LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El Manhattan medieval

Cuando llegamos a San Gimignano, el sol se había escondido tras las colinas y unas antorchas alumbraban el empedrado de sus calles.

Me llamó la atención que en pleno siglo XXI aquel lugar conservara el encanto de una urbe medieval, cercada por sus viejas murallas y agolpada en torno a bellos palacios y altísimas torres de piedra.

Mientras ascendíamos por una de las vías longitudinales que cruzaba el pueblo, un grupo de turistas se marchaba, devolviendo el encanto silencioso a sus calles.

Grimmjow me explicó que durante la Edad Media las torres eran símbolos de poder y que las familias más poderosas competían por construir las más altas. Aquel pueblo conservaba trece impresionantes rascacielos, pero en su época de esplendor había llegado a tener más de setenta.

—Bienvenida al Manhattan medieval —dijo Grimmjow al cruzar por el arco de piedra que daba entrada.

Abrumada por el juego de luces y sombras de las antorchas de aquel particular alumbrado centenario, me estremecí al notar la mano de Grimmjow buscando la mía. El tacto firme de su piel y la presión suave de sus dedos me hicieron sentirme extrañamente protegida.

—¿Con quién has quedado? —pregunté.

—Con una persona que puede ayudarnos —respondió de forma evasiva antes de mirar su reloj—. Pero aún tenemos tiempo para pasear un poco. Quiero enseñarte algo.

Deseaba preguntarle más cosas sobre esa misteriosa persona, pero frené mi curiosidad al ver cómo sonreía y tiraba de mí por aquella empinada calle. Nada más aparcar, su rostro se había ensombrecido al mostrarle la carta de Hallibel.

—Esto no me gusta —había dicho con el ceño fruncido y la mirada fija en aquellas líneas—. Si esta chica ha sido capaz de relacionarnos y llegar hasta ti en Colmenar, está claro que busca la semilla. ¿Alguien más ha visto esta carta?

Negué con la cabeza.

Ichigo también la había leído, pero en aquel momento no quise incluir al ermitaño en nuestra conversación.

Tras leerla, Grimmjow metió la carta en el mismo sobre garabateado y la guardó en su bolsillo.

—Si Hallibel y tú no os conocéis, ¿cómo es que sabía tantas cosas de nosotros? —pregunté.

—Colándose en nuestros ordenadores. Hace un mes descubrí que alguien había entrado en el mío y cancelé todas las cuentas de correo. Esa Hallibel debe de ser una hacker muy hábil. Incluso a mí me costó detectar sus movimientos.

Aquello explicaba que Grimmjow no hubiera contestado a mis mensajes.

También confirmaba mis sospechas de que había sido ella quien había trasteado en mi portátil.

—Tenía incluso una camiseta tuya... que olía a ti.

Me miró extrañado un segundo antes de responder:

—Debió de robarla del montón de mi ropa sucia. Voy todas las semanas a una lavandería que hay a las afueras de Florencia. Cuando volvamos a la ciudad, seguiré de cerca a Hallibel y averiguaré qué pretende.

—Imposible. Se ha ido a Madrid una semana... o, al menos, eso es lo que decía en su nota. Desapareció dejando el alquiler de un mes sin pagar.

Aquello me recordó a Stark y el modo en que me había salvado del apuro. No pude evitar desconfiar también de él.

Tenía la impresión de estar protagonizando un extraño drama donde el argumento daba una vuelta de tuerca cada vez que un nuevo personaje irrumpía en escena.

—¿Has tenido alguna vez la sensación de ser una marioneta y de que alguien mueve tus hilos a su antojo?

—Constantemente —respondió Grimmjow con tristeza—. Recuerda que me entrenaron para obedecer. La Organización y mi padre han movido mis hilos desde que era un niño. Ahora, por primera vez en mi vida, siento que soy yo quien lleva las riendas y que estoy justo donde quiero estar.

Sentí compasión por él, por su dura infancia y por la tragedia que había vivido en el bosque, pero también curiosidad por saber qué hacía en Italia.

