Una mujer fuerte
Suigetsu no era del tipo detallista, nunca lo había sido. El no dejar su peso sobre el cuerpo de la mujer con la que acababa de acostarse y hacerse a un lado, era algo que hacían innatamente la mayoría de los hombres, no un detalle de cortesía. Lo que a Karin realmente le fascinaba de él era que no se iba, que permanecía con ella hasta el otro día e incluso parte de la mañana antes de que tuviera que irse al trabajo.
Sonrió sintiendo la maraña albina de pelo recargada cerca de su pecho, los brazos rodeando aún su cuerpo y el calor de los dos que hacían insoportables las sábanas. Estaba sudando, respiraba aún con jadeos y le dolía el mordisco del hombro, pero todo era tan perfecto como podía desear.
Miraba el techo de la habitación iluminada por el televisor al que hacía largo rato habían dejado de poner atención. Al menos la escandalosa película de disparos y autos había sofocado un poco el escándalo.
¿Pero qué más podían hacer? Ella nunca había sido discreta.
—No creo que nos haya escuchado —dijo Suigetsu entre gruñidos, más dormido que despierto agazapándose contra ella y refiriéndose al niño que desde hacía unos días ocupaba la habitación al otro lado del departamento.
Ella resopló tratando de zafarse de su abrazo.
—¿De verdad no te molesta que se quede? —le preguntó, recargándose sobre sus codos e incorporándose un poco.
—No tengo que cambiar pañales y no se despierta a mitad de la noche llorando. No, no me molesta —respondió con simpleza, soltándola y sentándose en la cama —. De hecho…— continuó diciendo frotándose un poco los ojos, mirándola con cierto dejo de sorna.
—Remolacha…
Ella arrugó la nariz pero no le interrumpió, algo quería hablar y si estaba frotándose los brazos implicaba que era bastante complicado para él como para empezar a atosigarlo, si bien estaba tentada a hacerlo porque odiaba ser comparada con una fruta o verdura, no sabía lo que era.
—Pues… Mira, tú y yo sabemos que… Bueno, mi hermano murió cuando era muy chico y no me acuerdo de mi mamá y mi papá pues, ya ves, era un poco… era un maldito borracho y se dio un tiro mucho antes de que pudiera pagarme mi propio departamento… Por otra parte, Tayuya no era un ejemplo de maternidad, pues…
—¿A dónde quieres ir? Nunca tocamos el tema.
Los ojos violetas de Suigetsu no podían enfocarse en nada; miraban la televisión, la ventana, la puerta y los pechos desnudos de Karin alternadamente.
—Karin yo… Lo que quiero decirte es que, bueno, no tengo mucho. Digo, tengo mi propio departamento, una vieja camioneta, un empleo mas o menos bien pagado…
Ella le miró aún sin entender la lista de evidentes e innegables hechos que mencionaba de torpe manera rascándose la cabeza insistentemente con una mano y con la otro frotándose el antebrazo contrario y sin desaparecer de su rostro la sonrisa idiota.
—Mierda — dijo para sí mismo —. Karin… ¿No has pensado en una familia? Bueno, tener una familia… Yo, bueno, ya tienes un hijo… ¿No quisieras…? ¿No quisieras…? Bueno, un… un… ¿Un padre? Para él, claro.
—¿No quisiera yo? ¿O no quisieras tú?
—Yo quiero…
Se hizo un silencio interrumpido solo por la gran explosión de casi el final de la película, la bodega en que se encontraban los protagonistas se incendiaba con algunas otras explosiones menores, el héroe en turno gritaba el nombre de la chica en apuros buscándole en medio del infierno montado con efectos digitales.
Karin buscó sus gafas en la mesa de noche sin decir absolutamente nada.
—Yo lo cuidaré como si fuera mío —continuó él con mayor soltura —. De verdad que no me importa que sea del bastardo de Sasuke.
Karin buscó su sujetador entre las sábanas encontrándolo con relativa facilidad y poniéndoselo rápidamente.
—Hay algo que tienes que saber —le dijo antes de que él continuara hablando.
Ya para ese momento los dos personajes de la película se habían encontrado y huían juntos hasta un sitio donde pudieran mantenerse a salvo.
