Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. La imagen de portada no me pertenece, no así la edición.
6. Carta
Eren despertó en medio de un vívido sueño. Era como una repetición de lo que había visto cinco años atrás, cuando tan solo era un niño emocionado por ver a los héroes regresar. En aquel entonces sólo era un chico inocente y soñador, cuya inamovible fe estaba puesta en la Legión. Ya por aquel tiempo había mostrado interés en unirse también, motivado por la gran admiración que sentía hacia los legionarios. Eran fuertes, eran valientes, eran aguerridos.
El Eren de ese entonces no comprendía por qué la gente mostraba una actitud tan hostil hacia quienes literalmente entregaban sus vidas para liberarlos. Su lealtad hacia ellos era muy fuerte, tanto así que no dudó en agredir a un hombre con la boca especialmente sucia que hablaba mal de sus héroes. El hombre no dudó en devolverle el golpe, pero por fortuna, Mikasa lo sacó de allí antes de que el adulto le diera una buena tunda.
En su sueño, veía las cosas como en retrospectiva. Pero ya no era el mismo niño inocente que creía en las Alas de la Libertad, aunque aún seguía creyendo en ellas. Ahora era el adolescente que había logrado cumplir su meta, y que, en lugar de observar a la Legión desde la multitud, era él quien portaba alas en la espalda, observando impotentemente como eran vilipendiados.
Despertó ante los constantes llamados de Mikasa. Estaba bastante herido y sus lesiones no se estaban curando. Le habían quitado el equipo de maniobras y la capa, siendo dejados en una esquina de la carreta. La capa que lo cubría no era suya, sino de Mikasa.
La multitud no paraba de increparlos. De maldecir, hacer preguntas, denigrar a Erwin. ¿Qué había sido de los gritos de júbilo que les habían obsequiado tan solo esa misma mañana? La historia se repetía, pero ahora era él quien estaba observando a la multitud desde la procesión de soldados derrotados.
La ira nació en su interior, burbujeando por su garganta. Esos cerdos no sabían nada, ellos no habían estado afuera. No habían conocido el horror de los titanes, ni habían visto a sus compañeros morir unos tras otros, aplastados, devorados, pisoteados. Asesinados. No conocían el dolor y la desesperación de ver morir a los soldados sin poder hacer nada para salvarlos, ni el miedo a morir también, porque toda su vida habían vivido cómodamente dentro de las murallas, engordando como ganado. Ganado para el matadero.
Entonces algo captó su atención, y por un momento, la ira se enfrió. Había dos niñitos, como de ocho años como mucho, observando fascinados la procesión de soldados. Eren los reconoció de inmediato. Eran los niños que en la mañana, cuando salieron, les dieron palabras de ánimo y les miraban con profunda admiración. Y aquel brillo inocente, lleno de fe, no se había borrado. No pudo escuchar sus palabras, pero por la forma en que aquel niño se dirigía a su hermana, debía estar elogiándolos por sus esfuerzos. Eren sintió una pequeña punzada de esperanza nacer en su corazón. Se sentó de nuevo en la carreta, impactado por aquella escena. En medio de todo aquel lío, del odio y los insultos, alguien todavía tenía fe. La fe sencilla de un niño, pero poderosa.
—¡Capitán Levi! —exclamó con emoción una voz masculina y adulta, llamando la atención de Eren.
Se trataba de un hombre adulto, con líneas de expresión ya marcándose en su rostro humilde y amable, y quien se aproximó hasta alcanzar a Levi.
—¡Gracias por cuidar de mi hija!
Las palabras causaron similares efectos en Levi y Eren. Sorpresa, aunque el primero no lo demostró… y por otro lado, un ruego de "que no sea lo que estoy pensando". Pero estaba claro para ambos soldados que solo una persona estaba directamente bajo el cargo de Levi como para que un padre le dijera tal cosa.
Y cuando, inocente del efecto que sus bien intencionadas palabras causaban, el hombre continuó con su charla, Eren sintió que se le hizo un nudo en la garganta y que los ojos empezaban a arderle.
—¡Soy el padre de Petra!
Levi entonces sintió que su corazón se detenía. El remordimiento, en su peor forma, y el recuerdo de su hallazgo final en aquel bosque regresaron de golpe a su mente, causando una sensación amarga en su garganta. ¿Cuidarla? No, no merecía un agradecimiento por tal cosa. Él no la había protegido, el no pudo estar a tiempo para hacerlo.
—¡Pensé en parar y darle las gracias antes de ir a ver a mi hija!
Levi apretó los puños. No podía soportar aquello. Pero el hombre siguió hablando, sin darse cuenta de los pensamientos del soldado. Sin darse cuenta de que hablaba con alguien que estaba totalmente devastado por lo ocurrido solo un par de horas antes.
—Verá, mi hija me envió esta carta diciendo que obtuvo el gran honor de servirle a usted, Capitán —dijo aquello agitando un sobrecito blanco, con el sano orgullo que solo un padre feliz de ver triunfar a su hija puede sentir.
Mikasa apartó la mirada. Eren se dejó caer en la carreta. Levi siguió caminando, incapaz de articular palabra alguna. Pero sus pensamientos, eran otra cosa. ¿Ella había escrito sobre él? ¿Por qué? ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué pudo haber visto en él como para preocuparse de hablarle sobre él a su padre?
