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Ruido

Chokehold


Yo era una persona muy creyente del horóscopo, de la numerología, del Karma y el Darma y en si… del destino. Creo firmemente que cada uno de los sucesos que pasan a lo largo de tu vida te deben enseñar algo, ya sea bueno o malo, pero que a fin de cuentas te debe dar algo que después te permita encontrar la solución por si te vuelve a pasar.

A Dios se los dejo a las personas que necesitan creer en una deidad. Yo soy más bien atea.

O Irreligiosa.

Pero aquí estaba, en una iglesia, aún atornillada a la banqueta de madera mientras la última abuelita se persignaba, me daba una tierna sonrisa, y se iba del templo.

Otra vez, me quedo en silencio.

¿Qué significaron esos besos? ¿Por qué Edward tenía que actuar así, justo ahora…?

Creo que vengo a la iglesia porque está silencioso, y en mi casa ni siquiera puedo pensar con tantas personas que hay.

— Señorita, ya vamos a cerrar — Me dice el cura, desde el asiento de adelante — Mañana volveremos a abrir desde las siete y media de la mañana, por si desea orar… — Sus ojos se desvían a mi vestimenta — … o quizás prefiere quedarse un poco más, puedo llamar a la policía…

Me alarmo inmediatamente.

— No se preocupe, solo quería rezar por mi papá, tiene cáncer, ¿sabe? — Intento explicar atropelladamente — Hace mucho rato que está mal y…

— Con gusto lo uniremos a nuestros rezos en la misa de mañana, ¿Cuál es su nombre?

— Isabella Swan — Murmuro, pero cuando veo que el sacerdote levanta una ceja, sé que no pregunta por mi nombre — Charlie Swan, señor.

Me voy inmediatamente de allí. Un escalofrío me recorre la espalda cada vez que voy a un lugar como ese y me aterra enormidad, supongo que en verdad no iba por el silencio que me produce, sino porque necesito en mi cuerpo otra sensación que la de Edward me dejó.

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— ¿Por qué tanta demora? — Murmura Charlie, sentado en su sofá favorita viendo el baseball

— Tenia más trabajo…

No me deja continuar por que Charlie grita. Él nunca grita.

— ¿QUÉ DIABLOS TE PASO? — Ruge, y noto como me mira de pies a cabeza — ¿TE ASALTARON?

— ¿Qué?...

Yo estoy uniendo las palabras de Charlie mientras él se acerca intentando ser rápido pero su rapidez se ve impedida por el cansancio del propio cáncer, sin embargo, me toma fuertemente de la muñeca y me lleva al baño de visitas, en donde enciende la luz y me obliga a verme al espejo.

Maquillaje corrido. Blusa abotonada incorrectamente. Pelo desordenado que grita sexo – aunque él no lo pueda ver – un poco de tierra en mis pantalones y en … ¿Cómo paso eso? En mi pie derecho tengo mi botín y en mi otro pie tengo una zapatilla de running, que muy posiblemente sea de Edward.

— Ah…

— ¿Me puedes explicar quién te hizo esto?

No necesito explicar, por qué Charlie vomita en mis pies, efecto de la quimioterapia.

Yo lo asisto durante toda la basca.

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Es miércoles y son las ocho de la mañana y aún estoy en mi casa.

No sé cómo enfrentarlo. No sé cómo enfrentar a nadie.

Escucho la habitación de Charlie, ha encendido el televisor, y cuando veo que el despertador marca las 8.01, mi teléfono comienza a sonar. Y no quiero contestar, no quiero contestar por qué sé quién es y no sé qué decirle.

Heee, si, quiero volver a follar contigo porque fue increíble, pero ¿no será un poco raro que trabaje para ti y encima follemos? Sería como tu puta y bueno, no quiero eso exactamente. ¡Ah! ¿Qué quieres que sea tu novia? ¡Me lo hubieras dicho antes, eso cambia todo! Claro que si cariño, me mudo contigo en un dos por tres.

¿Cómo le explico que me gusta hace mucho, mucho, MUCHO tiempo?

Me tapo la cara con la almohada y siento unos golpes en la puerta.

— ¿Bella?

— No estoy

Otros golpes

— ¿Bella no tienes que trabajar hoy día?

— Mi jefe se fue de nuevo de vacaciones

Mentirosa. Mentirosa.

— Ah, vaya — Comenta el iluso de Charlie, pero sé muy bien en el fondo que él sabe TODO lo que pasó ayer a pesar de no haberle dicho nada — Me voy al hospital entonces.

