LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Cosas que nunca podré hacer contigo

Aunque faltaban casi dos semanas para el cambio de estación, el otoño ya se había instalado en el bosque. Las últimas lluvias habían recuperado el manto verde bajo los pinos y un musgo turgente empezaba a trepar por sus troncos.

Mientras me dirigía a la Dehesa, maldije el tiempo. Mi abuela solía decir que bajo la lluvia es fácil identificar a las personas felices porque no les importa mojarse. «Si no tienen paraguas, su alegría les protege de cualquier resfriado —decía—. No lo olvides nunca, Kia, merece la pena sentir la magia de la lluvia. Significa que estás viva.» Aquel día estaba segura de que agarraría una buena pulmonía.

Llegué a la Dehesa empapada después de haber corrido bajo el temporal. Tras cerrar la puerta, encendí la chimenea y subí a cambiarme. Todavía guardaba algo de ropa en el armario.

Después me senté junto al hogar y observé de nuevo la foto.

Me sentía una tonta por no haberlo sospechado antes. La propia Senna me había confesado meses atrás, en el Lago de las Princesas, que aparte de Kenzaki otra persona había detenido su universo con un beso. En aquel momento había pensado que podía tratarse de Ichigo, pero jamás imaginé que hubieran llegado tan lejos...

Muy a mi pesar, aquella foto era la viva demostración. Los dos estaban desnudos, abrazados y en el mismo saco. El flash iluminaba unos pinos alrededor de la escena, donde podía apreciarse un cielo estrellado de fondo. La cara adolescente de Senna revelaba que aquello había ocurrido mucho antes de que yo llegara al bosque. No tenía sentido estar celosa, pero, aun así, me sentía traicionada. ¿Por qué me lo habían ocultado?

Lo que más me disgustaba era que Ichigo me hubiera mentido. Él siempre me había dicho que la quería como a una hermana y que le recordaba a Orihime—la niña madrileña que se había precipitado al vacío mientras recorría las azoteas de la ciudad con él—. Senna había sido su «vínculo con el mundo real» en aquel bosque solitario, la persona que había curado su corazón herido por la culpa.

«Ella es mi ángel protector —me había dicho meses atrás—, pero tú eres mi amor.»

Para ser justa, debía reconocer que yo también había compartido algo más que un beso con Grimmjow.

El síndrome de Estocolmo y mi lucha por escapar de aquel sótano en Londres me habían abocado a ello. Pero yo había sido sincera con Ichigo y se lo había contado.

Me fijé en su rostro. A diferencia de Senna, él no había cambiado ni un ápice. Habrían pasado un par de años desde aquella foto, pero estaba exactamente como le conocía. Tan bello como en aquella primera aparición en mi ventana, cuando le había confundido con un fantasma. Me inquietó pensar que siempre sería así. Pasaran diez, veinte o treinta años, su rostro seguiría siendo tan bello y joven como en esa instantánea.

Me negué a admitir que sentía algo más intenso que la rabia que me carcomía por dentro; algo más fuerte incluso que los celos que me pinchaban como agujas en el corazón al imaginármelos juntos.

Era miedo.

Miedo a que su amor por mí fuera tan volátil como el que había sentido por Senna. Miedo a que el paso del tiempo destruyera lo que nos unía. ¿Cómo íbamos a construir algo sólido si empezábamos con mentiras?

Por primera vez me asaltaron serias dudas sobre mi destino. Saqué un papel de mi bolsillo y busqué un bolígrafo. Nunca había pensado en los inconvenientes de aquella vida de aislamiento y en la cantidad de experiencias a las que renunciaba. Había tantas cosas que nunca podría hacer con él, tantos deseos que jamás cumpliría debido a su don, que empecé a anotarlos según pasaban por mi mente:

COSAS QUE NUNCA PODRÉ HACER CONTIGO

Pasear de la mano por las calles de Soria, de Barcelona... o de cualquier otra ciudad.
Tomar un helado en una terraza después de una tarde de compras.
Ver a la gente pasar desde esa misma terraza y reírnos de cosas que solo nos hacen gracia a nosotros.
Tumbarnos al sol en la playa mientras escuchamos risas de niños que hacen castillos en la orilla.
Correr tras un autobús para no perderlo.
Saborear palomitas y besos salados en la última fila del cine.
Visitar Londres con Senna y Kenzaki.
Desayunar juntos en una cafetería antes de entrar en clase.
Esperarte a que vengas a recogerme.
Enfadarme contigo porque tardas en llegar.
Visitar un museo en un día frío de invierno y contemplar juntos el mismo cuadro.
Salir a cenar y pedir platos que nunca hemos probado...
Bailar juntos en una fiesta.

Dejé de escribir al notar cómo mis ojos se nublaban y las lágrimas empezaban a emborronar aquellas tontas frases. Meses atrás, mi único deseo había sido apurar cada segundo de mi existencia a su lado... Pero, poco a poco, había empezado a entender que nuestra relación nunca sería tan perfecta como él y que, con el tiempo, habría cosas que me pesarían mucho más que aquel aislamiento forzoso... Una de ellas, la más importante, era envejecer al lado de un ser eternamente joven.

Sentí rabia al recordar que él jamás había contemplado la posibilidad de destilar el néctar de la eterna juventud para que yo fuera como él. Pasaba la medianoche cuando me asomé a la ventana. Al otro lado del cristal, una lluvia torrencial formaba una cortina tan espesa y oscura que era imposible ver nada. El ruido de un trueno me sobresaltó. A los pocos segundos, un relámpago iluminó una silueta que se acercaba.

