LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El rostro de David

La lluvia me sorprendió mientras paseaba por las calles de Florencia. Ni siquiera me extrañó que el mal tiempo me hubiera perseguido desde Soria. Un nubarrón negro parecía haberse instalado sobre mi cabeza. Mi vida adquiría de nuevo ritmo de blues, pero esta vez no estaba dispuesta a bailar a su son ni a dejarme llevar por la tristeza.

Ichigo no me quería, Grimmjow estaba desaparecido y una nueva amenaza nos acechaba con el robo de aquel misterioso cuadro... Pero lejos de hundirme, me sentía con fuerzas para enfrentarme a cualquier contratiempo.

El contenido de aquel retrato también me producía mucha curiosidad. Según Hallibel, Grimmjow lo había comprado en un mercadillo de antigüedades sorprendido por nuestro gran parecido. Había pagado por él un precio ridículo, sin saber que se trataba de un cuadro muy valioso. «Una obra original y única del Renacimiento.»

Pensé en ello mientras me adentraba por las calles desiertas. Había salido de casa con las primeras luces del alba. En parte, porque deseaba ver la ciudad antes de que una oleada de turistas la invadieran —tal y como me había advertido Hallibel—. Y en parte, porque no había podido pegar ojo y necesitaba airearme para pensar.

La noche anterior, mi compañera de piso me había dicho que pasaría todo el domingo en un retiro espiritual en Fiesole, un pueblo de montaña a unos ocho kilómetros de Florencia.

Antes de salir, había intentado despedirme de ella, pero tras asomarme a su cuarto y verla en la posición de loto, con los ojos cerrados en actitud meditativa, había decidido dejarle una nota:

Nos vemos en la cena.

Mi recorrido había empezado con un paseo a orillas del Arno. Flanqueado por palacios majestuosos, admiré cómo el río les devolvía su reflejo plateado y distorsionado por la lluvia.

La luz anaranjada del amanecer se fundía en el horizonte con una bruma gris.

El sonido de las gotitas contra el paraguas acompañaba mis pasos. De no ser por algunos florentinos ajenos al mal tiempo que habían salido a correr o que remontaban el río remando, habría tenido la impresión de tener la ciudad para mí sola.

A pocos metros, el Ponte Vecchio embellecía la postal. Suspendida en el río sobre tres arcos, aquella famosa calle florentina ofrecía un bello espectáculo.

Las paredes de color mostaza, amarillo y calabaza contrastaban con el gris de la piedra y el verde de las contraventanas abiertas sobre las aguas.

Me despedí del río para adentrarme hacia el centro histórico de la ciudad.

Al fondo, la torre del Palacio Vecchio —sede del ayuntamiento— surcaba delicadamente el cielo como una flecha sobre un edificio medieval. Su reloj marcaba las ocho en punto.

Florencia recién se levantaba en aquel momento con el arrullo de las palomas y el sonido metálico de algunos comercios que alzaban sus persianas para atender a los más madrugadores. Un aroma a café recién hecho inundaba las calles adoquinadas.

Mis pasos me condujeron por el entramado antiguo de la ciudad hasta la plaza del Duomo, donde se alzaba orgullosa la catedral. La visión de aquella maravillosa mole de mármol blanco, rosa y verde coronada por la gigante cúpula naranja de Brunelleschi me dejó unos segundos conmocionada.

Recordé las palabras de mi padre sobre el síndrome de Stendhal y me di cuenta de que el escritor francés no había exagerado nada. Mi paseo turístico no había hecho más que empezar y ya me sentía impresionada por la belleza de aquel paisaje urbano.

Abrí el mapa y situé los tres tesoros de aquella plaza con el dedo: la Basílica de Santa Maria del Fiore, el Campanario y el Baptisterio. Había pocos turistas entorpeciendo la visión y aproveché para sacar algunas fotos con el móvil. Quería escribir a Yoruichi y a mi padre, y enviarles algunas fotos de mi primer día en Italia. Me resultó imposible abarcarlo todo en una única instantánea.

Tanto la catedral como el campanario permanecían todavía cerrados, así que rodeé los tres monumentos y admiré «Las puertas del Paraíso» del Baptisterio.

Después continué mi recorrido por una calle amplia que conducía a la plaza de la Señoría.

Al llegar allí tuve la impresión de encontrarme en un museo al aire libre.

Había esculturas alrededor de toda la plaza. Me fijé en la fuente de Neptuno y en el David que había plantado a la entrada del Palacio Vecchio. Sabía por mi libro de arte de 4.º de ESO que se trataba de una réplica y que el original se encontraba en algún museo de la ciudad, pero aun así me impresionó verlo tan blanco y perfecto bajo la lluvia.

