LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Un apartamento con vistas
Nada más recoger las maletas, esperé a Hallibel en el vestíbulo. En su perfil de Facebook, en vez de foto aparecía el Hada Azul. No tenía ni idea de cuál sería su aspecto, pero, influida por el personaje que convierte a Pinocho en un niño de verdad, esperaba encontrar a una chica rubia de apariencia dulce. Durante un rato me entretuve observando a todas las italianas que pasaban por la terminal.
Después de unos minutos, tuve la impresión de estar en un desfile de moda.
Me fascinó la elegancia con que se movían desde sus altos tacones y el estilo con que lucían modelitos. A ninguna le faltaba maquillaje ni complementos con los que adornarse. Ataviada con unos viejos vaqueros y unas camperas, me sentí como un bicho raro.
No habían pasado ni diez minutos cuando una chica delgada y alta se acercó a mí con paso decidido. Tenía una bonita sonrisa y unos enormes ojos, del mismo color azul que el mar y una melena rubia corta.
Llevaba unos pantalones tobilleros, un abrigo corto de paño negro y unas clásicas bailarinas. Me sorprendió que pese a su sencilla indumentaria, el calzado plano y su corte de pelo pixie, fuera con diferencia la chica con más clase de las que había visto desfilar aquella mañana por el aeropuerto.
Tras saludarme efusivamente con un abrazo y dos besos, tiró de mí hacia la salida y empezó a parlotear en mi idioma con un fuerte acento italiano. No entendí nada de lo que me dijo, salvo que había venido a recogerme en moto.
Lo que más me impresionó de Hallibel no fue su belleza, ni su forma de hablar precipitada, ni la elegancia con la que caminaba... sino su aroma. Mientras la seguía hacia el aparcamiento, me sorprendí aspirando un perfume sutil que no recordaba haber olido nunca antes. Mi acompañante llevaba un gel o una crema corporal que, en contacto con la piel, desprendía una fragancia exquisita.
Me prometí descubrir qué era y no abandonar Florencia sin hacerme con un frasco para mí.
—Será mejor que coja un taxi y nos encontremos en tu casa —dije al ver cómo se paraba frente a una vespa y sacaba dos cascos de debajo del asiento.
—¡Ni hablar! Cabemos perfectamente.
Hallibel colocó los bultos bajo sus pies, se caló el casco y me hizo un gesto para que me apresurara.
Mientras circulábamos por la ciudad tuve la impresión de que mi recién iniciada aventura florentina podía acabar en ese instante. Hallibel conducía de una forma tan temeraria e imprudente que me pareció un milagro que llegáramos enteras a su apartamento. Circulaba rápido, no respetaba las señales y apenas dejaba espacio entre los vehículos. A los insultos de un conductor contra el que estuvimos a punto de chocar, Hallibel respondió levantando el dedo corazón.
Todo eso hizo que prestara más atención al asfalto que a la preciosa ciudad que atravesábamos.
Tras internarnos por varios pasajes del casco antiguo, nos detuvimos frente a un edificio de tres plantas con una puerta de bronce. Seguí sus pasos por una estrecha escalera hasta llegar al último piso.
Nada más entrar, Hallibel me acompañó a mi habitación para que dejara el equipaje y me mostró el resto del apartamento. Se trataba de un ático antiguo reformado con mucho estilo. El techo a dos aguas, con vigas vistas, se unía a las paredes con una enorme cristalera inclinada, a modo de ventana panorámica. El salón y la cocina compartían una zona diáfana con un sofá, una mesa y un armario empotrado blanco. Me llamaron la atención la lámpara de lágrimas rojas y las sillas transparentes de metacrilato con cojines fucsias.
También había una estantería repleta de Pinochos de madera. Todos vestidos de rojo, con el mismo pantalón verde tirolés y sombrerillo, pero de distinto tamaño.
En la cocina había una de esas neveras retro, de rayas a colores, que hasta el momento solo había visto en las revistas. Busqué en ella la foto que Hallibel había mencionado en su carta —un retrato mío—, pero, aparte de una lista de la compra y propaganda de una pizzería, no había nada más pegado en ella.
