Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.
Recordatorio: Esta historia contiene o contendrá Taiora, Yamakari/Takari y Daiken.
Resumen: En el capítulo anterior Taichi y los demás salen en búsqueda de Yamato y Hikari, quienes por una serie de desafortunadas circunstancias acabaron perdidos en la montaña, pero en el camino se encuentran con Koromon y sus demás compañeros que les anuncian que una manada de Frigimon viajó con ellos al mundo real cuando, al presentir que algo malo ocurría, decidieron ir en su ayuda.
Las últimas vacaciones
Capítulo 4: Encontrando el camino
Cuando despertó le tomó un buen tiempo orientarse y ver algo más que manchas a su alrededor. Tenía el cuerpo entumido y sentía como si hubiera emergido de un profundo sueño, mas era incapaz de recordar si acaso había soñado algo.
Al principio creyó que todo estaba a oscuras, pero descubrió una débil luz a su izquierda. Provenía de una fogata frente a la que se encontraba Yamato. Fue entonces cuando los recuerdos empezaron a asentarse poco a poco dentro de su cabeza. Estaban perdidos en medio de la montaña, resguardados en lo que parecía ser una cueva. El chico debía haberla llevado hasta allí porque no recordaba haber llegado por sus propios medios.
Se incorporó con cierta dificultad, notando en el proceso una gruesa chaqueta que traía puesta y que no era suya. Estuvo a punto de llamarlo por su nombre cuando él se volteó, de forma casi instintiva, sobresaltándola y haciéndola sonrojar al darse cuenta de que estaba a torso desnudo.
Lo siguiente que notó fue un par de prendas desperdigadas a sus pies y la camisa que sostenía entre sus manos. Por lo visto intentaba secar su ropa con el fuego.
—Estás despierta —le dijo con un tono que Hikari creyó identificar como alivio; era algo muy ligero, apenas perceptible, pero allí estaba, colándose en su tono de voz.
—Acabo de despertar. No fue mi intención espiarte, lo lamento.
Yamato se limitó a asentir en silencio antes de levantar la camisa por encima de sus hombros para colocársela. Acto seguido sus dedos bajaron hasta el último de los botones, y tan ágiles como sobre cuerdas de guitarra, fueron cerrándolos uno a uno, hasta que desapareció detrás de la tela la última porción de piel de su pecho.
—Pensé que sería buena idea secar la ropa —replicó él, apartando la mirada.
Aunque no lo decía, se veía que estaba incómodo y Hikari se reprendió por quedarse viéndolo durante todo el proceso. ¿Qué ocurría con ella?
—Es cierto, debería hacer lo mismo —dijo al tiempo que se impulsaba a sí misma para levantarse.
Un tirón en el tobillo la hizo trastabillar y su otra pierna estaba demasiado débil para sostenerla, por lo que se hubiera dado de bruces contra el suelo de no ser por los brazos de Yamato que le atraparon a tiempo. Era la segunda vez que pasaba lo mismo.
—Te lastimaste —le recordó él a modo de regaño—. ¿Estás bien?
—S-sí —tartamudeó al tiempo que apoyaba las manos sobre el pecho de Yamato en un intento de poner distancia entre los dos.
El chico, sin embargo, siguió sosteniéndola de la cintura y la ayudó a sentarse.
—¿Segura? Cuando te encontré estabas al borde de la hipotermia.
—Estoy bien —repitió ella, ligeramente acalorada; al menos aquel incidente había servido para que le vergüenza le regresara un poco de calor al cuerpo.
—De todos modos sería bueno que te quitaras esa ropa —se mordió la lengua al pensar en lo sugerente que podría llegar a sonar esa frase en otra circunstancia—. Solo… quítatela y ponte mi chaleco, yo me daré la vuelta —y al decirlo se volteó, queriendo dar validez a sus palabras.
Hikari comprendió que no era una pregunta. No tenía alternativa. Tomó el chaleco que el chico le acababa de arrojar sin mucha delicadeza, probablemente sobrepasado por la incomodidad de la situación, y procedió a desprenderse lentamente de cada prenda. Para cuando se quedó solo en ropa interior ya estaba tiritando —parecía que sus sentidos recién comenzaba a funcionar bien—, y enfundarse en el chaleco supuso un alivio.
—Estoy lista.
