LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
El aroma más exquisito de la Tierra
Cuantas más piezas tenía de aquel extraño rompecabezas más difícil me resultaba completarlo. Intuía que Grimmjow poseía las respuestas que buscaba, pero para llegar a ellas debía encontrarle antes a él. Y no tenía ni idea de por dónde empezar. Mi única pista era el cuadro renacentista que había comprado antes de desaparecer, así que decidí tirar de ese hilo...
Aquella noche, cuando mi compañera de piso se fue a dormir, busqué información en Google sobre el Renacimiento español. Quería saber algo más sobre ese misterioso lienzo, pero todo lo que encontré sobre la época se alejaba de las explicaciones que me había dado Hallibel.
Aunque databa del siglo XV español, la influencia italiana del sfumato no había llegado a la península hasta casi un siglo después. España vivía entonces en el Medievo, un período oscuro, más preocupado por la peste negra y las pugnas de poder entre nobles y reyes que por el arte.
Tampoco parecía muy creíble que en pleno apogeo de la Inquisición algún artista se hubiera atrevido a pintar una dama desnuda. El primero había sido Goya, tres siglos después, con su famosa Maja desnuda... Y ni siquiera él se había librado de topar con la Iglesia.
¿Entonces? ¿Cómo podía un cuadro como aquel pertenecer a un momento y a un lugar históricos en el que, a todas luces, era imposible?
Ese galimatías me hizo pensar en otro: El Manuscrito Voynich. Los enigmas de aquel texto cifrado, que había traído de cabeza a destacados criptógrafos de la NASA y de la CIA, tenían su origen en la Aldea de los Inmortales.
Tras el incendio y la destrucción de aquella ciudad idílica, el propio Rodrigoalbar le había recomendado a Urahara—el único superviviente— que escribiera un diario explicando las costumbres de aquella sociedad y sus rituales chamánicos. Urahara lo había hecho en un lenguaje codificado para proteger el secreto, pero también había escrito unas páginas en latín explicando la manera de descifrarlo y la existencia de la flor de la eterna juventud... Según Grimmjow, aquellas páginas habían caído en manos de la Organización y habían arrastrado hasta la Sierra de la Demanda a un grupo de soldados sin escrúpulos.
¿Y si aquel cuadro también pertenecía a la Aldea de los Inmortales?
Esa teoría podía explicar que Grimmjow se hallara tras sus pasos y que hubiera aterrizado en Florencia. Pero ¿con qué fin? ¿Qué misterio escondía aquella dama desnuda bajo una extraña luna?
Y, sobre todo, ¿cómo era posible que se pareciera tanto a mí si había sido pintado cinco siglos atrás?
Aquello era una locura.
Tampoco tenía mucho sentido creer que un simple cuadro hubiera sobrevivido al incendio que había acabado con una ciudad entera de seres eternos.
Hice varias búsquedas en Google para ver si aparecía alguna información sobre aquel lienzo, pero no obtuve ningún resultado. Después probé combinando palabras como: inmortales, Renacimiento, España, luna, Sierra de la Demanda, Voynich... La pantalla se llenó de entradas, pero tras clicar en varias de ellas, no hallé ninguna que mencionara el cuadro.
Decepcionada, escribí a mi padre para explicarle mis primeras impresiones de la ciudad y enviarle algunas fotos de Florencia. Después me acordé de Senna y sentí la tentación de escribirle, ¡la echaba tanto de menos! Pero un ramalazo de rabia me disuadió de hacerlo. Todavía me sentía molesta por lo que había pasado entre Ichigo y ella. Aunque había ocurrido antes de que yo llegara a Colmenar, ¿qué clase de amiga ocultaba algo así?
Aun así, entré en Facebook y me puse al día de su vida en Londres visitando su muro.
En aquel momento, un mensaje entró en mi pantalla. Era de Momo.
Recuperada del accidente, mi amiga gótica me explicó que había vuelto a Londres para retomar el curso. Me alegró imaginármela de nuevo en Lakehouse rodeada de sus pósters de grupos siniestros.
Tras contarle que estaba en Florencia buscando a Grimmjow, me llegó su respuesta:
[MOMO] Así que esta vez la ratoncita ha ido tras el gato.
Al leerlo me di cuenta de lo extraño que sonaba que me hubiera trasladado incluso de país para encontrar a mi captor. Creí que Momo era de las pocas personas capaces de entender ese tipo de locuras —no en vano, me había aceptado como amiga tras pintarle de negro las paredes de nuestro cuarto—, pero su siguiente mensaje me dejó totalmente desconcertada:
[MOMO] No te fíes, Rukia. Está en la naturaleza del gato atormentar a los ratones.
Al día siguiente asistí a mi primer día de clase en la Accademia Internazionale de Florencia.
Tras dar mi nombre en recepción y rellenar algunos formularios, el bedel me entregó una carpeta y me acompañó al aula.
La sala era pequeña y no había pupitres, sino sillas con tablero dispuestas en tres filas, y una pizarra electrónica tras un pequeño púlpito. Aún no había llegado nadie, así que tomé asiento y me entretuve leyendo el programa.
Aunque las clases habían empezado dos semanas atrás, el temario en inglés era idéntico al que había estudiado siendo Alicia. Respiré aliviada al darme cuenta de que sacarme el bachillerato internacional no iba a ser tan complicado como me había advertido Yoruichi.
