LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Oblivion
Huir era la única forma de que mi corazón herido dejara de sangrar. En Colmenar sentía que el aire me asfixiaba. Todo me recordaba a Ichigo. Estar tan cerca de sus recuerdos era mucho más doloroso que poner distancia de por medio. Aunque solo nos separaba un invierno, un abismo se había abierto entre los dos, y ya nada podría fundir el hielo que había congelado nuestros sentimientos.
Tras dos semanas de calvario, en las que pasé por todos los estadios de la tristeza y la rabia, decidí contactar con Hallibel y aceptar su invitación para ir a Florencia. En parte, porque quería ayudarla a encontrar a Grimmjow, pero, sobre todo, porque necesitaba cambiar de aires. Y la idea de estudiar en una ciudad distinta, y desconocida para mí, me parecía una buena manera de lograrlo.
En el fondo, sabía que el chico de negro estaría bien.
Aquello era de locos... Pero era justo la clase de locura que mi corazón necesitaba para huir del bosque.
Tras preparar la maleta, envié un mensaje a Grimmjow con la esperanza de que me contestara... No me atreví a decirle que iba a Florencia por si le habían interceptado el correo electrónico y realmente estaba en peligro; así que le escribí una frase en clave.
El hada sin sueño conoce el refugio del mirlo negro.
No obtuve respuesta.
Para ser sincera, reencontrarme con él no me inquietaba. La distancia había difuminado el síndrome de Estocolmo que tanto me había confundido meses atrás. Además, me sentía tan dolida con todo lo sucedido con Ichigo que estaba convencida de que mi corazón ya no despertaría nunca más al amor. Mi padre no se opuso a que estudiara fuera. Faltaba menos de un mes para que cumpliera los dieciocho, así que me tranquilizó contar con su aprobación. Él solo quería que hiciera algo con mi vida y Florencia le pareció un lugar tan bueno como cualquier otro para acabar el bachillerato. Su única condición fue que aprobara el curso.
Yoruichi también aplaudió mi decisión y me ayudó a encontrar plaza para el bachillerato internacional en una buena escuela florentina, que preparaba a los estudiantes para cualquier universidad europea. Las clases eran en inglés. A mi profesora le pareció una experiencia muy recomendable para cualquier joven.
La única pega de aquella academia era el desorbitado precio de la matrícula. Por suerte, aún me quedaba dinero de las monedas de oro que había vendido en Londres, así que hice la reserva. Como las tarifas no se mencionaban en la web, preferí no comentar ese detalle con mi padre o Yoruichi para evitar preguntas incómodas.
Mientras Byakuya me conducía al aeropuerto de Madrid, en silencio y con la mirada fija en la carretera, sentí un déjà vu. Era la segunda vez que hacía ese recorrido con mi padre. Aunque las razones que me alejaban del bosque eran muy distintas a la anterior, otra vez huía a un país extranjero...
Aparté la mirada del asfalto para posarla unos segundos en mi padre.
Continuaba pareciéndome un extraño —apenas habíamos tenido ocasión de conocernos—, pero al mismo tiempo sentía el vínculo invisible que nos unía de forma poderosa. En aquel momento sonreía, como si estuviera acordándose de algo especial.
—A tu madre le encantaba Italia.
—¿De verdad?
Le miré extrañada. Ella jamás había mencionado tal cosa.
—Quería ir allí si, algún día, ella y yo... —Tomó aire antes de seguir hablando—. Su sueño era ir a Florencia, visitar la Galería de los Uffizi y contemplar de cerca El nacimiento de Venus.
—Tenía una lámina enorme en su habitación —reconocí.
—No olvides hacerle una visita a Botticelli, entonces. Asentí con tristeza. No dejaba de ser irónico que el destino para olvidar a mi amor fuera el mismo que ella había escogido para vivir el suyo. Me apenó que nunca llegara a cumplir su deseo...
Byakuya me atusó el pelo, como si quisiera borrar de mi cabeza cualquier pensamiento triste.
—¿Te has acordado de vacunarte?
—Me voy a Italia, no a Etiopía. A no ser que haya un brote de gripe A en Florencia...
—Bueno, a menos que seas inmune a la belleza, hay algo todavía más fulminante que eso: el síndrome de Stendhal. Cada año se registran más de cien casos de turistas que sufren vértigos y desvanecimientos mientras visitan la ciudad.
