En el colegio, el lunes, decidimos que íbamos almorzar al puerto. El restaurante estaba lleno, pero Tony y yo encontramos dos asientos vacíos al fondo, junto a una gran ventana que dejaba ver el azul oscuro y profundo del agua en contraste con el cielo claro. La brisa fresca, entraba y movía las cortinas con suavidad. Tony se quedó mirando el panorama, y durante un segundo me pregunté en qué pensaba.

Cuando vino el mesero, paró cerca de mi asiento.

—Buenas tardes—dijo suavemente— ¿Qué desean?

Me volteé y ordene camarones a la parrilla con salsa tártara agria, mientras Tony jugaba con la manga de su camisa.

—Yo quiero sopa de almeja.

El mesero se retiró y Tony seguía sumergido en la tela de su camisa, mantenía la mirada fija en lo azul del agua.

—Tony, ¿estás bien? ¿Crees que sea buena idea seguir yendo a la escuela?

—Mi mamá me traía aquí a almorzar todos los domingos —dijo él poniendo los codos sobre la mesa, con una mano sobre su mejilla—. ¿Qué debo hacer, Steve? Tengo una herencia, pero carezco de la edad necesaria para largarme de aquí, y estoy empezando a impacientarme. ¿Debería no volver a clases?

Por un momento se me llenaron los ojos de lágrimas al ver el resumen de lo que había sido la vida de Tony en menos de cinco días. Era simple: Burlas en la escuela, para luego llegar a casa, encontrarte solo y con miedo de que desaparezcan las pocas personas que quieres. Repita la secuencia así, durante 7 años.

—A veces —dijo Tony despectivamente—, pienso que el loco soy yo y no mis padres…bueno, ellos ya no están, así que se puede decir que su locura esta curada. Hipotéticamente hablando, claro.

Quise preguntar, entonces, algo que me perturbaba desde la noche anterior. Suponía que estaba bien, ya que mi confianza con Tony ya estaba establecida, pero no estaba seguro ya que no sabía cómo iba a reaccionar.

—El que fue a tu casa ayer… el detective —murmuré.

—¿Quieres hablar de eso? —preguntó Tony, alzando las cejas—. Es Loki, ya nos conocíamos, estuvo investigando las desapariciones desde lo sucedido con mis padres. Él sabe lo de los cuadros, incluso les ha tomado fotos y ha estudiado la historia de la casa…él cree que todo es parte de una conspiración y que a mis padres los drogaban.

—¿Drogas?

—Sí, Steve. Hay drogas alucinógenas que dependiendo la dosis causan paranoia. Bajo su influencia, las personas ven imágenes, oyen sonidos y sienten sensaciones muy distintas a las propias de la vigilia. Esto podría explicar la repentina esquizofrenia, pero…ahora ya no hay nada certero —en su cara había una mirada de ansiedad mezclada con lastima.

Me mordí el labio inferior.

—Buscare respuestas por mi cuenta. Sam, dijo que haría lo posible, él no planea quedarse de brazos cruzados…y yo tampoco —dijo aun con la vista clavada en la ventana.

—¿Cómo es que acepto a ayudarte? Pensé que ustedes dos no se llevaban bien.

—No lo hacemos, pero su hermana mayor desapareció hace un año.

Terminamos nuestra comida en silencio. Durante un rato me mantuve tranquilo mirando las formas de las nubes. En el camino de regreso a casa, Tony pateaba piedritas y mantenía los ojos fijos en la tierra. Apretando los puños, yo lo seguía de cerca.

—Por cierto, no te enojes con Darcy por lo de la nota. Ella suele ser así de discreta, no es como si fuese de mala voluntad o algo así —y sonrió, con esa sonrisa sibilina tan característica.

Apreté la mandíbula en contestación.

—¿No es de mala voluntad? ¿Ahora qué? ¿Vas a decir que la gente que se burló de ti no es de mala voluntad? —escupí ironía en mis palabras. Tony se limitó a encogerse de hombros.

—Ese apodo está hecho para ofender, pero con la gente de Sharon no es así… —Tony miró sus zapatillas y luego al cielo—. Ellos precisamente no son malos, tratan de apoyar, pero no cualquiera soporta a un heredero de 17 años egocéntrico, y menos Clint.

Me pase una mano por el cabello y desvié la mirada. Guardando las palabras de Tony en algo más profundo que mi subconsciente.

—Tony —dije—, quiero ayudarte.

—¿En qué?

Me detuve pisando la gravilla con fuerza. Lo miré fijamente, esperando que entendiera mi mensaje. Al instante él abrió la boca y retrocedió, negando con la cabeza.

—No, no, no, no —dijo dándose la vuelta para caminar rápidamente.

—Tony —dije suavemente—. Por favor.

