LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Un trago de eternidad
Tras cruzar la verja de un imponente muro, el caballo se detuvo frente a una casona de piedra con aspecto de castillo medieval.
Mientras desmontábamos, una figura menuda envuelta en una capa se acercó a nosotros, tomó las riendas del corcel y nos señaló la puerta. El halo de misterio que planeaba sobre aquel lugar hizo que me sintiera como en una novela de Dumas.
Empapados, esperamos a nuestro guía en la entrada de la mansión. Cuando se descubrió, vimos a una chica exótica, de unos veinte años, mezcla de raza negra y oriental. Tenía la piel muy fina y una bella sonrisa dibujada en los labios.
Miró el charco de agua que se había formado a nuestros pies y, al cabo de unos segundos, regresó con dos toallas. Tras quitarnos los abrigos mojados, nos envolvimos en ellas.
Grimmjow le preguntó por el señor Morelli y, sin pronunciar palabra, nos condujo hasta un impresionante salón. Las paredes crema y verde oliva — repletas de cuadros— resaltaban con el suelo de terracota y los frescos con motivos vinícolas del techo con molduras. Bajo una lámpara de lágrimas había una mesa vestida con mantel de seda y flores frescas.
Un suave aroma a rosas, y a una hierba mezclada con tabaco que no supe identificar, envolvía la estancia.
De pronto reparé en un sillón con respaldo alto que había junto a la chimenea. Sobre él, unas volutas de humo se retorcían en el aire adoptando formas extrañas.
Deduje que era el señor Morelli.
Aquella elegante mansión me había hecho pensar en un hombre mayor, o incluso anciano, un anticuario rico con buen gusto para el arte. Sin embargo, la figura joven y turbadoramente apuesta que apareció al otro lado de la butaca contradijo mis deducciones.
—¿Señor Morelli? —preguntó Grimmjow.
Sin despegar los labios ni levantarse de su asiento, hizo un gesto para que nos acomodáramos en el sofá. Después contemplé embelesada cómo lanzaba la colilla a las llamas danzarinas y posaba su mirada en ellas. El fuego se reflejó en sus brillantes y profundos ojos grises.
Era extraordinariamente guapo.
Su rostro inmaculado contenía la pureza de los mármoles griegos, con una belleza clásica de rasgos proporcionados y finos. Tenía los labios rojos arqueados en una enigmática sonrisa, las mejillas encendidas, y unas ondas color avellana que caían con suavidad sobre sus hombros.
En cuanto a su edad, era difícil precisarla. Poseía la serena madurez de alguien que ha pasado la treintena, pero su aspecto lozano contradecía esta cifra haciéndola descender casi una década.
—Absolutamente fascinante... —comentó con la mirada fija en un cuadro que había sobre la chimenea—. Lo compré en una subasta de Nueva York hace apenas unas semanas y no me canso de mirarlo.
Había algo en su voz, grave y lánguida, que incitaba a escucharla, como si tuviera alguna cualidad hipnótica. Me pregunté si se dirigía a nosotros o simplemente estaba hablando para sí mismo. Todavía no se había dignado mirarnos.
Después seguí su mirada hasta el lienzo luminoso y colorido. Su estilo preciosista me recordó mucho a los cuadros de Botticelli que había contemplado aquella misma mañana en la Galería de los Uffizi. Sobre un mar tranquilo, un barco de enormes velas color naranja llegaba a puerto. La tripulación estaba compuesta por personas de rasgos orientales, vestidos de forma exquisita, que sonreían y saludaban con la mano. Llevaban largas trenzas y bigotes, y en sus túnicas de seda se apreciaba todo tipo de detalles: dragones, nubes, olas y montañas sobre fondos intensos.
En aquel momento, la tormenta retumbó en los cristales y Grimmjow intervino dirigiéndose a él en italiano. Me pareció entender algo sobre el pergamino medieval y nuestra prisa por regresar a Florencia lo antes posible.
—¡Oh, disculpad! No pretendía ser descortés —respondió en un castellano demasiado perfecto, a la vez que se levantaba y nos miraba por primera vez.
Me impresionaron su altura —le sacaba varios centímetros a Grimmjow— y su porte esbelto y fuerte al mismo tiempo. Llevaba unos pantalones negros de corte elegante y un batín de seda del mismo color, anudado a la cintura, bajo el que se adivinaba su torso desnudo.
—Tú debes de ser Grimmjow —dijo ofreciendo la mano a modo de saludo—. Y tú...
—Soy Alicia...
Por algún motivo incomprensible, había decidido usar mi nombre falso.
Durante un instante que se me hizo eterno posó en mí su mirada. Traté de mantenerla, pero había tanta intensidad en sus ojos que no pude evitar dirigir los míos al suelo.
Molesta, adiviné cómo la blusa mojada transparentaba mi ropa interior y me cerré mejor la toalla.
—Tenemos prisa —dijo Grimmjow algo cortante—. Si nos permite ver esos documentos, nos iremos enseguida y no le molestaremos más.
Aunque ambos eran prácticamente de la misma edad, no me sorprendió que Grimmjow le hablara de usted. Había algo ilustre, incluso altivo, en aquel chico que incitaba a ese tipo de trato.
—Todo a su debido tiempo. La impaciencia es una virtud poco cortés.
—El descaro también.
Alzó las cejas y lo miró un instante.
—No hay razón para estar celoso, querido. Vos también me resultáis muy atractivo.
Sonreí al ver cómo las orejas de Grimmjow se teñían de rojo. Me sorprendió que alguien como él, que se había criado en un mundo de hombres, fuese tan sensible al halago masculino.
Tuve que reconocer que me había irritado que tratara de defender mi honor. ¿Qué le hacía pensar que le necesitaba para lidiar con aquel engreído? Sin embargo, al sentir de nuevo la mirada de Morelli clavada en mí, solo logré balbucear una frase de lo más estúpida.