Eso me alarma, me levanto de la cama y alcanzo a Charlie justo cuando baja el primer peldaño de la escalera.

— ¡Te acompaño! — Le grito, intentando no parecer desesperada — me baño rápidamente y te acompaño.

Charlie parece… ¿aliviado? Y un poco triste, sus ojos parecen dos pozos a punto de explotar con agua y me extraña. Él no es llorón, y jamás en su vida lo he visto llorar, ni siquiera cuando se enteró que tenía una metástasis tipo 4. Nunca.

— Gracias Hija.

Y nunca me dice hija.

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Hoy ando lenta. Lentísima.

A

El doctor frente a mí me parece como la profesora de Charlie Brown, sé que habla español, pero no puedo decodificar lo que habla. Mi completa atención está en mi teléfono vibrando en el bolsillo derecho de mi pantalón, y en los mensajes que me llegan de buzón de mensaje completo.

— ¿Qué opinas, Bells? — Pregunta finalmente Charlie.

Les digo, Lenta.

Con L mayúscula.

— ¿Ah?

— Sé que es mucho que afrontar en tan poco tiempo, pero Charlie parece dispuesto y los resultados han arrogado una progresión del cáncer… — Comenta el doctor

— No entiendo — Respondo

Charlie me agarra de las manos, preocupado. El celular ha dejado de vibrar.

— Tengo programada una fecha para una eutanasia el día 22 de febrero

Balde de agua fría.

Un líquido espeso aparece a la altura de mi corazón y se propaga hasta mi colón. Miro a mi papá atontada y miro al doctor atónita.

— ¿Qué?

— No quiero seguir viviendo así, y tampoco quiero que tú sigas viviendo así.

— Charlie… papá

— Pero necesito que me digas que sí, que cuando yo me valla, vas a estar bien.

Ni siquiera estamos cerca a la fecha y ya se siente como una despedida.

— Los dejaré solos para que puedan hablar de este tema con más libertad.

Y cuando el doctor se vá, siento que un sentimiento se va con él.

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"Isabella, cuando escuches esto, llámame"

"Quizás te quedaste dormida, si es por eso, por favor, avísame que vengas en camino. llámame"

"¿Vienes en camino o me vas a evitar?"

"Llámame. llámame. Llámame. Llámame. Llámame. llámame. Llámame. llámame. Llámame. llámame. Llámame. llámame. llámame"

"Estoy preocupado, dime donde estas"

"Sé que estás confundida, pero yo también lo estoy, POR FAVOR, hablemos… no sé, no sé, no sé, no…sé, no sé, no sé, no sé, no sé, no sé, no sé, no sé, no sé, no sé… ¿Qué es lo que nos pasó? Necesito que arreglemos las cosas, ¿crees que debemos arreglarlas? Quiero decirte cosas, pero no por teléfono, no, no, no.. ¡ah, maldita sea!, no, no, no por teléfono… dime…"

"MALDITA SEA CONTESTA EL CELULAR"

Para seguir escuchando mensajes presione 1, para borrar, presione 2.

Apago el celular.

Seco los platos y los guardo cantando la canción de Edith Piaf en mi mente, y escucho el sonido de algo chocando con el suelo suavemente. Me giro y es Charlie, por primera vez en mucho tiempo, está usando unos Jeans y una polera de la ropa usada con unos bototos. Los pocos mechones de cabello que le quedan han sido tapados con una gorra de los Yankers y una maleta está a su costado derecho.

— Estoy listo — Me dice.

— Bueno, pero antes tengo que ir a un lugar.

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Él último deseo de Charlie es hacer un viaje de costa a costa.

De Atlanta nos iremos a Carolina del sur hasta el otro extremo del país para terminar en California, donde legalmente se puede practicar la eutanasia. Este plan, que Charlie ni siquiera me había mencionado antes pero que ha sido tan bien calculado por él, tiene un solo objetivo: Hacer feliz a mi papá y vivir un poco.

Así que ha planificado cada día, cada viaje, las posibles ciudades en las que nos quedaremos, la cosas que vamos a comer, las cosas que vamos a tomar…. Bueno, todo. Y yo seré su copiloto, o enfermera, ya que, si algo sale mal, siempre podemos ir al estado de Montana o el de Oregon.