Yamato recibió la ropa y la dispuso alrededor de la fogata para que se secara más rápido.
—Ahora tengo que revisar tu tobillo —dijo sin miramientos.
La chica asintió y lo vio acercarse, titubeante, hasta hincarse a su lado para levantar su tobillo derecho y ponerlo sobre su regazo.
A simple vista no lucía tan mal, solo un poco hinchado, aunque él no era ningún experto. Deseó, por un momento, que Jou hubiera sido el que estuviera en su lugar, o Taichi, o Takeru. Seguro que cualquiera era mejor opción.
Siguió examinándolo por un par de segundos, presionando en ciertas zonas y preguntándole si dolía, antes de concluir que no parecía tan grave.
—Se supone que debería aplicarse hielo. Iré por un poco de nieve, tal vez pueda reemplazarlo.
Hikari volvió a asentir y lo vio desaparecer por la entrada de la cueva. Aprovechó esos instantes a solas para tranquilizarse. Yamato siempre le había parecido demasiado serio y sarcástico, la hacía sentir incómoda aunque al mismo tiempo le producía una extraña curiosidad. Deseaba saber más de él, pero nunca encontraba un modo de acercarse o algún punto en común que sirviera para acercarlos.
Por un momento pensó que lo que hacía estaba mal, ella no debía sentirse así por el hermano de su novio ni querer acercarse más a él por más inocente que fuese su intención, pero desconocía la naturaleza de su propio interés. Quería creer que no se trataba de ninguna pretensión romántica porque ella realmente quería a Takeru, estaba absolutamente segura de ello.
En ese instante el chico regresó con una buena cantidad de nieve amasada entre sus manos. Tal vez fue idea de ella, pero le pareció que se había tomado más tiempo del necesario. Estaba claro que aquello era bastante embarazoso para los dos.
Dejó que presionara la nieve contra su tobillo y se mantuvieron así por un tiempo hasta que ya ninguno pudo seguir soportándolo.
Entonces Hikari se sorprendió al verlo desgarrar la parte baja de su camisa para poder vendarla y lo observó trabajar en completo silencio.
—Creo que con eso debería bastar. ¿Qué tal se siente?
—Bien —musitó, retirando el pie con cuidado—. Se siente bien. Gracias, Yamato-san.
El chico hizo un ruido ininteligible que ella supuso que era su forma de decir «está bien», y se sentó a su lado.
—Por ahora lo mejor será esperar. Está anocheciendo y hay una tormenta, así que no es seguro salir.
—Es lo más razonable —estuvo de acuerdo ella.
De modo que solo eran ellos dos, a solas en una cueva perdida en las montañas. Probablemente los demás no podrían buscarlos hasta que amaneciera. ¿Qué harían con tanto tiempo en blanco además de dormir?
—Yamato-san, ¿puedo preguntarte algo?
Otro ruido ininteligible de su parte que ella quiso interpretar como un sí, lo fuera o no.
—¿Cómo me encontraste? ¿Qué hacías en la montaña? ¿Los demás están bien?
—Esas son tres preguntas —replicó él, ásperamente, y se quedó callado.
Hikari temió que no le respondería nada. Por lo mismo su respuesta la pilló desprevenida.
—Cuando Takeru volvió y nos dimos cuenta de que estabas perdida, Taichi enloqueció. Discutió con Sora en la cabaña y salió a buscarte.
—¿Entonces mi hermano puede estar perdido como nosotros? —preguntó sintiendo la preocupación cerrándole la garganta.
—Sí, es probable.
—Eres un buen amigo.
—No lo soy.
—Lo eres. Te adentraste en la montaña sabiendo el peligro que corrías solo por mi hermano, ¿no es así? Porque te preocupas por él.
—Lo hice porque ese hermano tuyo es un imprudente. Temí que si lo dejaba solo se metería en problemas, pero ya ves, no pude encontrarlo.
—Pero me encontraste a mí y algunas veces la intención cuenta más que el resultado.
—¿Como por ejemplo? —preguntó con un tono despectivo y ligeramente burlón en los bordes, escéptico.
—Cuenta para decir que eres un buen amigo.
No hubo respuesta esta vez, ni una réplica incrédula ni otra justificación, solo el silencio haciéndoles compañía.
—¿Puedo yo hacerte una pregunta a ti?
