Esto ocurrió la noche del 19 de agosto. Tony y yo planeábamos adquirir la base de datos de la escuela como fuera, él podía hackearla, pero necesitaba que alguien lo conectara vía USB al ordenador. Ese mismo día, toda la región oeste de Vanmouth fue azotada por la tormenta más violenta que se haya visto.

Una par de horas antes, el aire estaba inmóvil. El calor se había convertido en algo tan abrumador como el fondo del mar. Aquella tarde habíamos estado nadando a las orillas de la playa, el lugar con menos basura y piedras. Sin embargo, el agua no daba ningún alivio al calor, a menos de que te sumergieras hasta una profundidad considerable.

Cenamos a las cinco y media, en el porche de la casa de Tony, a base de emparedados de jamón de la señorita Spencer y ensalada de patatas de la señorita Carter. Comimos sin ganas. Solo nos apetecía la Pepsi, que teníamos en el refri.

Terminada la cena. Tony y yo nos quedamos sentados en las escaleras, sin decirnos gran cosa, cada uno con la mirada puesta en el cielo azul y gris, asimilando el calor que nos inundaba y que despertaba a los insectos a esa hora. Las cigarras chirriaban de aquí para allá. Los árboles se veían polvorientos y consumidos. Hacia el oeste, las nubes de tormenta iban formando torreones que se agrupaban en nudos que amarraban todo el cielo.

Tony soltó un suspiro y se levantó la camisa para secarse el rostro, dejando ver su abdomen. No sé si eso le refrescaría mucho, pero desde luego, no despegue la vista de ese lugar hasta que volvió a acomodarse la camisa.

—No es que quiera asustarte, Tony. —Dije— pero creo que deberíamos de entrar.

Tony me miró con expresión de duda.

—Anoche tuvimos nubes como esas, Steve, y también anteanoche, y terminaron disolviéndose.

—Hoy no ocurrirá lo mismo, Tony.

— ¿Tú crees?

—Si la cosa se pone fea, nos refugiaremos en mi casa.

— ¿Tan mal lo ves?

Cuando Mike y mamá eran niños iban a visitar al abuelo muy seguido. El abuelo y varios de sus hijos, construyeron una casa que fue derribada por una tormenta en 1952.

—La verdad es que no lo sé. —respondí sincero, de aquella tormenta, solo sabía lo que me contó Mike y mi madre. — Pero el viento es muy fuerte, hay que entrar también a Sunny.

Conforme se acercaban las nubes se iba oscureciendo el cielo. No había duda ya de la tormenta. A lo lejos la señorita Spencer apago la radio. Sunny fue hacia la casa y entro por una ventana. Friday se sentó entre nosotros y empezó a ladrarle a la nada. Un estallido de trueno atravesó la arbolada, retumbando lentamente, asustando tanto a la pequeña Friday que se apuró a refugiarse bajo el brazo de Tony. Vi descender a lo lejos, un fino manto de lluvia. El aire movía las cortinas y hacia vibrar las ventanas. La temperatura bajo, helando nuestros cuerpos.

—Entremos. —le dije a Tony rodeándole los hombros.

—Pero…

—Tony, entremos. Friday está asustada.

Tony cargo a la cachorra como si se tratara de un niño pequeño y entramos. Cerré a nuestra espalda y me volví para echar otra ojeada. El viento arrancaba las hojas de los árboles y estas volaban girando en una corriente parecida a un torbellino. El espectáculo era hipnótico. Aquella tempestad estaba casi encima de nosotros, cuando vibro un rayo, tan brillante que durante treinta segundos todo se me quedo impreso en negativo en las retinas. El teléfono emitió chispas desde el enchufe y corrí a desconectarlo, jalando del cable. Al volverme vi a Tony ante la ventana. Me imagine la ventana estallando en seco e impactando con sus flechas de vidrio el rostro y el cuello de Tony.

Agarré su hombro con rudeza y lo alejé de golpe.

— ¡Aléjate de ahí!

Tony me observo asustado. Lo conduje a la cocina y me dispuse a buscar las linternas. Entonces el silbido ruidoso del viento hizo titilar las luces.

—Hay que bajar al sótano. —dijo Tony, con la vista fija en el foco titilante.

—Baja tú, yo te sigo después. —le dije, abriendo los distintos cajones.

—No iré sin ti. —sentenció, agarrando Friday con más fuerza.

Asentí, agarrando las linternas y le indique con señas que se moviera. Andamos por el pasillo. Entrecortados relámpagos iluminaban nuestros pasos. Tenía que echar un último vistazo a la tormenta. La espesa lluvia no dejaba ver más allá de una corta distancia de diez pasos.

