LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Un cuento chino

Cuando regresamos al salón, la mesa estaba preparada para tres comensales. Junto a la vajilla de porcelana, había una fuente con embutidos variados, crostini con paté para untar, una sopera de minestrone y otras delicias toscanas a base de trufa, setas, hortalizas y carne de jabalí.

Morelli llenó nuestras copas con un buen vino de mesa y nos explicó que reservaba el trago de Eternidad para el postre.

Mientras cenábamos, Grimmjow trató de sonsacarle información interesándose por su actividad como anticuario.

—El vino y el arte son dos de mis pasatiempos favoritos —le cortó con su voz suave—. Pero no los únicos.

—¿Qué otras cosas le interesan? —Me arrepentí de mi pregunta nada más formularla.

—El placer y la belleza.

Su mirada me recorrió sin disimulo antes de adornar su cara con una sonrisa turbadora.

—¿No es un poco superficial? —intervino Grimmjow cortante.

—En absoluto. No hay nada más profundo que vivir intensamente y experimentar cualquier forma de hedonismo. En cuanto a la belleza... es tan efímera y pasajera que lo superficial y estúpido sería no disfrutarla. Solo los genios y los artistas son capaces de apreciar el verdadero misterio de las cosas bellas.

—¿Se considera un genio, señor Morelli?

—Soy un artista.

«Más bien una obra de arte», pensé divertida.

Me fijé en cómo su clavícula asomaba tras el batín ligeramente abierto, en sus manos perfectas y en su cabeza de ondas castañas... Y me pregunté qué pensaría Stark de la proporción que había entre ellas. Estaba segura de que su belleza le habría fascinado y hubiera hecho todo lo posible por convencerle para que posara desnudo.

Al imaginármelo sin ropa, como el David de Miguel Ángel, no pude evitar pensar en la otra proporción «menos perfecta» de aquella estatua. Noté cómo mis mejillas se encendían.

En un intento por sacudirme aquel pensamiento, recorrí con la mirada los lienzos de la sala.

—¿Son suyos algunos de estos cuadros?

—La mayoría, pero no me refería a ese tipo de arte. El auténtico artista es el que hace de su vida un lienzo y pone en él toda la pasión, sentimiento y belleza... Sin miedo ni falsos prejuicios, cediendo a todas las tentaciones, disfrutando de cada sorbo de vida. —Apuró el vino de su copa antes de continuar—. El alma sufre cuando se le niega lo que desea.

Seducida por la voz musical de Morelli seguía su discurso como si se tratara de una clase magistral. El movimiento elegante de sus manos, que parecían de mármol y seda, reforzaba sus palabras con un encanto fascinante.

Después de un silencio reflexivo, Grimmjow intervino:

—Es imposible satisfacer todos nuestros deseos. Hay límites.

—O poco ingenio... —respondió él—. La única frontera infranqueable la marca la naturaleza.

—Y la conciencia.

Morelli soltó una carcajada.

—¡Eso es de gente aburrida!

—¿Y el amor? —intervine algo cohibida—. Amar implica a veces renunciar a cosas.

—Eso no es amor, querida... Alicia. —La voz de Morelli sonó increíblemente dulce—. Es falta de imaginación. El amor no sabe de sacrificios. Eso que llaman fidelidad no es más que una renuncia al amor más profundo. Una forma de sumisión de nuestra naturaleza libre. Las personas que solo aman una vez en la vida son unas superficiales... O unas fracasadas. No entienden la profundidad del amor y de la propia belleza.

—Y está claro que usted entiende mucho de ambas —dijo Grimmjow divertido.

—Está claro que sí. —Le miró con lascivia—. ¿Y tú, Grimmjow? ¿Entiendes?

Aquella pregunta sexualmente ambigua logró que las orejas de mi oscuro acompañante se enrojecieran por segunda vez aquella noche. No pude evitar soltar una carcajada.

Mientras observaba a aquel chico altivo y extraordinariamente guapo me asaltó una duda: ¿cómo alguien tan joven podía hablar de una forma tan vehemente sobre la vida?

—¿Cómo sabes tanto del amor? —Mi pregunta sonó más ingenua de lo que hubiera deseado—. Eres tan joven como nosotros.

—Con mucha práctica. —Su risa sonó como una cascada cristalina—. Soy joven, cierto, pero me enamoro todos los días. Varias veces.