—[…] Y que estaba dispuesta a darlo todo por usted… —continuó aquel hombre sin dejar de sonreír—. Bueno, ella estaba alardeando, usted sabe… Mi niña escribe tales cosas sin imaginar cuán preocupado puede poner tal noticia a un padre… ja, ja, ja… —el sr. Ral comenzó a darse cuenta del silencio de Levi. Aunque su entusiasmo por hablar con el hombre que se había ganado la admiración de su hija y de quien tanto ella le hablaba, no le dejó percatarse de la mortificación reflejada en su rostro , y de la oscuridad que opacaba su mirada ausente—. Oh, bueno… Como sea… Como su padre, yo... uh... Creo que aún es muy pronto para que ella se case, usted sabe…
"Casarse…" la palabra cuando llegó a sus oídos le causó una sensación tan amarga como el ajenjo.
—Ella aún es muy joven y tiene toda una vida por delante… Así que…
Levi se perdió en las palabras de aquel hombre, mortificado por sus recuerdos. No podía soportarlo, sus palabras eran como espadas de doble filo. El señor Ral lucía tan feliz, tan orgulloso de su hija… que no pudo articular palabra alguna. ¿Cómo decirle a aquel hombre que su hija no regresaría jamás a casa? ¿Cómo decirle que jamás la vería de nuevo, que no podría abrazarla otra vez, besar su frente y revolverle el cabello? ¿Cómo decirle que ya no nunca podría hablarle de lo mucho que la amaba y lo grandemente orgulloso que estaba de ella? ¿Cómo decirle que no podría verla y hablar de aquella carta que nunca imaginó que existiera, que ni siquiera podría despedirse de ella, porque su cuerpo había sido dejado atrás…?
¿Cómo decirle que en realidad, era demasiado joven para morir?
No, no podía. No podía enfrentarse a eso, no ahora. Si ni siquiera él mismo, aun cuando la había conocido hacía tan poco tiempo atrás, había recibido aquella muerte bien. Que las imágenes de aquel fatídico hallazgo aún estaban presentes en su mente, como recordatorio de que había fallado. Que su muerte, al igual que la del resto de su equipo, le había devastado en gran manera. Entonces, para aquel hombre sería mayor aun la tragedia, que su pequeña, su única hija, falleciera de forma tan horrible.
Eren tampoco soportó más aquello. Se dejó caer en la carreta, y se cubrió el rostro con el antebrazo. No podía ni imaginar por lo que estaría pasando Levi en esos momentos, ni quería. Su propio dolor y remordimiento eran tan grandes que le acompañarían aun en sus sueños. Aquel hombre no tenía ni idea del catastrófico resultado de aquella misión. Ni tampoco imaginaria jamás, que la razón por la que su hija terminó muriendo fue para proteger al chico herido de la carreta que no pudo hacer nada para vengarla.
Mikasa bajó la cabeza también, sintiendo pena. Al igual que Eren, había escuchado todo aquello. Una conversación ajena, pero que había hecho a Eren entristecerse de una forma que no había visto en él en mucho tiempo. Fue entonces, que se dio cuenta, del impacto que la pérdida de la Unidad Levi había causado en él. Mikasa no podía decir nada para consolarlo, pues, como había dicho el mismo Levi, como ella misma había experimentado a lo largo de los años, la muerte es la muerte. Nada cambiarían sus palabras. En lugar de ello, solo tomó la mano de Eren, mientras él dejaba correr libremente las lágrimas que expresaban todos esos sentimientos y palabras que no podía decir.
—Bueno, veo que está ocupado, imagino que tiene muchas cosas que hacer ahora… —comenzó a despedirse el señor Ral tras una pausa que pareció casi eterna ante el permanente silencio desolador de Levi—. Así que, por favor, dígale a mi hija que la estaré esperando ansiosamente en casa… y bueno, Capitán, si no está muy ocupado esta noche quisiera invitarlo a cenar con nosotros. Si no puede venir, está bien… pero la invitación seguirá en pie para cuando quiera ir. Pregunte en el pueblo, todos saben dónde vivimos. Bueno, hasta luego Cabo, gracias por todo… Y lamento las pérdidas que han sufrido el día de hoy —el semblante del hombre decayó un momento, pero pronto recuperó aquella sincera alegría de momentos atrás, sin imaginar que estaba lamentando su propia pérdida también.
El señor Ral se marchó, perdiéndose en medio de la multitud, sin dejar de sonreír, henchido de felicidad, sin saber que estaba por recibir la peor noticia de su vida.
Nunca antes aquel cuartel se había sentido tan solo. Los soldados entraron en mortal silencio, sus rostros sin cambiar las señales del abatimiento y el dolor.
Después de guardar los caballos, los líderes principales les dieron unas cortas instrucciones a los soldados, y luego se marcharon al salón de reuniones. Tenían que hablar, tenían mucho por hacer. La reunión terminó ya entrando la noche.
Levi pensó en tomar primero las cosas de Petra Ral. Compartía habitación con Hange y Nanaba, pero el que fuera una habitación de mujeres no era lo que lo detenía de entrar allí. Simplemente no se sentía capaz de hacerlo, de entrar como cualquiera, recoger sus cosas personales, y luego envolverlas en una manta como si no tuvieran ningún valor.
Terminó indicándole a Hange que las recogiera ella. Y de prisa. Sin preguntar el motivo, Hange procedió a hacer lo que su compañero le pedía. Reunir las cosas de su fallecida subordinada para entregárselas a su padre.
Le daría la noticia esa misma noche.
—Fanfiction, 17 de marzo de 2016.
Corregido el 28 de diciembre de 2016.
