Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei animation, no hago esto con fines lucrativos.

Resumen: En el capítulo anterior Hikari está perdida y Tai sale con la intención de buscarla, ocasionando que Yamato lo siga, sin embargo, el castaño en realidad se queda deambulando cerca de la cabaña y cuando regresa y se entera de que su mejor amigo también está perdido por su culpa vuelve a salir, furioso consigo mismo, sólo que esta vez Sora lo sigue y ambos acaban haciendo una guerra de nieve que causa que Tai caiga accidentalmente sobre ella.

Tai se inclinó, causándole cosquillas por el torpe roce de su nariz contra la suya. Ella cerró sus ojos, sintiendo el aliento del chico chocando contra su cara, era tibio, perfectamente tibio y acogedor en contraste con el frío del ambiente


Las últimas vacaciones

Capítulo 3: ...causan consecuencias inesperadas

Abrió los ojos lentamente, sintiéndolos pesados como dos persianas viejas. El azul del cielo colmó su campo de visión. ¿Podía el cielo ser tan azul? La verdad se parecía más al mar, pero eso significaría que el mundo se había invertido, lo cual desde luego, tenía menos sentido que lo anterior.

Al mirar con más detenimiento el inmenso manto azul fue haciéndose más pequeño hasta convertirse en dos pozas sin fondo. Descubrió entonces que lo que estaba viendo eran dos ojos azules que la examinaban acuciosamente.

—¿Hikari-chan? —preguntó Yamato desde arriba.


—¡Sora, espera! —llamó Tai al ver a la pelirroja caminar casi furiosamente hacia el interior de la cabaña, aunque eso sólo podía intuirlo.

Un pequeño portazo le indicó que ya había perdido la oportunidad. Dio una patada al piso, levantando un montón de nieve que se desintegró poco a poco.

"Eres un idiota, Yagami" —se dijo, dando vueltas sobre sí mismo al tiempo que se pasaba ambas manos por el cabello, desordenándolo un poco más, si cabe.

Tuvo la oportunidad justo ahí, frente a sus narices y la dejó escapar. Todavía podía sentir el aliento de la pelirroja mezclándose con el suyo. Tragó saliva con dificultad y cerró los ojos intentando rememorar lo ocurrido hace sólo un minuto atrás, y que ahora amenazaba con disolverse entre el frío de las montañas.

Sus ojos recorrieron el rostro de Sora, que a su vez lo miraba un tanto inquieta, con las mejillas exquisitamente sonrojadas, no sabía si por el frío o por lo íntimo de la situación. Sólo hacía falta que se inclinara un poco más y sus labios se habrían encontrado antes de que la razón tomara el mando y lo hiciera retroceder. Fue justo ahí cuando una imagen de Hikari atravesó su mente, paralizándolo.

La pelirroja pareció percibir el cambio, porque lo miró con curiosidad, como si quisiera preguntarle qué ocurría y no encontrara su voz para hacerlo. Él se incorporó sobre sus manos, se levantó y le tendió una para ayudarla a levantarse también. De algún modo, estar allí, apunto de besar a su mejor amiga, mientras su hermanita estaba perdida en algún lugar de esa peligrosa montaña, se sintió mal para él.

Sora aceptó su mano un tanto renuente, pero apenas estuvo de pie la apartó con brusquedad. Tai boqueó unos segundos intentando decir algo que ni él sabía muy bien qué era, hasta que la mirada de la pelirroja pasó de la total confusión a la comprensión de algo que estaba fuera del alcance del chico. Rabia y otra cosa que no pudo definir llenaron los ojos de Sora antes de que se diera la vuelta e ingresara a la cabaña sin decir absolutamente nada. Desde aquel momento probablemente sería una situación a la que ambos sólo se atreverían a referirse como "el incidente". Si algo pesaba entre ellos en tantos años de amistad eran los malos entendidos y el empeño de cada uno en no aclararlos.

Los demás sólo pudieron deducir que habían discutido al ver a Sora entrar con paso raudo y mascullar una escueta frase, dándoles a entender que Tai no iría a ningún lado, y por el tono amenazante con el que lo dijo, la mayoría interpretó por su propia cuenta que si lo hacía lo lamentaría. Luego observaron a través de la ventana al castaño, dando vueltas en círculo como un enajenado, gritando alguna que otra palabrota a juzgar por el movimiento de sus labios. Más evidencias de una discusión. Siendo honestos, a nadie le sorprendía en realidad que hubieran acabado discutiendo por alguna tontería, no era la primera ni sería la última vez tampoco, de eso estaban seguros.

Cuando Joe quiso salir a asegurarse de que estaba bien, Mimi declinó la idea, señalándole que era mejor dejarle solo, pero en todo caso no hubo tiempo para discutirlo, porque casi enseguida el chico entró. Todos le miraron expectantes, mientras él se limitaba a observarlos a su vez con cansancio.

—Mañana —replicó—. Si Hikari y Yamato no aparecen mañana antes de que amanezca, iré a buscarlos por mi cuenta a primera hora.

—Por supuesto —le aseguró Joe, acomodándose las gafas—. Si para entonces no tenemos noticias, todos saldremos en su búsqueda.

Tai asintió casi imperceptiblemente con la cabeza y arrastró sus pies hacia las escaleras. Momentos después, un portazo indicó que se había encerrado en su habitación.

—Bueno, si siguen así definitivamente acabarán casados —comentó Mimi a la ligera.

—¿Cómo?, ¿Tai y Sora? Eso es improbable. Se han peleado tantas veces que ya perdí la cuenta —rebatió Koushiro.

—De eso se trata, honey. Un matrimonio sin discusiones sería de lo más aburrido, ¿no crees?

Koushiro le dedicó una mirada que dejaba bastante claro que no creía eso, pero Mimi no estaba esperando una respuesta, así que haciendo un gesto con la mano, se despidió de todos y siguió el camino que sus amigos acababan de hacer hace pocos minutos hacia las habitaciones.