Y tenemos las maletas hechas, nos vamos a gastar todos nuestros ahorros – por lo menos, los míos, por que la pensión que recibe Charlie es una falacia – y viviremos como reyes, porque lo merecemos.

Pero antes, antes si quiera de pisar la carretera, tengo la llave en su cerradura y me da mucho miedo girarla y ver lo que va a pasar. Charlie está en la camioneta, con el motor encendido, así que debo hacerlo rápido.

La giro.

Todo está oscuro. Es de noche, es obvio, pero adentro no hay ninguna luz encendida, nada.

Yo las enciendo y Edward emerge como un vampiro, todo vestido de negro, con su piel pálida y en su pie una zapatilla para correr.

Me mira y siento que cree que soy una ilusión, por qué me sonríe inmediatamente, y Edward no es una de las personas que sonríe a menudo… de hecho, nunca lo hace.

Me da pena verlo así, con la autodestrucción en su frente.

Es una persona tan depresiva, y yo no soy precisamente la miss alegría, por eso siempre rehusé a este sentimiento que se forjaba en mi interior cada vez que lo veía, porque nosotros no éramos ying y yang. Éramos los dos un Ying muy grande y destructivo.

— ¿Por qué te haces esto? — Murmuro, pero es una pregunta más bien retórica.

Cierro la puerta y camino hacia él, acuclillándome frente a su sonrisa. En verdad está muy feliz de verme.

— ¿Qué te paso, Edward?

Pongo una mano en su mejilla, y él me besa la palma, con devoción. Como si un perro lengüetera la mano de su amo. Y yo no quiero que él sea un perro.

— Te quiero — Murmura, una y otra vez — Te quiero, te quiero, te quiero…

— Edward, detente — Ruego

Pero él no para. No para hasta que lo dice 13 veces seguidas.

Me siento encima de sus piernas, el parece demasiado feliz con mi decisión, pero no lo hago por él, lo hago porque mi corazón me lo pide… y se siente afligido cuando ve al ser que quiere en ese estado de desolación. Le acaricio el cabello, lentamente, y el cierra los ojos, relajado.

— No sé, no sé qué decirte, Edward — Murmuro, aun acariciando sus cabellos — Todo paso tan rápido que… no puedo pensar, si pienso en eso siento que voy a estallar… y no quiero estallar, y no quiero que tu estalles.

Abre sus ojos. Están vidriosos. Los míos también.

— Me voy a ir… — Susurro — Me voy a ir por un tiempo, pero te prometo que volveré.

Él está alerta, dentro de su estado alcoholizado Edward está en alerta, porque siento como sus piernas debajo de las mías se tensan, y como intenta agarrarme de los brazos, pero sus movimientos son tan torpes que no puede.

— Te juro, Edward, por lo más sagrado para ti, que voy a volver.

— Juwraaalo — Intenta pronunciar, lentamente — Júralo por ti meeisma.

Una lágrima cae por mi mejilla. ¿Por qué él tiene el don de decir cosas tan lindas de pésima forma?

— Lo juro — Le prometo, tomando sus fríos dedos entre los míos — Pero a cambio, necesito que me prometas que vas a seguir tomando tus medicamentos y que vas a ir al psiquiatra… Edward… por favor.

El me mira intensamente. Siento que no escucho nada de lo que le dije, por qué me mira y un pequeño rio de baba cae por sus labios. Pero despabila, porque tomo sus mejillas y me sonríe.

— Lo jwuro, looo jwuro por ti

Lo levanto del suelo, y al igual que otras veces, lo baño en la tina, y lo tiendo en la cama. Coloco dos aspirinas en su velador y lo arropo entre sus sabanas. Me quedo en su cama hasta que sé que no puede más del sueño y me voy de su casa antes que me devuelva para estar con él.

Bajo en el ascensor llorando, y a pesar que llego con ojos rojísimos a la camioneta, Charlie se hace el desentendido y no pregunta nada, coloca la camioneta en primera y aprieta el acelerador, mientras yo tecleo un mensaje a Alice.

"Anda a ver a tu hermano, dile que se tome la medicación y que vaya al psiquiatra. Vuelvo el 22 de febrero"

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Llego a Atlanta el 2 de enero.

Charlie muere el 30 de diciembre, una muerte muy poco poética y muy poco práctica. Ni siquiera alcanza la eutanasia. El cáncer lo mata porque un coctel de remedios con alcohol nunca hacen bien.

En todo este tiempo, no he sabido nada de Edward, pero nada de nada, y me preocupa, porque sé que me necesita, así como yo lo necesito a él.

