LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El resplandor de Da Vinci

Después de todo un día recorriendo las calles de Florencia regresé al apartamento agotada, pero con una convicción muy clara: aquella ciudad era demasiado pequeña para ocultarse. Si Grimmjow había desaparecido de forma voluntaria era poco probable que hubiera escogido aquel lugar para esconderse.

Mientras esperaba a Hallibel decidí darme una ducha para quitarme el cansancio de encima. Tenía muchas preguntas que hacerle y quería estar despejada cuando llegara.

Tras ducharme, aspiré los botes de gel y champú que había en el baño. Niguno de ellos tenía la fragancia que había olido el día anterior. Pulvericé también su perfume, pero no hallé el aroma que buscaba...

Mientras me ponía los zapatos, me fijé en una cajita de cartón que había tirado en la papelera del baño. Había restos de jabón adheridos a las esquinas e, instintivamente, los rasqué con el dedo y me lo llevé a la nariz. Extasiada, reconocí por fin el origen de aquella fragancia que tanto me había cautivado.

«Officina Profumo Farmaceutica di Santa Maria Novella. Sapone Alla Mandorla», leí antes de arrancar ese trocito y metérmelo en el bolsillo.

Cuando salí del baño, Hallibel ya había regresado. Canturreaba una extraña melodía y parecía contenta, pero también distinta a la chica que había conocido el día anterior. Iba vestida de blanco de pies a cabeza y llevaba unas flores en el pelo. Al principio me pareció que estaba muy pálida, pero luego me di cuenta de que llevaba polvos blancos en la cara. Al verme, me saludó y corrió a su cuarto a cambiarse.

Diez minutos después, apareció en el salón con el mismo aspecto de chica urbanita con el que había ido a buscarme al aeropuerto. Se había lavado la cara y llevaba puestos unos vaqueros con una bonita blusa de mariposas. Sentí una gran curiosidad por saber qué había hecho en aquel retiro, así que se lo pregunté abiertamente.

—Básicamente, respirar —respondió.

Al principio pensé que me tomaba el pelo, pero enseguida me di cuenta de que hablaba totalmente en serio.

—Practicamos la respiración consciente a través de la meditación y el yoga—añadió—. La gente no tiene ni idea de lo importante que es respirar bien, y es la base de la vida, el alimento del alma...

—Nunca he prestado mucha atención a esas cosas —reconocí.

—Pues deberías... El mundo no cambiará hasta que vivamos en armonía y con plena consciencia.

Pensé que Hallibel era una persona extraña y contradictoria. Aquel mensaje de new age no me encajaba mucho con la chica que conducía en moto de forma temeraria.

—¿Qué tal te ha ido a ti? —me preguntó cambiando de tema.

Le expliqué mi visita turística y lo mucho que me había gustado todo lo que había visto.

—Florencia es un museo al aire libre, una ciudad eterna.

—El Renacimiento debió de ser increíble.

—Sí, sobre todo teniendo en cuenta de dónde venían. Mientras Leonardo da Vinci y los suyos revolucionaban el siglo XV con su arte, inventos y teorías, el resto de Europa aún vivía en plena Edad Media. Los historiadores no se explican cómo pudieron florecer aquí las artes en un tiempo tan corto y en un espacio tan reducido.

Me quedé callada un momento pensando en sus palabras.

—Florencia me parece una ciudad fascinante y misteriosa.

Sonreí al darme cuenta de que aquellos dos adjetivos también podían aplicarse a Hallibel.

—Pues no la habrás conocido del todo hasta que pruebes su deliciosa cocina.

Una hora después, estábamos cenando en L'Angelo Azurro, una trattoria situada en una callejuela cercana a la catedral.

El restaurante era una taberna con mesas de madera y paredes decoradas con frescos de motivos celestiales: básicamente, ángeles y querubines tocando el arpa entre nubes de algodón.

Aunque estaba repleto de gente joven, había suficiente espacio entre las mesas para no convertirse en un lugar bullicioso. Habíamos elegido una mesa apartada para poder charlar tranquilamente mientras cenábamos.

Hallibel eligió crostini di fegatini para compartir y parpadelle al fungí porcini como plato principal. También pidió una botella de Chianti. Incapaz de decidirme entre todas las delicias de la carta, opté por bisteca alla fiorentina.

Cuando nos sirvieron el antipasto, observé cómo Hallibel bajaba la vista y murmuraba unas palabras con las manos unidas. La serenidad de su pose y de su belleza me recordó a la de una madona renacentista.

Después llenó las copas y me lanzó la primera pregunta:

—¿Cómo os conocisteis Grimmjow y tú?

Me quedé un rato en silencio. Estaba preparada para hacer preguntas, pero no para contestarlas...

Tragué un trozo de aquella tostada de alcaparras y anchoas antes de responder.

—Nos conocimos en Colmenar el otoño pasado.

—¿Y qué hacía allí Grimmjow?

—Investigar.

—¿El qué?

—No me lo dijo... —respondí jugando a las evasivas—. Ya sabes cómo es, un tipo reservado.

—¿Fue solo a tu pueblo? ¿Cuánto tiempo estuvo en Soria?

Hallibel lanzaba preguntas alegremente mientras masticaba, como si se tratara de un cuestionario inocente.

—Eso no es importante —respondí con desconfianza.

—Claro que lo es. Intento entender qué ha pasado con él y si tenía más amigos a los que poder recurrir aparte de nosotras.