Afuera, la nieve caía en gruesas capas que cubrían todo a su paso, lo único que se distinguía a través de las ventanas era un inmenso manto blanco que no parecía tener principio ni fin. El viento hacía sonar las bisagras de las puertas y ventanas, y la temperatura bajaba cada vez más. Lo único que los mantenía resguardados del frío era la calefacción de la cabaña. La primera noche de aquellas últimas vacaciones se asomaba de un modo que no parecía augurar nada bueno, y que por supuesto, ninguno de ellos habría podido predecir.


Tai nunca se había caracterizado por ser alguien intuitivo, por más que alegara tener algo así como corazonadas que por lo general acababan metiéndolos a todos en problemas, pero en ese momento ni siquiera pudo sospechar lo cerca que estuvo de acertar con la reacción de Sora. Ella estaba furiosa, eso era verdad, pero no con él, sino consigo misma.

Las cosas habían sucedido tan rápido que apenas consiguió procesarlas. Primero había salido con la intención de detener a Taichi y en el interludio, sin proponérselo, acabó iniciando una guerra de nieve con él, que la hizo caer y estar apunto de besar a su mejor amigo. Definitivamente creyó que la besaría, todo en el chico parecía indicar eso y ella no dudó ni por un segundo en dejarse besar, entregándose completamente a las cosquillas de su estómago, ¡qué tonta había sido!

—Tonta, tonta, tonta —se repitió en murmullos.


Llevaba mucho tiempo caminando, pero no habría sabido precisar cuánto. La batería de su celular estaba muerta y en cualquier caso, no era como si ese cacharro tecnológico fuera a serle precisamente de utilidad en ese lugar, a más de cien metros de altura, por lo que le había oído decir a Izzy.

Tenía los músculos entumidos y comenzaba a costarle caminar. No tenía caso, por más que caminara, todo lo que podía ver era el inmenso manto de nieve cubriéndolo todo a su paso. Pero llegado a este punto, regresar tampoco parecía una buena opción. De hecho, no parecía una opción en lo absoluto.

Se giró sobre sí mismo intentando obtener una visión panorámica del lugar que le indicara por dónde debía seguir, pero no halló nada. Fue justo ahí, cuando volvía la vista al frente, que una luz rosada se elevó hasta el cielo, captando su atención. Antes de que consiguiera moverse en su dirección, ésta ya se había desvanecido.

Medio corrió torpemente hacia el precipicio que se extendía un par de metros por delante y vislumbró la figura de una chica tendida en un colchón de nieve. Desde donde estaba no podía verla con claridad, sin embargo, distinguió un pequeño aparato en su mano que emitía débiles destellos de luz. Definitivamente era un digivais.

Se levantó en toda su altura, tras haberse acuclillado para verla mejor, y miró hacia los lados intentando hallar algún lugar por donde bajar, pero comprobó rápidamente que tal como pensaba, no había ninguno. Al parecer la única manera era deslizarse cuesta abajo.

—Demonios —bufó, mirando de nuevo a su alrededor, como si esperara que mágicamente se abriera un camino que lo llevara hasta ella.

Sabía que si estuviera con Tai, el castaño no dudaría ni un segundo en lanzarse a sí mismo por la pendiente y él intentaría hacerlo entrar en razón, diciéndole que aquello era un plan suicida.

—¿Tienes un mejor plan? —le preguntó Tai en su cabeza.

—No, no lo tengo —suspiró al tiempo que se enfundaba bien los guantes y daba un paso al frente para luego lanzarse hacia la nieve, dejando que la gravedad lo arrastrara hacia abajo.

Cerró los ojos con fuerza y mantuvo los brazos firmes a la altura de la cabeza mientras giraba sobre sí mismo una y otra vez. Aterrizó con un golpe en la espalda, que le arrancó un quejido y se quedó tumbado allí por un segundo, mientras el mundo dejaba de dar vueltas a su alrededor. Era consciente de que se había detenido, pero tenía la falsa sensación de seguir cayendo y aquello duró algunos minutos más.

Abrió los ojos y tosió un poco de nieve que había tragado, sintiendo el frío calar por su garganta. Luego fue moviendo cada una de sus extremidades para comprobar que no se hubiera hecho daño, y sólo cuando concluyó se impulsó hacia arriba.

Giró sobre sí mismo, buscando a la castaña, y la divisó a poco más de un metro de distancia. Caminó en su dirección y se arrodilló a su lado. Como era predecible, estaba inconsciente y tenía los labios morados.

—Hikari —dijo en un susurro, como si tan sólo estuviera dormida y temiera despertarla.

Apoyó las manos a sus costados y volvió a llamarla más fuerte, pero siguió sin obtener resultado.

Tocó una de sus mejillas y la sintió extremadamente helada contra su palma, así que hizo lo primero que se le ocurrió, se quitó la chaqueta y la cubrió con ella, arropándola con cuidado.

Observó el cielo y notó que las nubes se congregaban sobre la montaña augurando algo que ya había imaginado hace un rato atrás, en poco tiempo comenzaría una tormenta y si no pensaba en algo pronto, los pillaría allí, a la intemperie. Sabía que no había forma de encontrar el camino de regreso a la cabaña antes de que eso ocurriese, así que la única opción era buscar un refugio, sin embargo, antes de eso necesitaba despertarla.

—Resiste —pidió inclinándose ligeramente sobre ella y observando de cerca su rostro, tenía las pestañas escarchadas y las mejillas rojas por el frío.

Parecía una muñeca de porcelana, nada en su rostro hacía suponer que estaba sufriendo y eso lo alivió un poco, pero sólo un poco, pues sabía que si seguía así la hipotermia sería inevitable, necesitaba desesperadamente hallar una forma de darle calor.

Tenía una idea, pero no estaba seguro de que fuera a funcionar, y en cualquier caso no se sentía cómodo con ella. Hubo de transcurrir al menos un minuto antes de que comprendiera que era la única opción. Tragó saliva y sintió su corazón golpeteando fuertemente contra su pecho.

