LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El viento de Céfiro

Al abrir los ojos, tardé unos segundos en recordar dónde estaba. El «cuchitril» de Stark era un pequeño garaje sin ventanas, situado en el barrio de Oltrarno —al otro lado del río—, pero lejos de resultar claustrofóbico o poco acogedor, era tan bello y luminoso como su dueño.

La luz entraba por un muro de pavés. El vidrio translúcido impedía ver el exterior, pero podían intuirse las siluetas de la gente que pasaba por la calle. Las paredes de ladrillo blanco estaban decoradas con acuarelas, dibujos a carboncillo y fotografías artísticas. Stark salía en alguna de ellas orgullosamente desnudo. En otra instantánea, un chico de rasgos angulosos y ojos negros miraba a cámara con suficiencia.

El salón y la cocina americana ocupaban el mismo espacio que el dormitorio donde también había una hamaca colgando de las vigas y una bicicleta apoyada en la pared.

Me pregunté cuántas horas habría dormido y dónde se encontraba mi anfitrión. Un reloj de pared me respondió que era mediodía y que llevaba más de doce horas de sueño. Deduje que mi nuevo amigo había ido a clase. Salté de la cama y me estremecí al pisar el suelo frío. Era de hormigón rojo con un estarcido de lirios blancos que emulaban el emblema de la bandera florentina.

El mareo y las naúseas habían remitido, pero ahora sentía un gran agujero en el estómago. Supuse que era de hambre, así que abrí la nevera y me serví un yogur.

Enseguida me sentí mejor.

Después de pasar por la ducha, me dispuse a revisar el correo. Nada más sacar mi MacBook de la funda, supe que alguien lo había tocado. Siempre lo guardaba con el logo —la manzana mordida— hacia arriba, y lo había extraído en posición inversa.

Tras revisar la memoria RAM y el historial encontré evidencias de que alguien había fisgado en mis contactos, revisado los mensajes e incluso copiado información del disco duro.

Pensé en Stark. Aunque había sido muy amable abriéndome las puertas de su casa, sin apenas conocerme, no podía evitar desconfiar de él. Había algo misterioso en su forma de comportarse. A pesar de no ser objeto de su deseo, había mostrado un interés excesivo por mí desde el principio que no acababa de cuadrarme... Además, estaba el tema del dinero. ¿De dónde habría sacado aquel billete de quinientos euros? Debía de tratarse de una falsificación perfecta para que el casero lo hubiera aceptado sin recelos.

Pero... ¿y si no era falso? En tal caso, ¿qué clase de persona regalaba tanto dinero? «Alguien muy rico o que espera recibir algo a cambio», me respondí.

Lo primero explicaba que siendo italiano acudiera a una escuela internacional de niños ricos. A lo segundo no le encontraba todavía explicación.

Hallibel también era sospechosa. Quienquiera que fuera aquella chica, me había dejado tirada después de hacerme venir desde España para una misión absurda. Grimmjow no había desaparecido. En cambio, a ella le había faltado tiempo para hacerlo el día que tocaba pagar al casero. Lo que no acababa de entender era por qué se había molestado en dejarme una nota... Una cosa estaba clara: había tenido tiempo suficiente para trastear en mi portátil mientras yo estaba en clase.

Otra posibilidad era que Grimmjow estuviera con ella en aquel asunto, pero ¿por qué? Si necesitaba que fuera a Florencia, solo tenía que pedírmelo... A no ser que me imaginara en brazos de Ichigo y creyera que no acudiría a su reclamo. ¿Dónde diablos se habría metido?

Cuanto más pensaba en todo ello, más confundida me sentía. Decidí salir a dar un paseo. El aire fresco me ayudaría a aclarar las ideas. Sin embargo, al ponerme el abrigo descubrí algo en el bolsillo. Era la entrada que había comprado para la Galería de los Uffizi. La visita empezaba dentro de una hora, así que me abrigué bien con un gorro y una bufanda de lana y me dirigí a toda prisa hacia el centro de Florencia. Aunque hacía frío, el sol se encontraba en el punto más alto y la ciudad me pareció distinta. Los colores tostados de los edificios tenían un brillo diferente bajo el cielo despejado y azul.

Mi ligero remordimiento por no haber acudido a clase aquella mañana se transformó en dicha cuando llegué al Ponte Vecchio. La actividad comercial de aquella calle suspendida en el río era intensa a aquellas horas. Había gente admirando los escaparates de las joyerías que recorrían el puente y turistas haciéndose fotos con el río Arno de fondo.

Me fijé en una valla cubierta con candados. Según una leyenda, los enamorados que encadenaban uno en algún punto del puente, y tiraban la llave al río, lograban que su amor durara para siempre.