No pude evitar preguntarme si la Organización le habría guiado hasta allí en una nueva misión, o si realmente había conseguido desligarse y ser libre como decía. Iba a preguntárselo cuando noté su pulgar trazando un infinito en mi mano. Cohibida por aquella caricia, y por las mariposas que empezaron a aletear en mi estómago, la retiré.

Habíamos llegado a una bonita plaza, con un pozo en el centro, y aproveché para sentarme en la escalinata que lo bordeaba.

Grimmjow se sentó a mi lado.

Mientras admiraba la belleza de aquella ciudadela, flanqueada por imponentes rascacielos medievales, cafeterías y casitas pintorescas noté su mirada clavada en mí.

—¿Te sientes a disgusto?

«Me siento demasiado a gusto», me respondí en silencio, pero me limité a negar con la cabeza.

—Rukia... Gracias por venir. Me parece increíble que lo hayas hecho solo porque una desconocida te convenciera de que estaba en peligro. —Sacudió la cabeza confundido—. Es lo más temerario, estúpido y... hermoso que nadie ha hecho jamás por mí.

Nuestras miradas se perdieron en el fuego que iluminaba la plaza desde sus altas torres. El timbre dulce y poético de una viola abriéndose paso entre las callejuelas cercanas acompañó sus siguientes palabras:

—Ya sé que tienes una relación en el bosque y que lo vuestro es para siempre, pero la Toscana es otro mundo. En esta ciudad eterna el tiempo se detuvo hace varios siglos... Y tú y yo podemos volver a detenerlo, si quieres, durante un instante.

Contuve la respiración y aguanté su mirada a pocos centímetros de mi cara.

—Confía en mí —dijo separándose—. Conozco una manera infalible. Observé cómo entraba en uno de los locales cercanos y regresaba unos minutos después con un helado de dos sabores.

Unas tímidas gotitas empezaron a caer en la plaza. Hubiera preferido un capuchino o una bebida caliente para detener el tiempo en aquella plaza, pero Grimmjow insistió en que cerrara los ojos y lo probara.

La viola había enmudecido y solo se escuchaba el murmullo constante de la lluvia sobre el empedrado.

Un gusto intenso a chocolate cremoso y flores me hizo suspirar de placer.

—La Gelateria di Piazza y su famoso helado de chocolate tienen fama mundial. El otro sabor escrema di Santa Fina, la hacen con unas violetas que solo crecen entre los muros de esta ciudad.

Cuando abrí los ojos, la plaza se había quedado desierta. Llovía a mares, y Grimmjow y yo corrimos entre risas a guarecernos bajo un gran arco.

Las campanas de una iglesia tocaron ocho veces en aquel instante.

Apoyada en la pared de piedra, fui recuperando la respiración. De pronto Grimmjow colocó sus manos contra el muro, a ambos lados de mis hombros. Me sentí intimidada, no tanto por la presión de sus brazos, que apenas me rozaban, sino por la proximidad de su rostro y la forma en que sus ojos se posaron en mis labios.

Noté cómo el agua goteaba por mi frente de un mechón suelto. La mano decidida de Grimmjow lo apartó hacia atrás con delicadeza, y yo aproveché aquel gesto para escabullirme por el lado descubierto. Una vez roto el instante de intimidad entre los dos, murmuré confundida:

—No querría que llegaras tarde a tu cita...

—¿Preparada para correr de nuevo? —dijo él ofreciéndome la mano.

Asentí divertida y enlacé mis dedos a los suyos antes de dejarme arrastrar calle abajo.

Cuando llegamos a la última casa, la lluvia había aflojado hasta convertirse en un suave goteo.

Aun así, nos cubrimos bajo el alero y Grimmjow golpeó la aldaba de bronce de su enorme puerta. A los pocos segundos una anciana de pelo blanco y mandil de cuadros se asomó tras un portón y nos preguntó con voz dulce:

Che cosa vuoi?

Grimmjow le entregó una tarjetita y le explicó en un italiano perfecto que habíamos quedado con un tal Morelli. Aun en la penumbra de la noche pude ver cómo su rostro se ensombrecía justo antes de cerrar la puerta. Al cabo de unos segundos reapareció envuelta en un chubasquero y nos pidió que la acompañáramos.