Giré la calle a la derecha y me protegí en un corredor con arcadas abarrotado de gente. Al principio pensé que se guarecían de la lluvia igual que yo, pero pronto me di cuenta de que hacían cola para entrar en un museo. Junto a la puerta había un gran cartel con la imagen de la Venus de Botticelli. Emocionada por contemplar de cerca la obra favorita de mi madre, permanecí en la cola hasta que llegó mi turno. Me decepcionó saber que no quedaban entradas hasta varios días después, pero aun así compré una.

Junto con el tíquet me habían dado un tríptico del museo en español.

«La Galería de los Uffizi alberga una de las más importantes colecciones de arte del Renacimiento», leí. En el folleto bajo el título «Madonnas» habían reproducido varias obras de Botticelli, Tiziano, Rafael y otros artistas de la época.

Mientras observaba a aquellas vírgenes renacentistas que protagonizaban algunos de los cuadros más importantes de la edad dorada, volví a acordarme del lienzo robado. Hallibel pensaba que el responsable podía ser el propio tasador, quien después de descubrir su valor, habría querido canjearlo por una buena fortuna en el mercado negro.

Amenazado de muerte si revelaba la existencia de aquel cuadro, una posibilidad era que Grimmjow hubiera decidido esconderse. Otra, que alguien lo hubiera hecho desaparecer. Aunque Hallibel descartaba esta última, tenía el convencimiento de que se hallaba en peligro. Encontrar a Grimmjow era la única forma de averiguarlo.

Me parecía increíble que el azar hubiera puesto aquel misterioso cuadro en el camino de Grimmjow, pero también que sus pasos se hubieran dirigido hacia Italia y no hacia Estados Unidos. ¿Qué había venido buscando a Florencia?

Por otra parte, me costaba creer que el descubrimiento de aquel retrato hubiera sido tan fortuito como explicaba Hallibel. Quise saber más sobre él, pero se había hecho tarde y mi compañera de piso me prometió que me lo explicaría todo al día siguiente, cuando regresara de Fiesole.

Me di cuenta de que había caminado sin rumbo, siguiendo la corriente de unos turistas, cuando aparecí frente a la Galería de la Academia. Llovía a mares y me pareció una buena idea guarecerme mientras visitaba el museo; sin embargo, la cola de acceso, que rodeaba un edificio completo, me hizo temer una larga espera. Estaba a punto de darme la vuelta cuando un grupito de chicas españolas me pidieron que les sacara una foto.

Con el paraguas en una mano y la cámara digital en la otra, disparé como pude.

—Ay, maja, esta foto está más torcida que la Torre de Pisa que visitamos ayer —dijo una de ellas entre risas—. ¿Puedes sacarnos otra?

—No seas lechuguina —respondió otra—. La foto así mola mucho más.

Esa forma de hablar me recordó a Senna. Les pregunté de dónde eran y me dijeron que de un pueblo de Soria, no muy lejos de Colmenar. Habían ido a Italia de viaje cultural. En ese momento me di cuenta de que formaban un grupo de medio centenar de chicos de mi edad. Les expliqué que ese era el segundo museo que intentaba visitar aquel día lluvioso.

—Quédate con nosotras —me ofreció la misma chica a la que le había gustado mi foto—. Puedes entrar con nuestra clase. No creo que una más se note.

Diez minutos después, estaba admirando el David de Miguel Ángel, como una estudiante más, junto a aquel grupo de españolas. A pesar de que había visto su réplica esa misma mañana en la calle, bajo la cúpula de aquella galería me pareció aún más bello y majestuoso. Su cuerpo transmitía paz y equilibrio, pero había algo amenazante en su rostro —con la mirada fija, el ceño fruncido y las aletas de la nariz abiertas— que me recordó a Ichigo cuando el miedo le acechaba.

La guía nos explicó que aquella estatua simbolizaba la lucha de David contra Goliat (el pastor que venció al gigante con una simple honda), la victoria de la astucia frente a la fuerza, pero también la derrota del imperio de los Médicis en manos del humilde pueblo florentino.

Aquella explicación me hizo pensar de nuevo en Ichigo. Nuestro amor había vencido a las amenazas externas y al odio de dos facciones enemigas, pero no había sido capaz de sobrevivir a un simple invierno.

—El David es una de las obras maestras del Renacimiento y una de las esculturas más famosas del mundo —continuó la guía—. Miguel Ángel creía que en cada bloque de mármol en el que trabajaba existía un alma que él debía recuperar. En el caso del David, las múltiples fracturas y fallas que tenía el bloque fueron encaminando al artista hacia su forma final. Sus proporciones no corresponden exactamente a las de la figura humana: su cabeza, manos y torso son más grandes de lo estipulado según las proporciones clásicas.

—Y su entrepierna demasiado pequeña —cuchicheó una de las españolas desatando la risa colectiva de quienes estábamos a su alrededor—. Vamos, chicas, ¿soy la única que se ha dado cuenta?

To Be Continued...