Se inclinó un poco más, terminando con la distancia que los separaba, y cuidadosamente puso los labios sobre los suyos, fríos y rígidos al contacto. Logró entreabrir su boca y sopló aire en su interior. No tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo ni menos si iba a funcionar, pero tenía que intentarlo. Se aferró a ese pensamiento mientras lo hacía. Sopló un par de veces y la sintió moverse bajo él, por lo que apartó automáticamente, dándole un poco de espacio.

Vio que sus párpados temblaban ligeramente y un par de segundos después distinguió su propio reflejo en los ojos de ella, que lo miraba con confusión.

—¿Hikari-chan? —preguntó.

—Ya-Yamato-kun —contestó ella con voz temblorosa—. ¿Dónde estoy? —preguntó tratando de incorporarse.

Yamato se lo impidió, poniendo una mano toscamente sobre su hombro.

—No te muevas, aparentemente caíste desde un precipicio —replicó de golpe, sin detenerse a pensar en lo que sus palabras podrían producir en la castaña.

Los ojos de la chica se llenaron de horror, la clase de mirada de quien espera que le den una terrible noticia luego de que le comunican que ha sufrido un accidente. Trató de mover su cuerpo, pero se vio incapaz de hacerlo, era como si no lo tuviera.

—No siento nada —sollozó—. No tengo dolor, ¿acaso…?

—No —volvió a replicar él, comprendiendo de repente el curso de sus pensamientos—. No veo ningún daño externo, así que me parece que no tuviste ninguna consecuencia importante, pero tenemos que asegurarnos.

Hikari asintió lentamente con la cabeza, comprobando con alivio que tenía movilidad en su cuello. Enseguida un aletazo dolor se extendió por su columna vertebral ante el repentino movimiento, pero aquello la consoló. Era mejor sentir algo a no sentir nada en lo absoluto. Sus ojos se tornaron vidriosos y tuvo que morderse la lengua para no llorar. Tenía que ser fuerte, eso no serviría de nada.

Yamato se inclinó un poco sobre ella, aunque sólo pudo verlo vagamente, porque las lágrimas contenidas le empañaban la visión, impidiéndole comprender lo que pretendía.

Quizás fuera mejor así, porque él no quería que distinguiera su incomodidad, vivía para evitar esa clase de situaciones en las que otros pudieran verle vulnerable.

—Bien, debes levantarte ahora —le dijo—. Sujétate de mi cuello, ¿puedes hacerlo?

La castaña volvió a asentir con la cabeza y cerró los ojos con fuerza para deshacerse de las lágrimas. Acto seguido intentó mover sus brazos y sintió que él volvía a inclinarse hasta quedar a un palmo de distancia. Si conseguía levantar los brazos incluso podría tocarle el rostro, pero desechó la idea enseguida. Debía concentrarse. Con sumo esfuerzo logró recuperar la movilidad del brazo derecho y engancharlo en el cuello del chico, pero el izquierdo no parecía dispuso a colaborar, por lo que Yamato lo sujetó con cierta brusquedad y lo condujo hasta su hombro. Hikari consiguió aferrar los dedos a él.

El chico se levantó, llevándola consigo hasta que estuvo de pie nuevamente, aunque le llegaba sólo al hombro, por lo que lo único que pudo ver al principio fue su pecho. Las piernas le hormigueaban un poco, pero poco a poco fue volviendo a sentirlas desde los muslos hasta la punta de los pies y una ola de alivio le recorrió el cuerpo.

—¿Puedes sostenerte? —preguntó él, y ella asintió sin titubear, así que el chico se apartó lentamente, hasta separarse por completo, dejándola de pie por su propia cuenta.

La chaqueta que él le había puesto cayó a la nieve y Hikari trató de moverse, pero en cuanto lo hizo su ceño se frunció de dolor y estuvo apunto de caer si no fuera porque Yamato la sostuvo a tiempo de la cintura, aferrándola a él sin querer.

—¿Estás bien? —preguntó con la preocupación apenas colándose entre sus palabras.

—Es mi tobillo, creo que me lo lastimé —susurró ella.

—¿Cuál?

—El derecho

—Bien —replicó con un tono que a Hikari le pareció más frío de lo habitual—. Es mejor de lo que hubiera podido pronosticar cuando te vi. Caíste varios metros, así que considerando las circunstancias podremos lidiar con esto.

La castaña asintió débilmente con la cabeza, deseando que fuera un poco menos indiferente al hablar, pero no pudo reprochárselo, conocía de sobra al muchacho para saber que era todo lo contrario a su hermano, él no la consolaría ni nada por el estilo, así que tendría que ser fuerte ahora que sería una carga para él.

De repente sintió que algo frío caía en su mejilla y al llevarse una mano a esa zona se dio cuenta de que era un pequeño copo de nieve y miró al cielo. Cientos de ellos habían comenzado a caer.

Yamato también se percató de aquello, así que decidió que era tiempo de moverse. Hizo que Hikari se sentara y se colocara su chaqueta, la que al menos le cubría hasta la mitad del muslo por la diferencia de estatura, así que la protegería mejor del frío.

—Pero no puedes quedarte sin chaqueta, te enfermarás —le dijo ella, confundida ante su decisión.

—No te preocupes por eso, soy más grande que tú, así que podré soportarlo —le replicó con un tono que no admitía réplicas, y así lo entendió Hikari—. Ahora debemos buscar un lugar donde protegernos hasta que pase la tormenta.

Hikari asintió, preguntándose cómo conseguiría moverse, pero antes de que pudiera comentarle su inquietud, él se acuclilló a su lado, de espaldas a ella.

—¿Qué…? —intentó preguntar, y entonces comprendió lo que quería hacer—. No puedes cargarme, te cansarás más rápido y…

—Súbete a mi espalda —le ordenó él—. Necesitamos movernos rápido —añadió como si necesitara justificar su actitud o quisiera convencerla, pero probablemente no se trataba de eso, sencillamente le estaba dejando claro que sería mejor que no se opusiera, así que Hikari hizo lo que le decía y él se levantó con un poco dificultad por llevarla a cuestas, mas inmediatamente emprendió la marcha sin decir nada.


