LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

La distancia espeluznante

Hipnotizada, me dejé guiar por Grimmjow hasta un rincón de la sala. Antes de ceder al impulso de abrazarnos, nos miramos un instante en silencio. Me impresionó el contraste de su expresión seria con la alegría que irradiaban sus ojos.

Los recuerdos se sucedieron en mi mente como una película acelerada: el sótano de Londres, las partidas de backgammon, las confidencias, los besos, el jardín victoriano, el bosque... Cerré los ojos y me fundí un instante en aquel reencuentro.

Sentía un cosquilleo en el estómago y una sensación contradictoria de emoción y rabia que no supe explicar. Su presencia me alegraba y me enfurecía a partes iguales.

Me pareció que había cambiado mucho en apenas unos meses. Había sustituido su uniforme negro por unos vaqueros y un jersey de lana azul que le daban un aspecto más dulce. Estaba algo más delgado y el pelo le había crecido en ondas que le acariciaban la nuca. Aunque tenía ante mí a la persona que me había secuestrado meses atrás, y había estado a punto de morir desangrado en el bosque, solo veía a un chico atractivo que me miraba con algo más que deseo. Me intimidó reconocer de nuevo aquel destello en sus ojos.

Cohibida por mis propias emociones, me aparté y miré a nuestro alrededor.

La sala se había quedado vacía.

—¿Te asusta quedarte a solas conmigo? —me preguntó siguiendo mi mirada.

—¿Debería?

—En realidad, no. Ya no tengo motivos para... protegerte.

—Querrás decir «secuestrarme».

Arqueó una ceja antes de decir:

—Creí que habíamos dejado atrás nuestras pequeñas rencillas.

—¿Pequeñas? —Sonreí con sarcasmo mientras la rabia activaba un rencor que creía superado—. Entiendo que quisieras protegerme, pero ¿qué te costaba hacerlo con un poco más de... «dulzura»? No era necesario que...

Grimmjow silenció mi boca con su palma y señaló un enorme cuadro antes de hablar con voz pausada:

—¿Sabías que es imposible enfadarse y contemplar a Botticelli al mismo tiempo?

Aunque ya me había explicado los motivos que le habían impulsado a retenerme en aquel sótano, y le había perdonado, una parte de mí recordaba cada momento de angustia vivido durante el encierro.

Tras lo sucedido con Ichigo, además, mi corazón tendía a rebelarse contra cualquier atisbo de amor.

Fijé la mirada en el cuadro que teníamos delante y sentí cómo la rabia se aflojaba.

Me pareció extraño estar contemplando aquel lienzo con Grimmjow cuando tenía tantas preguntas, pero aun así decidí hacerle caso y disfrutar de la pintura.

Ya habría tiempo para explicaciones más tarde.

Leí el título en la placa que lo acompañaba:

La primavera, Sandro Botticelli

Era de idénticas proporciones que el que había contemplado hacía un instante. En él aparecía de nuevo Venus, pero esta vez vestida y pisando tierra firme en un prado cubierto de florecillas. Sobre la diosa, había un angelote apuntando con su flecha a una de las tres doncellas que danzaban a su lado con túnicas transparentes. Me fijé en la cara de devoción con la que miraba a un chico situado a la derecha.

—Es Cástitas —me explicó Grimmjow siguiendo la dirección de mi mirada—, una de las tres Gracias. Representa la pureza y la castidad, y está locamente enamorada de Mercurio.

—Pues él pasa bastante de ella —dije observando la figura del muchacho semidesnudo, con alas en los pies y la mirada fija en el cielo./p

—Es un amor imposible. Él no puede darle el amor carnal que ella desea porque no pertenece a su mundo, no es humano. Es un mensajero de los dioses, un vínculo entre el cielo y la tierra, y solo hay una forma de amor posible entre ellos.

—¿Cuál?

—Un amor platónico.

Me quedé un instante mirando con tristeza la escena. La indiferencia de Mercurio y la melancolía de Cástitas resonaron en mi corazón de forma dolorosa. Evoqué la primera conversación que había tenido con Ichigo nada más romper su silencio. Había sido precisamente sobre los ángeles caídos, la belleza y Platón.

La única diferencia entre el Mercurio del cuadro y el que yo conocía era que el primero miraba al cielo y el segundo a las entrañas de la tierra. Pero ambos pasaban de la chica enamorada.

—En cambio, entre Cloris y Céfiro... —continuó Grimmjow devolviéndome al cuadro— hay un amor apasionado y real. Aunque el romance entre ellos empieza de una forma brusca, él aprende rápido a tratarla con más... «dulzura». —Hizo una pausa para asegurarse de que captaba su sutileza—. Y ella se da cuenta enseguida de que están hechos el uno para el otro.

Señaló las dos figuras de la izquierda. Eran los mismos ángeles que aparecían en El nacimiento de Venus, pero en una actitud distinta. Pintado con diferentes tonalidades de negro y gris, Céfiro raptaba a la bella y luminosa Cloris mientras esta expulsaba flores por la boca.

—Es un cuadro extraño —murmuré alucinada por la historia que contenía tras aquellas pinceladas de colores vivos.

