Al día siguiente, nada permitía presagiar lo que en Vanmouth nadie olvidaría. Me desperté temprano y me quedé en el balcón, entreteniéndome con la imagen de Sunny jugando en el pasto, recordando a mi perro King, cuando salía despavorida persiguiendo las ardillas del Central Park. Era un recuerdo viejo y casi olvidado, pero yo lo revivía esa mañana con ardor. Cerré los ojos e hice una promesa. Entonces un murmullo inquieto llamo mi atención:
—Oh Stefan ¿Dónde estás? que no te veo
Reí, abriendo los ojos. Tony se asomaba por el marco de la ventana, con esos ojos que reflejaban la luz de la mañana.
—¿En serio, Tony? ¿Serás Julieta?
—Bueno, Julieta te queda más a ti. Andas mirando por el balcón como una damisela esperando por su enamorado, pero…
—El que siempre está esperando a su romeo eres tú —alegué, viendo la mueca divertida en su cara.
—Como si tuviera la necesidad. Tan solo me asomo por la ventana y tú ya estas espiándome.
Me ruborice al instante y me aleje del balcón, con las carcajadas de Tony a mis espaldas.
Finalmente, mi tío me llamó y me sentí con la errónea sensación de que el día que tenía por delante iba a ser especialmente bueno. Guarde mi libreta de dibujo y llegue al porche de Tony. Caminando por el sendero pedregoso; lejos de la pradera. Mire a Tony a la cara, tratando de encontrar signos de tensión, aquella preocupación mía se convirtió en mi rutina, mi tarea diaria; pero Tony solo me sonrió.
—Mira —dijo y sacó una hoja de su mochila—. El papá de Rhodey me dio el número de un teniente del cuerpo de criminalística de Boston, él ha investigado sobre los casos. Hablare con él al medio día.
—Bien —yo tomé aire y agarre su mano, él se sobresaltó un poco pero al instante se relajó y apretó su agarre con el mío.
Volteé la cabeza, viendo el jardín de los Collins.
—Me pregunto cuánto tiempo más habrá rosas —y señale el gran arbusto de rosas rosadas y blancas del jardín.
—Oh, apuesto a que van a durar un buen tiempo —dijo él—. Se ven que todavía les queda vida.
—Como esos cachorros —dije cuando vi al viejo Collins dormitando en su silla al lado de una caja, junto al letrero: "Cachorros Gratis".
—Hey —dijo Tony—, ¿sabes qué? Te voy a dar un regalo.
Yo sacudí la cabeza.
—¿Qué tal un perro de peluche? Uno que pueda poner sobre una repisa.
—¿Y qué el condenado sufra el riesgo de empolvarse? —bromeó—. Los perros de peluche cuestan dinero. El letrero dice que estos son gratis. No sé, tú y yo, una adorable bola de pelo que ladre. Piénsalo.
—Vaya —dije—, tu generosidad me abruma.
Tony detuvo su caminar y sujeto la manga de mi chaqueta, atrayéndome hacia él.
—Oye, qué… —pero me interrumpieron sus labios sobre los míos mientras sostenía mi rostro con su mano libre. Quise abrazarlo, no podía evitarlo; Tony causaba…eso en mí.
Rodeé su cuerpo con mis brazos y el beso se convirtió en una más asfixiante.
—Eso fue un poco sorpresivo, querido Stefan —dijo, riendo suavemente—. Ahora que lo pienso, quizás Sunny se ponga celosa, si termino dándole más amor al cachorro que a ella.
—Entonces tendrás que esforzarte para darle amor a los tres, por que sin duda también me pondré celoso.
—¡Dame un respiro!
Reímos y seguimos caminando. Llegando a las puertas de la secundaria. Tony y yo nos separamos en el pasillo. En clase estuve pensando en esa llave negra y en lo que haríamos después de clases, estaba ansioso. El estómago se me revolvía y pensé que iba a vomitar. Fui al baño y me apoyé en el lavamanos, esperé a que se me pasaran las náuseas. Las arcadas llegaron y me encerré en un cubículo, esperando vomitar los panqueques y el tocino de esta mañana.
