Eso es Karin
Su cumpleaños caía en un fin de semana. Oficialmente sería mayor de edad cuando le entregaran la identificación, pero eso no importaba, tan solo quería irse de Konoha, lo más lejos posible aunque no pudiera dejar el país. El último par de años había pasado muy rápido, pero sabía que, aunque siguieran otros dos o diez, o veinte, todas las heridas que tenía nunca se sanarían mientras se quedara en ese lugar.
Los que fueron sus compañeros de escuela habían conseguido un lugar en la universidad, y si la encontraban por casualidad en la calle, era como si escuchara sus pensamientos, todos dirigidos a la zorra que quedó embarazada en último semestre, que Sasuke la había abandonado, que estuvo en la cárcel por matar a Itachi Uchiha, que se prostituía con hombres viejos para pagar droga…
Después de que Ebisu se había llevado al bebé, había ido a verla para convencerla de llenar las formas para renunciar completamente a su hijo, pero ella había decidido pelear por él, quería cuidarlo y seguro que esforzándose lo suficiente lo lograría, porque no sería ni la primera ni la última madre soltera del mundo, pero al mismo tiempo el hombre insistía en que lo más conveniente era que se quedara con los Uchiha, que ellos le proveerían de todo lo necesario, y ella podría reponerse de sus propios problemas.
Fueron semanas desgastantes de una lucha de alguien tan insignificante como ella, contra un coloso como Uchiha Ad Worx.
Entonces, un día simplemente sucedió, finalmente la empresa había anunciado lo inminente después de desesperadas maniobras para cubrir todos los rumores que circulaban desde el aparente suicidio de Shisui Uchiha hasta el asesinato de Itachi: estaban en quiebra y con severos problemas fiscales y financieros. El gigante se desmoronaba, incluso los políticos que habían mostrado su apoyo a Fugaku habían hecho declaraciones en las que aseguraban desconocer el estado real de la empresa y ahora apoyaban el "justo castigo".
Exactamente esa misma noche, Fugaku se había comido una bala en el despacho principal del edificio que había sido desmantelado en cuestión de horas. Karin se presentó en la ceremonia fúnebre a la que no habían asistido más que unos parientes que esperaban indagar sobre las pólizas de seguro y testamento, y que poco a poco se retiraron al saber que no quedaba ni eso.
—Ahora usted también está sola, y quebrada —dijo a Mikoto, que estaba de pie junto a la fotografía de Fugaku acunando al bebé. Pero la mujer, amable en todos sus encuentros, se mostró completamente indiferente a ello, era como si un brillo en sus ojos delatara un júbilo insano por la muerte de su esposo.
—No querida. Mi familia era rica antes de casarme con Fugaku, yo no dependí nunca del dinero Uchiha.
Karin se quedó callada, mirando a la otra marcharse con esa omnipresente seguridad y altivez, quería gritar y llorar, quería arrebatarle a su hijo y correr hasta que se quedara sin aliento… pero en ese momento recordó algo y corrió directo al despacho de Ebisu, pero al final no importó, antes del amanecer Mikoto había dejado el País del Fuego.
Por otra parte, y como si no tuviera suficiente, estaba la madre de Sakura, la mujer se había obsesionado con la idea de que Itachi estaba vivo y se había fugado con su hija, y por algún motivo estaba convencida de que ella sabía algo. En el último año no había sido posible hacerle entender que ella vio a Itachi muerto, y si Sakura no estaba, igual y se había matado, a ella no le importaba, nunca le importó la chica de cabello rosa aunque compartieron al mismo hombre por un tiempo. La señora Haruno debería aceptar que su hija estaba muerta y dedicarse a ver qué haría con lo que le quedaba de vida.
Por eso tenía que irse, había soportado todo lo que pudo, ya no quería regalarle su vida a un problema que ella no empezó.
Yūgao le había dicho que podía quedarse, pero se negó. Ella había sido amable cuidándole el tiempo que faltó para ser una ciudadana legal, sin embargo, aunque era muy cómodo y agradable estar a su lado, sabía que no era correcto.
La oficial la abrazó antes de que subiera al autobús, sintió que iba a llorar, al final no lo hizo porque Karin se iba a burlar de ella, así que solo sonrió.
—Se hace tarde.
No hubo demasiado tiempo para despedidas largas y promesas porque pese a todo lo que la chica había cambiado, la puntualidad nunca sería su virtud, si no se daba prisa, iba a perder el autobús. La estación estaba llena, gente que llegaba a la ciudad y gente que como ella, se iba. Desde su lugar junto a la ventana, Karin solo agitó la mano.
—Perdón Yūgao-san — susurró —, pero ya no quiero nada de este lugar.
Sacó su teléfono móvil apagándolo para ponerlo debajo del asiento en donde lo abandonaría de manera definitiva.
Dentro del programa de readaptación al que la habían integrado consiguió completar la escuela y formarse como secretaria. No podía quejarse, era a lo más que podía aspirar en sus circunstancias y el trabajo que había tomado por medio de una agencia de colocaciones no estaba para nada mal. Consistía en atender el archivo médico de una consulta privada, debía de capturar toda la documentación que se encontraba enmohecida en una bodega para convertirlo en un archivo digital que fuera más fácil de manipular. Iba a trabajar para un muy anciano médico que finalmente había perdido la batalla contra la modernización, y atendiendo el llamado legal de digitalizar sus expedientes médicos, se había visto en la necesidad de publicar un anuncio para solicitar a alguien que entendiera el funcionamiento de una computadora.