Sé que Alice, su hermana y mi… (ex) amiga, me odia. Me lo ha dejado claro en cada número de teléfono vinculado a mi nombre: En mi celular, en mi contestadora, en el celular de Charlie, en mi correo electrónico.

No ha pasado un día en que me haya dejado en paz.

"Que te crees, maldita, ¿dejar a mi hermano tirado, solo y abandonado y mandarte a cambiar? ¿Crees que estas despedida? ¡No, mujer, estás demandada por la suprema corte de…!"

"Eres una maldita rata. Nunca más vas a ver a Edward, ¿me escuchaste? NUNCA. MÁS"

"No eres más que una embustera, ¿En que estaba pensando cuando te recomendé a este trabajo? ¡Maldita seas, maldita seas una y otra vez!"

Y bueno, suma y sigue. Con esta clase de mal agüero sabía que mis próximas vidas iban a ser muy…muy malas.

Así que volver a acercarme a los Cullen fue muy difícil. Sabía que tenía que golpear la puerta de Edward en algún momento, pero antes tenía que golpear la puerta de su sobreprotectora hermana, Alice, porque había dejado muy claro al conserje la 'clase de mujerzuela' que era yo.

Y ella me recibe con una cachetada.

— ¿Supongo que me merezco esto? — Le digo… pero suena más como pregunta.

Alice está a punto de cerrar la puerta pero yo la detengo con el pie, de mi cartera saco un cartel que ya tengo listo porque sé que no me va escuchar, y ella alcanza a ver su mensaje.

Apenas lo lee, deja de forcejear contra la puerta y me mira atenta, abre, solo lo suficiente para que nuestras caras se observen, la puerta, y posa su mirada entre mi cartel y entre mi cara.

— ¿Es verdad? — Pregunta, con un hilo de voz.

De mi cartera saco un segundo papel, que es el certificado de defunción de Charlie. Se lo tiendo.

Ella lo toma con las manos temblorosas, sus ojos se hacen agua.

— ¿Es por esto que…?

Mis labios son inexistentes porque me los muerdo de pura ansiedad, y asiento con la cabeza.

— Oh, Bella, lo siento mucho.

Y me abraza. Uno, dos, tres segundos. Diez. Y ella para.

— Pasa, por favor.

Yo entro y me siento en su sofá, ella se sienta al lado mío con dos vasos de agua. Le doy un sorbo al mío solo por hacer algo por que estoy nerviosa.

— ¿Cómo has estado? — Me pregunta.

— Bien, era algo de esperarse

— Uno nunca está lo suficientemente preparado para la muerte.

— No, pero Charlie si, él quería una eutanasia

La boca de Alice es una O.

— ¿El quería…?

— No alcanzo.

Silencio. Juego con mis dedos. Ella mira su alfombra morada.

— ¿Cuándo fue el funeral?

— Lo cremé. Es lo que quería

— Oh, si, vaya — Me responde ausente.

Tomo de mi agua y ella también. Se acabó cualquier tema de conversación que pueda proponer. Suspiro y me armo de valor.

— ¿Cómo esta…?

— Ahí — Responde ella, con un dejo de cansancio — Está superándolo… superándote. Ha ido al psiquiatra, pero solo a veces se toma los medicamentos, ha perdido un par de clientes y no quiere que vaya a su casa, esta adicto al deporte, creo que ha perdido seis kilos y está muy, muy flaco… no quiere saber nada de ti… pero sé que te busca, lo he visto en su computador…

Nos quedamos en silencio durante otros diez segundos. Incomodos segundos.

— ¿Crees que sería bueno que yo lo fuera a ver?

— No lo sé, Isabella, no lo sé — Suspira ella — Yo te perdonaré, pero jamás voy a olvidar lo que le hiciste…. Pero Edward… Edward no es una persona que perdoné u olvidé, Bella. El recuerda cada detalle de su vida desde los 5 años en adelante… para él, es muy difícil olvidar.

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Hace quince minutos estoy parada afuera de su puerta.

Me siento como una tonta con esta lasaña entre mis manos.

Y aún más tonta por no tocar su puerta. Es un paso súper fácil.

Bella, ordénate. No la arruines.

La mierda.

No puedo.

Me devuelvo.

Giro sobre mis talones y miro la lasaña que ya está fría.

Lo tienes que hacer.

Lo tienes. Es una orden.