Hikari, que estaba demasiado concentrada en sus pensamientos, dio un respingo y se sorprendió todavía más cuando al volverse hacia él descubrió que la estaba mirando. La miraba como si quisiera leerla, ver más allá de sus ojos. ¿Sería posible que ella le resultara tan extraña e incomprensible como él a ella?
—¿Hay alguna razón por la cual pareces tan incómoda cuando estoy cerca?
Ella entreabrió la boca, sorprendida de que lo hubiera notado y sintiéndose increíblemente estúpida por haber sido tan evidente como para que lo hiciera.
—Quiero decir… últimamente te ves inquieta cuando…
—Es tu mirada —replicó son sinceridad—. Tu mirada me intimida.
—¿Qué quieres decir?
—Que cuando intento verte a los ojos, siento como si tuvieras una especie de protección que repele a los demás. Suena un poco absurdo, lo sé, pero…
—No lo es. No del todo al menos. No me gusta el contacto visual, así que procuro evitarlo todo lo que puedo y cuando alguien me mira… —se detuvo un par de segundos, como si estuviera pensando detenidamente en sus palabras; Hikari no pudo saber si porque intentaba hallar una forma de explicárselo o porque estaba omitiendo información—. Supongo que simplemente se lo dejo saber a través a mis ojos. No lo hago conscientemente, pero por eso creo que lo que dices tiene sentido.
«¿Por qué?», esa es la pregunta que Hikari deseaba hacer, pero que sabía que no podía formular. Decidió arriesgarse con una variante más sutil.
—¿Por qué no te gusta el contacto visual?
Lo preguntaba no por simple y sana curiosidad, sino porque el chico le parecía demasiado seguro de sí mismo como para que lo hiciera por timidez.
Él se volteó a mirarla y continuó haciéndolo durante un par de segundos que a la chica se le antojaron eternos. Estuvo a punto de retractarse de su pregunta, creyendo que no respondería, cuando él la sorprendió haciendo justamente lo contrario, otra vez.
—Porque siento que si dejara que la gente me viera a los ojos, sabrían lo que estoy pensando.
—Y no te gusta —dedujo ella.
—Prefiero guardar mis pensamientos para mí.
Hikari sonrió, sintiendo que por primera vez lograba comprenderlo al menos un poco.
—Pero te estoy viendo ahora, y te aseguro que no puedo saber lo que estás pensando.
Algunas veces se entretenía viendo a la gente e imaginando lo que estaría pasando por sus cabezas, cuáles serían sus preocupaciones o simplemente sus planes para ese día, y tal vez allí radicaba el quid de la cuestión, con Yamato siempre se quedaba en blanco, incapaz de aventurar nada. Tal vez por eso sentía esa curiosidad por él que la confundía.
El chico enarcó una ceja en un gesto que sintió que denotaba escepticismo, como si no le creyera del todo.
—Solo pensaba que no eres una chica común —comentó en un ataque de sinceridad incomprensible hasta para él mismo.
—¿Crees que soy rara?
—No es la palabra que estaba buscando.
—¿Entonces…?
—Diferente —apostilló con una mueca de contrariedad antes de apartar la mirada.
Hikari comprendió que la conversación se había acabado, al menos por el momento, y decidió respetarlo.
El único problema fue que el silencio en el que se sumieron hizo que su mente, como contrarrestándolo, se llenara de inquietantes pensamientos.
Cerró los ojos intentando deshacerse de ellos, causando en su lugar que un extraño sopor la invadiera. Estaba cansada y hambrienta, y el cuerpo simplemente le pesaba demasiado. No importó que su colchón fuese una dura y fría pared, antes de darse cuenta ya se había quedado dormida.
-.-
—¡Hikari, Yamato!
Sora avanzaba pesadamente sobre la nieve intentando darle alcance a Taichi, cosa que desde hace un par de minutos le resultaba imposible dado que el chico era más alto y no mostraba ningún interés por esperarla.
Lo peor era que estaba bastante segura de que se debía más a lo ocurrido entre ellos que a su ansiedad, que por cierto ella compartía, por encontrar a sus amigos.
Necesitaban hablar de ello, lo sabía. El problema era que todo el valor del que se podía jactar en otros temas, se esfumaba cuando se trataba de ese cabezota mejor amigo suyo por el sentía más que amistad. ¿Para qué seguir negándolo? Tal vez era tiempo de aceptarlo y ya.