Al final no vomité nada. Ya estaba a punto de abrir la puerta, cuando sentí pisadas a fuera:
—Okey, Rumlow —dijo una voz femenina—. ¿Sabes que te vas a meter en más problemas con esto que con el asunto de las drogas? Ya dime con quién demonios hacías los intercambios.
—¡A ti que carajos te importa, Sharon!
Me apuré en pararme sobre el retrete y ocultar mis pies. Menos mal estaba en el último cubículo.
—Tienes parte de la culpa, por el asunto de la desaparición de la hermana de Sam —grito Sharon—. No soy estúpida, llamare a la policía.
Escuche un grito ahogado y un golpe seco contra la pared.
—¡Basta!
—¡Quien te crees para pensar que puedes manipularme!
—¡Basta, Rumlow!
Se escuchó un estallido afuera del baño y luego la alarma de incendios. Había gritos y olor a humo. Cuando escuche pasos alejándose y el chirrido de la puerta abierta, corrí hacia mi salón.
El señor Erskine se puso blanco, pero su voz permaneció tranquila:
—Quédense calmados —se encamino hacia la puerta y miró el pasillo—. Maniobras de incendio. Formen una fila. No empujen, no corran. Steve ¿Dónde estabas?
—En el baño, señor.
—Hazte en la fila —el señor Erskine palmeó mi hombro.
En el fondo del salón oí llanto.
Afuera, en el pasillo vi a Pietro y a Clint, detrás estaba Wanda que apenas me vio, corrió hacia mí.
—¿Has visto a Anthony? —pregunto con voz apresurada.
Abrí los ojos y mire a mí alrededor. Tony y yo coincidíamos en pocas clases, sabía que si yo estaba en clase de literatura él debía estar en clase de ciencias.
—¿No estaba con ustedes?
Ella negó.
—Dijo que iría al gimnasio, alguien lo había llamado, no sé quién.
Deje la fila y salí corriendo en esa dirección.
Los baños estaban envueltos en llamas, mientras que más me acercaba al gimnasio, más esfuerzo tenía que hacer para ver entre tanto humo. Apenas pude ver a Tony acurrucado en un rincón de la puerta del gimnasio. Estaba tosiendo, seminconsciente y con sangre corriendo por el lateral de su rostro.
Afuera en el pasillo, el humo no era tan espeso. Podíamos respirar un poco mejor. Yo no podía ver a nadie e imaginé que las filas ya habían salido. La salida de emergencia de la cafetería era la más cercana. Podíamos ver la luz bajo la puerta, cuando Tony paró repentinamente y dio la vuelta.
—Sal de aquí, Steve —me dijo—. Debo buscar a Bruce.
—No —le dije y agarré su brazo—. No me iré sin ti.
—Bruce, está en el gimnasio…
—¡No! —grité—. Bruce no está allí. Tony, tenemos que irnos.
Tony empezó a empujarme, y a tratar de soltarse de mi agarre para irse, pero yo no lo soltaba. Estaba débil, y vi como poco a poco iba perdiendo sus pocas energías. Respirar se tornó difícil y Tony y yo caímos. Trate de levantarlo, pero mi cuerpo estaba débil por el calor y mis pulmones llenos de humo me dolían como un asma dormida. Probablemente hubiéramos muerto ahí, de no ser porque apareció el cuerpo de bomberos. Uno de ellos se acercó a nosotros.
Aun cuando estaba justo enfrente, escasamente podía ver sus pantalones.
—¡Steve, Tony! —grito, y esa voz se escuchó ligeramente familiar.
Estiré el brazo y le toqué la pierna.
—Ayúdeme a sacarlo de aquí —le dije, tratando de tomar aire.
Aquel hombre se acuclillo junto a mí y cargo a Tony sobre su hombro como un costal de papas. A cada momento estiraba su brazo libre y me jalaba hacia él.