Permanecí inmóvil cuando alguien golpeó la aldaba de bronce. Su quejido metálico resonó en los recovecos de mi mente, incitándome a reaccionar. Me sequé las lágrimas y abrí la puerta con el corazón en un puño. La figura imponente de Ichigo apareció al otro lado y me estrechó entre sus brazos. Cerré los ojos y me abandoné por un instante al calor de su cuerpo. Sentí cómo mis piernas se aflojaban temblorosas al notar su pecho duro contra el mío, su aroma asilvestrado, el roce de sus dedos sujetando mi nuca, sus labios acercándose...

Temblé de nuevo.

—¿Qué pasa, Rukia?

Me apartó ligeramente y me miró con el rostro contraído. Me mordí el labio y murmuré una excusa entre dientes:

—Vuelvo enseguida.

Subí al baño y respiré hondo. Tenía un nudo en el estómago, una mezcla de inquietud y miedo por lo que estaba a punto de hacer. Hice un esfuerzo por controlar el temor que nacía desde mis entrañas y bajé de nuevo al salón.

Ichigo estaba leyendo la carta de Florencia que había dejado olvidada en el sofá. Al verme, la dobló de nuevo y me miró con extrañeza. Sus facciones estaban contraídas, como si adivinara lo que iba a decir a continuación.

—No voy a ir contigo a la Aldea de los Inmortales... —Me sorprendió pronunciar aquellas palabras con tanta entereza—. Necesito aclararme y no creo que sea una buena idea que te acompañe este invierno.

Me molestó entrever una expresión de alivio en su rostro. Habría deseado que me declarara amor eterno y me suplicara que cambiara de opinión, pero me conformaba con que reaccionara de algún modo a mis palabras. En lugar de eso, me contestó con indiferencia:

—Está bien. Lo entiendo.

Pestañeé varias veces para evitar el llanto que amenazaba en mis párpados.

—¿Está bien? ¿Lo entiendes? Te estoy diciendo que no quiero estar a tu lado, ¿y eso es lo único que se te ocurre decirme?

Le observé durante un instante. Su deslumbrante belleza me pareció en aquel momento un arma casi tan hiriente como su frialdad. Había verano aún en su piel y restos de sol enredados en su cabello. Aparté la mirada para no ceder al impulso de echarme a sus brazos.

Sus palabras aplacaron mi deseo como un jarro de agua fría:

—La vida en el valle es muy difícil y no creo que estés preparada.

Dejé que la rabia respondiera por mí:

—Vaya, no estoy preparada para vivir en un valle aislado, pero sí en cambio para esconderme sola en una gran ciudad, huir de una organización peligrosa y soportar que me secuestren, me droguen...

—Yo no quería que nada de eso sucediera —me interrumpió con voz dulce—. Pero el peligro ya ha pasado, y esta no es tu condena.

—Condena era pasar un solo día lejos de ti —solté con un hilo de voz—. Tú eras mi mundo.

Ichigo respiró hondo, sacudió la cabeza y clavó la mirada en el suelo durante un buen rato. Cuando la levantó, sus ojos ocres se habían vuelto insondables y fríos.

—Rukia, nuestros mundos son distintos. Tarde o temprano tenía que ocurrir. No somos iguales...

Me dolió que me lo recordara cuando él no había hecho nada por cambiarlo.

—Es cierto, no soy como tú. Volvería a pasar mil veces por todo eso si tu amor fuera el premio, en la Aldea de los Inmortales o en el mismísimo infierno. Pero ahora creo que no me mereces. —Mi voz se quebró—. ¡A ti solo te importa la maldita semilla!

Me arrepentí de mis palabras nada más pronunciarlas... pero aun así no podía detenerlas. Había abierto las compuertas de mi corazón y mis sentimientos más profundos fluían libres, sin ningún control.

—Rodrigoalbar se enfrentó a sus miedos por un sueño —continué—. Él sufría tu don y, sin embargo, eso no le impidió viajar por todo el mundo en busca de personas nobles con las que fundar la aldea. Tú, en cambio, vives aislado, huyendo del miedo, sin darte cuenta de que el único temor que te impide ser feliz es el tuyo propio.

—Soy un ermitaño. He vivido más de una vida sin otra compañía que mi sombra. No sé hacerlo de otra manera. Te quiero. Siempre te he querido, pero...

Las rodillas empezaron a temblarme. Me sentía mareada y no podía controlar el torrente de lágrimas que caían en cascada.

—Dices que he despertado tu corazón y que me quieres... pero lo cierto es que estás deseando librarte de mí. No lo niegues, he visto tu cara de alivio cuando te he dicho que no iré contigo a la aldea... Dime una cosa, ¿a Senna también la quisiste igual? Sé que te acostaste con ella.

Saqué la foto del bolsillo y se la mostré.

Pude apreciar un tinte de tristeza en su mirada antes de responder:

—Ella entendió mi naturaleza libre, jamás trató de retenerme.

Enmudecí mientras la rabia se enroscaba en mi vientre como una serpiente venenosa.

—Vete, Ichigo. ¡Vuelve a tu bosque y déjame en paz!

El sonido de mi propio llanto me impidió oír cómo cerraba la puerta y salía de mi vida, tan sigiloso como había entrado en ella un año atrás.

To Be Continued...