El estilo del piso era moderno y femenino. Se me hacía extraño imaginarme a Grimmjow sentado en aquel sofá con cojines de estampados florales o preparándose la comida en aquella cocina con botes de todo tipo de pastas y especias. Tampoco había nada a la vista que indicara que allí vivía un chico como él.
Aunque, a decir verdad, ¿qué diablos sabía yo de él y de sus gustos? Apenas habíamos convivido—si es que a estar encerrada en un sótano, compartiendo partidas de backgammon con tu captor, podía llamarse «convivencia»—. Además, hacía semanas que había desaparecido y probablemente Hallibel habría guardado sus cosas en ¿su habitación? Solo había dos en aquel piso, así que le pregunté si me había alojado en la de él y qué pasaría cuando regresara.
—No te preocupes por eso ahora —respondió sin contestar a ninguna de las dos preguntas—. Tenemos tiempo para ponernos al día sobre Grimmjow. Ahora es mejor que descanses del viaje y te instales.
Hallibel me contó que compaginaba algunos trabajos esporádicos de azafata con sus estudios de filosofía y letras para pagarse la carrera. También me explicó que sus abuelos eran de Toledo y que cursaba alguna asignatura en castellano. Aquello explicaba que lo hablara tan bien.
No quería que pensara que era una esnob, así que evité hablarle de la prestigiosa escuela en la que me había matriculado y solo le dije que había encontrado una academia para prepararme la selectividad española.
Aunque la calefacción estaba encendida, el frío parecía traspasar las paredes y Hallibel propuso tomar unos capuchinos para entrar en calor. Mientras los preparaba, me dirigí al ventanal. Las vistas eran impresionantes.
Un momento después, me ofreció una taza y contempló conmigo la hermosa panorámica que teníamos delante.
—Aquello es Santa Maria del Fiore. No se puede construir ningún edificio más alto, así que su famosa cúpula nos abraza desde cualquier punto de la ciudad a todos los florentinos.
Un sol de tarde nos ofreció una postal fantástica de la ciudad, donde el caparazón de Brunelleschi destacaba majestuoso entre los tejados anaranjados y esbeltas torres y campanarios.
—No creo que haya otra ventana en toda Florencia con mejores vistas — continuó orgullosa.
—Impresionante. Pero este apartamento debe de costarte una fortuna.
—Es de mis tíos, el precio es simbólico. Mientras estés aquí, solo voy a pedirte que te hagas cargo de algunos gastos...
—Gracias.
—Antes de dármelas, espérate a que llegue el recibo de la calefacción. Esta ciudad es muy fría, Rukia. Entre la humedad del río Arno y las colinas que nos rodean... no imaginas lo duro que es aquí el invierno.
Podía imaginarlo. En los últimos meses no había hecho otra cosa que pensar en inviernos helados... Y aunque en mis fantasías no había entrado Florencia, sino el valle entre montañas en el que se refugiaba Ichigo, le había perdido por completo el miedo al frío.
Suspiré resignada y me sacudí cualquier pensamiento relacionado con mi ermitaño.
Aparté un cojín para acomodarme mejor y descubrí un Pinocho idéntico a los que había en la estantería. Lo tomé en las manos y jugueteé un instante con él antes de preguntarle:
—¿Coleccionas Pinochos?
—Es un símbolo de la ciudad. Su escritor, Carlo Collodi era florentino, así que encuentras Pinochos a patadas por todas partes, en cualquier puestecito callejero. Cuando llegué aquí compré uno, luego me regalaron otro... y poco a poco fueron invadiendo mi casa.
—Y por eso tienes al Hada Azul en tu perfil de Facebook, ¿verdad? Pinocho te ha conquistado.
—¡Odio a Pinocho! —exclamó—. No puede haber un personaje más tonto en toda la literatura italiana...
—Era egoísta y mentiroso —reflexioné—, pero al final cambia y se vuelve bueno, ¿no?
Me pareció surrealista estar hablando de una marioneta de esa forma, pero aun así insistí:
—¿Por qué lo odias?