—En Colmenar apenas estuvo una semana —respondí—. Pero después coincidimos en Londres...

Me arrepentí de haber mencionado esa ciudad nada más pronunciarla. Se suponía que era Alice y no yo quien había vivido en Londres.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué hacíais los dos allí?

—Estudiar...

Sentí que su mirada me traspasaba, como si tratara de escrutar más allá de mis palabras. Sin embargo, antes de que pudiera lanzarme otra pregunta, se acercó a nosotras un chico alto y moreno.

—Ciao, Hallibel! Questi bellissima.

Percibí cierta incomodidad en Hallibel, pero aun así se levantó, le dio dos besos y me presentó a Aaroniero.

Me fijé en el pañuelo —a juego con la camisa— que asomaba del bolsillo de su americana. Podía parecer un detalle demasiado formal para un chico de nuestra edad, pero combinado con vaqueros le daba un toque elegante. Era guapo y, por la forma de mirar a Hallibel, deduje que se sentía atraído por ella.

Tras intercambiar algunas frases en italiano que no entendí, se despidieron. Mientras él regresaba a una mesa cercana con dos amigos, Hallibel me explicó:

—Aaroniero es mi ex.

—Y creo que muy a su pesar... ¿Qué ocurrió entre vosotros?

Era una pregunta demasiado personal para alguien a quien apenas conocía, pero la lancé para desviar la conversación en torno a Londres.

Lo pensó un instante antes de responder:

—Estaba demasiado colado por mí.

La miré sin comprender.

—Quería que fuésemos en serio —continuó—. Ya sabes... compromiso y todo eso.

—Y a ti no te gustaba lo suficiente —reflexioné.

—¡Oh, sí! Aaroniero è affacisnante! Guapo, listo, cariñoso... Pero yo no creo en la pareja y mucho menos en las promesas de amor eterno. El amor para mí es como el aire, no se le puede poner barreras, ni limitar entre dos personas.

—Entonces, ¿crees en el amor libre?

Como el yoga o las meditaciones, tal vez ese tipo de aire también lo respiraba en grupo.

Hallibel no respondió.

Pensé en Ichigo. Habría dado cualquier cosa por compartir el aire que respiraba en aquel momento.

Un suspiro triste emergió de mis labios.

Hallibel me miró compasiva y apretó mi mano antes de decirme:

—No te preocupes. Estoy segura de que Grimmjow aparecerá pronto.

Respiré hondo. Después decidí aprovechar su confusión retomando el tema:

—Háblame del cuadro, ¿cómo llegó a manos de Grimmjow una obra tan valiosa?

—Ya te lo expliqué ayer. Se lo compró a un anticuario porque la chica le recordaba mucho a ti. Pero ahora que te he conocido, te aseguro que es algo más que eso... Parece cosa de brujería. ¡Sois como dos gotas de agua!

Pensé que exageraba, pero aun así sentí una enorme curiosidad por aquel misterioso lienzo.

—¡Ojalá lo hubiera visto! Me gustaría saber más cosas sobre ese cuadro — confesé.

—Grimmjow sintió lo mismo. Él quería averiguarlo todo sobre la dama retratada y su autor. Por eso lo llevó a tasar... Y así fue como descubrió que se trataba de una pieza única.

—¿Por qué única?

Hallibel suspiró un momento antes de responder:

—En apariencia parecía una obra más del siglo XV que emplea la técnica del sfumato. Solo por eso ya tendría un valor enorme...

Recordaba haber estudiado aquella técnica que Leonardo da Vinci utilizó en obras como la Gioconda. Consistía en difuminar los contornos y jugar con el claroscuro para crear relieves y conseguir un aura de misterio.

—La chica del cuadro tiene una expresión alegre, sonríe y parece que te observa divertida. Es muy hermosa y está desnuda. Su piel es delicada y blanca, con un ligero rubor rosado en las mejillas. Y en sus ojos azules hay un resplandor de vida. Es tan real y perfecta que parece una foto. —Hallibel enmudeció un instante pensativa—. O incluso más que eso: ese retrato parece tener alma. Casi puede apreciarse cómo laten las venas de su cuello y cómo se hincha su pecho al respirar... El viento parece agitar la flor que sostiene en las manos.

Aquella descripción me produjo un escalofrío.

—Al fondo —continuó—, hay una muralla medieval y unas montañas brumosas que se diluyen con la noche.

—Pero hay algo más, ¿verdad? Algo que hace que ese cuadro sea especial...

—Sí. La luna.

—¿Por qué? ¿No hay más lunas en los cuadros renacentistas?

—No como esa... Es una luna creciente con brillo de la Tierra.

La miré confusa sin entender.

—¿Has oído hablar del resplandor de Da Vinci?

Negué con la cabeza.

—Se trata de un fenómeno espectacular que se observa poco después de la luna nueva, cuando la parte de la luna creciente no iluminada por el sol aparece de un color gris ceniciento. Esa luz no es otra cosa que nuestro propio planeta iluminando el terreno lunar. Hace quinientos años Leonardo da Vinci fue el primero en explicar este fenómeno que también se conoce como «brillo de la Tierra».

—¿Me estás diciendo que el cuadro podría ser del propio Da Vinci?

Hallibel se encogió de hombros antes de responder:

—Podría, salvo por un detalle: el cuadro no se pintó en Italia, sino en algún lugar de España.

To Be Continued...