Taichi estaba parado junto a la ventana, observando la tormenta impactar contra el vidrio. Apoyó la frente contra él y cerró los ojos al tiempo que apretaba los puños. Se sentía tan frustrado y desesperado a la vez que apenas podía soportarlo.

Eran cerca de las nueve de la noche y su hermana y su mejor amigo estaban allí afuera, en algún lado, sin que él pudiera hacer nada para ayudarlos. Se preguntó cómo podría resistirlo, cómo podría aguantar toda la noche encerrado en esa maldita cabaña sin hacer nada, o cómo podría siquiera dormir. Sonrió con tristeza. La respuesta era sencilla, no conseguiría pegar un ojo en toda la noche, lo sabía antes de siquiera intentarlo.

Salió de la habitación y fue hasta la de Sora. Levantó el brazo para golpear, pero se quedó con el puño en el aire y terminó bajándolo. Quería hablar con ella, sólo que no sabía qué decirle. ¿Debía disculparse? Por algún motivo no parecía lo apropiado. Suspiró desesperanzado y regresó a su cuarto. Acababa de cerrar la puerta cuando Sora abrió la suya, asomándose con cautela al pasillo.

—Aquí no hay nadie —dijo, y Mimi se acercó para mirar.

—Qué raro. Juraría que sentí a alguien. No creerás que penen aquí, ¿verdad? —preguntó más que nada para aligerar el ambiente y que la pelirroja se relajara un poco.

—Claro que no —contestó ausente, antes de cerrar la puerta.

Mimi había subido hace rato con la intención de animar a su amiga, pero aunque con el tiempo Sora había aprendido a confiar más en los demás, seguía siendo muy circunspecta en ciertos aspectos y desde el principio se negó a cualquier intento de conversación iniciado por la castaña.

Tras un cuarto de hora encerradas en el cuarto sin hablar, la castaña terminó por hartarse.

—Sora, no sé qué habrá pasado allá afuera entre tú y Tai, pero deberían solucionarlo —la increpó, ya que ninguna de sus sutilezas anteriores había funcionado.

La aludida se volteó a mirarla extrañada por su actitud. Llevaba un rato de pie junto a la ventana, como si esperara que Hikari y Yamato aparecieran frente a la cabaña en cualquier momento.

—¿De qué hablas? —preguntó, y aquello sólo consiguió irritar más a la portadora de la pureza.

—Está claro que algo ocurrió, algo que no quieren contarnos y eso está bien. Pero sabes que Taichi muchas veces, si no casi siempre, es un cabezota y habla sin pensar, seguro que sea lo que sea que haya dicho no lo hizo aposta.

Una débil sonrisa surcó los labios de Sora mientras observaba a su amiga y cruzaba los brazos, reclinándose sobre la pared.

—No estoy enfadada con Tai.

La sorpresa se reflejó claramente en el rostro de Tachikawa. Eso no se lo esperaba.

—¿Y entonces? —preguntó.

—Es algo complicado —contestó Sora.

—¿El qué? —insistió Mimi—. ¿El hecho de que sigan fingiendo que son mejores amigos cuando está claro que los dos sienten algo más por el otro? —preguntó a bocajarro.

Fue el turno de Sora para sorprenderse.

—¿Cómo…?

—¿Cómo lo sé? Ni te molestes es preguntarlo. Sólo digamos que lo sé y ya.

—No iba preguntar eso. No sé de dónde habrás sacado tal cosa, pero Tai y yo somos amigos, él no siente nada más que amistad por mí, hoy me lo confirmó.

—¿Y tú?

—¿Cómo? —preguntó confusa.

—Acabas de decir lo que Tai siente, según tú, pero no me dijiste lo que tú sientes respecto a él.

La pelirroja la observó un par de segundos, meditando lo que diría a continuación.

—Eres buena —suspiró.

—¿Reconoces que sientes algo por él? —preguntó Mimi, suspicaz.

—Tal vez… no lo sé, puede que sólo esté confundida. Hemos sido amigos demasiado tiempo, es fácil confundir las cosas.

—¿Como te ocurrió con Matt?

—¿Qué quieres decir? —preguntó a la defensiva, apretando con más fuerza los brazos contra su pecho.

—Creo que antes de que lo tuyo con Matt no funcionara ya sentías algo por Tai, pero como aquello salió mal, piensas que esto también lo hará.

—¿Esto?, ¿de qué estás hablando?

—De porqué no le dices a Tai lo que sientes, es porque tienes miedo de que si él te corresponde y ambos inician una relación, acabará mal como con Matt, pero ellos dos no son iguales, Sora.

—Estás hablando tonterías, yo no… —inspiró aire, como si le faltara fuerza para continuar—. Simplemente no sabes de lo que hablas, yo sé bien quién es cada uno de ellos y lo que significan para mí, y aunque puede que alguna vez haya sentido algo más por Tai, todo es diferente ahora…él es… sólo es mi amigo —concluyó un poco acalorada.

—Está bien, siento todo lo que dije, sólo quería ayudar.

—Lo sé, perdóname a mí, estoy un poco exaltada por todo lo que está ocurriendo.

—Yamato y Hikari son inteligentes, seguro que él la encontrará y regresarán sanos y salvos —susurró Mimi, tratando de impregnar su voz de auténtico convencimiento, pero a los pocos segundos titubeó— ¿verdad?

—Claro que sí, ellos tienen que estar bien —le contestó Sora con una sonrisa alentadora al tiempo de descruzaba los brazos.

Realmente esperaba que así fuera.


—¿Ken? —llamó Davis desde arriba del camarote, sin mutar de posición, con los brazos cruzados detrás de su cabeza. Al no obtener respuesta, volvió a intentarlo —. ¿Ken, estás dormido?

—Sabes que esa pregunta no tiene sentido, ¿verdad? —contestó el aludido—. Si estuviera dormido no contestaría.

—Esa es exactamente la idea. Tanto si contestas como si no, la respuesta se da por sí sola.