Seguimos sus pasos lentos por la pendiente adoquinada que conducía a las afueras del pueblo.

Tras cruzar un viñedo, llegamos a un enorme roble que cobijaba a un caballo negro. La anciana lo desligó de una rama, acarició su lomo y entregó las riendas a Grimmjow. Después señaló un punto a lo lejos y le explicó algo en italiano. Lo único que logré entender fue que debíamos recorrer diez kilómetros para llegar a una casona llamada Villa Leggero.

Acepté la ayuda de Grimmjow para subir a lomos de aquel corcel y observé cómo la anciana se perdía de nuevo entre las murallas del pueblo. Tuve una extraña sensación de miedo y vértigo cuando Grimmjow se colocó detrás de mí y espoleó el animal para ponerlo al galope.

—No temas —dijo Grimmjow—. Está entrenado para hacer este camino. Solo tenemos que dejarnos llevar.

El trote me había impulsado sobre su torso.

Durante la siguiente hora, atravesamos un bosque de robles y fresnos. Me pareció increíble que en la oscuridad de la noche aquel caballo supiera guiarse sin tropezar con los troncos o las piedras del sendero.

Al llegar a un valle, empezó a trotar con más brío. El viento helado cortaba la piel y se calaba en mis huesos. Busqué refugio contra el pecho de Grimmjow. Sentía su cuerpo como un escudo protector, pero aun así no pude evitar preocuparme por nuestro destino.

—¿Qué hacemos aquí, Grimmjow?

Bajó la cabeza para mirarme y su voz llegó a mis oídos como un susurro en la noche.

—La persona con la que he quedado tiene algo que debemos recuperar para proteger la semilla. ¿Recuerdas el Manuscrito Voynich?

¿Cómo iba a olvidarlo? Aquel libro había arrastrado hasta la Sierra de la Demanda a los hombres de negro.

—Morelli es un anticuario florentino que tiene las páginas perdidas del códice. Logré contactar con él desde Estados Unidos y por eso vine a Florencia... Pero una vez aquí, perdí el contacto con él. Hace cuatro días volví a recibir un mensaje suyo citándome en este pueblo.

No me pasó por alto que era el tiempo exacto que yo llevaba en Italia.

—Creí que esas páginas las tenía la Organización —dije temblando de frío. Meses atrás, el propio Grimmjow me había explicado que el asesino de Rodrigoalbar se las había robado tras matarle.

Recordé también que había sido un inmortal, Dante, quien había escrito el códice para dejar un testimonio de lo que había sido aquella civilización. En él explicaba sus reglas y costumbres, pero también la existencia de la aldea y de la semilla. Lo había hecho en un lenguaje codificado para proteger el secreto, pero intercalando unas páginas en latín sobre la manera de descifrarlo. Esas páginas las había arrancado y entregado a Rodrigoalbar.

Mientras el códice cifrado había viajado a Italia y acabado en una biblioteca de la Universidad de Yale, el paradero de aquellas páginas era un misterio para todo el mundo.

—La Organización tenía unas diez páginas de las treinta que faltan. Las custodiaba mi padre. Con ellas lograron llegar hasta la aldea...

—¿Qué ha sido de ellas?

—Las he escondido en un lugar seguro. Pero esas no deben preocuparte. Las peligrosas son las que tiene Morelli. Su valor es incalculable porque explica cómo descodificar el manuscrito... Pero, además, habla de la semilla y de cómo llegar a la aldea.

—Si son tan valiosas, ¿por qué crees que va a entregártelas Morelli?

—Porque él no lo sabe. Cree que se trata solo de un pergamino medieval, sin más valor que ese.

Tras un rato a lomos del caballo, sentía un dolor punzante en la parte interna de los muslos y molestias en las nalgas.

De pronto, el cielo abrió sus compuertas y una gélida cortina de agua empezó a caer sobre nosotros. Sentía el viento y la lluvia azotándome y empapando mi ropa desde todos los ángulos.

La luz borrosa de una casona brilló a lo lejos. Mientras nos acercábamos a aquel faro, en mitad del terrible aguacero, tuve el presentimiento de que en Villa Leggero nos esperaba algo totalmente insólito.

To Be Continued...