Bajamos y encendí la linterna. El sótano contaba con un montón de cajas y un viejo sofá forrado en plástico; todas las herramientas que se suponen que deben estar en un sótano, estaban en realidad en el cuarto de Tony, con eso, el sótano solo era un cuarto casi vacío donde el sonido revotaba contra las paredes rígidas. Me senté junto a Tony en el viejo sofá; mirándonos las caras, escuchábamos los rugidos de la tormenta contra la casa.

Al cabo de unos minutos, oímos el crujido de un árbol al caer estrepitosamente. Luego hubo silencio.

— ¿Ya habrá pasado? —me preguntó Tony, restregándose los ojos.

—Puede ser. Puede que solo por un rato.

Subimos, cada uno con una linterna. Estaba muy oscuro para ver los daños en la casa. Nos quedamos en el salón, escuchando el viento y mirando los rayos. Aproximadamente una hora más tarde, la tormenta regreso con ímpetu, oímos caer varios árboles y uno golpeó el tejado con un golpe seco. Tony se puso de pie de un salto y miró hacia arriba con recelo.

—Hey, tranquilo —le dije.

Me dirigió una sonrisa nerviosa.

El viento recuperó fuerza y las ventanas temblaron, agrietándose progresivamente.

—Tony, quiero que volvamos abajo—Agarré su mano y me incorporé.

Bajamos. Diez minutos más tarde, la tormenta alcanzaba su máxima violencia y escuché estallar las ventanas. Tony dormitaba sobre el sofá y despertó asustado.

—Esto no me gusta, Steve. —Dijo— La señorita Carter y la señorita Spencer están solas.

—Ellas estarán bien.

—No, Steve. Esta tormenta no es normal, tengo miedo. —repuso en un tono temeroso. Yo fruncí el ceño ante lo dicho.

—Shhh —lo tranquilicé— Descansa.

—No puedo. —dijo, cinco minutos más tarde dormía.

Permanecí despierto otra media hora, con la luz de la linterna iluminando los rincones y el techo. Algo me decía que por la mañana la Pradera estaría irreconocible. La tempestad iba amainando. Deje a Tony cubierto por una manta y subí a echar una ojeada al salón. Grandes pedazos de cristal centelleaban en la alfombra a la luz de la linterna. Me recordé decirle a Tony de que se pusiera zapatillas, ya que a él le gusta rondar descalzo por la casa.

Regresé al sótano y me perdí en el semblante adormilado de Tony; pocas veces lo veía así, y no paraba de compararlo con la imagen de un niño.

La atmosfera de esa mañana, era de una transparencia como el cristal. El cielo era de un azul nítido que reemplazaba el blanco brumoso del otoño. Una suave briza traía el olor del pasto mojado y la madera cortada. La señorita Carter y la señorita Spencer, ambas sorprendidas, dijeron:

—¡Que desastre!

Los daños parecían peores de lo que me imagine. Habían arboles atravesados en el camino. Todo era un revoltijo de ramas abatidas y deshojadas. Según avanzaba iba arrojando las ramas a uno u otro lado del camino. Bajaría al pueblo en busca de un teléfono público que sirviera para llamar a Mike y avisarle de lo ocurrido con el techo de la casa, puesto que el seguía en Concord, tenía que hallar una manera para que se enterara de lo ocurrido. Me quede donde estaba, primero inspeccionando los daños, y luego, una vez más, la lejana arbolada. Aunque era difícil asegurarlo parecía que algo malo iba a ocurrir.

—¡Friday!

Inicie una sonrisa. El grito se extendió simple y limpio por toda la Pradera y Friday corrió persiguiendo a Sunny que, con su ágil cuerpo, le saco ventaja y saltó a la ventana de la cocina. El corazón se me alegro al ver a Tony aproximarse, con el cabello alborotado y esa expresión somnolienta.

—¿Ya te vas?

—Pues si…, aunque aún es muy temprano.

—La señorita Spencer hizo waffles, ¿Por qué no comes primero y después vas?

Sintiéndome verdaderamente bien por primera vez en lo que iba de la mañana, asentí y regresamos al porche. Acomodando las sillas que el viento tiro, nos sentamos un rato hablando de las nuevas reformaciones de la escuela. No recuerdo en que momento me quede dormido.

A eso de las diez, sentí que me tocaban el hombro. Era Tony, con una lata de gaseosa en una mano y una lista en la otra.

