Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. La imagen de portada no me pertenece, no así la edición.
5. Campanas
Tomó unos cuantos minutos más para que las órdenes dadas por Erwin se cumplieran. Un pequeño grupo de soldados se quedó vigilando el punto de reunión y preparando todo para el viaje de regreso, mientras el resto de sus compañeros fueron en búsqueda de los caídos.
Afortunadamente, ninguna bengala que denotara la aparición de más titanes fue lanzada. Y minutos después de la partida de los grupos de rescate, poco a poco los responsables fueron llegando con las carretas llenas de cuerpos.
—Es horrible… —murmuró una joven con desolación observando el primer cargamento, y se echó a llorar en el pecho de su compañero.
Los cuerpos no habían sido cubiertos en aquel momento, ya que los soldados que los recogieron se apresuraron en volver. Los que se quedaron en el punto de reunión volvieron la mirada hacia la carreta, donde unos cinco cadáveres compartían el espacio. La desolación ensombreció el rostro de todos por igual, y ante el reconocimiento, algunos dejaron caer las lágrimas.
—No hay titanes a la vista —informó uno de los recién llegados.
Acto seguido, se alejó por no ser capaz de soportar estar un momento más allí.
Dos carretas más llegaron, hasta el tope de cuerpos sin cubrir. Los bajaron al suelo, y los dejaron en fila junto a los otros a la espera de ser envueltos en las sábanas que habían traído consigo. Erwin observó a lo lejos la larga fila de legionarios muertos, todos luciendo sus insignias como si aún pudieran sentir orgullo de ellas. Erwin apartó la mirada, y con paso firme, se alejó junto a los otros líderes.
Mientras, Armin conversaba con sus compañeros. El muchacho hablaba con una sabiduría impropia para su edad, y con palabras que de una u otra forma calaron en el corazón de los que escuchaban. Mikasa le escuchaba con aire ausente, mientras observa a Eren dormir en la carreta, totalmente ajeno a lo que ocurría en derredor suyo. Sasha, por su parte, en un lugar más alejado de allí, daba de comer a los caballos, intentando distraer su mente del horror de la expedición.
Un grupo pequeño de soldados se encargó de cubrir los cuerpos con sábanas, ajustándolas con sogas en los tobillos y el pecho para evitar que se soltaran, pero antes retiraron las capas y las dejaron dobladas en un bulto en una de las carretas. Las entregarían después a los familiares de sus dueños, dobladas en un cuadrado perfecto que enseñara las alas de la libertad. La tarea finalizó rápidamente, y se les delegó a los hombres cargar los cuerpos en las carretas.
Solo, Levi se paró frente a una de las hileras. Aun bajo las sábanas, reconoció a quienes pertenecían los cuerpos. Se arrodilló, ahogando un gruñido de dolor por su pie lesionado, y sacó una navaja. Removió la sábana en el pecho, y cortó los bordes de la insignia que la mantenía pegada al bolsillo. Se la guardó, y volvió a dejar todo como estaba.
Nadie supo a ciencia cierta quién era aquel soldado caído o por qué Levi hizo aquello. Tal vez era un recuerdo para la familia, ya que nadie podía pensar en alguien que le importara tanto al soldado como para querer tener un recuerdo suyo.
Sin embargo, cuando se levantó de allí, una mano pequeña se notó fuera de la sábana. Tenía la marca de una herida reciente. La marca de una mordida.
*.*.*
El viento azotaba con fuerza los rostros de los soldados. Hacía pocos minutos que habían partido. Iban a la mayor velocidad que podían, regresar a las murallas era prioritario. La nube de polvo que levantaban sería vista a lo lejos por los centinelas de la Tropa Garrison, justo a tiempo para que levantaran la pesada puerta y les dieran paso.
La marcha iba bien, sin ningún imprevisto, cuando el suelo comenzó a temblar. Aquel movimiento no era normal, y sólo podía significar una cosa, una cosa terrible: titanes se acercaban.
Efectivamente, un grupo de no menos de cinco titanes venía persiguiendo a una pareja de soldados que venía huyendo de ellos en sus respectivos caballos. El terror marcaba sus rostros. Uno de ellos, llevaba el cadáver de algún compañero sobre la espalda, y el esfuerzo que hacía por no soltarlo y poder dirigir el caballo a la vez era notable.
Levi maldijo por lo bajo. Eran los mismos soldados que habían solicitado buscar el cadáver de su compañero, pero debido a lo lejos que se hallaba y al riesgo que corrían de encontrarse con titanes, Erwin les había denegado el permiso. Incluso Levi les había increpado por su deseo, diciéndoles con acritud que "la muerte es la muerte". En respuesta, uno de ellos comentó con lágrimas en los ojos que Levi no tenía corazón.