Toco su puerta en un acto impulsivo, y antes que la neurona del miedo haga sinapsis con la otra neurona, toco su timbre otra vez.

Aguanto el aire mientras espero. El colón anudado en 3 lazos diferentes. Mi respiración se agita.

Cinco latidos de mi corazón. Nada.

Con más seguridad, toco de nuevo.

Y de nuevo.

Y de nuevo.

Y el maldito no abre.

— ¡Edward — Grito —, Soy yo, ¡Bella!

La puerta se abre de golpe.

Él está al frente mío.

Un latido. Dos latidos. Tres, cinco.

Está flaquísimo. Raquítico, inclusive. Se ha dejado crecer una incipiente barba y tiene dos bolsas debajo de sus ojos que la última vez definitivamente no poseía. Ya no se vé como una deidad, si no como un hombre… perdido. Y me da una pena inmensa.

— Edward…

— ¿Qué quieres?

Es una daga, un arma blanca. Agua fría cae desde mi cabeza a la punta de mis pies. Su pregunta, su expresión dura, sus ojos jamás me han mirado con tanto odio. Jamás me he sentido tan insignificante ni tan pequeña.

Estoy perdida.

— Yo… — No sé qué decir. Su semblante no cambia un ápice, de hecho, parece estar meditando si cierra o no la puerta. Solo quería que abriera la puerta, no que efectivamente me mirara con esa cara de odio y ¿Qué es esto que pesa en mis manos? — Traje lasaña.

No me lo dice, pero lo veo en sus ojos ¿En verdad dijiste eso?

— Ándate — Me ordena, con amago de cerrar la puerta.

— No me digas eso — Gruño, colocando el pie entre el tabique y la puerta — Sé que cometí muchos errores, pero en esta corte tu tampoco eres el santo.

Primero, sorpresa.

Segundo, la misma cara de póker.

Tercero, abre la puerta para que pueda pasar.

¿Cómo se llama la película?

Entro, dejo la lasaña encima de la mesa del recibidor. No me atrevo a pasar más alla del living por que todo se siente nuevo y viejo a la vez. Las paredes ya no son blancas, si no que gris… las pintó, y el piso tiene muchas alfombras de distintos colores.

Él se sienta delante mío. Con la cabeza me indica que me siente en el sofá. Le hago caso. Aliso mi falda mientras me siento. Pasan un par de minutos en donde ninguno dice nada, y por fin comprendo que él no va a comenzar hablar, si no que debo hacerlo yo.

— Okey — Le respondo a su silenciosa plegaria — Nunca te digo cosas de mi porque tu no las querías saber, pero si quieres que te explique qué paso, te tengo que decir estas cosas…

Aguardo, para saber si sigue mi historia, y me da miedo saber que ni siquiera pestañea. Su mirada esta tan fija en la mía que por primera vez me siento nerviosa ante él.

Prepare tanto tiempo una vida en la que no debía responderle a nadie, y ahora que debo… no sé cómo actuar.

— Mi papá tenía cáncer — Comienzo — Justo tres meses después de que comenzará a trabajar para ti, lo diagnosticaron. Decidió hacer terapia, pero no funciono porque su cáncer estaba muy avanzado. Metástasis, estadio 4, como quieras llamarlo. Él estaba mal, pero igual se realizaba el tratamiento…

Edward no mueve un musculo, siento que es de piedra. Una estatua.

— El día en que… tuvimos sexo — ¡Uf! ¿Qué nombre le doy a eso? — mi papá me comunico que quería realizarse una eutanasia porque el tratamiento no estaba funcionando… me pidió permiso para hacerlo… y yo le dije que si… le dije que sí y… el me pidió, como última voluntad, que tomáramos un viaje juntos, que quería recorrer los estados de costa a costa y que todo terminaría el 21 de febrero, el día en que llegaríamos a California porque ahí permiten la eutanasia…

— llegaste antes — Comenta él.

Siento su voz como de ultra tumba. Aterciopelada, resuena en cada lugar de su living.

— El no alcanzo… la fecha… — Trago saliva — Murió antes.

Ahí está. Ya lo dije. No sé qué más decir. Que esperar. Edward cambia de pose por primera vez, y acomoda su tobillo izquierdo en su rodilla derecha. Sigue con su escrutinio.

— Estas equivocada en una sola cosa en tu relato — Me dice, yo levanto una ceja — si me importa tu vida… pero quiero saber por qué no me dijiste que te ibas a marchar antes.

