enmendar lo que está sucediendo. Me siento tan perdido.
Tony despejó el pelo que me caía sobre los ojos, en una caricia tierna, pese a que sus manos estaban frías.
—No tiene importancia —dijo —, ya encontraran otra persona de quien reírse.
Lo miré fijamente. Su piel estaba pálida, en un estado desgastado que marcaba enfermedad, sus ojeras ya estaban pareciendo negras de lo moradas e hinchadas que se hallaban. Me dolía, me dolía Tony, como su fuese yo mismo; casi quería llorar de tan solo ver sus ojos cansados...
—¿Joven Stark? —pregunto una voz ajena. Ambos nos giramos:
Ahí estaba, nuevamente. El hombre que había preguntado por la señorita Carter después de la de la muerte de Robert; sin la gabardina negra, solo con un chaleco oscuro. Se aproximó a una distancia respetable.
—Loki Laufeyson…detective, ¿verdad?
Él asintió.
—Lamento mucho su pérdida, joven Stark.
—Eso es lo que menos importa aquí —respondió Tony—. Por favor, pase.
Tony subió las pocas escaleras del porche y abrió la puerta, dándole espacio al hombre para entrar. Antes de cerrar la puerta detrás de él me regalo una sonrisa que me supo a melancolía.