—Puede que hace un segundo haya estado apunto de dormirme y tú me despertaras. Así que si en realidad entendieras la respuesta, no habrías insistido.

Davis entornó los ojos, aunque su amigo no pudiera verlo.

—A veces de verdad eres odioso, Ichijouji.

—Intento serlo, pero aparentemente algunos no entienden el mensaje —replicó Ken, con tono neutro. La verdad no le molestaba que el moreno fuera parlanchín por naturaleza o demasiado impulsivo, pero estaba tan acostumbrado a comportarse de esa manera más bien hosca y ermitaña, que algunas frases se le escapaban. La diferencia estaba en que no lo decía en serio como antes—. Como sea, ¿qué querías?

—¿Qué quería? —repitió Davis, como perdido—. Ah, sí… —añadió al recordar lo que lo había llevado a hablarle en primer lugar y sonrojándose casi imperceptiblemente por lo que iba preguntar—. Yo… quería saber si… si…ya sabes, alguna vez tú…

—¿Alguna vez qué? —preguntó Ken un poco impaciente por terminar con esa conversación y dormirse.

—Si te ha gustado alguna chica, o tal vez te gusta una ahora.

Daisuke esperó impaciente una respuesta, pero transcurrieron varios segundos antes de que el otro volviera a hablar.

—¿Por qué me preguntas eso? —preguntó Ken de vuelta, mientras cerraba los ojos e intentaba luchar contra la pesadez del sueño.

—Bueno… porque es algo normal, ¿no? Quiero decir… los chicos hablan de estas cosas, pero tú nunca me has dicho si hay alguien que te interese.

Otro largo silencio sucedió a sus palabras, haciendo que Daisuke perdiera la paciencia.

—¡Ichijouji, no te duermas! —reclamó, asomándose por el borde de la cama, probablemente dispuesto a evitar que eso sucediera antes de que le diera una respuesta.

—No estoy dormido —replicó Ken, abriendo los ojos—. Sólo estaba pensando porqué pareces tan incómodo con el tema cuando tú mismo estuviste enamorado de Hikari-chan tanto tiempo.

Por un segundo Davis lució aturdido, como si acabaran de regresarle un tiro de béisbol que no esperara que pudieran devolverle, pero enseguida se recompuso. Ken era muy astuto y sabía cómo distraerlo de su propósito cuando no deseaba colaborar en algo, o en este caso, dar una respuesta directa.

—¿Qué?, ¡no cambies de tema! Te hice una pregunta y no me has respondido. ¿Te gusta alguien?

—No veo porqué de pronto estás tan interesado en saberlo, pero ya que lo estás… no, no me gusta nadie. Y por cierto, lo de Hikari-chan iba en serio. Desde que te diste por vencido con ella que habías dejado de insistir en hablar de chicas y esas cosas. Eso me hace pensar que te gusta alguien. ¿Es eso verdad, Dai?

El aludido se sonrojó ante la atrevida insinuación de su amigo y trepó de regreso a su cama, ya que había estado de cabeza, prácticamente colgando del camarote y por poco se cae al oír sus palabras. No entendía porqué, pero su corazón se había disparado ante la idea como si acabara de ser descubierto en algo. Se convenció de que había sido un golpe de adrenalina por estar tan cerca de caerse y de seguro, darse un porrazo tremendo. Sí, eso debía ser.

—Entonces, ¿qué dices, Dai?, ¿te gusta alguien? —insistió Ken, insidioso.

—¿Qué?, ¡no!, no sé de dónde sacas esas tonterías, pero que quiera hablar de chicas contigo no quiere decir que me guste alguien.

A pesar de sus palabras, Davis tenía el terrible presentimiento de que Ken lo conocía demasiado bien. Agitó violentamente la cabeza, desechando la idea.

Si realmente le gustara alguien, él lo sabría, ¿no? Y que él supiera, no le gustaba nadie. ¿Por qué se ponía tan nervioso? ¡Qué tontería!

—De acuerdo, Davis. Sólo era una pregunta, no era para que te pusieras así —lo consoló.

—¿Así cómo?, yo no me puse de ningún modo —replicó el castaño, enfuruñado como un gato al que acaban de engañar para meter al agua.

—Como digas. Espero que puedas dormir bien ahora que aclaramos tu duda, buenas noches.

—Buenas noches —musitó Davis, acomodándose para dormirse también. Y aunque puso todo su esfuerzo en ello, no consiguió conciliar el sueño sino hasta un par de horas más tarde.


Al día siguiente se despertaron temprano con los copos de nieve todavía cayendo incesantemente sobre las montañas, aunque la tormenta había declinado en algún momento de la noche y el cielo parcialmente despejado hacía augurar que en un par de horas cesaría.

Se reunieron en el comedor con rostros somnolientos y ojerosos. Ninguno había podido dormir bien, pero nadie habló sobre ello. La preocupación ya era suficientemente perceptible en el ambiente como para además convertirla en palabras que les impidieran tragar bocado, ya que necesitaban fuerzas para lo que vendría. Los únicos que todavía no bajaban eran Tai y Sora, sin embargo, los demás no se preocuparon particularmente de ello, porque sabían que probablemente el castaño no habría dormido nada durante la noche y era posible que Sora, entre la presión de saber que sus amigos estaban perdidos y su aparente discusión con Tai, tampoco.

Comieron en silencio, rumiando sus desayunos improvisados cuando de repente Miyako golpeó a Daisuke en el brazo sin querer, haciéndolo voltear el té sobre la mesa, y desatando el caos.

—¡¿Pero qué hiciste?! —saltó el castaño, más que eufórico—. ¡Lo hiciste a propósito! —reclamó a continuación, apuntándola con el dedo.

—¿Qué?, ¡claro que no!, sólo estaba distraída, lo lamento.

—Estás mintiendo, seguro lo hiciste porque no te dejé sentarte con Ken.

—Chicos, deberían calmarse —intervino Joe, previendo que la discusión alcanzaría límites insospechados.