Tras dirigirnos un guiño, tan rápido y sugerente que nos dejó sin palabras, observamos cómo untaba una tostada y se la llevaba a los labios. Había tanta gracia y delicadeza en aquel sencillo gesto que durante un rato nos quedamos embelesados contemplándole.

Estaba claro que Morelli era un conquistador nato. Un chico atractivo que se divertía seduciendo a quien se le pusiera por delante. Tenía un don para hacerlo y una belleza tan excepcional que solo se me ocurría otra persona que la superara, y esa persona era sobrehumano: Ichigo.

La idea de que podía tratarse de un joven actor italiano cruzó mi mente. Tal vez solo estaba representando un papel: el de rico seductor, inteligente y de vuelta de todo. Tuve que reconocer que, de ser así, su interpretación era impecable.

—Háblame de ti, Alicia. ¿Qué te ha traído a Florencia?

«Einstein y su distancia espeluznante», pensé divertida antes de responder:

—El arte.

—A los dos nos interesa mucho el siglo XV —dijo Grimmjow echándome un cable—. De ahí nuestro interés por esos pergaminos que tiene. Estoy acabando una tesis para la Universidad de Yale y Alicia me está ayudando a recopilar información.

—Os advierto que esos papelajos no valen gran cosa... Aparte de unos dibujos de flores que parecen obra de un niño, no tienen nada de especial. Los guardaba porque siempre hay gente a quien le gusta enmarcar cosas raras y están dispuestos a pagar mucho por poco... Gente ignorante, ya sabéis, nada que ver con vosotros, claro. A vosotros os mueven intereses intelectuales. Vaya, vaya... Nada menos que Yale. Espero que entre tanto trabajo hayáis tenido tiempo de visitar Florencia.

—Oh, sí, es una ciudad fantástica —dije—, y muy misteriosa, igual que el Renacimiento. Resulta sorprendente que mientras el resto de Europa vivía una época feudal y oscura, aquí floreciera el arte de esa forma... —Recordé las palabras de Hallibel y continué orgullosa—: Y además, en un tiempo tan corto y en un espacio tan reducido.

—El Renacimiento es un cuento chino —repuso Morelli antes de estallar en una carcajada.

Ofendida por su risa, repliqué con seguridad:

—Leonardo da Vinci revolucionó el mundo con sus inventos y teorías. ¿Estás diciendo que él, Botticelli o Miguel Ángel eran unos cuentistas?

—No lo decía en ese sentido, sino en uno literal, querida Alicia. En el siglo XIV Florencia era un lugar atrasado. Pero tan solo un siglo después produjo una serie de obras tan majestuosas que todavía hoy nos dejan sin aliento. ¿Cómo prendió la mecha del Renacimiento en una ciudad tan pequeña como esta? ¿Y por qué en aquel preciso momento?

Su mirada se dirigió al cuadro que había sobre la chimenea. Contemplé de nuevo aquel barco oriental mientras la voz lánguida y dulce de Morelli acariciaba mis oídos.

—Los chinos son la respuesta —sentenció—. En 1434 el almirante Zheng He llegó a las costas de la Toscana con una expedición china integrada por traductores, astrónomos, geógrafos, arquitectos, maestros artesanos... una flota de sabios que contenía más saber intelectual que cualquier universidad de la época. Ellos sentaron las bases que luego desarrollaron genios como Copérnico, Kepler o el propio Leonardo. Los grandes pintores también se instruyeron de la sabiduría de los artistas chinos.

—¿Con qué fin? —preguntó Grimmjow—. ¿Qué ganaban los chinos con todo eso?

—Su único objetivo era demostrarles a los bárbaros cuán inmensamente amplios y profundos eran sus conocimientos. Aquellos orientales se encontraron con un continente con más de mil años de estancamiento tras la caída del Imperio romano. El arte era oscuro y religioso, pero en pocos años se produjo una gran revolución... Los artistas florentinos, influidos por la visión alegre, luminosa y milenaria de los chinos, recuperaron también su cultura clásica.

—Como bien dice, señor Morelli, es solo un cuento chino, una teoría poco documentada. No creo que haya muchos indicios de que eso que explica sea cierto.

Nuestro anfitrión se limitó a sonreír con suficiencia por toda respuesta.

Me fijé de nuevo en las ropas de aquel lienzo. Todos los personajes llevaban coloridas sedas con bordados dorados. Todos, menos uno. Vestido con un quimono negro y un recogido de estilo samurái, un chico de belleza extraordinaria nos miraba divertido, con sus ojos grises, desde un extremo del navío.

To Be Continued...