—No entiendo por qué venir de tan lejos por un trabajo tan sencillo —le dijo mientras limpiaba una suciedad inexistente de sus lentes de media luna.
—No crea que la vida es maravillosa en Konoha.
El hombre le mostró la forma en la que tenía clasificados sus documentos, e incluso amablemente ofreció la sala de espera del consultorio de la planta baja si aún no tenía en dónde quedarse.
Karin casi tuvo un ataque de risa.
¿En dónde se había metido toda la gente amable cuando era niña?
Pero con lo que había ahorrado de su trabajo en el Ichiraku, pronto pudo encontrar un pequeño departamento al que le funcionaba perfectamente el ascensor, la cuota de mantenimiento de verdad se usaba para tales propósitos y sus vecinos, aunque variopintos, eran personas normales con vidas normales y trabajos honestos. La ventana de su habitación tenía vista a una montaña nevada, sin tránsito insufrible, por las mañana podía escuchar solo las aves, además del agua que la vecina de la planta baja usaba para barrer los escalones y la acera frente el edificio.
Con el tiempo, incluso dejo de escuchar en las noticias algo relacionado con el coloso corporativo derrumbado, cuya quiebra había causado una recesión a nivel nacional, además de despidos masivos.
Todos se recuperaban, los desempleados, los acusados, las víctimas, aun así, en Konoha quedaría para siempre la leyenda maldita de los Uchiha.
Así, el tiempo siguió su curso, llegó a creer que ella misma también continuó hacia adelante, que se hacía adulta. Los primeros años que estuvo sola, sintió miedo de no lograrlo, de no ser capaz de dejar de ver a la chiquilla que se arreglaba para salir con Sasuke y que, un día, estaría de nuevo en la calle esperando que la recogiera, tenía la sensación extraña de que iba a despertar y vería a Kin vistiéndose para ir a la escuela, con sus pantalones de hombre y la blusa dos tallas más grande, la miraría con el ceño fruncido diciéndole que ya era tarde. Entonces, como invocada por el mismo diablo, Tayuya gritaría porque el desayuno no estaba listo, y ella correría a todos lados, vistiéndose mientras ponía unas rebanadas de pan en la tostadora, bajaría las escaleras corriendo y se subiría en el viejo auto de Suigetsu, lo insultaría, ignoraría a Jūgo y buscaría besar a Sasuke.
Parecía que desde entonces había pasado una eternidad, casi olvidaba cómo eran sus caras, se preguntaba cuánto habían cambiado todo, cómo habría sido Jūgo de adulto.
Aún esa mañana, con el vestido a la rodilla y el bléiser canela, seguía viendo un atisbo de esa chica que fue antes.
Era extraño, y atemorizante en cierta manera.
Llegó al trabajo y como siempre era la última, tuvo que poner la cafetera para servir a las otras secretarias de los otros doctores del edificio de servicios de consulta.
—Karin-chan, ha habido unos problemas con la planta de emergencia, va a venir un técnico de la compañía a revisarla, cuando llegue ¿Puedes llevarlo al sótano?
—Sí, claro.
Pero no era como si tuviera otra opción, aún después de tanto tiempo seguía siendo "la nueva", así que le correspondían esas tareas adicionales. Para ella estaba mejor hacer la mensajería también, no soportaba estar sentada tanto tiempo frente a la computadora o atendiendo las llamadas telefónicas, y si hacía de mensajera para todas, ellas solían cubrir su ausencia en el teléfono para que no tuviera problemas.
El guardia de la entrada la llamó al intercomunicador a eso del medio día, anunciando que el técnico había llegado. Bajó las escaleras porque no le apetecía usar el ascensor y al dirigirse al registro de visitantes se quedó petrificada.
Todos sus temores finalmente se habían vuelto realidad.
—¿Qué mierda haces aquí?
Ella quería preguntar lo mismo pero Suigetsu lo había hecho primero. Sintió unas enormes ganas de gritar ¡¿Por qué de todas las personas del universo él tenía que estar ahí precisamente?!
Pero ante la mirada desconfiada del guardia de seguridad solo pudo reaccionar como lo haría cualquier persona razonable.
—Por aquí, por favor.
Se dio la vuelta indicándole a Suigetsu que la siguiera al ascensor, este lo hizo aún con la expresión incrédula en el rostro. Se encontraron con un médico que iba de salida, así que iría al primer sótano por su auto.
—Que tengas buen día, Karin-chan.
—Igualmente, doctor.
El hombre salió en el primer sótano dejando a los dos a solas.
—¿Qué mierda haces aquí? —volvió a preguntar Suigetsu con su sonrisa exasperante que súbitamente había puesto de mal humor a Karin.
Apenas la puerta se abrió, ella lo tomó con fuerza del brazo empujándolo fuera, y sin darle oportunidad a quejarse lo acorraló contra la pared.
—¡¿Qué clase de diablo perverso te hizo pensar en esta ciudad para trabajar?! —le chilló casi en la cara, pero él solo seguía sonriendo de esa forma que siempre le caracterizó, con sus dientes desiguales y la sensación de burla.
—Mierda, Karin… te ves jodidamente bien…
Comentarios y aclaraciones:
Como ven, las cosas poco a poco caen en su lugar, no pierdan la fe.
¡Gracias por leer!