— Te lo dije, pero habías tomado mucho… no sé si quiera recuerdas algo de esa noche…

— Por supuesto que recuerdo

Yo niego con la cabeza.

— No Edward, no esa noche — explico — la noche siguiente.

Veo como la rabia se apodera de sus ojos.

— Recuerdo cada noche desde esa noche — Comenta, mordiendo cada palabra, luego apunta a un rincón de la habitación — Estaba tirado en ese lugar y tu abriste la puerta, me dijiste…

— Lo recuerdas — Asiento, arrepentida

— Si, lo recuerdo.

Otro silencio. Juego de manos. Mi pie nervioso martilla la alfombra. No puedo más.

— ¿Qué va a pasar ahora? — Le pregunto de golpe — ¿Qué es lo que quieres tú?

Edward sonríe entre dientes. Parece que se quiere reír, de hecho, echa la cabeza hacia atrás, como si le hubiese contado el chiste más chistoso del mundo, pero ríe sin ganas, con altivez.

— ¿Qué clase de pregunta es esa? — Me pregunta

— ¿No me vas a responder?

— ¿Qué es lo que quieres tú?

La rabia en mi cuerpo está alcanzando su punto de ebullición.

— Al menos dame la cortesía de saber si aún tengo a mi amigo, no tengo muchos y ahora me vendría bien uno

Eso parece calmar su sonrisa socarrona, porque se borra de golpe, y su semblante se pone serio.

— ¿Ahora somos amigos?

— Ya te dije que sí — Gruño — No te he dicho más que la verdad, pero tú… tú empiezas con estos juegos mentales y esperas que me quede aquí, como una tonta, confesándote cosas que… olvídalo — Agito mi cabeza. La vergüenza me embarga — Olvídalo, ¿sabes?, tengo demasiado en mi plato para encima lidiar contigo.

Me levanto del sofá. Él, por primera vez en esta tarde, parece sorprendido

— Fue un placer para mi trabajar con usted, Don Edward Cullen — Hago una reverencia — Espero que le vaya bien en los próximos negocios….

— Siéntate — Me ordena, pero se coloca de pie también — Aun no hemos terminado.

Lo miro, intentando tener el mismo semblante que él tuvo conmigo durante toda la tarde. Ahora soy yo la que no va a hablar.

Parece funcionar porque él habla.

— ¿Qué es lo que tú quieres? — Me pregunta — Porque yo te lo dije 13 veces.

Alzo una ceja. ¿A qué se refiere? El gruñe. Se acerca a mí y con su dedo toca al centro de mi entrecejo, sin darme cuenta que estaba enojada. Murmura algo de 'maldita nariz perfecta' pero no estoy segura, porque parece inverosímil que ahora el piense en narices.

— Aún no he pensado que es lo que quiero — Murmuro, despacito.

Él está demasiado cerca.

— La última vez que nos juntamos me dijiste muy bien que es lo que querías

Caliente. Ahí abajo.

— Si sé que te lo dije, pero creo que eso fue algo más que solamente sexo — Le confieso — No había sentido esta conexión con nadie más y… quiero que me perdones por dejarte solo, pero Alice me dijo que tú no perdonas.

— Te dijo la verdad, no perdono.

— Pero yo creo que esto si merece un perdón, porque como te dije antes, tu tampoco eres un santo.

Siento el frio de su cuerpo alrededor del mío, una pequeña electricidad entre ambos cuerpos. Complicidad.

Me toma de ambas mejillas. Me limpia las lágrimas. No sé porque estoy llorando.

— No quiero enamorarme de ti — Le confieso — No quiero depender de alguien, yo sé que esto será difícil, pero… pero lo peor de todo es que… es que ya lo estoy — Más lágrimas caen, mi voz más temblorosa — Creo que ya estoy enamorada de ti y tú… ni siquiera lo notas, porque eres muy tonto cuando se trata de cosas interpersonales y… siento esto, todo esto — Señalo a los dos — muy adentro de mi y…

El me calla con un leve roce de labios. Y es un consuelo.

— Yo ya estoy enamorado de ti — Me responde con confianza — Y no será fácil estar conmigo, no será fácil para nada, pero a diferencia de mí, tú me conoces muy bien… en cambio yo recién me entero que tienes un papá con Cáncer… no sé nada de ti, Isabella, nada, y ese nada ya me vuelve loco… imagínate si te conociera completa…

— ¿En verdad me quieres? — Le pregunto.