—En los cuadros renacentistas aparecen escenas de la mitología clásica. En aquella época sentían una gran admiración por la cultura grecorromana. La consideraban la máxima expresión del ideal de belleza y trataban de «renacerla» en todo su esplendor.

—¿Y tú cómo sabes tanto sobre el Renacimiento? —le pregunté impresionada.

—¿Has olvidado que soy un chico listo?

—No. Hay muchas cosas de ti que no he olvidado. —Esa respuesta merece un comentario más extenso —dijo Grimmjow mirando su reloj y tomando después mi mano—. ¿Te apetece un paseo en coche? Llego tarde a una cita.

Una vez acomodados en su descapotable, me explicó que había quedado con alguien en San Gimignano, un pueblo medieval de la Toscana, a media hora de Florencia.

Acompañarle me pareció algo lógico. Él era el motivo por el que estaba en aquella ciudad. Pero, aun así, me sorprendió la naturalidad con la que había aceptado mi presencia. Tuve la extraña impresión de que había estado esperándome...

—¿No hace un poco de frío para conducir sin capota? —me quejé.

—Me temo que está rota, pero es el único coche de alquiler que he encontrado disponible esta mañana...

A pesar de tratarse de un modelo bastante nuevo —un Alfa Romeo deportivo—, su estado reflejaba mucho rodaje. Tenía los asientos raídos y el salpicadero rayado.

—Al menos no llueve —dije mirando al cielo.

Nada más dejar la ciudad, nos adentramos por una carretera que serpenteaba entre colinas verdes y suaves lomas salpicadas de cipreses.

Aquel paisaje idílico nos sumió a los dos, durante un rato, en nuestras propias reflexiones.

—Me encantan los cipreses —pensé en voz alta—. Hay algo mágico en esos árboles que parecen tocar el cielo...

—Hay quien dice que el calcio de los huesos humanos les ayuda a crecer. Por eso los más altos están en los alrededores de los cementerios —me explicó Grimmjow—. La Toscana ha sido escenario de muchas batallas y bajo estas tierras debe de haber infinidad de cadáveres.

—Creo que ya no me gustan tanto...

Grimmjow soltó una carcajada antes de continuar:

—La versión amable es que simbolizan la unión del cielo y la tierra.

Esa explicación me evocó a Mercurio y, por una rápida asociación de ideas, a Ichigo.

—No sigas, o harás que al final aborrezca estos árboles.

Traté de evadirme concentrándome en el paisaje que íbamos dejando atrás.

Los tonos ocres y marrones de los campos de tierra arada combinaban a la perfección con los verdes de prados y olivos en aquella paleta otoñal.

También los viñedos, alineados en perfecta simetría y desprovistos de frutos tras la vendimia, ofrecían un aspecto de lo más melancólico con sus hojas rojizas secándose en las matas.

En Florencia el día había amanecido despejado. Sin embargo, a medida que nos alejábamos de la ciudad y el sol descendía, los rayos se iban fundiendo en el horizonte con nubes violetas.

Contemplar aquella belleza bucólica me hizo pensar de nuevo en Ichigo. Intenté sacudirme su recuerdo cambiando radicalmente de tema:

—¿Cómo me has encontrado, Grimmjow?

—Te he seguido. Cuando te he visto cruzar el Ponte Vecchio, en dirección al Duomo, no podía creerlo. Pensaba que eras una aparición. No tenía ni idea de que estabas en la ciudad.

Reí y me desperecé estirando los brazos y recibiendo gustosa el sol en mi cara.

—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó él extrañado.

—Está en la naturaleza del gato perseguir al ratón —dije alegremente—. Soy yo la que vine a buscarte y has tenido que ser tú quien me encuentre a mí.

—Es la ciencia y no yo quien ha unido de nuevo nuestros caminos. Einstein tiene una teoría que explica muy bien que tú y yo estemos aquí ahora juntos. ¿Has oído hablar de la distancia espeluznante?

Negué y esperé con curiosidad su explicación.

—Según un principio de la física cuántica, dos quarks (las partículas más pequeñas que forman la materia) con el mismo spin, o sentido de giro, son inseparables. De manera que si alejamos el uno del otro y le cambiamos el sentido del giro, el segundo también lo cambiará instintivamente para reducir la distancia entre ellos y hacerla insignificante.

—No entiendo nada —confesé. —Está muy claro. Después de separarnos en el bosque, mi destino era Estados Unidos y el tuyo la Aldea de los Inmortales, ¿no es así?

Asentí.

—Pero yo invertí mi giro viniendo a Florencia y tú... cambiaste al momento tu dirección para superar la distancia que nos separaba. La energía universal, la magia de los instantes... llámalo como quieras, ¡todo es ciencia!, explica que haya personas que estén unidas, siempre girando en el mismo sentido./

Reí de buena gana.

—Con todos mis respetos hacia la ciencia, la culpa de que yo esté aquí no la tiene Einstein, sino Hallibel. Ella me explicó que habías desaparecido y me pidió que viniera a Florencia.

Grimmjow redujo la marcha y, apartando un segundo la mirada del asfalto, me preguntó:

—¿Quién diablos es Hallibel?

To Be Continued...