Un poco de soledad
Desconocía las razones por las cuales tuvo un parto prematuro, de hecho, seguía desconociendo las razones por las que había quedado embarazada en primer lugar. Estúpida nunca había sido y por eso, cuando empezó a descubrir la compañía masculina, había acudido a consulta para que Kabuto le proporcionara los preservativos por paquetes y Sasuke, que desconfiaba de la marca genérica, siempre compraba los suyos.
Nunca se le había pasado ni una sola vez tomar la debida precaución, ni una.
Era veintidós de febrero, o algo así, de verdad que no estaba muy concentrada, había dejado la escuela voluntariamente cuando fue más que evidente su estado de maternidad y tenía que arreglárselas cada día para seguir simulando que todo estaba bien.
El reloj de manecillas que estaba al frente de su camilla se había quedado pasmado a las once menos cuarto, y la segundera avanzaba hacia adelante y hacia atrás en un exasperante "tic tac". Una enfermera entraba a revisarla cada tanto, pero se retiraba sin decirle nada, solo la primera vez, recién la habían internado, el médico indicó que esperarían veinticuatro horas para el parto natural, si este no se producía lo inducirían, pero solo pasadas las veinticuatro horas.
Esa mañana terminaba de bañarse para irse al Ichiraku porque ya tenía el turno completo pese a las objeciones del viejo Teuchi por su "estado", cuando se rompió la fuente, el pesado sol de la tarde que se colaba por un pequeño domo le daba la razón que no era cosa suya el sentir que llevaba una eternidad ahí sintiendo como algo dentro de ella le comprimía hasta el orgullo.
La había llevado Yūgao apenas la vio salir del cuarto de baño y, de hecho, se había regresado "por la maleta". Justo entonces se enteró que debió haber preparado con anticipación las cosas del bebé y algunas personales de ella precisamente en una maleta lista para llegar al hospital. Aunque Yūgao la regañó, decidieron que ya no importaba, que había que irse y ella se hacía cargo.
Soltó un chillido cuando un dolor en el vientre le punzó profundamente. Pero fue hasta el cuarto grito cuando un par de enfermeras entraron a la habitación, tras un chequeo rápido llamaron al doctor y este llegó poco después.
—Todavía no dilata, cinco centímetros y la ingresan —les dijo saliendo de nuevo.
Karin sentía que el dolor la iba a desmayar, ya estaba completamente bañada en sudor y gritaba abiertamente como si eso aminorara lo que sentía. Nuevamente las enfermeras la revisaron, esta vez le pusieron el goteo y en lo que le pareció un rato interminable nuevamente hicieron acto de aparición las dos mujeres, esta vez era tiempo de la epidural.
Una aguja la atravesó.
Estaba furiosa, tenía las incontrolables ganas de arañar lo que tuviera al alcance. ¿Cómo terminó embarazada?
Una segunda aguja.
La culpa debía ser de Kabuto que seguramente le daba los anticonceptivos genéricos más baratos.
Una tercera aguja.
Ya no soportaba las inyecciones
—Hija, si no te calmas te podemos poner veinte y no va a funcionar la anestesia —dijo una de las enfermeras ya empezando a molestarse por el escándalo que estaba armando la pelirroja.
Después del cuarto intento en su columna, media hora después finalmente veía el fin a su martirio.
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—Varón — dijo el médico entregándolo a una de las enfermeras —. Cuarentaicinco centímetros y dos quinientos setenta kilogramos — continuó después de pesarlo.
—Nada mal para un bebé que se apresuró a venir el mundo — concluyó, saliendo de la sala —. Pero igual llévenlo a observación, es prematuro.
Y así sucedió. O al menos así lo sintió porque casi inmediatamente perdió el conocimiento.
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Ya tenía rato despierta y le resultaba extraño que no la estuvieran sacando del hospital aunque no se sintiera del todo bien. Una vez, Kin se había golpeado la cabeza en una pelea con un niño de la escuela y aunque entró en urgencias, tras un par de puntadas y una receta expedida para antiinflamatorios, en menos de veinticinco minutos ya le habían pedido que se retirara. Contemplaba el techo sin pensar en algo en particular cuando un sonoro llanto la saco de su ensimismamiento. Lo dejó pasar un rato.
Así que era verdad. Sí había tenido un bebé.
Se giró y trató de ignorarlo por un rato más, quizás aún esperando que, de algún lado, saliera alguien diciéndole que todo había sido una mala broma, Sasuke seguía de novio con la peste rosa, Kin estaba con sus amigos intentado aún hacer funcionar el sintetizador de segunda mano y Tayuya le gritaría por ausentarse días sin avisar.
Pero el llanto se intensificó y la obligó a levantarse hasta quedar al lado de la cuna.
—¿Quién fue tu papá? —le preguntó, levantándolo torpemente y despojándolo del gorro de franela azul celeste que le quedaba demasiado grande.
—¿Rojo? —una pelusa entre marrón y rojo oxido se posaba sobre la pequeña cabeza —¿No que los pelirrojos saltaban generaciones? —le dijo en un reproche que terminó en una caricia. El bebé seguía llorando y en un acto innato empezó a mecerlo de arriba abajo.
—Yo diría que tiene hambre, no ha comido —dijo la enfermera entrando a la habitación con una manta azul doblada en brazos.
—¿Cómo…? —preguntó queriendo saber cómo procedía, no es que fuera algo del otro mundo, pero era la primera vez que lo haría.
—Ven.
La hizo sentarse en un viejo sillón para visitas de la habitación. Siguiendo las indicaciones pacientes de la enfermera, tanto la chica como el pequeño empezaron a tomar mejor las cosas, de forma que incluso el bebé ya había dejado de llorar.
