Siempre tuve la curiosidad de saber que tan fea era la vida en el Rukongai, sobre todo en Zaraki e Inuzuri. Cuando escribía este capítulo comparé Inuzuri con las barriadas caraqueñas (sectores en Caracas) y otros sectores violentos de mi país (Venezuela), en donde los pranes (capos) de la zona son capaces de desmembrar a sus enemigos y dejarlos repartidos por diversas partes de la localidad, e incluso sacar los cadáveres luego de darles sepultura y carbonizarlo frente a las casas de sus dolientes. Luego me di cuenta que era demasiada extrema la situación y decidí suavizarlo. Pero personalmente yo si creo que Inuzuri y Zaraki deberían ser lugares así de crueles. Total, muchas veces la realidad supera la ficción, y Tite nunca nos dijo que tan fea era la vida allí de una manera más gráfica.

El comienzo muchas veces no es tan tranquilo, y Rukia es un personaje (al igual que Naruto Uzumaki) que quedó desprotegida desde que era una bebé, por lo cual me preguntaba ¿cómo hacía para cubrir sus necesidades básicas?, sobre todo antes de conocer a Renji. Espero que les guste esta versión de la historia no contada por Kubo.

Disclaimer: Los personajes de Bleach son propiedad de Tite Kubo, quien ha decepcionado a parte de sus seguidores, pero no puedo negar que nos ha regalado algunos personajes inolvidables.

Actualización 07-04-17


Capítulo I

Perro Aullador

Los primeros recuerdos de Rukia estaban asociados a un par de viejitas que vivían en uno de los distritos exteriores. Unas almas la habían acogido cuando la niña fue abandonada en Inuzuri, pensaban venderla a alguna familia rica del Seireitei junto a otros niños desamparados. Pero las hermanas Chie y Emiko Ayanami, habían logrado rescatarlas luego de la desarticulación de la banda delictiva de Hideyoshi Kagami. En aquella revuelta, todas las almas de los niños se esparcieron por los diferentes distritos del Rukongai, pero Rukia al ser una bebita no podía simplemente gatear y escaparse, aunque muchas veces lo intentó.

—Esta niña es una luchadora— se había expresado la anciana Chie al descubrirla huyendo "a gatas" de una choza en la zona de guerra en la que se había convertido el barrio dominado por Hideyoshi. Entre sus sucios pañales aún se escondía la nota con su nombre, el cual era -milagrosamente- lo único legible entre tanto excremento y orina.

Desde ese día ella se convirtió en la luz de esa casa…

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El tiempo no pasó en vano, y Rukia creció hasta transformarse en una niña risueña y "llena de vida". Quizá, ese fue el error de la señora Emiko, amarla mucho hasta el punto de protegerla de la realidad. Los demás niños que vivían en la casa eran mayores que ella, y jamás se atrevieron a contarle la verdad.

Pero nada dura para siempre, muchas veces cuando cae el velo y por primera vez somos capaces de ver al mundo tal como es, el choque con la realidad puede cambiarnos a nosotros mismos. Aquella primavera, Rukia jugaba a las escondidas en los bosques de Zaraki. Era un distrito muy, pero muy peligroso. Sus abuelitas ya le habían dicho en muchas oportunidades que no debía alejarse de la cabaña y mucho menos ir sin compañía al bosque. Pero, ¿quién en su sano juicio jugaba a las escondidas en Zaraki?

Rukia, en su burbuja de cristal, era ajena al peligro del Rukongai, y aunque tenía la apariencia de una niña no mayor a cuatro años humanos, su destreza al escalar arboles la mantenían siempre a salvo de todas las almas que le quisieran hacer daño; menos de los huecos.

Y precisamente un hueco, era lo que tenía enfrente aunque no lo supiera. Ella nunca antes había visto una criatura tan espantosa como esa. Su cuerpo temblaba sin que pudiera evitarlo, la bestia rugía y de sus fauces abiertas salía una baba verde. Por unos instantes pensó que moriría, y una profunda tristeza invadió su corazón. Sus abuelitas llorarían por ella, y eso es algo que no podría permitir.

Trepó con mucha agilidad entre las ramas, abriéndose un camino en las alturas. El monstruo tras ella destrozaba los arboles para poder alcanzarla. Pudo llegar al borde del distrito, y divisar a su abuelita Emiko, quien al percatarse del peligro no dudó en ponerse en el camino del hollow con tal de proteger a su "pequeña luchadora".

Rukia sintió el golpe en su espalda, y después sólo vino la oscuridad

Horas más tarde el monstruo ya había sido derrotado por un hombre de aspecto temible al que apodaban Zaraki, ya que no tenía nombre y esa parte del Rukongai era su hogar. Lamentablemente antes de morir el hueco ya se había comido a muchas almas, incluida la anciana Emiko.

Ese día Rukia descubrió que existían criaturas malvadas en el mundo, y que existía la muerte. Pero ese era el comienzo de su vida, aún le restaban muchas cosas por descubrir.