—No voy a calmarme. Lo siento si estás celosa, pero Ken también es mi amigo y tengo tanto derecho como tú a estar con él.

—¿Celosa? —replicó Miyako, perdiendo también la calma—. ¿De qué debería estar celosa?

—Sabes muy bien de qué —contestó Davis, desafiante—. De hecho todos sabemos muy bien de qué, porque eres patéticamente evidente con tus sentimientos, ¿acaso crees que él no se ha dado cuenta?

Miyako se levantó bruscamente de la silla, roja por la rabia y estuvo apunto de responderle algo cuando Ken golpeó la mesa con ambas manos, levantándose también de su asiento ante el asombro de todos.

—¿Quieren callarse de una vez? —preguntó probablemente más enfadado de lo que ninguno de sus amigos lo había visto nunca, aunque incluso así estaba siendo mucho más racional y contenido que los interpelados—. Seguro que con todo este escándalo habrán despertado a Taichi-san y a Sora-san. ¿Acaso no se dan cuenta de lo delicado de la situación y de lo preocupados que estamos todos? No es momentos para sus estúpidas discusiones.

Una vez que terminó de hablar el silencio invadió la habitación de golpe. Daisuke y Miyako lo miraban con idénticas miradas de arrepentimiento y vergüenza, como si acabaran de ser reprendidos por sus padres y los demás alternaban la mirada entre los tres, sorprendidos por el comportamiento de Ken.

Miyako se mordió los labios y sólo Mimi fue capaz de ver que con ese gesto estaba evitando llorar, la chica nunca se quedaba callada, siempre tenía la última palabra, pero estaba claro que tratándose de Ichijouji todo era distinto. Antes de que nadie dijese nada, salió corriendo de la cocina y fue a encerrarse en su cuarto. Mimi la siguió dirigiéndole una mirada de reproche a Ken, estaba claro que esos dos habían agotado su paciencia y tenía motivos para actuar así, pero a su parecer se había pasado, ¿acaso no era capaz de ver los sentimientos que Miyako tenía por él?

Daisuke, por su parte, tuvo una extraña revelación. Hacer enfadar a su amigo era peor que molestar a cualquier otro, y no sólo porque lucía más atemorizante que cualquier persona que conociera en el mundo cuando se enfadaba, sino porque le dolía que estuviera molesto con él, mucho más que ganarse el enojo de cualquier otro de sus amigos.

—Voy a dar un paseo, no tardo —dijo Ken al cabo de varios minutos de silencio, y se fue antes de que nadie dijera nada.

—Alguien debería acompañarlo, no es seguro que vaya solo considerando lo que ha pasado —comentó Koushiro.

—Yo iré —se ofreció Cody de inmediato.

—Bien, los demás deberíamos prepararnos para salir, porque pronto amanecerá y no podemos seguir esperando —intervino Joe y los pocos presentes en la sala estuvieron de acuerdo, así que subieron a sus habitaciones.


—¿Cody? —preguntó Ken, mientras ambos se abrían paso en la inhóspita montaña.

El menor le dirigió una breve mirada, dándole a entender que estaba prestando atención, pero el chico de cabello azul negó con la cabeza, cambiando de opinión. En realidad no tenía sentido preguntarle sobre aquello a alguien a quien le llevaba cuatro años, ¿qué podría saber? En todo caso, tampoco es que estuviera tan desesperado. De hecho, si lo analizaba bien, había estado dándole vueltas al tema desde su conversación con Davis la noche anterior, por lo que si el moreno no hubiera hablado en lo absoluto, ni siquiera estaría pensando en ello.

—No, olvídalo. No es nada.

Pero Hida, lejos de dejarlo pasar, lo interpeló.

—¿Acaso se trata de Miyako y Daisuke? —preguntó con voz neutra, sin siquiera mirarlo.

Ken se detuvo dos segundos, sorprendido, y reanudó la marcha antes de que su acompañante pudiera notarlo.

—¿Cómo lo sabes? —contra interrogó.

—Bueno… en realidad sólo era una suposición. Imagino que a nadie le gusta ser el fruto de la discordia.

—¿El fruto de la discordia?, ¿qué quieres decir con eso? —volvió a preguntar Ken, confuso e intrigado.

—Nada —contestó Cody, alzando ligeramente los hombros —. Sólo fue una manera de plantearlo.

Ken prefirió callarse, inseguro sobre la mejor forma de abarcar la cuestión. Espió al chico menor por el rabillo del ojo un buen rato antes de decidirse a hablar.

—Yo me preguntaba si crees que Miyako y Daisuke se gusten.

Cody ni siquiera cambió su expresión los segundos previos a su contestación, por lo que el mayor falló estrepitosamente en su intento de descubrir si había algo que supiera y no quisiera decirle.

—Es una posibilidad —respondió escuetamente un buen tiempo después.

No era la respuesta que Ken esperaba oír, pero otra vez, puede que Cody no fuera la mejor opción para consultar sobre el tema. A su edad, tal vez que ni siquiera le interesaran esas banalidades, como a él mismo tampoco le llamaban la atención. ¿Por qué estaba cuestionándose la relación entre esos dos, entonces?

No. Definitivamente había algo que Cody sabía o por lo menos intuía. ¿Cómo iba si no, a saber que él tenía una inquietud al respecto? Había algo en su pasividad de siempre que no cuadraba con la situación. Sabía que el chico no era muy expresivo, y no es que se lo reprochara, pero algo le decía que esa actitud tan tranquila sobre el tema no era normal. Parecía deliberada.

—¿Por qué siento que sabes más de lo que me dices? —preguntó sin reparos.

—¿Cómo voy a saberlo? —contestó el menor, sin el menor atisbo de sorpresa en su rostro por aquella pregunta —. Quizás esperabas oír otra cosa de mí, pero lo cierto es que no sé más que tú sobre el tema. Esos dos siempre se han llevado mal. Puede que en el fondo se gusten y no soporten la idea, por lo que se pelean para evitarlo, pero también puede que no. ¿Por qué te preocupa, Ken?