—Sora, estoy cansanda… —se quejó Piyomon a su lado.
La chica se detuvo para recuperar el aliento y observó a Agumon, que aunque más cerca que ellas de Taichi, apenas le pisaba los talones.
—¡Taichi, espera un momento!
El chico se volteó, desconcertado, como si hubiera olvidado que iba con alguien más.
—No podemos seguirte el ritmo —replicó—. ¿Podrías intentar ir más lento? Sé que estás preocupado, yo también lo estoy, pero no conseguiremos nada si nos separamos.
En ese momento varias cosas ocurrieron al mismo tiempo, haciéndole imposible procesarlas todas hasta que ya fue demasiado tarde.
Primero vio a Taichi abrir la boca para responderle, pero antes de que alguna palabra saliera de ella, su ceño se frunció. Ella quiso preguntar qué ocurría, mas tampoco fue capaz de hablar porque el suelo empezó a moverse bajo sus pies, distrayéndola de lo que ocurría a su alrededor para intentar descubrir el origen del movimiento. Y entonces, justo cuando lo descubrió, los gritos de Piyomon y Taichi llamándola colisionaron en sus oídos. Era demasiado tarde. El Frigimon sobre el que se había parado accidentalmente y que hasta ese momento se hallaba enterrado en la nieve, se levantó en toda su altura, alzándola también a ella, que no logró aferrarse a nada antes de perder el equilibrio.
Terminó cayendo sobre su costado, lo que causó que su hombro se llevara todo el impacto y ahogara un pequeño grito de dolor. Antes de que pudiera enlazar los hechos en su cabeza y ser plenamente consciente de lo que acababa de suceder, Taichi ya estaba a su lado.
—¡Sora! ¿estás bien?
Entreabrió los ojos y distinguió la cabeza de su mejor amigo a escasos centímetros. La miraba con auténtica preocupación.
—Eso creo —contestó en un susurro.
Por el rabillo del ojo vio a Piyomon hablando con Frigimon, probablemente explicándole los hechos como llevaban haciendo toda la mañana. Habían logrado regresar a seis al Mundo Digital desde que se encontraron con Koromon y los demás, y Jou decidió armar las parejas de búsqueda. No podía culparlo. Emparejarla con Taichi era lo más lógico. Ella misma se habría juntado voluntariamente con él como siempre de no ser por lo tensa que estaba su relación. Casi ni habían cruzado palabra desde que comenzaron aquella travesía.
—¿Puedes levantarte? —preguntó, dándole una mano y apoyando la otra en su espalda para ayudarla a incorporarse.
Sora trató de ignorar su contacto y dejó que la impulsara hacia arriba. El problema surgió cuando se encontraron frente a frente y la incomodidad se expandió entre ellos, como si fuera un perfume enroscándose a su alrededor, llenándolos de su fragancia.
Taichi observó la nariz de su amiga enrojecida por el frío y sintió la tentación de besarla justo ahí y hacerla entrar en calor, pero su corazón se saltó un latido cuando sus ojos dieron con sus labios entreabiertos. No le quedó más remedio que subir la cabeza para enfrentar su mirada, exactamente lo que había estado evitando.
—¿Te duele algo?
«El hombro», pensó ella. En cambio negó con la cabeza.
—Sora, yo…
Lo que sea que quiso decirle se vio interrumpido por los gritos de Agumon y Biyomon, que los llamaban.
Taichi bufó con hastío como cada vez que alguien lo interrumpía en mitad de algo importante. Sora estuvo tentada de reír ante su ceño fruncido, porque hacer eso era mejor que prestar atención al pensamiento que iba implícito: que él la consideraba importante, o al menos a lo que iba decirle.
—¿Segura que estás bien?
La risa finalmente emergió de la garganta de Sora. Una risa pequeña, cautelosa.
—Ya te dije que sí —respondió rodando los ojos, tuvo la impresión de que en cualquier momento Taichi sacaba un maletín de primeros auxilios al estilo de Jou o la tomaba en brazos.
Se apartaron con reticencia y alcanzaron a los tres digimons que los aguardaban. Piyomon ya le había explicado todo a Frigimon, así que no quedaba mucho por hacer.