—Bueno, lo tenía todo siendo de madera. Gracias al Hada Azul, podía caminar, pensar, moverse libremente... Era divertido, bribón, disfrutaba de la vida. No crecía y, a menos que alguien le prendiera fuego, podía vivir eternamente siendo una marioneta. ¿Por qué tuvo que estropearlo todo queriendo ser de carne y hueso?
—Lo hizo por amor. Así cumplía el deseo de su padre.
—El amor nos vuelve idiotas —suspiró.
Asentí convencida. El amor por Ichigo me había convertido en una idiota al pensar que nuestra relación podría funcionar.
Me sacudí aquellos tristes pensamientos y recordé el otro motivo que me había llevado a la Toscana.
Era el momento de las preguntas...
—Háblame de Grimmjow. ¿Qué hacía él en Florencia?
Al ver que su reflexión sobre el amor había conducido mis pensamientos hacia Grimmjow, sonrió con picardía.
—Solo sé que estudiaba.
—¿En serio? ¿Qué especialidad? ¿En qué facultad?
—No lo sé. No me lo dijo.
—¿Cómo es posible? Tú y yo acabamos de conocernos y ya nos hemos puesto al día sobre lo que hacemos.
—Ya sabes cómo es —respondió de forma evasiva—. Un tipo reservado. Apenas contaba nada de su vida.
—Pero dijiste que erais muy amigos.
—Dije que yo era su única amiga, no que fuéramos íntimos... —respondió algo molesta—. Él y yo hablábamos de cosas más banales. Coincidíamos solo por la noche. Solíamos cenar juntos en casa. Le encanta cómo cocino la pasta. Después nos tomábamos un limoncello en el sofá y me daba un masaje en los pies.
Me costaba imaginarme a Grimmjow hablando de cosas «banales» mientras le masajeaba los pies a Hallibel. Me pregunté si aquel masaje habría acabado en algo más en ese cómodo sofá.
—¿Cómo os conocisteis?
—Grimmjow buscaba a alguien que le diera clases de italiano y dejó un cartel en mi facultad... Le llamé. Me pareció un chico muy simpático y como también buscaba piso, le ofrecí una habitación.
—No he visto nada en este apartamento que me recuerde a él. ¿Podrías enseñarme sus cosas? Tal vez encontremos algo en su maleta que nos dé alguna pista.
—No dejó maleta.
—¿Me estás diciendo que la hizo antes de «desaparecer»? —pronuncié la última palabra con desdén.
—Grimmjow no hizo la maleta porque nunca la trajo... Vino con lo puesto y desapareció de la misma manera.
Hallibel se metió un segundo en mi habitación y regresó con un pantalón y dos jerséis.
—Esto es lo único que tenía.
Reconocí uno de sus jerséis negros. Aspiré su olor tratando de encontrar algún rastro de él. Un aroma conocido me transportó a Londres y a los momentos que había compartido con Grimmjow. Era de él. No cabía duda. Pero aquello no probaba nada.
Me sentí confusa. Había demasiadas piezas que no encajaban. ¿Cómo era posible que Grimmjow viviera en aquel apartamento y solo tuviera un par de prendas? Hallibel aseguraba que no tenía más amigos en Florencia, pero ¿cómo podía saberlo si solo coincidían un ratito antes de irse a dormir y lo único que hacían era tomar limoncello y tocarse los pies? Por otra parte, me parecían demasiadas confianzas para dos personas que ni siquiera se han contado qué estudiaban.
Tuve la sensación de que en aquella historia alguien mentía más que Pinocho.
De pronto me acordé de la documentación de Grimmjow. Hallibel me había explicado en su carta que había desaparecido sin ella.
—Enséñame su documentación.
—También me lo inventé. Pensé que si te decía que solo se había dejado un pantalón y dos jerséis no creerías que había desaparecido.
—¿A qué estás jugando, Hallibel? Si realmente crees que ha desaparecido, ¿por qué no has avisado a la policía?
—¡Porque está en peligro! Un día antes de que desapareciera entraron en casa y se llevaron algo suyo. Algo de mucho valor que Grimmjow encontró en Florencia; una pieza única que le tenía totalmente fascinado.
—¿El qué?
Los ojos de Hallibel brillaron antes de contestar:
—Un cuadro en el que aparecías tú.
To Be Continued...