—¿Qué? —preguntó pestañeando, como si un flash lo hubiera cegado momentáneamente —. ¿Preocuparme? No me preocupa. Sólo es un poco molesto oírlos discutir todo el día. De un tiempo hasta ahora pareciera que buscaran excusas para pelearse. Creí que podías saber si había un motivo.

—Si es por eso, creo que no estoy del todo de acuerdo con lo que dices. Es cierto que las peleas han aumentado en el último tiempo, pero tal vez te convendría observarlos cuando están solos.

—Lo estás haciendo de nuevo.

—¿El qué?

—Decir menos de lo que sabes. ¿Por qué no me lo dices?

—En serio, Ken. No estoy ocultándote nada. No te mentiré, tengo algunas ideas sobre porqué se comportan así, pero no dejan de ser especulaciones, por lo que no merece la pena decírtelo, ya que incluso si resultaran ciertas, no me corresponde a mí hacerlo, ¿entiendes?

Ken se quedó pensativo, intentando descubrir lo que ocultaban las palabras de Cody, sin éxito. De algún modo sentía que el mensaje era claro, estaba ahí, esperando ser descubierto, pero por alguna razón que se le escapaba, estaba lejos de su alcance, como si le faltara una pieza para completar el rompecabezas y que todo cobrara sentido. Decidió dejarlo para después, prometiéndose que lo averiguaría una vez que hallaran a Kari y pudiera pensar con más calma. Nunca se había enfrentado a una interrogante de esa naturaleza, pero aquello no era relevante para una mente curiosa como la suya.

—Entiendo —respondió, dando por terminada la conversación y apartando esos pensamientos a un lado en su cabeza.


Tachi despertó sobresaltado, aunque no supo si por los gritos provenientes del primer piso de una aparente discusión o por la pesadilla que hasta hace un minuto lo atormentaba.

Respiró agitadamente mientras observaba a su alrededor, desorientado, tratando de recordar lo que hacía allí. Los recuerdos regresaron de golpe, dejándole un amargo sabor en la boca. No era una pesadilla, Hikari estaba perdida. Y él se había quedado dormido, ¿cómo había podido hacer algo así?

Creyó oír la voz de Ken elevándose por sobre la de los demás, pero tal vez fuera efecto del eco o algo así. Parecía improbable que el chico hubiese perdido los estribos en una discusión. Antes de conocerlo solía creer que Yamato era impasible, pero una vez que el chico Ichijouji se unió al grupo tuvo que reconocer su error. No conocía a nadie más imperturbable que él.

De pronto todo se quedó en silencio. Por más que agudizó su oído tratando de oír algo, todo lo que pudo oír fue un abismal silencio, ¿qué diantres habría ocurrido? Se levantó de la silla en la que había dormitado junto a la ventana para bajar a descubrirlo.

Apenas entró a la cocina distinguió una cabellera pelirroja y antes de que pudiera pensar en qué decir o hacer, su dueña se volvió hacia él y ambos se quedaron mirando por espacio de varios segundos.

—Hola —cedió ella primero.

—Hola —contestó él, con la voz saliéndole directamente del estómago, un poco ahogada producto de la somnolencia y tal vez algo más.

—Me pareció oír gritos o algo.

—A mí también —concordó rascándose distraídamente la nuca—. Pero no veo a nadie aquí.

—Probablemente estén durmiendo, todavía es temprano —sugirió.

Taichi asintió con la cabeza. Sora sintió que se le partía el corazón al verlo así, despeinado y ojeroso, con la mirada taciturna y una mueca en el rostro. Quería decirle que todo estaría bien, pero tenía la garganta seca y las manos le temblaban. Sería más difícil de lo que creía olvidar el episodio del día anterior.

—Puse la tetera hace un minuto, ¿quieres que te sirva algo de té? —preguntó luego de un largo silencio.

El castaño se enderezó y movió los brazos un poco sin saber muy bien qué hacer con ellos, como si de repente le estorbaran. Su incomodad era tan evidente para ella, que la hacía querer gritar de pura frustración.

—No, yo… estoy bien. Creo que me daré una ducha e iré a averiguar si saben algo de los chicos.

Sora asintió con la cabeza.

—Está bien. Le diré a… —pero antes de que concluyera la frase el chico ya se había dado la vuelta para irse rumbo a su cuarto—. Yo reúno a los demás —susurró.

El pito de la tetera comenzó a sonar, sin embargo, ella tardó por lo menos dos minutos en reaccionar y apagarla, sumiendo la cabaña nuevamente en el silencio.


Treinta minutos más tarde todos se habían reunido en el salón. El último en bajar fue Tai, y como si los demás estuvieran esperándole, se levantaron al verlo bajar por las escaleras.

—Tai, estábamos… —comenzó Joe, pero dejó la frase inconclusa al no saber cómo continuar.

—Ya amaneció, así que pensamos que deberíamos preguntar al equipo de rescate si saben algo y si no comenzar la búsqueda por nuestra cuenta —intercedió Koushiro.

Tai miró a cada uno de sus amigos antes de asentir con la cabeza.

Salieron de la cabaña en fila india y atravesaron la montaña en dirección a la oficina central, donde hablaron con Ryu, quien les informó que hasta el momento no tenían noticias, pero que estaban poniendo todo su esfuerzo y recursos en encontrarlos. Les aseguró que un equipo de veinte personas altamente entrenadas estaba surcando el lugar y que no se detendrían hasta hallar a sus amigos, pero todo lo que dijo se convirtió en un montón de palabras vacías para Tai. No podían seguir esperando y en eso todos estaban de acuerdo.

—Bien, ¿cuál es el plan? —preguntó Takeru cuando estuvieron de regreso a la cabaña.

Instintivamente los ojos se dirigieron al castaño, que los observó a su vez un poco sorprendido, como si no esperara que pusieran la organización en sus manos.

—Yo… no tengo un plan —confesó cabizbajo, se había sentado en el sofá y tenía las palmas apoyadas una contra la otra sobre el regazo—. Sólo sé que debemos encontrarlos.