Ambos alzaron sus digivice al mismo tiempo y abrieron la puerta al Digimundo. No podían mantenerla abierta demasiado tiempo, apenas el suficiente para que Frigimon la atravesara.
Ya era uno menos, pero seguían sin tener ni el más mínimo indicio de dónde podrían estar Yamato y Hikari. La única esperanza que conservaban era que estuvieran juntos y a salvo.
-.-
—¡Apresúrate, enano! Vamos retrasados —replicó un sulfurado Daisuke, avanzando a grandes zancadas por el intempestivo terreno.
Iori lo seguía de cerca, teniendo que esforzarse el doble para equiparar su ritmo. Había sido así desde que se separaron del resto, acordando previamente reunirse antes de que empezara a anochecer, porque era demasiado arriesgado seguir buscando sin luz. El menor del grupo pensó que nadie había dicho lo evidente, pero que estaba seguro que todos esperaban en sus fueros internos: que para entonces ya hubieran encontrado a sus amigos.
Hasta ahora al menos ellos no habían tenido suerte, esperaba que los demás sí.
—Si vamos rápido nos cansaremos más rápido y no podremos seguir adelante —argumentó lo que venía diciéndole desde hace rato, sus digimons iban muy por detrás, incluso si se daba vuelta apenas alcanzaba a distinguirlos; separarse sería riesgoso.
Daisuke bufó.
—Ni siquiera es por Yamato-senpai o Hikari-san. Simplemente estás enfadado porque Ken y Miyako están juntos, y tú no estás con ellos.
Iori tuvo que frenar de golpe cuando el moreno se detuvo sin previo aviso.
—No tienes idea de lo que estás hablando.
La mirada que Daisuke le dedicó cuando se volteó para soltarle esas palabras habría intimidado a casi cualquier persona y hasta al mismísimo Iori si no lo conociera tanto. Sabía que el mayor era más boca que acción, que se enfadaba rápido y se desenojaba más rápido aún, o más bien se olvidaba del enfado que en la mayoría de los casos no era más que una rabieta absurda, pero por sobre todo sabía que no estaba enojado con él, ni tampoco con Miyako por quitarle valioso tiempo con su mejor amigo, sino consigo mismo por no entender lo que le pasaba.
¿Sería necesario que Iori le arrojara un poco de luz para que viera lo obvio?
—¿No la tengo? —preguntó serio, sin moverse de su lugar.
—No.
—Pues yo creo que sí.
El gesto del mayor varió solo un poco. Iori pensó que había visto cómo sus cejas se alzaron un segundo, tal vez sorprendido de la seguridad con que le hablaba.
—Entonces ilumíname.
Iori suspiró. Tampoco quería entrometerse, pero la dinámica de ese trío estaba afectando a todo el grupo, y tener a Daisuke peleándose con Miyako a toda hora no ayudaría a enfrentar los problemas que tenían.
—Estás enfadado porque últimamente Ken y Miyako pasan mucho tiempo juntos, ¿correcto?
Daisuke quiso replicar, pero descubrió en ese instante que una mirada de advertencia de Iori podía ser más intimidante que la propia. A regañadientes, asintió con la cabeza.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que tal vez…? —dudó, no le correspondía a él decirlo.
—¿Que tal vez qué? Termina de hablar.
—¿No has pensado que tal vez la razón de que estés tan enojado es que uno de ellos te guste?
Los segundos comenzaron a transcurrir como gotas de agua cayendo frente a sus ojos uno tras otro, acompañados de un absoluto silencio hasta que Daisuke terminó de asimilar lo que había oído y lo miró con incredulidad.
—¿Qué a mí que? ¿Que me gusta uno de ellos? ¿Qué es lo que tratas de decir?
—Que te gusta Miyako… —replicó Iori al instante—. O Ken —añadió más bajito, porque para él, que era una persona tradicional, no resultaba fácil hablar de un tema como ese ni aunque fuera una simple alusión.
—¿Qué estás insinuando? A mí no me gusta Miyako.
Pasó un segundo antes de que Daisuke se diera cuenta de su error e intentara enmendarlo.
—Ni Ken.
Pero el segundo había pasado, y no lo había hecho en vano.
—Por supuesto que no me gusta Ken. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
—Me doy cuenta. El que no se entera de nada eres tú.