Hallibel me había explicado que el ayuntamiento multaba aquel acto con cincuenta euros para evitar que afearan un lugar tan mágico y emblemático de la ciudad. Aun así, la gente continuaba haciéndolo.

Me pareció lógico. Cincuenta euros no era nada a cambio de amor eterno.

Mientras observaba a un carabinieri multar a una pareja, pensé con tristeza en el alto precio que había estado dispuesta a pagar por el amor de Ichigo.

Una vida de aislamiento en las montañas a cambio de estar juntos para siempre. De no ser por su engaño en la relación que había tenido con Senna, le habría seguido hasta el fin del mundo. En realidad, me habría bastado una disculpa o una súplica para hacerme cambiar de idea. Pero, muy a mi pesar, Ichigo había recibido mi decisión con alivio y frialdad, como si en el fondo le hubiera hecho un favor dejándole.

Tras sacudirme aquellos pensamientos tristes, aceleré el paso hacia el museo. Estaba a punto de contemplar los cuadros de Botticelli de cerca y cumplir así el sueño de mi madre. Aquella idea me animó a olvidarme por unos instantes de Ichigo, de Grimmjow y de todo lo que había ocurrido con Hallibel.

Una vez en el interior de la Galería de los Uffizi, busqué la sala donde se exponía la obra de Botticelli. Quería que el cuadro favorito de mi madre fuera el primero que mis ojos contemplaran en aquel museo. Deseaba observarlo con la mirada limpia, sin la influencia ni la impresión de haber visto otras grandes obras primero.

Subí a la segunda planta y crucé el largo pasillo que dividía las salas. El corredor estaba decorado con increíbles frescos en el techo palaciego.

Al llegar a la galería número diez, me dirigí hacia el espectacular Nacimiento de Venus . Me lo había imaginado más pequeño, así que su tamaño fue lo primero que me impresionó. Tenía frente a mí un lienzo de casi dos metros de alto por tres de largo.

De trazo limpio y colores suaves, representaba la llegada de Venus a la playa, sobre una concha flotante, empujada por el soplido de unos dioses y recibida con un manto de flores.

Un grupo de españoles se habían parado junto a mí para observar también el cuadro. La voz de su guía me llegó desde atrás:

—En la época renacentista, el cabello era un claro ornamento erótico. Fíjense cómo Botticelli pinta de forma suave y sinuosa los cabellos de la diosa que parecen acariciar su cuerpo.

Fascinada, contemplé a Venus cubriéndose las partes íntimas con su larga y rubia cabellera, mientras con la otra mano se tapaba el pecho de forma delicada.

—Desde los tiempos de la Roma clásica —continuó— no se había vuelto a representar a esta diosa pagana desnuda y de tales dimensiones: el desnudo femenino, considerado pecaminoso en el arte medieval cristiano, se recuperó en el Renacimiento como símbolo de pureza.

Miré extasiada su rostro. Aquella diosa tenía una expresión serena que transmitía sabiduría, como si conociera un gran secreto.

—Observen ahora a la ninfa que espera a Venus en la playa para cubrirla con un manto rojo de motivos florales —prosiguió la guía—. Según los expertos, se trata de la representación de la primavera. En el cuello luce una elegante guirnalda de mirto, que es el símbolo del amor eterno.

Mis ojos se posaron después en los ángeles que empujaban a la diosa con su soplido. Estaban abrazados como una pareja de amantes. Uno de ellos era masculino y tenía la tez oscura. La otra figura era femenina, de piel muy blanca y bellas facciones.

Los contemplé durante un rato embelesada. Había algo en ellos que me resultaba familiar y turbador al mismo tiempo.

Me concentré de nuevo en las explicaciones de la guía sobre aquella pareja:

—Son Céfiro, el viento del oeste, y la ninfa Cloris, que tras ser raptada del Jardín de las Hespérides por él, acabó enamorándose y casándose con su captor. Y de esta forma se convirtió en la diosa Flora, guardiana de las flores más sublimes.

Aquel relato clásico de la mitología griega me produjo un escalofrío, tan real, que pude sentir el aliento cálido de Céfiro soplando en mi nuca.

Noté cómo mi pelo se movía y la piel se me erizaba ante aquella brisa inesperada.

Cerré los ojos y volví a sentirlo. Alguien trataba de llamar mi atención de esa manera. Pero ¿quién?

Me giré con el corazón en un puño.

La imagen de Grimmjow me dejó un instante sin palabras. Tan extrañamente turbada que solo logré balbucear:

—¿Qué haces aquí?

Los ojos azules de mi Céfiro particular sonrieron antes de responder:

—Creo que soy yo quien debería hacerte esa pregunta.

To Be Continued...