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Unos años más tarde, la anciana Chie también murió. En esta oportunidad simplemente la muerte llegó luego de una enfermedad. Las almas también se enferman, pero nunca es como en el mundo mortal. En el Seireitei cuando un alma es incapaz de retener las partículas espirituales en su esencia simplemente deja de existir, y entra a formar parte del ciclo de renacimiento. Otro tonto mecanismo creado por el Rey Espíritu. Un círculo vicioso de vida y muerte del cual sólo quedaban excluidas las almas que entraban al infierno o aquellas que eran devoradas por los huecos. Sólo a través de la purificación con una zanpaku-tō se podían liberar aquellas almas devoradas, las cuales entraban directamente en el ciclo de renacimiento. A pesar de su sacrificio, la anciana Emiko nunca volvería a renacer, ya que el hueco que la había devorado nunca fue purificado.

Pero ese no era el caso de la anciana Chie, ella había estado tan débil en los últimos meses que decidió entregar a algunas buenas almas la tutela de muchos de los niños a su cargo. Sólo la resistente e impertinente Rukia se mantuvo a su lado de manera renuente hasta el final. Siendo la más pequeña, muchas familias pertenecientes a los clanes menores del Seireitei quisieron adoptarla, pero la pequeña morena se negaba a abandonar a su vieja abuelita.

Con sus limitadas fuerzas, logró llevar el cuerpo de la mujer a un hermoso claro lleno de flores. Comenzó a cavar una zanja pequeña, que luego de muchas horas tan sólo tenía unos quince centímetros. Estaba muy agotada para seguir, pero no permitiría que el cuerpo de la mujer, que con tanto amor y cuidados la crió, quedara a la intemperie. Un mercader que visitaba regularmente el improvisado auspicio pasaba por el lugar y decidió ayudar a Rukia a terminar el hoyo.

Al final de la tarde, colocaron a la anciana en la fosa, la cubrieron primero con tierra y piedras, y finalmente con flores y plantas. Creando así un mausoleo.

El comerciante, quien provenía de uno de los primeros distritos del Rukongai, se ofreció a llevar a la pequeña niña hasta su hogar, pero Rukia ya no tenía quien la esperara en casa, así que no le importaba mucho regresar, por lo que le acompañó hasta su siguiente parada: Inuzuri. Rukia había decidido salir a recorrer el mundo.

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Quizá ya han escuchado que la vida en el Rukongai es muy dura, sobre todo en los distritos exteriores. Rukia había sido criada y cuidada con mucho amor en sus primeros ocho años de vida en la Sociedad de Almas, razón por la cual nunca se percató de muchas cosas, entre ellas que estaba muerta.

Aquel comerciante que la había ayudado, durante un tiempo había servido como criado en una casa noble que ahora estaba en ruinas y exiliada del Seireitei, pero que aún conservaba amistades e influencias en todo Rukongai. Mientras Rukia le acompañó en el largo trayecto no sufrió percances, pero una vez que arribaron a Inuzuri todo cambió. Tal parecía que el mercader deseaba usarla como otra pieza más para vender. Y estaba contactando con el clan Shiba para entregar a la niña como sirvienta. Sus intenciones no eran del todo nobles, ya que escondía un beneficio: saldar una deuda con el anciano líder Shiba Daimaru.

Rukia no estaba dispuesta a ser enjaulada, y en su inocencia rechazó la oferta, y dando las gracias de manera muy formal decidió continuar con su viaje a pesar de la negativa del mercader para dejarla desamparada en ese sitio.

En su recorrido por las calles todo era extraño. Rukia recordaba perfectamente lo que habían dichos las ancianas: ella había nacido en Inuzuri, también pertenecía a Inuzuri, y por eso su nombre era Rukia Inuzuri. Así que era en ese lugar donde debía estar su nuevo hogar, y si tenía suerte allí encontraría su destino. Claro que una cosa era visitar Inuzuri con las ancianas y los demás huérfanos que la acompañaban y otra muy distinta era recorrer ese lugar estando sola.

Había mucha pobreza, que se evidenciaba en la calidad de vida de sus habitantes; el ambiente era muy hostil, sobre todo para los huérfanos, viejos y enfermos que abundaban en esas calles de tierra. Por donde pasaba la gente estaba siempre peleando y causando daños a otros. En un rincón unos hombres golpeaban salvajemente a otro para robarle sus pertenencias. Las muchas veces que se acercó a la mesa de los vendedores ambulantes solicitando comida y cobijo a cambio de trabajo, sólo obtuvo como respuesta golpes con varas, que le arrojaran piedras y en el mejor de los casos que la sacudieran a escobazos.

Al final del día no pudo siquiera volver a ver al mercader que la había traído así que tuvo que pasar la noche entre unos barriles con basura que estaban cerca de una casa. Quiso cerrar los ojos y permitir al cansancio que la llevara al país de los sueños, pero esa noche no habría piedad con ella. Un frío se caló entre sus huesos al escuchar como un hombre arrastraba por las calles a una chica, que quizá comenzara a entrar en la adolescencia, hasta ese mismo callejón donde Rukia se escondía.

La chica lloraba copiosamente mientras pedía a su captor que la liberara. Rukia desconocía lo que estaba sucediendo, pero su primer instinto fue salir en ayuda de aquella mujer. Tomó una piedra del suelo y se la arrojó con fuerza al hombre en la cabeza.