No había forma de que pudieran luchar allí. No había ni edificios altos, ni árboles donde enganchar el equipo de maniobras. Levi, el mejor soldado de la humanidad, se hallaba lesionado y no podría moverse tampoco. La única opción era huir, pero los titanes les estaban alcanzando el paso. Estaban entre la espada y la pared.
Fue Armin, quien con horror, dio una idea para salir ilesos. Una idea horrible, y que hizo estremecer de pena a los compañeros. Dejar ir los cuerpos.
No, no podía ser una opción. Sentían que era ése su deber, llevar a los caídos para darles una despedida digna, para que sus seres queridos pudieran darle el último adiós. Dejarlos ir… era como terminar de aceptar sus muertes, dejarlos atrás y nunca más verlos.
—No hay opción —cortó Levi ante el pequeño debate que se había formado—. Son solo cuerpos —dijo con dureza, y en su interior apretó los dientes—. La muerte es la muerte.
Los soldados que iban en las carretas se miraron con horror. Y con la pena reflejada en sus ojos, comenzaron a dejar caer los cadáveres. El imprudente soldado hizo lo mismo con el cuerpo que llevaba a cuestas.
Uno a uno, los cuerpos cayeron al suelo, y rodaron alejándose más y más. Pero a los titanes no les interesaba. Simplemente, los pisaron como si fuera sólo pasto, y siguieron corriendo en dirección a los vivos.
Renuentemente, los legionarios dejaron ir más cuerpos. Uno de los tantos cuerpos arrojados se vio notablemente más pequeño que los demás. Fue como si el tiempo se hubiera detenido un momento. La sábana resbaló, revelando el perfil de Petra Ral. Sangre aún se veía en las comisuras de su boca y nariz, y sus ojos ahora estaban cerrados para siempre. Levi no pudo evitar mirar cómo caía al suelo, rodando más y más lejos, con una mirada desolada en sus ojos grises.
Ya más desocupados, pudieron alejarse un poco más. Sin embargo, en medio de la huida y el tumulto, la Legión de Reconocimiento perdió un soldado más. El joven que junto a su compañero, había ido en búsqueda del cuerpo de un amigo muerto.
La caravana tuvo que detenerse para que los caballos descansaran un poco. Los titanes habían quedado atrás, junto al terror de verse perseguidos por ellos. Eren aún no había despertado, y Mikasa, sentada a su lado en la parte trasera de una de las carretas, se quedó acompañándolo.
El imprudente soldado que sobrevivió a la persecución había bajado de su caballo, y se quedó mirando a la nada, sintiendo la pesada carga de la culpa por la muerte de su amigo, por poner a riesgo a todos, y por haber causado que tuvieran que abandonar los cuerpos.
Nadie se le acercó, como si fuese la peste. Sin embargo Levi, observando su desolación desde lejos, tomó una decisión. Se bajó del caballo, y cojeando, se acercó hasta él. El hombre parecía consternado. Pensó tal vez, que Levi le regañaría por su estupidez. Sin embargo, lo que hizo fue llevar la mano a su bolsillo, y sacar la insignia que había extraído del uniforme Petra Ral unos minutos atrás.
No podía creerlo. Tomó la insignia, reluciendo sus alas blancas y azules, asimilando las palabras de Levi. Y entonces rompió en llanto, mientras el capitán se alejaba en silencio.
Los centinelas miraron con una mezcla de confusión y sorpresa la nube de polvo que se alzaba a lo lejos. Eran los soldados que habían partido con una misión esa mañana, pero no esperaban verlos tan pronto. Sin esperar una orden, levantaron la gigantesca puerta de troncos de madera, para darle paso a una tropa que parecía muerta en vida.
Los sobrevivientes de la fatídica expedición 57 vieron alzarse las puertas, y las campanas empezar a agitarse. La nostalgia, el alivio y el dolor se mezclaron en un remolino en sus corazones, sin poder saber a ciencia cierta qué era lo que en verdad sentían. Pero eso no importaba, habían vuelto a casa.
El grupo penetró en la ciudad. La gente parecía incrédula de lo que sus ojos veían, entonces vino la rabia, el dolor, y la decepción. A simple vista era notorio que habían perdido mucha gente en la expedición. El reducido número de soldados, las miradas cargadas de desolación, los pasos lentos y penosos, todo significaba una cosa: fracaso y muerte.
Doblaron las campanas, pero más que anunciar la llegada de la Legión de Reconocimiento, parecían tocar una melodía fúnebre.
—Fanfiction, 12 de marzo de 2016.
Corregido el 28 de diciembre de 2016.