—La tía Peggy pregunta que si puedes ir a comprarle las cosas que hay en la lista.

Asentí y guarde la nota en el bolsillo de mis jeans.

—¿Vas a acompañarme?

Pero él negó con la cabeza.

—Me pidieron que les ayudara con el jardín.

La señorita Carter le gritó desde su jardín para que le ayudara a recoger unas cajas. Y echo a correr hacia la casa, las piernas en rápido movimiento, visibles las suelas de las zapatillas. Le seguí con la mirada. Lo quiero, no sé si era correcto decir que lo amo, pero en ese momento lo sentía como tal. Hay algo en él, y también en la forma en que me mira, que me crea la impresión de que todo va a ir bien. Puede que no todo vaya bien, pero tony me hace creer eso.

Friday, juguetona. Corría de aquí para allá y al verme se acercó con viveza, me estaba tirando de los pantalones.

—¿Vendrás conmigo?

Camine al jardín de la señorita Carter. Donde Tony ya estaba sudando, acalorado, y se acercó a revolverle el pelo a Friday.

—Oye, Tony, ¿Por qué no vienes con nosotros? —susurré.

De repente, sentí la necesidad de que nos acompañara.

—La tía Peggy me pidió que desherbara el jardín.

Friday ladró con entusiasmo. Sin embargo, insistí una vez más.

—¿De verdad no quieres venir?

—De verdad —respondió con firmeza.

Y sonrió

—Está bien, pero no tomes mucho sol.

—Hey, Stefan. Tranquilo, pareces mi mamá. Cuando vuelvas, bajemos al muelle a comer.

Me despidió con un beso y me alejé de la casa con Friday corriendo tras de mí. Vi a Tony, con las podaderas en una mano, los pantalones subidos hasta las rodillas y su camisa negra de Megadeath.

La los restaurantes y tiendas permanecían cerrados; sin embargo, la farmacia y el supermercado permanecía abierto, al parecer en esa zona, el desastre no había sido tan devastador. Vanmouth es un pueblo costero invadido por los bosques fríos y las montañas. Las hojas y ramas abundaban, dispersas, en el estacionamiento. Pequeños grupos, unos de mujeres, otros de hombres, sin duda todos comentando sobre la tormenta.

Me vi entonces contrariado al recordar que no se podía ingresar mascotas al súper. Y empecé a divagar en la mejor manera de dejar a Friday afuera mientras hacia las compras.

—¿Steve?

Me gire al escuchar mi nombre. Sharon acababa de salir de la farmacia con dos bolsas en la mano.

—Hola…—me fije en sus zapatos y luego en la forma de recogerse el cabello. Se veía particularmente sombría o como si no hubiese dormido nada—. ¿También te enviaron a comprar cosas?

—Mi mamá tiene dolor de cabeza. Así que compre pastillas y algunos dulces para mí—eso fue lo único que dijo antes de posar sus ojos en la nada. La pupila visiblemente dilatada, de un modo no natural—. Que coincidencia ¿no crees, Steve? Encontrarnos aquí… ¿Necesitas ayuda?

Dijo sonriéndole a Friday, y empezó a mover la cola con energía. Sin embargo, yo veía a Sharon sorpresivamente agotada y como… ¿asustada? No, no era eso. Parecía preocupada por algo, se veía bastante ansiosa.

—¿Te puedes quedar con ella mientras compro las cosas? —y señale a Friday que comenzaba a saltar de un lado a otro.

Sharon acepto, inclinándose para acariciarle las orejas.

—Todo el pueblo quedo hecho un desastre —comentó Sharon, en un tono aparentemente casual—. Un árbol atravesó la ventana de mi cuarto, tendré que quedarme un par de días en la casa de Wanda. Lo bueno es que a Pietro ya le quitaron el yeso, ¿no te habían dicho?

Yo negué, echándole un vistazo a la lista de la señorita Peggy y revisando cuánto dinero me había entregado.

—¿Sabes de algún teléfono público por aquí?

Sharon señalo una cabina instalada entre la farmacia y la lavandería. Una mujer sudorosa con un conjunto de playa morado movía violentamente la horquilla del auricular. Me situé detrás de ella, con las manos en los bolsillos y me pregunté porque me sentía tan inquieto por Tony. La mujer colgó con furia y se volvió hacia la farmacia.

Después de hablar con mi tío y comentarle lo ocurrido, colgué y anduve lentamente hacia el súper. En la acera estaba Sharon sentada con Friday sobre su regazo, me miro e hizo un ademan de saludo y sus ojos volvieron a clavarse en la nada. Fruncí el ceño ante su peculiar actitud.