La multitud ya estaba lejos del edificio. Oí gente aplaudir cuando salimos. También oí la sirena de los bomberos y la policía.
Algunos profesores corrieron hacia nosotros.
Me sentí raro, como si fuera a desmayarme, pero continúe mirando las caras de todos, queriendo cerciorarme de que Sharon y los demás estaban bien. Ella llegó corriendo hacia mí. Estaba temblando.
—Están sacando a Bruce y a otros dos chicos en este instante —dijo— y a Darcy.
—Van a estar bien. Los bomberos saben cómo salvarles.
Yo tenía mucho frío, como si estuviera en mitad del invierno. Aquel bombero que nos sacó a Tony y a mí del incendio, dejo una manta sobre mis hombros y me indico que me sentara.
—Todo irá bien, llamare a Mike para que venga a recogerlos —dijo.
Y reconocí al dueño de esa voz.
—Gracias Thor —dije, aun sintiendo frio.
El asintió con una sonrisa fraternal.
Los padres empezaban a llegar para llevarse a sus hijos. Algunos policías mantenían a la gente atrás, pero en ese instante los bomberos sacaron dos camillas. Rodeé el cordel y corrí hacia ellos. Pude ver unos tenis negros que sobre salían por debajo de la sabana. Era la única cosa visible. Las cabezas de las dos camillas estaban cubiertas.
Sharon lloraba y yo cada vez tenía más frio, y simplemente me quede ahí, hasta que vi a los paramédicos atendiendo a Tony que volvía a estar consciente. Me senté a su lado a esperar que llegara Mike.
Una de las escenas más bizarras que recuerdo de ese día fue la de mi tío llorando. Mantuvo sus brazos alrededor mío y de Tony mientras caminábamos hasta el carro. Me ayudó a sentir un poco de calor ver que Tony estaba bien. Tenía gaza vendándole la cabeza y el ojo izquierdo estaba cubierto por un parche porque al parecer alguien lo había golpeado ahí, fuera de eso, me sentía aliviado de que saliéramos con vida y no deje de acariciar su cabello en nuestro camino a la pradera.
En casa todo era extraño. Mi cuarto parecía extraño. Mi mamá llamó, había llorado y me hablo de que podía regresar a Brooklyn, que ya era suficiente, que estaba preocupada. Yo le dije que estaba bien, que esas cosas pasaban, que pese a todo me quería quedar, que no quería irme; y era verdad, yo tenía un ancla a Vanmouth, esa ancla estaba temblando de ansiedad pero seguía firme junto a mí.
No había escape del extraño frio. Temblaba con la cobija envolviéndome. Me senté en el borde de la cama y a mi lado estaba Tony.
—Supongo que es mi culpa —dijo
—No es tu culpa —salió de mí en forma de susurro—, no es culpa de nadie.
—Me dio tanto miedo cuando te vi entre esas llamas, y luego Bruce… fui un inútil
—¿Recuerdas algo? —pregunte abrazando sus hombros. Envolviéndonos a ambos con la cobija.
Negó con la cabeza.
—Todo es muy difuso, pero sé que Bruce estaba ahí. Yo lo vi.
Tony se dejó caer sobre mi almohada. Supongo que ambos nos quedamos dormidos en ese momento porque lo siguiente que supe fue que Mike, llamo a un doctor para que nos revisara a ambos. Termino con su estetoscopio en mi espalda pidiéndome que respirara pausadamente. El asma no iba a volver.
—Estarán bien mañana —dijo—. Hay que cuidar esas quemaduras, procuren hidratarse y comer bien.
La señorita Carter y la señorita Spencer llegaron. A Tony y a mí nos prescribieron tranquilizantes. Después tomamos un poco de sopa. Pudimos ducharnos, y Tony se acomodó para dormir conmigo esa noche. Leía miedo en sus ojos, estaba frio y seguía temblando. Mike no dijo nada, y trajo otra cobija por si la noche resultaba muy fría.