A pesar que la herida no era de cuidado, tan sólo un leve golpe, la sangre comenzó a brotar levemente de la sien de aquel bandido; mientras que la muchacha que yacía en el suelo, evidentemente muy golpeada, estaba con los ojos abiertos llenos de un terror palpitante. Tanto que cuando cruzó su mirada con la pequeña Rukia, fue que la niña comprendió que había cometido un error, que pagaría muy pronto.

Los ojos inyectados de sangre de su atacante no se apartaron de ella mientras la tomaba por el cuello y azotaba su cabeza contra la pared del callejón.

Sintió un fuerte golpe acompañado de la extraña y dolorosa sensación de no poder respirar, de no ser capaz de llenar sus pulmones por más que jadeara, y que con sus pequeñas manos tratara inútilmente de liberar su tráquea de aquella mano que poco a poco le quitaba el aliento de vida.

Mientras caía en la inconsciencia, unos dedos temblorosos se posaron sobre la mano de su captor.

—Toma de mi lo que desees Señor, pero deja que la chiquilla piojosa viva— La voz que hablaba temblaba tanto como la mano que trataba de llamar su atención. La mirada asesina reemplazada por otra lujuriosa cuando la chica comenzó a abrir su yukata con su otra mano.

Caviló las posibilidades y la lujuria ganó. No se olvidaría de la pequeña salvaje ya que eran sus favoritas por ser siempre tan estrechas al ser invadidas. Pero había deseado a la otra mozuela por mucho tiempo, y sólo su madre le impedía tomarla. Matar a la mujer mayor no estuvo nunca en sus planes, pero sintió un enorme placer al penetrarla mientras la asfixiaba, y cuando hubo acabado fue que se percató del cuerpo frío y sin vida de la fémina. Ahora tomaría a la hija, procuraría tener cuidado de no matarla también.

Como si fuera una muñeca de trapo, el hombre levantó a Rukia por una mano arrojándola unos más dentro del callejón, mientras con la otra liberaba su pene. Colocó a la joven contra la pared, obligándola a estar casi apoyada con las manos en la pared y la cabeza hacia abajo. Tomó violentamente sus caderas, levantando su yukata hasta la media espalda y posicionándose entre sus piernas, se enterró violentamente en la joven que se había resignado a su suerte. Un grito de dolor fue lo último que la niña escuchó.

Rukia no estuvo despierta los escasos minutos que duró el acto, pero era muy inteligente y al despertar había corrido para buscar ayuda y auxiliar a la joven chica. Pero no encontró a esas personas por ningún lado. A pesar de corta edad, sólo le basto aquella primera noche que pasó en Inuzuri para comprender la miseria de las personas, y que algunas almas necesitan ser salvadas.

Ese lugar ya no era como lo recordaba.

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Primero fueron días, luego un mes. No había rastro de aquella jovencita ni de su agresor. Sin saberlo Rukia, aquella noche esa pareja había sido víctima de un hueco liberado desde un laboratorio por un shinigami con ansias de poder. Ella sólo se había salvado porque el hueco se había deshecho en partículas inestables luego de alimentarse de aquellos desgraciados.

Para la pequeña Rukia cada día era peor que el anterior. Cuando tenía hambre se aventuraba a recoger de la basura que los comerciantes menos avaros le permitían hurgar, algunas veces duraba hasta cinco días en probar bocado o beber agua. Aquellas duras condiciones no mermaron el carácter feliz de la chica. Daba gracias por seguir "viva".

Pero ignorar una condición no nos exime del dolor. Y eso era lo que Rukia sentía aquella tarde. Regresaba de nadar un rato en el lago. Cómo quedaba tan lejos sólo podía ir unas pocas veces, así que ella sólo iba y aprovechaba de bañarse una o dos veces a la semana en aquella laguna fría que quedaba en la parte más oscura del Bosque de los Condenados. Sólo quienes buscaran una muerte segura ingresaban a ese árido lugar. Incluso la flora era escasa, sólo había arañas, gusanos y grandes roedores.

Ella no era tonta, había comenzado a sospechar que muchas cosas no encajaban, se cuestionaba sobre los shinigamis y quienes eran exactamente ellos, qué era un alma, de dónde venían los hollows, y qué sucedía con el cuerpo de aquellas personas que se convertían en partículas de luz. Tenía muchas dudas.

Había llegado ya al mercado informal que había en Inuzuri. Tenía esperanza de conseguir algo, que ahora que se encontraba limpia y con olor a flores, usando un kimono percudido pero algo limpio. Cuando a los lejos pudo ver un pequeño desastre armarse: unos ladronzuelos estaban robando agua. Eran niños que nunca había visto

Inuzuri era un distrito grande y lo suficientemente sobre poblado como para perderse entre un mar de gente; por tanto era la primera vez que veía aquella cabellera rojiza que lideraba a los jóvenes bandidos. Con un pelo así sería muy difícil para ese chico escapar y pasar desapercibido.

— Así pues tendré que darles una mano— fue el pequeño susurro de Rukia, quien en lugar de una mano usó su pie.