—Cuida que sus labios estén orientados hacia fuera y de que lo ves y oyes tragar.
Cuando ya estuvo todo en orden, cuando su piel tomó contacto con la suya, cuando la leve succión empezó a sincronizarse fue cuando el pequeño abrió los ojos. Karin se estremeció, la tierna mirada buscaba la suya por primera vez y finalmente sintió un leve calor recorrerla comprendiendo tajantemente que no lo entregaría a Mikoto Uchiha.
Sonrió un poco ante la mirada de la enfermera y esta dio un pequeño suspiro; siempre era grato atender a las madres después del parto. Se dieron un par de toques en la puerta, se trataba de un hombre alto, delgado, de gafas oscuras, redondas y pequeñas.
—Los dejo —se excusó la enfermera asumiendo erróneamente que se trataba de un familiar.
—Ebisu-san.
—Karin-san ¿Qué fue? —preguntó por mera cortesía
—Niño… no sé cómo le voy a poner aún, estaba pensando…
—No creo que sea buena idea —interrumpió él aclarándose la garganta y cerrando la puerta a su espalda—. Tu solicitud emancipación fue rechazada, por el percance con los hermanos Uchiha.
Dejó su portafolio sobre la que fuera la cuna del bebé y procedió a sacar un fólder.
Karin dejó de ver al hombre para centrarse en el bebé que empezaba a adormecerse.
—Eres menor de edad — continuó el otro —. Vas a pasar a custodia del Estado por lo menos un año más.
—¿Y? —sintió la voz trémula al empezar la pregunta que le empezaba a torturar.
—Me comentaste que era hijo de Sasuke. Sus abuelos quieren la custodia, y están en su derecho legal, o al menos las influencias de Fugaku en el Consejo le han dado razón —comentó no muy contento con ser el portador de las noticias, cosas buenas deberían pasarle a la gente buena, no terminar siendo odiado por una chica a la que le estaba quitando a su hijo.
—¡No puede hacer eso! —gritó levantándose del sillón, el pequeño se sobresaltó y rompió en llanto de nuevo, Karin lo acunó torpemente en sus brazos.
—No puedes quedártelo, necesitas entrar al programa de readaptación de menores, no es sano para el bebé que se quedé contigo, necesita un hogar y una familia estable, los Uchiha están en posición…
—¡Yo lo he estado cuidando sola todo este tiempo! ¡No me lo puedes quitar! —estalló furiosa — ¡No se lo puede dejar a ese… ese… ese adefesio de familia!
—Lo siento, ya tienen la autorización —dijo acercándose.
—¡No! ¡No! —seguía gritando con los llantos del bebé como coro, la enfermera entró a ver a la escandalosa paciente, pero antes de que pudiera hacer algo, Ebisu le tendió el oficio donde la firma de un juez de Konoha permitía la separación del recién nacido de la madre que empezaba a jalonearse tratando de soltarse del agarre del hombre que ya le había quitado con el mayor cuidado que pudo al niño.
Un par de minutos después, toda la gente estaba afuera dejándola sola gritando en su casi vacía habitación. Se quedó sentada en la camilla con la mirada baja apretando fuertemente las sábanas blancas queriendo incluso atravesar el plástico que había debajo de ellas.
¿En dónde estaban las flores y regalos? ¿En dónde estaban los muñecos de cartón y las cigüeñas de papel? ¿Los globos? ¿Las filas de amigas peleándose por ver quién cargaba primero al bebé? Cierto… no tenía amigas, no tenía ni a su familia disfuncional y mucho menos un padre para su hijo.
Tan solo relegado en un rincón sobre una pequeña mesa se encontraba un ramo de crisantemos y diamelas en una canasta que tenía también una muda completa de ropa miniatura en color blanco, un oso de felpa con ropa de dormir y una tarjeta firmada a nombre del restaurante Ichiraku con garabatos ilegibles de Nishi y Matsu, la letra molde de Ayame y la torcida pero firme caligrafía de Teuchi. A su lado una caja de biberones que le había dejado Yūgao antes de tener que irse al trabajo.
Se levantó aún sintiendo el dolor en su vientre y su entrepierna producto de la labor de parto y su posterior berrinche, se dirigió a la ventana tomando de la canasta el muñeco de ojos vidriosos mirando fijamente a su hijo ser llevado en un auto con insignias de gobierno, apretó el monigote de felpa con la mano. Los botones de vidrio café le devolvían en un pequeño reflejo su propio rostro. Su mirada se ensombreció tras la gafas de gruesa montura.
"No llores" se repetía mentalmente con más insistencia que cuando sus padres se perdieron en sus memorias turbias años atrás, más que cuando Jūgo fue alcanzado con esa bala, que cuando Tayuya la echó, cuando vio el cuerpo pálido de Kin en la fría mesa de metal…
"No llores" se decía, mientras veía a Ebisu salir con el bebe, escoltado por dos oficiales de policía, subió a uno de autos con insignias y les vio desaparecer de su vista.
"No llores" trataba de convencerse, empezando a sentir cómo las lágrimas caían de sus ojos, rodaban por sus mejillas y terminaban en el suelo.
Se abrazó a sí misma aún manteniendo el oso pegado a su pecho y lloró como no lo había hecho nunca en su vida.
Pero quería creer que estaba bien, que siempre iba a estar bien porque había aprendido a vivir con un poco de soledad.
Comentarios y aclaraciones:
Ya sé que piensan que soy una bruja sin corazón, pero así son las cosas, y estamos llegando al capítulo final
¡Gracias por leer!