El me besa, de esos besos que crees que se dan solo en las películas, que te hacen temblar las piernas y que no quieres que acaben. Me lo confirma. Me re-confirma su amor.

— No me dejes — Susurra en mi oído, y yo lloro con más fuerza porque siento que dijo lo que yo quería decirle a él. Lo abrazo con todas mis fuerzas y ensucio su hombro derecho con mis lágrimas.

El me sienta encima de él, ambos encima del sofá.

— En verdad quiero que esto funcione — Le digo, mirando la unión de nuestras manos — No quiero arruinarlo… vas a tener que reunir toda la paciencia que puedas conmigo — Comento entre risas — Soy un poco… complicada.

— Me gusta lo complicado — Susurra, sin deja de besar mi frente, mi cabello, mis pómulos, mi nariz y mi boca — Tú tienes que tener más paciencia conmigo de lo que yo tendré que tener contigo.

Su barba me da cosquillas en mi cuello. Más caliente allí abajo. A veces Edward parece un hombre en cautiverio, y suelta toda esta energía con el sexo.

— Edward — Intento detenerlo, pero el ya está masajeando allí abajo — Edward, cariño… no.

— ¿Por qué no? — Pregunta, sin detener el masaje de allí abajo.

Baja el bretel de mi sostén. Santa madre.

— Porque esto nos trajo problemas a los dos al principio — Intento decir — No quiero que esto comience de nuevo así…

— Pero te extrañe — Murmura, ahora si mirándome a los ojos. Su boca roja.

Ay dios santo.

— Yo también te extrañe.

Es como si le hubiese dicho 'tengamos sexo de inmediato' porque su sonrisa no puede ser más grande.

— Entonces déjame demostrarte cuanto te extrañe.

Es una guerra de mirada que dura dos segundos. Lo suficiente para ver esa pequeña chispa de sus ojos que tuvo aquel día y que me volvía loca. Él baja el otro bretel de mi sostén y ataca mi hombro con sus besos mojados, y baja, baja más, no puede deshacerse del sostén, pero Edward es inteligente, y de un tirón lo deja encima de mi estómago, completamente abrochado.

— Simétricos — Murmura, al ver mis pechos.

Yo me hecho a reír. Creo que su fetiche es que mi cuerpo sea geométricamente proporcionado.

— Bésame — Le pido, al ver su sonrisa.

Ataca mis labios. Juega con mis pantaletas entre sus manos, las tira sin ninguna clase de pudor hacia arriba, aprieta mi clítoris y un gemido sale de mi boca. El aprovecha y su lengua me invade, mientras una de sus grandes manos tortura uno de mis pechos, definiendo mi saliente, jugando con el como si fuese tornillo. Hace otro tirón ahí abajo que me llena de calor, y algo húmedo se siente ahí cuando su mano se cuela debajo de mis calzones, moviendo sus dedos de abajo hacia arriba, definiendo mi cuerpo.

— Edward

El besa mi cuello, y susurro su nombre una y otra vez. A veces es más fuerte cuando hace un movimiento que no espero, como colocar sus dedos adentro de mí, bombeando sin piedad.

— ¡Edward! — Chillo, tratando de incorporarme, sosteniéndome sobre mis codos.

— En verdad te extrañe mucho — Susurra en mi oído, yo me giro para verlo, el parece estar pasándolo de maravilla — Tú hiciste todo el trabajo la última vez… déjame recompensarte.

Yo toco el promontorio que hay en sus pantalones. El intenta quitar mi mano sujetándola de la muñeca.

— No —Brama, es una orden.

— Pero…

— Déjame a mí — Me pide, mientras continua con el masaje abajo y con los besos en todo mi cuerpo.

De arriba abajo, luego de un lado a otro, no tiene merced con los masajes. Cuando creo que voy acabar, el comienza con los movimientos circulares y apretó sus brazos con mis manos, un pequeño vértigo me hace aferrarme a su cuerpo.

— Edward, Edward….Ed… — Me besa, seguramente para callarme porque soy una loca chillando.

— Quiero intentar algo — Me pide en un susurro.

Mueve mi cuerpo entero hasta que mi trasero está tocando el reposa brazo del sofá, toda mi… anatomía expuesta al cielo. No entiendo su intención hasta que baja ambas manos a mis pechos y su boca se acerca lentamente a…

— Jesús — Suplico, cuando siento aún más húmedo ahí — Edward, me vas a matar.