Al cabo de un rato, el aula se llenó de chicos de distinta procedencia. Como en Londres, en su mayoría eran hijos de gente acaudalada de toda Europa. A diferencia de lo que había hecho en la capital inglesa, yo no me escondía bajo ninguna identidad falsa y podía relacionarme con naturalidad. Me resultó agradable charlar en inglés con aquellos jóvenes de mi edad.
Coyote Stark, el único estudiante italiano, fue el primero en presentarse y acercar su silla a la mía. Tenía unos rasgos finos que recordaban a Lenny Kravitz, pero con el pelo corto y una intensa mirada gris. Antes de que llegara el profesor, ya me había explicado que quería estudiar arte y que se ganaba la vida en aulas de dibujo haciendo de modelo.
A pesar de ser muy lanzado, Coyote no era el típico seductor italiano. Más bien al contrario, su cuidado estilismo y su aspecto refinado ponían de relieve un lado femenino muy desarrollado.
A la hora del almuerzo, salimos en grupo a una cafetería cercana y nos acomodamos en una terraza con estufas de gas. Coyote volvió a sentarse a mi lado.
—Tú también podrías posar —me dijo mirándome a los ojos mientras me acercaba un capuchino—. Tienes un cuerpo bonito y una cara interesante. Si quieres, podría hablar con la responsable de dibujo de la escuela de arte.
Hacía frío y no me había quitado el abrigo, así que era imposible que hubiera podido ni tan siquiera intuir mis formas.
—¿Cómo sabes que tengo un cuerpo bonito?
—Por la forma de tu cabeza, clavícula y manos. Hay una proporción muy bella entre las tres. — Agarró mi mentón con los dedos y lo giró hacia un lado—. Pero si quieres saber mi opinión profesional, puedo echarte un vistazo y valorar tus posibilidades.
Me pareció increíble que el primer italiano al que conocía ya me hubiera pedido que me desnudara.
Noté cómo mis orejas se teñían de rojo.
—Creo que paso.
—Como quieras... —Sonrió—. Pero si lo que te asustan son las miradas, puedes estar tranquila. No hay nada menos erótico que una clase de dibujo. Los estudiantes te miran igual que a un jarrón de flores o a un bodegón de frutas.
Todavía faltaba una hora para la siguiente clase, así que se me ocurrió una idea. Busqué en mi bolsillo el papelito que había rescatado de la papelera del baño de Hallibel y se lo mostré a Coyote.
—¿Sabes dónde puedo comprar esto?
Aspiró el papel y me miró con una sonrisa.
—Interessante. Así que además de belleza tienes olfato... —Me miró un instante fascinado—. Y no un olfato cualquiera, sino uno de asesina en serie.
Le miré extrañada.
Coyote me explicó que en la última película de Hannibal Lecter, el famoso caníbal usaba aquel jabón de almendras y lo definía como «el aroma más exquisito de la Tierra». También decía de él que, en contacto con la piel, «proporcionaba un olor corporal sublime».
—Te enseñaré el lugar donde los venden. Estamos a solo cinco minutos de allí.
Mientras nos dirigíamos hacia Santa Maria Novella, pensé en el protagonista de El silencio de los corderos. Aunque se tratara de un asesino, no podía estar más de acuerdo con él.
Visitar la farmacia más antigua de Europa fue todo un lujo para los sentidos.
Los deliciosos aromas de los cosméticos y alimentos —galletitas, chocolates, miel...— se mezclaban en el aire de forma maravillosa.
Coyote me explicó que todos los productos se elaboraban artesanalmente, siguiendo recetas centenarias de los frailes del convento de al lado.
El delicado envoltorio que exhibía cada paquetito, tras las antiguas vitrinas de madera, me hizo pensar en mi padre. Antes de que apareciera Yotuichi en su vida, había llevado una vida de soledad y recogimiento, como un fraile o un ermitaño.
Aquella asociación de ideas me llevó inevitablemente a Ichigo... También había frascos de barro con plantas medicinales y ungüentos antiguos que me recordaban dolorosamente a él.
Mientras Coyote hacía cola para comprar unas galletas de canela, sentí una opresión en el pecho tan fuerte que me obligó a salir de allí en busca de aire fresco.
Me senté en un banco de la plaza. Sentía el corazón acelerado y una extraña sensación de vértigo que me obligó a cerrar los ojos.
Poco a poco, el mareo fue remitiendo y empecé a sentirme mejor.
Aquella plaza era un lugar bullicioso y enseguida me entretuve observando a la gente. Había muchos turistas y estudiantes deborando sus panini a la hora del almuerzo. Me llamó la atención un grupo de policías que charlaban animadamente, mientras fumaban y lanzaban miraditas a las chicas que pasaban. Uno de los más jóvenes llevaba el uniforme con la camisa remangada, mostrando un tatuaje.
Al cabo de un rato vi pasar un autobús. Me fijé en él porque llevaba estampada una Venus de Botticelli anunciando una marca de ropa interior.
El eslogan en italiano decía algo así como: «Tan cómoda que te sentirás desnuda».
Sonreí y me fijé en el rostro de un chico que asomaba por encima de la Venus. Leía un periódico y parecía muy tranquilo. Aunque nuestras miradas no se cruzaron, adiviné el brillo azul que se ocultaba tras la suya.
Había encontrado al gato.
To Be Continued...