—La lluvia nos ha mojado.
—Sorprendente —murmuró él sin dejar de mirarme.
Una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro y noté cómo mis mejillas se encendían.
No entendía por qué lograba intimidarnos de aquella manera.
—Lo último que deseo es que mis invitados se sientan incómodos — continuó—. Permitidme que me resarza proporcionándoos un ropaje más digno.
La idea de ponerme ropa seca hizo que me sintiera mejor al instante. Mientras seguíamos sus pasos por un largo pasillo, repleto de retratos antiguos, me pregunté si había utilizado aquel adjetivo de una forma intencionada o si se debía a una mala traducción de su idioma. ¿Le parecía poco «digno» que estuviéramos empapados?
Llegamos a un pequeño cuarto con armarios rústicos y estanterías de madera. En ellas había sábanas, toallas y ropa del hogar perfectamente dobladas. Olía a lavanda, a rosas y a colada recién planchada. Su siguiente comentario aclaró mi duda:
—Es indigno estar rodeados de belleza con esas ropas mojadas y poco delicadas —dijo sacando de un armario dos prendas de seda—. Complacedme poniéndoos algo a la altura de la casa y de las almas que la habitan en estos momentos.
Grimmjow y yo nos miramos un instante sin saber qué decir. Estaba claro que Morelli era un chico excéntrico y que se aburría en su gran mansión... Pero si queríamos conseguir aquellas páginas perdidas del Manuscrito Voynich no teníamos más remedio que acatar sus reglas y entrar en su juego.
—Después me sentiré muy honrado si compartís mesa y conversación conmigo.
Al ver nuestras caras de indecisión, contraatacó casi en un susurro:
—Complacedme y seréis complacidos.
Mientras Grimmjow se cambiaba en la habitación de al lado y Morelli nos esperaba en el pasillo, pensé que aquel chico era de lo más extraño. Aunque su aspecto era el de un muchacho, hablaba con la seguridad de un anciano. Me pregunté si tendría la mente de un superdotado como Grimmjow y de dónde diablos habría sacado aquel castellano pretencioso y antiguo.
Tras desnudarme, me puse aquella especie de quimono largo con mangas anchas, abierto por delante, y me ceñí el cinturón. Antes de salir, me miré en un espejo de cuerpo entero que había junto a un armario. La fina tela dejaba adivinar mi silueta, pero apenas transparentaba. Era de color lila y tenía un estampado geométrico que se repetía en toda la tela: dos mariposas encaradas. Me sentí vulnerable y bella al mismo tiempo.
Salí al corredor descalza. A pesar del fino atuendo, ya no tenía frío. La temperatura parecía haber subido varios grados. Grimmjow llevaba un batín igual que nuestro anfitrión, pero más corto y abierto, y anudado a la cintura con un cordón dorado. Aunque le quedaba francamente bien, no pude evitar una risita al ver sus piernas fuertes y blancas, en contraste con aquella delicada tela.
—Antes de pasar al salón, permitidme que os enseñe mi bodega.
Nos condujo hasta una escalera mal iluminada. La bombilla de bajo voltaje que pendía del techo proyectó nuestras sombras deformadas a lo largo de la pared.
Sentí un escalofrío al bajar los peldaños de piedra. Un olor a roca mohosa y a humedad sacudió mis recuerdos y provocó que mi corazón se acelerara.
Un sudor frío recorrió mi frente al evocar el sótano en el que había estado cautiva meses atrás. El desconcierto y el miedo que había sentido durante las primeras horas de encierro en aquel oscuro lugar volvieron a mi mente.
Las piernas me fallaron y estuve a punto de dar un traspié. De no ser por Grimmjow, habría rodado escaleras abajo. Sin embargo, lejos de agradecerle el gesto, me zafé molesta de su brazo.
Una luz tenue y amarillenta nos permitió observar la bodega. Parecía muy antigua. Los arcos del techo eran de ladrillo rústico, y el suelo y las paredes de piedra y adobe. Había dos toneles viejos junto a una decena de barricas de roble, y varias filas de botellas dispuestas a lo largo de un muro.
Me fijé en una prensa antigua y en varios artilugios que parecían máquinas de tortura medieval.
Morelli nos explicó que se utilizaban para hacer vino de forma artesanal.
—Villa Leggero produce doce botellas anuales. Un Chianti de culto exclusivo para paladares muy exigentes. Pero solo una es la elegida para envejecer en esta bodega y convertirse en una bebida única, un caldo muy aromático, de alto color y graduación, una bebida para dioses.
Me parecieron cifras ridículas para la cantidad de botellas que había allí almacenadas.
Una corriente de aire me hizo estornudar.
—Hace frío —me quejé.
—El vino es un ser vivo —dijo Morelli muy serio—. El único que mejora con los años. Por eso necesita unas condiciones especiales y una temperatura constante, entre nueve y catorce grados. Si subiera, los aromas se evaporarían. Si bajase, el color se precipitaría.
Después de aquella explicación, tomó una botella con varias capas de polvo y telarañas, y la limpió con delicadeza. Todavía conservaba una etiqueta con una caligrafía extraña que me resultó familiar. Antes de que pudiera descifrar las letras, Grimmjow leyó:
—Aeternitas. Del latín, «eternidad».
—Esta botella es muy especial —dijo Morelli con un aire misterioso—. Un trago de eternidad que lleva siglos esperando a alguien que lo merezca.
—Y ese alguien somos precisamente nosotros —replicó Grimmjow con sorna.
Los ojos grises de Morelli se clavaron nuevamente en mí al tiempo que murmuraba:
—Creo no haber empleado el plural.
To Be Continued...