—¿Iori? —preguntó Armadillomon desde atrás, cortando sin saber la tensión que se había generado entre los dos elegidos—, ¿está todo bien? —él y Veemon los observaban con curiosidad, ignorantes en lo que a cuestiones humanas se refería y por lo tanto sin comprender la discusión.
—Sí, todo está bien. Hay que seguir —contestó el menor y se apresuró a retomar la marcha.
Contó diez segundos en su cabeza antes de que Daisuke y los demás lo siguieran.
-.-
Cuando Hikari volvió a abrir los ojos, lo hizo porque estaba tiritando del frío.
Yamato parecía seguir dormido, o al menos eso pensó hasta que abrió los ojos de pronto y la miró.
—¿Tienes frío?
Trató de negar con la cabeza, sin embargo, su cuerpo continuaba temblando y dejándola en evidencia. No podía contenerlo.
El chico soltó un suspiro antes de levantarse e ir a sentarse a su lado.
Sin pensarlo deslizó una mano por la cintura de Hikari y la acercó a su cuerpo, obligándola a recostar su cabeza contra su pecho.
—No mientas —replicó, y la chica se aferró a su cuerpo para recuperar algo de calor.
—Gracias —susurró levantando su cabeza, y chocando la coronilla con su mentón. Él se inclinó para poder mirarla y se quedó así unos segundos.
Observó el natural sonrojo en las mejillas de la muchacha y el temblor de sus labios entreabiertos. Se fijó en su pestañeo, seguido y tímido. Su mano permanecía firme en su cintura y la de ella descansaba sobre su hombro. Solo había un par de centímetros entre sus rostros. Sus narices casi podían rozarse.
Empezó a inclinarse sin darse cuenta, y cuando sus labios rozaron los de ella intentó convencerse de que lo hacía para que entraran en calor, que solo necesitaba intentar algo, pero había una vocecita en su cabeza gritándole que se mentía.
Fue más conciente que nunca de la respiración de Hikari y de la suya. Parecían haberse acompasado.
Ella alzó un poco la cabeza, siguiendo los movimientos de él como acto reflejo, como una polilla acercándose a la luz de forma inevitable, y entonces el suelo empezó a moverse debajo de ellos.
No era metafórico, era real. Ambos se alejaron de golpe, como repelidos por una fuerza externa e intercambiaron una mirada de sorpresa y confusión.
Al girarse hacia la entrada de la cueva comprendieron lo que ocurría. Un alud de nieve estaba cayendo sobre ella y los dejaría encerrados si no se apresuraban a salir.
Yamato saltó sobre sus pies y se agachó para tomarla en brazos y correr.
La nieve se precipitaba con tal fuerza y velocidad que tuvo que deslizarse para sacarlos a tiempo, y ambos cayeron al suelo casi en el mismo instante que la entrada quedaba completamente sellada, dejándolos a la intemperie.
Tardaron un par de segundos en reaccionar y asimilar lo sucedido.
Hikari yacía sobre Yamato, acunada en su pecho y con uno de los brazos del chico sosteniéndola protectoramente de la cintura. Cuando abrió los ojos y se encontró con los de él sintió su rostro arder como una olla hirviendo al saberse otra vez en una situación comprometedora. Se apartó con brusquedad, permitiendo que él pudiera levantarse y ambos miraron alrededor en busca del causante del alud, hallándolo tras un breve vistazo a los alrededores de pie sobre el techo de la cueva.
—¿Frigimon? —preguntó Hikari, incrédula.
El digimon los observó con curiosidad. Parecía confundido y desorientado.
De todos modos no hubo tiempo para hablar o intentar comprender lo que estaba sucediendo, porque justo en ese momento la voz de alguien gritando el nombre de Hikari se alzó en el aire, clara y decidida, una voz que la chica hubiera podido reconocer en cualquier parte del mundo.
Se giró a mirar a Yamato con una sonrisa cruzando su rostro.
—Es mi hermano —dijo.
Enseguida la voz de Sora llamándolos se dejó oír, y apenas un par de segundos después los vieron aparecer en medio de la niebla.
Los habían encontrado
-.-
Se hallaban todos a salvo, reunidos alrededor de la chimenea de la cabaña con sus digimons bebiendo chocolate caliente. El alivio que supuso encontrar a Yamato y Hikari, así como también haber enviado a todos los Frigimon de vuelta al Mundo Digital, los dejó agotados, y aletargados sobre los sillones apenas se los escuchaba hablar.