La señorita Carter nos despertó con la bandejas del desayuno. Sentada en una silla mecedora. El funeral de Darcy sería en la tarde. Para Brock Rumlow, el hermanastro de Sharon, no habría ninguna ceremonia. Su entierro seria en la parte este de Vanmouth, junto a la tumba de su madre y sus abuelos. El también estaría en la iglesia, para quienes quisieran despedirse de él.
La señorita Carter puso mermelada en una tostada.
—Chicos —la voz de la señorita Carter sonaba opaca, ligeramente triste pero firme—, quisiera que fueran al funeral de…mi nieto Brock. Sé que ustedes no lo conocían pero háganlo por mi querida Sharon. Los dos eran cercanos a pesar de…
Tony agarró la tostada y la miró.
—Claro que iremos, tía Peggy.
La señorita Carter sonrió agradecida.
Yendo a la iglesia, vimos la escuela. Desde el exterior no había daño visible. El gimnasio aún estaba en pie, pero a causa de los escombros y los daños causados por el fuego, no habría escuela por un tiempo.
En la funeraria nos hicieron firmar un libro de asistencia. Tony no bajo, decidió permanecer en el auto junto con mi tío.
Había algunos conocidos. Era la ceremonia de Darcy, y su madre estaba llorando al fondo.
—Se le ve lindo el pelo —me dijo la profesora Rawlings—, una peluquera se lo arreglo.
El cabello de Darcy se veía muy bien, rizos suaves alrededor de un rostro de facciones relajadas. Parecía dormida.
Sharon se acercó:
—Fue por humo —dijo, entrelazando las manos—. El fuego nunca la toco, todo fue a causa de la asfixia.
Asentí a sus palabras, estremeciéndome al pensar que Tony y yo estuvimos cerca de sufrir el mismo destino.
—Steve —Sharon cerró los ojos con cansancio y suspiró—, hay algo raro con la muerte de Brock… el no murió ni por quemaduras ni por asfixia.
—¿Qué quieres decir?
—A Brock le hallaron heridas de bala en el abdomen.
Sharon empezó a sollozar y yo trate de consolarla. El frio dentro de mí había comenzado a ceder un poco, y lo reemplazaba una sensación de descontento. Darcy era rara, poco prudente, pero… era amable y divertida. Soñaba con viajar a Londres y estudiar astronomía. Me dolía su muerte, ya que eso significaba el fin de un sueño y la gente que sueña no debería morir.
—Tal vez no vaya a hablar con Sharon —dijo Tony a mi tío apenas subí al auto.
—Deberías ir, ella está muy preocupada por ti —contestó mi tío.
—Debí haberme quedado —Tony se recostó contra la ventana del auto.
Mi tío abrió la puerta.
—Podemos entrar. Así hablaras con…
—No —Tony se removió en su asiento—. ¡No! ¡Adentro! ¡Debí quedarme en el gimnasio, debí ayudar a Darcy!
—Oh, no, Tony —me aproximé, para apretarlo entre mis brazos—. No, nunca pienses eso. No, no.
Mi tío, compuso una mueca llena de tristeza y se subió al asiento del conductor.
—Tengo una idea —dijo.
Durante todo el camino a casa, sentía la agonía creciendo dentro de mí. Sin decir nada, Tony se recostó contra mí, abrazándome y con los ojos cerrados. Pasando mis manos por su cabello, recosté la cabeza contra el espaldar de la silla, pensando en todo hasta que paramos al frente de la casa de los Collins.
—Puede que lo reconforte —me dijo mi tío, bajándose del auto.
Yo no entendí lo que dijo, a veces Mike podía ser así, y sin embargo él regreso cargando una cosa envuelta en una sábana, que se removía inquieta.
Tony no dejaba de llorar con la pequeña bolita de pelo dorado saltando para lamerle la cara. Aquella escena me lleno el corazón de ternura, y Mike no dejo de sonreír orgulloso al recibir constantemente las gracias que sonaban como si un niño finalmente hubiese recibido el regalo que tanto quiso para navidad.