Él no se inmuta. Continua, lo siento en todos lados, en cada parte de mi cuerpo. Él es un ciclope, baja, chupa, sube, toca, masajea, todo al mismo tiempo. Las puntas de sus cabellos me hacen cosquillas entre mis aductores y su lengua no tiene piedad con mi botón. Siento un cosquilleo, al principio leve, pero se agranda de golpe, muy rápido, que me hace perder la conciencia.

… su lengua

— ¡Edward!

Acabo…hacia afuera. Por primera vez. Me da una vergüenza y no sé donde esconderme. Intento limpiar la asquerosidad que hice, pero Edward parece… ¿complacido? Sonríe a pesar de estar todo sucio… por mi culpa.

— Perdón — Susurro, tan quedito, que él no alcanza a escucharme, pero mis actos parecen haberle causado otra sonrisa más grande.

— Ven

Me envuelve en sus brazos y me lleva hacia su cama. Me obliga a desvestirme y me entrega una polera muy grande que me queda como vestido. Ambos nos acostamos al lado del otro.

Me siento nueva… como que todo a mi alrededor mío a cambiado.

El prende la tele. Yo le tomo la mano y me acerco a su espacio, pero no lo suficiente para invadirlo, el sonríe hacia el lado derecho. Luce cansado.

— Gracias por eso… — Murmuro, con los colores de todos los tomates del mundo en mis mejillas.

— ¿Lo repetiremos alguna vez? — Murmura, acariciando la palma de mi mano

— Obvio — Me sorprendo al contestarle.

Un minuto más de silencio. El me atrae hacia él y olorosa mi cuello. Se devuelve. Me mira a los ojos y yo tallo su cara entera con la yema de mis dedos. Luce precioso.

— Oye Isabella

— Dime…

— No me gusta compartir mi comida

— Eso está bien, no suelo robar comida.

— Bien, tampoco me gustaron como quedaron las alfombras que viste recién…

— Las tiraremos mañana mismo — Le propongo, acariciando su cabello — ¿De quién fue esa idea?

— Alice… — Pone los ojos en blanco — También quiero que mi baño siga siendo mi baño, si es posible… puedo mandar a construir uno para ti al lado del mío o puedes ocupar…

Coloco uno de mis dedos en sus labios.

— Esta bien — Concuerdo — Pero no me pidas lo mismo del closet, eso si lo vamos a compartir.

Pone mala cara, pero asiente.

— ¿Algo más?

El asiente de nuevo, pero no habla en el mismo instante. Ya no parece disfrutar de mis masajes por su cara, porque se queda mirando con esa intensidad que anteriormente uso conmigo. Noto como su tono aumenta a través de mis dedos. Es algo grande.

Me separo de él, solo un poco, y él también lo hace.

— Necesito que te cases conmigo — Susurra finalmente.

Uno, dos, seis latidos. Soy un pez sin mar, boqueando por aire.

— ¿Isabella?

— ¿Cómo…qué?

— Que necesito que te cases conmigo — Repite, ahora con más seguridad.

Tomo una almohada y lo golpeo con ella.

— ¡No lo digas así! — Le grito, colocándome encima de él — No lo digas como si me digieras que comiste ayer, ¡Me estas proponiendo algo serio, Edward!

— ¿Cómo lo tengo que hacer, entonces?

— ¿En verdad te quieres casar conmigo? — Le pregunto — Ni siquiera me conoces tan bien. Podría ser una asesina en serie, una rompe hogares… no sé…

— Es mi salto de fe — Responde é, colocando la palma de su mano en mi mejilla — Y creo que va a ser el único salto de fe que hare en mi vida.

Me da media vuelta en su cama, el encima de mí.

Esto es verdad. Esto es muy real.

— ¿Vas a saltar conmigo, Isabella?


Y aquí está el finaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaal. Se que muchas me van a querer matar, que como lo deje así, pero en verdad prefiero más los finales abierto que los cerrados, deja mucho más a la imaginación y me gusta ese juego, en realidad.

Con este capitulo intenté explicar un poco más sobre las características de Bella, una chiquilla más distinta a la usual Bella que leo en los libros, un poco mas audaz y segura de si misma... madura, diria yo. Aún así, sé que deje algunas dudas inconclusas, pero como es una historia pequeña en donde deseo que se realce más las característica de los personajes en sí... más que la misma historia, es así como quedo.

Espero les haya gustado y ojalá leerlas luego.

¡Saludos!