La mirada de Karin bajó hasta la duela de madera, entrecerró los ojos lista para decirle algo en lo que no había pensado desde hacía mucho tiempo, o quizás había repetido la mentira tantas veces que ya se la había creído incluso ella.
Karin tragó grueso mostrándose tan distante como sombría.
¿En qué hubieran cambiado las cosas de haber hecho las cosas diferente?
Había sido poco antes de la desquiciada vez en que Sasuke juró asesinar a su hermano. Justo la primera noche en que el líder del cuarteto -reducido a tercio a fuerza de balas-, le había pegado por primera vez.
Con la marca de la reciente bofetada aún en su rostro en el departamento de Suigetsu donde varias veces Sasuke la había dejado luego de usarla para descargar sus frustraciones, ahí sobre el viejo colchón: desnuda, sucia y sola…
Había tratado de lanzarse por el edificio y él no se lo permitió.
Poco y mucho se dijo, pero al final la besó. Lo quiso empujar, lo quiso golpear, quiso gritar pero al final no hizo nada. Fue un único encuentro, brusco, improvisado y sin la debida precaución…
Suigetsu la escuchó con los labios entreabiertos. Karin ya se había vestido y lo miraba con las manos sobre la cadera mirando nada en especial.
—Él… ¿Él es mi…?
—Yo también creí que era de Sasuke, aunque parecía imposible porque él era muy cuidadoso al respecto. No se parece nada a ti, por eso Mikoto ni lo sospechó.
—¿Por qué se lo dejaste? ¿Por qué no me dijiste? Yo… yo habría…
Karin sintió que quería echarse a llorar, había corrido al despacho de Ebisu para decirle que podía ser que el bebé no fuera de Sasuke porque se había acostado con alguien más, pero Mikoto se había marchado y el hombre intentó convencerla de que era lo mejor.
—Los dos estábamos sin trabajo, sin casa… ¡Solo éramos un par de chicos con problemas y a ti te mandaron a la frontera!
Suigetsu, sentado en la cama con las sábanas envolviéndolo pobremente, miraba atónito a la pelirroja luego de la confesión digna de telenovela de canal en decadencia.
Tuvo una sensación extraña, como si no pudiera respirar bien, se levantó tomando su ropa y salió de la habitación vistiéndose en el camino, pasando al lado de Karin que no había hecho indicio de siquiera moverse un poco. Frunció el ceño a medida que su cerebro repasaba la información que acababa de recibir, estaba molesto, pero no era como si años atrás, si Karin le hubiera dado la noticia a tiempo hubiera saltado de felicidad y corrido a comprar un anillo, un departamento y muchas cosas para bebés, pero ¿Por qué no se lo dijo cuando se reencontraron?
Él no recordaba nada parecido a una familia, más de una vez había visto desde el salón de castigos a sus compañeros correr a sus casas donde les esperaba una comida caliente y un beso. Por eso mismo se había planteado la situación de hacer algo medianamente bueno con su vida: una esposa, hijos, una casa bonita y un perro juguetón al que bañaría los domingos.
Ese deseo fue desdibujándose con el tiempo, Sasuke decía que esas cosas eran enfermizas, que la gente como él no estaba hecha para eso, y él lo creyó.
¿Qué mujer lo querría? ¿Qué hijo podía ser feliz con él? ¿Qué podía ofrecer a una familia sino el legado de horror que sus padres le dieron a él?
No eran nadie, no eran nada, solo los despojos, los que nadie quería, los que no tenían lugar y nunca tendrían nada.
Se detuvo en la pequeña sala de estar, dándose cuenta de que no quería irse. Entonces fue a la otra habitación abriendo la puerta sin mucho cuidado y encendiendo la luz, sobresaltando a Hideki que despertó bruscamente.
Lo miró: pelirrojo de ojos rojos, dentadura perfectamente alineada.
—Mierda — susurró —. Eres una copia de Karin.
—Eso me han comentado —fue lo único que pudo responder solo por decir algo en aquél extraño momento.
Suigetsu caminó torpemente hasta la cama y se arrodilló a su lado, llevó una de sus toscas manos a la cabeza del pequeño y sonrió consiguiendo que el otro se echara hacia atrás al ver las filas de dientes afilados y torcidos.