—Ya dije que no —de nuevo volvió a sacudir la cabeza negativamente, y sin darse la vuelta.

Tuve que apurar el paso para alcanzar a sujetar su brazo con firmeza. Sin embargo, Tony no se iba a detener; oh no, él iba a seguir caminando. Empezamos a hacer fuerza, yo jalando su brazo y el tratando de liberarse.

—¡Suelta! —gritó casi exhalando una carcajada en su intento por soltarse.

Yo también estaba riendo.

—Tony, por favor.

—¡Suelta! ¡Suelta!

Era ahí, cuando parecía que estaba jugando con un niño de siete años. Hacía de todo, incluso se tiro en el piso, y por un simple descuido mío, logro soltarse y entonces echo a correr.

—¡Hey! —grité, corriendo detrás de él.

Llegamos sudados y con la lengua afuera a la pradera. La señorita Spencer, nos invitó a pasar a su casa

—Galletas con chocolate —dijo, sirviendo dos vasos de leche.

Tony y yo nos sentamos juntos en un mullido sofá. Tony empezó a devorar sus galletas sin siquiera esperar por la leche, ya en la quinta empezó a toser.

—Niño, con calma; Nadie te las va a quitar —dijo la señorita Carter en un sillón delante de nosotros.

Tony acepto la taza con leche, yo me negué alegando que me encontraba satisfecho. Pero ellas insistieron, hasta que al final, éstas me ofrecieron tres galletas integrales, y un refresco de lima. El refresco era diferente: no sabía a lima, sino a algo verde y chispeante con un toque químico.

—¿Cómo están tus queridos padres? —le preguntó la señorita Spencer.

—Ya no estan—respondió Tony.

—¿Los trasladaron de hospital? Ojalá pudieras hablarle a tu madre que hemos encontrado los poemas de los que habíamos hablado. Parecía muy interesada cuando Wanda sacó el tema.

—Ha muerto—dijo Tony—, igual que mi padre.

Cuando dijo eso todo quedo en un silencio frio y seco. La señorita Spencer empezó a lagrimear, pero fue la señorita Carter la que paso una mano por los cabellos de Tony, con sus arrugadas manos acariciando con ternura su cabello. Tony no lloro, hizo una sola mueca y dejo que ambas ancianas lo abrazaran mientras yo veía la escena y recordaba aquel brumoso sueño.

Fue entonces que la señorita Spencer se secó las lágrimas con las manos y trato de recuperar la compostura, con la fuerza que solo una bailarina retirada tendría.

—Por favor—Tony, entonces parecía suplicarle algo a la señorita Spencer. Ella negó enérgicamente.

—Se lo prometí a Robert—dijo ella, con la voz turbia y agitada —. Que no te pasaría nada malo.

Tony se acercó a ella y apretó sus manos.

—Margaret, por favor.

Entonces ella saco una llave de su monedero, negra y pesada. Se la entrego y después se levantó para ir a servir más té. La señorita Carter la acompaño.

—¿Qué es eso? —pregunte, mirando fijamente la llave negra en la mano de Tony.

—Es de Robert, es la llave de su casa.

Agarre su mano, convencido de que estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa, pero contrario a lo que creí sus ojos de reflejaban paz.

—Steve ¿Aun quieres ayudarme?—preguntó, aumentando la presión en su mano.

—Si, por supuesto.

Nos quedamos muy poco tiempo en la casa de la señorita Spencer y Carter; la señorita Spencer se despidió de Tony besándole la mejilla, aun con los ojos rojos y las manos temblorosas. Estaba ansiosa por algo, y la señorita Carter no dejo de verse intranquila.

El claro se llenó de sombras, convirtiendo el verde brillante de los helechos en azules y grises. Cuando pasamos en frente de la casa de Robert, Tony se detuvo, estudiándola con la mirada:

—Creí haber encontrado una pista —dijo en un tono un poco melancólico—. Una vez le mostré a Robert los cuadros, y él dijo que los había visto antes.

—Tony…

—Escucha, Steve. Mañana después de la escuela vendremos aquí y buscaremos la bitácora de Robert, debe estar en algún lugar de esa rebujada casa.

—¿Por qué su bitácora? —pregunte en tono impaciente.

—El anciano no era tonto, también tenía sus sospechas y el extraño hobbie de salir tarde en la noche a buscar quien sabe qué en el bosque. Quizás eso nos dé una pista.

Asentí, virando mi mirada a la blanca casa donde vivió aquel hombre. Una extraña penumbra inundo mi pecho y me dieron ganas de devolver el tiempo, donde estaba Bucky y Brooklyn y la vida simple, pero sin Tony. Y me arrepentí de pensar en ello.

Agarre su mano y lo lleve a casa de mi tío, allí comimos pastas y nos quedamos en el balcón hablando de lo aburridas que eran las clases de filosofía en la escuela.