Joe tragó saliva y dio un paso al frente.

—Es evidente que Taichi no se encuentra bien para dirigir la búsqueda, así que tendremos que hacerlo nosotros. Subiremos a buscar todo lo necesario y nos reuniremos aquí en cinco minutos, luego bajaremos a la pista y nos separaremos en parejas, ¿de acuerdo?

Todos asintieron a la vez y se dispersaron rápidamente, dejando solos a Joe y Tai en la habitación.

El mayor se debatió internamente, preguntándose si debía decir algo. Estaba tan preocupado como todos sobre lo ocurrido, pero también era consciente de que Taichi era probablemente el más afectado, pues eran su hermanita y su mejor amigo los que estaban afuera.

¿Sería prudente decirle que todo estaría bien?, ¿valdría de algo?

No alcanzó a responder a esas interrogantes, porque justo en ese momento Taichi alzó la cabeza en su dirección y lo miró profundamente durante algunos segundos.

Por un minuto pensó que le estaba reprochando su silencio, quizás esperaba que dijera algo, pero justo en aquel instante no podía pensar en nada, nunca pensaba bien bajo presión.

—Yo… —susurró avergonzado.

Pero no hubo necesidad de decir nada, porque Tai le sonrió. Fue una sonrisa desganada, muy diferente a las que solía enseñar al mundo, esas que transmitían seguridad y confianza y que prometían que todo estaría bien, sin embargo, aquello bastó para que Joe se relajara y comprendiera que no lo culpaba por no saber qué decir. Trató de sonreírle de vuelta y acababa de decidir que tal vez si valía la pena infundirle ánimos después de todo, cuando él se anticipó.

—Gracias, Joe —le dijo.

Y el mayor realmente pudo sentir la gratitud por tomar el mando cuando él no pudo hacerlo.

—Cuando quieras —fue lo único que se le ocurrió decir.


Bajaron por la montaña caminando juntos a paso firme y constante. El plan era llegar hasta el primer precipicio y desde allí continuar en parejas, pero antes de que alcanzaran el primer objetivo, un par de manchas de color a lo lejos llamaron su atención.

Mimi fue la primera en notarlas y se las señaló a Sora.

—Superior Joe, hay algo allá —le transmitió la pelirroja al mayor.

Todos enfocaron la vista en el punto señalado por ella y se detuvieron. Eran pequeñas manchitas que parecían rebotar a lo lejos, pero los últimos rastros de la tormenta les impedían ver bien.

—¿Qué son? —preguntó Davis.

—No lo sé —contestó Joe—, parecen como…

—¿Pelotas? —sugirió Mimi.

Tai frunció el ceño. ¿Un grupo de pelotas rebotando en medio de la nada? Eso no tenía ningún sentido. Limpió sus googles con la manga de la chaqueta y se las puso para tratar de ver mejor.

Una de las manchas se hizo más nítida. Era de un rosado claro y casi perfectamente redonda. De la parte superior sobresalían dos orejas. Y entonces lo supo. Lo supo exactamente un segundo antes de que esa pelota-mancha lanzara un grito que lo estremeció por completo.

—¡Tai! —exclamó.

Parecía imposible, pero no se detuvo a pensarlo. Sus piernas lo lanzaron hacia adelante en una pequeña carrera con la que le dio alcance a esa serie de criaturas que habían ido a buscarlos.

—¡Koromon! —exclamó con una felicidad que creyó imposible hasta que tuviera a Hikari entre sus brazos nuevamente, pero en el instante que el pequeño digimon se internó en sus brazos, refregando su mejilla contra su pecho, se dio cuenta de que aquello le bastaba por el momento.

Todos se reunieron con sus amigos digitales, hasta que la cruda realidad volvió a golpearlos en el rostro al ver a Tsunomon y Salamon parados frente a ellos, mirándolos con extrañeza.

—¿Dónde está Kari? —fue Salamon quien tomó la palabra.

—¿Y Matt? —la secundó su amigo.

Taichi tragó saliva, pero fue incapaz de hablar. Joe se adelantó.

—Ellos… ellos están perdidos en la montaña. Hikari se perdió ayer y Yamato fue a buscarla, pero ninguno de los dos ha regresado.

Ambos digimon denotaron consternación en sus gestos, pero Salamon pareció más tranquila, casi como si lo esperara y Joe sólo le hubiera confirmado algo que ya sabía.

—¿Y ustedes qué hacen aquí?, ¿cómo sabían dónde estábamos? —preguntó Koushiro.

—Ayer el emblema de Hikari se activó y Salamon supo que estaba en peligro, así que decidió venir a buscarla y nosotros acompañarla, pero no conseguimos abrir la puerta hasta hoy día —explicó Motimon.

—Ya veo —susurró Koushiro, acariciándose el mentón.

—Pero tenemos un problema —intervino Koromon, mirando a Tai con culpabilidad.

—¿Cuál problema? —preguntó el castaño, ceñudo.

—Bueno, no te vayas a enfadar, pero…en nuestro apuro por venir a ayudarlos, cuando abrimos la puerta…

—¿Qué?, dilo de una vez —le exigió Tai.

Koromon tragó saliva sonoramente antes de continuar.

—Una manada de Frigimon se escapó al mundo real. Ahora deben estar por todas partes —reveló.


Notas finales:

*Aclaración sobre el título: El capítulo anterior se tituló "reacciones equivocadas...", por lo que éste viene a completar la frase, quedando así: "reacciones equivocadas, causan consecuencias inesperadas"

Pido una disculpa enorme por la demora a quienes siguen esta historia, especialmente a Takari95, soy la peor cumplidora de retos que te pudo tocar, lo siento. De verdad quisiera no hacerte esperar tanto, pero la universidad no me lo permite.

Sobre el capítulo, no hubo mucho Taiora, sin embargo, pude experimentar un poco con personajes que no suelo utilizar mucho, como son Daisuke y Ken, así que espero que no haya quedado del todo mal.

Gracias por leer :)