Sasuke estaba equivocado.
Sí podía tener ese absurdo sueño.
—¿Estás bien? —preguntó Hideki, que aún seguía sin saber qué sucedía, pero el hombre frente a él temblaba con fuerza, con los ojos acuosos, resistiéndose a llorar.
Desde que vivía en aquél pequeño departamento habían pasado cosas más extrañas, pero esa en especial le conmovía por algún motivo.
Ni Suigetsu ni Karin eran las personas que su abuela le había descrito. Ella decía que su verdadera madre era una alcohólica incapaz de cuidarse de sí misma, que no era una buena persona y vivía con un hombre bruto y salvaje, sin embargo, él siempre había querido conocerla. Ese había sido el único deseo que había tenido en su corta vida.
La pudo reconocer en cuanto la vio porque eran muy parecidos, como debía de ser; ambos de pelo y ojos rojizos. El hombre que la acompañaba asustaba cuando sonreía, pero era agradable y con ellos, todo era ruido y desorden, totalmente diferente a su abuela que eran tan cuidadosa, como si la casa fuera un museo.
Ser despertado en la madrugada solo para mirarse uno al otro era tal vez otra excentricidad sin propósito. Dejó que lo abrazara, sería extraño, quizás había tenido un mal sueño, solía suceder incluso a los adultos así que palmeo su cabeza húmeda.
—Todo está bien —dijo intentando parecer mayor.
Lo siguiente que sucedió fue que Suigetsu lo arrastró fuera de su cama hasta el comedor.
—¡Karin!
Karin sintió que su corazón se había detenido un instante, había pensado que Suigetsu se había marchado, pero escucharlo hizo que incluso dejara de llorar. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y se asomó despacio por la puerta.
—¡Remolacha! —gritó de nuevo Suigetsu.
—¡No me llames así! —chilló consiguiendo valor para dejar la recámara principal.
—¡Te llamo como quiera, maldita sea! ¡Vamos a cenar algo que tengo hambre!
—¡Eres un estúpido! ¡No maldigas frente al niño!
—Por favor, no jodas con eso… creo que quedó ramen del que traje ¿No?
—Y pollo que prepararé.
—Ni muerto me como esa porquería.
—¡Imbécil mal agradecido!
Hideki había pasado de un estado de confusión a un sutil episodio de terror.
—¿Tú qué vas a cenar? —le preguntó bruscamente Karin.
—¿Pollo? —respondió, aunque no tenía hambre, Suigetsu lo soltó, pero Karin lo atrapó tomándolo por el cuello a modo de fallido abrazo.
—¡Él si aprecia lo que hago!
—No le queda de otra, si no come lo que preparas lo hechas de la casa.
—¡Yo nunca le haría eso a él! ¡Pero a ti si!
Y Suigetsu solo pudo sonreír atrayéndola hacia él para besarla dejando en medio de los dos a un muy confundido hijo. Ella sería su esposa, una con mal humor en las mañanas, obsesión por los perfumes, sin talento para cocinar, miope, gritona, mandona, simplemente una mujer fuerte que tomaba la vida por los cuernos… o por el rabo, según constataba al sentir su mano tocándolo por encima del pantalón, en la parte de atrás.
Comentarios y aclaraciones:
¿Cómo decirlo?
Aquí… ¿Acaba?
Después de tanto tiempo, y de reescribirlo como 5 veces llegamos al fin de esta parte de la historia (las otras partes serían Rosa de dos Aromas de HIGURASHI WORKSHOP STUDIOS y El Zorro y la Princesa de El Gran Kaiosama).
Quizás algunos preferirían un final agridulce, pero decidí hacer algo más esperanzador, por no llamarlo a lo "Disney" en el que todos viven felices, pero consideré que era necesario que Suigetsu se librara también del veneno de Sasuke.
Muchas gracias a todos los que le dieron una oportunidad a este spin-off que por mi demora se volvió algo eterno.
Cerramos el año con esta historia. En fin, solo me resta decir esto por última vez en este fic: ¡Gracias por leer!
Esto es el
FIN