Lo primero que noté al entrar, fue la falta de aire acondicionado. La nota decía tomates y pepinos, así que la primera zona a la que fui fue la de frutas y verduras. Además, en letra cursiva, estaba anotado: dos cajas de leche, mayonesa y pudin. Salí del pasillo y desde esa esquina vi la larga fila para pagar en las cajas registradoras. Solo dos chicas marcaban las compras, ambas fatigadas y acaloradas. Escuche a un hombre comentar:

—Tenemos cola para rato.

De nuevo pensé en Tony, y volví a sentir una especie de malestar. En la canasta lleve tomates, pepinos, un tarro de mayonesa, leche y pudin.

Repasé la lista y vi que tenía todo… Bueno; casi todo. Cuando me incorpore a la cola, la falta de aire acondicionado en el local hacia que respirar se volviera un fastidio.

—Caramba, ¿Por qué no se dan más prisa? —protestó una mujer tras de mí.

La preocupación marcaba aun mi rostro: de pronto, entre la brumosa inquietud que me envolvía, sentí una par de ojos sobre mí.

—Paciencia. —me dije.

Un hombre de edad avanzada salió del supermercado con dos bolsas en cada mano. Alcé la mirada para verificar que Sharon siguiera cuidado de Friday, sin embargo, no lograba verla en ningún lado.

Para cuando llegue finalmente a la caja, estaba hecho una bola de nervios. Entonces procuré entregarle rápidamente las cosas a la cajera para que las registrara sin demora.

De repente sonó a lo lejos un aullido que disminuía su fuerza. En el estacionamiento vibró un bocinazo seguido por un chirrido de frenos. Aunque no alcanzaba a ver lo que ocurría (estaba muy mal situado), todo ese ruido se oía muy claro. Un hombre dejo sus compras y se apartó de la cola para ir a ver. Al volver segundos más tarde, dijo:

—Casi atropellan a un cachorro, ¿de quién es?

La cajera finalmente termino de atenderme. Agarré las bolsas y corrí a la salida. Afuera, el dueño de una camioneta blanca sostenía a Friday que no dejaba de revolcarse, aullando.

—¿Es tuyo?

Asentí y solté las bolsas. Friday lloraba y se removía. Sacándole una mueca confusa al dueño de la camioneta y a mí. La tranquilice como pude y mire a mí alrededor. ¿Dónde estaba Sharon?

—Disculpe…—llamé la atención del dueño del auto— ¿Usted no vio a una chica rubia cuidando de ella? —señalé a Friday. El hombre me miró, como diciendo: ¿Se suponía que la dejaste al cuidado de alguien? Y negó.

Sentí la necesidad de buscar a Sharon. Súbitamente también sentí la necesidad de abandonar aquel lugar y correr a casa. Seguí con mi búsqueda visual. Pero Sharon no aparecía por ningún lado.

Me paré en la acera del supermercado, justo en el punto donde ella estaba sentada. ¿A dónde había ido?

Di dos paso y choque con un paquete de dulces, idénticos a los que llevaba Sharon. A partir de ese instante, tensos los músculos a causa de la tormenta y el creciente malestar, me imagine el peor de lo escenarios. Y corrí al teléfono público, le marque a la tía Peggy, pero nadie contestaba.

Si antes no podía hablar de pánico (de verdadero pánico), ahora la situación había degenerado. Alguien, al pasar, me empujo con brusquedad y casi pierdo el equilibrio. Llamé de nuevo pero la conexión de teléfono estaba caída.

Regrese a la Pradera en taxi. Con el cuerpo tenso como una cuerda.

Al entrar a casa. Friday corrió a la cocina y arrojé las compras sobre la mesa. Salí raudo a la casa de la señorita Spencer y la señorita Carter. La puerta estaba abierta.

Esta parte es un tanto difícil de contar. En aquel momento me sentía aislado, solo como nunca en mi vida. Supongo que… encontrar el cadáver de la señorita Carter sobre la alfombra de su sala fue un hecho que me dejo muy marcado.


Al fin logro actualizar, lamento la demora. tuve algunos problemas con la historia, organice nuevos hechos y aclare algunas ideas. los capítulos que siguen se supone que serán más largo y darán una explicación de todo lo que ocurre en Vanmouth hasta ahora. en serio lamento mucho la tardanza y espero que esta vez no encuentre tantos errores de ortografia, porque madre mia willy (°-°) en fin, gracias por leer hasta aqui y un abrazo enorme. Bye~