Luego de que todos se reunieran en el punto de encuentro que habían fijado, habían ido con la brigada de rescatistas para que declinaran la búsqueda y un médico atendiera a los desaparecidos. Los diagnósticos fueron bastante positivos. Solo algunos moretones y rasguños en ambos, y un esguince de primer grado en el tobillo en el caso de Hikari, por lo que se le recomendó reposo, una palabra que de seguro la testaruda chica no encajaría muy bien.
Al cabo de un rato, Taichi se levantó silenciosamente de su lugar y abandonó la cabaña creyendo que nadie lo notaba. Gran error, pues Sora, que no había dejado de mirarlo cada tanto desde que regresaron, lo siguió con la mirada hasta que lo vio desaparecer tras la puerta.
—¿Qué esperas? —preguntó Mimi de pronto, sobresaltándola—. Ve con él, yo te cubriré —añadió guiñándole un ojo.
—Pero…
—Vamos, ¿no te quieres asegurar de que no cometa ninguna estupidez? Ambas sabemos cómo es… y Sora, necesitan arreglar las cosas, hazlo por todos o estas vacaciones solo irán a peor.
—De acuerdo —asintió todavía un tanto insegura, pero decidida a arreglar su descompuesta relación con su mejor amigo.
Cuando salió, el frío la abrazó como un abrigo adaptable a su talla y volvió a dudar. El castaño estaba dándole la espalda a unos cuantos metros de distancia y seguro que después de lo ocurrido no se arriesgaría a alejarse. Podía ser imprudente a veces, pero solo cuando un ser querido estaba en peligro.
Negó con la cabeza. No podía ser tan cobarde. Tenía que hablar con él y tenía que hacerlo ahora.
—¿Taichi? —llamó en un susurro que pensó que él no oiría.
Pero lo hizo. Su cuerpo se tensó por un segundo y entonces se volteó a mirarla por encima de su hombro izquierdo, para luego terminar girándose por completo hacia ella. Solo eso bastó para que un pequeño calor se expandiera desde el pecho de Sora hacia el resto de su cuerpo.
—¿Qué haces aquí afuera? Está helando.
La pelirroja rio.
—¿Es una broma? Tú también estás aquí, y no importa lo que quieras creer, no eres infalible, también te puedes enfermar.
—Lo sé —una sombra recorrió sus ojos, apagando un poco la viveza que siempre brillaba en ellos.
—Ohh —susurró—. Estás así por Yamato y Hikari. No quise decir que…
—Ellos se perdieron por mi culpa. Hikari por mi descuido y Yamato por mi cabezonería.
Sora suspiró y empezó a acercarse, Taichi no la miraba.
—No es verdad.
—Claro que lo es —replicó con una sonrisa desganada—. Lo sabes.
—Bueno, puede que tuvieras parte de la culpa de que Yamato fuera a buscarte a ti, pero Hikari… no puedes protegerla de todo, ¿cuándo lo entenderás?
—Ese es el problema, ¿no? —comentó un poco más animado—. Siempre he sido un poco duro para aprender.
—Sí, supongo que eso es verdad —contestó Sora con un rastro incipiente de risa en sus palabras.
Taichi supo que estaba sonriendo antes de mirarla, antes de subir la mirada desde sus zapatos hasta esos ojos que lograban cautivarlo de formas que jamás imaginó.
—Tus labios —susurró sin darse cuenta—. Están algo azules. Te dije que está helando aquí afuera.
Sora retrocedió un poco avergonzada, llevándose instintivamente una mano a la boca para cubrírsela.
—¿Me permites intentar arreglarlo?
Ella no estuvo segura de a qué se refería, si a sus labios fríos o a la incomodidad que se instaló entre ellos luego del beso que no se dieron, pero tuvo la sensación de que iba más allá de cualquiera de esas cosas.
—No sé qué…
—Solo dame la oportunidad —pidió con aquella mirada de cachorro abandonado que ella tanto odiaba, en especial porque no podía decirle que no.
Así que temblando de anticipación por algo que ni siquiera sabía qué sería, asintió una vez con la cabeza y lo vio caminar hacia ella hasta que solo estuvieron a un palmo de distancia.