Me sorprendió que mi padre, que llevaba décadas sin salir de Colmenar, supiera tanto sobre la ciudad del arte.
—¿Por qué?
—Porque no están acostumbrados a tanta acumulación de belleza. Se llama así porque Stendhal, el novelista francés, sufrió uno de esos episodios tras entrar en la Santa Croce. De repente se sintió aturdido, desorientado, con fuertes palpitaciones... y tuvo que salir enseguida de la iglesia.
Le miré boquiabierta.
—A veces la perfección resulta difícil de soportar, ¿no crees?
—Si hubiera una vacuna contra ella, me la pondría sin pensarlo —respondí con tristeza recordando a Ichigo.
—La hay —respondió Byakuya—. Se llama olvido. Solo quien olvida el amor puede ser inmune a la belleza.
Me pregunté si alguna vez lograría no estremecerme con el simple recuerdo de su bello rostro.
—Y convertirse así en un corazón dormido —añadí tras un suspiro.
Mi padre desvió un instante la mirada de la carretera y la posó en mí con dulzura antes de decir:
—El año pasado yo era incapaz de apreciar ningún tipo de belleza, Rukia. Pero tú has traído de nuevo el amor a mi vida...
Me pareció que mi padre había escogido una forma muy tierna para decirme que me quería. Poco acostumbrado a expresar sus sentimientos o a decir cosas bonitas, le agradecí sus palabras con un beso.
Sus mejillas se encendieron con timidez.
—Supongo que lo dices por Yoruichi, ¿verdad? —bromeé.
Byakuya soltó una carcajada.
—Sí, también.
—Por mí no te preocupes, papá —todavía se me hacía extraño pronunciar esa palabra—, no tengo intención de desmayarme por las calles de Florencia.
Estuve a punto de añadir que esperaba vacunarme del olvido con aquel viaje, pero no lo hice. Lo último que me apetecía era hablar con mi padre de Ichigo.
Si había sobrevivido a su amor, no tenía dudas de que podría superar aquel extraño síndrome relacionado con la belleza extrema. Pero ¿cómo me iba a olvidar de él?
Me acordé de la letra de una antigua canción que le gustaba a mi madre y que decía:
Todo el mundo sabe
que es difícil encontrar
en la vida un lugar
donde el tiempo pasa cadencioso
y sin pensar
y el dolor es fugaz [...]
Bécquer no era idiota
ni Machado un ganapán
y por los dos sabrás
que el olvido del amor se cura en soledad.
Suspiré con tristeza mientras me despedía de los últimos pinos que flanqueaban la carretera comarcal de Soria a ambos lados... Después cerré los ojos y ya no los abrí hasta llegar al aeropuerto de Barajas.
Tras facturar las maletas, me dirigí a la librería de la terminal. Quería dejar de pensar en Ichigo, distraerme con alguna lectura que me absorbiera entre sus páginas. Había tantos libros ordenados sobre la mesa de novedades que no acababa de decidirme... Hasta que uno de ellos me escogió a mí por el título: Øbliviøn. «Olvidar» era justo lo que necesitaba.
En la portada aparecía un chico rubio con gafas de sol que me recordaba a Javier Ruescas, un autor de literatura juvenil.
—¿Sabías que para los anglosajones existen hasta cinco tipos distintos de olvido?
Miré sorprendida al chico que me hablaba al otro lado de la máquina registradora mientras metía el libro en una bolsita y me alargaba el cambio con el tíquet.
—La gente olvida a menudo sus modales —añadió mirando a un señor encorbatado que acababa de entrar con la cabeza gacha, sin contestar a su saludo—. Yo, por ejemplo, nunca olvido una cara bonita.
Le devolví la sonrisa por cortesía.
—Pero el título de esta novela significa olvidar con mayúsculas —continuó mientras anunciaban mi vuelo por megafonía—. Es algo así como «olvido eterno».
Me fui sin saber cuáles eran las otras cuatro formas de olvidar para los ingleses, pero tampoco me importaba. Øbliviøn era la única que me interesaba.
Mientras me dirigía apresurada a la puerta de embarque, abracé el libro con la esperanza de encontrar en él alguna clave que me ayudara a dejar atrás el recuerdo de Ichigo.
Ya acomodada en el avión, volví a tener un déjà vu cuando me sorprendí a mí misma girándome hacia los asientos traseros. No pude evitar un poso de decepción al descubrir la última fila vacía.
To Be Continued...