Si alguna vez había tenido dudas sobre sus sentimientos, las desechó en ese instante. No era nada normal que tu mejor amigo te hiciera temblar las rodillas de la forma en que Taichi lo hacía con ella.
El chico se inclinó y puso una mano en su cintura, atrayéndola más hacia él y obligándola a poner sus manos a su vez sobre sus hombros. Se miraron unos segundos antes de que finalmente sus labios se juntaran, llevándose todo el frío que Sora había sentido hasta ese momento.
Y fue solo entonces, cuando estaban besándose y todo pareció comenzar a girar a una velocidad vertiginosa a su alrededor, que ella entendió lo que Taichi había querido decir. Lo que estaba haciendo era arreglar las cosas entre ellos, pero no porque estuvieran peleados, sino porque finalmente estaba poniendo las cosas en su lugar, o al menos así lo sintió.
Cuando se separaron él tenía una sonrisa tan grande que casi no cabía en su rostro. Comenzó a negar con la cabeza y entonces apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos por un segundo.
—No tienes idea de cuánto tiempo llevaba queriendo hacer eso —confesó.
Sora pensó que solo él era capaz de decir algo así sin vergüenza o temor a sonar cursi, y luego sintió una trémula sonrisa tirar de sus labios, porque a ella si la avergonzaba un poco ser parte de una escena así.
—¿Entonces por qué no lo hiciste antes?
—Porque soy un idiota, y porque tenía miedo, pero me aburrí de tenerlo. ¿Qué hubiera pasado si tú hubieras sido la que estaba perdida en la montaña? ¿Qué tal si nunca…?
—Taichi —lo interrumpió, poniendo una mano sobre su pecho, justo encima de su corazón para que él la mirara—. Lo entiendo.
—¿Lo haces?
Ella asintió con un débil movimiento de cabeza.
—Lo sé porque tuve el mismo miedo cuando saliste de la cabaña y Yamato te siguió. Estaba tan asustada de que no regresaras… —la voz se le quebró por un segundo al rememorar aquello que sabía que nunca quería volver a sentir.
Taichi alzó gentilmente su rostro con una mano y acarició su mejilla y parte de su mejilla con el pulgar.
—¿Dónde nos deja esto? —preguntó con temor mal disimulado—. Si quieres que sigamos siendo amigos, yo lo…
—No quiero ser tu amiga, Taichi Yagami. Nunca más quiero ser solo tu amiga —confesó ella con tal soltura que le extrañó a sí misma actuar de forma tan atrevida.
Enseguida quiso retroceder, sobre todo por la extraña mirada que le estaba dando el castaño llena de desconcierto, pero fue él mismo quien le impidió alejarse más tomándola de la mano.
—No te avergüences —le pidió—. ¿Sabes que luces adorable sonrojada?
—¡Taichi! —quiso que le saliera como un reproche, pero lo que terminó saliendo fue algo a medio camino entre uno y una súplica.
El aludido rio.
—Yo tampoco quiero ser solo tu amigo, Sora. Y no sabía como decirlo, así que no te avergüences porque creo que me has ahorrado mucho trabajo.
—Eres incorregible —suspiró ella negando con la cabeza, a pesar de que el otro pudo ver una sonrisa asomar por sus labios.
—Lo soy, pero así me quieres.
—¿Ah? —al levantar la cabeza lo descubrió de nuevo a solo un palmo de distancia, ¿cuándo se había acercado tanto?
Antes de poder evitarlo o reaccionar de cualquier forma, Taichi la estaba besando de nuevo. Su calida e insistente boca sobre la suya, abriéndose camino sin que Sora pudiera ya poner barreras para dar paso a lo que sea que los llevaría aquello.
Ambos ignoraban, claro, que desde el interior de la cabaña y pegados a los ventanales, contaban con un grupo de espectadores.
Notas finales:
Luego de mucho tiempo vengo con el penúltimo capítulo de esta historia. Sí, el próximo será el último y espero no tardar demasiado en subirlo.
Pido disculpas por cualquier incongruencia que pueda haber, que seguro las hay considerando que hace bastante que actualicé por última vez y que mi forma de ver a los personajes ha cambiado un poco, o eso creo.
Takari95, sé que has estado ocupada así que no sé si leas esto, pero si lo haces espero que puedas disculpar mi horrible tardanza.
A todo el que llegue hasta aquí, gracias por leer.
